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Matrimonio para un pecado

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«El problema no se puede reducir solamente a dar o no la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar, porque los que plantean la cuestión en estos términos no comprenden cuál es el verdadero problema». Se trata de un «problema grave, de responsabilidad de la Iglesia ante las familias que viven en esta situación». (Encuentro a puertas cerradas de Francisco con el clero romano – 10 de septiembre),

El verdadero problema de los divorciados es sólo su pecado, no las consecuencias de su pecado. Por querer solucionar las consecuencias del pecado de los divorciados, entonces se va contra la Palabra de Dios en el Evangelio: “Se dijo también: El que despidiere a su mujer, déle líbelo de repudio. Mas Yo os digo que todo el que despidiere a su mujer, fuera del caso de concubinato, la hace cometer adulterio; y quien se case con una repudiada, comete adulterio”. (Mt 5, 31-32)

Roma quiere centrarse en el problema grave que esto trae a la Iglesia, pero no se centra en la raíz del problema, que es el pecado de ambos. Por eso, dice esta falsedad: «Yo creo que este es el tiempo de la misericordia. La Iglesia en Madre: debe ir a cuidar a los heridos, con misericordia. Pero, si el Señor no se cansa nunca de perdonar, nosotros no tenemos más elección: antes que nada curar a los heridos. La Iglesia es mamá y debe seguir este camino de la misericordia. Y debe encontrar misericordia para todos» (En el avión a los periodistas de regreso de Rio).

Francisco quiere encontrar una misericordia para los divorciados fuera de la Misericordia: “Mas a los ya casados ordeno, no yo, sino el Señor, que la mujer no se separe del marido, -y caso que llegare a separarse, que no piense en otro casamiento o que haga las paces con su marido-, y el marido no despida a la mujer” (1 Cor 7, 10).

Las palabras del Apóstol son claras: la Misericordia está en no separarse. Y si se produce esto, entonces que no se case con otro. Y si no puede aguantar, que hagan las paces. Esta es la Misericordia. Pero esto es lo que no se quiere seguir: la palabra sencilla del Evangelio. Porque las almas viven en su pecado, después quieren volver a Dios con su pecado. Y esto no es la Misericordia del Señor. Esto es la falsa compasión de los hombres que no se fijan en el pecado de las almas, que son la raíz de todos sus problemas en la vida

Y ¿por qué esta Palabra del Señor no se quiere seguir?. Fácil. Así lo explica Francisco:

«El cardenal Quarracino, mi predecesor (en Buenos Aires, ndr.), decía que, en su opinión, la mitad de los matrimonios eran nulos. Pero, ¿por qué decía esto? Porque se casan sin madurez, se casan sin darse cuenta de que es para toda la vida, o se casan porque se deben casar “socialmente”.

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Esta es la mentira que pone Francisco para que los casados participen en la Iglesia. Los matrimonios nulos no lo son porque se casan sin madurez, ni porque se casan sin darse cuenta de que es para toda la vida, ni porque se casan porque se deben casar socialmente, según sus costumbres sociales. Esto no anula ningún matrimonio. Porque el matrimonio es válido solamente cuando los dos tienen intención de casarse, de dar su voluntad libremente para un matrimonio.

Y esta intención de casarse es lo que hace válido cualquier matrimonio. Y aunque la persona no conozca en profundidad a la otra persona, ni tenga la suficiente madurez para ver lo que es un matrimonio, lo que conlleva una vida de matrimonio, ni caiga en la cuenta de que es para toda la vida, y, aunque se case porque así se lo pide su vida social, nada de esto anula ningún matrimonio.

Esta forma de pensar de Francisco le viene por su concepción de la fe. La fe en el matrimonio consiste en tener suficiente madurez, en saber que esa unión es hasta la muerte, en casarse según un rito religioso. Y si se conoce esto, si se atiende a esto, entonces hay matrimonio válido.

Y esta forma de comprender la fe es lo que le separa de la Fe de la Iglesia, de la Fe divina.

Porque Dios sólo pide a los que se casan tener fe en el sacramento del matrimonio. Y esa fe consiste en darse mutuamente el espíritu del matrimonio. Y se dan este espíritu porque los dos se unen para una obra divina en el matrimonio. La fe, que está en los dos, hace la fe del matrimonio. Y sólo basta para el matrimonio que los dos se den en su intención. Que los dos tengan intención de casarse por la Iglesia, por el Sacramento de la Iglesia. Que los dos digan el sí sin obstáculos, sin miedos, sin engaños, libremente. Y esto basta para validar un matrimonio. Esta intención de los dos viene de su fe en el Sacramento del matrimonio, que se da en la Palabra de Dios: “Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre; y se unirá a su mujer; y vendrán a ser una sola carne” (Gn 2, 24).

Esta es la fe en el matrimonio: ser una sola carne. Y no es otra. El matrimonio es para obrar este milagro de ser una sola carne. Que es un milagro espiritual, no carnal, no orgánico, no humano. Al matrimonio se va para obrar esta palabra del génesis, que es un misterio en cada matrimonio. Y no hace falta saber más sobre el matrimonio. No hace falta conocer a la otra persona, ni tener la suficiente madurez para casarse, ni hacerlo por motivo de un acto religioso, porque se practique unos ritos u oraciones.

Mucha gente se casa sin los debidos conocimientos de la Iglesia, de la religión, pero se casan bien porque lo que vale es su intención de casarse, su sí a la palabra de Dios para ser una sola carne. Y aunque no se capte qué significa ser una sola carne, es suficiente con creerlo, con aceptar esa Palabra divina, porque la Fe no es conocer lo que dice la Palabra, su significado profundo. La fe es aceptar lo que Dios revela con humildad, con sencillez, así se desconozca lo que el Señor pida en Su Palabra. Y esta fe es la que derriba Francisco, porque pide a las almas lo que no pide Dios.

Francisco entiende al revés el matrimonio y, por eso, quiere comenzar a poner en la iglesia este gran pecado.

“¿Es lícito repudiar a su mujer por cualquier motivo?…Y os digo que quien repudiare a su mujer, excepto en caso de concubinato, y se casare con otra, adultera, y quien se casare con la repudiada, adultera” (Mt 19, 3b.9).

En caso de concubinato, de unión ilegal, está permitido otro matrimonio, porque no existe el matrimonio. Es sólo una unión que los dos hacen sin la intención de casarse. Y, aunque estén casados por lo civil, no hay matrimonio, porque la validez en un matrimonio civil no la da la intención de los casados, sino sólo su voluntad de unirse a la otra persona.

El concubinato no se refiere a que la otra parte esté viviendo mal y, que por lo tanto, sufra por ello el sacramento del matrimonio. Porque aquí está el error que quiere Francisco: conceder a la parte inocente la posibilidad de una absolución y de un nuevo matrimonio, ya que la otra parte vive otra cosa diferente, y hace de ese sacramento un absurdo para la vida.

A esto no se le llama concubinato, sino matrimonio válido. Hay un matrimonio válido, pero también un pecado que inutiliza la vida matrimonial, que trae problemas a una parte en la vida matrimonio. Pero ningún pecado disuelve el vínculo matrimonial si es válido por la intención. Aunque la parte culpable tengas hijos por todo el mundo o tenga otro matrimonio, no por eso se anula el matrimonio válido por la intención. A esto quiere llegar Francisco. Esta es su falsa misericordia, su falso camino para decir que como la iglesia es mamá tiene que buscar un camino para solucionar este problema de los matrimonios.

Una cosa es la intención y otra la voluntad. Es antes la intención que la voluntad. es antes el deseo de la obra que la obra realizada. Por eso, Dios juzga la intención con que se hacen las cosas, no las obras realizadas.

La intención es querer poner por obra una cosa, sea la que sea. La voluntad es obrar esa cosa. Querer no es obrar. Querer ese ver lo que tengo que obrar. Querer es poner un camino para obrar la cosa. Querer es dar al otro una obra sin la voluntad, sin la obra: se da el matrimonio en su intención. Y, después, se obra el matrimonio en el lecho conyugal.

Hay quien obra una cosa, pero sin la intención, sin el deseo de la cosa. Hay quien se acuesta con una persona, obra una unión, pero no tiene la intención de hacer más que eso: unirse carnalmente para un placer momentáneo. Y si esto lo llevan para un tiempo en sus vidas, esto no produce ningún matrimonio, es sólo un estar juntos en la obra, pero no en la intención.

Entonces, hay quien se casa, pone la obra, pero no la intención, no el deseo de unirse en la carne, de obrar la Palabra de Dios, sino sólo el deseo de estar juntos para una vida humana o carnal o la que sea, el deseo de obrar una palabra humana, un pensamiento humano sobre el sexo, sobre el amor conyugal, sobre el matrimonio. Pero este deseo humano no produce la intención. La intención es siempre para una obra distinta del deseo de la obra para un tiempo, para encontrar un placer o un camino para resolver un problema económico. Hay gente que se casa sólo con la intención del dinero, no con la intención de ser una sola carne.

El matrimonio civil es sólo eso: un deseo de estar juntos, para un tiempo, para hacer una vida, y no más. Y cuando se cansan de esa vida, deciden otra vida de otra manera. Entonces, no hay la intención de un matrimonio, sino sólo la obra de estar junto a una persona. La intención va mucho más allá de la obra. Porque la intención es para siempre. Me caso con esa persona no para un tiempo, sino hasta la muerte. La intención perdura con el tiempo, con la obra del matrimonio, con los problemas del matrimonio, con los pecados de los dos en el matrimonio. Un matrimonio se salva siempre por su intención.

La intención en el matrimonio civil se da cuando, además de obrar estar juntos, se quiere eso para toda la vida; es una ley que los dos se imponen. Y entonces, ese matrimonio civil se equipara al Sacramento del matrimonio por la Iglesia. Y ese matrimonio civil no puede romperse por la intención de ambos.

Francisco juega con las palabras en la cuestión del matrimonio y quiere resolver los problemas de los matrimonios por caminos que no son los de Dios. Caminos humanos que destruyen el Evangelio de Jesús, que lo interpreta como está en su cabeza y, por tanto, se aparta de la verdad y pone su verdad a la Iglesia.

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