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Toda mentira no viene de la Verdad

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”Porque toda mentira no viene de la Verdad. ¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús sea el Mesías? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo, tampoco admite al Padre; quien reconoce al Hijo, también al Padre admite” (1 Jn 2, 22-23).

Даниил

Jesús es el Mesías (en hebreo מָשִׁיחַ (mashíaj = ungido), el Cristo (en griego es χριστός = ungido), el que tenía que venir al mundo.

El Mesías es el Rey de Israel, que los judíos esperaban para que los llevara a la tierra prometida. Pero ellos lo veían sólo como un rey temporal, un rey para lo humano, un rey para conquistar una tierra en el mundo.

Pero el Mesías es sólo un Rey Espiritual. Es un Ungido que tiene una Vida Divina.

Este es el centro del Mesías. Si no se acepta que en el Mesías está la Trinidad de Personas en una Esencia Divina, entonces el Mesías es muchas cosas, pero no Dios.

Jesús es el Cristo que viene del Padre y que se encarna en el Hijo y que obra por el Espíritu Santo.

Jesús, como hombre, no es hombre, porque tiene un origen divino, distinto a la creación del hombre por Dios.

El hombre es creado por Dios de la nada de la tierra, del polvo de la tierra. Y todo hombre viene por generación, sale de mujer, nace de mujer.

Pero Jesús no es como todo hombre. Jesús es la obra del Espíritu en una Mujer. No es la obra de un hombre. Nace de mujer, de María, “de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo” (Mt 1, 16), pero su semilla no es de hombre: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón” (Lc 1, 34). La obra en María la hace sólo el Espíritu Santo: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con Su Sombra; por lo cual también lo que nacerá será Hijo de Dios, llamado el Santo” (Lc 1, 35).

Jesús es el Mesías porque es el Hijo de Dios, el Santo de los Santos. Y esto es lo que se niega hoy en la Iglesia.

Esta Verdad se oculta para dar a un Jesús en su aspecto humano, terrenal, carnal, material, pero no espiritual.

Creer en Jesús no basta con decir su Palabra, recordar su Evangelio o con las boca decir que se ama a Jesús.

Creer en Jesús significa obrar lo mismo que obró Jesús. Y esta es la dificultad en la vida espiritual, porque -para hacer esto- es necesario tener el Espíritu de Cristo: “Y he aquí que Yo envío la Promesa de Mi Padre en vosotros; pero permaneced quietos en la ciudad hasta que seáis revestido del Poder que viene de lo Alto” (Lc 24, 49).

Es necesario revestirse del Espíritu Santo para ser testigos de Cristo “hasta el último confín de la tierra” (Act 1, 8c).

Esto es lo que no se dice hoy y lo que no se entiende en la Iglesia.

Sin Espíritu es imposible hablar las Palabras de Jesús, obrar las Obras de Jesús, enseñar lo mismo que Él enseñó, gobernar como Él lo hizo con sus Apóstoles.

Es necesario seguir al Espíritu de Cristo para obrar la Verdad.

Y las almas no saben seguir al Espíritu de Cristo. Las almas han aprendido muchas sobre la Iglesia, sobre Jesús, sobre la Virgen María, sobre los Misterios de Dios. Pero no saben seguir al Espíritu en la Iglesia.

Y no saben hacer esto por culpa de las mismas almas que creen que tener fe es tener una serie de conocimientos sobre Jesús.

Y tener fe en Cristo es tener su Espíritu. Sólo eso.

Quien tenga el Espíritu de Cristo tiene fe en la Palabra de Dios, tiene fe en la Verdad que da Cristo, tiene fe en la Iglesia que fundó Jesús en Pedro.

Quien no tenga el Espíritu de Cristo habla muchas cosas de Cristo, de Dios, de la Iglesia, del pecado, del demonio, etc., pero no tiene FE. Tiene sólo su razón que cree en su conocimiento adquirido en la Iglesia, leyendo a los Santos, leyendo el Evangelio, obrando cosas en el servicio divino, etc. Tiene su razón que le dice que eso que obra o habla está bien.

La Fe es creer en la Palabra de Dios. Pero no se puede creer sin el Espíritu de Dios. Es el Espíritu Divino el que abre el corazón de la persona para que ésta oiga la Palabra de Dios y la acepte sin más, porque Dios se lo revela.

Quien pone su mente para comprender la Palabra de Dios, automáticamente se separa del Espíritu Divino, que habla sólo al corazón de la persona, no a su mente.

Hoy día, se pone la mente para creer en Jesús. Y, entonces, no se cree en Jesús, sólo se cree en lo que cada cual conoce de Jesús.

Por eso, nada más es ver cómo es el lenguaje del que no cree: dice muchas cosas verdaderas sobre Jesús, pero no da la Verdad de lo que está diciendo. Siempre el que no cree pone su juicio sobre la Verdad Revelada. Siempre pone su pensamiento, su filosofía, su teología para explicar la Palabra de Dios.

Pero el que cree en Jesús nunca pone su mente para entender lo que ha recibido, porque no es necesario a la Fe entender lo que se recibe. Para tener fe sólo hay que aceptar lo que se recibe de Dios, plegar el entendimiento para acoger la Palabra de Dios.

Por eso, la Fe sólo es de cada alma. La Fe no está en ningún sitio. En la Iglesia sólo está las obras de las almas que viven la Fe en sus corazones. Y no otra cosa. La fe no está en la Iglesia, sino en cada corazón.

La Iglesia, si vive la fe, enseña las consecuencias de esta vida de fe, gobierna con la Verdad que trae la Fe, lleva a la santidad que ofrece la Fe.

Pero si en la Iglesia no hay almas de Fe, que posean en sus corazones la Fe, entonces la Iglesia no enseña la verdad, no gobierna con la Verdad y no hace caminar hacia la verdad de la vida, que es la santidad.

Es lo que vemos en Roma: la Jerarquía no tiene fe porque ninguno de ellos vive de fe. Es una Jerarquía que no sirve para hacer Iglesia. Es una Jerarquía que habla de Dios, de Jesús, del demonio, del pecado, de la Virgen, pero que no obra lo que habla. Después, obra una cosa distinta a esa palabra que predica o que enseña.

Eso es Francisco y todos aquellos que se unen a él. Es sólo eso: hombres sin fe, que han puesto en la Iglesia su razón, su verdad, su pensamiento humano, su ideología sobre la Iglesia.

Y esto trae consecuencias para toda la Iglesia y para cada alma.

Porque si cada alma no vive de fe, entonces oye lo que se propone en Roma ahora y sigue los dictados de la mentira como si fueran la verdad.

Cuando el alma no tiene fe, la busca fuera de ella, la busca en el mundo, en la Iglesia, en las sectas, en cualquier sitio. Y coge lo que le entra por el oído humano. Se cierra a lo espiritual, que sólo lo puede dar el Espíritu Divino. Y busca lo ‘espiritual’ en todo lo que no es Espíritu, obra del Espíritu de Dios.

Por eso, hay tantas almas perdidas en lo que otros dicen sobre la Iglesia, sobre Jesús, sobre Dios. Y se pierden por su culpa, porque se han cerrado en su interior al Espíritu de Dios. Y, después, los demás hacen el trabajo de cerrar más ese corazón, de endurecerlo más para que no se abra a la Verdad, que sólo la trae el Espíritu al alma.

El alma o tiene fe o no tiene fe. Este es el comienzo de la vida espiritual. Toda alma tiene que comenzar preguntándose si realmente está abierta a Dios o cerrada.

No tiene que hacer oración ni penitencia. Para comenzar una vida espiritual verdadera, hay que ponerse al principio de esta vida. Y muchas almas no se han puesto en este principio y buscan la fe en muchas cosas, que son buenas, pero el corazón está cerrado.

Hacen oración, penitencia, retiros, apostolados, con un conocimiento verdadero sobre Dios y sobre la Iglesia, pero no tienen fe. Tiene una acumulación de conocimientos, de obras que no les lleva a la salvación de sus almas ni a la santidad en la vida.

El alma siempre tiene que preguntar a Dios si su corazón está abierto a Él o cerrado. Porque las almas viven en todo lo humano, en todo lo material, en todo lo carnal. Y eso cierra el corazón a lo divino.

El alma tiene que estar vigilante en su vida humana para no dejarse llevar por todo lo humano, porque –automáticamente- un pecado, un apego en la vida, un error, una mentira, aleja al alma de la claridad que da el Espíritu en el corazón y se va cerrando a Dios sin darse cuenta.

Antes de orar, cada alma tiene que pedir al Señor que le muestre cómo está su corazón. Porque si su corazón está cerrado o medio cerrado por las distintas cosas que trae la vida, entonces no va a obrar en su vida humana de acuerdo a la Fe en Cristo, sino que va a obrar de acuerdo a su pensamiento humano.

La mentira es sólo seguir el pensamiento del hombre. La fe es sólo seguir al Espíritu de la Verdad.

Por eso, toda mentira, todo pensamiento humano, “no viene de la verdad”. Lo que viene de la Verdad es el pensamiento divino que trae el Espíritu de la Verdad. Y, cuando el hombre se pone en ese pensamiento divino, entonces piensa la verdad y habla la verdad y obra la verdad.

Jesús es el Mesías. Y esa es la Verdad. Los hombres ponen sus inteligencias para querer explicar esta Verdad y se apartan todos de la Verdad. Cada uno dice su mentira, que no viene de la Verdad.

El pensamiento humano siempre divide la Verdad, siempre quiere encontrar una idea para expresar la Verdad y sacar de la Verdad otra cosa. Todos los hombres hacen eso.

Ante la Verdad que da Dios, el pensamiento del hombre tiene que callar. Callar, no pensar, para conocer. Si el hombre piensa, ya no conocer. Si el hombre pone su mente en el suelo, la pisa, entonces comienza a pensar rectamente, se llena de la sabiduría que trae lo divino al alma.

Pero si los hombres siguen el juego de sus pensamientos humanos, siempre se va equivocar aunque hagan libros llenos de verdades, pero que nunca dan la Verdad como es.

Por eso, hoy día, desde Roma se niega la Verdad por toda la Jerarquía de la Iglesia. Se niega y nadie dice nada, porque muchas almas no viven de fe, sino que viven de sus pensamientos humanos y no ven malo lo que se expresa desde Roma. Roma da la mentira que esas almas viven. Y los mentirosos se unen por su interés en la mentira, no por amor a la mentira.

Por eso, no hay que hacer caso a nada que se diga de Roma. Hay que ver lo que dicen y discernirlo en el Espíritu. Y el Espíritu dirá qué hacer cuando los hombres en Roma destruyan las verdades que con tanto esfuerzo de almas, llenas de Espíritu Santo, han puesto en la Iglesia con sus obras que dan testimonio de Cristo.

Roma ya no da testimonio de la Verdad, sino de la mentira. Y eso es el comienzo de la Gran Apostasía de la Fe. Todos se separan de la Fe porque siguen la Razón que todo lo quiere entender en ella misma.

Y esa separación es el Cisma que provoca que la Iglesia Católica sea anulada en Roma para que emerja otra cosa, otra iglesia que tenga el mismo nombre de Católica, pero que no tenga la Verdad.

La nueva iglesia en Roma será sólo la estatua del Apocalipsis (Ap 13, 14), hecha por los hombres que siguen a la masonería eclesiástica, a la bestia que “tiene dos cuernos semejantes a los de cordero” (Ap 13, 11). Una figura de Iglesia sin vida espiritual, sin seguir al Espíritu de Cristo porque sólo los hombres en esa iglesia siguen sus razones, sus pensamientos, sus filosofías, sus teologías que nacen de su soberbia humana. Una iglesia sin fe porque los hombres no tienen fe.

Y esa figura de la Iglesia sin vida, será la que coja el Anticristo para hacer su obra final, cuando ponga en ella su espíritu demoniáco: “Y le fue dado infundir espíritu en la imagen de la bestia” (Ap 13, 15). Esa obra final viene con todo el aparato del demonio, con sus milagros, curaciones, liberaciones y todo lo que el demonio sabe hacer cuando Dios le deja hacerlo.

Y, por esa obra final, el demonio sólo querrá destruirlo todo: mundo e iglesia, que es el fin del pensamiento del demonio. Como no hay verdad en el demonio, entonces sólo hay autodestrucción de toda verdad, odio contra toda verdad, necesidad de acabar con todas las obras de Dios en la creación divina.

Ya el demonio tiene la Silla de Pedro. Ahora, comienza todo el baile del demonio desde esa Silla de la mentira en Roma.

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