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El principio del fin de la Iglesia

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La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Y eso significa que la Iglesia no es un conjunto de hombres, sino de almas que pertenecen a estados espirituales, como son el Cielo, el Purgatorio y la vida terrena.

La vida de la Tierra hay que verla como un estado del alma, no sólo como un lugar físico, natural, material, humano.

Si no se contempla así la Iglesia, entonces los hombres siempre hacen su iglesia, la que conciben con su pensamiento, pero no hacen la Iglesia del Espíritu, la que Dios ha concebido, desde toda la Eternidad, en Su Corazón Divino.

Dios es Espíritu. Y, por tanto, todo lo que crea es Espíritu, nace del Espíritu y se mueve en el Espíritu.

Dios no crea cosas materiales. La materia, los cuerpos, el Universo, nacen de la Obra del Espíritu. Lo material pertenece al Espíritu, no a la cosa material en sí.

Por eso, el hombre no es sólo algo humano, carnal, material, de sentidos, de vivencias palpables. El hombre tiene un espíritu, que nace del mismo Espíritu. El hombre tiende, por naturaleza, hacia el Espíritu, hacia la vida del Espíritu. Por eso, tiene un alma espiritual, se alimenta de cosas espirituales, desea lo espiritual.

El problema del hombre es que está metido en una carne, en algo material, que le empuja hacia la materia, que le impide volar hacia el Espíritu y, por eso, se le dificulta entender la Obra del Espíritu.

La Vida de la Iglesia es Espíritu, es la Vida del Espíritu, es la Obra del Espíritu. Y no es otra cosa. No es lo que los hombres piensan sobre Dios. Es lo que Dios obra en Sí Mismo.

Por eso, los hombres, durante siglos, han pretendido hacer la Iglesia que conciben en sus pensamientos humanos. Y no han luchado por hacer la Iglesia que está en el Corazón de Dios.

Pero Dios, sabiendo cómo es el hombre, se atreve a hacer una Iglesia en que el elemento humano es un lastre para la Vida de la Iglesia.

Lo humano complica siempre la sencillez de la vida espiritual. Y eso todos los santos lo han contemplado en sus vidas. El santo es llamado por Dios hacia algo espiritual, pero los hombres siempre han puesto su idea de la santidad, su idea de la vida espiritual, su idea de la Iglesia y, por eso, el Santo, para hacer una Obra Divina en la Iglesia, ha tenido que enfrentarse a tantos hombres de Iglesia que sólo buscan su pensamiento humano y llaman a ese pensamiento humano Voluntad de Dios.

Por eso, los hombres de la Iglesia han puesto su ídolo en la Iglesia: el que han concebido con su razón humana.

Es el ídolo de cómo debe ser la Iglesia, cuando un Papa renuncia a su Pontificado.

Es el ídolo de la razón humana, que trae sus consecuencias para toda la Iglesia.

Porque ese ídolo es presentar a la Iglesia un camino que Dios no quiere, que Dios no ha planeado para Su Iglesia.

Ese ídolo consiste en dar a la Iglesia una nueva Cabeza y llamarla Papa. Eso es lo que se ha hecho. Se ha puesto un falso Cristo, un falso Vicario de Cristo, una falso Profeta.

Eso ha sido el comienzo. Y eso no se va a quitar, porque los hombres no ven su pecado. Y, por más que se les diga su pecado, los hombres no van a atender a su pecado, sino que van a luchar para que su pecado sea aceptado por todos.

Eso es una verdad. No hay que hacerse ilusiones sobre ese falso Profeta, que ha sido puesto por los Enemigos de la Iglesia, sólo con el fin de acabar con la Iglesia, que Dios tiene en Su Corazón, y que nadie conoce, sino sólo Dios.

El principio del fin de la Iglesia ha sido puesto por los hombres, precisamente, en la Cabeza de la Iglesia.

Y será esa falsa cabeza de la Iglesia la que hará todo lo demás para que en la Iglesia se viva lo que Dios no quiere para Su Iglesia.

Por eso, los tiempos que vivimos no son como otros tiempos anteriores.

Ya la Virgen, por todas las partes del mundo, ha dado sus profecías. Y ha profetizado esto que estamos viviendo. Y es una realidad lo que vivimos. Y aquel que no quiera ver es sólo por su soberbia, por su mala voluntad, porque ama el pecado, no ama la Verdad de la Iglesia.

Las almas se han acostumbrado al pecado y ya no saben ver la Verdad. Tienen miedo de esta Verdad.

Porque las almas les cuesta la vida espiritual en la Iglesia. Y han hecho de sus vidas espirituales una rutina. Y ven la Iglesia en su rutina. Y no saben luchar por la Verdad de la Iglesia, porque no saben luchar por la verdad de sus almas.

El alma necesita la Verdad que nace del Espíritu. Los hombres no tienen necesidad de las verdades que nacen de los pensamientos de los hombres, porque esas verdades no llenan el corazón, no hacen vivir, no obran la Verdad que está en el corazón de cada uno.

El alma necesita contemplar la Verdad. Y la Verdad se la da el Espíritu de la Verdad, no el pensamiento de un hombre.

Pero esa Verdad que se contempla también asusta, porque el alma se refugia en su mente, en su vida, en sus obras y sólo lucha por lo suyo, pero no por la vida del Cielo.

Por eso, ante el pecado de la Jerarquía de la Iglesia, nadie se ha movido, nadie ha dicho nada. Todos han asentido a ese pecado y todos ven como algo bueno ese nuevo Papa, que Dios no ha elegido, que Dios no quiere, que no es un don de Dios a Su Iglesia y que sólo significa la ruina de la Iglesia.

Y las almas se han acomodado a ese pecado. Y han tomado ese pecado como bueno, como un valor. Y no se atreven a llamar a ese nuevo Papa con su nombre verdadero: falso Profeta.

Se tiene miedo del qué dirán los demás, qué pensarán los demás. En seguida viene el juicio y la condena contra aquel que se atreva a negar al nuevo Papa que los hombres se han inventado en la Iglesia.

Cuesta ver la Verdad y cuesta decir la Verdad. Y la Verdad no gusta a nadie. Y la Verdad son pocos los que la siguen, porque siempre la Verdad crucifica la mente del hombre, su vida, sus obras, sus deseos humanos. Y nadie quiere la Cruz, nadie quiere sufrir.

La Verdad es como Es. Y nadie puede ocultarla. Ni siquiera el consenso de toda la Jerarquía de la Iglesia, al reunirse para nombrar un nuevo Papa.

La Verdad es que no tenían que reunirse. Tenían que pedir a Dios Luz en esa situación. Y, entonces, el hombre cometió otro pecado. Y eso le llevó a poner su ídolo en la Iglesia.

Un ídolo que ya no van a quitar, porque nace de la soberbia humana. Y el soberbio no ve su soberbia, sino que se tiene por justo y santo en su soberbia.

A los hombres les cuesta ser sencillos y ser humildes. Y prefieren dar a los demás lo exterior de la humildad, mostrarse ante los demás que son humildes porque no poseen muchas riquezas o porque tienen un carácter que les hace humildes en lo exterior, en su trato con los demás. Pero a todos los hombres les cuesta someter su razón a la Verdad del Espíritu. Y no hay hombre que no sufra cuando tiene que dejar su forma de entender la vida, de entender la Iglesia, de entender la cosas divinas.

La Iglesia es del Espíritu, no de cualquier idiota que se llama a sí mismo Papa por no saber discernir lo que otros idiotas hicieron cuando lo nombraron Papa.

En este falso Profeta está también su pecado de soberbia, que lo ciega a su Trono, a la Silla de Pedro, y que va a querer hacer su iglesia, su forma de entender la salvación y la santidad de la Iglesia. Y, de esa manera, producirá el cisma en toda la Iglesia, porque no es la Cabeza que Dios quiere y, por tanto, no va a poder hacer la Unidad de la Iglesia.

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