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Existe el pecado original

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“Como por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado, la muerte, y así a todos los hombres alcanzó la muerte, por cuanto todos pecaron” (Rom 5, 12).

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Existe el pecado original: “todos pecaron”. Esta verdad es rechazada en la Iglesia por tantas almas, por tantos sacerdotes, por tantos Obispos que están en la Iglesia sólo para destruirla.

El pecado es la ruina del alma y, por lo tanto, el que peca comete ante Dios una obra que produce un abismo entre Dios y el alma.

Ese abismo no se puede quitar sin Dios no perdona el pecado. Y Dios no puede perdonar el pecado, si el alma no ve su pecado, no cae en cuenta de su pecado, no se arrepiente de su pecado, no hace algo para luchar contra su pecado.

Para negar el pecado, primero hay que negar que exista el pecado original.

Adán pecó y todos los hombres pecaron en Adán. Eso significa que el pecado que hizo Adán se transmite por generación, vía sexo, a todos los descendientes, a cualquier hombre nacido de mujer.

En el pecado de Adán está contenido todo el pecado del demonio. No sólo es el acto de Adán en su pecado, al escuchar a la mujer, que ya había pecado en su corazón, sino la obra del demonio en Eva, que pasó a Adán vía sexo.

El pecado de Adán y Eva es usar el sexo sin la Voluntad de Dios, sólo por el camino que el demonio le puso a Eva. La manzana en el Paraíso es sólo eso: el camino del demonio. La manzana en el Paraíso no es el acto sexual, no es el placer del sexo, es la obra del demonio que estaba en el Paraíso.

“De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn 2, 1) .

Dios dice, claramente, que ese árbol trae una muerte, no una vida. Y lo que trae la muerte es siempre el pecado. Luego, en el paraíso que Dios creó y en el cual Dios puso a Adán Y a Eva, no todo era bueno. Existía un árbol que no daba buen fruto. Si se comía de él se moría.

¿Y qué es este árbol? ¿Dónde está este árbol? ¿Por qué Dios pone un árbol dañado en el Paraíso?

Este árbol es el de la ciencia del bien y del mal. Esta ciencia supone una sabiduría. Y esta sabiduría trae un conocimiento a los hombres.

Esta sabiduría no es la de los hombres, porque Dios creó a Adán y a Eva en la rectitud de su alma. Es decir, en el Paraíso, la razón humana no se equivocaba, no tenía error, no fabricaba la mentira. Estaba en su sitio, en el que Dios la había colocado al crear al hombre. El espíritu sujeta la razón del hombre. Por el pecado, la razón se pone por encima del espíritu y, por eso, se peca. En el pecado original, la razón se desboca, no se puede dominar. Por eso, Santa Teresa llamaba a la razón, en su parte imaginativa, la loca de la casa.

Esa sabiduría no era la de Dios, porque Dios no da la sabiduría a través de un conocimiento de las cosas, sino que la pone en el corazón. El hombre sabio de corazón nunca yerra en su mente, porque la domina. El necio de corazón sigue siempre las mentiras que fabrica en su mente.

Luego, esa sabiduría pertenece al demonio, que puso su entendimiento angélico como luz en el Paraíso. Una luz engañosa, una luz oscura, una luz que mata los corazones.

Eva escuchó al demonio y, entonces, se metió en esa sabiduría del demonio. Sólo pudo meterse a través de la razón, no por el corazón. Escuchó las palabras del demonio y comenzó a pensar, a razonar lo que el demonio le ponía. Y eso le llevó al pecado.

Eva comió esa sabiduría, asimiló esa sabiduría del demonio y engendró en su alma, no sólo en su mente, sino también en su voluntad, la obra del demonio, que es siempre un pecado.

Eva, una vez que engendró esta obra, perdió la Gracia que tenía en el Paraíso. Una gracia que la hacía casi divina. Eva lo tenía todo, menos una cosa: no poder pecar. Eva no era inmaculada. Dios no le había dado esa gracia.

Por tanto, Eva, al pecar, mató la Gracia en ella, mató la Vida Divina en ella, y se abrió un abismo entre ella y Dios, entre ella y Adán, entre ella y el Paraíso.

En ese abismo, que es un estado espiritual de total alejamiento del amor divino, fue hacia Adán y convenció a Adán de que esa sabiduría era mejor que la que él tenía por estar en Gracia en su corazón.

Eva pecó por el demonio. Adán pecó por Eva.

Si Adán no hubiese hecho caso a Eva, entonces el pecado no se hubiera pasado de generación en generación. Se hubiese quedado en Eva.

Pero Adán hizo caso a Eva, a la obra del demonio en Eva, a esa sabiduría del demonio que había asimilado en ella. Por hacer caso a Eva, a una mentira, rechazó la Verdad que tenía en su corazón e hizo el acto sexual sin la Voluntad de Dios, siguiendo esa sabiduría del demonio en Eva.

Y, por eso, el pecado viene de generación en generación. Para que la obra del demonio en Eva se consumara, Eva tenía que seducir a Adán presentándole el acto sexual, el acto conyugal, no cómo lo quería Dios, en el plan de Dios, sino como lo quería el demonio, en el plan del demonio.

Por eso, todos nacemos con una obra del demonio que no es nuestra, que no corresponde a nuestros pecados, sino a los pecados de nuestros padres, abuelos, etc., que van pasando de generación en generación, vía sexo.

Y siempre el pecado original se da vía sexo, porque no es un pecado personal, sino un pecado común, que se da entre hombre y mujer.

Hoy, al negar el pecado original, se niegan todos los pecados, especialmente los correspondientes al sexo.

Por eso, los homosexuales son sólo heridos sociales, como los llama Francisco, pero no pecadores. El homosexual es, de esa manera, porque tiene la obra del demonio en él que viene por generación. Esa obra del demonio se hizo en sus padres o en sus abuelos o en sus tíos, etc. y pasa a esa persona. Y esa persona siente cosas que van en contra de su mismo sexo. Y cree que Dios lo ha hecho así. Y es sólo la obra del demonio que se disfraza y hacer creer lo que no es.

Negar el pecado original es negar los demás pecados. Y aquel que niega el pecado, está negando a Jesús y su Obra Redentora en la Iglesia. Y, por tanto, está haciendo una iglesia del demonio, llena de la sabiduría del demonio.

Y ¿por qué el demonio estaba en el Paraíso?

Por el Misterio de la Iniquidad que no se puede comprender con la razón humana.

El demonio pecó directamente contra Dios y eso atrajo la Justicia de Dios sobre él. Y se manifiesta esa Justicia dando un derecho al demonio para obrar algo allí donde está Dios.

Dios crea el Universo y el demonio está en el Universo. Dios crea el Paraíso y el demonio está en el Paraíso. Dios crea Su Iglesia y el demonio está en la Iglesia.

El demonio es el que obra la Justicia Divina. Y, para obrarla, necesita de Dios un poder. Y, por eso, el demonio tiene poder allí donde Dios obra su Amor. Pero este poder es sólo para obrar la Justicia de Dios, no es para obrar lo que quiere el demonio.

El castigo eterno del demonio es ser esclavo de la Justicia Divina. Y no puede zafarse de esa Justicia. Por eso, no se puede comprender lo que pasó en el Paraíso ni lo que pasa actualmente en la Iglesia sin acudir a la Justicia de Dios, que obra por el demonio en todas sus obras ad extra.

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