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El pecado es lo que reina en la Iglesia

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“Plata y oro no tengo; mas lo que tengo, esto te doy: En el Nombre de Jesúcristo Nazareno, ponte a andar”(Hch. 3, 6).

Esta es la Obra de Pedro en la Iglesia: dar el amor divino a las almas.

¡Qué diferente a la obra del rey Francisco! Él reparte dinero a los pobres, pero no es capaz de dar el amor divino con sus palabras. No es capaz de sanar un corazón, no es capaz de liberar del demonio a un alma, aprisionada por su pecado en las redes de Satanás, no es capaz de alimentar el alma de la Palabra del Amor.

“No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso: Jesucristo. Vengo en su nombre para alimentar la llama de amor fraterno que arde en todo corazón y deseo que llegue a todos y a cada uno mi salud. La paz de Cristo esté con vosotros” (Francisco en Brasil).

Francisco da lo que tiene en su corazón: su amor al hombre, su falso cariño de amor. Y, para eso, se vale del Nombre de Jesucristo y dice que trae lo más valioso. Y lo más valioso -para él- es dar la llama del amor fraterno para que brille en todos lados. Y Jesús es amor divino, no amor fraterno.

Quien tenga vida espiritual verá dos predicaciones totalmente opuestas. La de San Pedro, que se dejaba de palabritas bellas e iba al grano. Y, por eso, sanó a ese enfermo, porque su palabra estaba dicha con fe, no con su razón humana. Y la de Francisco, un inútil predicador de masas que sólo quiere dar sentimientos humanos a la gente, cariñitos. Y que sólo se queda ahí: en lo humano, en lo material de la vida, y que no es capaz de sanar el corazón de todas sus miserias. Sólo pide dinero para su causa en la iglesia.

Francisco predica así por su pecado. Él sabe la teología, conoce muy bien las exigencias del Evangelio, pero vive su pecado. Y, por más que se sepa la verdad, si se vive otra cosa, si se obra para otra cosa, entonces sus predicaciones son sólo eso: palabras bonitas, que llenan sentimientos humanos, pero que dejan vacío el corazón de la verdad y del amor.

El pecado es lo que reina en la Iglesia y eso impide el reinado del Corazón de Jesús en las almas.

El que peca divide la Iglesia, la parte en dos. Y una parte es para él y su pecado. Y la otra es para los demás. Y el que vive su pecado sólo atiende a su vida. No le interesa la vida de los demás, porque los demás no están en su pecado.

Lo primero en la Iglesia es batallar contra el pecado. Si no se hace esto, entonces nos dedicamos a nuestra vida humana, y nos quedamos tan contentos y nos creemos santos y justos porque no robamos ni matamos.

Un sólo pecado pequeño, voluntario, detiene las gracias de Dios sobre el alma: “…las culpas, aunque sean las mas pequeñas, pero voluntarias, frenan Mis gracias y a tales almas no las puedo colmar de Mis dones”(Jesús a Santa Faustina).

El pecado en la Iglesia reside en estas cosas pequeñas que no se atienden y, por eso, cuando vienen las cosas grandes, los grandes pecados que hace Francisco, nadie se entera de que está pecando, todos aplauden sus palabras llenas de su vida de pecado.

El hombre habla lo que vive. El hombre no habla lo que tiene en su mente humana. Cuando se habla, se saca del corazón una vida. Y eso es lo que se muestra en las obras.

Un corazón cerrado a Dios, -porque vive para su vida humana, para sus problemas humanos, para sus obras humanas-, sólo habla de lo humano, pero no es capaz de hablar de lo divino. Coge las palabras de Dios, recuerda las frases del Evangelio, pero sólo eso: es un recuerdo bonito. Pero se vive otra cosa a lo que enseña la Verdad del Evangelio. Eso es Francisco y muchos como él.

La Iglesia vive en su pecado, porque ya no atendió a sus pecados pequeños, voluntarios, que cierran el camino de las gracias, que impiden que Dios bendiga, que Dios dé soluciones a los problemas de la vida, porque es necesario amar para ver el camino de la vida.

Y como el corazón vive para su vida humana, para su egoismo, pero no vive para amar, entonces, cuando Francisco habla tan bonito a todos se les cae la baba, porque es lo que quieren escuchar: que alguien les hable de lo que viven, de lo que tienen en su corazón: el amor a lo humano, el apego a la vida humana, el amor a sus pasiones humanas.

Las almas despiertas, que ven el error, es porque no se apegan a nada de su vida humana. Por eso, tienen la luz de la lámpara de la fe encendida siempre. Y saben ver al demonio en cada obra de los hombres. Y saben contemplar cómo el demonio trabaja en cada hombre. Y saben llamar al pecado por su nombre.

Porque el pecado reina en la Iglesia, por eso, no se combate, no se lucha contra Satanás, no se hacen exorcismos en la Iglesia. Se ha olvidado la oración que un Papa dio para combatir al demonio que tiene la intención de acabar con la Iglesia. Es el olvido que trae la vida de pecado.

Cuando el pecado reina en la Iglesia sólo se vive para lo que se ve con los ojos, para lo que se entiende con la mente del hombre. Pero no se ven las realidades espirituales, que es lo que construye la Iglesia, que es lo que hacer ser Iglesia.

La nueva iglesia de Francisco es sólo una vida de pecado. Es hacer del pecado una vida, una obra, un camino en la Iglesia. Y no es otra cosa.

Cuando se construye una iglesia derribando lo santo, lo sagrado, lo inviolable, entonces se hace de esa iglesia el faro del mundo, la luz para muchas almas. Una luz oscura, que no ilumina el corazón, sólo las mentes de los hombres. Por eso, hoy se predica que hay que abrir la mente. Es la predicación favorita del demonio, porque el demonio trabaja en una mente abierta.

Pero cuando la mente se cierra a todo, entonces el hombre guarda su casa de las tentaciones, de los peligros, de todos los hombres que, con su razón, quieren dar a los demás un estilo de vida, que es un fracaso para el alma.

Porque no se sabe batallar contra el pecado de cada uno, tampoco se sabe luchar contra el demonio, que es el que obra el pecado en cada uno, y tampoco se sabe enfrentarse a los hombres que gustan oír el pecado, pero no les gusta oír la verdad de su pecado.

Hoy no se dice la Verdad del pecado de Francisco en la Iglesia porque los hombres tienen miedo de decir la Verdad. Tiene miedo de los hombres, de que los hombres hagan algo ante la proclamación de esa Verdad. Y quien calla se une al traidor. Pero quien denuncia al traidor, se une a Cristo, que es la Verdad, y que da sólo la Verdad a los corazones humildes, sencillos, que se despojan de todo su humanismo para obrar lo divino en sus vidas.

El pecado es lo que reina en la Iglesia. Y hay que partir de aquí para entender todo lo que está pasando en la Iglesia y todo lo que viene ahora para la Iglesia.

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