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Dos Papas en Roma

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Hay dos Papas en Roma actualmente, pero ninguno es lo que el demonio quiere.

Dos Papas que viven cada uno en lo suyo, pero ninguno hace Iglesia.

Los dos están ocupados: uno en inventarse una nueva iglesia; el otro en inventarse una nueva vida.

Los dos están ajenos al descontento que hay en la Iglesia.

A pesar de que parece que no pasa nada, las almas viven sin un camino claro cuando ponen sus ojos en Roma.

Un Papa que se dedica a dar a la Iglesia el camino del mundo. Y otro Papa que se dedica a dar a su vida el camino de la tranquilidad.

Y, mientras, a los que les interesa la Iglesia sólo ven desastre sobre desastre en esta Iglesia.

Es que no se puede tener otros ojos cuando se ve lo que hace Francisco por la Iglesia. Es que ya no hay forma de comprender para qué está ese hombre en la Iglesia. Sólo habla de lo de siempre y nada más. No le interesa la vida espiritual, sólo hacer incapié en la vida humana de las personas.

Habla de la confesión y ¿qué dice? Que los hombres hablen con los sacerdotes y no tengan miedo de decir sus pecados. Eso no es enseñar la confesión a las almas. Hay que enseñarles lo que es el pecado, y cómo arrepentirse del pecado, y cómo expiar el pecado. Pero, para eso, no tiene tiempo Francisco. Sólo da lo que le interesa de los temas espirituales para tratar su tema especial: el hombre.

Habla a las familias y ¿qué dice? Lo de siempre. Hay que jugar con los niños, hay que cuidar a los ancianos, hay que darles un futuro a los jóvenes. Pero él no tiene tiempo de enseñar las virtudes de la Sagrada Familia. Sólo tiene tiempo para una cosa: su humanidad.

Un hombre que en la Iglesia adora al hombre no sirve para hacer Iglesia. No hay una predicación que salve a Francisco de su estúpida humanidad, de su inútil amor al hombre, de su fabricado sentimiento humano por los hombres.

Todo en Francisco es un engaño que las almas no saben ver. Porque cuesta reconocer la obra del demonio. Cuesta dar validez a lo que los hombres hacen de cara a la Iglesia. Validez espiritual, porque es muy fácil dar validez humana o natural a lo que todo el mundo ve en Francisco.

Las almas se detienen en lo exterior de un hombre que no sabe lo que es orar con el corazón. Sólo sabe decir palabras por su boca, y las dice sin sentido, sin dar culto a Dios, sin poner el corazón en la boca para hablar.

Francisco sólo pone su sentimiento cuando habla y se queda sólo en eso. En dar un grito de alegría y hacer que los demás lo acompañen en la procesión de su amor al hombre.

Francisco pasea por la Iglesia sus valores humanos y da a todo el mundo lo que es en su corazón: un hombre cerrado a Dios.

Cuando habla, las almas espirituales ven su maldad en el corazón. Cuando calla, las almas espirituales ven la acción del demonio en las obras que hace. Cuando obra, hay un demonio a su lado que le indica lo que tiene que hacer.

Francisco es el hombre que no sabe hacer Iglesia, sino que sólo sabe vivir su vida. La aprendió de seminarista y la obra de sacerdote.

De seminarista daba culto al demonio en muchas cosas de la teología de la liberación y del protestantismo. Por eso, sus predicaciones están llenas de estos dos errores que ha bebido desde el principio de su sacerdocio.

Francisco piensa como un hombre liberal, impregnado de las ideas del liberalismo, pero no de ese liberalismo sin cabeza, despiadado, sin cultura. Sino de ese liberalismo que todo lo querer entender y sintetizar con su razón. Es el liberalismo de las ideas autónomas, es decir, que cada idea es libre por sí misma y, por tanto, cada idea es una verdad absoluta.

Este absolutismo de las ideas le lleva siempre al error en todo, porque no es capaz de sujetarse a una verdad de la cual nacen las demás verdades. Para Francisco no existe esa verdad, sino que sólo se dan las múltiples verdades autónomas que cada uno tiene en su mente.

Francisco se siente libre porque piensa su verdad, y da su verdad, y obra su verdad. Pero Francisco se siente incómodo cuando tiene que dar una verdad que no es la suya.

Por eso, está en la Silla de Pedro para anular las verdades que no le gustan y poner su verdad.

Pero Francisco ya ha perdido el primer impulso que tenía. Se nota en sus predicaciones. Ya no tiene vigor, fuerza cuando predica. Ya dice cosas, pero no dice nada nuevo. Eso es señal de que su espíritu está clavado en algo que no puede revelar.

Francisco no es un hombre de ideas, pero es un hombre de sentimientos. Y cuando siente la vida, la expresa con las ideas. Pero ya en sus homilías no se siente a Francisco. Está hablando cosas pero no dice nada con sentimiento. Eso es señal de que algo anda mal.

Las almas sólo ven a Francisco en lo exterior de la vida, pero no atienden a lo interior de la persona, que es lo que importa para saber discernir los signos de los tiempos. No hay que ver los hechos exteriores, sino el comportamiento del hombre, la mirada del hombre, el rostro del hombre.

Un hombre que no da nada a la Iglesia es lo que tenemos ahora en la Iglesia. Un hombre que empezó en la Iglesia con gran calor, pero ahora no se siente. Hay un rechazo oculto en la Iglesia contra Francisco. Hay malestar en la Iglesia con Francisco. Hay desunión en su gobierno horizontal. Y eso se nota porque el gobierno no ha hecho nada de importancia en la Iglesia.

Un gobierno que se prepara para la Iglesia de esta manera, como lo ha hecho Francisco, y que, una vez que se ha constituido, calla, no hace nada, sólo estudia cosas, sólo ve cosas, sólo hay declaraciones para no meter en problemas a Francisco, para no hacer saltar lo que todos temen, es señal de que es necesario otra cosa en la Iglesia.

¿Para que este gobierno de ocho hombres parados en la Iglesia? Si conociendo la mente de Francisco, debería ya anular todos los dogmas a punta de documentos oficiales. ¿Qué espera para hacer eso? Ya lo hizo con el Papado. Y lo demás es lo mismo. Si a Francisco no le interesa dar las razones para quitar un dogma. Francisco actúa como un déspota: se quita y ya está.

Por eso, no se entiende ahora qué pasa en la Iglesia. Para el político algo grave viene. Para el filósofo la vida sigue igual. Para el economista, los dineros vienen para la Iglesia. Pero para el espiritual sólo ve una cosa: la anulación de la Iglesia.

No se puede tener confianza en Francisco ni en su gobierno horizontal. Es imposible creer en quien no cree en la Santísima Trinidad ni en la Eucaristía. Es absurdo dar un voto de confianza a alguien que ha anulado el Poder en la Iglesia. Es estúpido pensar que Francisco va a hacer algo bueno en la Iglesia. Es de locos estar mirando las obras de Francisco en la Iglesia para percibir el camino que hay que seguir.

Para quien conoce lo que hay en Francisco, se prepara para lo peor. Se prepara para abandonar una iglesia que no sirve para nada en la vida espiritual. Es que ya es imposible decir la verdad en la Iglesia. Es que se va a callar a todos en la Iglesia para que o sigan el pensamiento de un hombre o se buscan la vida fuera de la nueva iglesia.

Ya no hay verdad en la Iglesia. Es lo que vemos constantemente. Es que son cincuenta años machacando la verdad, hasta triturarla, hasta despojarla de todo, hasta ocultarla totalmente.

Es que ya uno está cansado de lo mismo, de las mismas estupideces de la gente que no sabe creer en la Palabra y que siempre busca una razón para exaltar su soberbia.

La vida en la Iglesia ya no es como antes. Ahora hay que cuidarse de todos. Ahora, cuando se habla la verdad, la gente empieza a murmurar, ya no coge la verdad como es, porque ya vive sus verdades, sus mentiras y no son capaces de oír la verdad.

Hay un espíritu de engaño en toda la Iglesia. Un espíritu que lo maneja todo a sus anchas y hace ver caminos que no son, puertas que no se abren, calzadas que son sólo obstáculos en el camino.

No se respira amor en la Iglesia. Sólo se respira humanidad. Los hombres en ellos mismos, sin salir de ellos mismos, sin ver otra cosa que a ellos mismos.

Por eso, es triste ver dos Papas en la Iglesia que no hacen nada por la Iglesia. Que la destruyen cada uno a su manera. Que viven para su humanidad y que hacen de la Iglesia sólo el caldo de cultivo para que se dé la apostasía de la fe.

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