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    Francisco no cree en la Resurrección


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    Francisco es un hombre si fe. No cree en la Resurrección de Jesús. Sólo lean su homilía de la Vigilia Pascual y se darán cuenta que habla de sus cosas, de su idea, pero no de Jesús Resucitado.

    Un hombre que no sabe centrar el tema de la fe, sino que va contando una historia sobre lo que sucedió ese día, para finalizar diciendo nada sobre la Vida que Jesús ha dado al hombre venciendo a la muerte.

    Las mujeres ven a Jesús y creen. Y, con esa fe, van a los Apóstoles, que no creen. En la fe de las mujeres, los Apóstoles vuelven a creer, vuelven a despertar a la fe. Porque la fe entra por el oído: «¿Cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica?» (Rm 10, 14b). Las mujeres anunciaron a Cristo Resucitado, y los Apóstoles creyeron la Palabra de Dios en las mujeres.

    «No todos obedecen al Evangelio» (Rm 10, 16), por la soberbia que inunda sus mentes. Santo Tomás se cerró a la Palabra de la fe. No creyó hasta que no vio, hasta que su inteligencia humana tuvo una señal.

    Muchos buscan señales para creer y, mientras tanto, viven su vida humana sin fe. Y es la fe lo único que salva al hombre. Y quien no tenga fe no encuentra la verdad de su vida, el sentido de su vida. Sólo se dedica a vivir su humanidad.

    Francisco, en su homilía, sólo se centra en su sentimentalismo: “«Non tengáis miedo», «no temáis»: es una voz que anima a abrir el corazón para recibir este mensaje»”. (Francisco, 19 de abril 2014). Pero no se centra en la verdad: Cristo ha resucitado.

    Cuando el ángel aparece a las mujeres, su mensaje es claro: «No está aquí, ha resucitado según predijo» (Mt 28, 6). Ya el Señor había dado la fe: «Pero después de Resucitado os precederé a Galilea» (Mt 26, 32).

    Las mujeres creen al ángel, que sólo da la misma Palabra del Verbo. Sólo la recuerda. No dice nada nuevo. Porque la Verdad no es novedad. La verdad es siempre la misma. La Verdad no cambia, no puede cambiar, no entiende de evoluciones de la mente, de la ciencia, de la técnica. No es el hombre el que llega a la Verdad con su razonamiento humano. Es la Verdad la que se revela al hombre.» Sólo es necesario un hombre sencillo, humilde, obediente, que acepte en su corazón esa palabra de la Verdad.

    Las mujeres creen la Verdad que el ángel les revela. Y, porque creen, tienen el premio a su fe: «Jesús les salió al encuentro, diciéndoles: Dios os salve» (Mt 28, 9). El saludo de Jesús a las mujeres es el inicio del nuevo camino que Jesús da al alma que cree. Dios engrandece a los humildes de corazón, que se abren a la enseñanza del Espíritu.

    Es el premio al dolor de las mujeres: Jesús las levanta de su dolor. Ellas fueron fieles al Dolor de Cristo. Ellas se unieron al Dolor de Cristo. Ellas murieron con Cristo en la Cruz. Necesitan el alivio del Amor, el consuelo del Amor, para purificarlas de ese sufrimiento espiritual que pasaron con Cristo.

    Jesús se aparece con un cuerpo glorioso. Ya no es el cuerpo mortal. Es otro cuerpo: revestido de Gloria Divina.

    Jesús se aparece como Él es en Su Vida Divina. Y se muestra en un mundo dominado por el pecado y la maldad de los hombres. Se revela a unas mujeres que siempre han creído en Él, aun en los momentos de Pasión, de sufrimiento, de muerte. En el mayor Dolor de Cristo, las mujeres seguían creyendo en Él. No lo abandonaron en el Dolor, en la muerte. Los Apóstoles sí lo hicieron, menos uno: San Juan. Y es San Juan el que primero cree al entrar en el sepulcro vacío: «Entonces entró también el otro discípulo que vino primero al monumento, y vio y creyó» (Jn 20, 8).

    San Juan no vio y pensó en el sepulcro vacío, en las fajas, en el sudario. Sólo vio y creyó. Creer no es pensar en Jesús. Creer no es hacer un recuerdo de la vida de Jesús. Creer no es hacer una memoria de la vida de Jesús. No es obrar una memoria. Es unirse a Jesús en Su Palabra.

    Francisco niega la fe en la Resurrección: “Volver a Galilea quiere decir releer todo a partir de la cruz y de la victoria; sin miedo, «no temáis». Releer todo: la predicación, los milagros, la nueva comunidad, los entusiasmos y las defecciones, hasta la traición; releer todo a partir del final, que es un nuevo comienzo, de este acto supremo de amor”. Aquí está toda su herejía: releer.

    El Señor anunció a Sus Apóstoles que los iba a preceder a Galilea, porque allí, más tranquilamente que en Judea, donde se había hecho la Pasión, podía completar su instrucción después de la Resurrección.

    El Señor, en la Resurrección, enseña a Sus Apóstoles cómo tienen que hacer Su Iglesia. Para eso son los 40 días antes de Su Ascensión. Por tanto, no se relee nada, sino que se aprende la Verdad del Resucitado.

    No hay que releer la Cruz. No hay que ir al final para dar un nuevo comienzo. No hay que memorizar lo que Jesús predicó. No hay que atender con la mente a los milagros de Jesús. No hay que fijarse en la vida común con Jesús. Porque la fe no es una memoria del pasado para iniciar, en el presente, algo nuevo.

    La fe es el presente que nunca cambia, es la Verdad que nunca cambia, es el ser que nunca cambia.

    Jesús enseña a Sus Apóstoles a vivir la fe. A vivir todo eso, que antes de su muerte les ha enseñado, pero que no podían ponerlo en práctica porque Él no había resucitado.

    Para obrar las enseñanzas de Jesús hay que morir y resucitar con Cristo. Para obrar las enseñanzas de Jesús no hay que recordar la vida de Jesús. No hay que ir a la Cruz y ponerse a meditar miles de cosas. No hay que coger el Evangelio y dar variadas interpretaciones a lo que se lee, poniendo la mente, la ciencia, la cultura, la técnica, la filosofía, la psicología, y tantas cosas que no sirven para nada.

    Hoy los sacerdotes son psicólogos, filósofos, comunistas, liberales, masónicos, psiquiatras, pero no creen. No saben vivir la fe. No saben obrar la fe. No saben tener fe. Sólo saben pensar, meditar, recordar, analizar, sintetizar. Cosas propias del intelecto humano. Pero la fe es una cuestión del corazón, no de la inteligencia humana.

    Se cree con el corazón; se piensa con la mente. El problema está en saber vivir con el corazón. El problema no está en saber pensar el Evangelio. Todos piensan y todos se equivocan. El pensamiento del hombre es la complicación de su vida. Si quieren ver en qué lío se ha metido un hombre, vean sus pensamientos, analícenlos, y descubrirán su lío de la vida.

    El hombre humilde de corazón vive su fe sin analizar nada, sin recordar nada, sin ir atrás, al pasado, para inventarse un presente y un futuro. El hombre de fe no se inventa su fe, no crea su fe. Sólo vive lo que Dios le pone en su corazón. Sólo obra eso. Y, cuando lo obra, el hombre de fe entiende con su razón muchas cosas que no sabía antes.

    Quien no tiene fe vive encerrado en sus ideas humanas. Y, al final de su vida, lo único que ha hecho ha sido dar culto a su mente humana. Pero no ha vivido de fe. No sabe obrar la fe. No sabe ser sencillo de corazón. Es lo que le pasa a Francisco. Tiene que inventarse tantas cosas en la Iglesia, tiene que aparentar ser pobre, ser humilde, ser amable, porque su fe se la ha inventado él con su razón.

    Es muy fácil inventarse una religión, una iglesia, un sacerdocio. Facilísimo. Pon en marcha tu mente. Y coge de aquí, de allí, lo unes todo y sale tu iglesia, tu religión, tu sacerdocio. En el mundo hay cuarenta mil sectas sólo por la mente humana. Porque los hombres trabajan con sus inteligencias humanas para complicarse la vida y complicarla a los demás.

    La fe es muy sencilla: es dejarse enseñar por la Palabra de Dios. Es lo que hicieron las mujeres. Se dejaron guiar por Dios. Y Dios les iba mostrando el camino de la vida. No hay que inventarse el camino, como lo hace Francisco: “Hoy, en esta noche, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Cuál es mi Galilea? Se trata de hacer memoria, regresar con el recuerdo. ¿Dónde está mi Galilea? ¿La recuerdo? ¿La he olvidado? Búscala y la encontrarás”.

    “Se trata de hacer memoria”: eso es todo para Francisco. Se trata de pensar, de meditar, de recordar, de sentir la mirada de Jesús, la presencia que tuve en un Sagrario, el sentimiento de una predicación, las palabras bellas que uno me dijo… Tantas tonterías para no enseñar la Verdad.

    “Regresar con el recuerdo”: esto es lo típico de la filosofía hegeliana y kantiana. Es un dar vueltas a la mente, para ver, para recordar, para atender a un detalle que se pasó por alto. Es un dar vueltas con la mente: eso tiene un nombre en la Sagrada Escritura: ser idiota. «Y vi que la sabiduría sobrepuja a la idiotez (= ignorancia) cuanto la luz a las tinieblas» (Ecl 2,13).

    El término griego ἰδιώτης (idiótes) significa ignorante, el que está en sus asuntos privados, particulares, personales. El que da vueltas a su vida, a su mente humana, a sus obras humanas. El que sólo sabe hablar de sus cosas, de su vida, de sus ideales, de sus vivencias. Son hombres vulgares, corrientes, incultos: «Viendo la libertad de Pedro y Juan, y considerando que eran hombres sin letras e idiotas (= plebeyos)» (Hch 4, 13).

    Esto es Francisco: un idiota. Un hombre vulgar, un hombre de la calle, que vive su vida y que la muestra a todos como la mejor de todas. Es el santo moderno, que a todo el mundo le gusta porque habla lo que cada uno quiere escuchar. Esta es la idiotez. Por eso, Francisco, se junta con los mediocres, con los vulgares, con la gente del pueblo que vive su vida sin más ilusión que lo que encuentra con su mente humana. Es un hombre de mundo, profano, que le gusta la vida social. Le gusta estar en el Facebook, en el twitter. Le gusta poner mensajitos todo el día. Es un hombre hablador, charlatán, sin vida interior. Es un hombre para la vida de la calle. Pero no es un hombre para la Iglesia, para el sacerdocio, para la vida del Cielo.

    Francisco se ha inventado su fe. Y es lo que predica todos los días. Por eso, no sabe decir una Verdad bien dicha, porque vive en su idiotez, en su ignorancia de Dios, de la Verdad Absoluta, de la Vida Divina, del Amor Divino.

    Esto que predica Francisco lo ha enseñado ya en su Carta Encíclica Lumen Fidei, que es una herejía y que nadie la ha contemplado. Esto no es nuevo. Francisco desbarató los apuntes del Papa Benedicto XVI para engendrar su bazofia, su primera basura en la Iglesia. Ahí da a conocer su fe fundante: la de que se funda en la memoria para obrar una espiritualidad, una religión, una iglesia. Es el culto a la razón humana. Francisco endiosa al hombre.

    Ver entrada La memoria fundante de Francisco

    La obra demoníaca de Francisco en el lavatorio de los pies


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    «Ay cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros, porque así hicieron sus padres con los falsos profetas» (Lc 6, 26).

    Muchos no han comprendido la obra de Francisco en la Iglesia y, por eso, no saben atacarlo como falso Profeta, como anticristo, como uno que ha desfigurado y anulado la doctrina de Cristo.

    Muchos no saben ver las obras de Francisco como herejía y como cisma, sino que las ven como un hombre que hace el bien en la Iglesia.

    Muchos no atienden a las palabras de Francisco como fuente de división en la Iglesia, sino como una nueva primavera de amor y de unidad.

    Francisco nunca ha querido en la Iglesia poner la caridad, la benevolencia y la humildad de Jesús, sino que todo su plan es poner lo que él piensa que es la caridad, la benevolencia y la humildad.

    Éste es el punto: Francisco no tiene fe. Luego, lo que obra en la Iglesia es su pensamiento humano, su concepción humana de Cristo y de la Iglesia.

    Y, por tanto, un hombre sin fe se enfrenta a toda la Tradición de la Iglesia, a todo el Magisterio de la Iglesia, a la Verdad Revelada.

    Tiene que enfrentarse de forma necesaria, inevitablemente.

    Por eso, lo primero que hizo ese hombre sin fe, que es Francisco, fue lavar los pies a dos mujeres, yendo contra toda la Tradición, contra el Evangelio y contra el Magisterio de la Iglesia. Es un pecado gravísimo que anunció lo que hay en el alma de Francisco.

    Y eso lo ha repetido este año, de otra manera: lavó los pies de doce discapacitados de distinta edad, sexo, raza y religión.

    Es la misma obra de pecado, la misma obra herética y cismática. Es no comprender el signo del lavatorio de los pies, y comenzar a hacer sus signos, sus obras, que no pertenecen a la Iglesia.

    Muchos, al ver esta obra de Francisco, la aplauden, dicen que es una cosa buena, que Francisco tiene su buena intención para realizar esto. Es el engaño en muchos.

    Un Francisco arrodillado ante doce hombres que sufren, que tienen una enfermedad, porque “la única herencia que nos ha dejado Jesús: ser servidores unos de los otros, ser servidores en el amor” (Francisco, 17 de abril de 2014), es ver al demonio a los pies de cada hombre. ¡Pobres discapacitados que son atados por el demonio en la mentira de la obra de Francisco! ¡Pobres almas que se han dejado engañar por el falso gesto de un hombre, que no sabe amar a los hombres, que no sabe servir con la verdad a los hombres, que no sabe dar a los hombres el auténtico camino hacia el cielo!

    Si se lee la herética homilía que Francisco pronunció ese día, entonces se ve el gran teatro de este hombre en la Iglesia. Él es el bufón del demonio para llevar a la Iglesia hacia su autodestrucción.

    Jesús se arrodilló ante sus sacerdotes. Un Papa verdadero tiene que imitar las mismas obras de Cristo: hay que lavar los pies a doce sacerdotes en la Iglesia. Esta es la única Verdad. Quien no obre esta Verdad es un mentiroso en la Iglesia. Y hay que llamarlo mentiroso, engañador, falsificador, porque no es otro Cristo, no imita las obras de Cristo en la Iglesia, sino que se pone a hacer sus obras. ¡Maldito Francisco por sus obras de pecado! Hay que llamar maldito a Francisco en la Iglesia, que eso a mucha gente no le gusta. Lo entienden como una falta de respeto.

    «Mas le valiera no haber nacido»: esa fue la maldición de Cristo sobre el alma de Judas. Es el misterio de la perdición, de la condenación, de la maldición. Judas buscó su maldad atacando el amor de Cristo. Por eso, es maldito. Francisco busca su maldad en la Iglesia atacando a Cristo. Por eso, es maldito. En esta sencilla Verdad mucha gente no se pone, les cuesta entender la maldad de los sacerdotes, de los Obispos en la Iglesia. Les cuesta verlos como son: como otros Judas, como hombres que ya no quieren quitar su pecado, sino que se arrastran continuamente hacia su pecado en la Iglesia, para encumbrarlo, para ponerlo como verdad.

    La Jerarquía de la Iglesia está atacando lo que a Cristo le dolió tanto: a los pequeños, a los débiles, a los pobres, a los que buscan la Verdad, los que buscan el Bien Divino, a los que buscan la Voluntad de Dios en la Iglesia.

    Sacerdotes y Obispos que atacan a las almas de Cristo porque proponen una nueva doctrina de Cristo, una falsa doctrina de Cristo, una falsa iglesia. Y la obran, como lo hace Francisco en ese lavatorio de los pies. Y esto es una maldición sobre toda la Iglesia: «Es imposible que no haya escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños» (Lc 17, 1)

    ¡Ay de los Obispos y Cardenales que usan los puestos altos de la Iglesia, no para dar buen ejemplo y enseñanza, sino para ser causa de escándalo y de destrucción a las almas, que tienen la obligación de guiarlas hacia la verdad y de ayudarlas a crecer en la vida espiritual!

    Y ¿qué hacen esos personajes destructivos, como Francisco y toda su ralea de ratas? Enseñar la mentira, predicar un evangelio que no es el de Cristo, engañar con falsas palabras, con el falso ecumenismo, con la falsa fraternidad, con el falso amor a los pobres, a los mismos pobres, a la gente humilde, a la gente que confía en ellos por lo que ven exteriormente.

    El mal ejemplo de la Jerarquía de la Iglesia destruye la espiritualidad de muchas buenas almas en la Iglesia. Y ¿quieren que aquí nos callemos y ocultemos esta gran oscuridad que hay en la Iglesia? ¿Quieren que tratemos a Francisco con cariñitos? Pónganse en la Verdad y déjense de ciencia ficción en la Iglesia. Llamen a cada uno por su nombre. Y si les molesta lo que aquí se escribe, se van a otro sitio a que les doren la píldora.

    ¡Cuánta gente quiere dulcificar, disimular el daño que Francisco está haciendo en la Iglesia! No hablan con la Verdad en sus bocas, sino con la mentira que les da el demonio a sus mentes.

    Francisco hizo una obra que no hizo Cristo. Francisco ha hecho su obra, la que se ha inventado en su nueva iglesia. Y todos la aplauden como buena: «¡Ay cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros…».

    Un sacerdote en la Iglesia tiene que hacer las mismas obras de Cristo. Y, entonces, es un servidor fiel de Cristo. Ha hecho lo que tenía que hacer, y nadie habla de ello como algo relevante, como una noticia que hay que destacar.

    El P. Ray Kelly se puso a cantar en la Misa que celebraba para una boda. Y ¿ustedes creen que hizo la misma obra de Cristo? Cristo, en el Calvario, no cantó, no se convirtió en una estrella, no agradó a ningún hombre. Hizo lo que Su Padre quería: sufrir y morir. Y los hombres hablaban mal de él, lo insultaban, lo despreciaban. Y ése es el signo de que la predicación ha llegado a las almas.

    Cristo predicó con la obra de su sufrimiento y de su muerte. Y eso trajo la conversión de los que le estaban mirando en la Cruz.

    Un sacerdote, que tiene la obligación de predicar el Evangelio, de dar la misma Palabra de Dios, sin quitar ni añadir nada; que es sacerdote para obrar lo mismo que Cristo obró en el Calvario, y que se pone a cantar, no es sacerdote, no está haciendo las obras de Cristo en la Iglesia. Se ha inventado su misa, su predicación, sus obras: «No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a Mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15, 20). ¿Está persiguiendo la gente a ese sacerdote por su obra de pecado en esa misa? No. Están viendo su video, su actuación y hablando maravillas de él. Su misa, en la que se puso a cantar, no es la obra de Cristo en la Iglesia. Ese sacerdote se puso por encima de su Señor, y entonces, el mundo lo ama. Su misa no da a Cristo en el Calvario. No ofrece el sufrimiento ni la muerte de Cristo. Ese sacerdote ofrece sus cantos, su música en la Misa. En la Misa hay que ofrecer a Cristo, y sólo a Cristo. ¿Qué creen que es la Santa Misa? ¿Una función de teatro? ¿Un juego de luces? ¿Un escenario bien montado? ¿Un canto al sentimiento del amor fraterno?

    La gente está tan ciega que ya no sabe discernir las obras de nadie en la Iglesia. Y si no se sabe ver las obras como son, tampoco se sabe discernir las palabras de ese sacerdote o del Obispo de turno.

    Es lo que pasa con Francisco. La gente no sabe atacarlo porque lo ve como un hombre bueno, que hace sus cosas en la Iglesia, que se dedica a trabajar como todo sacerdote. Y hay que dejarlo que haga sus cosas. Hay que rezar por él, hay que esperar algo de él.

    Ante la obra de pecado de Francisco en la Iglesia, ¿qué quieren que se diga que Francisco es un buen hombre? ¿Quieren que se diga que Francisco tuvo un gran amor hacia esos hombres lavándoles los pies? ¿Quieren que se aplauda a Francisco y hacer una noticia sobre el lavatorio de los pies para engrandecer el pensamiento de Francisco? Esto es lo que muchas agencias de noticias hacen. Y, por tanto, no dan la verdad de lo que es Francisco. No enseñan la Verdad de lo que hizo Francisco ese día.

    La herencia que nos ha dejado Cristo es Él Mismo. No hay otra herencia en la Iglesia Católica. En la nueva iglesia de Francisco, todo consiste en adular a los hombres, en darles culto a su inteligencia humana, en hacer obras humanas que gusten a todo el mundo, en dorar la píldora del amor fraterno, del amor a los hombres, porque hay que hacer un nuevo orden mundial, en la que todos los idiotas entren.

    Con las falsas palabras del ecumenismo, la tolerancia y la fraternidad, se engañan a mucha gente en la Iglesia.

    Muchos son ya los desviados por causa de Francisco: de sus enseñanzas, de sus obras demoníacas.

    Ese lavatorio de los pies es la obra del demonio en la Iglesia. Es sólo eso. Llámenlo por su nombre. Lo demás, las bellas palabras de Francisco y de todos los demás que lo apoyan, para consolidar su herejía, son sólo eso: bellas palabras para engañar a las almas. Ese lavatorio de los pies es el odio de Francisco a la Iglesia. Su odio a Cristo. Su odio al Evangelio de Cristo. Su odio a los hombres en la Iglesia.

    La Iglesia está en ruinas. Y ya ha comenzado la persecución.

    «Llega la hora, y ya es llegada, en que os dispersaréis cada uno por su lado y a Mí me dejaréis solo» (Jn 16, 32).

    El reinado de los que quieren destruir la Iglesia ya ha comenzado. Una nueva doctrina está en la Iglesia. Una doctrina que anula la Verdad Revelada, la Verdad como la enseñó Jesús a Sus Apóstoles; la Verdad, a la cual el Espíritu ha llevado a conocer a todas las almas fieles a Cristo en la Iglesia. Esa Verdad Inmutable, siempre la misma, que nunca cambia ni por los tiempos, ni por las edades, ni por los descubrimientos de los hombres, se está anulando con las obras de esa Jerarquía infiltrada en la Iglesia y que ha tomado todo el poder, que antes no tenía.

    Es necesario destruir todas las estructuras de la Iglesia para que el Señor guíe a Su Iglesia hacia donde Él quiere. Los hombres la guían hacia donde ellos quieren.

    Es necesario el Calvario para la Iglesia Católica: que muera en la Cruz, como Su Cabeza.

    Es necesario que todos abandonen, de nuevo a Cristo. Es lo que vemos en estos días. La Jerarquía abandonan las obras de Cristo para dedicarse a hacer sus obras en la Iglesia.

    Y eso produce que el rebaño se disperse. ¡Qué gran anarquía existe en toda la Iglesia! Gente que hace lo que le da la gana en la Iglesia, y que piensa lo que le da la gana sobre la doctrina de Cristo.

    La Iglesia está en ruinas por la falta de fe de toda Su Jerarquía. Falta de Fe en Cristo y en la obra de Cristo, que es Su Iglesia. Todos entienden a Cristo y a la Iglesia según está en sus cabezas humanas. Pero nadie obra la Palabra de la Verdad porque no aman la Verdad: «El que no Me ama no guarda mis Palabras» (Jn 14, 24).

    Cristo es la Verdad. Amar a Cristo es amar la Verdad, es obrar la Verdad. Pero quien no tiene en su corazón la Palabra de Dios, quien con su mente humana se pone a interpretar el Evangelio de Cristo, entonces, deja a Cristo solo en la Iglesia, abandona a Cristo, y se dedica a hacer su iglesia, su religión, su misa, su predicación, su apostolado, su lavatorio de los pies.

    La Jerarquía de la Iglesia ya no cree en el Evangelio. Esta es la ruina de la Iglesia. El edificio de la Iglesia se construye con la Palabra de la Verdad, con la Palabra de Dios, con las obras de Dios. No se construye con palabras humanas, con proyectos humanos, con obras humanas.

    Francisco: el tejedor de la maldad en la Iglesia. Sigue tejiendo, con sus obras maléficas, la ruina de toda la Iglesia. ¡Cuídense de ese hombre y de toda la Jerarquía que lo apoya!

    25/03/2005 – Vía Crucis en el Coliseo


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    Celebración de la ceremonia de la Pasión de Jesús el 18 de Abril del 2003 en la Basílica de San Pedro en el Vaticano


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    MEDITACIONES Y ORACIONES DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER

    stazione1PRIMERA ESTACIÓN – JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 22-23.26

    Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: «¡que lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: «¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

    MEDITACIÓN

    El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho. También los hombres que gritan y piden la muerte de Jesús no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro les dirá: «Jesús Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros [...], lo matasteis en una cruz…» (Hch 2, 22 ss). Pero en aquel momento están sometidos a la influencia de la muchedumbre. Gritan porque gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada por la bellaquería, por la pusilaminidad, por miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión, el respeto humano dan fuerza al mal.

    ORACIÓN

    Señor, has sido condenado a muerte porque el miedo al «qué dirán» ha sofocado la voz de la conciencia. Sucede siempre así a lo largo de la historia; los inocentes son maltratados, condenados y asesinados. Cuántas veces hemos preferido también nosotros el éxito a la verdad, nuestra reputación a la justicia. Da fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la conciencia, a tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación. Que tu mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de Pentecostés has conmovido en corazón e infundido el don de la conversión a los que el Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a todos. Danos también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Stabat mater dolorosa,
    iuxta crucem lacrimosa,
    dum pendebat Filius.

    stazione2SEGUNDA ESTACIÓN – JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 27-31

    Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!». Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

    MEDITACIÓN

    Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en la burla emerge cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de poder ostentados por los potentes de este mundo son un insulto a la verdad, a la justicia y a la dignidad del hombre! Cuántas veces sus ceremonias y sus palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que mentiras pomposas, una caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio, el de ponerse al servicio del bien. Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la corona del sufrimiento, es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44, 7). El precio de la justicia es el sufrimiento en este mundo: él, el verdadero rey, no reina por medio de la violencia, sino a través del amor que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra cruz, el peso de ser hombres, el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo encontrar el camino para la vida eterna.

    ORACIÓN

    Señor, te has dejado escarnecer y ultrajar. Ayúdanos a no unirnos a los que se burlan de quienes sufren o son débiles. Ayúdanos a reconocer tu rostro en los humillados y marginados. Ayúdanos a no desanimarnos ante las burlas del mundo cuando se ridiculiza la obediencia a tu voluntad. Tú has llevado la cruz y nos has invitado a seguirte por ese camino (Mt 10, 38). Danos fuerza para aceptar la cruz, sin rechazarla; para no lamentarnos ni dejar que nuestros corazones se abatan ante las dificultades de la vida. Anímanos a recorrer el camino del amor y, aceptando sus exigencias, alcanzar la verdadera alegría.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Cuius animam gementem,
    contristatam et dolentem
    pertransivit gladius.

    stazione3TERCERA ESTACIÓN – JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia por sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del libro del profeta Isaías 53, 4-6

    Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

    MEDITACIÓN

    El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador. ¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino? Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El episodio resalta algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En su caída bajo el peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús: su humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.

    ORACIÓN

    Señor Jesús, el peso de la cruz te ha hecho caer. El peso de nuestro pecado, el peso de nuestra soberbia, te derriba. Pero tu caída no es signo de un destino adverso, no es la pura y simple debilidad de quien es despreciado. Has querido venir a socorrernos porque a causa de nuestra soberbia yacemos en tierra. La soberbia de pensar que podemos forjarnos a nosotros mismos lleva a transformar al hombre en una especie de mercancía, que puede ser comprada y vendida, una reserva de material para nuestros experimentos, con los cuales esperamos superar por nosotros mismos la muerte, mientras que, en realidad, no hacemos más que mancillar cada vez más profundamente la dignidad humana. Señor, ayúdanos porque hemos caído. Ayúdanos a renunciar a nuestra soberbia destructiva y, aprendiendo de tu humildad, a levantarnos de nuevo.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    O quam tristis et afflicta
    fuit illa benedica
    mater Unigeniti!

    stazione4CUARTA ESTACIÓN – JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Lucas 2, 34-35.51

    Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Su madre conservaba todo esto en su corazón.

    MEDITACIÓN

    En el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida pública debía retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos. También hubo de oír estas palabras: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?… El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12, 48-50). Y esto muestra que ella es la Madre de Jesús no solamente en el cuerpo, sino también en el corazón. Porque incluso antes de haberlo concebido en el vientre, con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo… Será grande…, el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1, 31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le diría también: «y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 35). Esto le haría recordar palabras de los profetas como éstas: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría boca; como un cordero llevado al matadero» (Is 53, 7). Ahora se hace realidad. En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María» (Lc 1, 30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la madre, con la fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su fe, que resiste en la oscuridad: «Bendita tú que has creído» (Lc 1, 45). «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran consuelo en aquellos momentos.

    ORACIÓN

    Santa María, Madre del Señor, has permanecido fiel cuando los discípulos huyeron. Al igual que creíste cuando el ángel te anunció lo que parecía increíble –que serías la madre del Altísimo– también has creído en el momento de su mayor humillación. Por eso, en la hora de la cruz, en la hora de la noche más oscura del mundo, te han convertido en la Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia. Te rogamos que nos enseñes a creer y nos ayudes para que la fe nos impulse a servir y dar muestras de un amor que socorre y sabe compartir el sufrimiento.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Quæ mærebat et dolebat
    Pia mater, cum videbat
    Nati poenas incliti.

    stazione5QUINTA ESTACIÓN – EL CIRENEO AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura Evangelio según San Mateo 27, 32; 16, 24

    Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.

    Jesús había dicho a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

    MEDITACIÓN

    Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra casualmente con aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para él. Los soldados usan su derecho de coacción y cargan al robusto campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos condenados! Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista Marcos menciona también a sus hijos, seguramente conocidos como cristianos, como miembros de aquella comunidad (Mc 15, 21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe. Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1, 24). Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del mundo.

    ORACIÓN

    Señor, a Simón de Cirene le has abierto los ojos y el corazón, dándole, al compartir la cruz, la gracia de la fe. Ayúdanos a socorrer a nuestro prójimo que sufre, aunque esto contraste con nuestros proyectos y nuestras simpatías. Danos la gracia de reconocer como un don el poder compartir la cruz de los otros y experimentar que así caminamos contigo. Danos la gracia de reconocer con gozo que, precisamente compartiendo tu sufrimiento y los sufrimientos de este mundo, nos hacemos servidores de la salvación, y que así podemos ayudar a construir tu cuerpo, la Iglesia.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Quis est homo qui non fleret,
    matrem Christi si videret
    in tanto supplicio?

    stazione6SEXTA ESTACIÓN – LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia por sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del libro del profeta Isaías 53, 2-3

    No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado.

    Del libro de los Salmos 26, 8-9

    Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

    MEDITACIÓN

    «Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro » (Sal 26, 8-9). Verónica –Berenice, según la tradición griega– encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón –había dicho el Señor en el Sermón de la montaña–, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo.

    ORACIÓN

    Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la oscuridad del corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de cumplir grandes cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones, para que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Pro peccatis suæ gentis
    vidit Iesum in tormentis
    et flagellis subditum.

    stazione7SÉPTIMA ESTACIÓN – JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 1-2.9.16

    Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. El me ha llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos con piedras sillares, ha torcido mis senderos. Ha quebrado mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la ceniza.

    MEDITACIÓN

    La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en la caída de Adán –en nuestra condición de seres caídos– y en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia for-mas siempre nuevas. En su primera carta, san Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.

    ORACIÓN

    Señor Jesucristo, has llevado nuestro peso y continúas llevándolo. Es nuestra carga la que te hace caer. Pero levántanos tú, porque solos no podemos reincorporarnos. Líbranos del poder de la concupiscencia. En lugar de un corazón de piedra danos de nuevo un corazón de carne, un corazón capaz de ver. Destruye el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras. No permitas que el muro del materialismo llegue a ser insuperable. Haz que te reconozcamos de nuevo. Haznos sobrios y vigilantes para poder resistir a las fuerzas del mal y ayúdanos a reconocer las necesidades interiores y exteriores de los demás, a socorrerlos. Levántanos para poder levantar a los demás. Danos esperanza en medio de toda esta oscuridad, para que seamos portadores de esperanza para el mundo.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Quis non posset contristari,
    Christi matrem contemplari,
    dolentem cum Filio?

    stazione8OCTAVA ESTACIÓN – JESÚS ENCUENTRA A LA MUJERES DE JERUSALÉN

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Lucas 23, 28-31

    Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas: «Sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?

    MEDITACIÓN

    Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por él, nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios –pensamos– hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor que sufre. También él nos dice: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotros… porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»

    ORACIÓN

    Señor, a las mujeres que lloran les has hablado de penitencia, del día del Juicio cuando nos encontremos en tu presencia, en presencia del Juez del mundo. Nos llamas a superar un concepción del mal como algo banal, con la cual nos tranquilizamos para poder continuar nuestra vida de siempre. Nos muestras la gravedad de nuestra responsabilidad, el peligro de encontrarnos culpables y estériles en el Juicio. Haz que caminemos junto a ti sin limitarnos a ofrecerte sólo palabras de compasión. Conviértenos y danos una vida nueva; no permitas que, al final, nos quedemos como el leño seco, sino que lleguemos a ser sarmientos vivos en ti, la vid verdadera, y que produzcamos frutos para la vida eterna (cf. Jn 15, 1-10).

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Tui Nati vulnerati,
    tam dignati pro me pati,
    poenas mecum divide.

    stazione9NOVENA ESTACIÓN – JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 27-32

    Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el polvo: quizá haya esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios. Porque el Señor no desecha para siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada luego según su inmenso amor.

    MEDITACIÓN

    ¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).

    ORACIÓN

    Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Eia mater, fons amoris,
    me sentire vim doloris
    fac, ut tecum lugeam.

    stazione10DÉCIMA ESTACIÓN – JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 33 -36

    Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.

    MEDITACIÓN

    Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas del Salmo 21, 19 y nos indican así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió «según las Escrituras». Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está dicho en la Palabra de Dios, confirmado por su designio divino. El Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los hombres, y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso de la redención: así devuelve él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa el objeto del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19, 23). Podemos considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de una sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161). Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero sumo sacerdote.

    ORACIÓN

    Señor Jesús, has sido despojado de tus vestiduras, expuesto a la deshonra, expulsado de la sociedad. Te has cargado de la deshonra de Adán, sanándolo. Te has cargado con los sufrimientos y necesidades de los pobres, aquellos que están excluidos del mundo. Pero es exactamente así como cumples la palabra de los profetas. Es así como das significado a lo que aparece privado de significado. Es así como nos haces reconocer que tu Padre te tiene en sus manos, a ti, a nosotros y al mundo. Concédenos un profundo respeto hacia el hombre en todas las fases de su existencia y en todas las situaciones en las cuales lo encontramos. Danos el traje de la luz de tu gracia.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Fac ut ardeat cor meum
    in amando Christum Deum,
    ut sibi complaceam.

    stazione11UNDÉCIMA ESTACIÓN – JESÚS CLAVADO EN LA CRUZ

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Mateo 7, 37-42

    Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el Rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos».

    MEDITACIÓN

    Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 27). «Como uno ante quien se oculta el rostro, era despreciado… Y con todo eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba» (Is 53, 3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante el Hijo de Dios sufriente. Mirémosle en los momentos de satisfacción y gozo, para aprender a respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos los bienes puramente materiales. Mirémosle en los momentos de adversidad y angustia, para reconocer que precisamente así estamos cerca de Dios. Tratemos de descubrir su rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor condenado, que no quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que más bien soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final, podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio de Antioquia, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de Esmirna por su fe inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y la sangre a la cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda.

    ORACIÓN

    Señor Jesucristo, te has dejado clavar en la cruz, aceptando la terrible crueldad de este dolor, la destrucción de tu cuerpo y de tu dignidad. Te has dejado clavar, has sufrido sin evasivas ni compromisos. Ayúdanos a no desertar ante lo que debemos hacer. A unirnos estrechamente a ti. A desenmascarar la falsa libertad que nos quiere alejar de ti. Ayúdanos a aceptar tu libertad «comprometida» y a encontrar en la estrecha unión contigo la verdadera libertad.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Sancta mater, istud agas,
    Crucifixi fige plagas
    cordi meo valide.

    stazione12DUODÉCIMA ESTACIÓN – JESÚS MUERE EN LA CRUZ

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Juan 19, 19-20

    Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.

    Del Evangelio según San Mateo 27, 45-50. 54

    Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús, dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios».

    MEDITACIÓN

    Sobre la cruz –en las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el latín, y en la lengua del pueblo elegido, el hebreo– está escrito quien es Jesús: el Rey de los judíos, el Hijo prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la opinión pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había declinado el título de Mesías porque habría dado a entender una idea errónea, humana, de poder y salvación. Pero ahora el título puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. Efectivamente, él es verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza. Jesús recita el Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 2). Asume en sí a todo el Israel sufriente, a toda la humanidad que padece, el drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios justamente donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es un acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos. El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, él triunfa siempre de nuevo.

    ORACIÓN

    Señor Jesucristo, en la hora de tu muerte se oscureció el sol. Constantemente estás siendo clavado en la cruz. En este momento histórico vivimos en la oscuridad de Dios. Por el gran sufrimiento, y por la maldad de los hombres, el rostro de Dios, tu rostro, aparece difuminado, irreconocible. Pero en la cruz te has hecho reconocer. Porque eres el que sufre y el que ama, eres el que ha sido ensalzado. Precisamente desde allí has triunfado. En esta hora de oscuridad y turbación, ayúdanos a reconocer tu rostro. A creer en ti y a seguirte en el momento de la necesidad y de las tinieblas. Muéstrate de nuevo al mundo en esta hora. Haz que se manifieste tu salvación.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Fac me vere tecum flere,
    Crucifixo condolore,
    donec ego vixero.

    stazione13DECIMOTERCERA ESTACIÓN – JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ Y ENTREGADO A SU MADRE

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 54-55

    El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.

    MEDITACIÓN

    Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia. A él no le quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se manifiesta como el verdadero cordero pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf Ex 12, 46). Y ahora que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a pesar del poder del odio y de la ruindad, él no está solo. Están los fieles. Al pie de la cruz estaba María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena y el discípulo que él amaba. Llega también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el ojo de la aguja, porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar, en un jardín: donde Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que había sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su Creador. El sepulcro en el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a punto de terminar. Y llega también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio del renacer por el agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que había decidido su muerte, hay alguien que cree, que conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran luto, de la gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse.

    ORACIÓN

    Señor, has bajado hasta la oscuridad de la muerte. Pero tu cuerpo es recibido por manos piadosas y envuelto en una sábana limpia (Mt 27, 59). La fe no ha muerto del todo, el sol no se ha puesto totalmente. Cuántas veces parece que estés durmiendo. Qué fácil es que nosotros, los hombres, nos alejemos y nos digamos a nosotros mismos: Dios ha muerto. Haz que en la hora de la oscuridad reconozcamos que tú estás presente. No nos dejes solos cuando nos aceche el desánimo. Y ayúdanos a no dejarte solo. Danos una fidelidad que resista en el extravío y un amor que te acoja en el momento de tu necesidad más extrema, como tu Madre, que te arropa de nuevo en su seno. Ayúdanos, ayuda a los pobres y a los ricos, a los sencillos y a los sabios, para poder ver por encima de los miedos y prejuicios, y te ofrezcamos nuestros talentos, nuestro corazón, nuestro tiempo, preparando así el jardín en el cual puede tener lugar la resurrección.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Vidit suum dulcem Natum
    morientem, desolatum,
    cum emisit spiritum.

    stazione14DECIMOCUARTA ESTACIÓN – JESÚS ES PUESTO EN EL SEPULCRO

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 59-61

    José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

    MEDITACIÓN

    Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía.

    ORACIÓN

    Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte del grano de trigo, te has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el paso del tiempo hasta la eternidad. Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano de trigo del que procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo. La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte, se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos y entras en nuestros corazones para que tu Palabra crezca en nosotros y produzca fruto. Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo, para que también nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin de que también nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo. Auxílianos para que seamos tu perfume y hagamos visible la huella de tu vida en este mundo. Como el grano de trigo crece de la tierra como retoño y espiga, tampoco tú podías permanecer en el sepulcro: el sepulcro está vacío porque él –el Padre– no te «entregó a la muerte, ni tu carne conoció la corrupción» (Hch 2, 31; Sal 15, 10). No, tú no has conocido la corrupción. Has resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz que podamos ale-grarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al mundo, para ser de este modo testigos de tu resurrección.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Quando corpus morietur,
    fac ut animæ donetur
    paradisi goria. Amen.

    BENDICIÓN

    V /. Dominus vobiscum.
    R /. Et cum spiritu tuo.

    V /. Sit nomen Domini benedictum.
    R /. Ex hoc nunc et usque in sæculum.

    V /. Adiutorium nostrum nomine Domini.
    R /. Qui fecit cælum et terram.

    V /. Benedicat vos omnipotens Deus,
    Pater, et Filius, et, Spiritus Sanctus.
    R /. Amen.

    La Jerarquía infiltrada en la nueva iglesia del Vaticano


    Jesus Rey

    El vómito que el Obispo Bregantini ofrece en su herético Via Crucis pone de manifiesto su alma ante toda la Iglesia.

    Un alma sin el Don de la Verdad en sus labios, que se arrastra en su humanidad buscando la gloria de los hombres y dando a todos la ignorancia de su sacerdocio.

    Un sacerdote es Pastor de almas, no un funcionario político, no un comunista, no un líder político, social.

    Francisco ya es un líder político en su nueva iglesia en el Vaticano. Y los que lo siguen, se convierten en lo mismo: funcionarios del gobierno de Francisco. Gente que transmite a la Iglesia el pensamiento desviado, herético, cismático de Francisco, su líder político

    El vómito de este via crucis es la señal de que, a partir de ahora, todo cambia en la Iglesia. Ahora, si no aprenden a discernir quién es la Jerarquía verdadera de la Jerarquía infiltrada, entonces se van a confundir con las palabras de todo el mundo.

    Tienen que ser cuidadosos con toda la Jerarquía, porque muchos de ellos, muchos sacerdotes y Obispos, no son siempre lo que parecen ser. Muchos piensan que los sacerdotes son eso: sacerdotes. Muchos no ven lo que hay en el interior de la Jerarquía. Se quedan en lo exterior, en el ropaje, en las palabras bellas que dice la Jerarquía; y no atienden a lo interior.

    Muchos sacerdotes, Obispos, que parecen buenos y santos en lo exterior, en sus palabras y en sus obras, no siguen las enseñanzas del Evangelio. Hablan de Él, pero poniendo sus palabras, sus ideas, sus opiniones, sus puntos de vista; que suelen ser los que agradan a todo el mundo, los que van con la moda social, con las inquietudes de los hombres, con las dudas que tienen los hombres.

    Una Jerarquía que habla a los hombres y los deja en su vida humana no es de Cristo. Si esto no lo tienen claro, ¿para qué están en la Iglesia?

    La Jerarquía de la Iglesia, la inmensa mayoría de Ella, conoce la Verdad, pero han decidido torcerla a favor de sus intereses personales, de sus necesidades en la Iglesia, de sus deseos como hombres, por su lujuria de la vida, por su ambición de poder.

    Francisco conoce la Verdad, pero miente en cada homilía. Monseñor Bregantini conoce la Verdad, pero vomita su mentira sin escrúpulos en la Iglesia.

    ¿Qué se creen que es un sacerdote? Si el sacerdote no es otro Cristo, el mismo Cristo, entonces automáticamente, el sacerdote se convierte en un anticristo.

    Esto hay que tenerlo muy claro para no escandalizarse de lo que se ve en la Iglesia desde hace 50 años.

    ¡Cuántos anticristos hay actualmente en la Iglesia, en el Vaticano! Sacerdotes que conocen la Verdad, pero que la ocultan, la niegan, luchan en contra de Ella de muchas maneras inimaginables para las almas comunes.

    «muchos se han hecho anticristos, por lo cual conocemos que ésta es la hora postrera. De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros» (Jn 2, 18b-19a).

    Ni Francisco ni todo su gobierno es de la Iglesia Católica; no son de los nuestros. Han salido de nosotros; han estudiado su carrera sacerdotal con nosotros; conocen toda la Verdad, pero se han apartado de Ella: «Si de los nuestros fueran, hubieran permanecido con nosotros» (Jn 2, 19b). Pero han hecho su nueva iglesia, con una nueva doctrina, que tiene elementos de la Verdad, pero que es sólo una pantalla para dar la mentira: «así se ha hecho manifiesto que no todos son de los nuestros» (Jn 2, 19c).

    Esto es lo que la gente no discierne. Desde la elección de Francisco queda manifiesto, queda patente, queda claro, que Francisco y todo su gobierno, toda su nueva iglesia, toda su nueva doctrina, no es de la Iglesia Católica. Y aunque predique maravillas, aunque diga verdades, no es de la Iglesia Católica. No es sacerdote, no es Obispo, no es Papa. Es un don nadie.

    Francisco, desde el comienzo de su negro gobierno en la Iglesia, tuerce la Verdad. Y cada día. En cada homilía, en cada discurso, en cada obra, en cada pensamiento, en cada idea.

    Y su gran pecado es: conocer la Verdad, pero aplastarla con su mentira.

    Y esto que hace Francisco abiertamente, con el aplauso de todos, con la ignorancia de muchos en la Iglesia, con el fariseismo de toda la Jerarquía, se ha venido haciendo ocultamente desde hace 50 años. Y ha producido que muchos en la Iglesia sean incapaces de distinguir la Verdad, que es siempre la misma, que nunca cambia, de la falsedad que toda esa Jerarquía ha predicado y enseñado.

    Y, entonces, al no discernir la Verdad, se quedan con todo y, comienza la crítica a todo el mundo. Y se llega a poner a todo Papa como causante de lo que pasa en la Iglesia. Y unos buscan su Papa para que los gobierne en la Iglesia, otros se van de la Iglesia, porque ya no pueden aceptar al Papa reinante, que se ha convertido en un hereje como los demás, porque ya no quita la herejía; y otros se dedican a demoler la Iglesia disintiendo de todas las cosas, queriendo poner otras reglas, otras leyes, contrarias a la Verdad.

    Al final, en este lío de opiniones, de juicios, de condenas, de desastre, nadie lucha por la Verdad en la Iglesia, sino que todos andan tras sus mentiras como verdad.

    ¡Qué pocos ven lo que actualmente está pasando en el Vaticano, porque no ven lo que ha pasado en la Iglesia durante 50 años! No han sabido ver a la Jerarquía infiltrada. Y, ahora, con un idiota que teje una serie de promesas a todo el mundo para arrastrar a los hombres hacia las maravillas exteriores del mundo, para conseguir un bien social, para conseguir una gloria humana, no saben oponérsele como hay que hacerlo. No saben batallar contra él. No saben luchar contra el demonio que tiene en su mente. No ven a Satanás en él. No ven el pecado que obra el demonio en él. Están esperando algo de él: a ver que nos dice en la nueva encíclica sobre el ecologismo que está preparando; a ver cuál la palabra mágica que hoy va a decir; a ver cuál va a ser hoy su herejía…

    La gente, en el mundo, se acostumbra a un mal gobernante y ya no lucha en contra de él. Ya no se opone a nada de lo que dice; ya sólo esperan a ver qué dice, a ver qué obra. Esta es la táctica del demonio para dormir a la gente en la mentira, para crear más confusión, para que ya nadie atienda a la verdad, sino que estén pendientes de la mentira de turno que dice ese idiota.

    Hay que saber batallar contra Francisco. Y ahora es tiempo de no hacerle ni caso. Para quien sabe lo que es Francisco, tiene que dedicarse a mirar la Verdad y a comprender cómo se hace la Iglesia en estos momentos, en que no hay una cabeza que enseña la Verdad como es.

    No sigan a ninguna Jerarquía de la Iglesia si no habla claramente en contra de todo lo que hay en el Vaticano. Aquella Jerarquía que imite a Francisco, que adule a Francisco, que piense que las ideas de Francisco son de gran importancia para los tiempos que vivimos, váyanse de esa Jerarquía como si hubieran visto al mismo demonio.

    Aprendan a discernir la verdadera Jerarquía de la infiltrada, de la impostora. Y, entonces, claro, se sorprenderán de la oscuridad que hay en la Iglesia en sus cabezas, en la Jerarquía.

    Las almas comunes son los verdaderos creyentes de la Palabra de Dios. Ya la Jerarquía ha dejado de ser Luz para la Iglesia. La Jerarquía es tiniebla en todas las partes del mundo.

    Esta es una verdad que duele decirla. Pero hay que decirla. La Jerarquía en la Iglesia es tiniebla, es oscuridad. Y ellos son los culpables de esa oscuridad, porque conocen la Verdad, pero no la quieren seguir.

    La Iglesia Católica ha perdido el camino de la Verdad, el camino del Amor, el camino de la Vida, que es Cristo Crucificado. Y porque ya no mira al Crucificado ya no es capaz de dar Testimonio de la Verdad.

    Sólo mira al hombre, ¿qué clase de testimonio ofrece? Política: derechos humanos, justicias sociales, bienes comunes.

    La Jerarquía de la Iglesia Católica ya no salva las almas, ya no las santifica. Y esto es muy duro el decirlo. Es una Jerarquía infiltrada que sólo se dedica a su negocio en la Iglesia: su maldito dinero, su ambición de poder. Y colocan el señuelo del amor a los pobres, de la crisis económica. Y hay que buscar un nuevo orden social, un nuevo orden económico ante el mal que vemos en todo el mundo.

    La Jerarquía de la Iglesia Católica calla la Verdad ante el mundo y ante la misma Iglesia. Y, por eso, han puesto como líder, en el gobierno de la Iglesia, a un falso Profeta. Y lo mantienen como falso Profeta. Toda la Jerarquía de la Iglesia sabe que Francisco es un hereje. Conocen sus herejías, sus mentiras, porque saben la Verdad. Pero les interesa que Francisco siga diciendo sus mentiras, porque para eso vive toda esa Jerarquía: para acallar la Verdad, para combatir la Verdad, para anular la Verdad en la Iglesia.

    ¡Y ay de aquellos sacerdotes que no despierten a tiempo! ¡Van a quedar atrapados en la mayor herejía de todas! ¡Y se van a condenar por eso! Porque viven sus sacerdocios buscando el agrado de los hombres, la complacencia del mundo, la caricia de las mentes humanas.

    Francisco guía a toda la Iglesia hacia la perdición. Y eso lo sabe toda la Jerarquía. Han batallado contra el verdadero Papa hasta hacerlo sucumbir. Lo han tratado como un loco, hasta conseguir su renuncia. Y ahora lo han dejado solo para dedicarse a su hombre salvador, a su líder político, a su negocio comunista en la Iglesia.

    Hoy se repite la Pasión de Cristo, su dolorosa Pasión: el abandono de todos los suyos, la traición de Judas, todo el pecado del mundo, que lo aplasta bajo un peso insoportable y mortal. Triturado por los pensamientos de muchos sacerdotes; flagelado por la lujuria de las carnes de muchos sacerdotes; coronado de espinas por la soberbia de muchos sacerdotes; clavado en la Cruz por las manos de muchos sacerdotes.

    ¡Qué fácil es dar la espalda a Cristo para seguir las ideas que el mundo ofrece!

    ¡Qué fácil es renegar del camino de la Cruz para andar los caminos de los hombres!

    ¡Qué fácil es con la boca decir que se ama a Cristo! ¡Qué fácil es colgarse en el pecho una cruz!

    Pero nadie quiere ser otro Cristo. Nadie quiere Crucificarse con Cristo. Porque eso duele. Y lo que duele no hace feliz.

    La Jerarquía infiltrada en la Iglesia, cada día, juzga a Cristo y lo condena. Sólo lo reconocen como hombre, pero niegan –en la práctica- su divinidad. Reducen a interpretaciones humanas sus Palabras divinas. Quieren explicar en términos humanos, comunistas, fascistas, liberalistas, todos sus milagros y su obra redentora, para negarlo todo, para infundir en las almas la duda, la mentira, el error, el engaño.

    Aprendan a ver el trigo de la cizaña. Aprendan a separarla. Aprendan a vivir solos en su fe, porque ya la Jerarquía no les va a apoyar.

    «Y mirarán al que traspasaron»


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    «Soy Yo, soy Yo quien por Amor de Mí borro tus pecados y no Me acuerdo más de tus rebeldías» (Is 43, 25).

    Jesús muere por Amor de Su Padre; Jesús no muere por Amor al hombre.

    La muerte de Cristo se realiza por Voluntad del Padre. La muerte de Cristo no es debida a una injusticia social sobre Cristo. No son los hombres los que matan a Cristo (una calumnia no mató a Cristo); es Cristo el que va a la muerte por Amor de Sí, el Amor de la Santísima Trinidad, Amor Divino, inefable, que no se puede expresar con palabras humanas.

    Apartarse de este punto es iniciar el cisma en la Iglesia.

    Presentar la muerte de Cristo como un problema social, político, económico, cultural, es caer en el mismo pecado que los Apóstoles obraron en la Pasión.

    Jesús es un Rey Espiritual y, por tanto, Su Reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36).

    El pecado de los Apóstoles es comprender a Jesús como Mesías político y, en consecuencia, esperar un reino humano, político, material, social, económico.

    Por eso, Pedro saca la espada en el huerto para defender a Jesús (cf. Jn 18, 10). Y Jesús le enseña: «¿O crees que no puedo rogar a Mi Padre, que Me enviaría, al instante, doce legiones de ángeles» (Mt 26, 53). Jesús enseña a Pedro lo que él va a negar: «¡Yo no conozco a ese hombre!» (Mt 26, 74).

    Pedro no conoce lo que es Jesús. Pedro conoce lo que él piensa de Jesús. Pedro no tiene el conocimiento verdadero que viene de la Fe en Cristo. Pedro tiene el conocimiento falso de su interpretación de las Sagradas Escrituras. No ha sabido leer con el corazón el Antiguo Testamento donde se hablaba del Mesías. Ha leído a los Profetas con su mente y se ha inventado un Mesías humano, político, terrenal. Y, por eso, esperaba de Jesús un reino de la tierra, un reino comunista, un reino para el hombre.

    Este pensamiento de Pedro es su pecado contra Jesús. Pedro piensa de esta manera, Pedro peca contra la Verdad, que es Jesús. El tiempo de estar con el Mesías no le ha servido para quitar esta idea de su cabeza. Ha seguido a Jesús con esta idea humana. Y esta idea le llevó a su pecado.

    Por la idea del hombre viene siempre el pecado. Y, cuando el hombre encumbra su idea por encima de todas las cosas, es cuando comete la blasfemia contra el Espíritu Santo: no se deja enseñar por el Espíritu, no se abre a la Verdad que viene de la Palabra del Espíritu, sino que permanece en su idea humana, luminosa, pero pecaminosa.

    Y es la negación de Pedro lo que marca el comienzo de la Pasión. Mientras es juzgado Su Maestro, Su Mesías, Pedro lo niega. En el juicio a Su Mesías, la negación del Mesías. Y lo niega el que ha sido puesto como fundamento de la Iglesia, que es la Obra de Cristo, que es el Reino espiritual de Cristo. Cristo es juzgado en Su Divinidad; Cristo en negado en Su Divinidad.

    Jesús, por Amor a Su Padre, inicia, en la negación de Su Vicario, Su Pasión.

    Jesús inicia solo, sin Pedro, Su Calvario como Cabeza de la Iglesia.

    Jesús sufre el abandono de Su Vicario en la Obra de la Redención del Género Humano.

    Jesús marca así el camino para todo hombre: no hay que seguir a ningún hombre para salvarse. No hay que seguir la idea de un hombre para salvarse. No hay que hacer caso a la teología de nadie para salvarse. No hay que dedicarse a hacer obras buenas humanas para salvarse. No hay que vivir con un fin humano, bueno, perfecto, para conquistar el Cielo. Sólo hay que seguir a Jesús por el Camino del Calvario.

    El camino de salvación no está en proclamar los derechos humanos de los hombres, ni en luchar por las justicia sociales, ni en promover la fraternidad de los hombres para constituir un bien común, un orden social, una estructura económico-política: «La Justicia del justo no le salvará el día en que pecare (…) no vivirá el justo por su justicia el día en que pecare» (Ez 33, 12).

    No te salva el bien común, la obra social, la empresa humana, el dinero que da para ayudar a los hombres; no salva la medicina del hombre; no salva la ciencia de los hombres; no salva el hombre. Porque el hombre, peca. Y, cuando peca, lo que ha hecho no tiene mérito para quitar su pecado; no tiene valor, no sirve para salvarlo del mal.

    El camino que salva es la Cruz. Y sólo la Cruz. Hay que negar al hombre, a su vida humana, a su vida social, a su vida económica, a su vida cultural, a su vida política. Esto es lo que muchos no comprenden porque no miran a Jesús en la Cruz.

    «Y mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37).

    Sólo hay que alzar los ojos a Cristo, que sufre y muere en la Cruz, y el alma conoce la Verdad de su vida. El alma se conoce como Dios la ve. El alma se comprende como Dios la mira. El alma se entiende como Dios lo quiere.

    Cristo en la Cruz es el conocimiento de la Verdad. Y no hay otra inteligencia para el hombre sobre la Verdad.

    La Verdad es la Vida Divina. Y, por tanto, todo aquello que no es la Vida de Dios es, simplemente, una mentira, un engaño, una ilusión.

    El hombre, si quiere despertar de su sueño, tiene que mirar al Crucificado. En Él está toda su Vida, todo el misterio de su humanidad.

    En un gusano pinchado en un palo: ahí está el verdadero amor que el hombre tiene que aprender.

    Y esto es lo que el hombre no hace: mirar al Crucificado.

    El hombre se dedica a mirar a los hombres, a las cosas del mundo, a las obras de otros hombres, y no da valor ni importancia a la Muerte de Cristo.

    La Vida Eterna sólo ha sido posible por la Muerte de Cristo en la Cruz.

    El pecado de Adán y Eva quitó la Vida Eterna al hombre. La muerte de Cristo da la Vida al hombre, la Vida que siempre Es, la Vida que permanece, la Vida que no posee ninguna imperfección ni pecado.

    Cristo, en Su Muerte en Cruz, salva al hombre del infierno, porque éste es el destino de todo hombre cuando nace con el pecado original: nace para condenarse.

    La Muerte de Cristo señala a todo hombre que tiene que morir, como Cristo murió, a todo lo humano, aun lo bueno y perfecto humano.

    Porque la tierra, después del pecado original, se ha convertido en una pobre imitación del Paraíso: «Maldita, Adán, la Tierra por tu causa» (Gn 3, 17). La perfección del hombre es solo una imperfección, una nada, una ilusión de bien humano.

    Hay que morir a todo lo humano para tener Vida. Esto es lo que el hombre no acaba de entender.

    Cuando no se muere a todo lo humano, entonces se comienza a poner lo humano por encima de lo divino. Se comienza a poner al hombre como el centro de todo. Se da al hombre el valor que no tiene, la importancia que no merece, la obra que no sirve para nada.

    Comprender la Muerte de Cristo es ponerse en la Verdad.

    La Iglesia nace en la Muerte del Redentor. Ahí, en los brazos de Su Madre, inicia la andadura de todo el Cuerpo Místico de Cristo. Es la Madre la que lleva a la Iglesia, el Cuerpo de Su Hijo, al sepulcro de Su Corazón para que renazca allí el Amor de toda la Humanidad a Dios.

    La Resurrección de Jesús es el inicio de la Iglesia como comunidad de fieles.

    La Iglesia inicia en la muerte de Cristo, pero sólo pertenecen a Ella, Jesús y María, el Redentor y la Corredentora, el Rey la Reina.

    Pero la Iglesia es el Cuerpo Glorioso de Cristo. Y, por eso, la Iglesia siempre va a permanecer, nunca las fuerzas del Infierno podrán contra Ella, porque Jesús ha vencido a la Muerte.

    Y es esencial comprender este punto para entender la Iglesia.

    La Iglesia es un organismo espiritual, divino, celestial, glorioso; que tiene hombres que viven en unos países, en unas familias, en unas culturas, en unas sociedades.

    Los miembros de la Iglesia forman, en lo humano, una vida social, económica, política, cultural, etc. Todo eso no pertenece a la Iglesia, sino a los hombres en su humanidad.

    Cristo no funda Su Iglesia para una vida social, ni para un orden económico, ni para una estructura política, ni para manejar las diferentes culturas de los hombres.

    Aquella Jerarquía que predique el Evangelio de Jesús para constituir un orden económico o social o político, no pertenece a la Iglesia Católica, no es la Jerarquía verdadera, sino la infiltrada. Hoy día, existe mucha jerarquía infiltrada, que exteriormente son buenas personas, pero que son unos demonios: piden dinero para resolver los problemas de los hombres, para luchar por los derechos de los hombres, para su ideología comunista.

    Y piden dinero predicando el Evangelio: tomando frases de Jesús y acomodándolas a su negocio en la Iglesia. De esa forma, dan una interpretación nueva del Evangelio, que no está en la Tradición ni en el Magisterio auténtico de la Iglesia.

    Sólo hay que darse una vuelta por internet, por los distintos Obispados, y buscar las homilías de los Obispos y verán su ideología comunista. Ya no predican el Evangelio como es, sino siguen lo que Francisco predica todos los días en su negra iglesia de Roma.

    Toda esa Jerarquía hace política en la Iglesia y busca el reino material, humano, social, cultural. Pero se han olvidado de para qué es la Iglesia.

    La Iglesia no es para dar de comer, como lo quiere Francisco y su cuadrilla de gente. La Iglesia es para dos cosas:

    1. Luchar contra el demonio;

    2. Luchar contra el pecado de cada uno.

    Estas dos cosas son toda la Iglesia.

    Cristo muere en la Cruz para dos cosas:

    1. Para quitar el pecado, que Adán metió en la Creación;

    2. Para liberar a las almas de la acción del demonio.

    Esta es toda la Muerte de Cristo.

    Si los hombres se unen a esa Muerte, entonces los hombres tienen el poder de hacer dos cosas:

    1. Quitar su pecado;

    2. Luchar contra el demonio.

    Haciendo estas dos cosas, el hombre vive en Gracia, obra en Gracia, ama en Gracia.

    Si el hombre persevera en la Gracia, entonces alcanza dos cosas:

    1. La salvación para su alma

    2. La santificación para su alma y la salvación para otras almas.

    Se está en la Iglesia sólo para este fin: salvar y santificar.

    Lo demás, a Jesús no le interesa. Y ¿por qué?

    Porque el mundo, todavía es del demonio.

    Luego, es imposible hacer un orden social, económico, político, donde no haya pecado, no haya males. ¡Es imposible! El demonio está suelto por el mundo. No está atado. Luego, tiene libertad para hacer el mal en todo el mundo.

    Jesús sólo pone en Su Iglesia, la Gracia en el Matrimonio; pero no en la sociedad, no en los países, no en las culturas.

    Un hombre y una mujer que vivan en Gracia, que vivan imitando a Cristo en su matrimonio, hacen de ese matrimonio la obra de Dios en la creación. Ponen a Dios en medio del infierno, que es este mundo.

    Los demás matrimonios, uniones, son todas del demonio; incapaces de dar lo divino en lo humano.

    Por tanto, es una ilusión trabajar por un ideal humano, social, cultural, económico, en la Iglesia. Un auténtico absurdo.

    Por eso, tienen que aprender que no toda la Jerarquía de la Iglesia es la verdadera, que no todos los fieles que están en la Iglesia son de la Iglesia.

    La Jerarquía verdadera se dedica a batallar contra el demonio en las almas, a enseñar la Palabra de Dios, a poner un camino de santidad a las almas en la Iglesia.

    La Iglesia verdadera es de muy pocas personas. Es una comunidad pequeña, es un pueblo de Dios pequeño.

    Mientras haya pecado en el mundo, hasta que el demonio no sea atado; la Iglesia, en la tierra, es de pocos, muy pocos.

    Por eso, llega el momento de irse de Roma, para atacar a la Jerarquía infiltrada, esa Jerarquía que se ha inventado una nueva iglesia sobre los escombros de la verdadera.

    Porque lo que hay en el Vaticano ya son sólo escombros: nadie vive la vida espiritual y ni le interesa vivirla. Todos son cuentos para seguir aplaudiendo a un idiota -con todo el significado que tiene esta palabra en el Evangelio-, que es Francisco.

    Francisco sólo concibe a Jesús como líder político y, por tanto, concibe la Iglesia como un asunto de los hombres, como una estructura social, como un gobierno donde muchas cabezas deciden muchas cosas.

    Francisco, no solo peca con el mismo pecado de Pedro, sino que tiene el pecado de Judas. Reúne ambos pecado. Es incapaz de creer en Jesús y pone el amor al dinero, el amor a los pobres, al amor a su vida social, por encima del amor a Cristo.

    Pero Francisco tiene otro pecado más: su orgullo. Y, por este orgullo, vive su amor propio en la Iglesia. Vive su narcisismo. Busca su popularidad, el caer bien a todo el mundo. Por eso, su sonrisa es de Lucifer; luciferina. Tiene el mismo pecado que Lucifer. Se ríe de la misma forma como lo hace Lucifer.

    Es una pena que la Jerarquía siga ciega, buscando en la inteligencia rota de Francisco un agua para la vida espiritual. Quien lea a Francisco enseguida se da cuenta de la estupidez que es este hombre. Y esto lo saben muchos sacerdotes, pero callan su boca porque quieren recibir el salario de ese loco. Y, claro, tienen que componer sus predicaciones invitando a la gente a compartir su dinero, porque ahora la moda es la fraternidad. Ahora, ya no hay que juzgar a nadie. Ahora hay que amar a todos, incluso al mismo demonio. Hay que bailar con el demonio para ser feliz en la vida. Por eso, le besan el trasero a Francisco. No son capaces de levantarse y ponerse en contra de él. Y tampoco saben hacerlo.

    ¡Qué indignante basura de Via Crucis!


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    El Via Crucis es el camino de la Cruz, es decir, el camino que Cristo marcó para que el alma se salvara de su pecado y se santificara con la Gracia Divina.

    El camino de la Cruz se recorre pisando las huellas de Cristo y, por tanto, fijándose sólo en los sufrimientos de Cristo, que son a causa de nuestros pecados.

    Cristo sufre sólo por nuestros pecados.

    Cristo no sufre por la crisis económica ni por sus consecuencias nefastas, ni por los sufrimientos de los emigrantes, ni sobre los males que desgarran la vida de muchas personas.

    El Via crucis no es ver los problemas de los hombres, no es meditarlos, no es recorrerlos y dar una enseñanza de cómo se solucionan siendo más hombres con los hombres.

    El Via crucis no es dedicarse a hacer política, no es para apoyar los derechos de los hombres, no es para hablar de las justicias sociales, no es para entender la vida en clave de fraternidad.

    El Via crucis es ver sólo nuestros pecados y la ofensa que hemos hecho a Dios por nuestros pecados. Es dolernos por haber pecado, por haber matado a Cristo, por haberlo crucificado.

    Un Via Crucis que anule esto, anula todo en la Iglesia.

    Un Via Crucis centrado en:

    1. las graves consecuencias sociales de la crisis económica,

    2. en las mujeres que son víctimas de la violencia,

    3. en el trauma de los niños maltratados,

    4. en el dolor de las madres que han perdido a sus hijos en la guerra, o que están en las drogas o en el alcohol;

    5. en la injustica de la muerte de unos niños por desechos tóxicos,

    6. en la injusticia que sufren los presos por vivir en superpoblación en las cárceles o porque reciben torturas de otros presos;

    7. la necesidad de ayudar, de ser solidarios con todos los hombres, para encontrar el bien común;

    es, simplemente, el comienzo del cisma dentro de la Iglesia.

    Quien anula el Calvario, anula la Iglesia.

    Quien anula la muerte de Cristo, anula la Iglesia.

    Quien se aleja de la Verdad de la Pasión, se aleja de la verdadera Iglesia.

    Sexta estación: sexta herejía

    No se puede predicar que “la Verónica es la verdadera imagen femenina de la ternura”. Esto es inadmisible. Esto es un puñal en el corazón de Cristo.

    La Verónica enjuga el Rostro de Jesús. Esa mujer no le da una ternura a Cristo. Esa mujer obra lo divino en la Pasión.

    El Rostro de Cristo es el Rostro del Salvador. Y se necesitaba imprimir ese Rostro en un lienzo para las almas que, viendo el Dolor de Cristo, necesitaban la ayuda de un milagro para seguir creyendo.

    Y ese milagro, Cristo lo da a las mujeres, que son las que llevan todo el peso de la Cruz. Son las almas que creen. Y ellas sólo creen. Ellas, en su fe, no se apoyan en los Apóstoles. Ellos no creen en Cristo. Ellos lo han negado y han huido como cobardes. Y sólo quedan ellas en la Fe. Y el Señor les da un regalo de Su Amor para confortarlas en la fe y para que pudieran seguir adelante, hasta el Calvario.

    ¡Cómo se ríe Francisco de la Fe de toda la Iglesia con su ternura herética! ¡De qué manera anula Francisco la Verdad con su sentimentalismo herético y cismático!

    “El Señor encarna aquí nuestra necesidad de gratuidad amorosa, de sentirnos amados y protegidos por gestos de solicitud y de cuidados”: cuanto amor propio trae esta frase para el alma; cuánta vanidad escondida en esta frase; cuánto sentimentalismo herético tiene toda la Jerarquía de la Iglesia. ¡Están necesitados de las caricias de una muer para ser sacerdotes! ¡Cuánta impureza la de este Obispo que ha escrito esta basura y cómo se ve lo adúltero que es en la Iglesia!

    “Las caricias de esta criatura se empapan de la sangre preciosa de Jesús y parecen purificarlo de las profanaciones recibidas en aquellas horas de tortura”: ¡Qué grave herejía la de este Obispo! ¿Cómo se atreve a decir que las caricias de una mujer purifican el dolor de Cristo? ¡Dios mío, qué blasfemia contra el Espíritu Santo! ¡Qué ignorante de la teología de la Cruz! ¡Que amante eres de las mujeres en tu ministerio sacerdotal!

    Es el Dolor de Cristo el que purifica los corazones de los hombres; es el sufrimiento de Cristo el que da valor a las obras de los hombres; es la muerte de Cristo lo que engrandece la vida de los hombres.

    ¡Cuánta ignorancia de la vida espiritual! ¡Cuánta idiotez en este escrito! ¡Cuánta doctrina del demonio se descubre en cada palabra de esta basura ideológica!

    Séptima estación: séptima herejía

    Jesús no es un hombre para una vida social, para una historia de los hombres. Jesús es el Hombre. El hombre de todos los tiempos, porque sobre Él se han depositado todos los pecados del mundo, de todos los hombres.

    Y, por tanto, Jesús no “carga sobre sus hombros toda nuestra historia de dolor”. No existe la historia del dolor de los hombres.

    Existe el Hombre; existe Cristo que fue matado en Abel; existe Cristo cuyos pies fueron atados en Isaac; existe Cristo que anduvo peregrino en Jacob; existe Cristo que fue vendido en José; existe Cristo que fue expuesto sobre las aguas en Moisés; existe Cristo que fue perseguido en David; existe Cristo que fue deshonrado en los profetas.

    Es Cristo el que ha llevado en Su Cuerpo los sufrimientos de todos, las víctimas del odio, de la violencia, de las guerras.

    Es Cristo el que ha encerrado en Sus Heridas la sangre derramada por millones de niños inocentes, matados en el seno de sus madres.

    Es Cristo el que ha sido flagelado por todos los dolores, por todas las enfermedades, por todos los males incurables.

    Es Cristo el que ha sido coronado de espinas en aquellos que pecan contra la Fe, contra la Verdad, contra la Iglesia. Es Cristo el que sufre el pecado de soberbia de todos los hombres en su Cabeza Coronada de Espinas.

    Es Cristo el que es despreciado en los pobres, en los pequeños, en los marginados, en los últimos, en los explotados. Es Cristo. No es la historia del dolor de los hombres. No son los hombres los que sufren. Es Cristo el que ha sufrido primero y el que da valor a todo sufrimiento humano. ¿Cuándo lo van a comprender?

    Es Cristo el Hombre de todos los tiempos. Los demás: nada.

    En Cristo ha vivido, ha sido redimido y ha sido salvado, cada hombre, desde el primer Adán, hasta el último al final de los tiempos.

    Y a cada hombre le toca sólo aceptar la obra de Cristo o rechazarla. Aceptar los sufrimientos de Cristo para dar valor a sus sufrimientos humanos. O rechazar la obra de Cristo en la Cruz, y poner su vida en un camino para la condenación, en la que nada tiene valor e importancia para Dios.

    ¡Cuánta grosería hay que leer en este infame escrito, que no da la verdadera teología de la Cruz, que anula con una nueva doctrina, la Verdad de la muerte de Cristo!

    Se adora el sufrimiento de Cristo, no se da culto a los sufrimientos de los hombres.

    La Semana Santa es para adorar a Cristo Crucificado, para adorar sus llagas, para amar su Dolor.

    La Semana Santa no es para fijarse en los problemas de ningún hombre, no es para ensalzar la vida de los hombres, no es para medir el sufrimiento de los hombres con la inteligencia humana.

    La Semana Santa es para meterse en las llagas de Cristo y vivir allí. Y, en esas llagas, se descubre el valor de todo sufrimiento humano.

    “A la cárcel se la mantiene aún hoy demasiado lejana, olvidada, rechazada por la sociedad civil”: y a nosotros, ¿qué nos importa esto?.

    Si no eres capaz de dar a Cristo, el valor de su sufrimiento, ¿para qué enumeras tantas cosas que a nadie le interesa saber?: ”los absurdos de la burocracia, la lentitud de la justicia. El hacinamiento es una doble pena, un dolor agravado, una opresión injusta, que desgasta la carne y los huesos”.

    Palabras que sólo se dicen para rellanar una cuartilla, para buscar el agrado de los hombres, para alcanzar la popularidad entre las masas de las gentes, que no saben lo que es la Verdad de Cristo, la Verdad de Su Dolor, la Verdad de Su Muerte en Cruz; sino que viven agarrados a sus verdades humanas, a sus ambiciones humanas, a sus intereses humanos. Ganas de hablar y contar chismes para acrecentar el odio entre los hombres, la discordia, la envidia.

    ¡Da pena leer esta salvajada de escrito! Y da dolor ver cómo muchos la aplauden como una obra maestra en el gobierno de ese idiota.

    Octava estación: octava herejía

    Se habla ocultando la Verdad del Evangelio: “Las figuras femeninas en el camino del dolor se presentan como antorchas encendidas”.

    La luz en el camino del Dolor es Cristo, no las mujeres que se encuentran con Cristo. Es el Dolor de Cristo el que da conocimiento a las mujeres para acercarse a Él. Es el Dolor de Cristo el que llama al alma para que aprenda una verdad. Esa verdad que se anula en este Via Crucis, esa Verdad que no se quiere nombrar porque significa Justicia Divina. Y en este panfleto comunista se habla de una falsa misericordia, de una falsa compasión por el prójimo, de una herética doctrina de la fraternidad, de una misericordia sin justicia sin verdad.

    “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron! Entonces se pondrán a decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Cubridnos! Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?” (Lc 23, 28-31)

    Esto es lo que se calla: de nada sirve compadecerse con palabras y con sentimientos de los sufrimientos de este mundo, de los problemas de los hombres, si nuestra vida continúa como siempre: amando nuestros pecados.

    Jesús muestra a las mujeres las verdaderas lágrimas, las que nacen de la gravedad del pecado y de la seriedad del Juicio de Dios.

    Las mujeres tienen que llorar por los hijos que no quieren convertirse para alcanzar la Misericordia, y así no ser fulminados por la Justicia que condena al alma al infierno.

    Esto es lo que significan las palabras de Cristo en Su Dolor. Cristo no busca el cariño de unas mujeres, las lágrimas de unas mujeres: “no lloréis por mí”. Dejad vuestros inútiles sentimientos de la vida a un lado y profundicen en el Dolor de Mi Pasión. Lloren lágrimas de penitencia por sus hijos, para que reciban la gracia de la conversión. Déjense de estúpidos cariños humanos, porque no sirve para consolar el Dolor que el pecado trae al alma.

    “Lloremos por las mujeres esclavizadas por el miedo y la explotación”: vete al infierno con tus lagrimas heréticas, Obispo orgulloso, Obispo herético, Obispo cismático. Y que te acompañe la rata de Francisco, que es el culpable de esta bazofia de predicación.

    Aquel Católico que no sienta indignación ante este Via Crucis es que no es católico, es que no ama a Cristo, es que no ama a la Iglesia, es que no es de la Verdad.

    (Continuará)

    Via Crucis cismático: la anulación de la Obra Redentora de Cristo


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    Primera estación: primera herejía

    Jesús es condenado a muerte por nuestros pecados. El pecado de Pilatos fue no creer en la Verdad, que es Jesús. Por su falta de fe, Jesús va hacia la Cruz. Por tanto, lo que crucifica a Cristo no es la existencia de personas inocentes ni de personas débiles, ni de hombres que sufren injusticias sociales. Lo que crucifica a Cristo son nuestros pecados y, sobre todo, el pecado contra la Fe.

    Por tanto, «¿sabremos tener una conciencia recta y responsable, transparente, que nunca dé la espalda al inocente, sino que luche con valor en favor de los débiles resistiéndose a la injusticia y defendiendo por doquier la verdad ultrajada?» (Meditaciones al Via Crucis, de Mons. Giancarlo Maria BREGANTINI, Arzobispo de Campobasso-Boiano – 15 de abril de 2014)

    A esta pregunta herética, hay que responder: Apártate de Mí Satanás; tú hablas como los políticos, tú hablas como los marxistas, tú hablas como los comunistas, pero no enseñas la Palabra de Dios en tu discurso.

    Tú, Francisco, que has destruido la Verdad del Papado, que has hecho la injusticia más grande, negando la verdad del Evangelio a toda la Iglesia imponiendo tu evangelio fraterno, que es la negación del amor y de la misericordia, creando alrededor tuyo una atmósfera de odio y de crueldad, haciendo que la falsedad sea el principio de tu gobierno, seas maldito, seas excomulgado de la Iglesia Católica, seas un alma errante sin misericordia divina.

    Hay que defender la verdad ultrajada por Francisco y por su gobierno horizontal. Hay que atacar al hereje Francisco y a su nueva iglesia en el Vaticano.

    Segunda estación: segunda herejía

    Jesús carga con la cruz de nuestros pecados, por tanto, Jesús no carga con “el peso de todas las injusticias que ha causado la crisis económica, con sus graves consecuencias sociales: precariedad, desempleo, despidos; un dinero que gobierna en lugar de servir, la especulación financiera, el suicidio de empresarios, la corrupción y la usura, las empresas que abandonan el propio país” (Ibidem).

    A Jesús le trae sin cuidado las crisis económicas, el desempleo, el dinero, la corrupción, las empresas que abandonan el país, etc.

    A Jesús le trae sin cuidado el pensamiento de Francisco sobre los males de los hombres, los males sociales, los males del trabajo, los males de la cultura.

    A Jesús le da igual la palabrería barata y blasfema que Francisco y su gobierno de marxistas están diciendo continuamente en la Iglesia.

    Jesús sólo se preocupa del pecado de sus almas, de darles el camino para que quiten sus pecados, de darles las gracias para que expíen sus pecados, de darles el Espíritu que fortalece contra el demonio y que impide caer en el pecado.

    Jesús viene a cargar con todos los pecados de los hombres. Las consecuencias del pecado son sólo el fruto del pecado. Son otros pecados. Son otras maldades, que conducen a otros pecados.

    Si el hombre no lucha por quitar sus pecados, y se dedica a resolver sus asuntos económicos, sus crisis; si el hombre sólo lucha por sus justicias sociales, entonces el hombre se va de cabeza al infierno por querer quitar el pecado con una solución marxista y comunista de la vida.

    “Esta es la pesada cruz del mundo del trabajo, la injusticia en la espalda de los trabajadores. Jesús la carga sobre sus hombros” (Ibidem): Jesús no carga la cruz del mundo del trabajo; Jesús no carga con las injusticias de los trabajadores. Porque Jesús no es un líder social, no es un líder político. Jesús no es un trabajador social.

    “y nos enseña a no vivir más en la injusticia, sino a ser capaces, con su ayuda, de crear puentes de solidaridad y esperanza, para no ser ovejas errantes ni extraviadas en esta crisis” (Ibidem): Jesús carga con el pecado de los hombres y enseña a no pecar más. Jesús, enseñando a no pecar, enseña a practicar las virtudes cristianas, las teologales, y a dar a cada hombre lo que se merece.

    La justicia con los hombres viene de quitar el pecado. Las injusticias con los hombres vienen de vivir en el pecado. Quien quiera hacer una justicia estando en pecado, comete otra injusticia mayor. Quien no vive en la justicia divina, en la justicia del alma, en la vida de la gracia, ¿cómo quiere dar una justicia a otro hombre? No puede. Nadie da lo que no tiene. Siempre le dará una injusticia, que es lo que posee en su corazón por estar en pecado.

    Jesús no viene a crear puentes de solidaridad. Jesús viene a ser el puente que lleva de la tierra al cielo. Jesús crea el camino para salvarse y para santificarse. A Jesús le trae sin cuidado todas las crisis de los hombres, porque la única crisis del hombre es su amor al pecado. Si no sale de esa crisis, el hombre se pierde para toda la eternidad.

    Tercera estación: tercera herejía

    Jesús cae por primera vez, por los pecados de lujuria de los hombres. La primera caída es por la fuerza del pecado que todos los hombres tienen en su carne, en su humanidad. Ese pecado divide al alma y al cuerpo. Y el alma quiere lo divino, pero el cuerpo quiere lo carnal, lo pecaminoso, lo lujurioso.

    Jesús cae para expiar la maldad de todos los hombres por su vida de placeres, por su vida de gula, por su vida acomodada a todo lo humano. Es el pecado de la carne lo que hace débil al hombre.

    Y, por tanto, Jesús no “nos ayuda a aceptar las debilidades de los demás; a no indignarnos con quien ha caído, a no ser indiferentes con quien cae” (Ibidem). Jesús, con su caída, no da la fuerza para no caer en el pecado que domina a toda la carne.

    Jesús no mira las debilidades de los hombres, sino sus pecados. Y el hombre no puede aceptar las debilidades de los demás, porque toda debilidad del hombre es por un pecado. El hombre tiene que exigir al otro hombre que se arrepienta de su pecado. El hombre tiene que mostrarse ante los demás hombres como justo, como recto, con una norma de moralidad, con la ley divina en el corazón.

    El hombre no tiene que llorar por las debilidades de los demás hombres; no tiene que mostrar misericordia con nadie; no tiene que afligirse por el pecado de los hombres. El hombre recto en Dios da a cada hombre lo que se merece: a unos dará misericordia y a otros justicia.

    El hombre no tiene que ser amable con los hombres que pecan. El hombre no tiene que ser humano con los hombres. El hombre tiene que ser divino, tiene que imitar a Cristo cuando está con los hombres.

    La ñoñería de estar pendiente de las debilidades humanas, del otro es lo que lleva al infierno sin remedio. Por el apegado amor a la carne y a la sangre, por el estúpido sentimiento y afecto humano, muchos se alejan de la Verdad y de la Gracia Divina. ¡Cuántos caen en el pecado por su lujuria de la vida, por su vida de placeres, por su vida cómoda, por estar pendiente de las necesidades materiales de los otros!

    Cuarta estación: cuarta herejía

    Jesús se encuentra con Su Madre, que es el único Refugio en medio del Dolor de Su Pasión. Es la única que entiende a Jesús; que sabe medir el sufrimiento de Su Hijo; que le ayuda a cargar con Su Cruz. La primera cirenea; la mano de la Madre, que lleva el Dolor Místico hacia la cumbre del padecer.

    La Virgen llora por Su Hijo y, por tanto, la Virgen no “recoge las lágrimas de todas las madres por sus hijos lejanos, por los jóvenes condenados a muerte, asesinados o enviados a la guerra, especialmente por los niños soldados”.

    La Virgen no está para recoger los lamentos de las madres por sus hijos. Lamentos estériles; lamentos criminales; lamentos sin sentido.

    La madre que llore por su hijo lejano es que no ha comprendido el dolor de Cristo; la madre que llore por su hijo condenado a muerte, es que no ha comprendido la muerte de Cristo; la madre que llore por sus hijos asesinados o enviados a la guerra, es que no ha entendido la Pasión de Cristo.

    El hombre no tiene que llorar por su vida humana ni por los problemas que tenga en su vida humana, ni por las injusticias que otros le hagan en su vida humana.

    Cristo no ha muerto en la Cruz para que el hombre llore por su vida humana. Cristo ha muerto en la Cruz para que el hombre llore por sus pecados.

    Y la Virgen María sólo recoge las lágrimas de aquellas almas que lloran y hacen penitencias por sus malditos pecados.

    ¿Qué se creen que es la Pasión de Cristo? ¿Lamentarnos por nuestros problemas humanos? ¿Cómo se atreve Francisco a anular la muerte de Cristo con su filosofía barata de la vida?

    Francisco ha anulado la Redención de Cristo, la Obra de Cristo, para dar a la Iglesia su estúpida doctrina de la teología de la liberación. Estúpida y herética.

    ¡Qué salvajada para la verdad es este via crucis! ¡Cómo aniquila ese hereje lo más sagrado que hay en la Iglesia: la Cruz de Cristo!

    Su sentimentalismo hereje le lleva al infierno de cabeza.

    La Pasión de Cristo, las llagas de Cristo, el Dolor de la Madre por Su Hijo, no es para escuchar “el lamento desgarrador de las madres por sus hijos, moribundos a causa de tumores producidos por la quema de residuos tóxicos” (Ibidem). ¡Qué supina ignorancia de la teología y de la filosofía! ¡Qué heréticas palabras de un comunista que se viste de Obispo para engañar a la Iglesia! ¡Qué asco de idiota, que es Francisco! ¡Qué loco está para buscar su dinero en la Iglesia! ¡Cómo mata a las almas negando la Verdad el Evangelio! ¡Cómo engaña a todo el mundo con su sonrisa diabólica!

    Quinta estación: quinta herejía

    El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz; el hombre que ve su pecado, se une a la obra de la Redención, se une al Dolor de Cristo, y salva almas.

    El hombre que pone su vida en penitencia, en expiación, es el que hace la verdadera fraternidad, es el que vive el verdadero amor fraterno, porque el amor a Cristo Crucificado llena todo su corazón.

    Si no se ama el dolor de Cristo, no se ama al hermano. Si no se sufre con Cristo, no se sufre con los hermanos. Si no se muere con Cristo, no es posible dar vida a los hermanos.

    “La relación con el otro nos rehabilita y crea una hermandad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo” (Ibidem): ¡Qué bazofia de frase! ¡Cuánta maldad está escondida en esta frase! ¡Qué gran herejía anuncia esta frase!

    La relación con Cristo, con su sufrimiento, con su dolor, con su muerte en Cruz, es lo que libera al alma, es lo que rehabilita al alma, es lo que empuja al alma hacia la verdad de su vida. El otro: nada. El hombre: nada. El hermano: nada.

    Si el alma no ama a Cristo totalmente; si el alma no se transforma en otro Cristo, en plenitud, por la Gracia; si el alma no posee la Mente de Cristo, tampoco posee las obras de Cristo hacia el otro.

    El amor al prójimo es el fruto del amor a Dios en Cristo Jesús. Y quien ama a Cristo, se hace Cuerpo Místico de Cristo. No se hace hermandad mística; no hay un lazo místico entre los hombres. Sólo hay una unión mística entre Cristo y el alma. Sólo el alma contempla a Dios. Sólo el alma desea ver a Dios. Sólo el alma es poseída por el amor de Dios. Y, de esa manera, el alma ve todo los demás y se une, en Dios, a todo los demás.

    Sólo Dios es Sagrado; el hombre es un demonio, de pies a cabeza, desde que nace hasta que muere.

    Lo sagrado es de Dios; lo sagrado viene de Dios; lo sagrado Dios lo da. Nada es sagrado si el hombre rechaza la vida de la gracia en su corazón. Nada tiene valor, si el hombre vive sólo para el hombre.

    La vida no es para “buscar la felicidad de los demás en tantos gestos de voluntariado: una noche en el hospital, un préstamo sin intereses, una lágrima enjugada en familia, la gratuidad sincera, el compromiso con altas miras por el bien común, el compartir el pan y el trabajo, venciendo toda forma de recelo y envidia” (Ibidem).

    La vida es para darle al otro la Voluntad de Dios, que es siempre una cruz, no una felicidad; es siempre un dolor, no un placer.

    No se vive para pasar una noche en el hospital, ni para dar un préstamo sin intereses, ni para enjugar una lágrima en familia, ni para agradecer a los hombres, ni para buscar el bien común, ni para compartir nada en la vida.

    El amor al prójimo no se mide con la inteligencia humana, ni con las obras humanas, ni dando a la vida humana el primer lugar.

    El amor al prójimo se mide con la Voluntad de Dios. Y aquel que aprende a crucificar su propia voluntad, es el que sabe amar al hombre, es el que sabe hacer sociedad, hacer familia, hacer un bien común. Lo demás, es el comunismo de Francisco y los suyos.

    (Continuará)

    Jesús, en Vos confío

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