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La Iglesia es una Gracia

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“…por la gracia habéis sido salvados mediante la fe; y esto no de vosotros, que de Dios es el don; no en virtud de obra, para que nadie se gloríe” (Ef 2, 8)

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La salvación viene por la gracia, no por la fe.

La gracia que obra mediante la fe.

Para alcanzar la gracia, que es lo que salva, es necesario creer en la Palabra de Dios. Y este creer es un don de Dios, no es algo que el hombre alcanza con su virtud humana.

Pero la gracia no se obtiene fuera de la Iglesia que Jesús ha fundado en Su Sangre.

“mas ahora en Cristo Jesús vosotros, los que un tiempo estabais lejos, habéis sido aproximados por la Sangre de Cristo” (Ef 2, 13).

Es la Sangre de Cristo la que une a todos. Es su derramamiento, en su muerte, lo que produce una cosa: que Cristo sea Cabeza de la Iglesia. Cabeza que salva a los que quieren estar en Su Iglesia.

La muerte de Cristo produce que el alma tenga en sí una gracia salvadora, cuando el alma deja su pecado. Si no deja su pecado, el alma no recibe esa gracia que le conduce hacia la salvación.

“Porque Él es nuestra paz; el que de los dos hizo Uno y derribó el muro interpuesto de la valla, la enemistad, anulando en su Carne la ley de los mandamientos formulados como edictos, para hacer en sí mismo de los dos un solo hombre nuevo…” (Ef 2, 14-15).

Cristo Jesús ha puesto al hombre un puente para salir de su pecado, que es la enemistad con Dios, que es un muro, para que el hombre se convierta en un ser nuevo, regenerado por la gracia.

La Sangre de Cristo ha derribado el muro del pecado y ha puesto el camino hacia la libertad del Espíritu.

Por tanto, sólo es posible estar en la Iglesia cuando el alma se une a la Sangre de Cristo.

Si no hay esa unión, que es una unión mística, -no una unión espiritual-, entonces el alma no pertenece a la Iglesia.

Y ¿cómo se une el alma a la Sangre de Cristo? Sólo de una forma: creyendo en la Muerte de Cristo como una obra salvadora y santificadora.

Si el alma no tiene Fe en la Muerte de Cristo, entonces el alma no está unida a Cristo ni a su Iglesia.

Jesús es la Palabra que muere en una Cruz.

Es necesario creer en la Palabra, que es Jesús, pero eso conlleva creer en la Obra de la Palabra, que es Su Muerte en la Cruz.

No se puede creer en la Palabra sin creer también, al mismo tiempo, en la Obra de la Palabra, Su Muerte.

Quien sólo tiene Fe en la Palabra, entonces no cree en Dios, sino que cree en un Jesús que puede ser cualquier cosa, menos Dios. Y no cree en la Obra de Redención que Jesús hizo en la Cruz. Rechaza la Cruz, rechaza la penitencia, rechaza la mortificación, rechaza salir del pecado para salvase.

La Cruz es la Obra de la Palabra. No es la obra de un hombre. No es que los políticos de aquella época mataran a Jesús.

La Cruz es la Obra que hace Jesús para fundar Su Iglesia.

Por tanto, la Iglesia nace de la Sangre de Cristo, que se derrama en el Dolor y en la Muerte de Jesús en el Calvario.

Y no nace la Iglesia antes ni después. No nace cuando Jesús proclama a Pedro como Vicario de Cristo. Ni nace cuando el Espíritu sopla sobre los Apóstoles reunidos con la Virgen María en el cenáculo.

La Iglesia nace cuando el soldado abre el costado de Cristo y, al punto, salió sangre y agua.

Y hay que creer en ese nacimiento, porque ahí empieza la salvación del hombre. Hay que creer en esa muerte salvadora.

Muchos tienen fe en Jesús, pero no tiene fe en la Iglesia que Jesús fundó. Es una contradicción. Una fe dividida, porque no han comprendido la obra de Jesús.

La obra de Jesús es sólo una muerte. Y no otra cosa.

Jesús no predicó, no dio de comer, no hizo milagros, porque era un hombre con un poder de Dios.

Jesús, antes de morir, hizo todo eso porque era solo la Voluntad de su Padre, que quería dar a los hombres un signo para que entraran en la Iglesia que su Hijo iba a fundar en la Cruz.

Primero hay que morir para ser de la Iglesia, para hacer Iglesia.

Y es lo que las almas no han comprendido en la Iglesia.

Para que la gracia de los Sacramentos fluya en la vida de las almas, éstas tienen que morir a todo lo humano. Si no es imposible vivir de la gracia y salvarse. Imposible.

Y, por eso, una Iglesia que predica irse al mundo no es la Iglesia de Jesús.

Una Iglesia que dice que lo que hay que hacer es dar de comer a los pobres, dar trabajo a los jóvenes y cuidar a los enfermos o ancianos, no es la Iglesia de Jesús.

La Iglesia de Jesús nace en la muerte y sigue en la muerte.

No nace en la muerte y continúa en la Resurrección.

La Iglesia no ha resucitado, como Cristo lo ha hecho. La Iglesia tiene que pasar por su muerte, como la pasó su Cabeza. Y, entonces, vivirá lo glorioso, como Cristo lo vive.

Una Iglesia que se olvida de morir, de quitar el pecado, de quitar los apegos a la vida, de practicar las virtudes, no es la Iglesia de Jesús.

Una Iglesia que sólo predica el amor y la misericordia de Dios no es la Iglesia de Jesús.

Una Iglesia que dice continuamente que todos estamos salvados, no es la Iglesia de Jesús.

Una Iglesia que quiere unirse a los demás sin que quiten sus pecados, sus errores, sus maldades en la vida, no es la Iglesia de Jesús.

Esto es lo que se está predicando constantemente por Francisco y los suyos en la nueva iglesia fundada en Roma.

Y todavía la gente no se ha dado cuenta del gran engaño de Roma.

Y habrá mucha gente que, cuando quiten la eucaristía, aplaudirá eso como una verdad en la Iglesia.

Porque así está la Iglesia: se busca salvarse sólo creyendo en Jesús, sin la gracia que la fe otorga al que cree de verdad.

Esta es la fe fiducial de los protestantes. Sólo es necesario creer. No es necesario la gracia para salvarse. La fe salva, no son las obras de la gracia lo que salva.

Esta fe fiducial es la que predica Francisco en cada homilía suya.

Por ejemplo, esta herejía: “Sólo el pecado del hombre puede interrumpir la unión con Dios, pero incluso en este caso, Dios le buscará siempre, le perseguirá para restablecer la unión que perdura también después de la muerte”.

Nunca Francisco dirá que el pecador tiene primero que arrepentirse de su pecado, quitar su pecado para que se restablezca la unión con Dios. Solamente dice que, aunque el hombre haya pecado, Dios siempre lo salva, lo busca, lo persigue para darle esa unión que está siempre.

En esta frase, Francisco no sólo hace referencia a la fe fiducial, sino que pone su herejía favorita: la unión con Dios perdura siempre después de la muerte.

Esta frase es oscurísima porque no se sabe a qué unión se refiere Francisco. El que muere en su pecado no está unido a Dios. Y, por eso, el infierno, donde no se puede dar la unión con Dios.

Pero aquí Francisco mete su idea de lo que es el pecado. El pecado es sólo, para Francisco, un fallo humano, una equivocación, ya sea en lo social, en lo cultural, en la inteligencia, etc. Y, por tanto, por ese fallo humano, el hombre se pierde en otra cosa. Pero he aquí a Dios que siempre viene a recuperar al hombre de su error. y, por tanto, todos, al final de su vida, se salvan, aunque hayan hecho los pecados más graves, porque sólo son errores en la vida, caminos equivocados en la vida. Y como ya Dios nos ha salvado en su Hijo, en Su Muerte, entonces siempre el hombre va a estar unido a Dios, aunque esté en su pecado, en su error. Y, por eso, dice esa frase.

Por tanto, para Francisco, no existe el Purgatorio, ni el Infierno, ni el Cielo, ni el pecado, ni nada. Sólo existe el hombre que se salva a sí mismo. Sólo eso. Con sus obras, con sus buenas obras y su recuerdo de la vida de Cristo, su memoria puesta en Cristo, así es como uno se salva en la nueva iglesia que Francisco ha fundado. Si el hombre recuerda que Cristo murió por él, entonces se salva aunque no quiete sus pecados. Ya Cristo quitó el pecado de todos en su Cruz. Ya el hombre no tiene que luchar para quitar su pecado.

Las homilías de Francisco son sólo para las almas que quieran estar en la nueva iglesia. Para los demás es candela para calentarse un día de frío, porque no sirven para nada.

A Francisco no se le puede ni leer ni escuchar sin quedar herido en el alma. Siempre da una confusión al alma. Siempre. El alma no sale clara de su presencia. Sale confundida. No sabe qué es lo que ha querido decir ese hombre. A pesar de su llaneza en las predicaciones, no hay quien entienda a Francisco cuando habla. Porque mete un doctrina encubierta, que sólo él la comprende, y es su vida.

La Iglesia es una Gracia. Y, por tanto, nadie merece esa Gracia. Nadie se puede apropiar de esa Gracia. Nadie puede usar esa Gracia.

El alma que quiera estar en la Iglesia, tiene que aprender a ser Iglesia, a hacer la Iglesia, sólo de la mano del Espíritu.

Si el alma no hace esto, se pierde, porque, hoy día, al no existir la Cabeza Visible, Pedro, la Iglesia es muchas cosas y no es nada.

Terrible confusión lo que vemos hoy en Roma y en todo el mundo. La confusión de la Torre de Babel. No hay nadie cuerdo en Roma ni en el mundo.

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