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El falso Cristo y la falsa Iglesia

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El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

fatimaVBN

“En este período histórico, la masonería, ayudada por la eclesiástica, logrará su gran objetivo: construir un ídolo para ponerlo en lugar de Cristo y de Su Iglesia. Una falso Cristo y una falsa Iglesia” (La Virgen al P. Gobbi, Milán, 17 de junio de 1989. El número de la bestia: 666)

La Verdad de la Iglesia sólo está en el Espíritu de Cristo.

Fue Jesús quien fundó Su Iglesia. Y fue Jesús el que dió Su Espíritu a Su Iglesia.

La Iglesia de Jesús se funda sólo en el Espíritu de Cristo, que es el Espíritu que procede del Padre y del Hijo. Y, por tanto, la Iglesia es la Obra del Espíritu de Cristo. Y hay que ser Iglesia y hacer la Iglesia que el Espíritu de Cristo quiere.

La Iglesia no es sólo la terrenal, sino que es la celestial y la del purgatorio.

En la Iglesia celestial y en la Iglesia del purgatorio no existe una Cabeza visible, que sea Vicaria de Cristo.

El Papa, que es la Cabeza visible de la Iglesia en la tierra, es sólo para los hombres, no para las almas del Purgatorio ni para las almas que están en el Cielo.

Los hombres son hombres y necesitan ver algo humano en la Iglesia. No saben ser espirituales, no ven el Espíritu. Y, por tanto, Dios les da una Cabeza Visible que les guíe en su vida por la Iglesia.

La Cabeza de la Iglesia es Cristo. Y la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, que está integrado por las almas que todavía viven en la tierra, por las almas que se purgan en el Purgatorio y por las almas que ven a Dios en el Cielo.

El Papa debe estar unido a Cristo para ser Cabeza visible de la Iglesia en la tierra. Esa unión es por Su Elección Divina al Pontificado. Es decir, esa unión es un Don Divino que Dios da al alma del Papa para que pueda regir la Iglesia según el Espíritu de Cristo.

En consecuencia, no es cualquier don y no es para cualquier alma. Es para ese alma que Dios ha elegido y no es para ninguna otra alma. Por eso, en el Papa está el don de la infabilidad: cuando el Papa enseña en la Iglesia nunca se equivoca, siempre da lo correcto.

Pero debe enseñar las cosas divinas, espirituales, no las cosas humanas, naturales, científicas, etc. Porque la Iglesia es para el Cielo, no es para la Tierra. Y, por tanto, la Iglesia tiene que enseñar cómo ir al Cielo. No tiene que enseñar cómo vivir en la la tierra. La Iglesia no tiene que acomodarse al mundo, a las modas del mundo, a los tiempos de los hombres, a los pensamientos de los hombres. Son los hombres los que tienen que acomodarse a la doctrina de Cristo y dejar sus modas, sus tiempos, sus preceptos, sus reglas, sus vidas, sus razones, sus filosofías, su ciencia, sus obras humanas, porque todo eso no sirve para ir al Cielo.

Los Papas se han equivocado mucho en su Pontificado porque no han seguido al Espíritu de Cristo y, por tanto, han querido enseñar otras cosas que no sirven para hacer la Iglesia y que no ayudan para alcanzar el objetivo que la Iglesia tiene, que es llevar a las almas al Cielo.

Y, desde hace más de un siglo, la Iglesia sufre en el Papado el desastre de muchas almas que son llamadas por Dios a esa elección divina de ser Papa, de ser Vicario de Cristo en la Tierra y, por no tener vida espiritual, por no creer en el Espíritu de Cristo, por querer hacer de la Iglesia un precepto humano, una regla humana, una conquista humana, como lo hicieron los saduceos y los fariseos en el tiempo de Jesús, han llevado a la Iglesia a la oscuridad de la Fe, en la que nadie vive de Fe, sino que todos usan sus razones humanas, sus filosofías, su teología, su ciencia, etc., para resolver cuestiones espirituales por caminos humanos, científicos, filosóficos que la razón trae al hombre.

Por eso, muchos sacerdotes, Obispos, Cardenales, Papas, no tienen fe, no creen en el Espíritu de Cristo. Creen en sus teologías, en sus filosofías, en sus preceptos eclesiásticos, en sus ciencia, en sus psicologías, en sus psiquiatrías, y así obran en la Iglesia: con su razón, pero no por FE.

La fe no es el invento de la razón de los hombres, de la ciencia de los hombres, de la filosofía de los hombres. Y, por tanto, la vida espiritual no está en la cabeza de ningún hombre. La fe es un don divino dado al corazón del hombre para que el hombre pueda salvarse y santificarse. Y la vida espiritual es para salvarse y santificarse, no para llenarse de conocimientos varios sobre Dios y sobre el mundo.

Es un don que requiere despojarse de la razón humana. Porque lo que encuentra la razón en su camino sólo sirve para lo natural de la vida, para lo humano de la vida, para lo material de la vida, para lo carnal de la vida, pero no para la vida espiritual.

La vida espiritual es seguir al Espíritu de Cristo. No es seguir lo que encuentra la razón. Y esta es la dificultad de la Iglesia y de los hombres.

Ni la Iglesia ni los hombres saben tener vida espiritual y llaman vida espiritual a cualquier cosa: a un rato de oración, a un ayuno, a un apostolado, a lo que sea que ellos hagan por Dios.

Y si no se sigue al Espíritu, el alma no aprende la vida espiritual. Sólo hace -en esa vida espiritual- lo que entiende con su cabeza. Y eso es sólo una vida humana, una vida racional, pero no vida espiritual.

Por eso, es difícil ser Iglesia, porque no basta con recibir un Bautismo, no basta con comulgar, no basta con casarse por la Iglesia. Hay que vivir siguiendo al Espíritu en el Bautismo, en la Eucaristía, en el Matrimonio, etc. Si no se sigue al Espíritu, entonces se está bautizado pero no se es hijo de Dios. Se comulga, pero no se obra el Amor que Dios da en la Eucaristía. Se casa pero el matrimonio sólo sirve para un fin humano, pero no tiene un objetivo divino, una obra divina que sólo el Espíritu da.

No es fácil ser Iglesia y no es fácil hacer la Iglesia que el Espíritu quiere. Eso se ven en tantos siglos de Iglesia, en donde siempre está la lucha entre lo humano y lo espiritual.

Hoy día el hombre hace su iglesia. Y, por eso, hay más de cuarental mil sectas e iglesias que dicen seguir a Cristo. Porque el hombre nunca acaba de entender lo que es la fe. No sabe someterse a la Fe que da Dios al corazón. Dios revela Su Vida Divina. Y esa Vida Divina hay que aceptarla como Dios la revela. Y eso es la Fe.

Y al hombre le gusta poner sus ideas en la Revelación de Dios, y así se aleja de la Fe y empieza a obrar según su razón humana.

La razón humana sólo sirve para buscar un camino entre los hombres para obrar la Fe, para obrar lo que Dios pone en el corazón. Eso es todo en la razón humana.

Pero los hombres se aferran a sus razones, a sus ideales en la vida, a su estilo de ver la vida, a sus filosofías y complican la vida de la Iglesia y su misma vida humana, por seguir los dictados de su razón, y alejar de sí lo que Dios pone en el corazón. Los hombres se ciegan en sus razones de la vida. Eso es la soberbia.

Fe y razón sólo sirven juntas cuando la razón se somete a la Fe. Cuando la razón no quiere imponer su camino, su idea a la Fe. Si el hombre no se somete a la Mente de Cristo, entonces hace un falso Cristo y una falsa Iglesia con su razón humana.

Y es lo que vemos en todas partes. Es lo que se ve en la Iglesia que Cristo ha fundado: la obra de la razón, pero no la obra de la Fe.

Y si no se sabe discernir estas cosas en la Iglesia, entonces la Iglesia se concibe para los hombres y se hace una Iglesia que no lleva al Cielo, sino que pone todo su énfasis en agradar los pensamientos de los hombres, sus vidas, sus obras, sus objetivos humanos.

Hoy la Iglesia sólo se preocupa de buscar dinero, de hacer dinero, de parecerse a los hombres que tienen el poder y la economía en el mundo, y así formar una Iglesia que sirva para el mundo, que sirva para hacer negocios, que cree un paraíso en la tierra, que dé una felicidad a los hombres en lo material de la vida.

Éste es el objetivo de la falsa Iglesia, que ya ha puesto en la Cabeza un falso Pastor, alguien que se cree con derecho de derribar todo lo Santo que tiene la Iglesia y de hacer la Iglesia que su pensamiento concibe, y no la Iglesia que el Espíritu quiere.

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