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La herejía del feminismo

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El feminismo es una herejía que nace de la filosofía del Ser. Y en ésta, la mujer es un ser que ama, pero que no obra el amor, sino que tiene que buscarlo para obrar ese amor.

Y aquí está el fallo de esta filosofía, porque la mujer es un ser que ama y, por tanto, obra el amor por ser amor en ella. No tiene que buscarlo fuera de ella.

El error consiste en decir: “Las mujeres no nacemos amando, sino aprendemos a amar” (Dra. Marcela Lagarde en su libro Claves feministas). Esta feminista sigue a Simone de Beauvoir, que dijo: “No se nace mujer, llega una a serlo” (El segundo sexo). Es una de las fundadoras del feminismo al llevar su filosofía al existencialismo, es decir, ella buscaba la razón de ser mujer, la razón existencial, la razón divina, que nunca pudo encontrar. Ella nunca se quedó en lo que se comprende cultural o socialmente por la mujer: un ser coqueto, frívolo, caprichoso, salvaje o sumiso, obediente, cariñoso. Esta visión, que también es errada, tampoco la supo combatir con la verdad de lo que es una mujer.

Con esta frase “No se nace mujer, se llega a serlo”, Simone señala que el sexo con que se nace no determina la forma de ser de las mujeres y que lo determinante es la forma en cómo se educan y crían a las mujeres.

La mujer nace amando porque así está en la Palabra de Dios: “Y Yavhé Dios hzio caer sobre el hombre un profundo sopor; y dormido, tomó de su costado una de sus costillas, cerrando en su lugar con carne, y de la costilla… formó Yahvé Dios a la mujer” (Gn 2, 21).

El Señor, del costado de Adán, de su corazón, toma una costilla para crear a la mujer. La mujer está hecha del corazón del hombre. El hombre fue hecho de la tierra, no del costado: “Modeló Yavhé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida” (Gn 2, 7).

Decir que la mujer no nace es ir en contra de la Palabra de Dios. El ser de toda mujer es Amor, porque toda mujer ha sido creada del Amor, no de la Tierra. Cuando Dios crea a la mujer, la crea del hombre. Es una creación distinta y, por tanto, su ser y su existencia es diferente al ser y a la existencia del hombre.

El ser del hombre es de la nada de la tierra. El ser de la mujer es del corazón del hombre. Totalmente diferente. El hombre terreno, la mujer es celestial. El hombre es placer, la mujer es amor. El hombre mira hacia el mundo, la mujer mira hacia el cielo.

Y esto sólo en su ser, no en su existencia.

El ser significa sólo la esencia del hombre.: ¿Qué cosa es el hombre o la mujer en su interior cuando es creado? La existencia es la obra del ser: ¿Para qué sirve un hombre o una mujer?

Si no se tiene claro el ser de una mujer, entonces se falla en la existencia de la mujer, que es la conclusión de los feministas: no aceptan la sumisión de la mujer al hombre, sino que proclaman la liberación, el estar sin ataduras, combatir la visión de la mujer como el sexo débil, como el hombre es de la calle y la mujer de su casa, como la mujer es la que sirve al hombre, etc.

Al querer liberarse del hombre, entonces caen en su segundo error y van en contra de la Palabra de Dios: “Esta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada”. (Gn 2, 23)

La mujer es tomada del varón en su ser y puesta al lado del varón en su existencia. Dios presenta al hombre una mujer como ayuda a la existencia del hombre (cf. Gn 2, 22). Dios no presenta al hombre una mujer independiente de la existencia del hombre, liberada de la vida del hombre.

La mujer es distinta al hombre en su ser, pero dependiente del hombre en su existencia. Esto es lo que enseña la Palabra de Dios.

Y, por eso, dice San Pablo: “Las mujeres someteos a los maridos, como conviene en el Señor. Los maridos amad a vuestras mujeres y no mostréis amargura con ellas” (Col 3, 18).

Ese sometimiento al varón es lo que rechaza el feminismo. Y lo rechaza porque no ha comprendido el ser de una mujer. Y busca el amor fuera de su ser. Y, entonces, caen en otra herejía, que es la propia de las culturas orientales, que quieren entender el amor en el amplio abanico de la existencia de la mujer. Como no se nace amor, entonces hay que crear el amor en la familia, en la sociedad, en las culturas, en el arte, en la religión, en el trabajo, en todo el campo vital del hombre.

Primero es necesario definir qué es el amor y, después, empezar a construirlo en base a esa definición. Y, entonces, el amor se pone en muchas cosas:

“el amor es el cuidado de una madre y de un padre hacia su hijo”, en ese amor “aprendemos contenido y objetivos del amor. Aprendemos y desarrollamos necesidades amorosas” (Dra. Marcela Lagarde en su libro Claves feministas).

“el amor está en los cuerpos, en la imaginación” (Dra. Marcela Lagarde en su libro Claves feministas) y a través de ello se ama. La relación sexual es un aprendizaje de amor. La masturbación ayuda para aprender el amor, el pensamiento incentiva al amor, la pornografía es la enseñanza de cómo hay que amarse hombre y mujer.

“el amor es una experiencia de relación con el mundo” (Dra. Marcela Lagarde en su libro Claves feministas), es decir, en cada cosa del mundo está el amor, cómo se aprende a amar siendo del mundo, en las modas de los hombres, en la ciencia de los hombres, en las obras mundanas y profanas de los hombres. El amor es algo profano, cotidiano, rutinario, que está en cada cosa de la vida. Esto es lo que enseña el budismo.

“Es necesario que cada una de nosotras podamos decir y digamos: me amo. Amo a otras personas, amo al mundo y amo lo que hacen en el mundo otras personas.” (Dra. Marcela Lagarde en su libro Claves feministas). Y entonces, se llega a la conclusión: “Me amó a mí misma”. Esta herejía es compartida por muchas mujeres que no han aprendido lo que son en su ser: amor.

Para conocer el amor, las feministas buscan primero el amor en el padre, en la madre, en otras personas, en sus cuerpos, en las obras de otras personas. Y, una vez que aprenden, entonces comienzan a amarse.

La mujer no tiene que buscar el amor fuera, sino dentro, porque ella es amor.

La mujer tiene que ser persona espiritual, mujer de oración, de fe, de penitencia, de sacrificio, sometida al varón si está casada o sometida al sacerdote si realiza una misión en la Iglesia.

Una mujer que no busque el amor en Dios, porque Dios es amor, entonces se pierde ella, hace perder al hombre con el que vive, y hace perder la familia, las sociedades, la Iglesia, porque da un amor falso allí donde vive, allí donde obra, allí donde camina en la vida.

La mujer es amor, pero amor espiritual. No es un amor inventado en el mundo, en las culturas de los hombres, en los pensamientos de los hombres. Es un amor que nace de la Palabra de Dios: “He aquí la Esclava del Señor”.

Si la mujer no imita en su ser y en su existencia a la Virgen María, que es modelo para toda mujer que se precie como mujer, entonces la mujer quiere liberarse de todo, porque no se somete a Dios, a Su Palabra. Es la mujer sin fe que contemplamos en la Iglesia, distinta a la Mujer de Fe, que es la Virgen María.

La Virgen María es la Esclava. Y aquí está definiendo la existencia de toda mujer, no su ser.

La mujer, en su existencia, es esclavitud, no liberación. Y sólo así la mujer ama en la vida, siendo humilde, estando sometida a una cabeza, siendo para el mundo sólo aquello que quiere la Voluntad de Dios en su corazón.

Pero el feminismo rechaza esta esclavitud de la existencia de la mujer. Y al rechazarla, se opone a lo que es la mujer en su ser. Y aquí viene la herejía: como la mujer no es amor, entonces la mujer es una diosa de amor, que es lo que proclaman todas las culturas orientales, de la que beben todas las feministas en sus escritos.

Como la mujer tiene que aprender el amor buscándolo por todas partes: en su cuerpo, en la naturaleza, en el sexo del hombre, en el sexo de otras mujeres, en la sociedad, en las culturas, etc., entonces la mujer obtiene un caudal de conocimientos que le llevan al amor. Ese caudal de conocimientos está por encima de lo que es Dios. Dios es Amor. Pero la mujer ha llegado al amor por sus conocimientos de la vida, por sus experiencias vitales. Y eso es lo que vale para amar. Y, de esta manera, se niega a Dios como Amor.

Si Dios es Amor, entonces la mujer tiene que someterse a Dios para aprender a amar en su existencia. Y esto es lo que niega el feminismo. Al negar esto, la mujer se pone por encima de Dios y alcanza su amor, el que ella entiende por amor y le da el nombre de amor.

El feminismo nos lleva a la Nueva Era, donde la mujer es una diosa del amor, un ser que ama por sí misma, independientemente de Dios.

“Para amar tenemos que conocer” (Dra. Marcela Lagarde en su libro Claves feministas). Este es el error. No hay que conocer para amar. Para amar la mujer tiene que someterse al Amor, que es Dios. Someterse en su experiencia vital, no sólo en sus ideas religiosas. El sometimiento a Dios es en todo el ámbito de la vida de una mujer. Porque las mujeres no se someten a Dios, entonces vemos cómo está la mujer en la familia, en la sociedad, en el mundo, en la Iglesia. Una mujer que no sabe amar porque no sabe someterse al Amor. La mujer quiere crear el Amor. Y el Amor no se crea, sino que se participa de Él en las gracias y dones que Dios da a cada mujer.

El Amor es Dios, es algo increado, no es el invento de ningún pensamiento humano, de ninguna filosofía humana, de lo que los hombres piensen sobres las mujeres o de lo que las mujeres busquen en sus vidas.

Dios es Amor, y Amor que dulcifica el corazón de una mujer, y le hace caminar en la vida por la senda de la Verdad para que obre, en esa vida, las obras del Amor, no las obras de los pensamientos de los hombres o de los deseos de los hombres o de las culturas de los hombres.

Cuesta ser como la Virgen María, porque Ella comprendió su Ser y vivió su Existencia de la mano del Espíritu del Amor, sometida a ese Espíritu. Y si la mujer no sigue en su vida al Espíritu que le enseña el amor, entonces veremos dentro de poco en el gobierno de la Iglesia a mujeres que son sólo cabezas de Satanás para enseñar en la Iglesia el amor del demonio a los hombres. Es lo que quiere ese masón.

Por eso, ahora en la Iglesia viene la batalla espiritual contra Satanás. La Iglesia va a perseguir a los suyos espiritualmente. Y quien no quiera seguir los planteamientos que se va a poner, lo van a echar fuera de la Iglesia, que es su nueva iglesia. En esa nueva iglesia, que ya ha comenzado, los que valen son los que se someten a los pensamientos de los hombres, no los que siguen al Espíritu de la Iglesia. En la nueva iglesia hay que pensar como piensa Francisco. Y no de otra manera. La fe es como la dice Francisco. Y quien no le guste, lo echan sin más, porque así es el gobierno horizontal: un gobierno de dictadura. O piensas como yo pienso o te vas a otra parte.

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