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Cardenal Óscar Andrés: anula la Jerarquía

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“La Iglesia no es la Jerarquía, sino el Pueblo de Dios. “El Pueblo de Dios” es , para el Concilio, la realidad que todo lo abarca de la Iglesia, que se remonta a la base y al material común de nuestra condición eclesial; es decir, nuestra condición de creyentes. Y esa es una condición compartida por todos nosotros. La jerarquía no tiene sentido en sí misma y por sí misma, sino sólo en la referencia y la subordinación a la comunidad. La función de la jerarquía se redefine en referencia a Jesús como el Siervo Sufriente, no como “Pantocrator” (señor y emperador de este mundo), y sólo desde la perspectiva de alguien crucificado por los poderes de este mundo se puede encontrar, y explicar, la autoridad de la Iglesia. La jerarquía es un ministerio ( diaconía = servicio) que exige el abajamiento de nosotros mismos a la condición de siervos. Para tomar este lugar (el lugar de la debilidad y la pobreza) en la suya, en su propia responsabilidad” (Cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga SDB, Arzobispo de Tegucigalpa. “La importancia de la nueva evangelización”).

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Este párrafo es totalmente herético. Veamos por qué.

a) La Iglesia no es el Pueblo de Dios, sino la Jerarquía. Porque Jesús funda Su Iglesia sobre un Apóstol, sobre un sacerdote, sobre un Obispo. No la funda en un fiel, en un alma del Pueblo de Dios. Eso significa la Palabra de Dios: “Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia”.

Pío XII, en la Mystici Corporis enseña: “Se ha de tener, eso sí, por cosa absolutamente cierta, que los que en este Cuerpo poseen la sagrada potestad, son los miembros primarios y principales, puesto que por medio de ellos, según el mandato mismo del Divino Redentor, se perpetúan los oficios de Cristo, doctor, rey y sacerdote”.

En la Iglesia el primer lugar y el principal es la Jerarquía. Por tanto, la Jerarquía es la que hace la Iglesia primeramente.

Y sin la Jerarquía no hay Iglesia.

Pero, además, la Iglesia es una Obra de Jesús. Y Jesús es Sacerdote. Luego, la Iglesia es para el sacerdocio de Cristo. Es decir, para aquellos llamado a ser Otros Cristos en la Iglesia.

Por tanto, lo que dice el Cardenal está totalmente fuera de la Verdad que da el Evangelio y el Magisterio de la Iglesia.

b) El Pueblo de Dios no es la realidad que todo lo abarca en la Iglesia. Ni tampoco la Jerarquía es la realidad que todo lo abarca en la Iglesia. Aquello que todo lo abarca en la Iglesia es el Espíritu de la Verdad, que dice San Juan: “cuando viniere el Paráclito, el Espíritu de la verdad, os guiará a la Verdad Plena” (Jn 16, 13). Grave error en la doctrina de este Cardenal que quiere gobernar la Iglesia con esta mentira que saca de su interpretación del Concilio Vaticano II.

La Iglesia tiene una sola realidad: la Verdad. Y esta Verdad no está, no la reúne ni la Jerarquía ni el Pueblo de Dios, sino sólo la da el Espíritu.

Por no enseñar esto, que es la clave de la Iglesia, por eso, se cae en tantas herejías en este escrito del Cardenal. Y no sólo este cardenal enseña esto, sino todos los sacerdotes y Obispos de la Iglesia. Así está la Jerarquía de la Iglesia: totalmente perdida, extraviada, anulada por su propia soberbia. Y de esta soberbia nace su prepotencia en la Iglesia porque se quiere imponer esta mentira a toda la Iglesia.

c) La base de la Iglesia no es nuestra condición de creyentes. Porque creyentes somos todos, hasta el demonio, que cree en Dios, pero no lo adora. La base de la Iglesia es nuestra condición de pecadores. Si no se empieza desde aquí, entonces npo existe la Iglesia.

Porque Jesús viene a salvar a los pecadores. Para esto funda Su Iglesia: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mt 9, 13). Porque “no hay quien sea justo, ni siquiera uno solo; no hay quien tenga seso, no hay quien busque a Dios; todos se extraviaron, a una se echaron a perder” (Rom 3, 11). Jesús no funda Su Iglesia para otra cosa que no sea para conquistar almas para el Cielo.

Jesús no funda Su Iglesia para creer en algo, sino para quitar el pecado. Y sólo quitando el pecado comienza la fe en la Verdad, la fe en Cristo, la fe en la Iglesia. Si no se quita el pecado, si no se borra el pecado, si no se confiesa el pecado, si no hay arrepentimiento del pecado, no hay Iglesia: “Porque todos pecaron y se hallan privados de la gloria de Dios, justificados como son gratuitamente por su gracia, mediante la redención que se da en Cristo, al cual exhibió Dios como monumento expiatorio” (Rom 3, 23).

Poner la base de la Iglesia, el origen de la Iglesia, el decir que hay que ir a lo primitivo de la Iglesia, a lo de antes, es decir una soberana herejía. Porque la base de la Iglesia es el mundo del pecado. Y sobre esa base, Dios pone la Fe en Su Hijo Jesús. Pero para creer en Jesús hay que creer primero en que somos pecadores y que queremos quitar nuestro pecado que impide la Fe en Cristo. Y si se impide esta Fe, entonces ya no se hace Iglesia, ya no se pertenece a la Iglesia que Jesús ha fundado.

Jesús puso su piedra angular en un hombre pecador, como San Pedro. Y eso tiene que dar de pensar a toda la Jerarquía para que aprenda de un humilde pescador, como fue Pedro, a ver la Verdad de su pecado y a reconocer la Verdad de su pecado para quitarlo y así formar la Iglesia que Jesús quiere. Pedro se arrepintió de su pecado y, por eso, pudo guiar a la Iglesia hacia la Verdad. La Jerarquía Eclesiástica, encabezada por su cabeza demoniáca, que es Francisco, no reconoce su pecado y, por tanto, guía a la Iglesia hacia la mentira, hacia su destrucción.

d) La Jerarquía tiene sentido en sí misma y por sí misma porque es la Obra del Espíritu en la Iglesia. El Sacramento del Orden es la Jerarquía en la Iglesia. Decir que la Jerarquía en la Iglesia no tiene sentido en sí misma y por sí misma es anular el Sacramento del Orden en la Iglesia. Grave herejía de este cardenal. Aquí enseña que él está vestido de Obispo, pero que no sigue la gracia del Sacramento del Orden. No cree en esa Gracia. Porque, por esa gracia, él tiene sentido como sacerdote y como Obispo, independientemente del Pueblo de Dios. El sacerdote vive por sí mismo y obra por sí mismo sin necesidad del Pueblo de Dios.

Decir que la Jerarquía toma su sentido porque está referida al Pueblo de Dios es desconocer la misión del sacerdote en la Iglesia.

Y decir que la Jerarquía está subordinada al Pueblo de Dios es anular la obra de la Redención en cada sacerdote y en el Pueblo de Dios.

El sacerdote tiene la misión de dar al Pueblo de Dios el camino para salvarse, porque todos somos pecadores. El Pueblo de Dios no sabe salvarse por sí mismo. Jesús pone en cada sacerdote el poder para salvar al Pueblo de Dios de sus pecados. Luego, el sacerdote no está referido al Pueblo de Dios, sino al revés: el Pueblo de Dios tiene sentido cuando se refiere al sacerdote. Nadie se puede salvar sin un sacerdote, sin el sacerdocio de Cristo. Es imposible. El sacerdote salva o condena en la Iglesia: esa es su misión, que niega este Cardenal.

Y, además, el sacerdote vive en sí mismo la Obra de la Redención que ha realizado Cristo en la Cruz. Y, por tanto, el sacerdote sólo se somete a esa Obra Redentora. No se somete al Pueblo de Dios. Él tiene que dar al Pueblo de Dios los tesoros de esa Obra de la Redención. Si no los da, condena al Pueblo de Dios.

e) La función de la Jerarquía no está referida a Jesús como el Siervo Sufriente, sino a Jesús como Rey de la Iglesia. Tomar a Isaías para centrar la obra de Cristo sólo para los pobres materiales de este mundo es deshacer la Verdad del Evangelio.

Jesús es Siervo Sufriente porque está en Su Obra de Redención, que consiste en carga con los pecados de todo el mundo.

Pero ese cargar con los pecados no es sólo su Obra en la Iglesia. Ese cargar le lleva a la muerte y a la Resurrección. Y eso sólo después de la Resurrección cuando Cristo Jesús reina en la Iglesia y forma su Iglesia en el sacerdocio de Sus Apóstoles. Jesús sufrió pero eso no hace la Iglesia. Y, por eso, dice San Pablo: “si Cristo no ha resucitado vana es vuestra fe, aún estáis en vuestros pecados” (1 Cor 15, 17)

Jesús es el Pantocrator, el Señor de la Iglesia, el Señor del mundo, el Señor del Universo, el que todo lo puedo, todo lo gobierna porque ha resucitado de entre los muertos. No es sólo el Siervo Sufriente. Es el Siervo Glorioso que con su boca hace desaparecer a todos los herejes como Francisco y su gobierno horizontal.

Y decir que la autoridad de la Iglesia viene porque Jesús fue crucificado por los poderes políticos de su tiempo es decir la mayor estupidez en la historia de la Iglesia. Es no comprender para nada lo que es el hombre, lo que es su pecado y lo que conlleva su incredulidad en la Obra de Jesús en la Iglesia.

El Cardenal, en su gran estupidez, enseña que los poderes de este mundo explican la autoridad de la Iglesia.

Jesús fue a la muerte en cruz por Voluntad de Su Padre, no por voluntad de los hombres. Porque Su Padre así lo quería, Jesús fue matado por los hombres.

Esta Verdad está en el Evangelio: “Padre, si quieres traspasa de Mí este Cáliz; mas no se haga Mi Voluntad, sino la Tuya” (Lc 22, 42).

La Voluntad del Padre: la muerte. Porque la autoridad de la Iglesia sólo está en el Padre, no en Jesús.

Jesús, para gobernar la Iglesia, tiene que someterse a la Voluntad de Su Padre. Y esto es lo que no hace no Francisco ni sus herejes en el gobierno horizontal. No hay obediencia a Dios. y, después, quieren que todos les obedezcan en sus herejías en la Iglesia.

f) La Jerarquía es un oficio que exige el abajamiento de todos los sacerdotes y Obispos de sus soberbias. Si no son humildes, esos sacerdotes son sólo poderes del demonio en la Iglesia.

La Jerarquía no tiene que abajarse a la condición de siervo. Eso sólo es una frase muy bonita, para quedar bien con los bobos que sigue a ese Cardenal. Jesús exige a cada sacerdote la humildad, que significa agachar su cabeza, cortarse su cabeza, pisar su cabeza, desprenderse de todos sus pensamientos bueno, verdaderos y perfectos que tienen por ser inútiles para hacer la Iglesia que Dios quiere. Si la Jerarquía no es humilde, entonces sólo tenemos la prepotencia de unos hombres que se cree dioses y con el derecho de reescribir el Evangelio de Cristo y de anular el Magisterio de la Iglesia como lo hace este inútil Cardenal que de Obispo sólo tiene el nombre, pero que es otro anticristo puesto por Francisco en la Iglesia.

El G8 es la reunión de ocho cabezas del demonio para hacer lo que otra cabeza quiere en la Iglesia. Y esa otra cabeza no es la de Francisco. Francisco es sólo un payaso en la Iglesia, que hace su función teatral, pero que no gobierna la Iglesia ahora mismo.

Quien gobierna la Iglesia es aquel que nadie conoce pero que lo mueve todo por tener todo el poder en la Iglesia en estos momentos. Un poder dado por Dios al demonio porque es la hora de la Justicia Divina sobre la Iglesia.


1 comentario

  1. Raul Patiño dice:

    TODO MARCHA SEGÚN EL PLAN DE LA MASONERÍA:

    – Desdibujar la imagen de Cristo hasta negar su Divinidad: Se le sigue citando, se le sigue “alabando” pero su papel se disminuye, por ejemplo negando la Santísima Trinidad o su propio Espíritu.
    – Fortalecer el proceso de ECUMENISMO FARISEO
    – Minar el orden establecido por Dios para su Iglesia rompiendo su estructura, haciéndola horizontal y populista, como hace el comunismo, que exalta al pueblo y luego lo tiraniza.

    Este plan inició su proceso de concreción con el Vaticano II donde se sentaron bases importantes. NO ES CASUAL QUE LO CITEN PERMANENTEMENTE.

    Por ejemplo, en LUMEN GENTIUM dice:
    “La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando «desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos» presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres.” (Analice el lector aspectos como INFABILIDAD DE LOS FIELES o el hecho de que toda la jerarquía y los laicos es la que consiente).

    El Concilio fue utilizado en la perspectiva de destronar a Cristo:
    “El Concilio es 1789 en la Iglesia”, declaró el Card. Suenens. “El problema del Concilio fue asimilar los valores de dos siglos de cultura liberal”, dijo el Card. Ratzinger. Y explica: Pío IX con el Syllabus, había rechazado definitivamente el mundo surgido de la Revolución, al condenar esta propuesta: “El Pontífice romano puede y debe reconciliarse y acomodarse con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna” (N° 80). El Concilio, dice abiertamente Joseph Ratzinger, ha sido un “Contra Syllabus” al efectuar esta reconciliación de la Iglesia con el liberalismo, particularmente por medio de la Gaudium et Spes, el más largo documento conciliar. Así se deja la impresión que los Papas del siglo XIX no supieron discernir en la Revolución de 1789 la parte de verdad cristiana asimilable por la Iglesia.

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