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No de todos es la Fe

Virgen de Guadalupe

Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

“y para que nos veamos libres de esos hombres absurdos y malvados, que no de todos es la fe” (2 Ts 3, 2).

virgen

La fe no se posee sin la voluntad del hombre, pero la fe se puede perder por la voluntad del hombre.

El hombre es libre para tener o no tener fe.

Este es el punto más difícil en la Iglesia. De la comprensión de esta verdad entonces se ve la mentira que hay en la Iglesia actualmente.

Dios da la fe al corazón del hombre, pero Dios no impone la fe al hombre.

El hombre tiene que abrirse a ese Don divino de la Fe. Tiene que aceptarla en su corazón sin poner nada ni quitar nada a ese Don de Dios.

Dios da la Fe, pero el hombre decide su camino en la vida.

Y el camino es claro: o estar con Dios o estar con el demonio. No se puede estar con los dos.

En la Iglesia hay muchas personas que quieren estar con los dos.

La fe se vive en la oscuridad de la razón, porque es un don al corazón del hombre, no a su razón.

Y, por tanto la fe se pone a prueba constantemente porque la razón quiere interpretar la fe, el don de Dios.

La fe se vive con el corazón, no con la razón.

Pero si el corazón no permanece en gracia, entonces se pierde la fe.

En el corazón está el motor de la fe: el amor, que se da en la gracia. Si se vive el pecado, no se vive la fe.

Este es el punto para comprender lo que hizo Benedicto XVI en su renuncia.

Pedro renunció a ser Pedro. Pedro renunció a su fe, al Don de Dios en su corazón. Y renunció por un pecado. El pecado de la renuncia es después del primer pecado por el cual perdió la fe.

Para renunciar al Papado, primero hay que pecar en algo grave como Papa. Si no, no se puede comprender la renuncia, porque nadie renuncia por motivo de una enfermedad. Se renuncia por un pecado.

Benedicto XVI pecó en algo grave como Papa y eso le llevó al pecado de la renuncia, que es un pecado contra la fe. El primer pecado es un pecado contra la gracia en su corazón. Perdió la gracia y, después, perdió la fe.

Para perder la fe es necesario un grave pecado, porque no todo pecado quita la fe. El pecado que quita la fe es la incredulidad, la apostasía, el cisma, la herejía.

Tuvo que pecar en algo de esto para, después, cometer ese pecado de la renuncia, que no sólo es su pecado, sino también el de toda la Iglesia.

Y ¿por qué cometió ese pecado? Porque su razón se puso por encima de la fe.

La fe es un don divino dado al corazón para que obre el hombre algo divino en su vida humana. Y sólo se obra siguiendo la fe, no la razón.

La fe somete la razón y la voluntad del hombre al Pensamiento Divino. Y hace caminar al hombre sólo por la Voluntad Divina.

Pero quien pone su pensamiento humano por encima de la fe, entonces peca contra la fe.

La fe siempre está por encima de la razón. La luz de la fe es mayor que la luz de la razón. La fe y la razón no se oponen, pero se distancian, porque la Fe va más allá que la razón.

La fe es certeza que se apoya sólo en Dios. La razón no es certeza, sino verdad a medias, por apoyarse sólo en el hombre.

El hombre de fe deja sus razones a un lado para seguir el Pensamiento de Dios.

El hombre que no tiene fe se agarra a sus pensamientos humanos y hace de ellos el camino de su vida.

Benedicto renunció a la fe en Pedro.
Pedro es la Verdad en la Iglesia. En Pedro se apoya toda la Iglesia. A Pedro le obedece toda la Iglesia. Pedro es el que une a la Iglesia en la Verdad.

Benedicto XVI renunció a esta Verdad sobre Pedro. Y, entonces, produjo otro pecado en la Iglesia: la Iglesia renunció también a Pedro.

Son dos pecados unidos en la renuncia de Benedicto XVI. El pecado de un Papa trae el pecado de toda la Iglesia por el Misterio de la Iglesia en Pedro.

Pedro, al ser Cabeza Visible del Cuerpo Místico, sus obras son las obras de la Iglesia. Sus pecados son los pecados de la Iglesia. Sus palabras son las palabras de la Iglesia.

Pedro se une a toda la Iglesia en el Papado. Y lo que haga Pedro eso es la Iglesia.

Benedicto XVI pecó: renunció a la Fe en Pedro. También la Iglesia.

Y esto trae dos consecuencias para todo el mundo:

1. Ya no hay Pedro, sino un falso Pedro.

2. Ya no hay Verdad en la Iglesia.

Al renunciar Benedicto XVI a ser Pedro, entonces se acaba el Papado en la Iglesia. Los que siguen son falsos Papas. Ya no anti-Papas, sino sólo impostores que se hacen llamar Papas, pero que por sus obras se conocen, como se ha visto en Francisco.

Si se acaba el Papado, entonces ya no se da la Verdad en la Iglesia, porque el Papado es la Verdad, es la Roca de la Verdad. En la Iglesia, lo primero es el Papa. Debajo de él todos los demás. Ahora en la Iglesia, hay un conjunto de hombres en la cabeza. No puede darse nunca la Verdad, sino muchas verdades en cada cabeza.

Y si no hay Verdad en la Iglesia, entonces, hay que dejar la Iglesia.

Pero sólo se puede dejar cuando el Espíritu diga, no cuando los hombres quieran. La Iglesia es la Obra del Espíritu, no de los hombres.

Para dejar de mirar a Roma, Roma tiene que presentar algo más que la anulación del Papado. Y ese algo más debe ser una columna en la Iglesia, como la eucaristía. Porque la Iglesia vive de la Eucaristía.

Las almas en la Iglesia, desde hace mucho, les importa poco lo que significa el Papa. Por eso, lo que ha hecho Benedicto XVI a mucha gente no le ha extrañado, sino que lo han visto como una postura de humildad y de amor.

Las almas en la Iglesia no comprenden los Misterios de la Iglesia. Sólo quieren ir a Misa el domingo para comulgar y, después, seguir con sus vidas humanas mirando al Papa que dice muchas cosas en la Iglesia.

Así son todos en la Iglesia.

Por eso, no es suficiente con quitar al Papa para irse de la Iglesia, porque eso no duele a mucha gente. Pero cuando le quiten la Eucaristía, entonces van a comprender muchos lo que ahora se niegan a comprender.

La fe da la libertad del Espíritu al hombre. El hombre que cree es libre y, por eso, puede obrar en todo sin que nadie le juzgue. Puede discernirlo todo sin que nadie le juzgue.

Pero el hombre que no cree es esclavo de sus pensamientos humanos, de su vida humana, de sus obras humanas, y no sabe ver la Verdad que pasa a su alrededor, porque todo lo juzga con su razón. Y entonces es juzgado por todos.

Cuando Benedicto XVI renunció a ser Papa, la Iglesia también renunció a tener un Papa, una Cabeza Visible en Ella. Y eso sólo significa una cosa: ahora quien guía a la Iglesia es sólo el Espíritu, no una cabeza.

En el tiempo del Hijo, el Espíritu hablaba en la Iglesia a través de una Cabeza Visible, de un Papa.

Con la renuncia de Benedicto XVI, ya no puede darse una Cabeza Visible y, por tanto, ahora quien guía a toda la Iglesia es sólo el Espíritu. Y sólo hay que hacerle caso al Espíritu. No a ninguna cabeza en la Iglesia. Sólo a los Pastores que ven la Verdad de lo que está pasando en la Iglesia.

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