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Nueva Era en Francisco

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La conciencia es el sagrario de Dios, es decir, un estado del alma en que Dios da a la mente un conocimiento del mal que ha hecho. Dios, en la conciencia del alma, no le da un conocimiento del bien, porque la conciencia no es el corazón del hombre. En el corazón está el bien divino. Si el corazón está cerrado a Dios, la persona no puede hacer el bien divino. Hará bienes humanos, hará obras humanas, pero no hará la Voluntad de Dios. Para hacer la Voluntad de Dios, el hombre tiene que mirar su corazón, no su mente, y entonces acertará en su vida con lo que Dios quiere.

Cuando el hombre no mira su corazón, entonces está expuesto para cometer un mal. Y si obra un mal, Dios lo corrige en su conciencia, no en el corazón. Si el corazón está cerrado a Dios, el hombre no puede entender el mal si Dios le diera ese conocimiento en su corazón. Porque el hombre, al cerrarse a Dios, se abre al mal, entonces Dios le ayuda a entender ese mal en su conciencia.

Esto sólo es la conciencia. Si la persona busca su conciencia cuando comete un mal, entonces la persona ve su pecado y pone un camino para salir de su pecado. Pero si la persona no busca su conciencia, entonces sigue en su pecado y hace que su conciencia se desfigure, se ensanche, se amplifique para no captar el mal que Dios le hace comprender. La persona peca, pero no quita su pecado. Entonces su conciencia se vuelve laxa, amplia, porque el pecado empieza a tomarlo como un bien, como un valor en su vida. Si no pasa su vida sin hacer caso de sus pecados, sin quitarlos su pecado, entonces su conciencia llega al punto de desaparecer. Vive sin conciencia de su mal. Vive sólo para su mal. Y eso le imposibilita convertirse.

Entonces, cuando Francisco dice: “La conciencia es el espacio interior de la escucha de la verdad, del bien, de la escucha de Dios” (30 de junio), está dando la definición de conciencia que se tiene en la Nueva Era.

Para la Nueva Era, la conciencia es ponerse en contacto con ese yo interior, con ese espacio interior para ver su realidad, su verdad, sus pensamientos, sus emociones, su relación con Dios, y así llegar a una armonía con su ser.

Es lo que predica Francisco: “es el espacio interior”. Y en ese espacio interior hay muchas cosas: se escucha la verdad del pensamiento, se escucha el bien de las obras realizadas, se escucha a Dios en todas las cosas que rodean a la persona.

Y Francisco dice: que Dios, en la conciencia, “habla a mi corazón y me ayuda a discernir, a comprender el camino que debo recorrer”. Francisco confunde conciencia con corazón. Son dos cosas diferentes. Dios habla el bien en el corazón, pero habla el mal en la conciencia.

Y, por eso, enseña Francisco que Jesús fue a la Cruz por “una decisión tomada en su conciencia”. La decisión de ir a la Cruz no proviene de la conciencia, porque ir a la Cruz es un bien, no un mal para Jesús. La decisión de ir a la Cruz viene de Su Corazón, que estaba unido al Padre en el Espíritu.

Francisco no enseña esta verdad porque da su mentira, que ha cogido de la Nueva Era. Y, por eso, sigue enseñando el error cuando habla de la libertad para seguir a Dios: “Y ¿dónde se consigue esta libertad? En el diálogo con Dios en la propia conciencia. Si un cristiano no sabe hablar con Dios, no sabe escuchar a Dios en su propia conciencia no es libre”.

La libertad no está en el diálogo con Dios en la propia conciencia, porque la libertad es un don de Dios, independientemente de la conciencia. La libertad es para elegir un bien o un mal. La conciencia es sólo escuchar el mal que hice y que Dios me recrimina. Si hago caso de esa voz, entonces elijo el bien y rechazo el mal. Si no hago caso de esa voz, entonces sigo en el pecado.

No se puede decir esta barbaridad: “Si un cristiano no sabe hablar con Dios, no sabe escuchar a Dios en su propia conciencia no es libre”, porque la libertad del hombre no está condicionada por la escucha de Dios. Si no se escucha a Dios, el hombre sigue siendo libre.

Y sigue Francisco: “hombres y mujeres de conciencia – con conciencia libre, porque en la conciencia tiene lugar el diálogo con Dios – hombres y mujeres capaces de escuchar la voz de Dios y de seguirla con decisión”.

Francisco no apela al corazón del hombre y de la mujer, no dice: hombres y mujeres de corazón. Sino que pone el acento en la conciencia. Y aquí sigue a la doctrina de la Nueva Era: “El hombre es libre cuando en su conciencia llega a ese estado en que se ve su mismo ser y esto le produce la armonía con todo su entorno”. Francisco apela a la conciencia libre de las personas en que se han despojado de los impedimentos para seguir la voz de Dios y ya lo siguen con decisión, con valentía, con coraje en la vida.

Por eso, Francisco enseña a los ateos: “Escuchar y obedecer a la conciencia significa decidir ante lo que se percibe como el bien o como el mal. Y sobre esta decisión se juega la bondad o la maldad de como actuamos”. Escuchar la conciencia no es decidir nada. Es sólo ver el mal que se ha hecho. Una cosa es ver el mal, otra cosa es decidir sobre el bien y el mal. Yerra siempre en lo mismo, porque no sabe definir la conciencia, por su error que toma de la Nueva Era.

Y, entonces, cae en este error: “la cuestión para quien no cree en Dios es obedecer a su propia conciencia”. El que no cree en Dios, tiene en su conciencia la voz de Dios que le dice su mal. El que no cree en Dios no puede obedecer su conciencia porque no cree en su conciencia, sino que sólo cree en su pensamiento. Para que el ateo salga de su error, de su pecado, tiene Dios que mostrarle de otra manera el camino para salir de su pecado, para ver su pecado. Porque el que no cree en Dios ha ampliado, de tal modo su conciencia, que ya no hace caso de su conciencia. Sólo hace caso de su mente incrédula.

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La armonía es un sentimiento divino que hace que el corazón se una íntimamente a Dios en el Amor. La armonía es un don divino al alma para la contemplación de Dios. Es poner al alma en la paz del corazón para que pueda ver la acción de Dios en todas las cosas. Y, por tanto, la armonía es el fruto del amor divino en el corazón. La armonía no se alcanza con sentimientos humanos o con amores humanos o con obras buena humanas. Es la enseñanza del amor divino al alma para que aprenda a reconocer los dones de Dios.

Francisco enseña: “La Iglesia es la armonía de todos: ¡nunca hablar mal entre sí, nunca pelear!”(9 de octubre). Y se está refiriendo a lo que la Nueva Era dice sobre la armonía y la unidad en el ser.

La armonía, para la Nueva Era, es la unificación de muchos para lograr algo bello y positivo, llegando a un orden interno en todas las cosas para ser uno en todo.

Francisco no habla del pecado de lengua, o de la falta de respeto hacia los demás. Francisco habla de la armonía, de la conciencia que todos deben tomar para ser uno, quitando sus diferencias, escondiendo sus diferencias, no haciendo caso de sus diferencias. Francisco no enseña a quitar el pecado, sino a buscar un camino para que todos estén bien en la Iglesia y formen una armonía, aunque tengan sus pecados.

Por eso, pone la imagen de una sinfonía: La Iglesia es “como una gran orquesta que sabe integrar la diversidad de cada elemento en la armonía de una sinfonía”. Porque, para la Nueva Era, las palabras son sonidos y los sonidos deben ser sonidos de Paz y de Amor. En la Iglesia se deben escuchar esta voces, estos sonidos para alcanzar la armonía. Y, por eso, concluye Francisco: “¿Sabemos vivir la armonía en nuestras comunidades, aceptando al otro con sus diferencias, o tendemos a la uniformidad?”.

Para Francisco una comunidad se hace aceptando las diferencias de los demás, pero nunca diciendo los pecados de los demás. No se da la corrección fraterna. Y, entonces, se busca una paz entre guerras, porque no se quita lo que impide la paz, que es el pecado. Es un paz falsa, una armonía falsa, en que hay que soportar el pecado del otro para llegar a esa armonía.

Nunca Francisco va a apelar al pecado para formar el Cuerpo Místico de Cristo. Para ser Iglesia en la armonía divina es necesario quitar el pecado, es necesario no juntarse con las almas que pecan, porque impiden el amor de Dios y, por consiguiente, la armonía que lleva a Dios.

Para Francisco el Espíritu Santo es “un apóstol de Babel pero por otro lado es el que genera la unidad de esta diferencia. No en la igualdad sino en la armonía”. Ya no es el Espíritu que convence del pecado, que da la justicia. No es sólo el Espíritu que une a muchos pecadores en una falsa armonía, porque nadie se fija en su pecado, sino sólo en darse un amor fraterno, un cariño de sentimientos humanos, un estar bien entre todos.

Francisco enseña la Nueva Era en sus homilías. Y nadie se da cuenta porque dice palabras muy tiernas, muy amables, que gustan a todo el mundo. Y a los hombres que se les cae la baba con las falsas palabras de Francisco, les va a costar renunciar a lo que viene porque viven inmersos en sus pensamientos bellos y positivos, sin preocuparse de atender el mal que está a su alrededor y que ya no ven en su conciencia porque la han ensanchado, de tal manera, que viven sin conciencia, sólo para el disfrute de sus pecados.

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1 comentario

  1. Raul Patiño dice:

    El libre albedrío es básicamente la posibilidad de actuar bien o mal, en la consulta de la conciencia y del corazón.
    La LIBERTAD tiene una condición fundamental adicional: La Verdad, por lo cual dijo Nuestro Señor “La Verdad os hará libres”.
    Distinguimos así el libre albedrío como capacidad de todo ser humano para escoger y la libertad como el resultado de la apertura del corazón a la Verdad Absoluta. Así la libertad es un don de Dios.
    La “unidad en la diversidad” es también un concepto que puede llegar ambiguo y es ampliamente utilizado por el liberalismo para que aceptemos todo, pues somos diferentes. La función básica del Espíritu Santo no es la unidad en la diversidad sino la unidad en la verdad. Por eso Nuestro Señor dijo: “el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad. El no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó y les anunciará lo que ha de venir.
    El tomará de lo mío para revelárselo a ustedes, y yo seré glorificado por él.” (Juan 16, 12-15)

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