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Discernir no es juzgar

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“Carísimos, no creáis a todo espíritu, antes probad los espíritus si son de Dios”(1 Jn 4, 1).

El discernimiento espiritual es antes que la obediencia a la Jerarquía.

Dios habla primero al corazón de cada persona para que comprenda la verdad y sepa distinguirla de la mentira.

Dios no habla a la Jerarquía primero, sino antes a toda alma. Y, cuando Dios quiere enseñar algo por la Jerarquía para que las almas obedezcan, entonces Dios siempre da al alma el discernimiento espiritual para que vea que lo que dice la Jerarquía viene de Él.

La Obediencia a la Jerarquía es fruto del discernimiento espiritual. Primero hay que discernir los espíritus, después dar la Obediencia o negar la Obediencia.

Si no se hace esto, el alma queda en el engaño de los pensamientos de los hombres y toma todo como bueno, como verdadero.

El hombre, al nacer en pecado original, está en un mundo de mentira y no sabe ver la verdad. Le parece que todo es verdad, que todo es bueno.

Dios enseña al alma, en su corazón, a discernir lo bueno de lo malo, la verdad de la mentira.

Dios, después, en Su Iglesia quiere Sus Verdades, Sus Dogmas. Y, para eso está la Jerarquía para enseñar esas verdades, para luchar por esas verdades, para poner el camino para que esas verdades se obren en toda la Iglesia.

Discernir no es juzgar el pensamiento de alguien. Discernir es ver si ese pensamiento da la verdad o da la mentira. Y, una vez que se ve, entonces viene el juicio sobre ese pensamiento.

Un pensamiento es de Dios cuando no produce en el alma ninguna turbación, ningún temor, ninguna, duda, ningún miedo. Un pensamiento es del demonio cuando turba al alma con muchas cosas, cuando deja al alma intranquila y la dispone hacia el mal, hacia el error. Un pensamiento es del hombre cuando deja al alma indiferente, sin inclinarse ni hacia lo bueno ni hacia lo malo.

Por ejemplo, este pensamiento de Francisco: “No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio sexual o al uso de anticonceptivos”.

Este pensamiento deja al alma intranquila. En seguida le viene al alma una duda: ¿entonces, en qué hay que insistir en el aborto, en el matrimonio homosexual, en el uso de anticonceptivos? Esta duda es suficiente para decir ese pensamiento no es de Dios. El pensamiento de Dios es verdadero, no deja dudas, no deja interrogantes, no deja temores. Deja al alma en paz. El alma ha comprendido.

Ante este pensamiento, el alma quiere saber la forma de entender el aborto y lo demás. Francisco no lo explica y, entonces, viene el engaño. ¿Para que lanzas ese pensamiento y lo dejas en el aire, sin satisfacer las dudas, los temores que ese pensamiento trae?

Esta forma de hablar de Francisco es la propia de un espíritu diabólico. Así habla el demonio: lanza la mentira y , después, dice otra cosa verdadera. Y la mentira sigue ahí, pero no se explica. La mentira está para turbar, para inquietar al alma, para hacer que el alma se fije en esa mentira y piense algo sobre esa mentira y vea que esa mentira es buena, que de ella se puede sacar algo bueno.

Entonces, el que sigue la mentira, empieza a razonar: bueno, veamos el aborto, no ya como un pecado, sino como algo que hay que permitir por las situaciones de los hombres, por la crisis económica, porque se tuvo el hijo sin quererlo o por otras razones. Veamos el matrimonio homosexual como algo válido, -como la prostitución-, algo inevitable, algo del hombre, que el hombre, por más que luche no lo puede quitar. Permitamos que los homosexuales se casen, porque eso es lo que viven. Y como son buenas personas, como tienen buena voluntad, como buscan a Dios, entonces ya Dios se encarga de ellos. Veamos los anticonceptivos como una necesidad para el amor entre hombre y mujer. Lo importante es que el hombre y la mujer sean felices en el sexo sin preocuparse por el compromiso que trae el sexo.

Cuando se sigue el pensamiento del demonio, en seguida se llegan a ideas, verdades, razones, que son buenas, pero que no son la Verdad, que no pueden caber en la doctrina de Cristo.

Como las almas, los fieles de la Iglesia, no han aprendido a discernir los pensamientos de la Jerarquía, entonces ante las barbaridades que dice Francisco, las aceptan como si Francisco fuera un ángel enviado por Dios. Las aceptan sin más, como si estuviera diciendo la verdad, como si esa forma de expresarse fuera verdad.

Ante lo que dice Francisco, una persona que discierne, automáticamente se echa las manos a la cabeza, porque esa persona tiene un poder en la Iglesia y lo está usando mal, para el error, para la mentira, para engañar a las almas y a la Iglesia.

El que discierne no juzga. Sólo ve. Y cuando entiende lo que ve, entonces hace un juicio. El juicio que se hace es distinto al discernimiento. El discernimiento es siempre verdadero, pero el juicio puede fallar.

El que sabe discernir nunca se equivoca: “el espiritual todo lo discierne, más él de nadie es discernido” (1 Cor 2, 15). Nadie puede juzgar al que discierne, porque siempre se discierne la verdad, se está en la verdad. El discernimiento es sólo ver si ese pensamiento es bueno o es malo. No es juzgar el pensamiento. Y, para ver si es bueno, sólo hay que ver los efectos que produce en el alma.

Para ver los efectos que produce en el alma, hay que tener vida espiritual. Como las almas no tienen esa vida, como viven para sus pensamientos, apegadas a sus pensamientos, no son ni siquiera capaces de discernir los suyos, pues tampoco los de los demás.

La Iglesia tiene que enseñar a discernir los espíritus. Y nadie enseña eso. Francisco sólo enseña a dar dinero a los pobres, a que la gente luche por su vida humana, por sus ideales en la vida, por sus obras en la vida. Y eso no es hacer Iglesia. Eso es meter al demonio en la Iglesia.

Las almas se escandalizan porque en estos escritos se dicen muchas cosas fuertes sobre la Jerarquía de la Iglesia. Pero, para el que discierne, para el que ve la verdad, después no puede quedarse con los brazos cruzados. Porque todo discernimiento trae un juicio. Ese juicio es ponerse o con la persona que dice ese pensamiento o en contra de esa persona que dice ese pensamiento.

Y hay que elegir entre Francisco o contra Francisco. No se puede permanecer en una posición cómoda y pensar que Dios ya arreglará esto como Él quiera. Este es el pensamiento humano de muchos: la indiferencia, no hacer nada, seguir viviendo la vida como si nada pasara, sin dar importancia a lo que dice Francisco.

El que ve la Verdad, lucha por la Verdad, combate el error y da a las almas la Obra de la Verdad.

El que no ve la Verdad, se queda en su casa y vive su vida y piensa que no es para tanto. Que a él le enseñaron a respetar al Papa. Y no hay que meterse con él.

Hay que seguir respetando a las personas. Pero respetar es hablar la verdad y poner en claro la verdad. Y si hay un pecado, decirlo a las claras. Y decir el pecado no es una falta de respeto, es obrar el amor hacia esa persona. Porque amar es dar la verdad, obrar la verdad, enseñar la verdad.

Glosario

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