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Francisco: su deísmo y su relativismo

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“La fe, sin verdad, no salva, no da seguridad a nuestros pasos” (n. 24 – Lumen Fidei). Pero la Fe es la Verdad, es la misma Palabra de Dios escuchada en el corazón, no es algo que “se queda en una bella fábula, proyección de nuestros deseos de felicidad, algo que nos satisface únicamente en la medida en que queramos hacernos una ilusión” (n. 24 – Lumen Fidei).

Francisco se pregunta por la verdad y la busca en su memoria fundante: “la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro « yo » pequeño y limitado” (n. 24 – Lumen Fidei).

La pregunta por la verdad no es una cuestión de memoria, de un recuerdo, de un ir hacia el pasado, y que de ese pasado nazca una relación, algo que nos una a nuestro yo, a nuestra forma de vivir, a nuestra manera de entender.

No hay que buscar una relación en el pasado para tener una verdad. Si se hace esto, se cae en el relativismo.

El relativismo busca una verdad conocida para unirse a ella. No busca la Verdad, sino algo que la mente puede captar, puede medir, puede condicionar, puede limitar. De esta manera, se tiene el error: “el hombre es la medida de todas las cosas: de las que son, en cuanto que son, y de las que no son, en cuanto que no son” (Protágoras de Abdera, primer defensor del relativismo).

Francisco busca una medida en el pasado para entender la verdad. Luego, busca al hombre que mide el pasado, el presente y el futuro. Ya no busca a Dios, que es la Verdad. Ya no se centra en Jesús, que es la Verdad Revelada, ya no abarca a la Iglesia, que es la Obra de la Verdad Revelada.

“nuestro «yo» pequeño y limitado” se une “a algo que nos precede”. Y eso es -para Francisco- la verdad. Y la pregunta, ¿qué es para Francisco ese algo que nos precede? ¿En qué consiste esa verdad que está al principio de la historia del hombre?

Y Francisco contesta así: “el conocimiento de la fe no invita a mirar una verdad puramente interior. La verdad que la fe nos desvela está centrada en el encuentro con Cristo, en la contemplación de su vida, en la percepción de su presencia.” (n. 31 – Lumen Fidei).

La verdad que encuentra Francisco, el conocimiento que le da la fe no es una verdad interior, no se encuentra en algo que posea la persona en su interior, en su alma, en su corazón, en su espíritu. Sino que esa verdad está “centrada en el encuentro con Cristo, en la contemplación de su vida, en la percepción de su presencia”. Y, entonces, viene la pregunta: si el encuentro con Cristo, la contemplación de su vida, la percepción de su presencia no es algo interior, ¿qué cosa es para Francisco? Y él responde así:

“si es la verdad del amor, si es la verdad que se desvela en el encuentro personal con el Otro y con los otros, entonces se libera de su clausura en el ámbito privado para formar parte del bien común” (n. 34 – Lumen Fidei).

Ese algo que centra en la contemplación de Cristo es algo que forma parte del bien común, de una comunidad, no de algo personal, no de algo privado. Es algo para todos.

Luego lo que nos precede, lo que nos une es un bien común, es una verdad que es para todos, es una verdad que sólo sirve para todos, pero que no sirve para el bien de cada uno. Y, entonces dice su error: “la fe crece en la convivencia que respeta al otro” (n. 34 – Lumen Fidei). El bien común preserva la comunidad, la Iglesia. Luego, toda fe tiene que preservar la Iglesia, una comunidad. Pero esa fe no es para la persona, para el bien privado de la persona. Entonces, se produce una división: la persona y la comunidad. Se produce un absurdo que Francisco no explica.

Pero todavía Francisco no nos dice qué cosa es ese bien común al cual nos unimos, al cual se fundamente la fe, el cual mide la vida de todos los hombres.

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“la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús” (n. 34 – Lumen Fidei). Esto se llama la encarnación del espíritu en el hombre. Es la herejía propia que sigue la Nueva Era.

El espíritu se encarna en el corazón de todo hombre y, por eso, dice Francisco: “La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor. Esta interacción de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos” (n. 27 – Lumen Fidei).

La fe no se abre al amor, porque la Fe es Amor. Por tanto, no hay una relación entre fe y amor. Sólo hay una unión en lo íntimo de la persona. La fe hace que la persona ame con el mismo amor divino. El amor une a la persona en el Amor de las Tres Personas Divinas. Y ese Amor de los Tres es la Vida Divina, que es luz para el hombre, que es conocimiento para el hombre. Es el conocimiento del amor, no es el conocimiento de ideas, de razones, de discursos racionales.

Por tanto, Francisco busca el conocimiento que trae el amor al hombre y que ilumina sus pasos en la vida. Y cae en este error: “El conocimiento de la fe, por nacer del amor de Dios que establece la alianza, ilumina un camino en la historia” (n. 28 – Lumen Fidei).

La fe no ilumina ningún camino en la historia de los hombres, porque la Fe es Vida, no es conocimiento, no es u conjunto de recuerdos, de conocimientos de obras que en el pasado los hombres han hecho y que perduran en el presente. La Fe es la Obra de la Voluntad de Dios. Es un conocimiento que es obra. No es un conocimiento que es un recuerdo, un conjunto de datos.

La luz de la fe no es una luz encarnada, es la Vida Divina. La luz encarnada significa que la luz se encarna en el hombre, asume al hombre, es del hombre, eleva al hombre a la luz. La Encarnación del verbo es asumir la Segunda Persona de la Santísima Trinidad la humanidad de Jesús. Eleva, transforma lo humano en divino.

La encarnación de la luz es asumir la luz la humanidad de todo hombre. ¿Y qué es esa luz que se encarna? Esa luz “procede de la vida luminosa de Jesús”. Es decir, que Cristo Jesús produce en el alma de cada persona una encarnación, un origen distinto a Él mismo en su vida terrenal.

Jesús vivió su vida en la tierra como hombre, puso su iglesia en el mundo, dio una doctrina a los Apóstoles, pero eso no es lo que tenemos de Jesús. Esa no es la fe en Jesús. La Fe en Jesús es la encarnación de esa luz, de esa doctrina, de esa vida de Cristo en la tierra.

Y la pregunta es: ¿quién hace posible esa encarnación de la luz? ¿cómo se encarna eso en el alma de cada persona? Porque ya la Fe no es escuchar la Palabra de Dios y guardarla en el corazón. La fe es una encarnación de una luz que viene de la luminosa vida de Jesús.

Para eso, Francisco viene a decir que esa encarnación de la luz es su memoria fundante. Cuando la persona cree, no en las palabras que habló Jesús, no en las obras que hizo Jesús, sino en el recuerdo de esas palabras, de esas obras, automáticamente se encarna en ella esa luz y se produce en ella ese algo del pasado que nos precede. Y ese algo es lo que fundamente la fe, lo que funda la fe, la verdad que el hombre necesita para vivir, la cual no es una verdad puramente interior, porque nace de la luz que Cristo da al alma y que se encarna en el alma.

Ese algo viene del exterior y se asienta en el interior de la persona. Y eso hace que la persona ya no viva para ella, para un bien privado, sino para un bien común, para una comunidad, para algo externo que hay que obrar relacionándose unos con otros, que ese es el concepto de Francisco sobre la Iglesia: una relación. Y, por eso, “la fe crece en la convivencia que respeta al otro”.

Esta es la doctrina de la memoria fundante, que es la doctrina de la encarnación de la luz por el espíritu. Es un deísmo y un relativismo al mismo tiempo.

Para Francisco esa encarnación de la luz está desde el principio del mundo hasta su final, no sólo viene de Cristo: “El conocimiento de la fe ilumina no sólo el camino particular de un pueblo, sino el decurso completo del mundo creado, desde su origen hasta su consumación” (n. 28 – Lumen Fidei). Está diciendo que la Creación es la obra de la encarnación de la luz, ya no es la obra Creadora de Dios.

Esto se llama deísmo, es decir, quien crea no es Dios sino una emanación de Dios. Quien ama no es Dios, sino una emanación de Dios, quien obra no es Dios, sino una emanación de Dios.

Para el deísmo, Dios está fuera de la vida del mundo y deja que poderes humanos, espirituales, carnales, ancestrales, extraterrestres modelen el mundo a su placer.

“La fe es, además, un conocimiento vinculado al transcurrir del tiempo, necesario para que la palabra se pronuncie: es un conocimiento que se aprende sólo en un camino de seguimiento. La escucha ayuda a representar bien el nexo entre conocimiento y amor.” (n. 28 – Lumen Fidei).

Francisco relaciona la Fe a un conocimiento que se da en el tiempo, que se aprende siguiendo una doctrina, una teología, una filosofía, una vida entre los hombres. Los hombres hablan y hay que escucharlos, porque en cada hombre está esa encarnación de la luz: “Por mi parte, tengo una certeza dogmática: Dios está en la vida de toda persona. Dios está en la vida de cada uno. Y aun cuando la vida de una persona haya sido un desastre, aunque los vicios, la droga o cualquier otra cosa la tengan destruida, Dios está en su vida. Se puede y se debe buscar a Dios en toda vida humana” ( Francisco a P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica).

Este es el error de Francisco: “Se puede y se debe buscar a Dios en toda vida humana”. Para buscar a Dios hay que salir de la vida humana, porque si no, no se puede entrar en la Vida Divina. Cada pecador tiene que luchar contra su pecado para salir de su mundo de pecado y poder aceptar la Fe que Dios le da al corazón.

Dios no puede estar en la vida de toda persona, porque toda persona nace en pecado original y, por tanto, nace sin Gracia, sin Vida Divina, sin Fe, sin Amor de Dios.

La persona, desde su concepción, está alejada de Dios. Y la persona tiene que volver a Dios, tiene que arrepentirse de sus pecados, tiene que convertirse para que Dios entre en su vida. Dios no está, por tanto, en la vida de cada uno. Dios no está en la vida del pecador, Quien está en la vida del que peca es el demonio, pero no Dios. Dios da la luz al pecador para que vea su pecado, pero Dios no guía la vida del pecador. Quien la guía es el demonio.

Cuando el hombre vive su desastre en la vida por su pecado, Dios no está en ese desastre, es el demonio el que está en ese desastre por su mala vida.

Dios, en ese desastre, da una luz de conversión a la conciencia de la persona. Pero no hace más. Después, deja a la persona en su libertad para seguir en su desastre de vida o para volverse a Dios.

Es la herejía de su humanismo su credo, su dogma: ”Se puede y se debe buscar a Dios en toda vida humana”, por el cual cae en el relativismo y en el deísmo al intentar explicar la fe y el amor como una emanación de esa luz originaria en la creación y dada, después, en Cristo Jesús.

Francisco defiende que en todo hombre se da esa encarnación de la luz y, por eso, a pesar del pecado del hombre, el pecador tiene que mirar su vida humana para encontrar esa encarnación de la luz y así salvarse. Por eso, él comulga con todos los pecadores, con los homosexuales, ateos, judios, budistas,masones, etc., porque en cada pecador se da la encarnación. de la luz que es camino para todo hombre, que es amor para todo hombre, que es vida para todo hombre. Es la doctrina gnóstica, pero llevada a lo religioso.

Y todo, para Francisco, es ese mecanismo de relacionarse con esa emanación de esa luz. Está enseñando lo propio que se aprende en la Nueva Era.

El yo aislado, que él proclama en su encíclica, tiene que salir de sí relacionándose con un espíritu, con un maestro interior que le va guiando hacia un conciencia de luz, que transforma a la persona en otro dios.

Esta enseñanza de la Nueva Era, es la que está en toda su encíclica.

Esto es Francisco, un ser que sólo da sus palabras que ha aprendido del demonio.

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