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Francisco: su doctrina del pelagianismo

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“lo más importante es el anuncio primero: ‘¡Jesucristo te ha salvado!’” (Francisco a P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica).

Lo más importante es: “Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). Hay que enseñar a las almas la doctrina de Jesús. No hay que enseñar que Jesús te ha salvado, porque eso no está en la doctrina de Jesús. Es el falso evangelio que predica Francisco en su nueva iglesia, que es la Ramera que comienza en Roma.

Francisco enseña a fornicar con los pensamientos de los hombres que sólo destruyen la Palabra de Dios.

El Evangelio no es el anuncio de la salvación y, por tanto, no se puede decir esto: “Una buena homilía, una verdadera homilía, debe comenzar con el primer anuncio, con el anuncio de la salvación”. (Francisco a P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica).

El Evangelio es la Palabra de Dios. Y no es otra cosa. Es el mismo Jesús que se da en Su Palabra. Es una Palabra que enseña sólo la Verdad, no las verdades de los hombres. Es un Palabra para obrar una Obra de la Verdad, no para obrar las obras buenas de los hombres. Es un Palabra que es Amor y que hace de muchos corazones un solo Corazón.

“Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios: arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).

Jesús anuncia la conversión del corazón, el arrepentimiento de los pecados para poder creer en la Palabra.

Jesús no anuncia que ha salvado a todos los hombres. Eso no está en el Evangelio, ése es el evangelio de Francisco, que va para la gente como él: gente sin fe en la Palabra de Dios.

“No hay nada más sólido, profundo y seguro que este anuncio” (Francisco a P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica): la solidez que predica Francisco es la solidez de su razón, porque para Francisco la doctrina de Cristo comienza cuando muere Jesús hasta nuestros días. Todo lo que los hombres han hecho en 20 siglos, todo lo que han escrito referente a Jesús, su vida, su historia, eso es el anuncio. Y ahí entra cualquier herejía en los 20 de siglos de Iglesia.

Porque Francisco lo coge todo cuando explica su memoria fundante: “La Iglesia, como toda familia, transmite a sus hijos el contenido de su memoria… lo que se comunica en la Iglesia, lo que se transmite en su Tradición viva es… una memoria encarnada, ligada a los tiempos y lugares de la vida, asociada a todos los sentidos; implican a la persona, como miembro de un sujeto vivo, de un tejido de relaciones comunitarias” (n. 40 – Lumen Fidei).

Esa memoria encarnada está en la historia de todos los hombres que han formado la Iglesia, que han estado en la Iglesia. Y no importa que hayan sido herejes en la Iglesia o provocado un cisma. Cada hombre ha encarnado en su vida un trozo de Cristo. Eso significa su memoria encarnada: en la vida de los hombres, con sus ideas, con sus pensamientos, con sus obras, hacen que Cristo viva de alguna manera. Porque lo principal es que Cristo ha salvado al hombre. Luego el hombre ya no tiene pecado, ya no tiene que luchar por el pecado. Y todo hombre, en su vida, haciendo cosas buenas se salva.

Iglesia es un “tejido de relaciones comunitarias” en que cada uno pone sus obras, sus pensamientos y así se cree en Cristo y así se salvan las personas.

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Este principio de su falso evangelio trae una consecuencia para su nueva iglesia: en ella está recogida todas las herejías de todos los tiempos. Este punto es lo lógico cuando se anuncia así el Evangelio: todos nos salvamos, la Iglesia es para todos, ya no hace falta la penitencia, la conversión del corazón para salvarse.

Esto que dice Francisco es lo de siempre en la Iglesia, pero ahora él lo ha puesto como dogma en su nueva iglesia. Es lo que constantemente está predicando a toda la Iglesia: la salvación gratuita de todos sólo porque Jesús ha salvado a todos. Esta salvación gratuita se llama pelagianismo.

Esta doctrina dice que se puede vivir sin pecado con la sola libertad, con sus fuerzas naturales. Y, por tanto, de forma natural y racional el hombre se salva. No necesita la Gracia para salvarse. Esto es lo que predica Francisco en su memoria fundante.

Para Francisco: “Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo”. Entonces, es necesario concluir que para cambiar el mundo sólo con la fuerza racional, con la idea racional que lleva a una obra de la voluntad humana, es como se cambia el mundo. Ya no es la gracia la que cambia el mundo, sino la fuerza humana de cada uno que nace de su libertad.

Francisco anula el pecado original, que no sólo oscurece al hombre sobre el bien y el mal sino que hace que el hombre se crea en posesión del bien y del mal. Es lo que Francisco enseña cuando dice eso que “cada uno tiene su propia idea del bien y del mal”: está enseñando la concupiscencia que cada uno tiene por el pecado original, pero él la está poniendo como la norma de su vida. Hay que seguir lo que cada uno sabe en su razón sobre lo que es bueno o malo.

De esta manera, aparece su doctrina del pelagianismo en que basa a su nueva iglesia: como tenemos la llave del saber, de lo que es el bien y el mal, entonces construyamos una iglesia para salvar a los hombres en su vida social, humana, económica, cultural, natural, carnal. Y haciendo bienes para los hombres y quitando los males que se están en la vida de cada uno, entonces todo eso conduce a la salvación. Todos se salvan: los homosexuales, los ateos, los judíos, etc. Esta es su predicación: totalmente pelagianista.

En la Iglesia, todo es gracia. Y sin la gracia no se puede ser Iglesia, no se puede estar en la Iglesia.

Jesús llamó a la conversión del corazón, no a salvarse. Jesús predica la salvación en la gracia, no fuera de la gracia: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Cor. 15,10). No se es en la Iglesia por las obras buenas de los hombres, sino por la moción divina en el corazón, que obra lo divino en la Iglesia.

No se edifica Iglesia haciendo obras buenas humanas, sino haciendo las obras de la gracia: “Te basta mi gracia” (2 Cor. 12,9). Eso es suficiente para obrar la verdad en la Iglesia.

Quien no esté en gracia, sólo obras sus buenas obras humanas, pero no hace Iglesia, sino que hace su forma de entender la Iglesia.

Quien no esté en gracia, sólo vive su vida de acuerdo a sus leyes, a sus razones, a sus obras, pero no vive su vida de acuerdo a la Vida Divina, que da la gracia.

La Gracia es la Vida Divina en el alma. Es algo que no se puede explicar con razones humanas, no se puede medir con las ideas de los hombres.

La Vida Divina es el Amor Divino, del cual participa el alma.

Y sin este Amor Divino no se puede amar ni a Dios ni a los hermanos. Sin este Amor Divino no hay Verdad entre los hombres. Sin este Amor Divino las obras de los hombres sólo sirven para condenarlos, no para salvarlos: “Yo no anulo la gracia de Dios” (Gál. 2,21), no se anulan con las obras humanas, sino que se hacen las obras que Dios quiere en la Iglesia, y esas obras humanas son el reflejo de la Vida Divina en el alma.

Muchos en la Iglesia hacen sus obras humanas anulando la gracia, impidiendo que Dios les guíe en las obras para hacer la Iglesia que Dios quiere.

Muchos ponen su inteligencia humana en todo, por encima de todo, por encima de la Palabra del Evangelio, son obradores de la ley, pero no obran la fe, que es la Vida Divina en sus almas. Dios ha llamado al hombre a Su Iglesia por la gracia: “Me llamó por su gracia” (Gál. 1,15), no por sus obras buenas, por su vida buena, por su inteligencia, por lo que cada uno tenga en su vivir diario.

Es la gracia la que hace libres para servir a Cristo: “Para la libertad os liberó Cristo” (Gál. 5,1), y nos liberó de todas las malas obras que nacen de nuestra concupiscencia. Pero hay que estar en la escucha de la Palabra de Dios para permanecer en gracia.

“Mejorad de conducta y de obras … Vosotros fiáis en palabras engañosas que de nada sirven, para robar; matar; adulterar; jurar en falso, incensar a Baal y seguir a otros dioses que no conocíais. Luego venís y os paráis ante mí en esta Casa llamada por mi Nombre y decís: «¡Estamos seguros!», para seguir haciendo todas esas abominaciones” (Jer 7, 3-4.8-10).

Este es el problema de muchas almas en la Iglesia: se fían de la palabra de muchos hombres y se esclavizan a esas palabras y ya no obran la verdad en la Iglesia. Están en la Iglesia haciendo las obras del demonio, las obras de los hombres, pero no las de Dios.

Es lo que enseña Francisco: hay que dar la mano al pecador pero sin quitarle su pecado: “No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos”. Eso es ir en contra de toda la Palabra de Dios. Eso es decir, todo el mundo se salva porque es una buena persona, porque trabaja, porque se sacrifica por los suyos, porque cree en Dios, etc.

“por gracia habéis sido salvados” ( Ef 2, 5), no por las buenas obras, “para que nadie se gloríe” ( Ef 2, 9): “habéis sido salvados por la gracia mediante la fe” ( Ef 2, 8).

Dios no ha amado sin que lo merezcamos: “Los amaré sin que lo merezcan” (Os 14,5). Y eso significa la gratuidad de la Gracia. Nadie merece salvarse, nadie merece ser amado por Dios, todos nos merecemos el infierno.

Y Dios pone un camino al hombre para que encuentre la salvación y la santidad de su vida en la Iglesia. Y ese camino sólo se puede caminar de la mano de la Gracia, nunca sin la Gracia. Cuando se camina sin gracia, en la Iglesia hay cantidad de caminos humanos que llevan a la perdición.

Esta es la nueva iglesia que propone Francisco y que nadie se da cuenta, porque muchos viven sin la gracia y, entonces, aplauden lo que Francisco dice porque él también vive sin la gracia en la Iglesia.

Francisco es un pecador que no quiere arrepentirse de su pecado porque no existe el pecado para él. Luego tiene que enseñar el pecado en la nueva iglesia. Y no puede enseñar la gracia en la Iglesia porque no vive de gracia, sino de su pecado.

Esta es su doctrina del pelagianismo: vive en pecado y te salvarás por tus buenas obras humanas.

“Caminad en espíritu, y no daréis rienda satisfacción a la concupiscencia de la carne” (Gal 5, 16). Francisco sólo camina en su razón humana en la Iglesia. Está alejado del espíritu. Luego tiene que vivir para la carne, para la sangre, para buscar la compañía de las gentes, para entretenerse en las charlas vanas de la gente. Francisco anula la gracia, la Vida Divina, con su vida humana. Su humanismo aplasta lo divino, sepulta lo divino, rechaza lo divino. Por eso, es un gran error hacer el juego a Francisco, porque Francisco separa totalmente de la gracia de Dios. Seguirlo es perder la gracia. Combatirlo es estar en gracia.

Pero las personas siguen sin comprender porque están metidas en todo su vorágine humana. Son sus ideas humanas, sus obras humanas, sus voluntades humanas, lo que guía su vida. Y ya no permiten que Dios tome el mando absoluto de todo su existir en la Iglesia. Por eso, en la Iglesia vemos tantos absurdos, tantas cosas que no sirven para hacer Iglesia, porque todos se dedican a su humanidad, a contemplar su vida humana, sus sentimientos humanos, sus cariños humanos, sus amores humanos, sus obras humanas. Y nadie contempla la Verdad como es en sí. Nadie contempla a Jesucristo, que es la Verdad en la Iglesia. Todos contemplan a los hombres: a ver qué dice éste, a ver qué dice el otro.

Se vive para la Palabra de Dios, para lo que dice Dios al alma. No se vive para las palabras de los hombres, para lo que los hombres dicen de la Iglesia.

Por eso, quien quiera irse con Francisco, que se vaya, pero que no quiera imponer en la Iglesia su mentira, como lo ha hecho Francisco. Con un mentiroso sentado en la Silla de Pedro tenemos suficiente para contemplar el cisma que está a punto de producirse en el mundo. La gente sigue luchando por sus verdades en la Iglesia, como hace Francisco, y nadie quiere luchar por la Verdad, que es la Iglesia, porque eso supone enfrentarse a Francisco y a todos los que se unen a él. Y eso no es un dulce en la vida, sino un dolor.

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