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El pecado de la cúpula vaticana

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El pecado de la cúpula vaticana es: la soberbia, el orgullo y la lujuria.

Este pecado tiene tres vertientes y es conocido por el pecado contra el Espíritu Santo.

La soberbia significa poner el pensamiento humano por encima del Pensamiento de Dios.

El orgullo es ponerse encima de Dios, elevar el yo humano por encima del Yo Divino, que son Tres Personas distintas, Una en Su Esencia.

La lujuria es fornicar con la mente del demonio para engendrar el error, la mentira, el engaño, la falsedad, que son los vicios del que hace de su pensamiento una cuna para Satanás.

Estos tres pecado juntos, al mismo tiempo, producen el pecado contra el Espíritu Santo.

El Espíritu tiene una Inteligencia Divina, a la cual el hombre tiene que someter su inteligencia humana. Si no la somete, peca con el pecado de soberbia.

El Espíritu tiene una Persona Divina, que está relacionada con las Otras Dos, a la cual tiene que someterse la persona humana. Si no se somete, entonces se peca con el pecado de orgullo.

El Espíritu tiene una Vida Divina, a la cual el hombre tiene que someter su vida humana. Si no hace esto, se peca con el pecado de lujuria, que es introducirse en la vida de los hombres, en las obras de los hombres, sin la Voluntad de Dios. Y llamar a esa vida humana vida que Dios quiere, porque hay en ella muchas cosas buenas para el hombre.

Estos tres pecados, todos los hombres lo tienen, porque todos nacemos en el pecado original. Todos somos soberbios, todos somos orgullosos, todos somo lujuriosos. (La lujuria no es sólo la carnal, es -ante todo- la espiritual, que conduce a la carnal).

Cuando un consagrado, un sacerdote, no vive espiritualmente, es decir no sigue al Espíritu de Cristo en su sacerdocio y comienza a vivir de sus pensamientos, de sus quereres, de su vida humana, entonces su corazón se va cerrando, poco a poco, en sí mismo y ya no sabe ver el camino del Espíritu. Y, si no quita sus pecados, esos pecados le van envolviendo hasta que el corazón se hace duro para todo lo espiritual.

Sacerdotes que no viven siguiendo al Espíritu de Cristo en el sacerdocio hay muchos en nuestros tiempos. Y sólo hay que ver cómo obran en la Iglesia. Obran como hombres, piensan como hombres, viven como hombres. Esa señal de lo humano indica que esos tres pecados no se han quitado, no se lucha contra ellos, no se hace nada por quitar la soberbia, por reconocer el orgullo, por apartarse de los placeres de la vida.

Y ese no hacer nada produce en el alma el pecado contra el Espíritu Santo, que es una blasfemia contra Dios. Una blasfemia, no con la boca, sino con la vida que se lleva, que es contraria totalmente a la vida del Espíritu, a la vida en Dios, a una vida para Dios.

La cúpula vaticana está llena de hombres con estos tres pecados: soberbios, orgullosos y lujuriosos. No se puede decir que han cometido el pecado contra el Espíritu Santo, porque eso sólo lo sabe Dios y se revela en las obras de cada hombre en la Iglesia.

Pero se puede decir que están llenos de estos tres pecados.

Si la cúpula vaticana se pusiera a ver su pecado, a luchar contra su pecado, a quitar su pecado, entonces la Iglesia caminaría en la Verdad, se reformaría en la Verdad, viviría para la Verdad.

Pero la cúpula vaticana está muy ocupada en seguir en su pecado y busca caminos nuevos para reformar la Iglesia. Entonces, no es una sorpresa que se llegue al pecado contra el Espíritu Santo en los sacerdotes.

La Iglesia sólo necesita ver su pecado, quitar su pecado, luchar contra su pecado. No necesita más reformas.

Pero se han sentado en la cátedra de Moisés almas tan inteligente, corazones tan arrogantes, espíritus tan lujuriosos que proclaman con sus bocas de blasfemia la mentira del demonio y hacen que toda la Iglesia viva esa mentira como una verdad.

Y aquellos que sigan el error de la cúpula vaticana en su gobierno humano no podrán encontrar el camino de la verdad, porque el hombre impide la verdad con su pensamiento, con su yo humano y con sus obras de placeres y de gustos en la vida.

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