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Creer en las almas

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Cada alma es una obra divina.

Y cada alma está llamada a una vida divina.

Cada alma necesita saber qué obra tiene que hacer en su vida. Necesita vivir la vida que Dios le ofrece.

Por eso, cada hombre debe buscar la Verdad. Y no puede detenerse ante cualquier verdad. Porque detenerse es no encontrar la Verdad.

La Verdad es un Camino divino, no humano. Y no se conoce ese Camino. Luego, el alma no puede pararse en ese Camino.

Para llegar a la Plenitud de la Verdad, al sentido de la vida, hay que caminar siguiendo al Espíritu de la Verdad. Si se camina siguiendo los pensamientos de los hombres, entonces la Vida se detiene, el Amor se enfría, la Verdad se oculta.

Hoy la Iglesia no cree en las almas. Este es su pecado. Un pecado que no se ve, pero que se palpa en todas las cosas, que se vive en todos los rincones de la Iglesia.

Y vivir el pecado es obrar la mentira en la vida.

La Iglesia vive en la mentira porque no cree en las almas.

El alma es el Templo de Dios. No son las construcciones materiales lo que hace, lo que obra, la Iglesia.

Cada alma es lo que Dios ha creado. Y Dios quiere que esa creación se obre, se viva, se fortalezca en la Verdad, que es Su Hijo.

Jesús es la Verdad. Y cada alma es una parte de esa Verdad, una obra de esa Verdad, una vida de esa Verdad.

Jesús no es un conocimiento intelectual de la verdad. Jesús es una Vida que obra la Verdad. Y cada alma es parte de esa Vida. Y cada alma debe escuchar la Voz de Jesús para poder obrar esa Verdad.

Jesús habla a cada alma en particular. Y habla de muchas maneras. Habla con sueños, habla con visiones, habla con palabras en el corazón, habla con sentimientos divinos, habla de muchas formas. Y Jesús siempre está hablando al alma, porque tiene que guiarla hacia esa Verdad, que el alma desconoce.

Los hombres conocen las verdades que nacen de sus entendimientos humanos, pero esas verdades no son la Verdad Divina. Pueden acercarse, pueden alejarse, pueden tocarla en algo, pero ninguna verdad humana es la Verdad Divina.

Y estamos en la Iglesia llena de hombres, y cada uno dice lo que le viene a la mente, y hace de la liturgia, de la Escritura, de la Teología, de los Dogmas, de la Tradición de la Iglesia, lo que su pensamiento adquiere trabajando con muchas verdades que impiden dar la Verdad.

Estamos en la Iglesia cuyo error es su humanismo, centrada en su ideal de cómo debe ser un hombre, de cómo debe vivir un hombre, de cómo debe obrar un hombre. Y los hombres pueden vivir y obrar de muchas maneras. Y los hombres puede alcanzar la verdad de muchas maneras. Y los hombres pueden obrar la verdad de muchas maneras. Y, entonces, todo se queda en lo humano: sé un buen hombre, haz obras buenas, vive bien y te salvarás.

Esto es lo que hoy predica la Iglesia. Esa predicación va en contra de la Verdad, que es Jesús, en contra de la doctrina de Jesús, que no nace de su pensamiento humano, sino que vive en el Pensamiento de Su Padre.

Los hombres en la Iglesia se creen muy importantes y muy inteligentes por el hecho de que son sacerdotes, de que tienen un oficio en la Iglesia, de que obran cosas en la Iglesia. Ese es el fariseismo de la Iglesia.

El fariseo construye la Iglesia según su pensamiento humano, según su ciencia humana, según su psicología y su psiquiatría. Y esa Iglesia que construye es una mentira. Pero como está revestido de Poder sacerdotal, impone ese pensamiento a las almas como verdadero. Por eso, hay tantas cosas en la Iglesia que no valen para nada y que son motivo para llevar a las almas a la condenación en la misma Iglesia.

La Iglesia no cree en las almas, en lo que sienten las almas, en lo que ven las almas, en lo que escuchan las almas, en lo que experimentan las almas, porque sólo cree en los pensamientos de los hombres.

Jesús es la Verdad que se da al corazón de cada alma. Jesús no da Su Verdad a la mente del hombre. No hay que buscar con la mente la Verdad, no hay que interpretar con la mente las Escrituras, no hay que obrar con la mente la Verdad.

Jesús ha dado a las almas un corazón para que comprendan la Verdad y la obren.

Y la Iglesia no enseña a mirar el corazón. La Iglesia enseña a mirar la mente, los conocimientos de los hombres, los pensamientos de los hombres, las ciencias de los hombres.

Y la doctrina de Cristo no se puede comprender con el pensamiento, porque es locura para el hombre, es necedad para los vividores, es absurda para los que buscan ser felices en esta vida.

La Iglesia ha fallado en ser una Iglesia del corazón. Y se ha dedicado a ser una Iglesia de la mente, de razones, de palabras bonitas, de palabras hermosas, de leyes y normas que no sirven para vivir la Verdad, que es Jesús.

A Jesús no hay que predicarlo con palabras elegantes, con frases hermosas, que se quieren dar en una bandeja de plata. A Jesús hay que predicarlo despojándose de toda palabrería humana, de toda inteligencia humana, de todo discurso humano. Y sólo así se dan a las almas lo divino.

Pero los sacerdotes sólo hablan de lo que hay en sus entendimientos humanos. Y no son capaces de hablar a las almas con el corazón. Entienden el hablar con el corazón su sentimentalismo humano, sus afectos humanos, sus cariños humanos.

Hablar con el corazón es dar lo divino al alma. Es dar la Palabra que nace del Pensamiento del Padre. Es sanar el corazón con el Amor del Espíritu. Es indicarle al alma el camino de la Santidad de la Vida, que no está en ningún camino humano, en ninguna obra humana, en ninguna vida humana.

Hoy los hombres entienden la vida espiritual con la práctica de algunas cosas que hay que hacer (Misa, oración , penitencia) y después se dedican a vivir sus vidas siendo unas buenas personas. Eso que viven los hombres les lleva a la condenación, porque esa no es la vida que lleva a la salvación.

El amor que salva al hombre es un amor que crucifica a todo el hombre. Y esto es lo que no se predica en la Iglesia: este Amor que salva, este Amor que crucifica.

Se predica un amor humano, un amor tierno, un amor sentimental, un amor natural, un amor que es dar un beso y un abrazo al otro y dejarlo en su pecado, y no indicarle el camino para dejar su pecado.

Este predicación está en muchos sacerdotes y Obispos de la Iglesia. Y, de esta forma, predican la mentira a las almas. Y las almas no encuentran la verdad de sus vidas, porque sus sacerdotes viven y obran la mentira desde la Iglesia.

La Iglesia es lo que son sus sacerdotes. Y, aunque los fieles intenten buscar la verdad en la Iglesia, y vivir esa verdad en la Iglesia, no pueden hacerlo. Porque Dios salva a los fieles junto con sus Pastores, junto con sus sacerdotes. Los fieles de la Iglesia no pueden salvarse sin sus sacerdotes. Y, por eso, según estén los sacerdotes, así están los fieles. Si los sacerdotes quieren condenarse, se condenan, pero llevan tras de sí a muchos almas a las que han predicado y servido en la Iglesia con la mentira de sus vidas.

Si los sacerdotes buscan la verdad de su sacerdocio, entonces salvan y santifican a muchas almas en la Iglesia.

Y hoy tenemos una Iglesia de sacerdotes mentirosos que predican lo que hay en sus mentes, lo que conciben sus mentes, lo que encuentran en sus mentes. Predican una mentira y se oponen a la Verdad, porque Jesús predicó lo que había en su corazón, no en su mente.

Jesús hablaba con el corazón a las almas. No hablaba con discursos mentales, con ideas de la mente, con palabras bien formadas en la mente.

Jesús es Corazón, no es una idea.

Y, por eso, la Iglesia está como está. No sirve para encontrar la Verdad. Para hallarla, hay que quitar tantos escombros como los hombres han puesto en la Iglesia. Hay que derribar tantos muros de los pensamientos de los hombres. Hay que destruir tantos edificios que no sirven para nada.

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