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Ciegos para ver la Verdad

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“Santifícalos en la Verdad; Tu Palabra es Verdad…Y por ellos Yo me santifico a Mí Mismo para que ellos también seas santificados en la Verdad” (Jn 17, 17.19).

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La Iglesia ha quedado ciega para ver la Verdad, porque rechaza la Palabra, que es Verdad.

La Palabra es el Pensamiento del Padre y es la efusión del Espíritu en el alma del que cree.

Son tres cosas: Palabra, Pensamiento, Efusión.

Esta es la Verdad.

Un alma que vive en sus pensamientos humanos, en sus palabras humanas, en sus fuerzas humanas es un alma que carece de la Verdad en su vida.

La Verdad en la vida comienza escuchando la Palabra. Eso es la Fe en la Palabra, que es la Fe en Cristo.

Y quien cree en la Palabra, cree en el Pensamiento del Padre, que es el que engendra esa Palabra.

Y quien cree en la Palabra lo hace en el soplo del Espíritu, que es el que procede del Padre y del Hijo.

No se puede creer en Jesús y, después, cada uno estar en su mente humana y en sus obras humanas. Esa fe, que es la que poseen muchos, es sólo una fe humana, es decir, un producto de la mente del hombre que le gusta fabricar su fe en Dios y su fe en la Iglesia.

La Palabra es Verdad. Y esa Palabra Divina es un soplo de santidad en el alma que la posee. Es un camino hacia la verdad de la vida que el alma debe procurar hasta que muera.

Pero ese camino es un camino divino, no humano: está guiado sólo por Dios y sólo Dios sabe caminar ese camino.

Por eso, el hombre necesita ser humilde para poder comprender este camino y hacer en su vida la Voluntad de Dios.

La Iglesia está ciega, ya no ve la Verdad porque se ha separado de Cristo y de Su Iglesia.

De los dos, al mismo tiempo.

La Iglesia, en Roma, ya no es la Iglesia de Cristo, que Jesús fundó en Pedro.

Y no es desde la renuncia de Benedicto XVI. Ahí dejó de ser Iglesia y se convirtió en una falsa iglesia.

Los frutos de esa falsa iglesia no se vieron en ese momento, sino que se han ido viendo poco a poco. Las obras de esa falsa iglesia son claras para que el que tiene fe. Pero, para los demás, que se han fabricado la fe en su mente humana, sigue siendo la Iglesia de siempre.

Pero sólo por las obras se conoce dónde está la Verdad. Sólo por las obras. No por lo que diga la Jerarquía, Francisco o Benedicto XVI. Sus palabras ya no valen para guiar a la Iglesia hacia la Verdad, porque se han separado del soplo de la Verdad, del Espíritu de la Verdad. Y ahí quedan las obras para demostrarlo.

Pero, hoy día, tampoco la Jerarquía atiende a las obras para ver la Verdad. Tampoco. Y por una sencilla razón: porque ya no tienen fe en la Palabra. Y, cuando se pierde la fe, el pensamiento humano se hace dios. El hombre se cree dios.

Es lo que vemos en Roma. Por supuesto, que la Jerarquía no se llama a si misma dios. Pero lo demuestra con sus obras. Y sólo con sus obras, no con sus palabras, no con sus razonamientos.

Y ¿cuáles son esas obras?

Sólo una, que la resume todas: el silencio de la Verdad.

Ese callar el pecado de otro, ese no corregirlo, ese aplaudir el pecado del otro, ese ensalzar el pecado del otro, ese justificar el pecado del otro, lleva siempre a una obra de pecado en donde no puede aparecer la Verdad.

Benedicto XVI renunció y todo el mundo calló. Y había obligación moral, espiritual y mística de corregir al Papa. Y nadie en la Jerarquía de Roma hizo eso. Otros lo hicieron en la Iglesia, pero se les calló la boca.

Ante el pecado no se puede callar. Quien calla otorga el pecado. Quien no juzga el pecado comete el mismo pecado que no juzga.

Benedicto XVI obró su pecado en la Iglesia. Y ese obrar su pecado lo cegó y ya no ve la Verdad. Sólo ve su verdad, que es su renuncia. Sólo atiende a su pecado. Y toda la Iglesia es culpable en ese pecado porque calló ese pecado. Y al callar cometió la Iglesia el mismo pecado que cometió Benedicto XVI: la Iglesia renunció a la Verdad, como lo hizo Benedicto XVI.

Sólo por las obras se ve la ceguera de toda la Jerarquía Eclesiástica. Obras que atienden porque las tienen como verdad, no como pecado.

Y cuando el alma no ve el pecado, el alma se pone por encima de Dios en su pensamiento y sólo vive de su pensamiento, sin quitar su pecado. Y eso la ciega para no ver la Verdad.

Los Cardenales se pusieron a elegir un nuevo Papa. Y nadie dijo nada. Nadie corrigió a los Cardenales. Todos callaron el pecado de los Cardenales. Todos alabaron a los Cardenales por esa obra que hicieron. Todos justificaron a los Cardenales en el cónclave para elegir un Papa. Todo dijeron que eso que hicieron los Cardenales era la Voluntad de Dios.

La Iglesia no corrigió el pecado de los Cardenales y, entonces, la Iglesia cometió el mismo pecado de los Cardenales en el Cónclave: ha aceptado un falso Papa como Papa.

Esta es la ceguera de la Iglesia. No puede ver que Francisco sea un anticristo. No puede verlo. Por más que se le presenten razones y se den las obras de ese anticristo en la Iglesia, que son manifiestas, la Iglesia lo sigue teniendo como Papa verdadero.

Esta es la ceguera, no sólo de la Jerarquía Eclesiástica, sino de toda la Iglesia.

Por eso, es tan difícil de hacer Iglesia actualmente. La Iglesia tiene una división que la rompe en dos partes. Y son dos abismos. Y no se puede pasar de uno a otro.

Quien está con Francisco está en su abismo. Y no hay forma de que entiendan que van mal, que están en el error. No hay manera. Aunque se demuestre con palabras y obras al mismo Francisco lo que está haciendo, nadie hace caso en esa nueva iglesia en Roma. Nadie. Porque ellos ya se han creído que están en la Verdad y los demás en la mentira.

Ya han asumido su pecado como Voluntad de Dios, como algo verdadero, como algo bueno. Y eso es ponerse como dios en la Iglesia. Cuando el hombre no reconoce su pecado, hace un altar a su pecado. Es lo que vemos en Roma.

Se ha quitado el culto divino para poner el culto del hombre.

Quien no está con Francisco no puede comulgar en nada con Francisco ni con Roma. En nada, porque hay un abismo, hay una división que ya nadie puede unir de nuevo. Y, por tanto, los que no están con Francisco tienen que renunciar a Roma de forma necesaria. Es una exigencia del Espíritu en cada alma, porque el Espíritu es el que lleva a la Verdad completa. Y esa Verdad ya no la da Roma.

Luego, hay que buscarla fuera de Roma.

Esto es claro, pero no tan claro para muchas personas, porque todavía están entre el sí a Francisco y el no a Francisco. Todavía dudan y hacen dudar a los demás.

Hay una corriente, ahora, de opinión en toda la Iglesia. Es la corriente de la masonería, que consiste en esto: presentar a Dios como el que todo lo puede, todo lo sabe, todo lo obra. Pero presentarlo desde la perspectiva del hombre. Y, para eso, es necesario que el hombre explique a la Iglesia la forma de adorar a ese dios. Ya no se basa en la Palabra de Dios para adorar a Dios. sino que es necesario nuevas normas de adoración a Dios.

Esta corriente nació con Francisco. Por eso, él ha dado sus declaraciones explicando su forma de dar culto a dios en la Iglesia. Pero este culto divino no es el verdadero, porque quien tiene dos dedos de frente ve que las declaraciones de Francisco son sólo una herejía.

Pero para la iglesia que apoya a Francisco, son algo bueno, son algo verdadero, son algo que hay que tener en cuenta para hacer iglesia. Las preguntas que ahora se han enviado a los Obispados es lo mismo: es la corriente de opinión que se da en la iglesia para recabar la mente de la iglesia: qué quieren los hombres de la iglesia.

Francisco lanzó sus declaraciones y muchos lo apoyaron. Y Francisco hace caso a los que le apoyaron para hacer la iglesia.

Ahora la verdad en la iglesia nueva se da de esta manera, ya no de la otra, como todos los Papas han hecho siempre. Porque ya el que se sienta en la Silla de Pedro no le interesa la unidad en la Verdad. Sólo le interesa unir a los hombres en sus pensamientos humanos. Y, para eso, es necesario crear corrientes de opinión en la iglesia, como se hace en el mundo.

Eso se ve en los medios de comunicación que se dedican a las cosas de la iglesia. Están todos imbuidos por esta corriente que la masonería ha creado en todas partes desde Francisco.

Esta corriente de opinión tiene un objetivo: mantener a las almas en la mentira de Francisco. Sólo eso. Que la gente lo siga viendo como Papa, aunque haya dicho tamañas herejías. Se ha limpiado la cara a Francisco en esa corriente de opinión y, por eso, no pasa nada, todo está bien, todo marcha como siempre en la Iglesia.

Esto produce que las almas se queden dormidas en la mentira. Y esta es la obra del demonio porque el demonio quiere conseguir una cosa: atar a toda la Iglesia sin que nadie se oponga cuando se quite la Eucaristía.

Esto es muy importante para el demonio.

Porque la Eucaristía es el culto a Dios. Si el demonio la quita y los hombres no disciernen lo que ha pasado, los hombres en la Iglesia todos adoran a Satanás. Esto es lo que quiere conseguir el demonio.

Por eso, ahora ha habido un tiempo de descanso, en que sólo Francisco ha seguido diciendo sus herejías diarias. Pero eso ya no preocupa a nadie en la nueva iglesia. Ahora lo que preocupa en la nueva iglesia es cómo seguir mintiendo. Esa es la única preocupación. Porque si no se obra lo que se ha hecho con el gobierno horizontal, la nueva iglesia tiene un grave problema con toda la Iglesia.

¿Para qué ocho cabezas si no hacen nada en la Iglesia? ¿Para qué ese gobierno si sólo con una cabeza es suficiente?

El gobierno horizontal no hace ni hará nada. Está ahí sólo para crear una diversión en la Iglesia, para dirigir la mirada hacia otra cosa menos importante y que dé tranquilidad a la Iglesia, como es el caso de Muller con el matrimonio. Eso sólo es una pantalla para tranquilizar a todos. No se puede confiar de Muller aunque diga la verdad. Es una verdad encubierta, dirigida por la masonería, que también dice la verdad cuando conviene.

Ahora la nueva iglesia necesita caminar hacia la destrucción de toda verdad en la Iglesia. Y es necesario zanjar el tema de la Eucaristía. Quitada ésta, lo demás es fácil. Si no se quita ésta, lo demás es difícil.

Por eso, este tiempo es crucial en la Iglesia. Ya no hay que hacer caso de las herejías de Francisco, porque son siempre lo mismo. Ya es agua que cae en tierra mojada.

Ahora hay que atender a lo que no se ve. Y eso que no se ve es lo peligroso en la Iglesia. Porque se ha creado una corriente de opinión que tapa la realidad de lo que se hace en la Iglesia. Eso es siempre la masonería. Es una cortina de humo.

La masonería pone a hombres en lo exterior para que distraigan la atención de lo que importa conocer. Y ellos obran en lo oculto y nadie sabe cómo obran. Sólo se conoce cuando esa obra sale a la luz.

Por eso, ahora hay que estar atentos a todo aquello que ponga en duda el culto a la Eucaristía en la Iglesia, porque por ahí van los tiros.

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