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La palabra de un Papa

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Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

evangelio

El Papa habla para la Iglesia.

El Papa no habla ni para el mundo, ni para los hombres, ni hace filosofía de la vida, ni pone las bases científicas de la vida.

El Papa habla lo espiritual para el corazón de la Iglesia.

El Papa es la Cabeza de la Iglesia, no es la Cabeza del mundo.

El Papa rige la Iglesia, no reina entre los hombres, para el mundo.

El Papa enseña la Verdad a la Iglesia, no la enseña a los hombres ni al mundo.

La Iglesia no es el mundo. La Iglesia no se hace uniendo a los hombres en el mundo.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, algo espiritual, algo divino, en donde no pueden entrar todos los hombres, sino sólo aquellos que aceptan la Verdad, que es Jesús.

Cuando habla un Papa lo hace para enseñar una verdad. Nunca un Papa habla por hablar, ni habla lo que a él le parece, ni habla lo que piensa, ni habla porque lo ha escuchado a otros.

El Papa, por el don de la Infabilidad, cuando habla nunca se equivoca, porque Dios le guía para que diga la verdad.

Cuando un Papa habla al mundo de la Verdad del Evangelio, enseña al mundo esa Verdad, pero no obliga al mundo a ir tras esa Verdad, porque se habla a la Iglesia, no al mundo.

Cuando el Papa habla a la Iglesia obliga a la Iglesia a seguir esa Verdad. Cuando habla al mundo no lo puede obligar, porque el mundo no pertenece a la Iglesia. El mundo es contrario a la Iglesia. El mundo se opone a la Iglesia. El mundo persigue a la Iglesia.

Un Papa, cuando habla al mundo, debe ser muy prudente en lo que dice y, sobre todo, si trata cosas de la Iglesia. Porque el mundo no entiende las cosas de la Iglesia. El mundo desfigura las cosas de la Iglesia.

Cuando un Papa cuenta al mundo los problemas que hay en la Iglesia está dañando la Iglesia, está provocando en la Iglesia una herida, que es un pecado en muchos. Porque el Papa no tiene derecho a herir a la Iglesia con sus declaraciones al mundo. Y eso produce que muchos en la Iglesia se levanten y critiquen la conducta de un Papa. El Papa produce, con sus declaraciones, que la Iglesia peque. Y eso es grave para el Papa y para toda la Iglesia.

El gobernante que no es discreto produce desorden en su gobierno (cf. Ecl 10, 1) y sólo por la necedad del rey viene la ruina al Pueblo (cf. Ecl 10, 2)

Francisco, siendo gobernante de la Iglesia, ha dado a la Iglesia su mala voluntad, su mal corazón.

Desde el principio no ha querido ser Papa. Ha querido que le tratasen como el Obispo de Roma, pero no como Papa. Rebajó -en los signos externos- el Papado. Quiso mostrarse más humano, no Papa, rompiendo protocolos. Hizo obras que no le corresponden a un Papa, porque el Papa es para la Iglesia, no para el mundo. Su afán por aparentar pobreza y no tener un anillo de oro, sino de plata, o sentarse en un sillón de madera, no de oro, o rechazar los zapatos de lujo, revelan lo que no debe hacer un Papa.

Porque para hacer eso, primero hay que enseñar dónde está el error de eso. Todos los Papas han usado zapatos de lujo, el sillón de oro, el anillo de oro. Todos los Papas han seguido esa Tradición de la Iglesia. El oro pertenece a la Sagrada Escritura y Dios lo quiere en Su Iglesia. Lo que Dios no quiere es la avaricia de muchos que van tras el oro y las falsa humildad de otros que quieren aparentar pobreza, humildad despreciando las riquezas. No se desprecia lo que Dios ha creado (el oro), sino el pecado del hombre en usarlo mal. El humilde, para ser humilde, no deja la verdad sino que vive esa verdad. La humildad no está en no usar oro, en no tener joyas preciosas, sino usar todo eso en la Voluntad de Dios.

Cuando un Papa obra en contra de la Tradición de la Iglesia sin enseñar la razón de esa obra está obrando en contra de la Iglesia y perjudica a la misma Iglesia.

Porque la Iglesia enseña la Verdad con la Tradición. Los zapatos, el sillón, el anillo vienen de la Tradición de la Iglesia. Y todos los Papas lo han hecho así por Tradición, no porque les guste o no les guste unos zapatos lujosos, o un sillón de oro o un anillo de oro. El Papa usa eso por Tradición, no por voluntad propia.

Francisco pone su voluntad propia al subir al Papado, y eso daña la Tradición de la Iglesia, que es la Verdad de la Iglesia. Y si la daña, Francisco peca en lo que hace como Papa.

Francisco fue muy imprudente en esos signos externos nada más subir al Papado.

Francisco es un gobernante imprudente y, por eso, ha puesto a la Iglesia en un desorden. “Hay quien callando se muestra sabio, y quien se hace odioso por su mucho hablar” (Ecl 20, 5)

Ser Papa no es cualquier cosa en la Iglesia. No es un oficio más en la Iglesia. Es un Poder en la Iglesia.

Por eso, Francisco se equivocó en sus primeras palabras al subir al Pontificado: “Sabíais que el deber del Cónclave era el de dar un obispo a Roma“. El deber del Cónclave es dar un Papa, no un Obispo. Y se da un Papa para la Iglesia, no para Roma. Roma es la capital de Italia. En Roma está el Papado, pero no se da un Papa para Roma, sino para la Iglesia. Diciendo esa palabras, sencillas, muestra Francisco su imprudencia en el hablar. No está hablando como un Papa, con un Poder, transmitiendo una Verdad.

Y, por eso, en su discurso de bienvenida se muestra que no existe este Poder: “Y ahora comenzamos este camino, obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma que es la que preside en la caridad a todas las iglesias. Un camino de hermandad, de amor, de confianza entre nosotros.“.

Francisco camina con el pueblo como Obispo, no como Papa. No le gusta llamarse Papa. Y eso va contra la Tradición de la Iglesia, contra la Verdad de la Iglesia. El Papa es Papa, no ya Obispo. Es Obispo de Roma, por el lugar donde ejerce el Papado. Pero es algo más que Obispo.

Y, Francisco pone un camino de hermandad, de amor, de confianza. Palabras bonitas, pero para ese camino es necesario la verdad. Francisco quiere poner ese camino en la Iglesia sirviendo, no gobernando. Sirviendo con el amor, con la fraternidad. Y aquí se equivoca Francisco. El Papa está para gobernar no para servir con amor y fraternidad. Tiene que gobernar con el amor, no tiene que servir con el amor.

Son dos cosas diferentes: gobierno y servicio. Un Obispo gobierna. Y su gobierno es servicio a la Iglesia. Un Obispo sirve a la Iglesia porque primero gobierna. El servicio en la Iglesia es distinto al gobierno en la Iglesia. Se sirve para poner por obra lo que dice el gobierno. Se gobierna dando la Verdad. Ese dar la Verdad produce un servicio en los otros, porque están obligados a poner esa verdad en toda la Iglesia.

El Papa tiene que dar la Verdad. Ése es su gobierno. No su servicio. Los Obispos, los sacerdotes, los fieles, no gobiernan la Iglesia, sino que la sirven poniendo en la Iglesia lo que da el Papa con su Poder.

Francisco no muestra el Poder de un Papa en la Iglesia en sus primeras palabras. Y eso es muy significativo. Francisco sólo quiere agradar a todos los hombres, decir palabras bonitas, llenas de sentimiento, y dar a entender que su misión es hermanar a todos los hombres del mundo: Recemos por todo el mundo para que haya una gran hermandad.

Francisco quiere conquistar al mundo. Tiene un carisma para los gentiles, pero no ha sabido usarlo para el bien de la Iglesia.

A los gentiles, hay que hacer como san Pablo: enseñarles el camino de la Verdad, porque ellos siguen sus verdades. No hay que acomodarse a las verdades de ellos, que éste ha sido el error de Francisco. Quiere atraer al homosexual porque también busca a Dios y tiene buena voluntad. Pero no le ha enseñado el camino para dejar lo que vive, que es una verdad que no se da en la Iglesia.

Francisco ha querido ser otro San Pablo, atraer al mundo a la Iglesia. Pero lo ha hecho mal. Porque no lo ha hecho como Papa, con un Poder, sino como hombre, sin un Poder.

La Iglesia se gobierna con el Poder: poder de enseñar, poder de santificar, poder de legislar.

Al mundo se le habla con el Poder: para enseñarle la verdad de su mentira, para darle el camino para que salga de sus mentiras, para establecer normas que impidan a cualquiera entrar en la Iglesia.

Las palabras de Francisco, en sus declaraciones, en su Pontificado, no son las palabras de un Papa. Un Papa no habla así. Un Papa es discreto, un Papa es callado, un Papa es sabio cuando habla.

El Papa sabe en qué lugar está colocado y, por eso, tiene que practicar la virtud de la Prudencia. Tiene que dar a todos, no lo que a él le gusta, sino lo que es más conveniente en ese momento.

Y, desde el principio de su Pontificado, Francisco ha demostrado que no quiere ser Papa. Sólo quiere ser un hombre. Y eso es una señal de Dios a su Iglesia para que entienda que no puede seguir a un hombre, que no puede estar con un hombre que destruye la Verdad de la Iglesia en sus primeras palabras y obras en la Iglesia.

El solo hecho de lavar los pies a dos mujeres eso hace que la Iglesia tenga que condenarlo por hereje. Pero como la misma Iglesia no vive la Verdad, no enseña la Verdad, no legisla la Verdad, entonces se ve esa obra de un Papa, como algo moderno, innovador, según los tiempos de los hombres, y se acepta una mentira de un Papa. Y esto es muy grave en la Iglesia.

Pero hoy la Iglesia ha perdido el juicio, ha perdido la bondad, ha perdido la rectitud. Y sólo encontramos en la Iglesia muchas almas que ya no saben lo que es ser Iglesia y cómo se hace la Iglesia.


1 comentario

  1. Raul Patiño dice:

    No olvidemos que Jesús dijo: “¿Cuándo vuelva el Hijo del hombre hallará fe en la tierra?”, pero también habló de su “pequeño rebaño” que és pastoreado por Él mismo, pues afirmó: “Yo estaré con ustedes hasta el final de los tiempos”. ¿Cómo sabemos que hacer? Por las tres columnas de la Iglesia: Tradición, Palabra y Magisterio Auténtico, las cuales deben estar en consonancia y ninguna niega a la otra. Busquemos los sacerdotes

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