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La condenación de las almas

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Todo para aquel que cree la vida debe consistir en seguir al Espíritu en su corazón. Porque es el Espíritu el que enseña el camino del hombre. No es el pensamiento del hombre el que hace el camino en la vida.

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Las almas no saben seguir al Espíritu porque no entienden lo que significa esto en la realidad.

Las almas suelen escuchar sus voces humanas, sus ideas humanas, sus planes humanos, pero no saben escuchar la voz de Dios en su corazón.

Y es un trabajo de toda la vida. Es un trabajo que sólo el Espíritu enseña al hombre para que vaya dejando todo aquello que impida realizar la Voluntad de Dios en la vida.

Son muchas cosas que los hombres no saben lo que hacen un muro para ver la Verdad. Por eso, decía el Señor: “No pido que los saque del mundo, sino que les preserves del Maligno” (Jn 17, 15).

Es el Maligno el que obra el pecado en todos los hombres. Y lo obra de muchas maneras, porque el hombre nace abierto al pensamiento del demonio.
Lo que hoy se enseña por todas partes: hay que abrir la mente. Eso sólo significa el culto a Satanás en el hombre.

El hombre adora al demonio en propia mente, cuando se dedica a buscar un pensamiento para impedir la verdad o para obrar una mentira.

Abrir la mente es escuchar la voz de demonio que pone ideas, razones, juicios, pensamientos, recuerdos, imágenes, ilusiones, sueños, al hombre para que el hombre siga eso como una verdad en su vida.

Y si el hombre no concibe su vida como una batalla contra su propia mente, entonces no sabe luchar ni contra el pecado ni contra el demonio ni contra los hombres. Se deja arrastrar de cualquier pensamiento bello, positivo, bueno que cualquier hombre le ofrece para vivir.

Siempre ha sido así desde que el hombre es hombre.

El hombre nace mirando su pensamiento. Y vive mirando su pensamiento y no sabe desprenderse de su pensamiento.

Y este es el camino que Jesús ha puesto a todo hombre si quiere seguirlo, si quiere servirlo, si quiere pertenecer a Su Iglesia.

Y este es el camino que la Iglesia no quiere seguir como lo vemos en toda la Jerarquía de la Iglesia instalada en Roma.

Hoy ya no se comulga con la doctrina de Cristo dentro de la Iglesia. No es posible por la apostasía de la fe que comenzó hace 50 años y que ya ha dado sus frutos, sus obras maduras, que ya las comen muchos en la Iglesia y se alimentan de esos frutos corrompidos.

Y no hay manera de volver a lo primitivo, a lo de siempre en la Iglesia, a lo que Jesús puso como Verdad en la Iglesia.

No hay manera. Porque los hombres sólo viven para sus pensamientos, para buscar un pensamiento que les guste, que les atraiga, que les endulce la vida. Pero ya no buscan la verdad de sus vidas.

Y este es el juego que hay ahora en la Iglesia.

Un juego dado por el demonio y que utiliza a todos los hombres en sus pensamientos.

Como todo está en el hombre, en sus ideas, en sus razones, en sus juicios para formar la Iglesia, entonces hagamos en la Iglesia la Iglesia de todos, en la que todos puedan opinar y presentar sus inquietudes en la vida. Y esa iglesia de todos hagamos que la mayoría presente un ideal de vida para que todos acepten eso como doctrina verdadera.

La mayoría son todos los Obispos que se unen a Francisco. Que todos los Obispos presente su carta en la Iglesia y que expongan cómo solucionar todos los problemas de la Iglesia de una forma real, concreta.

Porque ya el Papa es la voz de los Obispos. Y el Papa escucha esas voces y decide lo mejor para la Iglesia. Y como todos en la Iglesia estamos bajo el Papa, obedeciendo al Papa, entonces lo que diga el Papa eso es.

Esto es lo que hay ahora en la Iglesia. Esto es lo que significa el gobierno horizontal. No tiene otra explicación. No se puede explicar el gobierno horizontal como una ayuda al Papa. Eso ni se lo creen en Roma. Eso sólo se lo creen los bobos que siguen a Francisco.

La Iglesia es, en esto momentos, la habladuría de los hombres, es decir, lo que los hombres piensan y hablan. Y no es más que eso.

En la Iglesia se ha perdido el sentido espiritual de la vida humana. Y todo se ve desde la condición del hombre, desde la filosofía del hombre, desde la política del hombre, desde la cultura del hombre, desde el hombre.

Y no se ve de otra manera, porque para toda la Jerarquía Dios es el hombre, Dios habla a través del hombre, Dios está en cada pensamiento del hombre, Dios está en cada vida humana, Dios está en cada obra del hombre.

Así se piensa en la Iglesia. Así piensan muchos sacerdotes y Obispos. Así se predica hoy en muchas parroquias. Todo es el hombre. Jesús se encarnó y comenzó el camino del hombre.

En esta herejía es como vive la Iglesia desde hace 50 años. No es de ahora. La Iglesia obra sólo para el hombre. Ya no obra para Dios. Ya no ve a Dios en la vida de cada hombre. Sólo ve los problemas de los hombres y quiere dar solución a todos esos problemas pero olvidando la vida espiritual de cada alma.

Ya no se atiende a la doctrina de Cristo. Eso ya no interesa. Sólo se atiende a resolver problemas. Y no más.

“La invitación que deriva para toda la Iglesia es escuchar los problemas y expectativas que están viviendo hoy en día tantas familias, mostrase cerca de ellas y ofrecerles de forma creíble la misericordia de Dios y la belleza de la respuesta a su llamada” (arzobispo Bruno Forte).

Esto es lo que no se debe hacer en la Iglesia.

La Iglesia no está para escuchar los problemas y las expectativas que viven los hombres. La Iglesia sólo está para escuchar la Voz de Dios, que ya sabe los problemas de todo el mundo. Y es la Voz de Dios la que indica el camino para resolver los problemas de todo el mundo.

Pero como la Jerarquía de la Iglesia se niega a escuchar la Voz de Dios, entonces se invitan su invitación a toda la Iglesia. Se hace un sínodo para nada. Igual que se hizo un Concilio Vaticano II para nada.

A los hombres les encanta escuchar a los demás hombres. Se pasan la vida así. Y, por eso, cuando el hombre no cuida sus sentidos, el hombre peca por sus sentidos.

Para que la Iglesia camine tiene que seguir la Voz del Espíritu. No puede seguir la voz de los hombres.

Porque sigue esa voz desde hace 50 años tenemos la Iglesia que le gusta a los hombres, que apasiona a los hombres, pero que deja a Dios a un lado.

Y esta es la condenación para muchos.

Hoy día que no se habla del infierno, tenemos en Roma al mismo infierno, que ha puesto un camino en Roma para que las almas se condenen sin más.

La nueva iglesia es la iglesia de la condenación. Porque si Roma era la Iglesia de la salvación, ahora es lo contrario. No puede ser menos.

Si Roma antes salvaba, ahora Roma condena.

Si en Roma antes se encontraba a Dios, ahora en Roma se encuentra al demonio.

Esto es una verdad, que nadie quiere creer.

A muchos les asusta este lenguaje. Pero es la verdad.

Cuando el Espíritu de la Verdad indica el camino el hombre ve las mentiras que están fuera del camino. Y la Verdad ya no está en Roma, sino en otra parte. Roma ha quedado fuera del camino y es sólo una mentira más que hay que rechazar en la vida.

Y cuesta rechazar a Roma por lo que ha sido Roma durante siglos. Pero hay que rechazarla para seguir al Espíritu de la verdad que marca otro camino diferente al que maca Roma.

Los hombres les cuesta ver la Verdad en la vida. Y más en la Iglesia, porque sólo ven la Iglesia como algo social, como algo religioso, como algo que hay que tener en la vida igual que se tienen otras cosas.

A los hombres les cuesta vivir de fe, porque les es fácil vivir de sus pensamientos humanos.

Y, por eso, ante hombres como Francisco, que dan a los hombres lo que les gusta en la vida, lo que para ellos es la verdad de sus vidas, no se preguntan por la Verdad. Ya ven en lo que Francisco ofrece la verdad para sus vidas.

Así hay muchos hombres, no sólo entre los fieles, en el común de la Iglesia. Hay muchos en la Jerarquía que no buscan en sus sacerdocios la verdad de lo que es y debe ser un sacerdote en la Iglesia.

Y, por eso, caen ante Francisco. No ven su maldad. Y si la ven, callan, porque ellos mismos ya viven mal. Ellos mismos se acomodan a su vida mala y aquello que Francisco les presenta.

Este acomodarse a lo bello de la vida humana, a lo placentero de la vida humana, a conseguir sacar a adelante la vida humana es lo propio de las almas que se quieren condenar.

Así obra toda alma que no lucha por la Verdad, sino que lucha por sus verdades en la vida.

Esta es la condenación real de las almas. Muchos viven así: contentos en sus vidas humanas, pero no tienen ninguna virtud, ningún aprecio por las cosas divinas, por las cosas santas, por las cosas sagradas. Sólo aprecian lo humano, lo profano, lo natural. Y ensalzan eso en sus vidas. Y dan importancia a sólo eso en sus vidas.

La Iglesia se encuentra en estos momentos estancada en lo humano. No sabe caminar hacia lo divino. No comprende lo divino. No capta lo divino.

Por eso, hay muchas almas en la Iglesia que no son capaces de discernir nada, sino que se lo tragan todo: la verdad y la mentira. Todo lo ponen en un saco. Y todo vale.

La Iglesia es para hacer el camino hacia la verdad de la vida en cada alma. Se está en la Iglesia para que el alma encuentre ese camino en su vida.

Y es un camino para el alma. No es un camino en general, para todos. Porque el amor de Dios es para cada alma, no se da de forma general, universal. Se da a cada alma, y cada alma tiene que darlo a todo el mundo, pero como Dios lo quiere.

Porque las almas no saben vivir este amor divino en concreto en sus vidas, entonces buscan en la Iglesia un amor que no es capaz de llenarles el corazón, un amor general, un amor para todos, un amor en el que hay muchas mentiras y muchos errores.

Este es el amor que se ofrece en la nueva iglesia en Roma. Un amor abastecido por el hombre. Un amor inventado por los hombres. Un amor para solucionar los problemas de los hombres y hacer que ellos estén felices en sus vidas.

Es un amor manipulado por los hombres. Un amor adulterado por los hombres. Un amor falsificado por los hombres. Un amor que sólo da palabras para tratar de convencer a los hombres de que todo va de maravilla en la Iglesia, de que eso es lo que Dios quiere en la Iglesia.

El problema de los hombres es siempre el amor de Dios. Cuando el hombre no posee ese amor divino en su corazón, entonces hace la Iglesia del demonio siempre. Sólo el que tenga el amor de Dios en su corazón sabe obrar ese amor sin poner una mentira en la Iglesia.

La Iglesia es la obra de la gracia. Y aquel que no esté en gracia no obra la verdad en la Iglesia, sino que obra su mentira.

Dios ha dado a cada alma la gracia para obrar su amor en la Iglesia. Y si las almas no viven en gracia, por más que obren en la Iglesia no hacen nada ni para Dios, ni para el mundo ni para la Iglesia.

La gracia es el principio de la salvación en los hombres. No es la fe. Sin la gracia no se puede hacer las obras divinas en la Iglesia.

Porque por mucho que las obras de los hombres sean buenas, si no se hacen en gracia, no las mira Dios nunca en su Iglesia.

Así hay muchos que se esfuerzan en hacer cosas buenas en la Iglesia, pero no se esfuerzan en quitar su pecado que les impide la gracia.

Es lo que vemos continuamente desde Roma en que la Jerarquía Eclesiástica sólo habla de cosas buenas que hay que hacer en la Iglesia, pero ninguno quita su pecado de en medio de la Iglesia. Ninguno. Todos se llama a sí mismo pecadores, porque eso queda buen decirlo en público, pero nadie lucha por quietar su pecado de su vida.

Y entonces se hace una Iglesia llena de gente farisea, que pone cara de humilde, cara de buenos amigos, pero que después traiciona a la Iglesia con sus obras de pecado.

Por eso, sólo se ve en la Iglesia la condenación de muchas almas. Ya la gente no busca salvarse ni santificarse en la Iglesia. Ya sólo busca su vida cómoda, la que ellos se han inventado en sus pensamientos humanos, la que otros le ofrecen en el mundo, la que se origina de la herejía del humanismo que pone al hombre como el centro de todo.

Glosario

Misa espiritual

Benedictus PP. XVI

Allí donde está Pedro, allí está la Iglesia, allí se encuentra a Dios

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