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La santidad de la Santa Misa

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“Pruébese el hombre a sí mismo, y así coma del pan y beba del cáliz. Porque, quien come y bebe, su propia condenación come y bebe, si no discierne el Cuerpo del Señor. Por esto hay entre vosotros muchos enfermos y achacosos, y mueren bastantes. Que si nos examinásemos bien a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (1 Cor 11, 28-31).

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En estas palabras de San Pablo está la santidad de la Misa.

Hay que discernir el pan y el vino. Hay que discernir lo que está en el Altar. Y hay que discernir cómo está el alma de quien celebra y el alma de quien comulga.

Contra la santidad de la Misa hay muchas cosas hoy en la Iglesia.

1. No se usa el pan adecuado para la consagración, que ha de ser un pan sin levadura, blanco, de trigo. Y no más. Todo lo que no sea eso, no vale para ser materia de consagración. Y hoy se ven en muchas misas panes que no valen. Quien consagra eso, no hace nada, porque es necesaria la materia apta para consagrar: pan ázimo; del griego ázymos, “sin levadura”, pan que preparaban los judíos en la fiesta de pascua (cf. Ex. 12, 8). La Última Cena de Jesús fue, precisamente, una cena pascual. En ella, Jesús consagró pan ázimo. (cf. Mt. 26, 17). El ázimo representa el alma que no tiene soberbia, que no está levantada, que no se infla, que no se pone arriba para destacar, para que la vea. Los fariseos son lo contrario al ázimo, se inflan en sus pensamientos humanos.

2. No se usa el vino adecuado, del fruto de la vid, vino puro de uva. Sino que se emplean vinos adulterados, fabricados de otra manera, produciendo la transformación del fruto de la vid. Está prohibida la mezcla de cualquier elemento extraño al vino. Tiene que ser un vino sencillo no un alcohol inventado en el laboratorio. Si se usa un vino adulterado, no hay consagración.

3. En la Misa es necesario las oraciones que den a entender lo que se está celebrando. En la nueva Misa de Pablo VI se han quitado muchas oraciones que son fundamentales para la santidad de la Misa. Porque la Misa es en la Iglesia. Y la Misa es para dar culto a Cristo en la Iglesia.

La Misa es un Sacrificio de Adoración a la Santísima Trinidad, conforme a la intención primordial de la Encarnación, declarada por el propio Cristo: «Al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo» (Sal. 40, 7-9; Heb., 10, 5).

Y, por tanto, toda oración debe ser hecha para adorar a la santísima Trinidad. En el nuevo misal desaparecen en el Ofertorio la oración Suscipe Sancta Trinitas (o Suscipe Sancte Pater), el Prefacio de la Santísima Trinidad que ya no es obligatorio y, en la bendición final de la Misa, ya no está el Placeat tibi Sancta Trinitas.

Es necesario ofrecer a Dios el pan que se va a transformar en el Cuerpo de Cristo y el vino que será Su Sangre. Porque lo que se ofrece a Dios no es el pan y el vino, sino la oblación de Cristo en el Altar.

Jesús tiene un Cuerpo para ser Víctima por los pecados. Y ese Cuerpo es lo que se debe ofrecer en Espíritu a la Santísima Trinidad antes de la consagración. Ahí el sacerdote indica su fe en lo que va a suceder después en la consagración. Si no se dicen estas oraciónes, la Misa pierde el valor de la santidad.

Porque la santidad en una Misa es ofrecer a Dios todo lo que hay en esa Misa. Si no se ofrece a Dios lo que hay en el Altar, ¿a quién se ofrece? Al demonio, al pueblo. Y ahí se produce un mal en la Misa. Pero este mal no anula la esencia de la Misa. Este mal va en contra de la santidad de la Misa.

E igualmente hay que acabar la Misa con una oración a la Santísima Trinidad para pedir a Dios Misericordia por los pecados. Si no se hace esta oración, no se da gracias a Dios por su Misterio y no se reconoce el valor de este Misterio para la Iglesia y para las almas.

La Misa es para llenarse de la Misericordia de Dios sobre el alma y la Iglesia, para que el Señor mire al hombre con el Corazón Misericordioso de Su Hijo. Porque para eso es la bendición final: para que el Señor derrame sus misericordias, no sus gracias, no sus dones, sino lo que es la esencia del Sacrifico Redentor de Cristo sobre el hombre pecador: la Misericordia.

La Misa es un sacrificio propiciatorio, por tanto en Ella se realiza la remisión de los pecados, tanto por los vivos como por los difuntos.

Pero en el nuevo Ordo se hace hincapié sobre el alimento y la santificación de los miembros de los asistentes. Pero no se dice nada de la remisión del pecado.

Se va a una misa para limpiarse de los pecados, para quitar los pecados, para purificar el corazón del pecado.

Este es el único sentido de la Misa. Y, por tanto, se va a una Misa para participar en la Pasión de Cristo y alimentarse de ese Sacrifico.

Y la única forma de hacer esto es quitando el pecado. Hoy muchos asisten a la Misa y no comulgan sacramentalmente. Y, entonces, ¿para qué van a la Misa si no van a comulgar con el Sacrifico de Cristo? Es mejor que no vayan, porque no les aprovecha en nada escuchar una Misa en pecado.

Este es el error que se da hoy en la Iglesia por poner la Misa sólo como alimento y santificación del Pueblo.

Pero ¿cómo se santifica el Pueblo si no quita primero el pecado, si no se purifica cada alma en su corazón del pecado? Es imposible ninguna santificación.

Y, por eso, se cae en el absurdo de la ‘comunión espiritual’ de los que no pueden comulgar por sus pecados.

Pero ¿qué unión puede haber entre Dios y el que está en pecado? ¿Qué unión puede haber entre la Iglesia y el alma que vive en su pecado? Ninguna. Porque el que está en su pecado traza un abismo con Dios y con la Iglesia. Un abismo que sólo Dios puede quitar si el alma confiesa su pecado.

Entonces, hoy asisten a la Misa muchas almas que no quieren dejar sus pecados. Y eso es un obstáculo para la santidad de la Misa.

La Misa es para las almas humildes, que están en gracia y viven la gracia siendo fieles al Espíritu Santo.

La Misa no es para los pecadores. Para los pecadores es el Sacramento de la Confesión, que ya nadie utiliza porque no hay pecado.

La Misa es para que las almas vivan la Obra de la Redención y ayuden a Cristo a que los pecadores se abran a su Misericordia. Se va a una Misa para salvar almas del demonio. Pero esto no se puede hacer si el alma escucha una misa en pecado. Sólo el alma en gracia se une a Cristo en la Misa y repara con Él los pecados de los demás, de su familia, de sus hijos, de sus amigos, que viven en el pecado. y no quieren salir del pecado.

Por eso, no hay que obligar a nadie a ir a Misa si está en pecado, porque esa no es la función de la misa. La Misa sólo sirve para expiar el pecado. Y no sirve para otra cosa. Quien no quiera expiar el pécado, que no vaya a Misa. Que se queden en su vida de pecado, porque se va a misa para encontrar la salvación del alma no para seguir en el pecado.

El fin de la Misa consiste en que es primordialmente un Sacrificio, que sea agradable a Dios, es decir, que sea aceptado como sacrificio. Y, en el estado de pecado original, ningún sacrificio puede ser aceptable a Dios. Sólo el de Cristo. Por tanto cuando se ofrece el pan y el vino es necesario la consagración inmediata de ese pan y ese vino para representar sobre el altar al Sacrificio de Cristo.

Pero el nuevo Ordo de la Misa se altera la ofrenda degradándola.

Se la hace consistir en una especie de intercambio entre Dios y el hombre: el hombre pone el pan y Dios lo cambia en pan de vida; y pone el vino y Dios lo convierte en una bebida espiritual: «Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan (o vino), fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida (o bebida de salvación)».

Las expresiones «pan de vida» (panis vitae) y «bebida espiritual» (potus spiritualis) son absolutamente indeterminadas, ya que pueden significar cualquier cosa. Aquí se invoca sólo la presencia espiritual de Cristo entre los suyos, pero no se hace hincapié en el cambio sustancial que se va a producir en la consagración, en la Presencia Real de Cristo que va a suceder. Se han suprimido las dos oraciones que producían esto: Deus qui humanae substantiae y Offerimus tibi, Domine.

Con lo cual la Misa es sólo ofrecer algo humano a Dios, pero no la Víctima que es Cristo Jesús.

Se quita lo principal en la santidad de la Misa: que es el pecado. La Misa se hace para reparar el pecado, para expiar el pecado. No tiene otra función.
Si se suprime esto, ¿qué queda? Una fiesta, una comida, una reunión de hombres, una discoteca, cualquier cosa que los hombres quieran poner en la Misa.

Por eso, observamos Misas totalmente paganas, porque ya los sacerdotes no creen en la Misa, no creen en lo que celebran, no creen en la Palabra de Dios. Les da igual la Misa. Lo que importa es hacer un acto agradable a los hombres, ya no a Dios, para que los hombres estén contentos en su vida humana.

La santidad de la Misa en el nuevo Ordo no existe, no puede darse. Y esto es muy grave.

Pero, aunque no se dé, si el sacerdote dice las palabras correctas en la consagración, entonces permanece la esencia de la Misa, hay misa, pero no santifica lo que se produce en el Altar.

Y este el problema de la Iglesia hoy día: se tiene una Misa que no cambia a las almas, sino que las deja como están.

Por eso, dice San Pablo: “Por esto hay entre vosotros muchos enfermos y achacosos, y mueren bastantes”.

La Misa da la salud al alma. Pero si no se hace correctamente, la Misa sólo trae problemas espirituales y humanos a todos.

Por eso, el mundo está como está, porque sus sacerdotes ya no celebran ni la esencia de la misa ni la santidad de la misa.

Y es lógico pensar que, muy pronto, la Misa va a ser anulada en su esencia. Con Pablo VI se anuló la santidad de la Misa. Con Francisco y con sus seguidores se anulará la esencia de la misa.

Y, cuando suceda esto, entonces ya no hay que mirar a Roma para buscar una Misa. Ya hay que buscar a aquellos sacerdotes que quieran hacer las cosas como Cristo las hacía y cómo Él lo enseñó a Sus Apóstoles.


2 comentarios

  1. María dice:

    Muchas gracias por todos sus artículos, especialmente, estos dos últimos que nos ayudan a clarificar y entender un poco más el valor real de la Santa Misa y a su vez a entender la diferencia entre esencia y santidad de la misma.
    Dios permita que nunca nos falten sacerdotes fieles, valientes y santos, especialmente en estos tiempos de apostasía y tinieblas.

  2. José M dice:

    Gracias por los dos últimos artículos sobre la Santa Misa. Hacen mucho bien a las almas.

    La gran pena que siento es que, en la práctica, es casi imposible poder encontrar iglesias en donde se celebre la Santa Misa Tridentina y, en consecuencia, uno se tiene que contentar con el “Novus Ordo” con el fin de poder santificar las fiestas, a pesar de las imperfecciones que usted valientemente denuncia. Y los vientos no soplan a favor de una restauración de la Misa de siempre, sino todo lo contrario. Dentro de poco hasta el “Novus Ordo”, celebrado con respeto y dignidad, nos parecerá bueno en comparación con lo que pronto nos caerá encima que será, como ustedes han señalado, la supresión del Santo Sacrifio.

    Adveniat Regnum Tuum

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