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El culto al hombre en la Iglesia

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Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

Las almas en la Iglesia no saben discernir los signos de los Tiempos, porque viven inmersas en sus pensamientos humanos. Y desde lo humano no se puede vivir lo espiritual.

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El gran error del hombre actual es verlo todo con su humanismo. Y así quiere ver a un Jesús totalmente humano. Y no pueden verlo como divino. Lo divino, lo espiritual no cuenta para muchos en la Iglesia. Sólo cuenta lo humano.

Y así Jesús en sus tres años de ministerio obró con misericordia y amor. Y ahí se paran. No saben que también Jesús obró con Justicia en esos tres años. Pero eso no cuenta, porque sólo se quiere la faz del amor en Jesús, no se quiere su ira, su cólera ante el pecador y el pecado.

Y, por supuesto, que la misión de Jesús era salvar y, por eso, daba su perdón. Pero no se dice que a las almas que no querían el perdón, Jesús no podía salvarlas. Eso no hay que decirlo. No se enseñan las disputas de Jesús contra los fariseos porque se mantenían en sus pecados, y Jesús no podía salvarlos de sus pecados porque no querían el perdón.

Se quiere sólo pintar a Jesús como el que tiene la misericordia y como el que da el perdón. Y eso es la mentira de muchos que comulgan y se confiesan y quieren hacer de la Iglesia la obra de su pensamiento humano.

Para muchos Jesús es el que sentía compasión de los hombres. Y nada más. Pero Jesús no es, para esos muchos, el que se alzaba en ira contra el pecado.

Jesús cogió un látigo para fustigar el pecado en el Templo. Pero eso no cuenta, porque eso no indica la Misericordia y el Amor de Jesús. Eso no gusta. Eso desdice de un Jesús tan humano, tan natural, tan cercano a los hombres.

Lo que le gusta a la gente es una espiritualidad donde se le hable sólo del amor de Jesús, que Jesús es muy bueno, que Jesús todo lo perdona, que Jesús nos lleva al cielo a todos.

Esta es la predicación de muchos en la Iglesia. Y, por supuesto, de Francisco.

Francisco es la cabeza de estos fieles, de estos sacerdotes, de estos Obispos para los cuales el Evangelio de Jesús es sólo amor y perdón.

Y se ciegan en eso. Y no pueden ver más porque se definen justos y santos ante los demás.

Hay dos herejías que van juntas y que son la base de la nueva iglesia de Roma:

a. el arrianismo, por el cual Jesús es hombre, no Dios;

b. el pelagianismo, por el cual no hace falta la gracia para servir a Dios en la Iglesia.

La primera es la típica de la Jerarquía Eclesiástica que para hablar de Jesús usa el término “Logos de Dios”, pero no lo usan como debe ser, es decir señalando la segunda Persona de la Santísima Trinidad, sino en el significado de una idea divina, de un pensamiento divino. Y así Jesús puede ser muchas cosas, menos Dios.

Y la segunda es la típica del Cuerpo Místico de Cristo, de los fieles de la Iglesia, que no entienden de teologías, pero practican sus herejías en concreto cada día en la Iglesia.

En la nueva iglesia de Francisco el amor al hombre es lo primero. Y es lo segundo y lo tercero y lo último. No puede existir el amor a Dios.

Eso es el pelagianismo. Y no otra cosa. Y así se afirman estas declaraciones en la Iglesia, declaraciones imbéciles: “yo creo en el hombre, en la juventud, en la mujer, en el obrero, en el pueblo…”.

Hoy la Iglesia cree en el hombre, pero ya no cree en Jesús. Ya sólo cree en Jesús como hombre, como el que ama, como el que perdona, como el que tiene compasión. Y a ese Jesús tan humano deben configurarse los hombres en la Iglesia para que todos nos amemos y confiemos unos en otros, nos fiemos porque ya tenemos esa amor compasivo que Jesús nos dio.

Y, entonces, como Jesús dio de comer, como Jesús estuvo entre los pecadores y los tocaba y comía con ellos, entonces en la Iglesia todos tenemos que hacer eso, porque Jesús lo hacía en su humanidad.

Este es el gran error que muchos siguen en la Iglesia. Y que no pueden quitarlo, porque no saben luchar contra su humanismo, su pensamiento y su voluntad humanas.

Han aprendido a ensalzar al hombre en la Iglesia. Nadie les ha enseñado a pisotear al hombre en la Iglesia, a despreciar lo humano en la Iglesia, a crucificar su voluntad humana en la Iglesia.

Este es el culto práctico que el Concilio Vaticano II enseñó a la Iglesia: el culto al hombre. Y, por eso, 50 años bebiendo este culto en la Iglesia. Todos se han hecho hombres y hombres viejos, sin Espíritu ninguno, porque no sabe seguir al Espíritu de la Iglesia. Sólo saben seguir lo que tienen en sus pensamientos, en sus maravillosos pensamientos, en sus ideales de vida, en sus planes de vida, en sus filosofías de la vida. Solamente. Y no entienden lo que es el Espíritu y lo que enseña el Espíritu en la Iglesia.

Muchos creen que la clave de la renovación del mundo y de la Iglesia está en la juventud (el mundo se salva en la fuerza de los jóvenes), en la mujer (el mundo se salva cuando se hace más femenino), los obreros (el mundo se salva cuando el trabajador tiene dinero y bienestar en su vida).

Esto es lo que enseña Francisco. Por eso, él pone como el objetivo principal en su nueva iglesia: dar trabajo a los jóvenes, cuidar a los ancianos, dedicarse a resolver los muchos problemas sociales, económicos, culturales, humanos, naturales, carnales que hay en la Iglesia.

Y esto es lo que nunca tiene que hacer un sacerdote en la Iglesia, porque nunca lo hizo Jesús en su vida terrena.

Jesús no resolvió los problemas económicos de nadie. Jesús sólo daba el Espíritu, hacía las obras del Espíritu. Y nada más. Y, cuando el Espíritu quería hacer un milagro, Jesús obraba ese milagro y todos comían. Pero cuando el Espíritu no quería hacer un milagro, entonces nadie comía y nadie era sanado o liberado de nada.

Porque el centro de la vida de Jesús es salvar el alma, no los cuerpos, no la vida humana, no la vida material de los hombres.

El centro es darle al hombre el camino para salvarse: que es despreciar todo lo humano. Y, sobre todo, despreciar la vida humana, los pensamientos humanos, las obras humanas, que los hombres de hoy no quieren y no aceptan despreciarlas.

Hoy lo humano se ha puesto por encima de lo divino. Por eso, se quiere un Jesús humano, que se predique de él sus preocupaciones por la vida humana. Pero no hay que predicar lo divino que Jesús da al hombre.

Se valora lo humano y, entonces, se desprecia lo divino. Las cosas de Dios se someten a los caprichos de los hombres, a los gustos de los hombres, a los pensamientos de los hombres.

Este es el pelagianismo en concreto en la Iglesia: la opción por el hombre, el optimismo en el hombre, la declaración de que el hombre es bueno. Por eso, hagamos la iglesia de los pobres hombres que son buenos porque Jesús los ama mucho.

Esto es lo que siguen muchos y Francisco va a la cabeza de ese naturalismo descarnado de todo lo espiritual y divino, de todo lo sagrado, que es lo pelagiano: el hombre tiene poder en sí mismo para hacer todas las cosas bien en su vida y en la Iglesia. No es necesaria la gracia, la vida divina, para obrar ningún bien en la Iglesia.

Y decía San Pablo: «no sé lo que hago… pues no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero… es el pecado que mora en mí» (Rm 7,14-25). Ninguno tiene remedio sin la gracia de Cristo: «por gracia hemos sido salvados» (Ef 2,5).

Pero esto en la Iglesia actual no se vive en la práctica. Todos leen a San Pablo y después son pelagianos hasta morir en la Iglesia. No han captado lo que dice San Pablo de los hombres.

El pecado mora en cada hombre así se haya bautizado, así comulgue, así se confiese porque los hombres estamos divididos por el pecado original.

¡Claro! Hoy ya no existe el pecado original. Luego, ya el hombre no está dividido en su interior. Ya el hombre es fuerte en su interior y busca en ese interior la oración fuerte que le hace obrar las cosas de Dios.

En esta herejía andan muchos católicos de comunión diaria y de confesión semanal.

El hombre por más que quiera hacer el bien, siempre le sale el mal. Siempre. Y esto es lo que no se acepta, porque no hay humildad de corazón. Y así hay tanta gente que hace su oración y son sólo demonios, porque no luchan contra su soberbia en la vida. Sólo luchan por ganar dinero, por obrar sus trabajos con dignidad, por buscar caminos para resolver sus muchos problemas… Y sólo van a Dios para esto: para que les ayude en el trajín de la vida. Pero no van a Dios para que les enseñe a ser santos, para aprender a despreciar lo humano para alcanzar lo divino.

Así está toda la Iglesia.

Claro, después no entienden que hay que enfrentarse a Francisco. No lo comprenden. Porque como Francisco da discursos de amor, de misericordia, de aliento a los hombres, entonces es un gran Papa. Como Francisco besa, abraza, da de comer, da dinero a los damnificados, entonces es un gran Papa, porque imita la humanidad de Jesús, imita a Jesús hombre.

En este error anda la Iglesia y no va a salir de este error tan grave para la misma Iglesia.

Muchos no han comprendido que la Iglesia es sólo un camino para salvarse y santificarse. Y no es un camino para dar de comer a nadie, ni para resolver los problemas económicos de nadie.

Jesús no puso Su Iglesia para esto. Y esto es lo que únicamente se quiere en la Iglesia. Sólo esto. Esta es la teología de los pobres: presentar lo humano de Jesús para que los hombres hagan lo mismo en sus vidas.

Este es el mayor error de todos porque, de esta manera, se desprecia la gracia que es necesaria para hacer el bien divino en la Iglesia. Y todos haciendo sus bienes humanos que no sirven para nada en la Iglesia. Para nada. Tenemos una Iglesia llena de obras humanas que impiden caminar hacia Dios. Son un obstáculo las obras de los hombres en la Iglesia, cuando se hacen sin la Gracia.

Lo que hace Francisco: tirarse fotos con la gente, acariciar niños, abrazar a los enfermos, dar dinero, es lo que no hay que hacer en la Iglesia. Eso es sólo perder el tiempo en la Iglesia. Eso es sólo darle el gusto a la gente. La gente sólo le interesa eso: si el Papa ha acariciado a un niño.

Y todos como bobos viendo al Papa acariciar al niño.

En esto absurdos estamos en la Iglesia. Porque si Francisco fuera santo y predicara la verdad del Evangelio, entonces no habría problema en demostrar un cariño humano.

Pero como Francisco está en las antípodas de la santidad y sus predicaciones sólo un cúmulo de herejías, entonces lo que hace en todo eso es su obra de teatro en la Iglesia, es su entretenimiento en la Iglesia, es buscar el aplauso de la gente, y que la gente lo llame bueno y santo porque abraza a los enfermos, porque ayuda a la gente con problemas.

Es el pelagianismo que vivimos cada día en la Iglesia como si fuera el alma de la Iglesia.

Ahí está la verdadera herejía en la Iglesia: en las obras de las almas que ya no quieren la gracia para hacer el bien en la Iglesia. Ya no la necesitan porque son buenos hombres, son personas maravillosas, simpáticas, entrañables, cariñosas, humanas, tan naturales, tan carnales, tan enraizadas en lo humano, que la vida es bella con esas personas y qué bueno que todo el mundo sea así en la Iglesia.

El culto al hombre es la esencia del pelagianismo y es lo que vivimos en cada esquina de la Iglesia.

El hombre necesita la gracia para hacer un bien en la Iglesia, porque si no se dedica a hacer su iglesia, llenas de sus obras divididas en lo humano, llenas de su sentimiento humano, alzadas en su humanidad como si fueran las mejores obras de todos.

Hoy nadie hace la Voluntad de Dios en la Iglesia porque todos viven el optimismo por el hombre, el optimismo por la voluntad del hombre, la opción para ser grandes hombres en la Iglesia.

Esta es la herejía actual en toda la Iglesia: el culto al hombre.

Glosario

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