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Benedicto XVI se bajó de la Cruz

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El camino de la Iglesia es el camino del Crucificado. Y no hay otro camino para el que quiera servir a Dios en este mundo.

El camino de la Cruz es una vivencia espiritual, es una vida íntima con Cristo, es penetrar en el Corazón de Jesús para transformarse en lo que Él es en Dios.

El camino de la Cruz no se puede andar sin la renuncia a todo lo humano, a todo lo natural, a todo lo material, a todo lo que contempla el hombre con su mente y voluntad humanas.

Es un camino difícil, porque supone estar desprendido de todas las cosas a las cuales el hombre se aferra por ser hombre.

El camino de la Cruz no es comprendido por la mayoría de los hombres porque supone mucho sacrifico espiritual y humano de la vida. Supone una vida entregada a discernir la Voluntad de Dios en todas las cosas. Supone estar en la Presencia de Dios continuamente, buscando y anhelando lo que Dios busca y anhela.

La Iglesia, si no mira al Crucificado, si no abraza a Cristo Crucificado, si no besa las Llagas del Crucificado, si no sabe amar el Dolor del Crucificado, entonces es una Iglesia que sólo mira lo humano, lo terreno, lo material, lo carnal. Y no sabe hacer otra cosa que pensar y obrar para lo humano.

Y, entonces, se produce el caos en la Iglesia, porque la Iglesia es la Obra del Espíritu, no es la obra de ningún hombre, de ningún sacerdote, de ningún Obispo, de ningún Cardenal, de ningún Papa.

La Iglesia es lo que quiere el Espíritu, no lo que quieren los hombres.

Los hombres no saben querer el bien divino. Sólo persiguen sus bienes humanos y sólo se contentan con sus obras humanas.

Dios quiere una Iglesia Divina y eso cuesta horrores hacerla, porque los hombres tienen que renunciar a todo planteamiento humano de sus vidas y de la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI se bajó de la Cruz de Cristo porque tuvo miedo de los hombres. No supo luchar por Cristo. No supo ver los Dolores de Cristo por Su Iglesia. No miró la Misericordia del Señor que entregó su vida por toda la Iglesia.

Y el Señor hizo al Papa Benedicto XVI semejante a Cristo en la Elección al Papado. Pero el alma del Papa no supo caminar hacia Cristo, hacia ese Llamado y abandonó a Cristo en la Cruz, y se fue a vivir su pecado, retirado de la Iglesia, como si ya hubiera hecho lo que Dios le pedía.

Y, como Cristo, que dio su vida hasta el extremo, así le pedía al alma de Benedicto XVI, dar su vida por la Iglesia, hasta el extremo, hasta el final de sus días. Y es lo que no hizo Benedicto XVI, porque no supo escuchar la Voz de Dios en su corazón y prefirió escuchar otras voces que, con prisas, le amonestaban para dejar la Voluntad de Dios.

Benedcito XVI se bajó de la Cruz y huyó del Cuerpo Místico de Cristo, dejándolo abandonado, en las manos de los lobos.

Dejó al rebaño desprotegido de la Luz del Señor. Dejó que los hombres hicieran en la Iglesia lo que sus mentes pedían. No supo luchar por su Papado. No supo luchar por el Cuerpo Místico de Cristo, porque no supo luchar por Cristo, por la Mente de Cristo, sino sólo por su mente humana.

Se inclinó hacia su juicio humano y dio oídos a lo que en su cabeza pasaba y asintió con el pecado. No escuchó en su corazón la Voz del Amor, porque se cerró al Amor.

Y ahora vive en su pecado. Sigue siendo el Papa, pero un Papa que no sirve para la Iglesia, que no sirve para Cristo, porque no quiere dejar su pecado.

A él se le debe la obediencia, pero no se la puede dar porque vive en su pecado y no atiende a su pecado. Vive feliz de lo que ha hecho y no contempla el mal que ha hecho en la Iglesia, de la cual él es la Cabeza.

Y, entonces, deja a la Iglesia sin Cabeza. Y con una cabeza que no es Cabeza, sino un falso Profeta, uno que han elegido los hombres en su locura y que lo aplauden porque da a los hombres y a la Iglesia lo que ellos quieren en sus mentes soberbias.

Y, entonces, ante esta situación, la Iglesia tiene que preguntarse: ¿qué se hace en estos momentos cuando el Papa no guía a la Iglesia?

¿A quién se obedece, porque es claro que no puede darse la obediencia a un falso Profeta ni al Papa que vive en su pecado?

Los fieles de la Iglesia tienen que obedecer a sus Pastores, pero es claro que no a cualquier Pastor. Porque si esos Pastores dan su obediencia a un falso Profeta, no se pueden seguir. Hay que obedecer a los Pastores que saben vivir de la Fe en Cristo, que saben luchar por la Verdad de la Iglesia, que no hacen nada sin el ámparo del Espíritu de la Iglesia.

La Iglesia, ahora más que nunca, necesita del Espíritu. Ya no necesita de cabezas que no quieren creer, que no quieren crucificarse con Cristo, que pretenden tergiversar la doctrina de Cristo y hacerla un invento del pensamiento del hombre.

Ahora mismo, en la Iglesia no se puede obedecer a nadie, sino sólo a aquellos Pastores que ven la realidad de la Iglesia y que no temen lo que los hombres digan u obren en la Iglesia.

Por eso, se espera, a partir de ahora, una división en la propia Iglesia. Sacerdotes que se enfrentan con sacerdotes, Obispos contra Obispos, Cardenales contra Cardenales, fieles contra fieles, porque o se está con el falso Profeta o se está con el verdadero Papa, que sigue siendo la Cabeza de la Iglesia, aunque, en la práctica sea inútil para la vida de la Iglesia.

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