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La Iglesia es la Palabra

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La Iglesia es la Palabra y, por tanto, la Iglesia es la Jerarquía porque sólo el sacerdote da la Palabra en la Iglesia.

fariseismo

Una Iglesia sin Jerarquía no es Iglesia.

Una Iglesia donde la Jerarquía sólo se somete a los laicos no es Iglesia.

Los laicos, para ser Iglesia, tienen que obedecer a la Jerarquía. Si no hay obediencia, no hay laicos en la Iglesia.

El sacerdote en la Iglesia no está al servicio del pueblo, sino al servicio de la Palabra.

El sacerdote en la Iglesia no tiene que estar buscando las palabras de los hombres ni haciendo caso a lo que el Pueblo quiere en la Iglesia.

El Pueblo de Dios no decide nada en la Iglesia.

El Pueblo de Dios decide algo en la Iglesia cuando se somete a la Jerarquía.

El punto de la nueva iglesia, que ya funciona en Roma, es que no existen los sacerdotes.

Para ellos, el sacerdocio se iguala al laico, al Pueblo de Dios. El sacerdote, en esa nueva iglesia, se viste como sacerdote, pero su ministerio es resolver problemas humanos de la gente, dialogar con la gente, agradar a la gente, contarles cuentos a la gente, predicar que Dios es amor y misericordia, pero nunca predicar del pecado, ni de la justicia, ni del infierno, ni de la cruz.

Esto, que ya está en la nueva iglesia en Roma, se ha venido haciendo desde hace 50 años. Y, por eso, es fácil quitar el sacerdocio, porque los sacerdotes se dedican a sus asuntos humanos y, después, celebran una misa y hacen que predican algo sobre Dios.

Nadie en la Iglesia ha comprendido la función del sacerdocio. Todos creen que la Iglesia comienza con Pentecostés y, por tanto, todos en la Iglesia tienen sus dones y carismas para hacer en la Iglesia lo que les da la gana.

Si la Iglesia no es la Jerarquía, la Iglesia, por más que tenga dones y carismas, es nada. Porque en la Iglesia no se está para obrar un carisma, sino para obrar la Palabra de Dios.

Y aquel que no quiera obrar la Palabra de Dios hace como Francisco: se inventa su iglesia para llenarla de hombres que predican fábulas a las gentes y recogen dinero para darlo a los pobres.

Una Iglesia que pone el sacerdocio al servicio de la comunidad anula el sacerdocio.

Y lo anula de raíz.

Porque el sacerdocio es para dar culto a Dios. Y los fieles en la Iglesia siguen al sacerdote para dar culto a Dios. Los fieles no adoran a Dios sin los sacerdotes, sin sus Pastores. Nadie se salva en la Iglesia sin su Pastor, sin su sacerdote.

La Santa Misa es sólo para dar culto a Dios, no es para pasárselo bien, no es para dialogar entre sacerdote y fiel. Es para adorar a Dios en comunidad, en un acto divino. Y ese acto divino es lo que hace ser Iglesia. Sin ese acto divino, sin la Sta. Misa, no existe la Iglesia. Existirá el conjunto de hombres, que unos se visten de sacerdotes y otros de laicos. Y hacen cada uno sus obras, las que sean. Y eso es lo más contrario a la Iglesia.

Hoy ya no se define la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, sino como una comunidad de fieles.

En esta definición se da la anulación de la Iglesia.

Para acabar con la Eucaristía hay que acabar antes con el sacerdocio. Que el sacerdote haga las obras de los demás en el Iglesia. Y, por tanto, que la Misa sea algo del pueblo y para el pueblo. Por eso, se ven en la Misas lo que se ve: arte, cultura, bailes, músicas, cosas mundanas, cosas profanas, pero ya no lo divino.

Cuando en la Misa aparece todo eso con aprobación del sacerdote, eso ya no es una Misa, sino un conjunto de hombres que se dedican a hacer su teatro en la Iglesia: unos en el altar, otros en los bancos o en las mesas de la Iglesia.

En la práctica ya no se da el sacerdocio en la Iglesia. En muchas misas sólo hay una obra de teatro, aunque se digan las palabras correctas de la consagración. Porque la Misa no es sólo decir las palabras de la consagración, hacer algo en el Altar. La Misa, desde que inicia hasta que acaba, es un acto de adoración a Dios. Y si no se da este acto, si en la Misa se mete lo profano y lo mundano, es imposible hacer ese acto de adoración a Dios.

Como la Misa se ha convertido en todo menos obrar la Palabra de Dios, el sacerdocio ha desaparecido de la Iglesia.

Sólo los sacerdotes que saben lo que quieren en una Misa y que lo imponen a los demás, hacen la Misa como adoración a Dios. Los demás hacen su teatro.

La Misa como Iglesia, en la práctica, ya no se da en la Iglesia.

La Misa como conjunto de fieles, entre ellos el sacerdote, se sigue dando en la Iglesia.

La Misa como Iglesia significa que sólo en esa Misa se da la Palabra de Dios. Sólo se escucha la Palabra de Dios. Sólo se obra la Palabra de Dios. Para conseguir esto hace falta una liturgia adecuada que, desde hace 50 años, ya no se da en la Iglesia.

Sólo en algunos conventos dedicados a lo antiguo se sigue dando esta Misa como Iglesia. Porque la Iglesia es la Palabra de Dios, es Jesús y sólo Jesús.

Después hay muchas misas como conjunto de fieles. Y entre ellas muchas que ya no son misas, son otra cosa, porque prevalece en ellas lo profano y lo mundano.

Una Iglesia sin misa es nada. Una Iglesia con una misa de comunidad de fieles es algo un poco más que nada. Y una Iglesia con la Misa auténtica es la Iglesia de Jesús.

Por eso, si vemos las misas cómo están veremos que ya casi ha desaparecido la Iglesia. Y la Iglesia se está convirtiendo, en la práctica, en un conjunto de fieles. Y no más. Que obran cosas en la Iglesia. Y punto.

Por eso, la insistencia de Francisco de que los sacerdotes atiendan a los laicos en la Iglesia. Es que es eso lo que ya se vive dentro de la Iglesia.

Y se dice, luego, que todos tenemos carismas y dones y hacemos la Iglesia con todo eso. Esa es la enseñanza propia del demonio que le gusta obrar los carismas y los dones en almas que ya no creen en la Palabra.

El demonio también obra sus carismas en la Iglesia: también predica, también sana, libera, hace milagros y así obra lo que los hombres desean en la Iglesia.

La Iglesia no es la obra de los carismas, que tenga cada uno, sino que la Iglesia es la obra de la Palabra de Dios.

La Palabra obra y forma su Cuerpo.

Un Cuerpo que está integrado por almas que siguen al Espíritu de la Palabra. La Palabra es Cristo. Y el Espíritu de la Palabra es el Espíritu de Cristo. Y sólo forman la Iglesia los que tienen el Espíritu de Cristo. Los demás, aunque tengan carismas y dones, si no tienen ese Espíritu, no forman la Iglesia.

Jesús, que es la Palabra, obra Su Palabra en Pedro. Y es en Pedro donde funda Su Iglesia. Y fuera de Pedro no hay Iglesia.

Jesús, que es la Palabra, da a Pedro el gobierno de toda Su Iglesia. Ese Poder que recibe Pedro es una Obra de la Palabra en la Iglesia.

Pedro gobernando la Iglesia obra la Palabra.

Pedro renunciando a ser Pedro impide la Obra de la Palabra en la Iglesia.

Desde la renuncia de Benedicto XVI no es posible Obrar la Palabra en la Iglesia.

Este es el Misterio de la Iglesia.

La Palabra se da en la Iglesia a través de Pedro. Y sólo a través de Pedro.

La Palabra obra en Pedro y lo hace la columna de la Verdad en la Iglesia. Se quita Pedro y se echa abajo esa columna. No hay Verdad en la Iglesia. Quedan 20 siglos de Verdad, pero ya nadie obra la Verdad. Queda una reliquia que nadie atiende. Por eso, ya se ve en la Jerarquía la caída de la fe católica. Ya nadie sigue el Magisterio de la Iglesia, sino que cada cual lo interpreta a su manera egoísta.

Y obedeciendo a Pedro, los demás en la Iglesia obran la Palabra. Si no existe Pedro, no hay nada en la Iglesia. No hay obediencia a nadie. No hay Autoridad Divina. No hay sujección a nada ni a nadie en la Iglesia.

Por eso, la obra de Francisco era desmontar el Papado. Y lo ha hecho anulando el gobierno vertical, es decir a Pedro.

Pero Pedro ya no existía en la Iglesia porque Benedicto XVI renunció a ser Pedro.

Lo que hizo Francisco es sólo la obra de la renuncia de Benedicto XVI, la obra de un hombre que decidió no ser Pedro, dejar de ser Pedro. La consecuencia es clara: tiene que haber un gobierno horizontal en la Iglesia.

Francisco siguió el pensamiento de Benedicto XVI. Lo siguió. Lo puso en obra. Es el Papa el que impide el gobierno horizontal. Se quita al Papa, viene el gobierno horizontal.

Benedicto XVI al renunciar produjo en el Cuerpo Místico una división que ya nadie puede arreglar.

Porque Pedro es el que une el Cuerpo Místico. Si Pedro renuncia ya no puede unir el Cuerpo y se da una división en la Cabeza, en el Vértice de la Iglesia.

Esa división trae una consecuencia para todos los fieles: todos están sujetos a una cabeza falsa.

Si se va Pedro de la Cabeza, lo que hacen los Cardenales es poner una falsa cabeza. Esa falsa cabeza ya no puede unir el Cuerpo Místico porque Benedicto XVI produjo la división en ese Cuerpo. División en el Vértice que une al Cuerpo.

Cualquier cabeza que se ponga en la Iglesia es incapaz de unir a la Iglesia en la verdad. Incapaz. Por culpa de Benedicto XVI. Él tiene la culpa.

Lo que hace Francisco es aprovecharse de esa división para crear, en la práctica, la división en la Iglesia.

El problema de Roma es que ya no puede hacer Iglesia, porque la Iglesia ha quedado rota con Benedicto XVI. Rota. Dividida. Y no hay quien la junte de nuevo. Sólo el Espíritu de la Iglesia sabe el camino de la Iglesia, que es el camino de la unidad, que ya no se puede dar en Roma.

Y lo que se ve en Roma es sólo el fruto de ese rompimiento que hizo Benedicto XVI, que conlleva destruir toda la Iglesia.

Por eso, no hay que mirar a Roma ni a Francisco. No hacen Iglesia, están haciendo lo propio de la obra de Benedicto XVI: romper la Iglesia.

Benedicto XVI se cargó la Iglesia en su renuncia. Para Dios no hay nada en Roma. Pero Dios sabe cómo son los hombres, que no disciernen nada, que no ven las consecuencias espirituales de nada, que sólo miran lo exterior de la vida y de los hombres. Y Dios espera a que las almas despierten y salgan de Roma, porque allí no hay nada.

Ahora viene a Roma otra cabeza. Y esa cabeza pondrá la anulación del sacerdocio y de la Eucaristía, porque es el siguiente paso en el plan del demonio.

El demonio no puede hacer que la Iglesia se abra, en la práctica al mundo, si no quita primero la Eucaristía.

Porque la gente va a la Iglesia por la Eucaristía. A la gente le importa muy poco el Papa o la cabeza que haya en la Iglesia. La gente no quiere saber nada de Obispos ni de sacerdotes. Sólo quieren su misa y su comunión.

Y, por eso, para sacar a la gente de eso y hacer que la Iglesia camine hacia el mundo, hay que suprimir la Eucaristía y el sacerdocio.

Y, entonces, la gente va a despertar, porque le van a tocar la niña de sus ojos. Y la gente no ha comprendido que ya no hay nada en la Iglesia. Todo es una obra de teatro. Pero Dios sabe esperar los tiempos. Y Dios se acomoda a lo que vaya haciendo los hombres en la Iglesia para dar su luz divina y hacer que las almas salgan de Roma.

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2 comentarios

  1. Raul Patiño dice:

    Demos evitar el fatalismo.
    Nuestro Señor Jesucristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían sobre la Iglesia.
    Esta Iglesia ya no tiene el poder del mundo, las propiedades de las diócesis, el Estado Vaticano. Todo lo han robado.
    Esta Iglesia tiene el mayor tesoro en sus valores tradicionales. Hay aun centenares de sacerdotes oficiando la santa misa tridentina todos los días, como sucede con la FSSPX y con quienes lo hacen aisladamente.
    Sí hay Iglesia Católica y está viva, y lo estará incluso en peores condiciones.

    • josephmaryam dice:

      Aquí no se habla de fatalismo, sino de realidad. Y la realidad es que nadie hace Iglesia ahora. Que ahora no hay camino en la Iglesia. Nadie sabe lo que es la Iglesia en estos momentos de gran confusión. Por eso, no hay que seguir a nadie. Sólo al Espíritu. Y el Espíritu de la Iglesia pone el camino a la Iglesia.

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