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El verdadero ecumenismo

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“La verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad en el pleno sentido evangélico y cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significar renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia”. (Juan Pablo II – Redemptor hominis n.6).

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Este debe ser el espíritu en la Iglesia para buscar la unión entre todos los cristianos, pero, en la práctica nadie obedece a este mandamiento de Dios.

Dios quiere que todos los hombres se salven, pero eso no significa que todos los hombres tengan derecho natural a salvarse porque el pecado sea algo natural, puesto por el demonio en la naturaleza del hombre.

Dios ha puesto un camino para salvar al hombre. Y los hombres tienen que someterse a este camino si quieren encontrar la salvación y la verdad en sus vidas.

Pero los hombres no aceptan el camino de Dios. Y si no lo aceptan, entonces ellos mismos se quedan excluidos de la salvación y de la Iglesia.

Porque la Iglesia no puede renunciar a la Verdad y tiene que juzgar a quienes desprecian la Verdad con el objetivo de imponer sus mentiras y hacer que todos sigan sus mentiras.

Hay que dialogar con los hombres para ver si han quitado sus pecados, sus errores, sus herejías, sus obras de maldad. Y si no lo han quitado, entonces que sigan en sus pecados, que sigan fuera de la Iglesia, porque la Iglesia está para luchar contra el pecado, no para llenarla de pecadores.

Hay que dialogar con los hombres para entender si han comprendido lo que es la Verdad en la Iglesia, no para hacer un coloquio de la Verdad.

“Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con las mismas palabras: «Conoceréis la verdad y la verdad os librará». Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo” (Juan Pablo II – Redemptor hominis, n. 12).

Todo hombre que busca la verdad se hace libre y pertenece a Cristo Jesús. Pero todo hombre que sólo busca sus verdades se hace esclavo de esas verdades, y quiere imponerlas bajo una libertad superficial, aparente, que no llega a la plenitud de toda la verdad.

La Iglesia no puede dejar de predicar la Verdad, de enseñar la Verdad, de gobernar con la Verdad, como ésta es, no como la piensan los hombres.

Jesús vino al mundo para dar testimonio de la Verdad, que es Él mismo. Y Jesús ha comparecido ante los hombres que lo juzgaban y ha muerto condenado por los hombres a causa de la Verdad, a causa de Él mismo.

Y es lo que la Iglesia teme hoy: no quiere ser juzgada por los hombres ni condenada a muerte por ellos. Y, por eso, teme decir la Verdad, las cosas claras a los hombres. Y, en consecuencia, lo que tenemos en Roma es un puro engaño de los hombres para conducir a la Iglesia hacia la mentira, hacia el mundo, para que entren en Roma toda clase de gentes que no buscan la Verdad en sus vidas, la auténtica Verdad, que sólo siguiendo a Jesús se puede encontrar.

Los hombres se dedican a seguir sus pensamientos humanos sobre Jesús, pero no siguen al Espíritu de Cristo para poseer la Verdad en sus corazones.

La Iglesia teme a los hombres porque ha dejado de temer a Dios, se ha metido en el pecado y no quiere salir de él. Y quiere resolver los problemas de todos los hombres viviendo en el pecado, y que nadie luche porque quitar sus pecados en sus vidas, que nadie luche contra el mundo, que nadie luche contra el demonio, que es el que obra todo pecado en el hombre.

La Iglesia sólo se ocupa de la dignidad humana del hombre, pero no se está ocupando de la dignidad de los hijos de Dios.

Es lo que no ha comprendido Francisco ni los que siguen a Francisco. Creen que el diálogo supone un abrir la Iglesia a todo el mundo, aceptando sus errores y destruyendo la verdad de la Iglesia.

Así piensa Francisco. Y no puede pensar como el Papa Juan Pablo II. No puede, porque no comulga con la doctrina del Magisterio de la Iglesia. Sólo coge lo que le interesa de ese Magisterio para poner su mentira en cuestión de ecumenismo. Él se inventa su ecumenisno espiritual, que significa: bailemos todos juntos en el error y en la mentira de la vida. Hagamos de la vida un paraíso en la tierra. Abracemos a los hombres porque son buenas personas. Hagamos de la Iglesia el culto de las obras de los hombres.

Francisco “no descansará mientras haya hombres y mujeres, de cualquier religión, golpeados en su dignidad, privados de lo necesario para su supervivencia, y a quienes han robado el futuro y obligados a ser refugiados o prófugos” (Francisco 21 de noviembre).

Esta frase le gusta a todo el mundo, pero no es la Verdad. Es sólo una cortina de humo en la Iglesia. Es sólo una pantalla en la Iglesia. Es sólo hablar por hablar. Hablar para quedar bien con todo el mundo, para buscar el aplauso de todo el mundo, para que todo el mundo diga: qué bueno que es Francisco, qué bien habla, qué palabras tan certeras.

La Iglesia no tiene que resolver los problemas de los demás: problemas humanos, materiales, naturales, carnales, problemas de la vida, que son muchos y que no interesan para vivir. Porque la vida no consiste en resolver problemas humanos, sino en obrar el amor divino. Y eso es lo que no tiene ni idea Francisco cómo se hace en la Iglesia, porque hace falta Espíritu. Y Francisco no cree en el Espíritu, sólo cree en su grandiosa mente humana.

Francisco no ha comprendido que si los protestantes, los judíos, los mahometanos, etc. tienen problemas de todo tipo, -porque se les persigue por lo que creen-, eso es sólo por sus pecados, sus malditos pecados, no por lo que creen. Y hasta que no quiten sus pecados, van a tener problemas. Lo que creen es fruto de sus malditos pecados.

El pecado de los judíos es no creer en Jesús. Y, por eso, han tenido todos los problemas en el mundo por la Justicia Divina, que lo ha querido así. Y seguirán teniendo problemas en todo el mundo hasta que no quiten su maldito pecado y crean en Jesús.

Y la Iglesia está para enseñar a los judíos que Jesús es el Mesías de ellos. Y si no quieren creer en Jesús, se va al infierno. Hay que enseñar la Verdad, no hay que tener miedo de decir la Verdad a los judíos, que es lo que teme toda la Jerarquía Eclesiástica: hablar con la verdad que duele a las almas. Y teme porque ellos tampoco viven la Verdad, que es Jesús. Sólo viven sus verdades, las que han fabricado en sus inteligencia humanas.

Y cuando los hombres aprendan a quitar sus pecados, a llamar al pecado con el nombre de pecado, entonces se podrán en la Verdad y se los podrá ayudar. Antes, no. Antes se pone el objetivo en hacer que la Iglesia renuncie a la Verdad, que es lo que persigue Francisco, para ayudar a los hombres.

Los hombres por un plato de lentejas dejan de servir a la Verdad, para servir a falsos dioses en el mundo.

Francisco habla al mundo y le dice lo que el mundo le gusta escuchar. Y Francisco cae en su propio absurdo, porque diciendo esta frase tan bella, obra, en la práctica, haciendo nada por los hombres que desea ayudar, porque la Verdad, que está en la Iglesia, él no puede quitarla ahora para ayudar a los hombres. No puede como cabeza. La masonería se lo impide, porque no es la cabeza que quiere la masonería para destruir la Iglesia. Vienen otros para hacer ese trabajo, porque hay que acabar con el dogma de 20 siglos de Iglesia. Y eso lleva su tiempo.

Por eso, Francisco se dedica a dar de comer a los pobres, que es lo único que puede hacer ahora. Y lo demás, es mandar mensajes al mundo para que comprendan lo que viene ahora a la Iglesia, pero que él está imposibilitado de obrar.

Francisco no puede obrar lo que dice, sus mentiras, porque tiene que enfrentarse a toda la Iglesia en la Verdad como gobernante. Él ya lo ha hecho como sacerdote y como Obispo, y nadie se ha dado cuenta porque la Iglesia ya ha perdido su conciencia del bien y del mal.

A Francisco no le dejan, porque no es cabeza inteligente, es un mediocre gobernante, que sólo quiere vivir su mentira en la Iglesia y que los demás también la vivan en la Iglesia. Que todo el mundo viva su mentira, que nadie se ponga en la Verdad: ese es el gobierno de Francisco. Por eso, predica siempre el error, la mentira, la falsedad en cada homilía para llegar a este efecto: que quien viva la mentira en la Iglesia, la siga viviendo, como él ya la vive.

Cuando no se enseña la Verdad, la gente se queda en la mentira de siempre. Nunca cambia hacia el bien que quiere Dios en la Iglesia. Siempre se quedan en los bienes y en las obras de los hombres en la Iglesia.

Esto es lo que ha enseñado Francisco durante ocho meses en la Iglesia: su mentira. Y, por supuesto, hay cantidad de sacerdotes católicos que lo siguen, porque es lo que viven en sus sacerdocios: de cara al hombre, de cara al mundo, solamente están en sus ministerios para agradar a los hombres, para hacer felices las vidas humanas de los hombres, para dar a la Iglesia la cara de los hombres.

¡Cuántos sacerdotes y Obispos son así en sus ministerios!

“La Iglesia a su vez, no obstante todas las debilidades que forman parte de la historia humana, no cesa de seguir a Aquel que dijo: «ya llega la hora y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran han de adorarle en espíritu y en verdad»” (Redemptor hominis, n.12).

Estamos en esta hora, cuando Roma comienza a abrirse al mundo y a imponer la mentira a todo el mundo.

La expulsión de Benedicto XVI de la Silla de Pedro es la expulsión del Espíritu de la Iglesia de Roma.

En Roma ya no hay Espíritu. Roma ya no hace Iglesia. Fuera de Roma está el Espíritu. Y se encuentra en cada corazón que lucha contra el pecado, que lucha contra el demonio, que lucha contra el mundo y sus hombres para poder seguir a Cristo, que es el Rey de la Iglesia.

La Iglesia, ahora, está en cada corazón y no puede estar en ningún sitio, porque no hay Papa, no ha cabeza visible, no hay vicario de Cristo en la Tierra.

Y hasta que no llegue Pedro Romano, hasta que Jesús no ponga su Pedro, la Iglesia sólo permanecerá en los corazones dóciles al Espíritu, que adoran a Dios en Espíritu y en Verdad. Y sólo así se puede producir el verdadero ecumenismo.

Sólo de esta manera. Porque cuando los hombres han querido formar su estructura de la Iglesia en Roma, poniendo una falsa cabeza, han hecho que todas las miradas se centren en la Verdad y se pregunten: ¿Dónde está la Verdad, ahora? ¿Cómo puede haber Verdad en un Papa que renuncia a ser la Verdad? ¿Qué Iglesia es esa que se comporta como los hombres en el mundo y que decide otro Papa porque así lo piensan los hombres? Si el gobierno de la Iglesia es como el gobernó del mundo, entonces esa iglesia que está en Roma no es la Iglesia verdadera. Y hay que seguir buscando la verdadera Iglesia.

Hay que salir de Roma, porque es la misma Roma la que ha iniciado el Cisma. Son ellos, con sus engaños, con sus mentiras, con sus bellas frases dirigidas al mundo, los que han puesto el mayor obstáculo de todos: renunciar a la Verdad para complacer las verdades de los hombres.

Y no se está en la Iglesia para darle gusto a ningún hombre, a ningún sacerdote, a ningún Obispo.

Se está en la Iglesia para obedecer la Verdad. Y la Verdad sólo la da Pedro. Y, como en Roma han quitado a Pedro, entonces no hay que obedecer a Roma ni a nadie. Sólo queda la obediencia al Espíritu de Cristo y de la Iglesia. Y no queda otra cosa en la Iglesia.

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