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El Trono de Dios en la Tierra es la Cabeza de la Iglesia. A través de Ella, Dios guía a la Iglesia y al mundo.

La Cabeza de la Iglesia no es sólo el Papa, sino también los Obispos unidos al Papa, que obedecen los mandatos del Papa sobre la Iglesia.

El Trono de Dios en la Tierra es codiciado por todos los hombres y por el demonio, porque da poder al hombre.

Pero el poder del Trono de Dios no viene de los hombres, ni de la Iglesia, ni de cualquier hombre en el mundo. Lo da Dios al Papa que Él elige en Su Espíritu.

Por tanto, todo aquel que quiera ponerse en el Trono de Dios sin ser elegido por el Espíritu, tendrá el Trono, pero no el Poder.

“…si primero no viniere la Apostasía y se manifestare el hombre del pecado, el hijo de la perdición, el que hace frente y se levanta contra todo el que se llama Dios o tiene carácter religioso, hasta llegar a invadir el Santuario de Dios y poner en Él su trono…” (2 Tes 2, 3-4).

Con la renuncia de Benedicto XVI al Pontificado, el Trono de Dios en la Tierra pertenece al demonio.

El demonio tiene ahora el Trono de Dios, pero no tiene el Poder que da ese Trono.

Esta es una verdad irrefutable. Y ahí se ve el comienzo de la Apostasía.

Porque el Trono de Dios da poder humano al hombre y, por tanto, es útil para hacer lo que el hombre quiere en el mundo y en la Iglesia.

El Trono de Dios es lo que da Unidad a la Iglesia. En conssecuencia, si el Espíritu deja la Cabeza de la Iglesia, entonces la misma Iglesia se destruye a sí misma, empezando por la Cabeza.

Los males que vienen a la Iglesia por el pecado de Bendicto XVI son espantosos, porque supone que la Iglesia se va a dividir por Ella misma, ya que la Cabeza no pertenece a Dios, sino al demonio.

Cuando la Cabeza de la Iglesia no pertence a Dios, entonces todo el que se sienta en el Trono es instrumento del demonio, no de Dios. Está ahí sólo para ser llevado por el demonio hacia lo que él quiere en la Iglesia.

Por eso, es de esperar muchos hombres en esa Cabeza, hasta conseguir el hombre que quiere el demonio, el hombre del pecado, el hijo de la perdición.

Quien está ahora es sólo un primer falso Profeta que usa el demonio para llevar a la Iglesia hacia su plan demoniáco. Dios no puede asistir a esa Cabeza en su Espíritu. Dios puede guiar el alma de ese alma sacerdotal para que vea su error y quite su error de en medio de la Iglesia.

Por eso, no hay que seguir a esa Cabeza que está puesta en la Iglesia, porque ya no sirve para dar la Voluntad de Dios. Y, aunque diga cosas buenas, eso ya no importa, porque en esas cosas buenas que puede decir ya no es suficiente para discernir la Voluntad de Dios, al no ser asistido por el Espíritu. Hay que rezar por el alma que está ahora sentada en el Trono de Dios para que comprenda la verdad de la Iglesia y dé esa verdad a toda la Iglesia.

Las cosas no son como las quiere el hombre, sino como las pone Dios.

Y Dios, al fundar Su Iglesia, lo hace en el Espíritu, no en el pensamiento de ningún hombre. Y, por eso, es el Espíritu el que obra en la Iglesia. No es un hombre, no es la razón de ningún hombre por más Teología que haya estudiado y por más consagración divina que tenga en su alma.

La Iglesia no la constituye ningún fiel, ningún sacerdote, ningún Obispo. La Iglesia es del Espíritu. Y es el Espíritu el que se encarga de dar las almas a la Iglesia para que hagan la Iglesia que el Espíritu quiere.

Por eso, no se es Iglesia porque se haya recibido un Bautismo, sino porque se sigue en todo al Espíritu de la Iglesia.

Y la Cabeza de la Iglesia es Cabeza porque sigue en todo el pensamiento del Espíritu, que es el Pensamiento de Dios sobre la Iglesia. Y cuando la Cabeza de la Iglesia deja de seguir al Espíritu, por eso, siempre cae en el pecado y en la mentira de su razón humana.

Y cuando la Cabeza de la Iglesia teme los pensamientos de los hombres, entonces cae en el respeto humano y ya no es capaz de luchar por el Pensamiento Divino sobre la Iglesia, que es lo que le pasó al Papa Benedicto XVI. Y, por eso, pecó en la Cabeza. Y ese pecado pasa a toda la Iglesia y lo vive toda la Iglesia con todas sus consecuencias.

El demonio tiene ahora el Trono de Dios, pero no Su Poder. El Poder todavía está en el Papa Benedicto XVI, que cobarde, huyó de la Iglesia para refugiarse en su pecado.

Dios tiene que iluminarle en su pecado, para que salga de él y pueda, antes de morir, reparar lo que el demonio va a hacer en la Iglesia.

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