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Francisco niega la Misericordia de Dios

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“Una imagen de Iglesia que me complace es la de pueblo santo, fiel a Dios”. (Francisco P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica).

Nunca ha existido un pueblo santo y fiel a Dios. El pueblo que escoge Dios es el duro de cerviz, el soberbio, el que no tiene fe: “Y me dijo Yavhé: Ya veo que este pueblo es un pueblo de cerviz dura, déjame que lo destruya y que borre su nombre de bajo los cielos y te haré a ti una nación más poderosa y más numerosa que ese pueblo” (Dt 9, 13).

La Iglesia no comienza en el pueblo, sino en un hombre que cree: “Sal de tu tierra y de tu parentela hacia la tierra que Yo te indicaré. Yo te haré un gran pueblo. Te bendeciré y engradenceré tu nombre, que será una bendición” (Gn 12, 1-2).

Dios comienza la Fe en Su Palabra en Abrahan. Y quien obedece a Abrahan, se une a esa Fe y forma el Pueblo de Dios en una misma Fe.

Y, cuando ese Pueblo peca contra la Fe, Dios quiere destruirlo porque no le sirve de nada. Y, por eso, Dios dice a Moisés que va a hacer un Pueblo de su Fe.

La Fe está en el individuo, en cada persona, no está en la Iglesia, en el Pueblo de Dios. Si el Pueblo de Dios no vive de Fe, entonces es sólo un Pueblo que Dios destruye, por su falta de Fe.

“Es imposible creer cada uno por su cuenta” (n. 39 – Lumen Fidei). El problema de Francisco es que quiere entender la Fe como un camino en el entendimiento del hombre y entonces tiene que negar la Fe en la Palabra. Cada uno tiene tiene que creer en la Palabra. Cada hombre, por su cuenta, tiene que creer. Es posible esta fe, porque se necesita escuchar la Palabra para estar en la Iglesia. Si cada uno no puede escuchar la Palabra de Dios en su corazón, entonces viene el convertirse en Pueblo de Dios que es un pueblo duro de cerviz, que no sirve para obrar la Fe, porque ninguno tiene fe.

El gran error de Francisco es su dogma de la memoria fundante de la fe, que está en toda su encíclica, y que hace de esa encíclica una enseñanza de su error, que es el humanismo.

Para Francisco, el Pueblo de Dios son los hombres santos, justos, que hacen cosas buenas en la vida. Pero para Francisco el Pueblo de Dios no es el que tiene Fe. Para Francisco no existe la Fe en la Palabra de Dios. Este es el problema de toda la Encíclica. Hay que leerla bajo esta perspectiva para ver su gran error.

Como Francisco no cree en la Palabra de Dios, entonces concibe la Iglesia como una comunidad de fieles. Y no puede concebirla de otra manera.

La Iglesia nace en Abrahán, no nace en el pueblo que Abrahán tenía. Y Abrahán, viviendo esa Fe en la Palabra de Dios es como forma la Iglesia, el Pueblo de Dios. Pero ese Pueblo de Dios está constituido por aquellas almas que tienen la misma Fe que Abrahán, no por las almas que tienen su inteligencia en Abrahán.

“La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver”. (n. 18 – Lumen Fidei): este mirar desde el punto de vista de Jesús es la inteligencia que proclama Francisco en la Iglesia. Este es su error en la Fe.

La Fe no mira a Jesús, sino que la Fe es escucha de la Palabra de Dios. La Fe es oír esa Palabra y guardarla en el corazón. Esa Fe que se guarda no es un conocimiento de Dios, sino que es la misma Vida de Dios, una Vida que es “la luz de los hombres” (Jn 1, 4). Es la Vida la que ilumina el corazón de aquel que cree. Y esa iluminación no es una luz en el corazón, no es un resplandor en el corazón, no es una inteligencia en el corazón. Esa luz es una obra de amor que el hombre de fe tiene que poner en su vida.

Este es el punto crítico de la vida espiritual. Porque a los hombres les gusta meditar en la Palabra de Dios, pero no saben obrarla. La Fe se da para una Obra divina, porque la fe sin obras está muerta.

El problema es entender cuál es esta obra que pide Dios al alma. Muchas almas hacen obras humanas en la Iglesia que no nacen de la Fe. Son los que están en la Iglesia obrando la Ley, como Pablo antes de convertirse. Son fariseos porque han puesto la fe en las obras buenas humanas. Y eso no salva: “el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley” (Rom 3, 28).

Y esto no contradice a Santiago: “la fe, si no tuviere obras, muerta está por sí misma” (St 2, 17), porque la fe trae sus obras propias, el hombre no tiene que obrar sus obras humanas para tener fe. La fe, al ser Vida Divina, trae las Obras Divinas, la Voluntad de Dios que el alma tiene que obrar para salvarse y santificarse.

Y si no obra estas obras divinas, aunque obre obras humanas y diga que tenga fe en Jesús, entonces se le aplica lo que dice Santiago: “Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame esa tu fe desprovista de obras, y yo te mostraré por mis obras la fe. ¿Tú crees que Dios es Uno? Haces muy bien; también los demonios creen y es estéril” (St 2, 18).

No basta con creer que Dios da la Fe para obrar cosas buenas humanas entre los hombres y en la Iglesia. Eso lo hace todo el mundo, incluso el demonio. Hay que creer en la Palabra de Dios. Este es el punto de muchas almas que, por no creer en esa Palabra, se dedican a hacer sus obras en la Iglesia, y a decir que tienen fe por sus obras. Y se aplican ellas mismas las palabras de Santiago.

Santiago habla de la fe en la Palabra de Dios que lleva a obrar sólo una obra divina. No lleva a obrar obras buenas humanas y, por tanto, son las obras divinas las que justifican al hombre: “Abrahan, nuestro padre, ¿no fue jusificado por las obras, ofreciendo a Isaac su hijo sobre el altar?” (St 2, 20). Abrahan creyó en la Palabra de Dios que le decía “sacrifica a tu hijo”; y obró esa Palabra, una Palabra Divina que lleva a una Obra Divina, a hacer la Voluntad de Dios. Y esa obra divina, –sólo esa obra de sacrificar a su hijo-, es lo que justifica a Abrahán. Ahí se ve que su fe no está muerta, sino que obra lo que escucha. Está viva.

Pero hay muchos en la Iglesia con una fe muerta, que se dedican a hacer sus obras buenas humanas, y a eso lo llaman fe. A estos combate Santiago en su Epístola. Porque no tienen la fe que su boca proclama.

Y de estos la Iglesia Católica está llena. Francisco es uno de ellos cuando dice: “Una imagen de Iglesia que me complace es la de pueblo santo, fiel a Dios”. La santidad, para él, está en hacer cosas buenas humanas en la vida, en la Iglesia. Y no más. Y eso es ser santo y justo.

“Veo la santidad en el pueblo de Dios paciente: una mujer que cría a sus hijos, un hombre que trabaja para llevar a casa el pan, los enfermos, los sacerdotes ancianos tantas veces heridos pero siempre con su sonrisa porque han servido al Señor, las religiosas que tanto trabajan y que viven una santidad escondida”. (Francisco P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Esta santidad no es de la Iglesia. Porque criar a los hijos, todo el mundo lo hace; trabajar para llevar el pan a la casa, eso es de todos; dar una sonrisa, la puede dar cualquiera. La paciencia no hace la santidad, que es lo que proclama Francisco: el trabajo diario, los sufrimientos diarios, las obras buenas diarias eso no salva, porque lo que salva es hacer eso como lo quiere Dios, siguiendo Su Espíritu.

Una mujer que cría a sus hijos pero sin la gracia, esa obra no la salva. Un hombre que trabaja para ganarse el pan, pero sin la gracia, ese trabajo no le salva, sólo le da de comer. Los sacerdotes que han servido al Señor sin la gracia, esa vida no les salva. Las religiosas que trabajan y que viven una santidad escondida con sus obras de la ley, con sus reglas, pero no hechas con la gracia, eso no sirve para salvarse.

La santidad del Pueblo de Dios está en vivir en Gracia, vivir de la Gracia, en ser fieles a la Gracia. Si no se hace esto, el Pueblo de Dios es soberbio, orgulloso, fariseo, que se cree santo sólo por sus buenas obras humanas.

Esta es la Iglesia que presenta Francisco. Una Iglesia que no es la verdadera, es la suya, de cómo él entiende la Iglesia. La entiende en su herejía y, por eso, habla así, con su humanismo, queriendo ser delicado con los hombres, cariñoso con los hombres, hablándoles de lo que les gusta a los hombres: qué buena madre eres porque crías a tus hijos, qué buen padre eres porque trabajas para dar el pan a tus hijos, qué buen sacerdote eres porque te has esforzado en tu vida por Dios, que buena religiosa eres que escondida en tu vida haces mucho bien a la Iglesia.

Con este lenguaje, Francisco engaña a las almas. Es un lenguaje que gusta a todo el mundo, pero que no da la verdad.

“Nadie se salva solo, como individuo aislado” (Francisco P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica): esta es la consecuencia de su herejía. Aquí Francisco está negando la Misericordia de Dios en cada alma.

Si nadie se salva solo, entonces cuántas almas se han ido al infierno, porque muchas viven en su pecado toda su vida, y en la muerte están solas, no pertenecen a una iglesia, y si pertenecen es a una falsa. Y, entonces, se dice que Dios no puede obrar en esa alma su Misericordia porque no pertenece a la Iglesia. Es un individuo asilado, que ha vivido su vida como pecador, pero no en la Iglesia.

Francisco niega la salvación del alma fuera de la Iglesia. Eso es una gran herejía contra la Iglesia.

Porque la Iglesia se da en cada corazón, al ser un reino espiritual, no material. En cada corazón está la Iglesia. Y la Iglesia externa es la unión de corazones, no la unión de hombres. Si cada corazón no vive de fe, entonces por más que se unan en una Iglesia exterior, ese Pueblo no sirve para nada, es un Pueblo de dura cerviz, no hace Iglesia, no es Iglesia.

La Iglesia está en cada corazón que vive la Palabra de Dios. Y, por tanto, si un corazón que ha vivido en pecado toda su vida, en la hora de la muerte escucha la voz de Dios que le llama a la conversión y se arrepiente, entonces se salva por pura Misericordia de Dios, sin necesidad de confesión, de dar el sacramento de la Penitencia. Porque lo que salva es la Fe en la Palabras, es decir sí cuando el Señor habla al corazón. Y nadie puede negar que el Señor habla a cada pecador en la hora última de la muerte, aunque ese pecador no esté en la Iglesia por un sacramento.

Jesús no ha hecho Su Iglesia para condenar a las almas, sino para salvarlas. Pero hay que entender la Iglesia en el corazón, no en el aparato externo de la Iglesia, que es lo que predica Francisco y, por eso, niega la salvación fuera de la Iglesia, porque niega la Misericordia de Dios que no tiene límites.

“Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana. Dios entra en esta dinámica popular” (Francisco P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica): Dios no hace eso con las almas. Dios no lleva a las almas hacia la Iglesia por los problemas que cada alma tenga en su vida y que hacen que se relacionen unos con otros. Dios llama a las almas hacia Su Iglesia para obrar una Voluntad Divina como Iglesia, que es independiente de los problemas que cada cual tenga en su vida.

La Iglesia no es para resolver los problemas de la gente, como enseña Francisco en todas sus homilías que, por eso, Francisco tiene una gran oposición en su gobierno horizontal. La Iglesia es para hacer lo que Dios quiere en la vida de las almas que creen en la Palabra de Dios en sus corazones.

Para esto está la Iglesia: para una obra divina que hay que hacer unidos en el corazón. No para obras humanas, no para juntarse y hacer tantas cosas que no sirven para salvar a nadie en la Iglesia. Porque son las obras que nacen de la razón humana, obras de la ley, de los preceptos, de las reglas, de las ideas del hombre. Pero no son las obras de la fe, que nace del creer en la Palabra de Dios.

Y, por eso, la Iglesia es sólo un Pueblo de dura cerviz que Dios, como siempre, quiere borrar del mapa, porque no le sirve para nada. Y hay que pedirle a Dios, como Moisés, que tenga Misericordia de este Pueblo que ha puesto en medio de Roma su Ramera. Y que dé a las almas el conocimiento para levantarse contra esa Ramera y seguir en la Iglesia de siempre, en la que Jesús ha fundado en Pedro, no en esa Ramera, que es la nueva iglesia de Francisco y su corte de cretinos y de estúpidos, que dan culto a los masones en sus corazones.

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