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Se es parte de la Iglesia diciendo la Verdad

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El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

JESUS MAESTRO

“Mi Doctrina no es Mía, sino de Aquel que me envió…El que bala por su cuenta busca su propia gloria; mas quien busca la Gloria del que le envió, éste es veraz y no hay en él injusticia”(Jn 7, 16.17)

Sólo aquellos que dicen la Verdad y se adhieren al Evangelio pueden ser parte de la Iglesia.

Este es el problema de todos los hombres que quieren hacer una Iglesia no fundada en la Verdad, sino en sus verdades.

La Iglesia, Jesús la funda en la Roca de la Verdad. Y no hay otra Roca. Jesús no la funda en ningún hombre, en ningún pensamiento de ningún hombre. Jesús la funda en el Pensamiento de Su Padre, que es Su Misma Palabra.

Los hombres son hombres y, por tanto, no saben lo que es la Verdad. Conocen, cada uno, sus verdades y entonces no ven la Verdad.

Para ser Iglesia no hay que criticar a los hombres que están en la Iglesia, como muchos hacen. No quieren la Iglesia porque ven hombres ambiciosos, llenos de lujuria, codiciando el dinero, predicando una pobreza que, después en la práctica, no viven. Muchos critican a los hombres de la Iglesia, pero no saben ver su propio pecado. Y sólo, cuando se ve el propio pecado, uno puede fijarse en el pecado del otro y decir la verdad de su pecado, sin juzgarlo, sin criticarlo.

Pero la mayoría de los hombres que ven la Iglesia, ven los pecados de la Iglesia, pero no los suyos propios. Y el juicio que hacen de la Iglesia y de los hombres -que están en la Iglesia- es falso.

Así ante un jefe de la Iglesia, como es Francisco, muchos ven su austeridad, ven que se pasea en un viejo cuatro latas, que dice algunas herejías, que se muestra amigo de los pobres, amigo de los ateos, amigos de los homosexuales, y lo critican. Cada uno hace su crítica, pero nadie dice la verdad, porque para decir la verdad hay que ponerse en la verdad de la vida de cada uno.

Esto es lo que más cuesta al hombre, a todo hombre en la tierra: ponerse en lo que es él mismo, en su verdad, que es siempre, su pecado. Porque todos los hombres nacemos en el pecado original. Todos somos lo que somos: unos engendros del demonio.

Sólo Jesús es la Verdad, y sólo Jesús puede decir: Mi doctrina es la Verdad, porque no nace de Mi Pensamiento humano, no nace de Mis Obras humanas, no nace de Mi Vida humana. Tiene su origen en el Padre, en el Pensamiento del Padre.

y, para ser Iglesia, hay que ir al Pensamiento del Padre, que está revelado en la Palabra, que es Jesús, en la Vida que Jesús vivió como Hombre, siendo Dios, y en la vida que Jesús vive como Hombre Glorioso, siendo Rey Eterno.

Para ser Iglesia hay que decir la Verdad, pero no la verdad que encuentra el entendimiento de cada uno. La Verdad que está en el Pensamiento del Padre, que es la Palabra del Hijo y que es el Amor del Espíritu.

Hay que decir la Verdad. Y esa Verdad, cuando se mira a la Iglesia terrena, es ir en contra del pecado de los hombres, ir en contra de las verdades que cada hombre tiene en su cabeza humana. Porque si no se hace esto: ir en contra del mundo, de la carne, del demonio, entonces cualquiera hace su iglesia como está en su cabeza, que es lo que históricamente, año tras año, siglo tras siglo, ha hecho el hombre: hacer su iglesia, su forma de entender la iglesia, su manera de ver a Dios, su manera de ver el pecado. Y, entonces, ya no se hace la Iglesia que Jesús fundó.

Muchos tienen miedo de hablar en contra de Francisco porque están en la Iglesia sin decir la Verdad, sin obrar la Verdad, sin vivir la Verdad.

Otros están alegres por lo que dice Francisco, porque viven la verdad que Francisco quiere dar a la Iglesia. Y lo alaban y lo exaltan porque esa verdad es la que obran en sus vidas y quieren una iglesia de esa manera.

Otros ven a Francisco de forma interesada, como queriendo descubrir un Mesías nuevo, un estilo nuevo de entender la Iglesia, de vivir el Evangelio de Cristo, pero tienen miedo de seguirlo, porque todavía sus palabras no son obras. Todavía Francisco no es claro en lo que habla. Es decir, no obra lo que habla. Y eso es un problema, incluso, para el propio Francisco.

Hay que decir la Verdad, pero no hay que decir nuestras verdades. Este es el problema de Francisco y de todos los hombres que no se ponen en la Verdad.

Para ponerse en la Verdad hay que despreciar cualquier verdad humana y diabólica. Y esa es la lucha espiritual de todo hombre. Y eso es lo que no se hace en la Iglesia. No se da el esfuerzo por dejar de ser hombres, por dejar de pensar como hombres, por dejar de ver la vida en las obras de los hombres.

Cuesta humillar la humanidad de cada uno. Francisco es el ejemplo de lo que se hace hoy en toda la Iglesia: se exalta al hombre, no se le humilla. Este es su error. Error de muchos que han hecho del pensamiento humano, de las obras de los hombres, el triunfo de sus vidas, las obras de su ciencia, la algarabía de sus vivir.

Se exalta al hombre y, entonces, el hombre ya no ve la Verdad y ya no dice la Verdad.

La Iglesia es para los que dicen la Verdad y se adhieren al Evangelio, porque el Evangelio es la Verdad. Y, como hoy, se ha desfigurado tanto el Evangelio, ya los hombres no saben a qué evangelio tienen que adherirse para ser parte de la Iglesia.

Es el trabajo del demonio durante muchos siglos para alcanzar lo que hoy ha alcanzado: el Trono de la Verdad en la tierra, que es la Silla de Pedro.

Y, desde esa Silla, ha trabajado para poner al que hoy ha iniciado la destrucción de la Iglesia. Él es el primero de una serie de hombres que se van a sentar para decir al mundo y a la Iglesia la mentira que tienen en sus cabezas humanas. Y a esa mentira la llaman verdad. Y a la Verdad la llaman mentira.

Ya lo está diciendo Francisco. Y no encuentra oposición en la Iglesia cuando habla así.

Ya hay personas que empiezan a preguntarse hacia dónde lleva este modo de hablar. Pero son muchas las que no dan importancia a lo que pasa, porque viven para sus verdades, para sus conquistas en la vida, para sus obras en la vida, pero no para la Verdad.

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