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Ignorancia de Cristo

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sanjeronimo

Francisco manifiesta su ignorancia de Cristo porque ignora la Sagrada Escritura. No sabe leerla, no sabe discernirla en el Espíritu, no sabe configurar su alma según la Palabra de Dios.

Dios, que “habita una luz inaccesible” (1 Tm 6, 16), se revela en Su Palabra y da al hombre el Camino hacia la Verdad, que está sólo en Dios.

La Verdad no se encuentra en la mente de ningún hombre, sino sólo en el Corazón de Dios.

Y esa Verdad se da a los humildes, a los que se abren a Dios, a los que ponen su mente en el suelo de su humanidad para poder así entender la divinidad.

Dios “nos ha hablado por Su Hijo” (Hb 1, 1-2). Y esa Palabra es de Amor. No es una Palabra inteligente, sabia, que medita o sintetiza las cosas. Es un Palabra que es una Obra.

Dios, cuando habla, obra lo que habla. Nunca se queda en el pensamiento, en el sentimiento, en el gozo del momento.

La Palabra Divina hace moverse al alma hacia una obra que sólo Dios conoce y que sólo Dios hace.

Por eso, es necesario la humildad, hacerse niño, hacerse pequeño para ser Iglesia.

Hoy los hombres de la Iglesia ponen su inteligencia humana por encima de la Palabra Divina y se apartan de la gracia de la fe que abre los “ojos del corazón” (Ef 1, 18) para poder entender los Misterios de Dios.

El hombre abre los ojos de su entendimiento y se oscurece en su sabiduría humana.

El hombre percibe su entendimiento y ya no ve su corazón, que es el recinto sagrado donde Dios habla al alma.

Lo que pasa hoy en la Iglesia es la soberanía de la razón sobre la fe. Es primero lo que uno piensa sobre la Iglesia, que lo que Dios piensa sobre Su Iglesia.

Se pone la sabiduría humana como centro de la Iglesia y, por eso, los hombres dialogan unos con otros buscando soluciones a los problemas y no obran la fe, sino que obran sus discursos humanos.

Hoy se da la primacía al diálogo con los hombres y se deja de escuchar a Dios en el corazón.

Hoy la Iglesia sólo percibe el murmullo de las bocas de los hombres, pero no es capaz de atender a la brisa del Espíritu, porque ya no creen en el Espíritu. Creen en su manera humana de ver el Espíritu, pero no creen en la vida que trae el Espíritu a la Iglesia, que es el mismo Cristo Jesús en la Divinidad de Su Esencia.

Y, por eso, si el Espíritu no sopla en la Iglesia, Ésta no es capaz de ir a la plenitud de la Verdad, sino que se queda en sus verdades y se arrastra por esas verdades humanas que no sirven para salvar ni para santificar.

El hombre inteligente es sólo el hombre de fe. No es el hombre que piensa la fe, sino el hombre que obra la fe.

El hombre que piensa la fe se queda sólo en sus discursos en la mente, pero no es capaz de obrar la fe, porque no es la obra del entendimiento humano, sino la obra del Entendimiento Divino.

Para obrar la fe hay que tener la Mente de Cristo. Y no es posible poseer a Cristo si el alma no se deja poseer de su Palabra.

Para que el alma penetre la Palabra debe dejar que su corazón se abra al Espíritu de Cristo. Debe perseguir al Espíritu que mueve al alma hacia la Palabra. No mueve al alma hacia una idea mental, sino al Corazón Divino donde la Palabra es engendrada por el Padre y producen el Amor en el Espíritu.

La Palabra en Dios no es una idea, una razón, una filosofía. La Palabra es una Vida que “es la luz de los hombres” (Jn 1, 4b), que “ilumina a cada hombre” (Jn 1, 9) y le muestra la Verdad.

Dios sólo muestra Su Verdad al hombre para que el hombre crea en esa Verdad y se pueda salvar.

La Verdad está en Dios, no en el hombre. El hombre, para poseer esa Verdad, tiene que creer en esa Verdad.

Si no cree, entonces el hombre se queda en sus verdades humanas y hace de esas verdades humanas la cumbre de su vida.

Miramos en la Iglesia cómo el hombre ha trabajado para ser hombre, pero no para ser hijo de Dios, hijo en el Hijo, hijo en la Palabra engendrada por el Padre. Y eso hace que el hombre se descuelgue de Dios y haga de su vida un estandarte a su palabra humana.

Y lo que pasa en la Iglesia es sólo eso: mirar al hombre, mirar su palabra, mirar su razón, mirar el norte que cada hombre pone en la Iglesia.

Y vienen a la Iglesia las luchas por la verdad de cada uno. Y ya nadie lucha por la Verdad, que sólo se da a los humildes de corazón.

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