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¿Hacia dónde va la Iglesia?

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“…todo espíritu que rompe la unidad de Jesús, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo, el cual habéis oído que viene, y ahora ya está en el mundo” (1 Jn 4, 3).

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El espíritu del anticristo rompe la unidad que Jesús ha hecho en Su Iglesia.

La unidad en la Iglesia sólo está en Pedro. Se quita a Pedro y se rompe la Iglesia.

Todos los dogmas pueden desaparecer y no se rompe la unidad en la Iglesia. Desparece el Papado y desparece la Iglesia.

La Iglesia, como ha sido contemplada en 20 siglos ya no existe.

Existe lo exterior de la Iglesia, lo que todos ven con sus ojos humanos. Pero no existe la vida interior de la Iglesia.

Una vez que Benedicto XVI renunció a ser Pedro, la Iglesia, interiormente, no existe.

Para comprender este punto es necesario contemplar la Iglesia como el Reinado de Cristo, como el gobierno de Cristo, como la Autoridad de Cristo.

La cabeza de la Iglesia sólo es Cristo Jesús: “Le dijo Pilato: ¿Luego, tú eres Rey? Tú dices que soy Rey” (Jn 18, 37) .

Y esa Cabeza es un Rey Divino, no un rey humano, terrenal, material, carnal.

Y, por tanto, la Iglesia es un Reino espiritual, no un reino material, humano.

Cristo Jesús reina en la Iglesia: gobierna la Iglesia, decide en la Iglesia, enseña en la Iglesia, obra en la Iglesia.

Los hombres no reinan en la Iglesia, no gobiernan la Iglesia, no enseñan en la Iglesia.

Y Cristo Jesús puso una cabeza visible para darle todo lo que es Él como Rey.

Pedro es el mismo Cristo en la Tierra. Enseña, obra, gobierna lo mismo que su Rey.

Pero si Pedro renuncia a ser Pedro, entonces nadie en la Iglesia decide nada, ni gobierna nada ni enseña nada.

Desde la renuncia de Benedicto XVI, la Iglesia está vacía de la Autoridad Divina. Cristo Jesús no da su Poder a ningún hombre. Sólo a Pedro.

Como Benedicto XVI no quiso ser Pedro, entonces la Iglesia se queda sin gobierno divino, es decir, con un gobierno humano, con unas enseñanzas humanas, con unas obras humanas.

Y la maldad que surge de este gobierno humano nadie lo ha comprendido en la Iglesia.

Nadie comprende lo que significa para la Iglesia tener un hereje, como Francisco, sentado en la Silla de Pedro, sin ninguna Autoridad Divina para gobernar la Iglesia. Sólo con una autoridad humana, incapaz de poner un camino divino a la Iglesia.

¿Hacia dónde va la Iglesia? Hacia su destrucción. No va a salvaguardar los tesoros celestiales dados a Ella durante 20 siglos.

La Iglesia misma destruye todos sus tesoros. Eso significa tener a un hereje sentado en la Silla de Pedro.

Muchos quieren ver a Francisco como el que puede hacer algo bueno en la Iglesia a pesar de lo malo que ya ha hecho. Muchos todavía esperan algo de Francisco. Algo bueno. Esperan en vano.

No se le puede hacer el juego a Francisco, aunque haga o muestre cosas buenas. No se puede, porque Francisco no es un anti-Papa, sino un anticristo, el que rompe la unidad de la Iglesia.

Romper: esa es la obra de Francisco.

Romper con la Tradición, romper con los dogmas de la Iglesia, romper con el Magisterio de la Iglesia, romper con los Santos, romper con todo.

Y, para engañar a la Iglesia, se hacen cosas buenas, que a todo el mundo le gusta y que sólo se hacen para tranquilizar al Pueblo y no se inquiete por las cosas malas que ve en Francisco.

Este es el juego del demonio: lanza su mentira y, después, recoge velas, como si nada hubiera pasado. Es lo que vemos ahora.

¿Por qué todo está tan tranquilo? Porque se han recogido las velas. Y no interesa decir cosas que inquieten a la Iglesia. Por eso, Muller hace el juego del demonio. Dice que no se va a cambiar nada en cuanto al matrimonio. No hay que inquietar ahora a la Iglesia con eso. Bastante inquietud ha habido en la Iglesia con las declaraciones del santo Francisco.

Porque eso es Francisco para la Iglesia: un santo que ha tenido que marcar el camino de la Iglesia diciendo sus herejías, que son los dogmas ahora en la Iglesia.

Para la Iglesia Francisco es un gran Papa, el mejor de todos, porque Francisco recuerda los principios de la Iglesia que ésta ha olvidado en 20 siglos: atender a los pobres y necesitados, dando esperanza que Dios ama a todas las almas.

Esta es la predicación de Francisco, que no es la predicación de Jesús, que no es la tarea y origen de la Iglesia.

Pero Francisco, como es un santo tan humilde, tan caritativo, tan amable con todos, entonces lleva a la Iglesia hacia su origen: una Iglesia pobre, humilde y peregrina, atenta al pedido de cada alma.

Ante esta herejía, nadie dice nada, porque no se ve eso como una herejía. Se ve como una verdad.

Este es el problema de la Iglesia: ya no ve la Verdad. Sólo ve sus verdades, las que le interesa en estos momentos de la historia del hombre.

Porque la Jerarquía de la Iglesia vive para la historia del hombre, pero no vive para la Palabra de Dios. Y todo cuanto hace en la Iglesia es para dar tributo a la vida del hombre, pero no para dar gloria a Dios.

Como todos en la Iglesia están mirando a Francisco, que es su redentor, que es su mesías, entonces no se dan cuenta del peligro que es Francisco para toda la Iglesia.

Esta es la jugada del demonio.

Poner una cabeza que hable de amor y de paz a los hombres. Eso le gusta a todo el mundo, menos a Dios.

Y hacer que esa cabeza vaya indicando el camino para obrar la mentira en la Iglesia, como lo ha hecho Francisco en los siete meses que lleva.

Y, todos, con la baba en la boca por las palabras de Francisco, siguen ese camino sin discernir a Francisco. Porque han sido cogidos en el espíritu de Francisco, que es un espíritu que no deja ver la mentira cuando habla.

Francisco habla y nadie coge sus mentiras. Esa es la jugada del demonio. Ése es el espíritu que tiene todo anticristo: nadie ve el error, porque se muestra como una verdad.

Se da una verdad y, al mismo tiempo, se da una mentira. Así habla todo anticristo. Así habla Francisco.

Esto hace un daño gravísimo a toda la Iglesia, porque la Iglesia empieza a llenarse de esta ensalada: verdad y mentira al mismo tiempo. Y, entonces, ya la Verdad se oculta a la Iglesia. Ya hay que hacer caso de lo que dice Francisco, porque se recurre siempre a la frase más manida de todas: es el Papa.

El anticristo, cuando está sentado en la Silla de Pedro, esconde sus mentiras y da lo que la Iglesia quiere escuchar. Pero lo da mezclando la verdad con las mentiras y sin que nadie lo note.

Francisco ya lleva hablando así desde el principio de su sacerdocio. Con un lenguaje doble, engañoso, fácil de seguir por todos, pero difícil de comprender por todos.

Francisco habla y todos lo siguen, porque no dice palabras extrañas, teológicas, filosóficas. Pero nadie comprende lo que ha querido decir en eso, porque está lleno de mentiras que no son camino para la verdad nunca.

Y, aun así, aunque no se comprende, los hombres lo siguen todavía. Y ¿por qué? Por el trabajo del espíritu en cada alma que escucha a Francisco sin discernir.

Quien oye a Francisco o lo lee y no discierne lo que ese hombre está diciendo, entonces el demonio trabaja en su alma para que siga a Francisco sin discernir nada de lo que dice.

Y eso lleva a una conclusión: ¡cuántas almas en la Iglesia hay sin vida espiritual, fáciles de engañar con cualquier clase de idea sobre Dios y sobre Jesús!

Así está el patio de la Iglesia: almas que caen en la trampa del enemigo porque no tienen ninguna vida espiritual. Si, van a misa, hacen sus oraciones, sus apostolados, pero no tienen vida espiritual.

Porque la vida espiritual es seguir al Espíritu de Cristo. Y esto es lo que no se sabe hacer en la Iglesia. Todos hacen oración, penitencia y demás cosas, pero nadie sigue al Espíritu de Cristo. Y es el Espíritu el que enseña a discernir la verdad cuando un mentiroso habla en la Iglesia.

Tener sentado en la Silla de Pedro a Francisco, que es el primer anticristo de muchos que vienen ya a la Iglesia, es dejar que el demonio obre en toda la Iglesia a su gusto, sin ningún impedimento en la Iglesia.

Y, por eso, todo este teatro de Francisco y los suyos acaba en la destrucción de la Iglesia.

Eso es lo que viene ahora. Estamos ya en el inicio de la gran Apostasía de la Fe, en que muchos se van a perder porque no han comprendido lo que es la Fe, ni por tanto, han comprendido lo que es la Iglesia.

Momentos muy críticos vienen ya para la Iglesia. Momentos de lucha, pero también momentos para decidir la vida.

Porque ver a un hereje en la Silla de Pedro y ver la inanición de la Jerarquía para quitar a ese hereje, significa que muy pronto hay que decidir o seguir mirando a Roma o renunciar a Roma para seguir en la Iglesia de Jesús, que ya no está en Roma. En Roma lo que queda es lo exterior de la Iglesia, pero no su Espíritu.

Hay que renunciar a Roma y dejar que los que estén en Roma destruyan a su gusto la Iglesia, porque nadie va a defenderla en Roma. Cada uno tiene que defender su fe de Roma, de lo que Roma imponga al mundo.


1 comentario

  1. José M dice:

    A mí el cuento de la Iglesia humilde y pobre como la primitiva, nunca me ha convencido. ¿Es que acaso deseamos volver al circo romano? ¿a ser devorados por los leones? ¿A vivir en una sociedad pagana con falsos dioses? Si fuera por deseo de ser mártires, pues a eso nos aboca ser como la Iglesia primitiva, aún sería comprensible; pero lo que mueve a los modernistas no es ser mártires en un mundo paganizado, sino, simplemente, destruir a la Iglesia bajo la capa de una falsa humildad.

    Yo me quedo con una Iglesia pujante, en un mundo católico como llegó a ser en la Edad Media. No estoy de acuerdo con el masoquismo, ni con el síndrome de Estocolmo que muchos católicos modernos parecen tener, y muchos de los que predican una Iglesia “humilde” realmente quieren decir una Iglesia “humillada”.

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