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Juan Pablo II: la muerte de un gladiador

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“¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!
¡Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera!
¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!
Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura. de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo El lo conoce!
Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitid, pues, —os lo ruego, os lo imploro con humildad y con confianza— permitid que Cristo hable al hombre. ¡Sólo El tiene pala­bras de vida, sí, de vida eterna!”
(HOMILÍA DEL PAPA JUAN PABLO II EN EL COMIENZO DE SU PONTIFICADO. Plaza de San Pedro Domingo – 22 de octubre de 1978).

JuanPabloII

El Papa Juan Pablo II fue el gladiador de la fe, el que supo luchar en la Iglesia por la fe en Cristo, para que nadie arrebatase esa fe en la Iglesia.

Juan Pablo II se enfrentó a la masonería eclesiástica desde el comienzo de su Pontificado por vivir su fe en la Palabra de Dios.

Era un hombre de fe, no de razones, no de filosofías humanas. Llevaba la fe en su corazón y eso era lo que transmitía en cada homilía, en cada encíclica, en cada declaración que hacía a los medios de comunicación.

No se casaba con nadie, no adulaba a nadie, no perseguía a nadie. Él estaba claro en cuanto a su fe y, por tanto, sabía muy bien para qué el Señor le había elegido para Papa.

Un Papa no atractivo para la masonería eclesiástica, que no se espera esa elección. Una vez asesinado Juan Pablo I, la masonería iba a poner su Papa, pero no contó con el dedo de Dios.

Es Dios quien dirige la Iglesia, no son los masones. Los masones son sólo el poder de la Justicia de Dios en la Iglesia. Una vez que hayan cumplido esa obra de la Justicia, se retiran porque la Iglesia es otra cosa que un juego de la mente de los hombres.

Estamos viviendo las consecuencias de la muerte de un gladiador en la Iglesia, de un hombre que luchó por la Verdad y que dio su vida por la Verdad.

Un hombre que lo quisieron quitar de en medio con un atentado perpetrado por personas que eran juguetes de la masonería.

Nunca la masonería se da a conocer públicamente. Quienes se dan a conocer son los instrumentos de los masones, que son muy variados. Pero el gobierno central de la masonería siempre está oculto, nadie sabe cómo se mueve, nadie sabe sus planes. Sólo ellos conocen todo lo que hay que hacer en cada momento. Sus logias, sus clubes, sus organizaciones no son el gobierno central de la masonería. Son sólo un escaparate para reclutar adeptos y que hagan una misión en cada país o en la Iglesia. Y una vez realizada esa misión, esa logia o ese grupo, desaparecen.

Benedicto XVI es masón, pero no es masón, sólo tenía que dar a la masonería una cosa: la Silla de Pedro. Francisco es masón, pero no es masón. Es un hombre que le gusta las ideas de la masonería, pero no puede pertenecer al gobierno central de la masonería sólo por su orgullo. Y, para estar en la masonería, hay que quitar el orgullo, porque se pide la obediencia ciega a todo, incluso a lo más elemental en la vida humana. Y, Francisco es sólo un vividor, que no quiere dejar su orgullo a un lado. Sirve a la masonería para hacer lo que ha hecho: quitar el Papado. Pero no sirve para otra cosa, porque la masonería quiere sólo lo que ellos quieren, no lo que los hombres públicos dicen. Por eso, tiene que irse, porque quiere llevar a la Iglesia por donde no es necesario llevarla en el plan de los masones.

Juan Pablo II se opuso a este gobierno central de la masonería. Lo que no hicieron ni Benedicto XVI ni Francisco.

Y eso le trajo un Pontificado de amargura, desde el principio hasta el final. Dolor tras dolor, viendo cómo todo el mundo a su lado lo dejaba solo, por seguir los dictados del Espíritu en su corazón.

Un Papa gobierna solo la Iglesia: ese fue Juan Pablo II.

Y no le importó estar solo en el gobierno de la Iglesia, porque para eso ha sido llamado por Dios: para dar a la Iglesia sólo la Voluntad de Dios, no para hacer en la Iglesia una comunión de voluntades humanas, de obras humanas, de pensamientos humanos.

Juan Pablo II se la jugó todo en la Iglesia. Y, por eso, el atentado certero, que no iba a fallar y, sin embargo, el dedo de la Virgen guió la bala en su corazón.

Porque no son los hombres los que deciden una vida, sino que es Dios el autor y el que guía toda vida.

Quien tiene fe no teme a ningún hombre, a ningún demonio, porque sabe que Dios le lleva entre serpientes y escorpiones. Y no se asusta de las palabras ni de las obras de ningún hombre. Porque la vida no se seguir el pensamiento de los hombres, sino seguir al Espíritu que da la Verdad de la vida.

Por eso, Juan Pablo II se enfrentó con las mentes de todos los sacerdotes y Obispos de la Iglesia. Porque la fe no es acomodarse a lo que piensan en la Iglesia los hombres sobre Dios, sobre su Voluntad, sobre el servicio que hay que hacer en la Iglesia para dar gloria a Dios.

La fe es dar en la Iglesia lo que Dios quiere aunque a nadie le guste. Esa es siempre la señal de la Voluntad de Dios: un cruz que humilla a los hombres y abaja sus soberbios entendimientos para que comprendan lo que es la Verdad y no sus verdades.

Juan Pablo II luchó por la verdad de la Iglesia en cada alma, en cada sacerdote, en cada Obispo. Luchó para que esa Verdad la viera todo el mundo, la contemplara todo el mundo y así la Iglesia sólo caminase mirando la Verdad. Porque el que es de la Verdad no esconde la luz.

Juan Pablo II no se dedicó a dialogar con los hombres, como hace Francisco, sino que se dedicó a darles la Verdad, aunque para eso, tuviera que perder a muchos hombres a su lado.

Por eso, se quedó sólo en la Iglesia porque comprobó que nadie quiere escuchar la Verdad. Todos quieren seguir sus verdades, porque es más cómodo y más útil para los hombres.

La comodidad y la utilidad son las claves del éxito de la masonería. De esta manera trabaja la masonería para poner su idea: con lo cómodo, con lo acomodado a la vida de los hombres, con lo que gusta a los hombres; y con lo que es útil a cada hombre en su vida.
Los masones conocen muy bien al hombre, su psicología animal y, por eso, se mueven en todo dándole al hombre lo que quiere.

Juan Pablo II fue al revés. No dio a los hombres sus caprichos, sino aquello que no les gusta. Y eso es lo que abre camino en la Iglesia, eso es lo que produce la unidad en la Iglesia, eso es lo que lleva al amor en la Iglesia: la verdad que crucifica a todo hombre.

Una Iglesia, como la actual, en la que todo es exaltar los sentimientos humanos, todo es dar un misticismo filosófico, que está mezclado con un iluminismo, en todas las homilías de Francisco, todo es una ciega bondad por los hombres, una inútil apariencia de humildad, que hace que la Iglesia vea a Jesús con una familiaridad soberanamente irrespetuosa, que trata lo sagrado con todo falta de reverencia y de majestad, y que hace que la santidad de la Iglesia sea sólo una figura de ella y no una vida, y que produce en las almas el abandono de la fe. Ya no se da la Verdad que abre caminos, sino la mentira que cierra todos los caminos a los hombres para que sólo se fijen en una cosa: la humanidad, el hombre que sabe y que puede.

Juan Pablo II indicó el camino hacia lo divino, negando al hombre en la Iglesia. Y esto es difícil de hacer cuando se tiene la oposición de todos los sacerdotes y Obispos en la Iglesia.

A la muerte de Juan Pablo II se ha visto lo que realmente hay en la Iglesia: es una Iglesia totalmente pagana, que vive de espaldas a Dios, que vive machando lo sagrado y haciendo de lo santo el hazmereir de todo el mundo.

Con la muerte de Juan Pablo II murió la fe en la Verdad. Murió la Iglesia en el corazón. Murió la lucha por la Verdad. Y ahora todos luchan por sus verdades en la Iglesia.

La muerte de Juan Pablo II es el comienzo de la purificación de la Iglesia, que lleva a su gran Apostasía y al gran Castigo para toda la humanidad.

La muerte de Juan Pablo II es la muerte de un gladiador de la Fe, -que tomó las armas del Espíritu, la espada de dos filos que corta la mentira y saca la verdad a relucir-, que hizo de su vida un baluarte de la Verdad, una Roca de la Verdad, que es lo que tiene que ser todo Papa.

El Papa tiene que dar la Verdad y nada más que la Verdad a la Iglesia. Y, cuando hace eso, entonces cumple con la misión que Dios le ha puesto en la Iglesia.

Juan Pablo II murió por la Verdad, murió enseñando la Verdad. Por eso, en su lecho de muerte estaba su sucesor, Benedicto XVI. Un hombre que vio la Verdad en Juan Pablo II y que la siguió hasta el final. Y, por eso, se sometió a él en todo mientras reinaba en la Iglesia. Pero cuando murió Juan Pablo II, se le acabó la fe.

Porque Benedicto XVI puso la fe en Juan Pablo II, pero no puso la Fe en Cristo. Este es el error de muchos: seguir a una persona que es buena, que es santa, pero no seguir el don de la fe que Dios da a cada corazón.

Murió el gladiador de la fe, el que luchó sólo por la fe en la Iglesia, y entonces se acabó la Verdad. Ya nadie en la Iglesia hizo brillar la Verdad como lo hizo Juan Pablo II, con la valentía que su vida transmitía en cada obra que hacía en la Iglesia.

Todos en la Iglesia tienen miedo ahora de decir la Verdad, de obrar la Verdad, de defender la Verdad, porque no tienen fe. Tienen la fe puesta en los hombres, en un Juan Pablo II, en un San Pío X, en muchos santos, pero no viven ellos la fe en la Palabra de Dios, que es lo que hace fuerte al alma. Muchas almas han puesto la Fe en Francisco, la Fe en su gobierno horizontal, la fe en muchos hombres que sólo engañan en la Iglesia con sus palabras de mentira. Pero no son capaces de creer en Cristo.

La fuerza del Espíritu está en seguir sólo al Espíritu y, por tanto, en dejar a todos los hombres en sus pensamientos humanos, con sus inútiles razonamientos sobre la Iglesia, sobre Dios, sobre la doctrina de Cristo en la Iglesia. Porque ningún hombre es capaz de dar la verdad completa. Sólo el Espíritu de la Verdad lleva a la plenitud de la Verdad al hombre.

Ningún hombre sabe lo que es la Verdad. Los hombres sólo saben razonar sobre la Verdad. y quien razona siempre se equivoca. Para conocer la Verdad sólo hay que creer en la Verdad, como creyó Juan Pablo II. Y ni Benedicto XVI, ni Francisco creen en la Verdad, sólo creen en sus verdades y han luchado en la Iglesia sólo por sus verdades. Por eso, la Iglesia anda muerta en el mundo de la fe.

Murió un Papa en una fecha muy especial. Y siete años después, otro Papa murió a la santidad de la Iglesia. Siete son las semanas que señala el profeta Daniel. Siete veces siete, setenta años de semanas para el fin. Y la muerte de Juan Pablo II es el inició del final de los tiempos. Inicio en el que deben cumplirse todas las profecías hasta llegar al final de ese tiempo, con la presencia del Anticristo en el mundo.

El Anticristo es sólo el masón que lo gobierna todo pero que nadie conoce. Sólo al final, cuando la masonería consiga su objetivo, entonces aparecerá todo el gobierno central de la masonería para regir al mundo como ellos quieren. Habrá triunfado de todos durante tantos siglos ocultos. Pero el Señor, con un soplo de su boca, borrará a ese maldito de en medio del mundo.

En la tumba de Juan Pablo II permanece la Iglesia. Allí escondida en su corazón, porque esa es la señal que da Dios a la Iglesia. La Iglesia tiene que esconderse ahora, ocultarse, pasar desapercibida, porque nadie lucha por la Verdad. Y hay que permanecer escondidos hasta que el Espíritu diga otra cosa en este final de los tiempos.

Y quien vaya al martirio es por el Espíritu. Y el que tenga que esperar a la consecución de los tres días de tiniebla será sólo por el Espíritu.

Que nadie ponga la fe en ningún hombre, en ninguna profecía, en ninguna obra en la Iglesia. Porque, ahora, el demonio lo confunde todo, hasta a los profetas de Dios.

Hay que vivir de la Fe en la Palabra. Eso basta para salvarse y santificarse.

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2 comentarios

  1. Juan Pablo dice:

    Excelente.
    Lo que no comprendo es la seguridad en el carácter masón del papa Benedicto XVI en éste y en éste tremendo y revelador artículo:

    https://josephmaryam.wordpress.com/2013/10/25/el-gobierno-masonico-en-la-iglesia/

    No sé si conocen por qué lo afirman o por lo que ven en su proceder. Veo que han seguido siempre una línea respecto de Benedicto. No es que antes lo hacían santo y ahora ya no.
    Lo que me parece difícil de aceptar, es que alguien que llegó al papado gracias a la masonería (condenada por la Iglesia) pueda ser un verdadero papa nombrado por el Espíritu Santo y con la asistencia del Espíritu Santo que todo Papa tiene y que alguien de su tremenda cultura no supiera lo que la masonería es.
    Desde ya muchas gracias.

    • josephmaryam dice:

      Para comprender este punto hay que diferenciar dos cosas: los masones son pocos, son elegidos por ellos mismos. Los demás no son masones, pero participan en algo de la masonería.
      El masón siempre está oculto y no aparece al exterior, al público.
      Pero los que no son masones, sino que participan en las logias, en los diferentes clubes, como Francisco, o con los Illuminati, son los que usan la masonería para sus obras públicas, al exterior. Estos no conocen lo que es la masonería, sólo algunas reglas para poder hacer lo que ellos quieren.
      Los masones eligen a las personas para algo que ellos quieren. Y le presentan un camino para realizar lo que quieren. Si la persona acepta, entonces obra aquello para lo cual se ha elegido. Si la persona no acepta, entonces la quitan de en medio.
      Benedicto XVI no era masón cuando estudiaba la teología y se preparaba para el sacerdocio. Pero una vez que alcanzó un puesto alto en la Iglesia, la masonería se fijó en él para una obra. Y él aceptó esa obra. Aceptar significa comulgar en esa idea con la masonería. Eso, en sí, no es ser masón, pero en la práctica lo hace masón. Benedicto XVI no pertenece a ninguna logia secreta ni ningún club rotario, como Francisco, pero si aceptó de la masonería algo. Entra en el juego de los masones y, cuando está en la Silla de Pedro, da esa Silla a los masones.
      De esta manera, se comprende cómo la masonería actúa en todas partes, pero encubierto. Y llama a todas las puertas y no importa que sean santas, como Juan Pablo II. También él recibió una oferta de la masonería, pero la rechazó. y, por eso, sufrió su cruz en el Pontificado. Juan Pablo I lo liquidaron porque no aceptó el ofrecimiento de la masonería. Y ellos querían ya actuar en la Iglesia, pero tuvieron que esperar a que muriera Juan Pablo II, que se les opuso en todo. Y fueron a por Benedicto XVI. Y el problema de fondo es esa elección en que salió elegido Benedicto XVI, porque ahí actuó de fondo la masonería para lograr que saliera Benedicto XVI. Pero Benedicto XVI sólo tuvo el ofrecimiento de la masonería una vez fue Papa. Y, porque es un hombre sin Fe, entonces no pudo hacer lo que hizo Juan Pablo II. Y renunció a lo que no tenía que renunciar. Todo el escándalo de las filtraciones era para conseguir doblar a Benedicto xVI, no otra cosa. Francisco es masón, pero no pertenece al grupo escogido de la masonería. Por su orgullo, porque es un vividor, no puede entrar más adelante. Y conoce algo, pero no sabe nada de cómo trabaja la masonería.

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