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El misticismo en la Iglesia

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“La Iglesia, que, ya concebida, nació del mismo costado del segundo Adán, como dormido en la Cruz, apareció a la luz del mundo de una manera espléndida por vez primera el día faustísimo de Pentecostés” (León XIII – Enc. Divinum illud: A.S.S. 29, 649).

MIGUEL ANGEL LA PIEDAD RECORTADA

Jesús concibió Su Iglesia en el Espíritu. Pero la hizo nacer en la Cruz, cuando murió y el soldado le atravesó el costado. Su Sangre y su Agua derramada en la Cruz es el inicio de la Iglesia.

La Iglesia nació en el dolor de la muerte Cristo. Y fue en los brazos de la Virgen María dónde se reclinó, por primera vez, la Iglesia.

Jesús muerto en los brazos de Su Madre representa el nacimiento de la Iglesia.

Así como la Virgen María dio a luz al Salvador del mundo y en sus brazos lo presentó al mundo en las ofrendas de los Reyes Magos, así la Virgen presentó al mundo la Iglesia en su Hijo muerto.

Esto simboliza que el nacimiento de la Iglesia no le pertenece a ningún hombre. La Iglesia no nace en el pensamiento de un hombre, sino en la muerte del Redentor.

Es en su muerte, no es en su vida, no es en sus palabras ni en sus obras cómo hay que buscar la Iglesia.

La Iglesia de Jesús hay que buscarla siempre en la muerte de todo lo humano, que es lo que hoy no se predica por los sacerdotes y Obispos.

La Jerarquía está imbuida de todo el humanismo, que es lo más contrario a la Obra de la Redención en la que Jesús muere a todo lo humano.

Cuando las almas de la Iglesia buscan refugiarse en las cosas humanas, en la vida humana, en las obras humanas, se apartan del Espíritu de la Iglesia.

El Espíritu de la Iglesia se da en el mundo cuando muere todo lo humano. Muere Cristo y es ahí cuando el Espíritu inicia su obra en el mundo. Y la inicia buscando a los Apóstoles que han huido del Calvario para que se refugien en la Presencia de la Virgen María, que es donde descansa toda la Iglesia.

Ella es el Refugio de la Iglesia siempre. Y, por eso, en estos momentos, la Iglesia tiene que refugiarse en la Virgen María. Ahora más que nunca la Virgen aparece en la Iglesia como la Reina que todo lo gobierna en un mundo que ha sido dado a Satanás.

Por tanto, es misión de la Iglesia guardar todos sus tesoros en el Corazón de la Virgen. Hay que guardar la Tradición de la Iglesia, los 20 siglos de Iglesia escondidos en las almas que han creído en la Palabra de Dios. Hay que guardar todo el Dogma de la Iglesia como un tesoro que nunca se puede olvidar y perder. Hay que guardar todo el Magisterio de la Iglesia, el Auténtico, el que ha dado todos los Papas hasta Benedicto XVI, porque en ellos está la Obra de Cristo en la Iglesia. Hay que guardar el Evangelio de Cristo, el dado por la Tradición, el que no ha sido adulterado en estos tiempos por la Jerarquía Eclesiástica, como la auténtica Palabra de Dios a su Pueblo.

Hay que recoger todos los dones, todos los carismas, todas las gracias, todos los sacramentos que tiene la Iglesia para no perderlo y seguir usándolo cuando el Espíritu de la Iglesia lo quiera.

Hay que guardar ahora toda la Iglesia en el corazón. Porque desde Roma se va a iniciar a despojar a toda la Iglesia de sus tesoros celestiales que tiene en esto siglos.

La Iglesia no pertenece a ningún hombre. La fundó Jesús y sólo Jesús sabe cómo guiarla en todas las etapas de la vida de los hombres.

Con la renuncia de Benedicto XVI, la obediencia en la Iglesia no puede darse, porque se anuló la unión mística de Cristo con Pedro y, por tanto, se anuló automáticamente toda obediencia, que sale de la unión espiritual de los Obispos con Pedro.

Ahora la Jerarquía de la Iglesia se ha unido a un impostor y le tributa obediencia. Y esa obediencia es una desobediencia de cada Obispo al Espíritu de la Iglesia. Y es una rebeldía de cada Obispo al Espíritu de Cristo. Y es una soberbia de cada Obispo a Cristo, que fundó Su Iglesia sobre Pedro, no sobre un impostor.

Ni se puede obedecer a Francisco ni a la Jerarquía que se une a Francisco. Y no sólo por las declaraciones de Francisco o por sus errores dogmáticos en la Enciclica o por otra razón que hubiere. No hay obediencia a nadie en la Iglesia porque Benedicto XVI anuló la unión mística entre Cristo y la Iglesia.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo porque tiene una Cabeza Visible, que es el Papa, que se une místicamente a Cristo. Si se anula esta unión mística, entonces queda un misticismo.

El misticismo significa la acción del demonio en la cabeza visible de la Iglesia.

La unión entre Cristo y Pedro es una unión mística, no es un misticismo. Es una unión producida sólo por el Espíritu de la Iglesia en Pedro, en su alma y en su corazón.

El misticismo es lo contrario a la unión mística. Es decir, cuando la cabeza visible renuncia a la unión mística queda en ella el misticismo, la obra del demonio en la cabeza visible de la Iglesia.

Esa obra demoníaca consiste en atar a toda la Iglesia a un falso Papa, para que este falso Papa gobierne la Iglesia como el demonio quiere.

Es lo que hemos visto en Francisco: su misticismo. Aceptado por él desde el principio en que acogió una elección de los cardenales para ser falso Papa.
La elección de los cardenales sólo es la obra del demonio por el misticismo que dejó la renuncia de Benedicto XVI.

El misticismo es una obra maléfica en la Iglesia. Y el demonio, en esa su obra, ata almas y corazones al falso Papa. Por eso, tanta gente que sigue aplaudiendo a Francisco aun incluso de haber dicho tantas herejías en sus declaraciones.

Esa obra maléfica oscurece las razones de muchas almas y les impide ver la verdad.

Y esa obra maléfica hace que la Iglesia se contamine constantemente de las obras del demonio.

Ya no hay parte en la Iglesia que no esté contaminada. Hay tantos demonios por los aires que se nota el odio a toda la Iglesia.

Por eso, ahora es el momento del demonio para poner en la Iglesia lo que él desea: un anticristo que demuela toda la Iglesia.

Francisco no sirve para eso. Ahora calla, pero le han obligado callar, para producir una cortina de humo, para apaciguar las conciencias, para crear en el ambiente una confianza que se había perdido.

Esa cortina de humo es una obra maléfica para producir un cambio en la Iglesia. Para que las almas no despierten al mal que ya ven, sino que sigan dormidas y se haga otro acto maléfico en la Iglesia para atar más a las almas a su condenación.

La Iglesia es la Obra del Espíritu. Y, por eso, ahora sólo hay que estar agarrados al Espíritu de la Iglesia que es el que indica el camino a seguir cuando las cosas están como están: oscuras en todas partes.

Ahora es el momento de renunciar a todo lo que de Roma venga. Y es una renuncia muy importante que cada alma tiene que hacer para no contaminarse con lo que venga de Roma.

De Roma ya no viene nada bueno, sino las obras maléficas del demonio. Obras que no se ven al principio, pero que después se palpan en la vida de cada alma.

Por eso, hay que pedir mucha luz al Espíritu de la Iglesia para caminar entre serpientes y escorpiones, porque eso es lo que hay ahora en todas partes del mundo.

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