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Francisco: su luz encarnada

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“la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús”. (no. 34 – Lumen Fidei).

“la luz de la fe es una luz encarnada” es el dogma que sigue Francisco en su vida de sacerdote y de Obispo.

Para él la luz de la fe es una encarnación, ya no es escuchar la Palabra de Dios.

La encarnación es asumir la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Divino, la humanidad de Jesús, quitándole la persona humana. Jesús no tiene persona humana, sino que la cumbre de su humanidad, su persona, es la Persona Divina del Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo engendrado por el Padre.

Y no existen más encarnaciones.

Cuando se habla de la luz encarnada se habla de una herejía en Cristo Jesús. Un teólogo verdadero nunca usa la palabra encarnación para explicar otras cosas diferentes a la Encarnación del Verbo. Aquí se ve que Francisco no sabe lo que es la Teología. Habla de lo que ha aprendido en muchos teólogos protestantes que sigue con devoción en su encíclica.

Quien se encarnó en Jesús no es la luz, sino el Verbo: “Y el Verbo se hizo Carne” (Jn 1, 14). No es la luz la que se hizo carne.

Por tanto la vida de Jesús es la vida del Verbo, no una vida luminosa, una vida de luz. La Transfiguración del Señor no es una emanación de luz, sino la transformación de la humanidad de Cristo en la Gloria de la Divinidad. Es una transformación de sustancias, no es una emanación de sustancias.

“La luz encarnada que procede de la vida luminosa de Jesús” es una herejía que ve contra Dios y contra la Encarnación del Verbo.

Decir que hay una luz que procede de la vida de Jesús es enseñar que entre Jesús y el hombre hay una procesión, no una relación.

En Dios, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. No viene del Padre y del Hijo, sino que procede. Procede es un término teológico que sólo se puede emplear cuando se habla del Misterio de la Santísima Trinidad, que Francisco ignora por su necedad de pensamiento.

Fuera de Dios, de Su Vida Divina, Dios se relaciona con la creación, se relaciona con el hombre, se relaciona con las criaturas. Esa relación es siempre una dependencia de la criatura, del hombre, de la Creación a Dios. Por esa dependencia, Dios da a los hombres su gracia, sus dones, sus carismas. Dios da al hombre, pero de Dios no procede nada para el hombre.

Proceder, cuando se habla de Dios significa que en Dios no hay dependencia entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No hay sometimiento entre ellos. Y, por eso, en la Vida de Dios todo es para las Tres Personas. Nadie da nada al otro. Las Tres Personas lo tienen todo.

Jesús, por ser Dios, lo tiene todo en su humanidad. Y, por eso, de Jesús no procede nada para los hombres, porque los hombres no son dioses, no tienen la misma Vida Divina que está en Jesús.

Jesús da dones a los hombres, pero de Jesús no procede nada para los hombres. Jesús se relaciona con los hombres, pero Jesús no se somete a ningún hombre, por ser Dios. Jesús es más grande que todos los hombres juntos. Son los hombres quienes se tienen que someter a Jesús en toda su vida humana para ser agradables a Dios. Son los hombres los que tienen que dar su libertad a Jesús para que Jesús pueda dar sus dones a sus almas, a sus corazones, a sus espíritus. Pero Francisco no enseña esto, sino que enseña a estar a la par que Jesús, a estar a la altura de Jesús, a tener a Jesús sólo como un amigo del alma, pero no como Dios en el alma.

Entre Jesús y los hombres hay una jerarquía que los hombres no pueden alcanzar. Primero está Dios con las Tres Personas y Jesús,- por ser el Verbo Encarnado en la humanidad de Jesús-, después están los ángeles que sirven a la Santísima Trinidad, y por último están los hombres que sirven al Hijo de Dios Encarnado.

Y entre Jesús y los hombres hay un escalón que nadie puede subir, sólo la Virgen María. Los demás, se quedan abajo, en la superficie de la tierra.

Y Jesús se comunica con los hombres para darles sus gracias. Él las da por Su Voluntad, no porque se lo piden los hombres, no porque lo necesitan los hombres, no por el gusto y el capricho de los hombres.

Por tanto, de Jesús no procede una luz. De su vida humana no procede una luz. Hablar así es meterse en el gnosticismo, en la emanación de una luz en la vida de Jesús y de la vida de Jesús.

Francisco está enseñando esta emanación divina en Jesús: “la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús”.

Ese procede significa emanación: “la luz de la fe es una luz encarnada que emana de la vida luminosa de Jesús”.

La vida de Jesús es Divina y, por tanto, de Ella no emana nada al hombre, de ella no procede nada al hombre. Porque en la Vida Divina sólo las Tres Personas viven esa Vida sin darse nada a Ellas Mismas.

Cuando se dice que de la Vida de Jesús emana una luz, y que esa luz se encarna en el hombre, se está diciendo esta herejía: de la vida de Jesús nace una luz que se sitúa en la mente del hombre, y así se encarna en todo hombre, para que le guíe en su vida humana.

Esta herejía es la del Demiurgo de Platón: Hay un Ser Divino, que es una Idea, -y esa Idea puede ser múltiple, la idea de Dios, la idea de la belleza, la idea de la verdad-, que baja a los hombres, al mundo y se coloca en cada hombre, en el entendimiento humano, y lo ilumina en su vida para que llegue a su destino.

Esto es lo mismo que predica Francisco: su luz encarnada es su herejía que viene de su concepción de la fe:

“La fe… se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, …Pero, al mismo tiempo… la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión” (n. 4 Lumen Fidei).

Francisco coloca la fe en la inteligencia del hombre, en un acto del entendimiento humano: la luz de la fe es una “luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús”.

La luz de la fe ya no es un acto de la voluntad humana, sino un acto de conocimiento del hombre. Hay que recordar la vida de Jesús, hay que ver sus obras y de ahí nace una idea. Esa idea es la fe para Francisco. Esa idea es una luz en la persona, que se queda siempre ahí:

“una luz que, alumbrándonos, nos llama y quiere reflejarse en nuestro rostro para resplandecer desde dentro de nosotros mismos” (n. 33 – Lumen Fidei).

La Fe es un acto de la voluntad humana por el cual se asiente a la Palabra de Dios revelada al corazón del hombre. Se asiente, se dice sí a esa Verdad Revelada. No se piensa en esa Verdad Revelada, no se discute esa Verdad Revelada, no se medita en esa Verdad Revelada. Se dice sólo sí a esa Verdad Revelada. Ese sí es un sometimiento del hombre al Pensamiento Divino. Y, en ese sometimiento, el hombre entrega a Dios su libertad para que Dios pueda obrar en él a través de la fe. Francisco niega este acto de voluntad y presenta la fe como un acto del entendimiento, como un discurso, como una ideología de la fe.

Francisco enseña que esa luz alumbra, y nos llama, y se refleja en nosotros desde dentro. Este es su error doctrinal.

La Fe es un don de Dios, no una luz. Y ese Don de Dios se da al corazón como gracia divina, no se da a la persona como inteligencia, como memoria, como datos, como razones, ideas, sentimientos.

Dios da al hombre una gracia que le ayuda a vivir la Voluntad de Dios. Esa Gracia es una Vida Divina, un Amor Divino, una enseñanza divina de Dios al hombre. Dios enseña a cada hombre, en su gracia, a buscarle y obrar en su vida humana la Voluntad de Dios.

Dios nunca da al hombre pensamientos para vivir, sentimientos para estar bien, porque la relación entre Dios y el hombre es una relación de Vida, no de diálogo de pensamientos, no de discursos de la vida, no de conocimientos sobre el bien y el mal.

Dios da su Vida al hombre en el corazón. El demonio es el que pone en la mente del hombre su inteligencia demoniáca. Dios da al corazón del hombre Su Amor, que es una inteligencia divina, que es una obra divina.

Esa Vida Divina, que Dios da, no alumbra al hombre, sino que le mueve a obrar lo divino en su vida humana. Dios siempre mueve al alma. Nunca el amor de Dios es algo rígido, algo que se queda en la inteligencia. El amor de Dios es una moción divina en el alma. Y son esas obras -nacidas de esa moción divina- lo que es la luz para los hombres, lo que es la inteligencia divina para los hombres. Por eso, dice Jesús: por sus obras los conoceréis. Por sus obras humanas, por sus obras divinas, por sus obras demoniacas.

Por eso, a Francisco se le conoce desde el principio por sus obras: sus obras no son las de Dios, no están movidas por el Espíritu Santo, sino por el espíritu del demonio. Sus obras, no sus cálidas palabras. Por las cálidas palabras, Francisco ha engañado a todo el mundo, porque a los hombres les gusta escuchar cálidas palabras, que le hablen bonito.

Esa Vida Divina sólo permanece en el hombre cuando éste es fiel a la Gracia. Si vive en pecado, esa Vida Divina desaparece y el hombre se queda en su estado natural. Y, en ese estado, puede hacer muchas cosas buenas, puede vivir una vida buena, puede tener buenos pensamientos, pero sólo eso son sus obras humanas sin la Gracia. Obras de sus leyes humanas, de sus razones humanas, que no le dan la salvación del alma. Son los fariseos que se anudan a sus obras buenas humanas y que quieren salvarse sólo por eso.

Son los que van a misa el domingo porque es un precepto, pero que no van a misa el domingo para santificarse por lo que se produce en el Altar. Obran la ley, obran el precepto, pero lo hacen sin Fe, sin la Gracia. Así hay cantidad de católicos sin Fe, que se mueven sólo por sus razones humanas en la Iglesia. Y, claro, después no saben discernir las palabras de Francisco, sus herejías, sus mentiras, porque viven de eso, -también-, en sus vidas. Viven buscando la mentira, como Francisco, y haciendo de la mentira sus verdades en la vida.

Francisco dice que esa luz alumbra al hombre. Entonces, está diciendo que esa luz va al entendimiento del hombre, no a su corazón. Porque la luz es para la mente. El amor es para el corazón.

Luego, esa luz encarnada, se encarna en la mente de cada hombre. Eso es decir, que el hombre tiene que abrir su mente. Ese abrir su mente es escuchar al demonio, como lo hizo Eva en el Paraíso: escuchó a la serpiente, dio oídos al pensamiento exterior que el demonio pone en la mente.

Y Eva escuchó esa palabra en su mente, la aceptó, y, automáticamente, perdió la Fe, la Gracia, la Vida Divina.

Adán escuchó a Eva en su pecado y, por escuchar a una mujer en pecado, por hacerla caso, entonces cometió su pecado, y la gracia se alejó de su alma.

Adán abrió su mente a Eva, que le daba un pensamiento del demonio, que le transmitía un pensamiento del demonio.

Esto es lo que enseña Francisco cuando habla de la luz encarnada: hay que abrir la mente al demonio para que ese pensamiento del demonio se escuche, se acepte en la mente, y eso es lo que alumbra en el interior de la persona, eso es lo que lleva la persona: ese engendro en la mente de la persona de Satanás.

Hablar de la luz de la fe como luz encarnada es caer en esta herejía, que es la propia de la Nueva Era. De ahí nace el culto a Satanás y a todo lo diabólico.

La luz encarnada es encarnar al demonio en la mente del hombre, es quedar poseído en la mente por el demonio, es abrir la mente a los pensamientos del demonio y, por tanto, cerrar el corazón al amor de Dios. Porque no se puede servir a dos señores. Si tengo en mi mente al demonio, no tengo en el corazón a Dios.

Por eso, esta herejía de Francisco anula la gracia en la persona que sigue esta herejía. Francisco, como la sigue, está en la Iglesia enseñando lo propio del demonio. Y eso está en cada homilía que predica. Porque él ha tenido que abrir su mente al demonio, ha tenido que escuchar los pensamientos que el demonio ha puesto en su mente, y los ha tenido que aceptar, hacerlos suyos, meditarlos, y sacar un pensamiento para su vida. Y ese pensamiento es su engendro demoniáco en su alma y en su espíritu. Por eso, es un anticristo, porque se opone a Cristo y a la Obra de Cristo, que es la Iglesia.

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