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El nuevo evangelio de Francisco

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El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

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Jesús, “levantándose de la Cena, deja los vestidos, y tomando un lienzo, se ciñó con él. Luego echa agua en un barreño, y comenzó a lavar los pies de sus discípulos y enjugarlos con el lienzo con que estaba ceñido” (Jn 13, 4-5).

El lavatorio de los pies no es un acto más en la Cena, sino que es la preparación de las almas de los Apóstoles para recibir el milagro del Amor, que es la Eucaristía y el Sacerdocio.

Jesús hace un rito que Pedro no comprende: “Señor, ¿Tú a mí me lavas los pies… No lavarás mis pies nunca jamás” (v. 7). Pedro ve la humillación de Su Maestro y no capta la enseñanza de esa humillación para su alma.

Jesús da a Sus Apóstoles un alimento de humildad antes de darles el alimento para su corazón. Jesús enseña la humildad, no con palabras, sino con obras. Él, que es el Maestro y el Señor, que no necesita rebajarse antes los hombres y limpiar sus pies del polvo, lo hace para ser Maestro de la Verdad; Verdad que sólo se puede enseñar con las obras, no con las palabras, no con los gestos, no con falsedades exteriores.

“Si, pues, os lavé los pies, Yo, el Señor y el Maestro, también vosotros debéis unos a otros lavaros los pies” (v. 14). Porque, por los pies se coge el polvo y las inmundicias de la tierra. Cuando el hombre está en sus pies, está aferrado a su vida humana, entonces coge en su corazón muchas cosas que le impiden ver la verdad. Y hay que purificar el corazón, desterrar del corazón todo aquello que impida ver el amor, que es el que lleva a la verdad de la vida.

El Señor, antes de darles el Sacerdocio, los purifica de sus pecados con un rito que es esencial antes de recibir el Sacerdocio. No es algo accidental, no es algo de pasada, no es para hacer un teatro con Sus Apóstoles. Tiene un significado que lleva hacia el Milagro del Amor.

El sacerdote si no es humilde no sabe ver el Don que recibe. El sacerdote, si no se humilla a sí mismo y no ve su pecado, no ve su maldad, entonces, después, no sabe ver el pecado de un alma y no sabe purificar a ese alma de su maldad.

Jesús enseña a Sus Apóstoles la humildad necesaria para ser sacerdotes, como Cristo lo es. Y Jesús enseña lo que es a sus sacerdotes: enseña su obra de la verdad, que es ponerse a los pies de sus sacerdotes para que comprendan lo que es ser sacerdote y, después, lo hagan con los demás.

Un sacerdote que no enseña con sus obras la humildad, el pecado que lleva a la soberbia y que impide ser humildes, entonces no es como Jesús.

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Jesús se arrodilla para quitar los pecados de los suyos. Jesús purifica los corazones con un acto de humildad, no con palabras bonitas, no enseñándoles la definición de humildad, sino obrando la humildad.

Y la obra ante los que van a ser sus sacerdotes en la Iglesia. No la obra ante los demás de la Iglesia. No obra ese acto en las mujeres, ni siquiera en Su Madre. Porque la Iglesia se purifica cuando los corazones de los sacerdotes están purificados de todo pecado.

Ese acto es sólo para sus sacerdotes. No para los demás. Y es para los hombres, porque Jesús sólo ha elegido a los hombres para que sean sacerdotes, para que gobiernen la Iglesia con el Poder del Espíritu. No ha elegido a las mujeres para este Milagro de Amor. Y, por eso, no había ninguna mujer en este rito.

Jesús no elige a las mujeres para ese Misterio de Amor. Y la razón sólo está en Dios, en la Mente Divina. Y lo que importa es lo que obra esa Mente Divina en Su Hijo Jesús.

El sacerdocio es para los hombres y no para las mujeres. La Iglesia la gobiernan los sacerdotes, no las mujeres. En la Iglesia, sólo los sacerdotes enseñan la Palabra de Dios, no la enseñan las mujeres. Sólo un sacerdote puede dar el camino de la salvación y de la santificación a las almas. No lo da una mujer.

Y este rito del lavatorio de los pies es esencial en la Cena donde se establece la Eucaristía y el Sacerdocio. Antes del Misterio de Amor, el Misterio de la Purificación.

El lavatorio de los pies no es un gesto de servicio, como hoy se enseña en la Iglesia, porque en la antiguedad eso es lo que hacían los esclavos con sus dueños.

Jesús no sirve a los Apóstoles, no da un servicio de amor y de humildad. Jesús pone en el corazón de los Apóstoles la humildad para poder ser Sacerdotes. Y lo pone en una obra de humildad, no en el servicio de la humildad, que son dos cosas diferentes.

La obra de la humildad es para dar la obra del amor. El servicio de la humildad es para hacer un bien en los demás, no para obrar el amor. El amor no es hacer un bien a los demás. El amor es dar al alma un Don Divino. Y eso es lo que hizo Jesús dándoles a los Apóstoles el Don del Sacerdocio. Pero antes le dio el don de la humildad, la obra de la humildad, que es purificar el corazón de todo pecado.

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Son dos misterios que sólo las almas humildes, como Pedro, lo ven: “Señor, no mis pies solamente, sino también las manos y la cabeza” (v. 9).

Jesús ha lavado los pies para enseñar a los Apóstoles a ser humildes y puros como Él, porque los discípulos deben ser como es el Maestro. Incluso, cuando están en una posición elevada, superior, nadie está por encima de su Maestro.

Francisco se ha puesto por encima del Maestro cuando lavó los pies a dos mujeres.

Francisco, en ese rito, ya no enseñaba la verdad del Evangelio, lo que transmitió el Señor en Su Palabra. Francisco enseñó su nuevo evangelio. Y en él hay que lavar los pies a las mujeres.

Francisco, como siervo de Cristo, se puso por encima de Él, fue mayor que Él y corrigió a Su Maestro para dar a la Iglesia su mentira hecha obra.

La obra de Francisco en el lavatorio de los pies, el Jueves Santo, no es la obra de Jesús a Sus Apóstoles en la Cena de Pascua. Es otra cosa. Es el invento de Francisco en su Jueves Santo.

Francisco no siguió la Palabra de Jesús que le mandaba hacer eso mismo con los sacerdotes que tiene a su cargo. Porque esa palabra de Jesús: “vosotros debéis unos a otros lavaros los pies” (v. 14b), se refiere sólo a los sacerdotes, no a los fieles de la Iglesia, no a los hombres y mujeres de la Iglesia, que es el error de Francisco.

Jesús habla para sus sacerdotes y da un rito para que se obre entre los sacerdotes, no entre la feligresía de la Iglesia.

Pero, ¿quién es hoy fiel al Evangelio de Jesús? Nadie. Todo el mundo lo interpreta a su manera. Y si no hay sacerdotes el Jueves Santo, entonces, no se haga ese rito para los fieles de la Iglesia, porque no hay que hacer teatro con la Palabra de Dios.

Lo que hace Jesús en Su Evangelio no puede ser dado a la interpretación de cada uno. Es para algo que quiere Jesús enseñar y dar. Y este rito es sólo para los sacerdotes, no para los demás.

El signo del lavatorio de los pies a dos mujeres es un signo esencial para ver que Francisco no es verdadero Papa. Quien tiene ojos espirituales comprende la barbaridad que hizo Francisco. Pero quien vive para sus trofeos humanos, entonces ni se da por enterado de la grandeza del pecado de Francisco.

Un Papa está para obrar la Verdad contenida en el Evangelio. Y aquel Papa que no la obra, no es Papa, es un farsante sentado en la Silla de Pedro.

Los signos son muy claros desde el principio. Pero como los hombres quieren ver sus signos, entonces no captan la realidad de la vida, la realidad del desastre que viene para la Iglesia entera. Desastre que ha comenzado ya en la cabeza y no hay forma que esto vuelva a lo de antes.

Todo el infierno deambula por Roma libremente. Y de Roma viene la destrucción de la Iglesia. Y Roma es la culpable de todo lo que va a suceder en la Iglesia.

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