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Sacerdotes y laicos en la Iglesia

Virgen de Guadalupe

Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

«La Iglesia será eclipsada: 1- No se sabrá cuál es el verdadero Papa; 2- el Santo Sacrificio será proscrito, cesará de ser ofrecido en las iglesias e incluso en las casas, de tal suerte que durante un tiempo no habrá más culto para el público. Pero he visto que sin embargo el Santo Sacrificio no cesará: se le ofrece en las granjas, las alcobas, en las bodegas y los sótanos» (Melania al P. Combe).

laverdad

Sólo Cristo es Sacerdote. Los demás, en la Iglesia, no son sacerdotes.

Esta Verdad se comprende así: el Sacerdocio de Cristo es sólo espiritual, no humano, es decir, proviene del Espíritu, es una obra del Espíritu en Cristo.

Jesús es la Encarnación del Verbo en una Carne. Y esto es ser Sacerdote. Esa obra que el Espíritu hace en Jesús al encarnarse en el Seno de la Virgen.
Es claro, que sólo Jesús es Sacerdote por Su encarnación en María Virgen.

Y es Sacerdote para una Obra de Redención: para quitar los pecados de los hombres y así llevarlos al Cielo.

Por eso, Jesús hace primero Su Obra Redentora: morir en la Cruz, que para eso ha nacido. Esa es la Voluntad de Su Padre: morir.

Y, en la muerte, en el derramamiento de Su Sangre, cuando el soldado le abrió el costado, ahí Jesús inicia otra Obra Divina: Su Iglesia.

Son dos obras en Jesús distintas.

Una como Sacerdote: la Obra de la Redención del género humano.

Otra como Rey de Su Iglesia: unir a las almas redimidas en Su Cuerpo Místico, que es la Obra de Su Iglesia: en la tierra, en el Purgatorio y en el Cielo.

Jesús, durante su vida humana, no obra Su Iglesia, sino sólo su Obra Redentora. Sus milagros, sus predicaciones, cualquier cosa que hace es sólo para redimir a los hombres. Jesús no inicia Su Iglesia hasta Pentecostés, en que asciende al Cielo para gobernar Su Iglesia derramando sobre Sus Apóstoles y María Santísima el Espíritu necesario para obrar Su Iglesia en la tierra.

Jesús actúa en Su Iglesia como Rey, ya no como Sacerdote, porque Su Sacerdocio es para una Obra de Redención, y Su Reinado es para la Obra de Su Iglesia.

Como esa Obra de Redención se sitúa en todo tiempo de los hombres, en la historia de los hombres, es necesario que los hombres participen de ese Sacerdocio. Y, por eso, Jesús pone en Su Iglesia un Sacramento para recibir el Espíritu de ese Sacerdocio. Y, de esa manera, hay sacerdotes que tienen la misión de unirse a la Obra de la Redención en Cristo. Son corredentores con Cristo. Se une a Cristo Sacerdote para redimir a los hombres por sus pecados.

Y, por tanto, esos sacerdotes sólo obran la Redención en la Iglesia, sólo tienen poder de consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el altar para que lo que hizo Cristo sea eterno entre los hombres, sea una obra que no pasa nunca porque siempre hay un sacerdote que la pone realmente en medio de la Iglesia.

Los que no reciben el Sacramento del Orden, no son sacerdotes, pero participan del Sacerdocio de Cristo por el Bautismo. Es sólo una participación espiritual, pero no real como en el Sacramento del Orden.

Equiparar a los fieles con los sacerdotes, igualarlos, hacerlos uno en la Iglesia es destruir tanto el Bautismo como el Orden. Son Sacramentos distintos para una misión diferente en la Iglesia. El laico y el sacerdote son hijos de Dios por el Bautismo, tienen el Espíritu de filiación divina, pero el fiel no es sacerdote porque no tiene el Espíritu del Sacerdocio que sólo se da en el Orden.

Hoy ya se enseña esta igualdad por muchos sacerdotes y Obispos y lo que están enseñando es la destrucción de la Iglesia, para así hacer una nueva iglesia en la que todos sean una sola cosa en el pensamiento del hombre y, por tanto, el sacerdocio se represente sólo de forma externa, sin ningún espíritu en él.

Eso es Francisco y todo su gobierno horizontal: hacen en la Iglesia su teatro, su obra como sacerdotes, en el que ya no creen porque han perdido el Espíritu del Sacerdocio. Se visten de sacerdotes, de Obispos, de Cardenales porque todavía no es tiempo de dejar esos trajes. No hay que asustar a los fieles de la Iglesia antes de tiempo. En su momento, la Jerarquía Eclesiástica dejará su careta que tiene ahora y se mostrará tal cual es en realidad.

Un cardenal que predica la igualdad de los fieles con los sacerdotes, como es Oscar Madariaga, es una señal de que ese Cardenal ya no celebra su misa, ya no consagra, porque ya ha perdido la Fe en Cristo Sacerdote y en la Iglesia.

La Fe si no se predica como es entonces es la señal de que esa persona no tiene Fe, sino que ya se inventó su fe humana. Y se viste de Obispo o de sacerdotes sólo por aparentar, pero no porque viva ese Espíritu.

Hay muchos sacerdotes y Obispos de esta manera. Cuando predican claramente una doctrina opuesta a la de Cristo, como es Francisco, automáticamente, -y no hace falta poner la mano en el fuego-, ese sacerdote, ese Obispo no consagra nada cuando celebra su misa. Hace un teatro y sólo un teatro en la Iglesia.

El sacerdote sólo tiene poder de consagrar en la Iglesia. Pero es necesario que el sacerdote crea en la Palabra de Dios. Sin esa Fe, no hay consagración en el Altar, aunque diga las palabras correctas cuando consagra.

El sacerdote no tiene poder de gobernar, de enseñar, de santificar la Iglesia. Sólo de consagrar.

Ese Triple Poder se lo da Jesús sólo a Pedro, al hacerlo Cabeza de Su Iglesia. Y, cuando los Obispos y sacerdotes, se unen a Pedro, le obedecen, entonces el sacerdote y el Obispo tienen el poder para enseñar, gobernar y santificar la Iglesia de Cristo.

Son dos poderes distintos en la Iglesia: el poder de consagrar y el poder de hacer Iglesia.

Muchos sacerdotes consagran, pero no hacen Iglesia: porque no están unidos a Pedro, no obedecen a Pedro.

Muchos no consagran ni tampoco hacen Iglesia: porque ya han perdido la fe divina y la fe católica.

Muy pocos consagran y hacen Iglesia: porque sólo se rigen por el Espíritu del Sacerdocio y por el Espíritu de la Iglesia.

Cuando se anula a Pedro, cuando renuncia Pedro a ser Pedro, entonces sólo queda el poder de consagrar en cada sacerdote y en cada Obispo. Pero ya no se tiene el poder de enseñar, ni de gobernar ni de santificar a las almas en la Iglesia. No hay poder de hacer Iglesia.

Esto es lo que pasó con la renuncia de Benedicto XVI. Esa renuncia produjo la ruptura entre Cristo y Su Cabeza, que es Pedro. Y Cristo, como Rey de la Iglesia, no da Su Poder a Pedro. Y la Iglesia se queda sin ese Poder en una Cabeza Visible.

Sólo queda el poder de consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo en cada sacerdote que crea en las palabras del Evangelio.

Pero nadie, ahora, en la Iglesia tiene poder para enseñar nada, para gobernar nada, para santificar nada. Porque para hacer eso, es necesario unirse a la Cabeza Visible, que sigue siendo Benedicto XVI. Pero ¿quién se une a un Papa que no quiere ser Papa? Nadie. ¿Quién se puede unir a Cristo en una Cabeza que ha renunciado a unirse a Cristo? Nadie. Es claro que no es posible unirse a Francisco, porque no es Papa, sino un anticristo, un hereje. Y nadie puede comulgar con un hereje. Comulgan con Francisco los herejes como él, que hay muchos en la Iglesia y en el mundo.

Lo que ha hecho Benedicto XVI es muy grave para toda la Iglesia. El Poder todavía está en Benedicto XVI, pero es inútil, inservible. Y eso produce una cosa en la Iglesia: la anulación del Sacerdocio en la Iglesia.

El Sacerdocio es de la persona del sacerdote y, al mismo tiempo, de la Iglesia.

Se es sacerdote porque se tiene el Espíritu del Sacerdocio, que se recibe en el Sacramento del Orden, pero además se es sacerdote porque se está en la Iglesia de Cristo, se tiene el Espíritu de la Iglesia.

Y el sacerdote en la Iglesia obra con la intención de la Iglesia, no sólo con la intención de Cristo. Tiene dos intenciones distintas todo sacerdote.

Con la intención de la Iglesia, el sacerdote pone en el altar a Cristo unido a las intenciones del Papa. Hace lo que hace la Iglesia unida su Cabeza: que es adorar a Cristo en Pedro.

Con la intención de Cristo, el sacerdote pone en el altar a Cristo unido sólo a la intención de Cristo, de la Cabeza Invisible, de Su Rey en la Iglesia. Y, por tanto, hace lo que Cristo hizo en la Última Cena.

Pero en la renuncia de Benedicto XVI, ya no hay intención de la Iglesia en el sacerdote. Ya cuando consagra a Cristo en el altar sólo consagra con la intención de Cristo, pero no con la intención de la Iglesia. La Razón: no hay cabeza visible en la Iglesia. No hay Vicario de Cristo. No hay intención de la Iglesia.

Por eso, en el canon de la Misa no hay que pronunciar ni los nombres de Benedicto XVI, ni de Francisco, ni del Obispo del lugar. Porque ya no hay autoridad divina en la Iglesia. Y no es posible decir el nombre de un hereje en la Sta. Misa. No se puede nombrar a Francisco. Habría un pecado en el sacerdote que celebra la Misa.

Esto es un problema espiritual en la Iglesia, porque ahora no se puede hacer Iglesia cuando se celebra una Misa. Antes sí, porque existía la Cabeza Visible. Ahora, no.

Al renunciar Benedicto XVI, no hay poder para enseñar, para gobernar, para santificar en la Iglesia.

Esto es muy grave porque el sacerdote tiene la misión, no sólo de consagrar a Cristo, sino de gobernar, enseñar y santificar en la obra de Redención que hace sobre el altar. Y no se puede hacer eso ahora porque no hay poder. Sólo por eso.

Por supuesto, que se habla y se enseña y se mandan cosas, pero sin el poder divino, que sólo se da a través de Pedro a todo sacerdote y Obispo que se une a Pedro. Como no hay cabeza, no hay poder.

Esto produce un gran caos real, no imaginario, en toda la Iglesia.

Porque si uno quiere enseñar la verdad de lo que está pasando en la Iglesia hoy día, hay que enfrentarse a Francisco y a Roma. Y eso supone no hacer Iglesia, no hacer la iglesia que está en Roma, no hacer la iglesia que presenta Francisco. No tener intención de la nueva iglesia que está en Roma. Y esto es un enfrentamiento en la misma Iglesia.

Quien calla la herejía de Roma sólo hace la nueva iglesia de Roma, pero no hace Iglesia, la de Cristo, la verdadera.

Este es el caos. Se ve que no hay poder para enseñar en la Iglesia porque inmediatamente se produce un enfrentamiento en la misma Iglesia, una división. Y entonces no se hace Iglesia, no se es Iglesia actualmente cuando se celebra la Misa.

Esto a la larga produce un ruptura total: o se está con Roma y, por lo tanto, se hace la iglesia que Roma quiere, o se está en contra de Roma y se hace la Iglesia que Jesús quiere.

Y como Roma no va a dejar sus capillas, sus parroquias, entonces va a llegar un momento en que hay que celebrar las misas en casa particulares con las almas que sí quieren la doctrina de Cristo, la Iglesia de siempre.

Ahora en la Iglesia no se quiere esa doctrina de Cristo y cuando se predica, la gente se alborota. Eso es señal de que no hay Espíritu de la Iglesia en el Cuerpo Místico. Y si no hay Espíritu no se puede enseñar, ni gobernar, ni santificar nada en la Iglesia.

Estamos en tiempos muy difíciles. Y hay que renunciar a Roma para seguir la Iglesia verdadera. Quien no renuncie se pierde en una iglesia que ya es la nueva plataforma para el Anticristo en Roma.


2 comentarios

  1. Juan Pablo dice:

    Me interesó particularmente la cita de Melania de La Salette del inicio del artículo: “No se sabrá cuál es el verdadero Papa” Está diciendo que iba a haber dos Papas ¿Hay algún vínculo donde se pueda consultar esa profecía completa?
    Desde ya muchas gracias.

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