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Testimoniar la Verdad con el corazón

Virgen de Guadalupe

Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

“Hijuelos, nadie os engañe: quien obra la justicia es justo, como Él es justo; quien obra el pecado, del diablo procede, porque el diablo peca desde el principio” (1 Jn 3, 7).

padreNuestro

Jesús es la Verdad y todo aquel que está con Jesús habla la verdad. Quien no está con Jesús, siempre da una mentira, un error, un engaño, porque los que son de Dios dan las palabras de Dios, son guiados por el Espíritu Divino cuando tienen que enseñar y obrar la verdad: “Todo el que ha nacido de Dios no obra pecado, porque el germen de Dios permanece en él” (1 Jn 3, 9).

Pero los que no son de Dios, son guiados por el espíritu del mal y dan, en lo que hablan y obran, el engaño: “todo el que no obra la justicia no es de Dios” (1 Jn 3, 10b).

La mentira es la que divide a la Iglesia. Aquel que miente, divide. Pero el que expone la verdad, pone siempre un camino en la vida, porque la verdad es luz para el corazón del hombre y esa luz siempre conduce hacia la paz del corazón, hacia el bienestar de la vida, hacia la conquista del amor fraterno.

Pero quien da la mentira, pone muchos caminos en la vida y, cada uno de ellos, tiene sus medias verdades y, al final, no hay salida, no se ve futuro, no se ve solución a los problemas de la vida.

Muchos tienen miedo de decir la verdad porque creen que no se puede criticar o juzgar al que miente. Pero una cosa es la crítica, que es siempre un pecado, es otra es decir el pecado de la persona.

Decir su pecado es decir la verdad de esa persona, lo que habla esa persona, lo que obra esa persona. Porque si no se pudiera hacer esto, entonces, ¿qué es la verdad? ¿Cuándo hay que decir la verdad? ¿Qué verdad hay que decir?

Decir la verdad es decir las cosas como son, no es inventarse otra cosa. Es la realidad de lo que se oye, es la realidad de lo que se ve, es la realidad de lo que se escribe.

Esa realidad está a la vista de todos. Y eso es la verdad.

Entonces, la Iglesia no puede callarse ante la mentira que habla Francisco. Si la Iglesia calla, la Iglesia es culpable, porque la misión de la Iglesia es enseñar la Verdad, que es Jesús. Y, para enseñar esta Verdad al mundo, primero hay que empezar por la misma Iglesia.

Los sacerdotes callan ante las palabras de Francisco, no enseñan a sus ovejas la realidad de lo que está pasando. Ahí están las homilías, las declaraciones, la encíclica de Francisco. Ahí están sus mentiras. ¿Cómo se puede decir que no hay que hablar en contra de Francisco, cuando no está dando la verdad?

Un Papa que no da la Verdad en la Iglesia no es Papa, es otra cosa. Hay que empezar por este punto. Porque el Papa está puesto por Jesucristo para dar la misma Verdad, que es Él.

Y ante esta realidad no se puede decir: “aquí no pasa nada”.

Aquí pasa mucho, porque si desde la cabeza de la Iglesia se enseña la mentira, entonces la misma cabeza de la Iglesia divide a la Iglesia.

Este es el punto más crucial en todos los sacerdotes. Muchos tienen miedo de decir la verdad porque creen que van a dividir la Iglesia, van a poner a las almas en contra de Francisco.

Y no. Hay que decir la verdad de lo que predica Francisco y eso no divide. Eso es enseñar la verdad. Cuando se enseñan las mentiras de Francisco a las almas se enseña la verdad en la Iglesia. Y esa verdad une a la Iglesia en Jesús.

Pero cuando se tapan las mentiras de Francisco es entonces cuando se hace división en la Iglesia. Y la Iglesia se desune en muchos bandos humanos.

Porque estamos en la Iglesia para seguir a Jesús, no para seguir a los hombres, sean Papas, Cardenales, Obispos, sacerdotes, fieles. Y Jesús está en aquellos Pastores fieles a su Gracia, abiertos a Su Espíritu, que no temen decir las cosas como son. Y a esos Pastores hay que seguir y obedecer, porque en ellos está el Espíritu de Cristo.

Pero aquellos Pastores que tienen miedo de decir las cosas como son, entonces no se les puede seguir, porque no dan la verdad del Espíritu, sino que dan sus medias verdades y quieren acallar los clamores de la gente que ve la verdad de lo que pasa en la Iglesia.

La Iglesia no pertenece a nadie. Jesús la fundó. Y Jesús es el que la guía en Su Espíritu. Y es el Señor el que pone Sus Pastores fieles a Él. Y es el Señor el que elige a sus almas para que escuchen a eso Pastores fieles.

El Señor va guiando Su Iglesia en medio de lobos, en medio de serpientes, en medio de escorpiones. E ir detrás de Él, siguiendo Su Espíritu, es lo que importa en la Iglesia.

Los hombres se levantan para acallar la Verdad, la única Verdad, como siempre ha sido en la historia de la Iglesia.

Pero la Verdad, por más que quieran ocultarla, está siempre ahí, siempre es el fundamento de la vida, de todo hombre, porque Dios ha creado al hombre en la verdad. Y, aunque el hombre viva en su pecado, siempre encuentra una verdad en dónde apoyarse para salir de su pecado.

Nunca el hombre, en esta vida, se encuentra solo frente a su existencia humana, a su vida humana. Todo hombre ve un camino verdadero. Pero ese camino debe ser andando detrás de Jesús, siguiendo Su Espíritu, que es lo que más cuesta al hombre.

Jesús ha puesto el Camino al hombre, que es Él Mismo. Y para todo hombre hay un camino en la vida. Todo hombre que camina en su existencia humana encuentra un camino verdadero, que es el Mismo Jesús. Pero para hallarlo, es necesario que el hombre vuelva su mirada a Jesús y se pregunte si en su vida humana está siguiendo la verdad que da Jesús o las verdades que dan los hombres.

Jesús, al poner el Camino al hombre, pone la Verdad al hombre. Y esa Verdad no son las verdades que dan los hombres. Es sólo la Verdad, que es Jesús, y que siempre es clara, sencilla, humilde, fácil de comprender, fácil de obrar.

Los hombres dan sus verdades y lo complican todo en la vida. Eso es señal de que no siguen a Jesús, a la Verdad, que es Jesús, sino que caminan según sus razones, sus ideales en la vida, sus planes en la vida, sus quereres humanos en la vida.

Y, entonces, cuando tienen que dar testimonio de Cristo, testimonio de la verdad, se callan, dicen otra cosa, tuercen el rostro para no ver la Verdad.

Esto es lo que pasa a muchos sacerdotes y Obispos que no viven en sus vidas humanas mirando a la Verdad, mirando el Rostro de Cristo para reflejarse en la Verdad, sino que viven mirando a los hombres para así no alimentarse de la Verdad.

Es una pena ver cómo está la Iglesia y cómo cuando se dice la Verdad las almas se asustan, las almas temen, las almas dudan, las almas hacen cualquier cosa por seguir en sus mentiras.

Y eso es señal de que no hay Fe en la Iglesia. No se encuentra Fe en la Iglesia. No se encuentra a almas que apoyen a sus pastores cuando predican la verdad. Y los Pastores no encuentran almas que quieran oír la verdad.

Y, entonces, ¿qué Iglesia estamos haciendo? ¿Qué Iglesia estamos formando? ¿Qué significa ser Iglesia?

La Iglesia no puede dormirse ahora cuando desde la cabeza se está enseñando la mentira. Y muchos se perderán cuando las cosas vayan a peor, porque desde el principio dejaron la mentira que creciera a su alrededor, y eso les va a impedir luchar contra lo más fuerte que viene ahora a la Iglesia.

Estamos en el comienzo de una batalla a muerte. No estamos como antes, en otras épocas, en que todo parecía otra cosa, en que desde Roma había una verdad que seguir. En estos momentos, la cabeza de la Iglesia, que es Francisco, no dice la verdad. Y eso es un problema grave para toda la Iglesia. No se puede seguir una mentira en la Iglesia. No se puede obedecer la mentira en la Iglesia. No se puede callar la mentira en la Iglesia.

Todavía hay verdad en Roma, porque está la Eucaristía. Pero cuando la quiten: ¿dónde estará la verdad? ¿Dónde estará la Iglesia? ¿Dónde ir para escuchar la verdad?

Es un problema que viene ahora a toda la Iglesia. Se va a querer imponer las mentiras a toda la Iglesia. Y, entonces, quien acoja una mentira ya no pertenece a la Iglesia.

Porque las mentiras que predican Francisco dañan el dogma de la verdad. No son cualquier mentira. No son mentiras piadosas, no son interpretaciones del Evangelio. Es la negación de todo el Evangelio. Es la negación de la misma vida de Jesús. Es la negación de toda verdad como se ha predicado y enseñado en la Iglesia. Y esto es un grave problema para toda la Iglesia.

Predicar la verdad hoy en la Iglesia es sufrir, es decirle a quien predica: no vuelvas más por acá, no nos metas en problemas con todo eso, déjanos vivir en paz, déjanos estar en la Iglesia como todos están, siendo hermanos unos con otros, apretando lazos humanos, sentirnos que nos amamos, que nos comprendemos, que nos hace bien ser como somos, sin que nadie nos diga que vamos mal. Todos vamos caminando en este mundo de una manera o de otra. Que cada uno busque su manera de caminar en la vida.

Esto es lo que se está diciendo porque no se quiere escuchar la Palabra de Dios, sino que se quiere sólo seguir los dictados que cada cual tiene en su mente para estar en la Iglesia.

Por eso, predicar contra Francisco levanta ampollas en todos los sitios. Y esa verdad duele escucharla y es difícil de decirla, porque hay que oponerse a todos.

La verdad, siendo para todos, es de muy pocos. Porque la Verdad se da al corazón de la persona, no a su mente. Pero quien no vive mirando su corazón, no se pone en la verdad, sino que camina en sus verdades en la vida.


1 comentario

  1. Raul Patiño dice:

    Correctamente está dicho en este artículo. Y podría agregarse: Se utiliza la misma Palabra de Dios para tergiversarla. Por ejemplo, se dice que no se puede juzgar y es cierto, Dios juzga, pero eso no tiene nada que ver con denunciar que es una obligación de los cristianos para alertar sobre el pecado y combatirlo. De lo contrario estaríamos con la mordaza puesta.
    De otra parte, debemos cuidarnos respecto de la fidelidad de la Santa Misa, porque una manera de suprimir el Sacrificio Perpetuo puede ser hacerla con intenciones contrarias a las de Dios, es decir como religión del hombre o cambiando la intención del sacerdote.
    Santo Tomás de Aquino decía:
    “Acerca de todas estas mudanzas que pueden tener lugar en las formas de los sacramentos, parece que deben considerarse dos cosas. Una por parte del que profiere las palabras, cuya intención se requiere para el sacramento. Y por esto, si intenta por semejante adición o disminución introducir otro rito, que no está admitido por la Iglesia, no parece consumarse el sacramento, puesto que no parece intenta hacer lo que hace la Iglesia…” (III, q. 60, a. 8)
    La Misa Tridentina, ordenada por San Pio V a perpetuidad -hecho desconocido por el Vaticano II- es fidelidad, cuando encontramos sacerdotes fieles a la Iglesia Católica verdadera.

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