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Las llaves del Reino de los Cielos

Virgen de Guadalupe

Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

“A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 19).

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El poder de atar y desatar es diferente al poder para perdonar o retener pecados.

El poder para perdonar pecados lo tiene todo sacerdote cuando es consagrado en el Sacramento del Orden.

Ese poder viene del mismo Jesús: “El hijo del Hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra” (Mc 2, 10).

Todo Cristo, todo sacerdote, posee ese poder, un poder divino, que se ejerce en la Iglesia, no fuera de la Iglesia.

Para ejercer ese poder, el sacerdote necesita el Espíritu de la Iglesia, que se da en Pentecostés: “Como el Padre me ha enviado, así os envío. Esto dicho, sopló sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, le serán perdonados; a quienes se lo retengáis, les serán retenidos” (Jn 20, 21-23).

Jesús envía a sus Apóstoles a ejercer ese poder que ya tienen, pero en el Espíritu de la Iglesia, que es el Espíritu de Santidad.

Se necesita este Espíritu para obrar el poder que tiene todo sacerdote en su consagración. Y, en este Espíritu, el sacerdote juzga o condena al pecador. Y ese juicio, que es para perdonar el pecado, o esa condenación, que es para retener el pecado, es la misión de todo sacerdote en la Iglesia.

Para esto está puesto el sacerdote: para perdonar o para no perdonar el pecado.

Pero las llaves de la Iglesia son otra cosa al poder de perdonar en el sacerdote.

Las llaves de la Iglesia las tiene el Vicario de Cristo. Y, por tanto, los Obispos que se unen al Vicario en la obediencia. Si no hay obediencia, no tienen esas llaves de la Iglesia.

Con esas llaves, Pedro puede hacer muchas cosas en la Iglesia y puede impedir muchas cosas en la Iglesia.

Con esas llaves, los dogmas de la Iglesia son los dogmas en el Cielo. Es decir, Dios se atiene a lo que la Iglesia vaya promulgando como Verdad en el Cielo. Por eso, el camino para definir un dogma en la Iglesia siempre ha sido muy largo y muy trabajoso para los hombres.

Los hombres, por su cortedad en la inteligencia, no ven la Verdad y necesitan tiempo para verla, para definirla. Por eso, el dogma de la Inmaculada tardó tanto tiempo en definirse por la Iglesia. Ya estaba esa Verdad en el Cielo, pero el Cielo no se apresura a declararla hasta que la Iglesia militante no lo haga. Y eso es sólo un signo para los hombres. Para que vean que en la Iglesia está la Verdad.

Con las llaves, Pedro puede proclamar Santos. Los Santos del Cielo son distintos a los santos en la Iglesia. Hay muchos santos en el cielo que no son conocidos por la Iglesia militante. Dios espera a que la Iglesia militante los haga santos para proclamarlos desde el Cielo. Pera ya son santos en el cielo, aunque no se conozcan en la tierra.

Con las llaves se puede impedir el acceso a la Iglesia, se puede negar que una persona pertenezca a la Iglesia. Y es por sus pecados, por sus errores, por sus obras malas. Y, por tanto, la Iglesia juzga a los que están fuera de la Iglesia, a los que no se les permite entrar dentro de Ella por su mala vida. Es un juicio que hace toda la Iglesia, no sólo el Papa. Porque las llaves suponen perdonar o condenar a alguien en nombre de la Iglesia.

El Sacramento de la Penitencia es para perdonar o retener pecados, en nombre de Cristo. Las llaves del Reino de los Cielos es para perdonar o retener pecados en nombre de la Iglesia.

Al pecador sólo el sacerdote lo juzga. Pero al que está fuera la Iglesia, al que no es miembro de la Iglesia, toda la Iglesia lo juzga, porque se une a Su Vicario que lo ha juzgado.

Cuando el Papa Benedicto XVI renuncia, ya no se da este poder en las llaves. El Papa renunció no sólo a ser Pedro, sino también a las llaves de la Iglesia, del Reino de los Cielos.

Y la Iglesia se ha quedado sin este poder divino en la Cabeza, porque no existe la Cabeza. La cabeza ha renunciado a ser cabeza. Y, por tanto, ningún Obispo tiene este poder en la llaves porque no hay cabeza, no hay nadie a quien obedecer en la Cabeza.

Sólo queda en la Iglesia el poder de perdonar pecados, que lo tiene todo sacerdote que crea en Jesús, que imite a Jesús en su vida.

Y esto es muy importante en los momentos que vivimos, porque nadie desde el gobierno de la Iglesia actúa ahora con el poder de Dios, sino sólo con un poder humano.

Y, aunque se declaren santos, dogmas, etc. no se hace nada en el Cielo ni en la tierra, porque no existe la Cabeza Visible en la Iglesia. El Papa renunció a ese poder que Jesús le da en Su Iglesia y que son las llaves del Reino de los Cielos.

Por eso, no hay que hacer caso a lo que Roma diga en nada. No hay que hacer caso ni a Francisco ni a ningún Obispo de la Iglesia que se una a Francisco. No tienen ningún poder divino. Actúan con su poder humano.

Por supuesto, que ellos no lo van a admitir y seguirán haciendo todas las cosas en nombre de Dios. Pero, en la realidad, las hacen sólo en nombre de los hombres, con un poder humano que no sirve para atar o desatar en la Iglesia ni en el Cielo.

Por eso, lo que se tiene en la Iglesia ahora mismo es un gran desastre en todos los sentidos. Y viene el tiempo de que Roma quiera imponerse con las leyes de la Iglesia a todo el mundo. Es la prepotencia que se da cuando se quita al verdadero Papa y se pone a un impostor. Desaparece el poder de Dios y actúa el poder del demonio y de los hombres en la Iglesia.

Todo cuanto se hace ahora en la Iglesia, aunque sean cosas buenas para los hombres, aunque parezcan santas, como proclamar a un santo, es sólo con el poder del demonio, que quiere eso para seguir engañando a los hombres. Sólo cuando se quiten la careta dejarán de hacer todo eso.

Para que el impostor haga en la Iglesia la obra del demonio, tiene que mandar con despotismo, tiene que obligar a todos a seguirle. Y, para eso, tiene que caer ese impostor en la obra de los fariseos, que es medirlo todo con sus leyes, con sus normas, con sus pensamientos. Y aquel que no se acoja a sus leyes queda fuera de la Iglesia, o perseguido por la misma Iglesia en Roma.

Es lo que se va a haber una vez quiten la Eucaristía. Porque todo pende de esa división. Se divide el amor en la Iglesia y sólo queda el odio, los falsos amores, las falsas compasiones hacia los hombres.

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