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La Iglesia no es lo que parece

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El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

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La Iglesia no es lo que parece.

La Iglesia es lo que no se ve con los ojos humanos.

La Iglesia pertenece al corazón, no al hombre, con sus sentidos, con sus obras humanas, con su vida de hombre.

La Iglesia no se hace construyendo Parroquias, ni despachos parroquiales, ni casas de retiros, ni radios, ni televisiones, ni periódicos, ni nada por el estilo. La Iglesia no se ve porque haya algo material, sensible, humano, natural, carnal que la identifique, que la señale.

El Amor es la Señal de la Iglesia.

La Iglesia es Espíritu, no es carne.

La Iglesia es la Obra del Espíritu, no es la obra del hombre.

La Iglesia es para el hombre, pero no pertenece al hombre.

Y, por eso, en la Iglesia no se puede hacer cualquier cosa que a los hombres les guste, que los hombres piensen, que los hombres decidan.

La Iglesia vive del Espíritu, no vive del pensamiento de ningún hombre, no vive de una teología, no vive de unas obras buenas humanas.

La Iglesia vive del Amor de Dios. Un Amor que no se puede comprender con los sentimientos del hombre, con el entendimiento del hombre, con las obras de los hombres.

La Iglesia es la Verdad que está en Dios. Y sólo es esa Verdad. Y nadie conoce el Pensamiento Divino sobre la Iglesia. Nadie sabe hacia dónde la Iglesia se dirige y cómo Dios guía a la Iglesia.

Y, entonces, en la Iglesia ocurren muchas cosas que no deben pasar, porque la Iglesia es Divina, es Santa, pero no sus miembros.

Y, cuando pasan, los hombres no saben ver la realidad de ese acontecimiento como la ve Dios. Los hombres ven con sus ojos y comprenden con sus razones, pero no llegan a la verdad de lo que ven.

Porque la Verdad no está delante del hombre. La Verdad no está en los acontecimientos de los hombres. La Verdad no la pregonan los hombres en su diario vivir. Cada uno vive su vida, pero no vive la Verdad de su Vida, la Verdad que Dios quiere que cada uno viva en su vida. Cada hombre vive como su razón le dice, pero no vive como el Pensamiento del Padre quiere.

La Iglesia está hecha por Dios para que cada hombre encuentre la Verdad de su vida, para que cada hombre viva esa Verdad, para que cada hombre obre esa Verdad.

Pero esa Verdad sólo es conocida por Dios, no por cada hombre. Sólo Dios la revela a cada hombre. Sólo Dios la da a cada hombre.

Pero el hombre tiene que estar abierto a esa Verdad, que es Dios. Tiene que tener su corazón abierto a la Verdad, que es Jesús. Tiene que aceptar la Verdad, que es la Iglesia.

Y este es el problema de la Iglesia: no sabe aceptar la Verdad que Es. Sus miembros viven otra cosa a la Verdad que la Iglesia Es, por ser la Obra de Jesús en la Tierra.

La Verdad no es lo que un hombre piensa. La Verdad no es lo que un hombre obra. La Verdad es Jesús. Y Jesús no es la filosofía del hombre, no es la política del hombre, no es el mesianismo del hombre, no es el ecumenismo del hombre, no es la teología del hombre, no es la espiritualidad del hombre.

Jesús es la Palabra del Pensamiento del Padre.

Y no es otra cosa que eso: Palabra. Palabra Divina. Palabra dada al corazón del hombre. Palabra que da al hombre un camino en su vida para llegar a la Verdad de su vida. Palabra que da al corazón del hombre un Amor, que obra una Vida Divina, una Vida distinta a la vida humana, una vida para una Verdad Divina.

La Palabra de Jesús es la Palabra del Corazón de Su Padre. No es la Palabra llena de pensamientos o de ideas sobre el Padre. Es la Palabra del Amor del Padre hacia el hombre. Es un Palabra que es una Obra. Cuando el Padre dice Su Palabra, el Padre Obra lo que dice.

Obra lo Divino. Obra la Verdad de lo Divino.

Por eso, el Evangelio es la enseñanza del Padre al hombre, a través de Su Palabra, que es el Hijo. Y, por tanto, el Evangelio no hay que interpretarlo según la mente de los hombres. No hay que estudiarlo con la ciencia de los hombres.

Para sacar algo de la Palabra Divina, el hombre tiene que arrodillarse ante esa Palabra y dejar que el Espíritu le diga qué tiene que aprender de esa Palabra, qué tiene que enseñar de esa Palabra, qué tiene que obrar con esa Palabra.

Y como los hombres no saben ser espirituales, sino carnales, entonces destrozan la Palabra del Pensamiento del Padre y destrozan la Obra de la Palabra, que es la Iglesia.

La Iglesia es la Obra de la Palabra, hecha con el Espíritu. La Iglesia la hace el Espíritu. El Espíritu Obra la Palabra en el corazón humilde, que recibe esa Palabra sin más, sin ponerle nada suyo humano, sin querer otras cosas en la vida sino aquello que quiere la Palabra. Y, entonces, se hace Iglesia.

Por eso, la Iglesia no es lo que parece. Hoy -en la Iglesia- los hombres luchan por sus verdades y todos quieren tener razón. Y todos se equivocan, porque no son humildes.

Y la falta de humildad es la ruina de la Iglesia.

Y la ruina de la Iglesia es lo que vemos desde hace setenta años, desde 1960 hasta nuestros días. Una ruina obrada por el Misterio de Iniquidad, que tiene poder de Dios para hacer lo que está haciendo en la Iglesia.

Este poder del demonio no se puede comprender. Sólo se puede ver en todo lo que ha pasado en la Iglesia.

Se ve en el Cardenal Siri, obligado por los Cardenales cuando lo eligieron a no aceptar el Pontificado. Dios eligió al Papa, pero el demonio hizo que esa elección no se llevase a efecto, y los Cardenales eligieron a otro Papa. El Cardenal Siri nunca fue Papa, porque no pudo aceptar el Papado ante los Cardenales reunidos en Cónclave, y no pudo manifestar ese Papado ante toda la Iglesia. No fue Papa, aunque fue elegido por los Cardenales, y era el Papa que Dios quería para la Iglesia. Pero el demonio quería para la Iglesia otro Papa.

Y fue elegido Juan XXIII. Elección verdadera, pero en el pecado de los Cardenales en el Cónclave. Elección válida, pero era el Papa que Dios no quería. Era el Papa que el demonio quería. Sin embargo, era verdadero Papa. No era un anti-Papa. Y Dios se comprometía a seguir llevando la Iglesia, de forma infalible, a pesar de esa elección hecha en el pecado de los Cardenales.

Este Misterio de la Iglesia no se puede comprender con la razón. Hay que ser humildes para aceptar la Justicia de Dios en la Elección de Juan XXIII al Papado. Ese Papa inicia el Tiempo de la Justicia Divina en la Cabeza Visible de la Iglesia. La Justicia Divina es obrada por el demonio. El demonio es el instrumento de Dios para obrar Su Justicia.

Por el pecado de los Cardenales, por no aceptar el Papa que Dios quería en Su Amor, Dios les da otro Papa, pero en Su Justicia. Y así Dios se lava las manos ante los hombres, porque da a cada hombre lo que quiere, lo que su corazón malvado quiere. Y así Dios no obliga nunca a aceptar su Voluntad Divina, sino que deja al hombre siempre en la libertad de su voluntad humana. No habéis querido Mi Voluntad en Siri, os doy lo que queréis en vuestra torcida voluntad. Pero Yo sigo guiando a Mi Iglesia hacia donde Yo quiero.

Y Juan XXIII inició el Concilio que Dios no quería. Y lo inició porque escuchó la voz del demonio, y no escuchó la Voz de Dios en su corazón. Y eso es sólo porque la Iglesia tenía que expiar el pecado de esos Cardenales que no aceptaron la Voluntad de Dios, sino que la rechazaron. Y Juan XXIII inició el Concilio Vaticano II, que es el Concilio del demonio, porque de él nacieron todas las herejías que se ven hoy en la Iglesia. El Misterio de la Iniquidad que obra en cada hombre. Y obra en la Iglesia.

Pero como Dios guía Su Iglesia, no puede permitir el error en Su Iglesia y, por eso, ese Concilio no tiene ningún error doctrinal, pero no sirve para nada. Sólo sirve para hacer crecer la maldad en la Iglesia, como ha sucedido.

Pablo VI amarró el Concilio a la Verdad de la Iglesia. Esa fue su obra. Cogió un concilio que Dios no quería y lo puso en orden. Y lo demás que pasó en su Pontificado hay que verlo en el Misterio de Iniquidad, que ya estaba en acción desde la elección de Juan XXIII.

Y si las cosas no se ven así, entonces cualquiera hace de la Iglesia lo que está pasando, y cualquiera se pone a juzgar a todo el mundo en la Iglesia.

El Misterio de la Iniquidad está dentro de la Iglesia haciendo su obra, no sólo en la Iglesia, sino en el Vértice de la Iglesia, que es el Papado. Y una obra oculta que nadie ve, porque el demonio se esconde siempre al hombre y le hace ver otras cosas que no son la verdad de lo que él está haciendo en la Iglesia.

Y hay que tener vida espiritual para estar en una Iglesia que no sirve para nada, porque no enseña la verdad, no obra la verdad, no manda la verdad. Aquí, en esta Iglesia que tenemos, todos enseñan sus verdades, obran sus verdades y mandan lo que les da la real gana.

Por eso, comienza en la Iglesia la oscuridad total. Cada uno va a querer formar su iglesia como la tiene en su cabeza. Ahí está Francisco que ha hecho su reino en la Iglesia, su corona en la Iglesia. Y ha puesto sus gobernantes para hacer lo que el demonio le pida. Y eso que hace Francisco es la Justicia Divina. No queréis escuchar Mi Palabra, que es Camino, que es Verdad, que es Vida, ahí os dejo la palabra de un juguete del demonio, que os llevará por los caminos del mundo, que os dará las verdades de los hombres, que obrará la vida que tiene en su corazón cerrado al Amor.

La Justicia Divina está sobre la Iglesia para purificarla, para hacerla como Dios quiere. Y hay que someterse a esa Justicia Divina, porque ya Dios se cansó de los hombres que sólo piden dinero y placer para sus vidas y no son capaces de pedir la santidad para sus corazones.

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