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El leproso Francisco

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“El pastor debe saber guardar silencio con discreción y hablar cuando es útil…Por eso, san Pablo dice que el obispo debe ser capaz de predicar una enseñanza sana y de rebatir a los adversarios. Y, de manera semejante, afirma Malaquías: Labios sacerdotales han de guardar el saber, y en su boca se busca la doctrina, porque es mensajero del Señor de los ejércitos. Y también dice el Señor por boca de Isaías: Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta”. (De la Regla Pastoral. San Gregorio Magno)

“La Corte es la lepra del Papado”. Las palabras injuriosas de Francisco sobre la Iglesia revelan lo que es su alma.

Un alma encadenada a su pecado, temerosa de decir su pecado en el foro de la verdad, ante la curia vaticana. Temerosa de enfrentarse a los sacerdotes y Obispos de la Iglesia, porque escoge para decir su pecado el pecado de su humanismo, de su ceguera, de su visión del mundo.

Un verdadero Papa corrige a los suyos con sabiduría, con prudencia, con discreción. Sabiendo poner los pecados de los suyos con patencia en la mesa. Diciendo al pecado el nombre de pecado, porque el que tiene el Espíritu convence al mundo de su pecado (Jn 16, 8), no lo deja en su pecado, no critica su pecado, no condena su pecado, no difama, no calumnia.

Pero el que no posee al Espíritu en su corazón, sino sólo en sus labios, hace del pecado su reino en la tierra.

La Iglesia ha iniciado el camino de la oscuridad con el gobierno de hombres. Y ya no hay marcha atrás. Ya no es posible la luz en la Iglesia.

La Iglesia es guiada por hombres que no conocen la Verdad y que llaman a la verdad mentira, y proclaman al mundo su verdad, que es su negra mentira.

Es lo que ha hecho Francisco: su verdad es que el Papado es una cloaca, una lepra. Él también se está llamando lepra a sí mismo. Y no se ha dado cuenta de eso. Tampoco puede darse cuenta.

Si la corte es una lepra, entonces hay que empezar diciendo que Francisco es un leproso, por ser la cabeza.

Pero hay que decir más. Francisco no quiere ser sanado de su enfermedad. No le interesa su enfermedad. Le interesa sólo su bienestar en la Corte. Quiere que se vayan de la Corte los leprosos para él quedarse como el sano, como el salvador de todo el Papado, de toda la Iglesia.

Francisco no ve su lepra. Éste es su pecado. Ésta es su lepra, que no tiene curación porque no la reconoce. Él ve el pecado de los demás, pero no ve su pecado. ¿Qué mayor lepra hay que ésta? ¿Qué mayor soberbia existe que ésta?¿Qué mayor estupidez se da en la mente de Francisco?

Pues hay más. Francisco, no sólo no se ve leproso, no sólo no quiere quitar su lepra, sino que Francisco es el autor de la lepra en el Papado, en la Curia, en la Iglesia.

Con Francisco, el Papado se ha convertido en una lepra incurable. Su gobierno humano es el mayor pecado que puede cometer un sacerdote, un Obispo ante la Iglesia. Es un pecado de rebeldía, que anula la Autoridad de Dios en la Iglesia.

Y este pecado no lo ve Francisco. Y este pecado hace del Papado, de la Curia, una lepra.

En la Curia ahora se sientan sus amigotes, los que él ha elegido porque son sus amigos del alma. No los ha elegido Dios. Los ha elegido el bastardo de Francisco apelando a su pecado de rebeldía, a su lepra.

Como la curia es una lepra, entonces pongamos la salud en la curia. Pero hay que hacerlo de la siguiente manera: hay que decir a todo el mundo que somos unos leprosos. Después, dictaremos a todo el mundo el camino para salir de esa lepra, que consiste en el ingenio de ocho cabezas que se llaman a sí mismos maestros de la mentira y del engaño.

Francisco se llama Maestro sin tener el Espíritu de Cristo. “No llaméis Maestro a nadie. Uno solo es vuestro maestro”. Él ha puesto a ocho cabezas para que enseñen la verdad a la Iglesia, para que quiten la lepra de la corte. Él va contra la Palabra de Dios. Pero, ¿eso a él qué le importa? No le importa nada, porque no entiende la Verdad, que es Jesús, y que sólo se da al corazón del humilde.

El leproso Francisco se pone a enseñar que la curia es la lepra de todo la Iglesia, no sólo del Papado. Porque si la Jerarquía está con lepra, entonces toda la Iglesia está con lepra. Y todavía hay fieles que aplauden estas palabras y no se han dado cuenta que Francisco los ha llamado leprosos. Pero, ¿cuándo van a despertar de su sueño, de ver a ese impostor como un santo?

Un santo no habla así. Un santo da amor en sus palabras. Un santo es delicado cuando habla al mundo y tiene que decir cosas de su Iglesia. Un santo da la verdad sin miedo, sin temor, sin ocasionar disgusto a nadie. Un santo es para hablar al corazón de las almas e indicarles el camino del amor, que es siempre el camino que se opone a todo pecado.

Pero Francisco no habla así, porque no tiene un pelo de santo. Es sólo un hablador que hace daño cuando habla y que no se atreve a decir eso en sus predicaciones a la gente.

A los fieles en la Iglesia los adula, los ama con su falso amor de hombre, los engaña con sus dulces palabras, los oscurece con su inútil vida de sociedad.

Francisco sólo predica así en las tertulias de los ateos, en las sinagogas de Satanás, en las recámaras de la mentira. Pero no sabe predicar esta mentira delante de los Obispos y sacerdotes, delante de toda la Iglesia, porque se cree limpio de pecado y no quiere herir sensibilidades de su gente. Sólo quiere pasárselo bien en la Iglesia, haciendo el juego del demonio en la Iglesia, que es lo que obra desde el principio de su falso Pontificado.

Un Francisco que ya no merece compasión porque se revuelca en su pecado, vomita en su pecado, se lava en su pecado, se manifiesta en su pecado.

Y lo más grave que muchos en la Iglesia llaman a ese vómito con el nombre de amor, de santidad, de perfección, de sabiduría divina.

Almas que en la Iglesia tampoco saben ver sus pecados, sino que están prontos para denunciar el pecado de los demás, como hace su maestro Francisco.

¡Cuántos están imitando en la Iglesia lo que hace Francisco! ¡Cuántos han caído en su trampa verbal! Y siguen sin reconocer el pecado de Francisco porque tampoco ven su pecado.

El leproso Francisco inicia su andadura en el gobierno de la Iglesia con el pie izquierdo. Mala señal. Claro signo de su debilidad como hombre. En su pecado se muestra lo que es Francisco: amor al demonio, amor a Satanás, amor a la obra del demonio en la Iglesia.

Este amor al demonio consiste en no hablar del pecado, no hablar de los caminos para quitar el pecado, no hablar de la lucha contra el pecado. No fomentar la caridad fraterna para derribar el pecado de muchos. Hacer de la comunidad de la Iglesia, del Cuerpo Místico de la Iglesia, la sinagoga de satanás y no querer pertenecer a ella. Por eso, ha puesto su residencia en el mundo de la profanidad.

Esta es su debilidad como hombre: no quiere la Iglesia para ser santo. Quiere la Iglesia para ser hombre. Este es su amor al demonio, que lo lleva por este camino sin retorno, sin poder corregirse de su pecado, porque ha aprendido del demonio a mentir y a hacer de la mentira su vida.

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