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Las herejías que nunca se quitan

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“También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.

¿Cómo ha ocurrido todo esto? Nos, os confiaremos nuestro pensamiento: ha habido un poder, un poder adverso. Digamos su nombre: el Demonio. Este misterioso ser, que está en la propia carta de San Pedro, —que estamos comentando— y al que se hace alusión tantas y cuantas veces en el Evangelio —en los labios de Cristo— vuelve la mención de este Enemigo del hombre. Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpiera en el himno de júbilo por tener de nuevo plena conciencia de sí misma”.(homilía de S.S. Paulo VI en Jun-29-1972)

El Concilio Vaticano II no pudo darse, como Dios quería, sólo por la acción del demonio.

Si no se pone la razón del desastre del Concilio Vaticano II en esta acción demoniáca, entonces no se comprende por qué los frutos del Concilio han sido para destruir toda la Tradición de la Iglesia y sus Dogmas.

A partir del Concilio Vaticano II, se vio una relajación por toda la vida de la Iglesia, se vinieron abajo siglos de tradición, de cosas que siempre habían servido y, en pocos años, se produjo una renovación que llevó al desastre que hoy contemplamos.

Por eso, no se comprende lo que dice Francisco sobre el Concilio:

“El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio. Los frutos son enormes. Basta recordar la liturgia. El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa. Sí, hay líneas de continuidad y de discontinuidad, pero una cosa es clara: la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible.” (Entrevista al Director de La Civiltà Cattolica)

El Papa Pablo VI es muy claro: el demonio impidió los frutos del Concilio. Francisco dice que los frutos son enormes. Y pone la eficacia de esos frutos en la relectura del Evangelio, que debe leerse a la luz de la cultura contemporánea.

He aquí la herejía de Francisco: el Evangelio tiene que leerse a la luz de la cultura contemporánea, es decir, a la luz del pensamiento de los hombres, de su ciencia, de su técnica, de sus logros humanos.

Este pensamiento de Francisco es el pensamiento de muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la Iglesia. Es un pensamiento herético, es decir, va en contra de la Fe en la Palabra de Dios.

La herejía niega una verdad que debe creerse porque así Dios lo ha revelado y así lo enseña la Iglesia en su Magisterio.

La verdad que hay que creer es que el Evangelio tiene que ser leído en la Luz del Espíritu Santo y, por tanto, debe ser comprendido en esa Luz. Y el Espíritu Santo da su Luz a Sus Santos, a Sus Pastores, a Sus Doctores, que le son fieles y, por tanto, para interpretar el Evangelio, hay que acudir a ellos, no a los hombres, no a la cultura del mundo, no a los tiempos de los hombres, no a la ciencia de los hombres, no al progreso de los hombres.

Son los santos y sólo los santos los que dan la verdadera interpretación del Evangelio. Son los Papas los que dan la verdadera interpretación del Evangelio, porque los asiste -en todo- el Espíritu Santo, y no pueden equivocarse en eso. Y, aunque el Papa sea pecador, si ha sido elegido por Dios, no se equivoca en el Magisterio de la Iglesia, cuando interpreta el Evangelio, que es la Palabra de Dios.

Esta es la Verdad que Francisco no sigue, porque sigue su pensamiento humano. Y, a continuación, enseña que -por esta relectura- ha venido a la Iglesia un movimiento de renovación. Es decir, que la renovación en la Iglesia la hacen los hombres, lo que piensan los hombres, no el Espíritu Santo. Es evidente la estupidez de Francisco.

Él está como Papa para dar un Evangelio leído a la luz del mundo, no del Espíritu Santo. Por eso, en sus homilías se descubren tantos errores, fruto de esta herejía, que, por supuesto, para muchos no es herejía, sino una forma de hablar, para que todos entiendan lo que se quiere decir, para agradar a los hombres en todo.

Francisco está negando un verdad, y pone su verdad. Como está en la Silla de Pedro, todo el mundo asiente a esa herejía. Nadie la ve como herejía. Francisco no dice que hay que leer el Evangelio en los Santos, en los Doctores que tiene la Iglesia, en los Papas que ha dado la Iglesia, en la Tradición de la Iglesia. Dice que hay que leer el Evangelio en las mentes de los hombres del mundo.

Y los hombres, viendo este error, sigue aplaudiendo a Francisco. Y no saben luchar por la verdad de la Iglesia.

La Verdad de la Iglesia es sencillísima. Hasta un niño la ve sin esfuerzo. Pero los hombres son soberbios, y les gusta la ambición de poder. Les gusta hablar palabras sabias ante el mundo, ante la Iglesia. Les gusta ser tenidos por gente importante, gente que sabe lo que dice.

Francisco no está diciendo nada nuevo en eso del Concilio Vaticano II. Es lo que se enseña en la Iglesia, en los Seminarios, en tantos talleres y clases de Evangelización. Se enseña una herejía. Pero nadie dice que es herejía.

Se enseña algo que va contra la Voluntad de Dios, porque la Palabra de Dios es para el corazón humilde, no para la mente soberbia. Sólo los humildes comprenden la Palabra de Dios y la obran en sus vidas. Los demás se dedican a interpretar esa Palabra y sólo son capaces de decir que los frutos han sido enormes. Cuando la realidad de la Iglesia, en la liturgia, en la Evangelización, es muy otra, totalmente contraria a un éxito, a un triunfo. Ya lo profetizaba Pablo VI: ha venido un día de nubes para la Iglesia. Nubes que permanecen, se diga lo que se diga, se crea lo que se crea. Pero la verdad no puede ser ocultada.

Hoy, en la Iglesia, ya nadie sabe lo que es el pecado, lo que es la virtud, lo que es la fe, lo que es la verdad, lo que es el bien. Y sólo por concebir el Evangelio según los hombres, según el pensamiento de los hombres, y no asimilarlo en la Luz del Espíritu.

La herejía produce siempre división en la Iglesia. Por eso, tiene que ser combatida desde el principio. Y, como no se ha hecho, y no se va a hacer, eso da lugar a la confusión en toda la Iglesia, porque ya no se sabe dónde está la verdad, ni qué cosa es la verdad.

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