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La Fe en la Eucaristía

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Para que la Santa Misa sea el Sacrificio de Cristo es necesario que el sacerdote esté unido al Espíritu de Cristo. Sin esta unión, lo que se hace en el Altar no tiene un significado espiritual, sino sólo material.

La unión del sacerdote con el Espíritu de Cristo es una unión mística, que Dios realiza en el alma, en el corazón y en el espíritu del sacerdote.

Esta unión mística tiene consecuencias para la vida humana del sacerdote, porque éste reciba muchas gracias, muchos dones, muchos carismas que otros no poseen. Sólo por la dignidad sacerdotal, Dios da al sacerdote lo que no puede dar a otras almas.

El sacerdocio es sólo ser Jesús. Y Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Jesús no es una persona humana. Es hombre, tiene naturaleza humana, pero no tiene persona humana. Es el Misterio de la Unión Hipostática. En esa unión, se pierde la persona humana y la Persona Divina guía la naturaleza del hombre.

Por tanto, Jesús no piensa como hombre, porque su Persona es Divina. Un hombre piensa como hombre y obra como hombre por su persona humana. Jesús, al no tener persona humana, sus palabras son sólo divinas, y sus obras son sólo divinas. Jesús no dice ninguna palabra humana ni obra ninguna obra humana.

Este Misterio sólo se puede comprender en el Espíritu, no con la razón humana. Por eso, el Evangelio hay que leerlo con el Espíritu, no con la inteligencia humana.

Para obrar el Misterio que se produce en la Santa Misa, que es la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, hay que unirse a Cristo en el Espíritu.

Y esa unión requiere una vida en el sacerdote sólo dedicada a Cristo, porque ya el sacerdote es otro Cristo, ya no es un hombre como todos los demás. Participar del Misterio de la Unión Hipostática en Cristo. Y, por esa participación, las obras de un sacerdote son las mismas obras de Cristo. Y las palabras de un sacerdote son las mismas palabras de Cristo.

Si el sacerdote no está dedicado sólo a Cristo, sino que se dedica a otras cosas humanas, materiales, carnales, naturales, entonces ya no se une al Espíritu de Cristo. La dedicación debe ser plena y total, no de vez en cuando, no por un tiempo, no dedicado a otras cosas y, cuando llega el tiempo de la Sta. Misa, celebrar la Misa y, después, seguir en otras cosas.

La vida del sacerdote no es cualquier vida. Supone mucha oración y mucho sacrificio. Mucho luchar contra los hombres, contra sus pensamientos humanos, contra sus obras humanas, contra sus vidas humanas. Porque el sacerdote ya tiene otra vida, otras obras, otro pensamiento, otra forma de entender la existencia humana.

Si el sacerdote no vive una vida para Cristo, entonces sólo vive su vida, la que sea, pero no es para Cristo. Cristo exige la dedicación total a Él. Sólo para Él. Ningún trabajo que distraiga de Él. Ningún estudio que lo lleve a otras fuentes que no sean la Palabra del Pensamiento del Padre. Ninguna obra humana, por más importante que sea, por más buena que sea, por más provechosa que sea a los hombres.

Porque esta vida es difícil, por eso, el sacerdote se desliga del Espíritu de Cristo y sólo está en la Santa Misa de una forma material, pero no espiritual. Y la forma material no produce el Misterio del Sacrifico de Cristo.

Pero no sólo es necesario esta unión mística, sino también decir exactamente las palabras que son la esencia de la consagración. Son tres frases principales, en las cuales se da el Sacrificio de Cristo en el Altar. Anular una frase o una palabra de una frase, o poner otra palabra u otra frase distinta a la Palabra de Dios, anula el Sacrificio de Cristo. Es decir, no se da el Cuerpo y la Sangre de Cristo presente realmente en el Altar.

Esta tres frases son: “Esto es Mi Cuerpo“(Mc 14, 22b; Mt 26, 26b), “Esta es Mi Sangre” (Mc 14, 24) y “Haced esto en Conmemoración Mía” (Lc 22, 19c).

Estas frases son la esencia de la Eucaristía. Si no se dicen, si se cambian palabras o se sustituyen por otras, entonces no se produce el Milagro de la Eucaristía.

La Fe en la Eucaristía significa poner en el Altar el mismo Cuerpo de Cristo y la misma Sangre de Cristo. Y, parar obrar este Milagro, es necesario hacer lo mismo que hizo Cristo en la Última Cena. Y lo mismo significa: sus mismas palabras, sus mismas intenciones y sus mismas obras.

Sus mismas palabras, es decir, las que producen el Milagro y que son esas tres frases. No es una, ni dos, sino las tres. Se quita una frase y ya no hay Eucaristía.

Sus mismas intenciones, es decir el deseo de Cristo de salvar y santificar las almas. Y no hay otra intención. Y todas las intenciones deben nacer de esta intención de Cristo, porque la obra de Cristo en la Iglesia es una obra espiritual, no material. Por eso, la intención de Cristo es sólo espiritual, no de orden humano, natural, carnal, material.

Sus mismas obras, es decir, la Obra de la Redención del hombre. Y sólo esa Obra: obra redentora, para dar al hombre el camino hacia el Cielo. Obra espiritual, para guiar al hombre hacia la vida del Espíritu. Obra mística, para hacer del hombre un ser para toda la Iglesia.

Cuando se quitan palabras o frases esenciales al Sacrifico de la Misa, entonces no se da la Misa, no se da la Eucaristía. Sólo se da lo material, lo exterior, lo humano, lo natural de una Misa. No hay Cuerpo y Sangre de Cristo, sólo pan y vino.

Por eso, es necesario que los sacerdotes sean sólo para Cristo, no para el mundo, no para los hombres, no para la ciencia, no para la filosofía, no para la vida de los hombres.

Y hoy todo invita al sacerdote a alejarse de la Vida de Cristo y hacer su vida humana, según sus pensamientos humanos, sus deseos humanos, sus caprichos humanos, sus voluntades humanas, que son contrarias al Espíritu de Cristo.

Jesús no es una persona humana, sino una Persona Divina. Y, para ser como esa Persona Divina, el sacerdote tiene que aniquilar su persona humana en Cristo. Y esto es lo difícil, porque el sacerdote tiene que vivir luchando contra todo aquello que impide esta aniquilación de su persona humana: la lucha contra su pecado, la lucha contra el demonio y la lucha contra los hombres. Tres frentes, y cada uno de ellos muy difícil de batallar por el sacerdote. Tres batallas que hay que hacerlas de la mano del Espíritu de Cristo, porque sino no se pueden hacer, no se pueden vencer, no se pueden batallar.


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