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Una Iglesia sin Espíritu

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Estamos asistiendo a la decadencia de la Iglesia en todos sus miembros.

Decadencia, porque nadie vive el Espíritu de la Iglesia. Todos van tras la sensación del pensamiento humano y obran, en la Iglesia, siguiendo ese pensamiento. No siguen al Espíritu, porque se ha apagado la lámpara del Espíritu en la Iglesia.

Es triste ver una Iglesia de esta manera: persiguiendo la ciencia humana, la filosofía humana, las obras de los hombres. Y ya nadie en la Iglesia da el Espíritu, porque no saben ver el Espíritu.

El hombre se ha acomodado a su limitada razón humana y contempla todo lo divino desde su idea de Dios. No contempla a Dios en Dios, en el Pensamientos de Dios, sino en el pensamiento humano. Un pensamiento que siempre va a errar, porque el hombre no posee la verdad en sí mismo. La verdad la tiene que buscar en Dios y someter su pensamiento humano a la verdad que está en Dios.

Y es, precisamente, lo que el hombre, en la Iglesia, ya no hace: ya no se somete a Dios, sino que intenta por todos los medios humanos hacer una Iglesia según la concibe el hombre y según la perspectiva del hombre en la razón humana.

Por eso, en la Iglesia se ven tantas cosas que no pertenecen a Dios que ya nadie clama sobre esas cosas, sino todos están pendientes de los suyo humano y de cómo negociar en la Iglesia con las cosas divinas.

decadencia

El mundo es del demonio, no de Dios. Y, por tanto, para seguir a Dios hay que batallar contra el demonio. Y es lo que no hace la Iglesia. Está preocupada por multitud de caminos humanos, de problemas humanos, de cicunstancias humanas, que no sabe ver el camino espíritual y no sabe guiar a las almas hacia lo espiritual, rebajando lo divino a todo el obrar humano.

Es una Iglesia donde no hay una Cabeza espiritual, porque está dedicada a los asuntos de los hombres, pero no pone su atención en los asuntos espirituales.

Una Cabeza que sólo quiere agradar a los hombres y que éstos le tomen como una buena persona, como alguien que se preocupa del mundo y de los hombres, que está en los problemas de los demás, pero que, en realidad, no sabe guiar al hombre hacia Dios.

Una Cabeza que cree que está en ese puesto porque es alguien que Dios lo ha elegido y, por tanto, cree poder tener el poder para hacer lo que quiera en la Iglesia.

Una Cabeza que no sabe hacer oración y que sus palabras están vacías de la verdad de Dios.

Una Cabeza que sigue su pensamiento humano y sus obras humanas y da el valor a su vida desde su pensamientos humano.

crucificado

De esta manera, esa Cabeza guía a la Iglesia hacia la decadencia del Espíritu, en el que el hombre es lo importante en la vida. Dios queda sólo a un lado. Su Vida Divina, Sus Obras Divinas, Sus tesoros Divinos, quedan oscurecidos y sofocados por el pensamiento del hombre y su obra de cara al mundo y a los hombres.

¿Y qué se puede hacer con esta Iglesia que ya no marca el rumbo del Espíritu? Hay que seguir en la Iglesia, pero sólo obedeciendo al Espíritu, que habla a cada corazón y le muestra el camino de la verdad en su vida.

Ya no es tiempo de dar la obediencia a Cabezas que no saben ser espirituales, sino que se muestran muy humanas y viven para un fin humano, olvidando el fin divino para el cual han sido creadas y llamadas.

Es inútil seguir a los hombres que se empeñan en ver la vida desde su ciencia y filosofía humanas. Es perder el tiempo discutir con personas que, por su vocación, deberían saber del Espíritu y que, sólo, saben hablar de sus cosas e intereses humanos.

Hay que seguir en esta Iglesia que no sirve para nada, porque los hombres han inutilizado el valor de la Iglesia. Pero hay que formar la Iglesia que quiere el Espíritu, dejando a los hombres que continúen en su pensamiento humano y que pierdan su tiempo haciendo la Iglesia un conjunto de hombres, de intereses humanos que sólo llevan a la condenación de las almas.

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