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La Iglesia tiene lo que se merece: un falso Papa, llorón de la vida humana


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A nadie le interesa vivir hoy el dogma, sino que todos lo interpretan según sus filosofías y teologías.

Si no se vive el dogma, que es la Verdad que Dios ha revelado al hombre, no se vive de fe. Y quien no tiene fe, sólo posee una fe humana, una fe según el lenguaje humano que se utilice.

Una cosa es el dogma, la Verdad Absoluta, y otra cosa es expresar esa Verdad con palabras claras e inequívocas.

Muchos dicen que Dios es Uno y Trino: están diciendo el dogma de la Santísima Trinidad. Y lo expresan de muchas maneras. Pero, muchas de ellas, son equívocas, oscuras, con malicia, con doble sentido.

Muchos engañan diciendo que creen en el Dios Católico, pero después obran otra cosa a eso que dicen.

Quien vive el dogma habla claramente: es decir, obra lo que vive. Su palabra es el testimonio en su vida. Sus obras dan testimonio de lo que cree en el corazón, no de lo que dice su boca.

Muchos ponen la fe en la boca: según su lenguaje humano, así creen. Muchos se esfuerzan por buscar argumentos humanos para servir a Dios. Pero son pocos los que obran la fe.

La fe, la auténtica fe, es una obra divina, que el hombre no es capaz de medir con su inteligencia humana; que el hombre no es capaz de obrar con su voluntad humana. Es Dios quien pone el camino de esa fe, que Él da al alma en el corazón, para que obre lo divino en lo humano.

Ante la realidad de lo que vemos en la Iglesia, muchos viven de su lenguaje humano. Pero son pocos los que viven de fe: los que ven la Iglesia en la Verdad Revelada, en el dogma, en la Tradición Divina. Y, por eso, hay de todo en la Iglesia: hay mucha cizaña, mucha maldad, mucha ignorancia en todas las cosas.

Los hombres, hoy, en la Iglesia, viven de legalismos, de estructuras, de ideas y obras humanas, pero no saben vivir lo divino, lo espiritual, lo sagrado, lo santo. Por eso, vemos lo que vemos. Asistimos a la Gran Apostasía de la Fe: la misma Iglesia, la misma Jerarquía apostata de la Verdad Revelada, para seguir su lenguaje humano. Y si la Jerarquía vive así, dentro de la Iglesia, entonces los fieles andan en la oscuridad más total: creen en todo y no creen en nada.

Una Jerarquía que no da la Verdad a las almas, siempre las hace pastar por prados del demonio, que son los del hombre y los del mundo.

Una Jerarquía que no gobierna con la Verdad, entonces impone su mente humana al Rebaño.

Y una Jerarquía que no vive para santificarse dentro de la Iglesia, entonces vive para condenar a las almas al fuego del infierno.

La Iglesia está fundamentada en la Jerarquía, no en los fieles. Si la Jerarquía no hace su trabajo, los fieles tampoco lo harán en la Iglesia. Y así se llegará al populismo en la Iglesia, a la democracia en Ella, a la opinión pública para vivir lo sagrado, lo santo.

Hoy la gente quiere una Iglesia del mundo porque eso es lo que la Jerarquía enseña a vivir: las cosas del mundo, sus culturas, sus políticas, sus economías, sus filosofías, etc. No se enseña la ley divina, la ley natural, la norma de moralidad. Se enseña cualquier cosa, porque sólo interesa dar el lenguaje humano a la gente. No se habla con claridad de la Verdad Absoluta.

Muchos confunden lo que es un Papa con un hombre hereje o cismático. Y así no saben ver a Francisco por lo que es: no es Papa. No se ponen en el dogma, sino en el lenguaje humano.
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Francisco no es Papa sólo por una razón: porque no puede tener el Primado de Jurisdicción, que sólo está en el Papa legítimo, Benedicto XVI. Este Papa recibió el Primado de Jurisdicción porque ha sido elegido cuando el anterior murió. Se es Papa hasta la muerte. Esto es lo que dice el dogma del Papado.

Por tanto, Francisco no es Papa, no porque sea hereje y cismático, sino porque está obrando en la Iglesia con un poder humano, que los hombres le han otorgado. No pudo recibir el Primado de Jurisdicción, en su elección, porque el Papa seguía vivo. El Primado de Jurisdicción no se recibe por la renuncia del Papa, sino por la muerte del Papa: por sucesión del Espíritu de Pedro, que exige morir, llevar la Gracia, el Carisma, hasta la muerte.

Así de sencillo es el dogma. Pero, después, en la práctica nadie lo vive. Y eso es indicio de falta de fe. La gente no sabe pensar la fe católica, los dogmas, sino que hablan de muchas cosas y no dicen nada. Lo confunden todo.

El problema de la Iglesia no está en que Francisco es hereje y cismático, sino que es llamado Papa sin serlo. Han dado al Papa Benedicto XVI el Primado de Honor, lo han hecho Papa emérito, cuando él sólo posee el Primado de Jurisdicción en su elección divina. Y a Francisco le han dado el Primado de Jurisdicción que no puede poseer. Es decir, que los Cardenales han puesto a un usurpador del Papado y lo llaman Papa. Este es el problema.

Y es un problema que nace antes de que Francisco suba a la Silla que no le pertenece. Es lo que la Jerarquía de la Iglesia ha venido persiguiendo durante 50 años hasta obtenerlo. Ahora tiene al Papa que ellos quieren en su lenguaje humano. No han puesto al Papa que quiere el Espíritu Santo. A ese Papa, le han obligado a renunciar. Por supuesto, que no hablan así, sino que dicen que el Papa Benedicto XVI ha sido libre para hacer eso. Y, ciertamente, el mismo Papa Benedicto XVI se ha declarado libre en su renuncia. Pero no es este el punto. El punto, que nadie dice, es que todo ha sido planeado, desde hace mucho, para poner a un hombre en la Silla de Pedro, que no viene de Dios y que lleva a la Iglesia hacia su desastre más total.

Ahora, estos hombres están en su lenguaje humano. Y ya no son capaces de hablar de verdades Absolutas, de dogmas, porque quieren otra cosa en la Iglesia.

Francisco, además de no ser Papa, es hereje. Y su herejía viene de antes de subir a la Silla de Pedro. Lo que predica ahora es lo que siempre ha predicado. Y lo que obra es lo mismo. Francisco no ha cambiado ni su estilo de predicar ni sus obras en el sacerdocio. Siempre ha sido hereje y siempre lo será. Es un masón y, sólo por eso, está fuera de la Iglesia. El ser hereje no le invalida para decir que no es Papa. Francisco es un usurpador y, además, hereje. En su herejía, lleva a la Iglesia por el camino del protestantismo y del marxismo. Eso es lo que siempre predica.

Pero Francisco, además, es cismático: ha usurpado el Trono de Dios para poner división en la cabeza de la Iglesia: su gobierno horizontal es el cisma: es el inicio de una nueva sociedad en el Vaticano. Su gobierno horizontal ya no representa al gobierno de la Iglesia, que es siempre vertical, por el dogma del Papado. Como a nadie le interesa este dogma, entonces todos viven en sus lenguajes humanos.

Por tanto, no es posible la obediencia a ese gobierno horizontal: están trabajando con un poder humano para crear una sociedad religiosa en el Vaticano. La obediencia sólo se da a quien tiene el Primado de Jurisdicción, que es el Papa Benedicto XVI. En estas circunstancias, Dios no obliga a obedecer al Papa Benedicto XVI porque no está ejerciendo el Primado. Lo tiene, pero no lo usa. Se ha vuelto inútil para la Iglesia. Quien la gobierna es un usurpador con un poder humano.

Por tanto, Francisco es tres cosas: no es Papa, es hereje y cismático. Estas tres no son una, sino tres realidades diferentes y hay que saber verlas, como son, en la Iglesia. Hay que saber mirar a Francisco como un falso Papa, o un falso Profeta, o uno de los anticristos; hay que saber leer sus escritos, que son siempre la herejía del protestantismo y del comunismo; y hay que saber estar en la Iglesia sin darle la obediencia: vivir sólo para Cristo, no para un gobierno de hombres.

Es hora de que la Jerarquía de la Iglesia diga no a Francisco, antes del Sínodo. Ese Sínodo no es la Voluntad de Dios, sino lo que los hombres van a querer, porque ha sido puesto para comenzar a destruir las Verdades Absolutas. Y se comenzará dando un palo a la familia, que es lo que todo el mundo espera. Ya no hay vuelta atrás. Que nadie se haga la ilusión de que en el Sínodo van a salir cosas buenas para la Iglesia. Va a salir mucha maldad.

Y lo que tiene que hacer, ahora, la Jerarquía es oponerse a ese Sínodo y no asistir. No van a hacerlo, porque han perdido la fe. Todos viven en sus lenguajes humanos sobre lo que es la Iglesia y lo que es Cristo. Pero, realmente, a nadie le interesa ni Cristo ni Su Iglesia. Y, mucho menos, a la Jerarquía, que sólo está en la Iglesia haciendo su negocio.

Los Cardenales han puesto al hombre que se merece la Iglesia: un hombre necio, estúpido e idiota. Este es el resumen de lo que es Francisco. Un hombre incapaz de hablar la Verdad (= necio), que sólo medita en su herejía (= estúpido) y que obra para dar a los hombres su locura en la mente (= idiota), lo que él piensa que es bueno y malo.

Francisco nunca dará una doctrina que lleve al alma a la salvación y a la santificación: no habla nunca de la santidad. Siempre habla del mundo, de lo social, de las culturas, de las estructuras, de los hombres. Francisco quiere salvar sin santificar al alma. Y eso es imposible en la Iglesia. Dentro de la Iglesia estamos para santificarnos, no sólo para salvarnos. La Iglesia, no es sólo salvación, sino santificación: es hacer la Voluntad de Dios que Francisco nunca puede hacer.

Por eso, Francisco siempre condena: habla para condenar, habla para llevar a la mentira, habla para hacer que los hombres se queden en sus vidas humanas, naturales, carnales, buscando el reino en este mundo, y construyendo un mundo, que es un infierno.

La Iglesia tiene lo que se merece: un hombre que llora por los hombres, pero que no es capaz de llorar ni sus pecados, ni los del mundo entero: «Algunas veces dije que Buenos Aires es una ciudad que necesitaba llorar, que todavía no había llorado lo suficiente. A riesgo de caer en un lugar común, lo repito: nos hace falta llorar» (19 de julio de 2014).

«Deja que los muertos entierren a sus muertos», deja que los hombres se maten, si eso es lo que quieren. Tú predica la Verdad: os matáis porque no tenéis a Dios en vuestros corazones. Volved a Dios y los problemas se resuelven.

Pero Francisco les dice lo que los hombres quieren escuchar: el lenguaje humano, el sentimiento del hombre perdido en las cosas del mundo, y que sólo ve la vida con su inútil pensamiento humano.

Después de hacer una oración blasfema en el Vaticano, ahora se pone a llorar. Tenéis al falso Papa que os merecéis: a un llorón de la vida humana, un ciego para la Verdad y con la cojera de su blasfemia contra el Espíritu Santo.

Toda la Iglesia se ha puesto a llorar por la vida humana: a resolver problemas de los hombres. Y nadie llora por su negros pecados. Y así nos va en todas partes: queriendo ser de Dios y, en realidad, somos del demonio. La Iglesia está atada al demonio. Y es una atadura que la misma Jerarquía ha puesto en Ella. Y sólo Dios podrá desatarla. Hay que permanecer fieles a la Gracia. Quien no sea fiel al Don de Dios, va a quedar atrapado en esa atadura y, muchos, saldrán con el alma destrozada, porque no han sabido creer en el momento oportuno: están esperando a ver si Francisco quita la Eucaristía para llamarlo falso Papa.

Primera monja católica transexual


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Tia Michelle Pesando (Ver video CTV NEWS London) es un hombre que ha vivido su primeros 30 años como hombre y, ahora, ha decidido vivir como mujer, quiere auto-identificarse como perteneciente al sexo femenino, tomando hormonas, y tiene la esperanza de entrar en un convento de monjas carmelitas en breve (Ver entrevista en London Community News).

Es un hombre transgénero, transexual, hermafrodita o abominación sexual. Siente que tiene órganos masculinos y femeninos. Se siente hermafrodita. Este hombre ve a las personas transexuales como existiendo en un espectro hermafrodita, en un ambiente de ser hombre en la realidad, pero viviendo como mujer, pensando como ella, mirando siempre la vida de la mujer, pero no para compartirla como hombre, sino para ser como ella misma.

Estas personas viven el sentimiento de ser mujer, pero no la realidad. No tienen el cuerpo, los órganos de la mujer. No tienen su espíritu y, por tanto, lo que hacen es una auténtica aberración en la vida.

Tienen los órganos masculinos, pero sin funcionar, como atrofiados. Y, también, poseen una especie de órganos femeninos, pero no completos. Y tampoco estos funcionan. Son como asexuales, pero sin serlo.

Esta persona es un hombre, pero que no ha podido desarrollar su vida de hombre de forma conveniente. Ha vivido como hombre porque así se ha sentido desde su nacimiento. Y este sentimiento de hombre es el que vale para él. Se nace hombre o mujer. Pero no se nace ambas cosas. Se puede nacer con una disfuncionalidad orgánica en el sexo, material. Pero la persona sabe que es hombre o mujer.

El querer cambiar a ser mujer es el camino equivocado para él. Porque el sexo no está en el cuerpo, sino en el ser de la persona. La sexualidad es la persona, no el cuerpo humano. Se nace persona hombre o persona mujer. Después, por el pecado original, el cuerpo no puede hacer su función o se tienen ambos sexos, pero la persona sigue siendo hombre o mujer.

El sexo es una vida divina en la persona, no es una vida material o carnal en ella. Dios ha creado el sexo para un amor. Dios no ha creado el sexo para un placer o para un goce carnal o para ejercer una función orgánica.

Dios ha creado la sexualidad con la persona. No existe, por tanto, la cuestión del género. La sexualidad no se la inventa el hombre, sino que se nace con ella. Se nace hombre, en un cuerpo de hombre; o se nace mujer, en un cuerpo de mujer.

Y, por lo tanto, se es hombre para amar a una mujer, aunque el sexo no funcione en el cuerpo. Y se es mujer para amar a un hombre, aunque el sexo no sirva para producir el amor que se da en el espíritu.

El sexo nunca está en el cuerpo, sino en el ser de la persona. Se nace con un alma de hombre o con un alma de mujer. No se nace con las dos almas. No se nace con una, para después pasar a otra. Las almas, que Dios crea, son o para un hombre o para una mujer. Dios no crea almas para ser transexual o hermafrodita.

El desconocimiento de la vida espiritual, de lo que es una persona, produce estas aberraciones sexuales.

A la edad de 17 años, quería ser sacerdote. Pero el demonio estaba ahí para meter la cola en el momento oportuno. Y, claro, le puso un mundo enfrente que no entendía a los homosexuales. Y comenzó a ver la Iglesia, a ver a Dios, como un muro, un obstáculo para su vida de hombre.

Actualmente vive como una virgen consagrada, aceptado por la comunidad del Carmelo y, por tanto, será la primera monja transexual del mundo.

Esta aberración sólo es posible porque la Jerarquía de la Iglesia ha perdido la fe. Y ese convento de carmelitas, que han aceptado a este hombre, que quiere ser mujer, ha puesto la abominación en el claustro.

Él describe así su vocación:«Yo estoy convencido de la realidad de Dios y de la importancia de este llamado».

Y la pregunta es: ¿de qué Dios está convencido este hombre? Porque Dios no puede llamar a una vida de pecado y de condenación. Esta persona escucha al demonio en su mente y le hace caso. Y no sabe que es el demonio. El demonio se viste de ángel de luz y él se lo cree. Él cree que Dios le ha llamado a ser monja. Dios lo ha creado hombre, pero ahora resulta que lo llama a ser monja.

¿De qué Dios está hablando este hombre, porque este no es el Dios de los católicos? Dios crea al hombre como hombre. Y la vocación que da es para ser hombre, no para ser una mujer.

Cuando este hombre decidió ser monja, recibió la bendición de un sacerdote y, ahora, está pasando por el proceso de convertirse en la hermana Carolina: «Estoy en el proceso de formación que estará comenzando este mes de agosto, así que esto es un comienzo positivo».

Esta persona espera que la Jerarquía apruebe el final de este proceso: «El perdón tiene que comenzar en alguna parte. Tiene que empezar con nosotros, con todos nosotros, los de la comunidad LGBT y los de la fe cristiana».

Los católicos no podemos tolerar este pecado, cerrar los ojos, mirar a otra parte, y decir: sí, quedas perdonado, puedes seguir con tu vida que dará mucha gloria al demonio.

Esta persona tiene que comprender que si no ve su pecado, si no se arrepiente de él, si él no llama al pecado con el nombre de pecado, por más que los demás le digan que sí, que puede vivir esa aberración, Dios no se lo puede decir.

Él habla del perdón porque se enfrentó a la concepción de que Dios odia al homosexual y lo considera una abominación. No comprende la Palabra de Dios en su raíz espiritual. No entiende lo que es la abominación para Dios, que es cometer un acto en contra de la naturaleza humana. Dios odia todo pecado. Y Dios no puede ver un acto que vaya en contra de lo que Él ha creado, porque ese acto destruye la misma naturaleza del hombre.

El hombre que se masturba destruye su naturaleza. E igual la mujer. Son actos contra natura. Pero la masturbación no es una abominación.

Lo abominable está en usar el sexo en contra del orden debido: el sexo del hombre es para la mujer; y el de la mujer, para el hombre. Este es el orden en el sexo. Es un orden divino en la naturaleza humana. Esta es la armonía que debe haber entre hombre y mujer.

Lo abominable es vivir para lo que no se es: un hombre que quiere ser mujer; un hombre que no tiene el espíritu de ser mujer, no ha sido creado por Dios para ser persona hembra; sino que pone su vida en contra de lo que Dios ha creado. Y si el hombre no se arrepiente de esto, puede cometer el pecado contra el Espíritu Santo.

Este hombre está dolido porque no comprende la Palabra de Dios: cree que Dios lo odia, que Dios lo ha traicionado:

«Desde una perspectiva teológica, creo que tengo un argumento sólido. La gente se va de la iglesia porque siente que el Dios de amor los ha traicionado, y la traición es uno de los peores sentimientos que puedas imaginar. Así que estoy tratando de llegar a la gente diciendo que esto es lo que dice la Biblia actualmente».

Dios ha traicionado a los homosexuales. La culpa del pecado de estas personas la tiene Dios. Por supuesto, que esta idea nace del demonio que les cierra el entendimiento para poder comprender la verdad de sus vidas. Al no poder resolver su problema, se revuelven contra Dios. Es el sentimiento del rechazo que no pueden aceptar. Y, entonces tratan de buscar un argumento para salir de su existencia absurda.

Este hombre ha escrito su libro (Ver su página web) porque «siente como que son rechazados por Dios, siente como que son ciudadanos de segunda clase a los ojos de Dios».

No han comprendido la Palabra de Dios sobre sus vidas y no han encontrado un sacerdote que les pudiera ayudar en su problema. Hoy la Jerarquía ve esta cuestión como un asunto psiquiátrico, pero no ven al demonio en ellos. Y, por tanto, las almas se pierden en los razonamientos humanos, en las filosofías, en la nada de la sabiduría del hombre. Y terminan por decir esto:

«En realidad, no hay nada en la Biblia para condenar la comunidad trans porque ellos no eran simplemente conscientes de ello. Así como no hay nada en la Biblia que hable sobre la ingeniería aeroespacial, ambas de estas cosas fueron descubiertas unos 1.500 años después de que fue ésta fue escrito». Los hermafroditas no existían en aquel tiempo, cuando se escribió la biblia, sino que son de ahora. Y, entonces, lo que dice san Pablo de nada sirve para este hombre, que se identifica con el ser de la mujer, pero que no puede llegar a ser como una de ella.

Este hombre, al no comprender la Palabra de Dios, que los llama como abominación; al interpretarla como que Dios los odia y al ver que sus vidas no se resuelven y, por eso, sienten la traición de Dios, que Dios los ha dejado de la mano, sienten el rechazo de Dios, termina por anular la misma Palabra de Dios para decir que no hay nada en Ella que vaya en contra de ellos. Es siempre la soberbia del hombre el que acaba de encontrar un camino equivocado en la vida. Siempre el hombre falla en la vida por su soberbia, que anula la Mente de Dios. Y, por eso, su vida actual es una aberración. Y en esta aberración dice: «Yo estoy convencido de la realidad de Dios y de la importancia de este llamado».

Así está la Iglesia, preparando todo para el cisma. Ya la Iglesia no ayuda a las almas a salir de su pecado y no enseña los caminos del demonio en este mundo. Y, por eso, ante un Francisco que no juzga a los homosexuales, se da esta aberración en la Iglesia.

El mundo aplaude todo esto y lo justifica. Pero los católicos no podemos aceptarlo de ninguna manera. Dios es claro en Su Palabra. Y Su Palabra no miente nunca. Es sencilla la Palabra de Dios, pero es muy difícil vivirla en una Iglesia y en un mundo que ya no pertenecen a Dios, sino al demonio.

Hacia un nuevo templo con un nuevo dios


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«El intento de reunir todas las religiones, aun aquella que adoran a seres falsos y falaces, con la perspectiva de una unión religiosa mundial para la defensa de los valores humanos, es vano, peligroso y no conforme al deseo de mi Corazón Inmaculado.

Esto puede conducir incluso al aumento de la confusión, a la indiferencia religiosa y puede hacer aún más difícil la consecución de la verdadera paz» (P. Gobbi – La misión confiada a la Iglesia – 27 de octubre 1986).

La Palabra de Dios es muy sencilla de comprender, pero muy difícil de vivir. Por eso, es fácil que en la vida práctica, la gente viva de cualquier cosa, menos del dogma, de la doctrina de Cristo.

Nadie hace caso a la Verdad Revelada, que son los dogmas, sino que todos hacen de esa Verdad, su negocio en la Iglesia.

A nadie le interesa conocer lo que Dios dice en Su Palabra, sino que todos buscan una razón para interpretarla y decirse a sí mismo que aman la Palabra y que viven esa Palabra.

El Evangelio no es la palabra de un hombre, o los escritos de una serie de hombres, a lo largo de la historia, no es un conjunto de recuerdos históricos, sino que es la misma Palabra de Dios, que Dios ha revelado a los hombres. Es el mismo Pensamiento del Padre, que habla por la boca del Hijo.

Pero, como a los hombres les gusta pensarlo todo, por eso, les cuesta vivir de fe. No entienden lo que es vivir la Palabra; pero sí comprenden lo que es pensar la Palabra.

El hombre que se acostumbra a pensar en Dios no sabe vivir de Dios. No encuentra el camino para hacer vida lo que Dios le da en Su Palabra. No sabe asentir a la Palabra, obedecerla como está escrita. Sólo sabe acomodarla a su vida humana, a sus intereses humanos, a su manera de entender a Dios. Y, de esa manera, se comienza la ingratitud contra Dios y a abusar de todas las gracias.

La Gracia, Dios la da para que el hombre obre lo divino en lo humano. Si no se usa la Gracia en Dios, de forma conveniente, entonces el demonio la usa para un fin demoniaco.

El hombre, que ha recibido una Gracia y no sabe usarla, es siempre instrumento del demonio. La Gracia es una inteligencia divina al alma. Aquel que no viva esa inteligencia divina, vive la inteligencia demoniaca. Por eso, hay tantas contradicciones entre la Jerarquía, que se saben el dogma, pero predican otra cosa. Con su inteligencia sobrenatural, comprenden las Escrituras, pero como no viven esa inteligencia sobrenatural en sus vidas, sino que sólo la piensan, la meditan, la trituran, el demonio les pone ideas para torcer la Gracia y, de esa manera, aparecen todas las herejías y cismas en la Jerarquía.

Por eso, es siempre la Jerarquía la que trae al mundo entero el castigo divino. Ellos tienen el Poder para comprender toda la verdad, para enseñarla y poner un camino de santidad a todos los hombres; pero como son infieles a la Gracia que han recibido, entonces tenemos lo que vemos actualmente en la Iglesia: un tonto que se cree dios en su pensamiento humano, y una Jerarquía que obedece al tonto.

Y esto es un escándalo para toda la Iglesia y para todo el mundo, que produce la Justicia Divina: todos viven en sus pecados, porque la Jerarquía viven en los suyos. Todos pecan y nadie quiere salir de sus pecados, y se pasan la vida buscando soluciones a todos sus problemas, sin comprender que el principal problema en sus vidas es su pecado.

Hoy, en la Iglesia y en el mundo, todo está degenerado y depravado. No existe ninguna Verdad, sino que los hombres se han hecho maestros para destruir cualquier verdad. Y esos hombres son tenidos por todos como grandes hombres, llenos de sabiduría, de ciencia, de poder. Los hombres se han endurecido en sus pecados y no quieren salir de ellos. Ya no les interesa. Ya viven para pecar, viven sosteniendo que el pecado es un valor.

Los verdaderos hombres que construyen la paz son los fieles sólo a Cristo y a Su Evangelio. Aquel hombre que sea fiel a su mente humana, construye la guerra, anuda la guerra, lucha para que en el mundo se produzca la negrura de la muerte y la sangre del dolor.
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El tercer sello es la tercera guerra mundial: «Miré y vi un caballo negro, y el que lo montaba tenía una balanza en la mano» (Ap 6, 5). Se mata por interés humano, por negocio. Es decir, por maldad, buscando un mal, con el fin de conseguir un mal. Todo se pesa, todo se mide, para conquistar, en la guerra, un proyecto humano, una obra del hombre, una vida para el hombre en la que Dios no aparece. Y está a punto de abrirse.

«Todos reconocemos la importancia de esas palabras. Efectivamente, los cristianos y los musulmanes son hermanos y hermanas de una única familia humana, creada por el único Dios» (Mensaje para el final del Ramadán). Para los autores de este documento, que son el cardenal Jean-Louis Tauran y el padre Miguel Ángel Ayuso Guixot, los católicos somos hermanos de gente terrorista, de personas que matan por un ideal religioso. Y, entonces, en la cabeza de esta Jerarquía, que obedece a Francisco, hay que hacer una unidad con personas que no aman a nadie, sino sólo a sus ideales masónicos y marxistas.

«Todos reconocemos la importancia de esas palabras»: las que dijo Francisco, donde los llamó hermanos: «Desearía dirigir un saludo a los musulmanes de todo el mundo, nuestros hermanos, que hace poco han celebrado la conclusión del mes del Ramadán, dedicado de modo especial al ayuno, a la oración y la limosna» (texto). Ellos, la Jerarquía maldita, es la que reconoce esas palabras y las tienen como importantes. Para los católicos, esas palabras son una blasfemia.

Ellos, recurren a las palabras que dijo Juan Pablo II a los líderes religiosos musulmanes, en su viaje apostólico a Nigeria, el 14 de febrero de 1982 (texto). Pero allí, el Papa nunca dijo que los cristianos y los musulmanes eran hermanos y hermanas de una única familia, sino «en la fe en el único Dios». Porque los dos creen en un Dios monoteísta, entonces, en ese sentido, creen en un Dios que es Uno. Después, es la tarea del teólogo discernir el concepto de unidad que se da entre los católicos y los musulmanes. Y, en el concepto, los católicos ya no son hermanos ni hermanas de los musulmanes: la fe de ambos sigue un camino opuesto. Pero los dos creen que hay un solo Dios.

Creer esto no es concluir que pertenecemos a la misma familia humana y que ésta ha sido creada por Dios, como se expresa en este mensaje. Esto es decir dos herejías en una frase.

El Islam nació para matar. Y no tiene otro fin su religión: son adictos a la muerte. Son almas negras, que llevan en su corazón la muerte.

Dios no ha creado al Islam. Es el invento del demonio. Dios ha creado las almas de los hombres, pero los hombres han elegido pertenecer a la familia del demonio: el Islam. Los católicos no pertenecemos al Islam. Ni siquiera hacemos una familia humana con ellos. Este es el falso lenguaje humano, que lleva a la ignorancia más supina: «los cristianos y los musulmanes son hermanos y hermanas de una única familia humana». Los católicos y los musulmanes pertenecemos a la humanidad, pero no hacemos familia humana: nadie quiere en su familia humana a una persona que mata. Todos quieren que esa persona esté en la cárcel o en otro lugar.

Hay que saber discernir la pertenencia al género humano, del cual somos todos los hombres, porque todos tenemos una naturaleza humana; y la pertenencia a una familia humana. Si no se sabe discernir esto, tan sencillo, tampoco se sabe discernir la familia espiritual ni la religiosa.

Por naturaleza, todos los hombres somos hombres, pero no hermanos: tenemos una carne y un alma, que obran al unirse la naturaleza humana, el género humano.

Por nacimiento, los hombres tienen muchas raíces, una familia, una generación familiar. Y, tampoco son hermanos en el sentido estricto de las palabras.

Por fe, los hombres tienen muchos credos, muchas familias espirituales. Y habrá unidad en la fe en aquellas cosas en que se cree lo mismo; pero habrá diversidad en la fe, en el credo diverso, múltiple.

Este deseo humano de unir a todos los hombres en una familia humana no es la realidad humana, no es algo objetivo. Es sólo un lenguaje humano para engañar a las almas. El que tiene las ideas claras, dice las cosas con la Verdad por delante. Pero el que es malicioso en el hablar, entonces habla para crear confusión a los demás.

El problema de esta Jerarquía que está en el Vaticano es que aprueba como verdadera el islam: «vamos a demostrar que las religiones pueden ser una fuente de armonía para el beneficio de la sociedad en su conjunto». Este es el grave error.

Nunca la religión musulmana es una fuente de armonía para el mundo, porque viven para matar, para aniquilar el género humano.

Habrá musulmanes que no sean vengativos, sino que tengan un mínimo de decoro en la vida humana para no matar al otro. Pero el musulmán que sigue el Corán vive para matar. Son como Caín: nacido para matar a su hermano. Adán, en su pecado, creó un monstruo. Así es el Islam: un monstruo que Mahoma concibió en su mente humana, con el objetivo de oponerse a Cristo y a Su Iglesia, matando a los hombres.

Por tanto, no vengan ahora la estúpida Jerarquía de la Iglesia, que la gobierna usurpándola, con palabritas que no convencen a nadie, sino que demuestran la herejía y el cisma que se vive en el Vaticano.

En el vaticano se quiere demostrar que la Iglesia Católica ya no vale para crear la armonía en el mundo, sino que es necesario recurrir a las demás religiones. Este es el pensamiento claro en este mensaje, que viene de Francisco.

En el diálogo «aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de ser, de pensar y de expresarse. De esta forma, podremos asumir juntos el deber de servir a la justicia y la paz, que deberá convertirse en un criterio básico de todo intercambio. Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales» (EG – n. 250). Francisco busca una religión mundial para la defensa de los valores humanos. Este es el gran peligro. No se busca la religión mundial para la defensa de los valores divinos, de las leyes divinas, de la norma de moralidad. Esto nadie lo busca ni lo sabe buscar. Y aquí está el punto del verdadero ecumenismo, en el que todos quitan sus pecados, sus errores, sus herejías, sus cismas, y entonces queda una sola fe, la que Cristo dio a Sus Apóstoles, que es la que enseña la Iglesia.

Pero como no se cree en la Iglesia Católica, ni en lo que Cristo ha enseñado, entonces tenemos a un Francisco que coge las palabras de Juan Pablo II y las tuerce para su negocio humano.

Para Francisco todo es crear nuevas condiciones, nuevas estructuras, para la sociedad, para que los hombres vivan sus ideas, obren sus vidas, de acuerdo a esas ideas, y crean en el dios que su cabeza humana les diga.

Y, entonces, todos ellos terminan por juntarse para crear un nuevo templo y un nuevo dios, que reúne a muchos hombres en sus credos diversos.
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El Señor, en su Palabra, fue muy sencillo: «Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a todas las criaturas: el que crea y se bautice será salvado». El Señor no manda ir al mundo para hacer una nueva religión, para formar un nuevo orden mundial. Sólo manda predicar, anunciar Su Palabra, no buscar argumentos humanos para crear una nueva sociedad de hombres, con nuevo templo, para adorar a un nuevo dios.

Quien no sepa discernir lo que está haciendo Francisco en el Vaticano, es que no sabe de qué va la película. La película es el cisma en el Vaticano.

La Iglesia es de Cristo, porque ha nacido de Su Corazón traspasado. Y, por tanto, la Iglesia no es de ningún hombre, de ningún fiel, de ninguna Jerarquía. En la Iglesia no hay que inventarse el camino, porque Cristo es el Camino. No hay que unirse a los judíos ni a los musulmanes para hacer una oración a Dios pidiendo una absurda paz. En la Iglesia Católica, para conseguir la Paz, hay que hacer penitencia por nuestros pecados y los del mundo entero. Lo demás, es el marketing de Francisco y de todo el Vaticano que lo apoya.

La Iglesia, que camina con Cristo, tiene que purificarse para que pueda reflejar en todas partes el mismo esplendor de Jesús Resucitado. Y sólo en el Reino Glorioso de Cristo se podrá dar la unidad de todos en una misma fe. Antes, los hombres sólo se empeñan en buscar el milenismo carnal.

A Jesús le trae sin cuidado todas las ofertas económicas, todos los problemas sociales, todas las injusticas que los hombres viven actualmente.

A Jesús lo que le importa es que las almas vivan quitando sus pecados. Eso es todo. Y, en la medida, que el alma luche contra sus tres principales enemigos: mundo, demonio y carne; entonces ese alma se va transformando en hija de Dios y puede realizar, en su familia, en su trabajo, en la sociedad, obras divinas que arrastren a los demás hacia lo divino.

Pero, hoy, todo el afán de la Jerarquía está puesto en los hombres. Y hablan de ellos y viven para ellos y sólo les interesa destruir toda la Iglesia para hacer su negocio: el milenismo carnal, que da una falsa paz a los hombres.

La Paz desciende del Cielo, no viene de los hombres, ni de sus diálogos, ni de sus ideas, ni de sus obras en el mundo. Los hombres niegan a Dios, se rebelan contra sus leyes divinas, y han convertido a toda la humanidad en un desierto, en donde el error ha cerrado las mentes de muchos a la comprensión de la verdad. Los corazones de los hombres han quedado endurecidos por el egoísmo y el odio. Y sólo se dedican a cumplir con la sociedad, pero no con Dios. Y, en ese cumplimiento, buscan la manera de encontrar una falsa paz sin quitar sus pecados, sus herejías, sus cismas.

Por eso, la Iglesia está llamada a sufrir y a darle a la humanidad el camino de una interior y sangrienta purificación. Todo hombre que quiera salvarse tiene que pasar por el Gran Aviso. Allí Dios va a poner las cosas en su sitio. Y aquel hombre que no acepte sus pecados, entonces va a elegir condenarse para siempre.

Hasta que el Señor no envíe su castigo a la tierra, no es posible la Paz. Todos los esfuerzos que hacen los hombres son vanos, peligrosos y en contra de la Voluntad de Dios.

Estamos asistiendo a la desmembración de la Iglesia en el Vaticano. Van cayendo los pilares de la Iglesia; se van quitando muros. Y sólo queda los cimientos. Y, entonces, se producirá el gran cisma. Ese cisma que nadie quiere ver, pero que ha comenzado ya en el Vaticano. A todo el mundo le asusta hablar de una Jerarquía herética, cismática, que apostata de la fe.

Todos quieren soñar que las cosas van bien y que tienen solución como antes. Y ya nada es como el hombre lo conoce. Ya todo es como Dios lo quiere. Porque Dios ha querido la renuncia del Papa Benedicto XVI para salvar Su Iglesia de la destrucción de los hombres. Sólo de esa manera, el camino está libre de toda la cizaña. Y el trigo será el que siga fructificando, pero sin la maldad de los hombres malos, que sólo están en la Iglesia con bonitas palabras, con gestos sentimentales, con el solo fin de condenar almas al infierno.
islam490

Francisco: un destructor de la Iglesia


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Desde que Francisco se sentó en la Silla de Pedro, que ha usurpado, ha dado al mundo y a la Iglesia un torrente de herejías, blasfemias, doctrinas ofensivas, contradictorias, marxistas, llenas de imprecisiones teológicas, con un alto índice de ignorancia en todos sus escritos.

Francisco es el que destruye la Verdad Absoluta y vive su vida con verdades relativas, verdades que agradan a todos los hombres, menos a Dios.

Francisco es una bala perdida, que hace daño a cualquiera, que va dirigida sin norte, sin camino, sin precisión, con el solo fin de hacer ruido y destrozar.

Francisco es una fuente constante de preocupación y de vergüenza atroz para todos los auténticos católicos, que vemos en la Tradición de la Iglesia y en Su Magisterio, el orden divino que el Señor ha querido en Ella, para salvar las almas del mundo, del demonio y de la carne.

• Francisco lleva las almas al mundo: «Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien» (EG – n.2).

1. La vida interior debe estar siempre clausurada, por su misma definición. No es una vida exterior, para el hombre, para el mundo. Es la vida para el alma. Y sólo para el alma. Quien siga esta doctrina sin sentido, pierde la fe, la esperanza y la caridad. Quien no vela para santificar su propia alma, no puede nunca salvar ni santificar las almas de los demás. Quien no se refugia en el desierto de todo lo humano, quien no se separa del mundo y de los hombres, quien no vive buscando sólo a Dios en su vida, entonces las obras que hace en la Iglesia y en su vida particular son siempre del demonio.

2. Quien tiene vida interior sabe ocuparse de todas las cosas: el prójimo, los pobres, etc.; sabe tener la alegría que da el Espíritu. No tiene la alegría que la palabra amor significa para el hombre. Sabe hacer con la fuerza del Espíritu todas las obras divinas que el Señor le pone en su camino. No tiene el entusiasmo mundano, profano, que Francisco predica en todo su evangelium gaudium, un escrito que sólo sirve para limpiarse el trasero, pero no para tener fe ni practicarla.

3. No clausures tu vida interior, sino que vive tu espiritualidad para los demás: esto es el populismo, marxismo, comunismo, milenismo, etc. La Iglesia tiene que conquistar el mundo. Esto es todo el resumen del pensamiento de Francisco.

• Francisco da a las almas la misma doctrina del demonio : «La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifica y festejan» (EG n. 24)

1. Si se niega la vida interior como una clausura, entonces la Iglesia es para la vida exterior, no es para la vida interior, que es lo que primero quiere el demonio; que el alma esté en todos los problemas del mundo y viendo multitud de soluciones.

2. Al no existir vida interior, la Iglesia es una comunidad: no es el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, no son almas que siguen a Cristo y que están unidas místicamente unas a otras en el Espíritu de Cristo. Se niega el Espíritu de Cristo y la unión mística entre las almas y Cristo. Y se pone un conjunto de hombres, un pueblo, un grupo de amigos, que cada uno piensa lo que quiere y obra como quiere.

3. Esta comunidad son un grupo de hombres que se dicen discípulos y misioneros: discípulos de la mente de los hombres; y misioneros de las obras de los hombres. Es decir, es una comunidad de hombres, que piensan como los hombres, que viven para las ideas, las razones, las filosofías, las teologías que otros les dan; y que sólo obran lo que piensan: obras, voluntades, caprichos, deseos humanos.

4. Y son un grupo de ineptos que

I. primerean: es decir, «sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y lega a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos» (EG – n. 24). Es claro ver, cómo Francisco, en esta frase, ha perdido el juicio.

a. Si es Dios quien ama primero, entonces el alma no tiene que hace nada. Dios, en ese amor, le indica al alma lo que tiene que realizar. Luego, no hay que tomar iniciativas, no hay que ir al encuentro de nadie, no hay que buscar a los lejanos, no hay que reparar, sanar, las enfermedades de nadie.

b. La vida espiritual no es para adelantarse al Espíritu, sino para seguir al Espíritu.

c. Esta forma de hablar de Francisco, este su lenguaje humano, revela, al que tiene vida espiritual, que este hombre no tiene ninguna fe en nada. Los demás no captan la idiotez de esta frase: Francisco es un estúpido en su pensamiento humano: hay que salir, hay que tomar iniciativas, hay que resolver problemas, hay que moverse, etc. Esta estupidez es fruto de su necedad: no hay que clausurar la vida interior. Y el estar dando vueltas a esta estupidez, hace de Francisco un idiota. Y un idiota es el que ha perdido el juicio, el que no tiene dos dedos de frente.
lavatorio

II. Se involucran: «Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos» (Ibidem): esta es la ceguera más total de Francisco.

a. Un hombre sin discernimiento espiritual: como Jesús lavó los pies, entonces todo el mundo a lavar los pies de los demás. Francisco ha roto la Verdad Evangélica y obra la verdad que tiene en su pensamiento humano. Ha anulado la Verdad Absoluta, el dogma del lavatorio de los pies, para poner su verdad relativa, que agrada a todo el mundo, pero que es un pecado de sacrilegio. Y lo comete convencido que es una obra santa y virtuosa: «Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo».

b. Es su ceguera total. Es su condenación en vida: Seréis felices si laváis los pies a todo el mundo. Seréis santos, justos, hijos de Dios, cometiendo un pecado. Francisco tuerce el Evangelio, interpreta como quiere las Palabras del Señor, y ofrece al alma una doctrina del demonio: una mentira, un error, una confusión, un engaño. Hay que hacer obras y gestos que agraden a los demás, que quiten distancias entre los hombres: hay que darle al hombre lo que el hombre quiere. Puro humanismo. Puro sentimentalismo. Pura idiotez de vida. No practiques las virtudes con el prójimo, sino que pon en práctica las ideas que más te unan al otro, que más te acerquen a la vida del otro, que más te lleven a entender al otro. Porque, claro: hay que tocar «la carne sufriente de Cristo en el pueblo».

c. Si has llegado hasta aquí, leyendo, y no te sale decir a Francisco: hereje, cismático, maldito, idiota, estúpido, loco…es que estás con Francisco, es que lo defiendes, es que luchas en la Iglesia por estas ideas totalmente contrarias al Evangelio, a lo que la Iglesia ha enseñado durante siglos, y a lo que todos los santos han vivido.

d. La carne sufriente de Cristo está en la Eucaristía. Y en nadie más. Y decir eso, que este hombre proclama siempre, es decir, no sólo una herejía, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo: es el pueblo el que sufre, no es Cristo el que sigue sufriendo místicamente en cada alma. No es Jesús, que vive en la Gloria de Su Padre, pero que sufre, realmente, pero de manera mística, todavía. No, son los hombres. Pobrecitos los hombres, cómo sufren. Lloremos por los hombres. Vivamos para tocar los sufrimientos de los hombres. Y toda esta bazofia de Jerarquía y de fieles que piensan así, no se dan cuenta que mientras exista el pecado en este mundo, existe la Cruz de Cristo y todos los dolores místicos de Jesús y de María. Y, por tanto, los dolores de la humanidad no valen nada, no sirven para nada, no son camino para dar una felicidad a los hombres si se quitan. Como hoy toda la Jerarquía ha pedido la fe, entonces predican la teología de los pobres, el ecologismo y las idioteces que cada uno encuentra en su estúpida cabeza humana.

e. Y tiene que llegar a decir, como Francisco: «Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz». No tengas olor a Cristo, sino olor a hombre. Que los demás te vean mundano, profano, carnal, materialista, vulgar, plebeyo, naturalista, cósmico, ecológico. Pero no huelas a castidad ni a humildad, ni santidad, ni hagas en tu vida la Voluntad del Padre. Te voy a enseñar lo que hay que hacer en la Iglesia: sé un hombre; sé como un hombre; piensa como los hombres; vive como ellos, obra como ellos. Y, entonces, los hombres escucharán tu voz. ¡Qué barbaridad lo que está escrito en esta basura del Evangelium gaudium!. Hoy la gente es una ignorante de la vida espiritual, y dice que esta bazofia es doctrina católica. ¡Por favor! Da pena cómo están tanta Jerarquía que sigue defendiendo los escritos de Francisco como si fueran una obra llena de sabiduría divina. Es que Francisco no dice una sola cosa de la Tradición. No enseña ninguna cosa del Magisterio. No ofrece el Evangelio, sino que le quita y añade sus palabras humanas para presentar un libro de fábulas a la Iglesia. Esto es su evangelium gaudium: un libro de fábulas, un cuento chino para entretener a los idiotas como él, es decir, a todos los que le obedecen, le siguen, le respetan, le hacen la pelota y se creen santos en sus vidas de herejía y pecado.
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III. Acompañan: «Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites» (EG n. 24). Tienes que acompañar al budista, al ateo, al musulmán, al evangélico, a Fidel Castro, a Obama, a los terroristas, a los cismáticos, a los herejes, a los ecologistas, a los masones, a los homosexuales, lesbianas, etc… y no maltratar límites. No toques sus vidas, sus pensamientos humanos, sus proyectos, … déjalos vivir a sus anchas, sin juzgarlos. Acompaña la idea del hombre, su obra, su capricho en la vida, su pecado, su herejía. Acompaña a Francisco mientras te predica una herejía: ten oídos atentos a esa herejía. Pero no pongas límites, no lo maltrates con tus juicios. No le digas que es un hereje. Sino que tienes que acompañarlo: tienes que decirle que su doctrina es tradicional católica, vale para la Iglesia y para todo el mundo. Acompaña la idea humana, acompaña al hombre. Espera al hombre, que puede equivocarse, pero no lo corrijas si se equivoca, porque lo que importa, no es la Verdad, sino el hombre.

IV. Fructifican: «La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora».

a. Si se anula la vida interior, entonces Dios no puede producir frutos divinos en las almas. Y, por tanto, el hombre obra sus obras humanas con sus frutos humanos. A estos frutos humanos, se refiere este inepto Obispo.

b. El trigo y la cizaña son dos cosas opuestas: el trigo son las almas que viven para salvarse y santificarse. La cizaña son las almas que viven para condenarse y condenar a los demás. Por tanto, si se ve que la cizaña obra, hay que cuidar el trigo, hay que oponerse a los herejes, hay que batallar contra el mal, hay que alarmarse, hay que despertarse y no creerse salvos ni santos. Si ves que el mal avanza -dice el idiota de Francisco-, no te quejes, no busques profecías alarmistas, no seas negativo, no seas maleducado con los que viven para condenarse, sino que haz tu obra humana: encarna la Palabra.

c. El hombre no tiene que buscar la manera de que el Evangelio se encarne en la vida de los demás. El hombre sólo tiene que predicar el Evangelio. Predicarlo. No imponerlo. Dar el camino de salvación a los demás. No decirle las obras que tiene que hacer en su vida. No llevarle a hacer obras humanas, materiales, naturales, carnales. El hombre de fe señala sólo el camino y deja en libertad para que cada uno elija salvarse o condenarse.

d. Es la Palabra de Dios la que se encarna en cada hombre cuando éste se abre a Su Enseñanza, cuando el hombre pone su mente en el suelo, cuando el hombre pisa su orgullo, cuando el hombre se niega a sí mismo. Y, entonces, Dios penetra con Su Palabra en el corazón del hombre y lo transforma en un ser divino, en un hijo de Dios que sólo busca dar gloria a Dios, no a los hombres.

e. El hombre tiene que vivir su vida para llenarse de enemigos, porque tiene tres enemigos que debe vencer constantemente: mundo, demonio y carne. Y aquel que no viva batallando contra sí mismo, contra los demás y contra el demonio, es un alma condenada en vida, que sólo vive para agradar a los demás y bailar con ellos en sus estúpidas vidas humanas y en las obras idiotas que hace en la Iglesia.

f. Dios sólo libera, Dios sólo manifiesta Su Poder en las almas humildes, no en la humanidad. Dios se cruza de brazos ante los hombres que se creen dioses, como Francisco.

V. Festejan: «Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización».

a. Siervos inútiles somos: una vez que se ha hecho la obra exterior, a esconderse, como lo hacía Jesús, que se iba al monte a pasar los tiempos en oración con Su Padre. Nada de festejos, nada de estar agradeciendo a los hombres. Porque dad gratis lo que habéis recibido gratis. Y el que recibe gratis un don de Dios sólo tiene que agradecer a Dios por ese don y por haber puesto un instrumento dócil para que llegue ese don.

b. Francisco quiere la publicidad del mundo: haz una obra y que todo el mundo la vea, la festeje, hable de ella. De esa manera, se arrastra a las almas hacia las obras de los hombres. Ven las almas que Francisco besa a los niños y quedan maravilladas, quedan con un sentimiento de estupidez ante ese hombre. Se les cae la baba.

Francisco hace bailar a los hombres para una vida carnal, material, natural y humana. Muchas almas quedan cegadas por las obras exteriores de este hombre, que sólo tiene palabras para combatir los males sociales, que sólo habla para convencer al hombre que debe conquistar el mundo, pero que no sabe decir una sola palabra para condenar el pecado del alma, no sabe poner un camino de penitencia a la Iglesia, y no quiere aceptar que sólo se puede dar gloria a Dios, en Su Iglesia, atacando a los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne.

Para Francisco, los enemigos del hombre son los dogmas, la enseñanza auténtica de la Iglesia y la tradición patrística. En la medida en que se combaten, se va produciendo la ruptura con la Verdad, el aniquilamiento del Amor y la esclavitud a la vida de pecado.

La Iglesia vive, con Francisco, sin Verdad: todo es mentira, error, confusión, ignorancia, en sus escritos, en sus palabras, en sus obras. La Jerarquía y los fieles se han vuelto obtusos para discernir la verdad, y obran cualquier cosa que su cabeza les dice que es bueno hacerlo.

La Iglesia camina, con Francisco, sin Amor: todo es el amor al hombre, del hombre, para el hombre, con el hombre. El Amor Divino se aniquila, desparece, se tritura, se pervierte, porque se da culto a la mente y a las obras del hombre, dentro de la Iglesia.

La Iglesia, con Francisco, está maniatada a la idea protestante y marxista: un cúmulo de errores nacen constantemente de las obras de la Jerarquía que obedece a Francisco. Se vive para pecar y para conseguir un milenismo carnal o evolucionismo de la vida humana.

El grave problema de la Iglesia es Francisco. Y no hay otro problema. Francisco, al no ser Papa, todo cuanto hace es nulo para Dios. Éste es el problema. Gravísimo problema que pone a la Iglesia fuera de la Voluntad de Dios.

Y muchos no han comprendido este problema. Y, entonces, están en la Iglesia mirando a donde mira Francisco, poniendo los ojos en donde no hay que ponerlos, dando atención a lo que no merece ninguna atención.

La Iglesia es Cristo. Los demás, somos nada en la Iglesia. El centro de atención, en la Iglesia, es Cristo, no los pobres, no los hombres, no sus problemas en el mundo. Lo que importa, en la Iglesia, es atender al Corazón de Cristo, no estar pendientes de los sentimientos de los hombres, ni de sus deseos, ni de sus pensamientos, ni de sus necesidades humanas y materiales.

Quien no mira a Cristo mira al hombre, y no puede entender lo que es Dios Padre. Tanto que se habla del Dios creador, de que Dios es Padre de todos los hombres, y nadie sabe buscarlo en Cristo.

Todos yerran el camino queriendo encontrar al Padre en las cosas del mundo, en las ideas de los hombres, en las obras materiales.

«El que Me ha visto a Mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre?» (Jn 14, 9). Es lo que la gente pide a Francisco: que le muestre, en su protestantismo, en su comunismo, en su ecologismo, a un Dios creador, Padre, que sólo existe en su cabeza humana, pero que no es el verdadero Dios.

Francisco hace que la Iglesia no mire a Cristo, sino al mundo. Y fabrica un dios según su lenguaje humano. Un dios que gusta al mundo, porque no tiene ninguna Verdad Absoluta: está lleno de verdades a medias, de errores sin cuento, de fábulas sin camino, de ignorancias que sólo un loco de atar puede seguir. Es el dios de cada cultura, de cada mente, de cada idea humana.

Si la Iglesia no mira a Cristo no puede obrar la Voluntad del Padre. Y se encuentra en una situación sin salida. El camino es Cristo, no los hombres, no el pueblo de Dios. La dignidad de los hombres, el sentido a la vida humana, se encuentra siguiendo el camino que Cristo ha puesto y que es Él Mismo. Los hombres no tienen que solucionar sus problemas sociales para ser hombres, para vivir con dignidad. No se puede atacar los males sociales sin atacar el pecado en cada alma en particular. Si se hace esto, se produce lo que Francisco ha obrado: la apostasía de la fe. La Iglesia camina en contra de Cristo: ha apostatado de la Verdad, que es Cristo, del Camino, que es Cristo, de la Vida, que es Cristo.

Cristo es tres cosas: Camino, Verdad y Vida. Cristo es el Camino de la Cruz. Cristo es la Verdad en cada hombre. Cristo es la Vida para cada alma. Y sin Cruz, sin amor a la Verdad, sin las obras divinas, los hombres se pierden en todo el espectro humano.

Sólo se sirve a Cristo crucificando la propia voluntad, para poder hacer la Voluntad de Dios. Sólo se puede obrar esta Voluntad, aceptando como un niño la Verdad, que viene de Dios, que Revela Dios. Y sólo se puede dar la Vida a las almas, una Vida Divina, buscando la santidad, la perfección, en donde no existe el pecado.

Hoy la Iglesia vive en sus caprichos, haciendo lo que le da la gana con el dogma, con la Tradición, con el Magisterio; muchos, en la Jerarquía y entre los fieles, son unos demonios soberbios, orgullosos, que con palabras se dicen humildes, pobres, pero con las obras de sus manos, matan las almas con toda su herejía que viene de su mente. La Jerarquía se ha creído que hay que vivir pecando para agradar a Dios, porque ninguno de ellos cree en el dogma del pecado.

Cristo es el que hace caminar al hombre hacia la Verdad Absoluta. Cristo no da al hombre verdades a medias. Y, por eso, una Jerarquía que no habla claro en la Iglesia no pertenece a Cristo, sino al demonio.

Muchos se preguntan: ¿por qué Francisco no habla claro? Y no saben contestarse. No saben decir: no puede hablar claro porque no es el Papa legítimo. Un Papa verdadero nunca hace lo que hace Francisco; nunca habla como habla Francisco; nunca va hacia el mundo para tenerlo a sus pies, sino que va al mundo para darle una patada.

La Jerarquía de la Iglesia ya no sabe estar en el mundo sin ser del mundo: quiere estar en el mundo sin ser de Cristo, apoyando todas las barbaridades que se dan en el mundo. Por eso, hay sacerdotes que son budistas, evangélicos, musulmanes, que son de todos, menos de la Iglesia Católica.
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Sin la Verdad Absoluta, cualquier error guía el pensamiento humano


todoloqueviene

Dios es la primera y suma verdad, es decir la Verdad Absoluta, que no cambia, que siempre es Verdad, es eterna, permanece como Verdad y sólo se apoya en Sí Misma.

Hablar de la Verdad Absoluta es hablar de Dios. Y negar que exista la Verdad Absoluta es negar que exista Dios.

«Yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad “absoluta”, en el sentido que absoluto es aquello que es inconexo, aquello que carece de toda relación. Ahora bien, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios hacia nosotros en Jesucristo. Por lo tanto, ¡la verdad es una relación!» (texto)

Yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad “absoluta: El creyente no puede creer en la Verdad Absoluta. Luego, la fe del hombre es siempre algo humano, nunca algo divino. No es un don de Dios, es el invento de la cabeza de cada hombre.

Lo absoluto es aquello que es inconexo, que no tiene una conexión, una salida, un camino, una relación. Es decir, no existe lo absoluto. Luego, no existe el ser Absoluto, que es Dios. Si Dios existiera como absoluto no habría un camino para llegar a Él. Luego, Dios existe como verdad relativa; es decir, cada hombre se inventa su dios, su concepto de Dios, su concepto de iglesia, su concepto de Cristo, etc. Francisco se carga a Dios, lo anula en una frase.

a. Consecuencia: cuando Francisco habla de Dios, está hablando de su concepto humano de Dios, de su lenguaje humano sobre Dios. Nunca habla del Dios verdadero, porque no es capaz de creer en Él: no existe.

b. Otra consecuencia: si Dios no existe, entonces Dios no habla y la Revelación Divina, el Evangelio, la Biblia, es el invento de los hombres, es la creación de las diversas mentes humanas a lo largo de la historia.

c. Otra consecuencia: Si Dios no ha Revelado nada, entonces no existe la Iglesia. La Iglesia es sólo el invento de la cabeza de Jesús, que es un hombre, una persona humana, pero que no es Dios, para Francisco.

d. Otra consecuencia: la salvación o la condenación de los hombres es sólo un lenguaje de la época. No es un lenguaje actual. Hoy día, es necesario predicar otras cosas y dar a esa salvación y condenación otro punto de vista, más acorde a lo que los hombres viven. Hay que salvar estructuras que sirvan para la vida de los hombres y condenar aquellas que impidan que los hombres se desarrollen. Y, por eso, dice:

«Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana. Dios entra en esta dinámica popular» (ibídem). Hay que salvarse en una estructura adecuada: en aquella en que se da una serie de relaciones adecuadas entre todos los hombres. Dios salva al hombre que hace comunidad, que hace pueblo, que hace una sociedad, un gobierno, una estructura. Dios no salva al hombre solo. Y, por eso, es necesario crear estructuras que salven a los hombres, crear iglesias en la que entren todos los hombres. No se puede tener una Iglesia dogmática, universal, porque en ella no se salvan todos los hombres, sino unos pocos.

«El pueblo es sujeto. Y la Iglesia es el pueblo de Dios en camino a través de la historia, con gozos y dolores. Sentir con la Iglesia, por tanto, para mí quiere decir estar en este pueblo. Y el conjunto de fieles es infalible cuando cree, y manifiesta esta infalibilidad suya al creer, mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo que camina» (Ibidem).

a. El alma no es el sujeto de la salvación ni de la santificación. El alma no es el sujeto del Reino de Dios. El alma no es el sujeto de la Iglesia. Es el pueblo, la comunidad, un conjunto de hombres: esto es el populismo o marxismo.

b. La Iglesia es ese conjunto de hombres en la historia: Jesús no fundó una Iglesia divina, sino una asociación de hombres de acuerdo a la situación histórica que le tocó vivir. Y, por eso, ese grupo de hombres fue creciendo hasta convertirse en la Iglesia de hoy, que ya no sirve a la mentalidad moderna, y que hay que cambiarla. Busquemos nuevos caminos para la Iglesia, nuevas formas de vivir el lenguaje humano sobre la Iglesia.

c. Si no sientes con el pueblo no eres Iglesia. Si buscas tu salvación, tu santificación, no eres iglesia. Si no cargas con los problemas económicos de tus hermanos, no eres Iglesia. Si no llenas estómagos, no eres iglesia…

Consecuencia: se niega la fe en la persona humana y se pone la fe en un pueblo. Si el pueblo cree, entonces hay que obrar. Si el pueblo no cree, entonces no hay que obrar. Lo que importa es lo que cree la mayoría, no una minoría, no una clase social, no una Jerarquía. Hay que votar para ver lo que la mayoría de las personas quieren en la Iglesia. Votemos para que los homosexuales puedan casarse o para que las mujeres sean obispos, o para que los sacerdotes se casen, etc.

La verdad es el amor de Dios hacia los hombres en Jesucristo: esto es el gnosticismo. Es la idea gnóstica de la verdad. Al ser la verdad una relación, el hombre tiene que buscar una conexión entre Dios y el hombre: Jesucristo. Y, por tanto, hay que amar a Jesús. Ésa es la verdad. No hay que cumplir con unos mandamientos, porque no existe la Revelación Divina. Jesús no enseñó a Sus Apóstoles una doctrina absoluta, eterna, permanente, que no puede cambiar ni en los tiempos, ni en los espacios de los hombres. No hay que detenerse en los dogmas, porque son sólo un lenguaje humano que ha servido en una época. Ahora, eso no sirve. Ahora, lo que sirve es amar a Jesús. Eso es lo que importa. Que todo el mundo permanezca en sus iglesias amando a Jesús. No hay que convertir a nadie al catolicismo. Esto es lo que Francisco no se harta de predicar todos los días. Y, como hay que amar a Jesús, entonces todos somos iguales, todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios.

«El fundamento de la dignidad de la persona no está en los criterios de eficiencia, de productividad, de clase social, de pertenencia a una etnia o grupo religioso, sino en el ser creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26-27) y, más aún, en el ser hijos de Dios; cada ser humano es hijo de Dios. En él está impresa la imagen de Cristo» (texto).

Este es el gran error de Francisco, en el cual cae por negar la verdad Absoluta, y al poner la verdad en el amor de Dios: cada ser humano es hijo de Dios. Grandísima herejía. Por eso, él dice que los homosexuales son hijos de Dios.

Francisco no puede discernir la Verdad de la Creación de la Verdad del pecado original. Para él no existen estas dos verdades y, por eso, proclama su herejía.

1. La Verdad de la Creación dice que Dios crea al hombre a su imagen y semejanza: Adán y la mujer fueron creados hijos de Dios.

2. La verdad del pecado original dice que Adán y Eva dejaron de ser hijos de Dios y se convirtieron en hijos del demonio.

Esta verdad, que es espiritual, es negada constantemente por Francisco. Son dos verdades absolutas. Al negarlas, tiene que negar la Obra de la Redención humana por Cristo. Para Francisco, en Cristo todos somos hijos de Dios de nuevo. Es el renacer, la Resurrección. Es la vuelta al principio. Y, por eso, en cada hombre está el rostro de Cristo: «en el rostro de cada persona está impreso el rostro de Cristo» (ibídem). Todos los hombres son cristianos porque aman a Cristo como ellos lo piensan, lo sienten, lo ven. Según cada cual, en su vida, vea a Jesús, así se transparenta en su rostro. Es el puro gnosticismo. Ser de Jesús no es pertenecer a la Iglesia Católica: el fundamento de la dignidad humana no está en ser de un grupo religioso. La moral católica no te hace ser un digno ser humano. No; no te equivoques. Es la moral del mundo lo que te hace ser un digno ser humano: en ser de la humanidad, en ser del pueblo de Dios, en ser del mundo. Y, por eso, hay que construir un mundo mejor, no hay que construir una Iglesia mejor:

«¿Qué supone la creación de un “mundo mejor”? Esta expresión no alude ingenuamente a concepciones abstractas o a realidades inalcanzables, sino que orienta más bien a buscar un desarrollo auténtico e integral, a trabajar para que haya condiciones de vida dignas para todos, para que sea respetada, custodiada y cultivada la creación que Dios nos ha entregado» (Ibidem). Hay que custodiar la Creación, no las verdades de fe, no los dogmas, que son concepciones abstractas. No custodies el Reino de Dios. Custodia el mundo, que es del demonio. Custodia las obras del demonio en el mundo. No te dediques a hacer oración y penitencia por tus pecados, dedícate a ser un hombre verde: posee la ideología ecologista. El pecado está en que se violan los derechos humanos y ambientales de los hombres, porque la riqueza está mal distribuida, porque los recursos de la tierra están mal repartidos. Hay que buscar un bienestar social y económico que sean para todos los hombres, no para unos pocos. Hay que dedicarse a dar de comer, a vestir hambrientos, a poner hospitales, a establecer medios informativos en que todo el mundo aprenda a errar, a mentir, a engañar. Que cada uno dé su herejía y que el otro la respete como herejía, como un valor, un bien que aprovecha a todo el mundo, porque hay que ser fraternos con todo el mundo, hay que dialogar con todas las sectas para aprender una verdad relativa, la que a ti te guste. Tienes que amar a los animales, a las plantas, a todo lo Creado, porque no está maldito. Es una gran bendición lo que Dios ha hecho, pero los hombres, como viven en sus culturas del rechazo, tienen que aprender a vivir en las culturas del encuentro, tiene que aprender la virtud de la solidaridad fraternal. Y, así, todos contentos, bailando, comiendo, disfrutando de la vida, nos vamos al infierno, porque nadie se ocupa de quitar el pecado de sus vidas: «En esto se necesita por parte de todos un cambio de actitud hacia los inmigrantes y los refugiados, el paso de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o de marginación –que, al final, corresponde a la “cultura del rechazo”- a una actitud que ponga como fundamento la “cultura del encuentro”, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor» (Ibidem).

Con Francisco, todo es cuestión de culturas, pero no del pecado. Quita una cultura, quita una estructura que no sirve, y pon otra, más adecuada a la vida de los hombres. Francisco trabaja con el lenguaje humano, para llegar a los hombres, y así engañarlos con su protestantismo y comunismo.

Como Francisco niega la Verdad Absoluta, tiene que negar la certeza de que Dios habla al hombre y que el hombre lo encuentra:

«Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien… Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre han dado espacio a la duda». (texto)

• Algo no va bien cuando los hombres siguen el dogma, la Tradición Divina, el Magisterio auténtico de la Iglesia. Algo no va bien cuando cumples con los mandamientos de Dios, que te ponen en un camino sin certeza. Tienes que dudar de los mandamientos de Dios para que todo vaya bien. Y, entonces, pueden pasar a comulgar los que fornican. Los ateos se salvan porque creen en su conciencia. Hay que bautizar a los hijos de las parejas lesbianas, homosexuales… Si no dudas es que vas mal. La duda es el camino de la Verdad.

Consecuencia: Cualquier pensamiento humano es verdadero si lleva una duda, un error, un engaño, una mentira, una falsedad. Todos piensan bien la vida, con tal de que duden siempre. Esa duda les llevará a la perfección del entendimiento humano. Duda y acertarás.

Consecuencia: Toda obra humana que venga de una duda es buena. Toda obra humana que nazca de una mentira, de un error, es buena. Todo pecado es un valor, un bien, un camino para el hombre.

Consecuencia: no puede darse ni la misericordia ni la justicia divina. Sólo es posible una misericordia falsa, según el lenguaje humano de cada hombre. El hombre, al dudar, no es capaz de ver su pecado y, por eso, Dios lo salva sin más, a pesar de sus dudas, a pesar de sus pecados. Peca fuertemente y estás salvado. Pecar te salva. Es el protestantismo.

Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre han dado espacio a la duda: Todos los Papas en la Iglesia han dudado de todo. Nunca han hablado con la verdad Absoluta. No son posibles los dogmas. Los dogmas son sólo el lenguaje de los hombres. Y, en ese lenguaje, hay dudas, hay errores. Un dogma es un error y, por tanto, hay que corregir ese error, poniendo otro lenguaje humano, que haga salir de ese error, de esa duda. Hay que cambiar los dogmas, porque no son absolutos, sino relativos a las circunstancias de las vidas humanas. Cada época tiene sus dogmas.

Consecuencia: no existe nada. Sólo lo que los hombres piensan y deciden en cada momento de sus vidas. La vida es según el color del lenguaje que cada hombre usa para vivirla.

Al no existir la Verdad como un entendimiento absoluto, entonces no se da la doctrina como tal, sino el lenguaje de la doctrina. Si la verdad es una relación, entonces la mente expresa esa verdad de acuerdo a un lenguaje humano, que puede ser múltiple y cambiante según los tiempos y las circunstancias de la vida. Y, entonces, Francisco enseña:

«A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo. Con la santa intención de comunicarles la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, en algunas ocasiones les damos un falso dios o un ideal humano que no es verdaderamente cristiano» (EG n- 41).

Está negando que se pueda predicar siempre lo mismo: Jesús es Espíritu, Dios es Uno y Trino, existe el pecado. Hay que predicar con otro lenguaje distinto: Jesús no es Espíritu, pero es Hijo de Dios. Existe Dios, pero no el Dios de los Católicos. Dios es Abba, y Jesús es la encarnación de ese dios. No existe el pecado, sino los males sociales, y hay que buscar una razón, una ley, para que desaparezcan esos males. Hay que hacer un comunismo, un negocio económico en la Iglesia y en el mundo, porque ya no se sostiene la economía. Hay que buscar nuevos caminos para la Iglesia. No ya los dogmáticos ni los tradicionales, porque ya la gente no vive la moda del dogma, sino que vive otro tipo de moda en su lenguaje.

«De cualquier modo, nunca podremos convertir las enseñanzas de la Iglesia en algo fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos. La fe siempre conserva un aspecto de cruz, alguna oscuridad que no le quita la firmeza de su adhesión. Hay cosas que sólo se comprenden y valoran desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos. Por ello, cabe recordar que todo adoctrinamiento ha de situarse en la actitud evangelizadora que despierte la adhesión del corazón con la cercanía, el amor y el testimonio» (EG – n 42).

Niega el Magisterio Auténtico de la Iglesia: la gente no comprende lo que los Papas han dicho. Hay que llegar a todo el mundo, no sólo a la Iglesia Católica. Y, entonces, hagamos un magisterio amoroso, cariñoso, sentimentaloide, que guste a todo el mundo, que sea testimonio de lo que los hombres hacen en el mundo.

Así habla Francisco: y siempre es igual. No cambia. Un hombre que no puede dar la verdad nunca, sino siempre el error, la mentira, la duda, el engaño, la ignorancia supina de todas las cosas.

El problema de este hombre es que cree en su ignorancia: la ve como buena, como una sabiduría que todos tienen que seguir. ¡Qué bonito es lo que dice Francisco! Esta es la estupidez del pueblo de Dios. No saben pensar su fe católica. Sólo saben bailar con un hereje. Y gritarle, y darle palmas, y decirse a sí mismos: que buenos y santos somos porque tenemos un Papa del mundo, de la sociedad, que entiende bien nuestras lujurias de la vida.

Francisco es un hombre sin verdad, sin norte, sin camino. Es un hombre que no sabe andar poniendo a las almas la norma de la moralidad, de la ley divina. Sino que sólo da al alma el camino propio del demonio: crecer en la inteligencia humana para abarcarlo todo y vivir, después, según ideas generales, comunes, universales, globales. Francisco nunca hace caminar hacia la santidad, sino que siempre arrastra hacia la condenación. No hay en su lenguaje humano una Verdad Absoluta. Todas son verdades relativas, verdades humanas, verdades a medias, verdades sin sabiduría del Cielo. Y, por tanto, Francisco sólo puede hablar la herejía y conducir al cisma de manera irreversible. No es posible seguir a Francisco y salvarse. Quien le obedece absolutamente se condena. Porque es la Verdad la que libera. Y este hombre no sabe decir una Verdad bien dicha, sin poner su mentira, su duda, su error, su ignorancia, su maldad cuando habla.

Entre risas y esperpentos de la Jerarquía, las almas van al fuego del infierno


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«No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lv 18, 22).

Si los hombres creyeran en la Palabra de Dios, entonces no serían homosexuales, ni lesbianas, ni bestias, sino hombres para una mujer y mujeres para un hombre.

No hay católicos homosexuales; no hay cristianos homosexuales; no hay hijos de Dios homosexuales. Hay sólo demonios encarnados: sodomitas.

El homosexual ha perdido, no sólo la inteligencia espiritual y racional, sino también la natural. Es decir, es peor que un animal. Una bestia, en su naturaleza, nunca se une a otra del mismo sexo. Su ley natural se lo impide. Su instinto se lo impide. Su inteligencia sensible se lo impide.

El pecado de fornicación es un acto racional de la naturaleza humana, es un pecado natural, que no transforma al hombre en algo abominable. Pero el pecado de sodomía es un acto en contra de la naturaleza humana, que hace que el hombre sea un ser abominable: ya no es un hombre, sino un demonio encarnado. Y es un acto irracional, sin inteligencia humana. Es un acto guiado, en todo, por la mente del demonio en la persona homosexual. Por eso, es necesario hacer muchos exorcismos para sacar al demonio de un hombre o de una mujer que vive su sodomía, su abominación en el cuerpo.

Fornicar es algo propio del cuerpo; pero juntarse a otro hombre es algo propio del demonio que posee ese cuerpo. Es el demonio el que guía a un homosexual. No es el hombre el que elige esa vida. El hombre homosexual está poseído por el demonio, que le obliga a vivir una vida que no es suya, que es abominable, porque es la propia de un demonio en el infierno.

El hombre, que se une a otro hombre, o que penetra a una mujer por el vaso indebido, no sólo peca, sino que comete un acto en contra de su misma naturaleza humana. Va contra natura. Y eso es la abominación. Va contra el orden que Dios ha puesto en su naturaleza humana. Es un orden natural, que viene del orden divino.

Un animal nunca comete un acto contra natura, nunca se pone por encima de su naturaleza. Sólo el hombre puede cometerlo. Sólo el hombre se atreve a ponerse por encima de su naturaleza parar creerse otra cosa de lo que realmente es. El acto sodomítico es un acto de idolatría de sí mismo. Se idolatra el cuerpo como cuerpo. Se da culto a la carne como carne, como órgano físico. Y, cuando el hombre ensalza ese pecado, lo justifica ante la sociedad, lucha para poner un derecho, una ley que le permita vivir su pecado de abominación, entonces ha cometido la blasfemia contra el Espíritu Santo.

Y todo aquel que apoye a un homosexual en su vida abominable, que le ponga un camino para que tenga derechos en la sociedad, también comete el mismo pecado contra el Espíritu Santo. Todo aquel que no juzgue al homosexual, camina hacia el pecado contra el Espíritu Santo.

Dios ha enseñado lo que es un homosexual, para que el hombre aprenda de la Palabra de Dios y viva de acuerdo a esa Palabra. Viva rectamente su vida humana. Pero son muchos los que quieren vivir una vida de abominación: el orgullo de ser distintos a los demás porque así se concibe en la mente. El culto a la sodomía es el culto a la mente del demonio.

Todos los hombres, con sus bocas dicen que creen en Dios, que aman a Dios, que sirven a Dios y, después, no viven como Dios ha enseñado. Son muy pocos los hombres que, en la realidad de sus vidas humanas, cumplan con los mandamientos de Dios. Cada uno vive como le parece y hace de la sociedad otra Sodoma y Gomorra.
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Ni siquiera, entre la Jerarquía, hay sacerdotes, Obispos y Cardenales, que ataquen convenientemente el mundo de los homosexuales, que es un mundo demoníaco, sino que los dejan estar y, por eso, cada día, tienen más fuerza, porque no hay nadie que combata este pecado contra natura, esta plaga abominable. Hoy los sacerdotes ya no exorcizan sino que se han vueltos psicólogos y psiquiatras. Todo quieren resolverlo con su inútil cabeza humana.

¡Cuántos sacerdotes ya están enseñando a ser homosexuales; ya están bautizando a hijos de parejas homosexuales; ya están viviendo como sodomitas! Y lo hacen con la aprobación de la misma Jerarquía de la Iglesia. Es la abominación en la Iglesia. Es el esperpento entre los hombres. Es decirle no a Dios, claramente, y, por consiguiente, estar en la Iglesia para una sola cosa: condenarse y condenar al infierno.

Y, si desde el gobierno de los herejes y de los sodomitas, que guía actualmente a la Iglesia, se sienta uno que aplaude al homosexual y, después, tiene la osadía de juzgar a una Jerarquía que ha cometido el pecado de abuso sexual contra los niños, entonces es claro que estamos ante un mundo boca abajo. Estamos ante una Iglesia que ha caído en lo más bajo: reconocer al homosexual como un bien para la Iglesia y para la sociedad. Eso es llevar a toda la Iglesia hacia la Apostasía de la fe.

Francisco: ¿no juzgas al homosexual y juzgas a sacerdotes que son pederastas? ¡Has perdido la cabeza! No juzgas al homosexual, porque son hombres en el mundo, porque viven buscando el mundo, porque te agradan los homosexuales; y juzgas al sacerdote, porque es una Jerarquía en la Iglesia, porque vive buscando a Dios, porque odias el sacerdocio de Cristo. Conclusión: juzgas para destruir la Iglesia. Y no tiene otro sentido tus lágrimas sobre esos niños maltratados. Te conviene juzgar al clero pederasta porque estás en la Iglesia para destruirlo todo. Pero no te conviene juzgar a los homosexuales, porque no quieres destruir el mundo, sino que quieres construir un gobierno mundial con todos los homosexuales. Quieres construir un esperpento, una abominación. Es decir, amas el mundo, pero odias la Iglesia. Amas el pecado y odias la Verdad. Y, por eso, tu juicio es una abominación en la Iglesia. Tus palabras son una abominación en todo el mundo. Tus lágrimas son de cocodrilo.

«Ante Dios y su pueblo expreso mi dolor por los pecados y crímenes graves de abusos sexuales cometidos por el clero contra ustedes y humildemente pido perdón» (texto). Esta es la palabra de un hombre sin juicio, de un hombre que ha convertido la Silla de Pedro en una gloria humana, en un sitio para enseñar las vergüenzas del mundo.

¿Pides perdón por los pecados del clero y no pides perdón por levantar la bandera moral de los homosexuales? ¿No pides perdón por llevar una pulsera que escandaliza a los pequeños en la Iglesia ¿No sabes que llevándola te unes a la vida de cada persona homosexual? ¿No sabes que aplaudiendo la vida de un homosexual te conviertes en uno de ellos?

¿Pides perdón por el pecado de la Jerarquía y no pides perdón por haber dicho: no soy quién para juzgar a los homosexuales? ¿Qué significan tus palabras? ¿Quién puede dar crédito a lo que hablas en la Iglesia si exaltas el pecado de un homosexual y corriges el pecado de una Jerarquía que peca? ¿Por qué tienes acepción de personas? ¿No sabes que eso es un pecado mucho mayor que el que comete la Jerarquía cuando abusa sexualmente de los niños? ¿No sabes que juzgar a unos, porque así lo pienso, y no juzgar a otros porque así lo pienso, es una blasfemia contra el Espíritu Santo? Pones tu mente como el ideal de la justicia, como la medida de toda justicia. Eso es blasfemar contra Dios. Eso es blasfemar contra la Mente de Dios, contra la Mente de Cristo. Si no sabes juzgar según la Palabra de Dios, entonces cállate para no cometer el pecado contra el Espíritu. El hombre que juzga en Dios, arremete contra los homosexuales y contra la Jerarquía que peca. Pero el hombre que juzga en los hombres, que juzga según su medida humana, entonces tiene acepción de personas y pone su juicio como dios.

¿Pides perdón a Dios, que te enseña a juzgar a los homosexuales como abominación, haciendo una oración en la que muestras tu sodomía a Dios, tu amor al pecado de abominación de los homosexuales?

Si no juzgas a los homosexuales como tales, como abominación, es que eres otro homosexual. Y si te atreves a clamar a Dios por las víctimas de los abusos sexuales del clero contra los niños, ¿qué crees que te va a contestar Dios? ¿Crees que tu oración la escucha Dios, si no eres capaz de escuchar Su Palabra ni vivirla? ¿Es tu palabra humana más importante que la Palabra Divina? ¿Te crees con derecho de pedir a Dios perdón cuando no haces caso de la Palabra de Dios, para juzgar rectamente el pecado y al pecador? Pero, ¿quién te crees que eres? Pon tu cabeza en el suelo, humíllate y reconoce tu pecado primero. Y, después, pide perdón a Dios por los pecados de los otros. Pero nunca sabrás humillarte porque sólo has aprendido a ensalzarte a ti mismo. .Si no dices que hay que juzgar al homosexual, entonces no pidas perdón a Dios por los pecados de otros.

Estás mostrando tu sodomía al mundo y a la Iglesia. Pides perdón, por la sed de gloria que tienes del mundo. Buscas el aplauso de los hombres, que te digan: ¡por fin, alguien en la Iglesia ha hablado contra ese pecado! Sólo esto buscas, Francisco. Por eso, tus lágrimas, en esa Misa que celebraste, son tu condenación en la Iglesia. Son tu abominación en la Iglesia.

Los homosexuales se están condenando al infierno por culpa de tus palabras: no soy quien para juzgarlos. Y, ahora, ¿vienes pidiendo perdón a Dios por el pecado de un clero? ¡Por favor, Francisco, basta ya de fariseísmo, de hipocresía, de querer dar una de cal y otra de arena! Te quitas la careta, de una vez, y dices que eres homosexual, y todos tan contentos.

No se puede ser homosexual, impuro, lujurioso, con los homosexuales; y ser un santo, poner carita de casto, de pureza angélica, con el clero homosexual. No se puede, Francisco.

La gente ya no sabe ver lo que es Francisco: se lo traga todo. Está viendo a Francisco en versión política: ahora, conviene ir de la mano de un hombre y defender a los homosexuales; después conviene atacar duramente al clero homosexual. ¿Quién te cree, Francisco? Sólo los idiotas que te obedecen.

«Pido esta ayuda para que me ayuden a asegurar de que disponemos de las mejores políticas y procedimientos en la Iglesia Universal para la protección de menores y para la capacitación de personal de la Iglesia en la implementación de dichas políticas y procedimientos. Hemos de hacer todo lo que sea posible para asegurar que tales pecados no vuelvan a ocurrir en la Iglesia». ¡Qué supina idiotez es la que muestra aquí Francisco!

La Iglesia no está para proteger a los menores ni para capacitar al personal en políticas, en procedimientos, en psicologías, en psiquiatrías, para quitar el pecado. ¡Pobrecitos los que sigan la mente de este energúmeno!

Se quita el pecado del clero atacando el pecado de lujuria, el pecado de sodomía, el pecado de bestialidad. Hay que enseñar al clero cómo se combate contra los demonios de la carne. ¿Sabes hacer eso, Francisco? No lo sabes, porque no crees en el demonio. Para ti, estos pecados del clero son cosa de la mente, un asunto psiquiátrico. Pero no son un asunto espiritual. Y, por eso, hablas de políticas, de procedimientos humanos, para no hacer nada en la Iglesia.

¡Qué absurdas son tus palabras: »Hemos de hacer todo lo que sea posible para asegurar que tales pecados no vuelvan a ocurrir en la Iglesia». ¿Sabes cómo se quitan estos pecados en la Iglesia? Con oración y con penitencia. Con una vida de castidad. Con el empleo de métodos espirituales, en los que el cuerpo sufre para que no siga el deleite carnal? ¿Has predicado esto en esa Santa Misa? Por supuesto, que no. Porque ya no crees en la Cruz de Cristo, sino que sólo crees en tus filosofías humanas, en tus psiquiatrías, en tus obras humanas en la Iglesia.

¡Cómo engaña Francisco a toda la Iglesia! ¡Qué bien lo hace!

«Agradezco este encuentro. Y por favor, recen por mí para que los ojos de mi corazón siempre vean claramente el camino del amor misericordioso, y que Dios me conceda la valentía de seguir ese camino por el bien de los menores». ¡Cómo te gusta ensalzarte, Francisco! Pero si eres un cegato y no eres capaz de ver el camino de la Misericordia. Pero si no sabes lo que es el amor misericordioso. La Misericordia exige al hombre quitar su pecado. Y tú, Francisco, exiges al hombre que siga en su pecado, que ame su pecado, que exalte su pecado. ¡Pero qué palabritas más hermosas y más blasfemas! ¡Cómo te gusta tu lenguaje humano! ¡Cómo te gusta que le gente diga: es que Francisco ha atacado al clero que peca!

¿Valiente, tú, Francisco? Eres un maldito cobarde, porque no sabes hablar con la Verdad en tu boca. La Verdad no te guía en tu vida, sino que tienes un demonio que te muestra el camino para condenar las almas en la Iglesia. Y eso es lo que cada día haces en esa Roma pervertida, que ya no pertenece a Dios, sino a tu padre, el demonio.

Estamos en la Iglesia para salvar almas, no para condenarlas. Y, por eso, estamos en la Iglesia para odiar al pecador y al pecado: «al hombre sanguinario y traicionero lo aborrece el Señor» (Salm 5, 7). Hoy, en la Iglesia, está la doctrina de que hay que amar al pecador, pero odiar su pecado. Y esto es un error. Hoy nadie quiere hablar con la Palabra de Dios. Todos hablan con sus lenguajes humanos: con sus interpretaciones de la Palabra de Dios.

Dios odia el pecado y al hombre que vive en su pecado: «odias a todos los obradores de la maldad» (Salm 5, 6)). Dios no puede amar al hombre si, primero, no lo saca de su pecado. Y para eso es la Misericordia: una mano del Señor para que el hombre atienda a su pecado, luche contra él y sea digno del amor de Dios. Una vez que el hombre ha batallado, de forma conveniente, contra su pecado, Dios le muestra el camino de la santificación, que es el camino del amor divino, no de la misericordia.
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La gente no sabe hablar, hoy día, de nada en la Iglesia: confunden la Misericordia con el Amor de Dios. Y, por eso, la Iglesia, siguiendo a Francisco, se ha hecho protestante y comunista: es decir, se predica una misericordia falsa, que sólo sirve para condenar a las almas. Una misericordia sin verdad, porque Dios todo lo perdona y se está en la Iglesia para llenar estómagos de la gente, no para salvarla.

Estamos en la Iglesia para odiar a Francisco y a su pecado. Y, por lo tanto, para odiar a todos aquellos que siguen, que obedecen, que trabajan para Francisco. No estamos en la Iglesia para hacer un doctrina de campanillas: te digo que eres hereje, pero te abrazo.

Estamos en la Iglesia para hablar como habla Dios a los hombres: con justicia y con misericordia. En Dios, no hay ternuritas, cariñitos, sentimentalismos baratos, besitos, abrazos.

La Virgen María no es la Virgen de la tierna misericordia como dice ese rufián. Es la Madre de Dios que juzga a Sus Hijos y les señala un camino de Misericordia para que puedan transformarse en Su Hijo. Y aquellos hijos que no quieran ese camino, la Virgen los manda al infierno, porque Ella es la Reina junto al Rey: tiene poder para salvar y para condenar. No es una criaturita más. Es la Madre de Dios. Y terrible castigo es el que da a los sodomitas, porque Ella no ha engendrado a los sacerdotes para que sean sodomitas, para que enseñen a ser homosexuales a las almas. Ella ha engendrado a los sacerdotes para salvar las almas de los sodomitas del demonio. Por eso, las lágrimas de la Virgen son abundantes, porque tiene que condenar a Sus Hijos predilectos al infierno.

Hoy la Virgen María no tiene sacerdotes que la amen como Madre de Dios. Ve, con tristeza, a tantos sacerdotes que la odian con sus palabras humanas. Sacerdotes que ya no saben rezar el Rosario ni, por tanto, saben crucificarse con Su Hijo en la Cruz de sus sacerdocios. Son sacerdotes para el mundo, pero no para la Madre de Dios. La Virgen María quiere sacerdotes puros, inmaculados, no lujuriosos, no dados a la vida del mundo y de la profanidad.

¡Qué gran desencanto para la Madre de Dios ver una Iglesia perdida en la sodomía! ¡Cómo llora esa Madre y no hay consuelo para Ella!
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La Iglesia no puede errar en materia de fe, ni conducir a los fieles a la apostasía


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La Iglesia es el Misterio de la Gracia y de la libertad del hombre. No es, por tanto, una obra humana ni una obra divina. Es la obra del Espíritu Divino en las almas que dan su libertad humana a Dios.

• La Gracia es la Voluntad de Dios.

• El hombre, con su libertad puede hacer tres cosas:

1. La Voluntad de Dios, cuando pone su libertad a los pies de Jesucristo;

2. Su Voluntad humana, cuando sólo se guía por su mente humana;

3. La Voluntad del demonio, cuando es guiado por las fuerzas enemigas de Cristo.

Por tanto, el hombre, para hacer la Voluntad de Dios, tiene que discernir espíritus: tiene que dejar todos los pensamientos del demonio, todos los pensamientos de los hombres, y así se queda con la Mente de Dios y puede obrar lo que Dios quiere.

Por eso, la vida espiritual es una lucha constante contra los muchos espíritus que anda en las regiones aéreas (cf. Ef 6, 12).

El hombre, con su libertad, suele medirlo todo en la vida espiritual. Quiere medir la Gracia, medir la Voluntad de Dios. Y, por eso, al hombre le gusta poner leyes para concretar, de alguna manera, esa Voluntad Divina.

En la Iglesia, tenemos las leyes eclesiásticas, que son principios, que nacen de los dogmas para reglamentar una forma de vida en la Iglesia. Las leyes de la Iglesia no son la Voluntad de Dios, sino explicaciones humanas de esa Voluntad. Y, como no se puede medir todo lo divino, no se puede acotar a Dios con leyes humanas, por eso, en esas leyes no se llega a la plenitud de la Voluntad de Dios. Dan una Voluntad de Dios no absoluta, sino relativa. La Voluntad Absoluta de Dios sólo está en la Ley de la Gracia, no en las leyes eclesiásticas o canónicas.

Dios no se rige, para gobernar Su Iglesia, con las leyes eclesiásticas, sino que sólo se rige con la ley de la Gracia. Saber diferenciar estas dos cosas es muy importante para comprender este punto: la Iglesia no puede errar en materia de fe, ni a fortiori, conducir los fieles a la apostasía. Este principio teológico es verdadero cuando el Papa es legítimo. Este principio teológico es falso cuando el Papa es ilegítimo.

Un antipapa siempre lleva a la Iglesia hacia la apostasía y hacia la herejía. Con un antipapa, la Iglesia yerra en materia de fe.

Con un Papa legítimo, por más rebeldías y desobediencias que haya en la Jerarquía, por más cambios que se hagan en los libros litúrgicos, por más que la teología esté llena de protestantismo y de comunismo, por más que se quieran cambiar los Evangelios, nunca la Iglesia, nunca el Papa, puede errar en materia de fe ni llevar a los fieles a la Apostasía.

El Concilio Vaticano II no llevó a la Iglesia a la Apostasía, porque había un Papa legítimo. Ni las reformas que se hicieron en todas las cosas fueron causa de Apostasía en la Iglesia.

Saber valorar lo que es un Papa legítimo es saber valorar la Iglesia. Siempre el Señor pone caminos para no errar en la Iglesia.

Este principio cae cuando el que gobierna la Iglesia es un Papa ilegítimo. Y la dificultad de muchos es decir que Francisco es un Papa ilegítimo. No pueden decirlo porque creen que caen en herejía. Creen que la Jerarquía no puede elegir a un falso Papa. Si lo creyeran, entonces su principio teológico cae: La Iglesia no puede errar en materia de fe = luego, no se puede elegir a un antipapa.

Un Papa legítimo nunca se equivoca en la Iglesia.

Los demás, no son infalibles cuando no están sometidos al Papa. Y, entonces, se equivocan.

Los Cardenales, para no equivocarse en la elección de un Papa, deben seguir la ley de la Gracia, no sus leyes eclesiásticas. Esa ley de la Gracia supone que se elige un nuevo Papa porque el anterior ha muerto. Esta es la Ley de la Gracia. Esta es la Voluntad de Dios.

Para poner un Papa que Dios quiere, con una Voluntad Absoluta: elegirlo cuando se muere el anterior. Y, entonces, en las leyes eclesiásticas, en las leyes canónicas, se obra la Gracia, se da la Ley de la Gracia, la Voluntad de Dios.

Si los Cardenales no siguen la ley de la Gracia, sino que siguen sus leyes, entonces eligen siempre un antipapa. Y ellos yerran en materia de fe, y hacen errar a toda la Iglesia en materia de fe y de costumbres; y, por tanto, el Papa que eligen, que es falso, lleva a la Iglesia hacia la Apostasía.

Por ley eclesiástica, un Papa puede renunciar. Por Ley de la Gracia, el Primado de Jurisdicción sólo puede estar en un Papa. Por tanto, si el Papa renuncia, los Cardenales, para poner un nuevo Papa, tienen que esperar a que el Papa muera. Es la Ley de la Gracia: no puede haber dos hombres con el Primado de Jurisdicción. No puede haber dos hombres con la misma Autoridad Divina en la Iglesia. Como el Primado de Jurisdicción es eterno, es para siempre, es un don irrevocable, que se da al Papa y no se quita, aunque renuncie, por eso, los Cardenales tienen el deber y el derecho de esperar a elegir a otro Papa. Es un deber y un derecho divino que viene por la Gracia.

El Primado de Jurisdicción sólo pasa de un Papa a otro por ley de la Gracia, no por ley eclesiástica. El Papa, que tiene el Primado, muere; y ese don divino pasa al nuevo Papa por Gracia. Con la muerte del Papa, se acaba la unión que tiene ese Papa con la Iglesia terrenal, que es el Primado de Jurisdicción.

El Papa, en la Iglesia, es el que tiene la Autoridad Divina. Está ligado a toda la Iglesia por ese Poder que viene de Dios. Un Poder que lo ata al Cuerpo Místico de Cristo, para que lo gobierne con la Mente de Cristo. El Papa está unido a la Iglesia por la Autoridad de Dios. Esa Autoridad Divina es un carisma en la persona del Papa. No es sólo una gracia. Y ese Carisma, que es infalible, hace que la Iglesia nunca yerre en materia de fe ni pueda llevar a los hombres hacia la Apostasía.

Un antipapa, un falso Papa, como es Francisco, nunca tiene este carisma y, por los frutos, lo conoceréis: Francisco yerra en materia de fe, y esto nunca lo puede hacer un Papa legítimo. Francisco lleva a las almas hacia la apostasía de la fe, con el protestantismo y el comunismo. Y esto nunca lo puede hacer un Papa legítimo.

Dios gobierna Su Iglesia con Su Gracia, no con las leyes de los hombres. Y aunque un Papa renuncie, Dios sigue gobernado Su Iglesia con ese Papa que ha renunciado, porque tiene el Primado de Jurisdicción, que es irrevocable, que le liga a la Iglesia hasta su muerte: no se quita por ley canónica ni ley eclesiástica. Es un don divino regido sólo por el Espíritu Divino en la persona del Papa. El Papa queda libre de esa Autoridad Divina sólo cuando muere, no cuando renuncia.

Este punto es tan fundamental que si no se comprende, entonces se tiene miedo de estar en herejía.

Los Cardenales pueden fallar en materia de fe cuando, en la elección de un Papa, no se rigen por la ley de la Gracia, sino por sus leyes canónicas o eclesiásticas. Esto es lo que hicieron al renunciar Benedicto XVI. Lo hicieron mal; erraron en materia de fe y, ahora, la Iglesia camina hacia la verdadera apostasía de la fe.

Verdadera, porque durante 50 años, esa apostasía ha estado en el ambiente, pero sólo se ha materializado en aquellas almas que, realmente, han desobedecido al Papa reinante. En los demás, no se dio apostasía. Porque un Papa legítimo nunca yerra en materia de fe ni lleva a las almas a la apostasía. Un fiel o Jerarquía que obedece al Papa legítimo nunca apostata de la fe. Si no se da la obediencia al Papa legítimo, es cuando se apostata.

Todo el problema de la apostasía nace de los Cardenales que eligen un nuevo Papa, estando el otro vivo; no nace del Papa que renuncia. El Papa, aunque renuncie, no es motivo de errar en la fe. Puede ser un pecado, y muy grave. Pero Dios puede pedir a un Papa la renuncia por su sola Voluntad Divina, sin dar razones para ello a la Iglesia, porque la Iglesia la guía solo Cristo en Su Vicario. Y Él pone y quita Su Vicario como quiere.

Y los Cardenales fallan en materia de fe, es decir, eligen un falso Papa sólo porque desobedecen al Papa.

La Iglesia no puede errar en materia de fe, porque tiene un Papa legítimo. Todo aquel que desobedezca al Papa legítimo, siempre yerra en materia de fe.

Los cardenales eligen un falso Papa por desobediencia al Papa que ha renunciado. Un Papa que renuncia sigue siendo el Papa legítimo. Luego, hay que darle obediencia. Si el Papa legítimo no quiere gobernar, entonces los Cardenales tienen que hacer un gobierno ad tempus, hasta que muera el Papa. Un gobierno provisional en el que no se haga nada, no se elija nada, sólo se mantenga la fe de la Iglesia. Esto es lo que pide la ley de la Gracia: obediencia al Papa legítimo. Y, aunque haya renunciado, sigue siendo el Papa al que hay que darle la obediencia, para no errar en materia de fe.

No se puede dar la Sede Vacante, porque el Papa sigue vivo; y no se puede llamar a un cónclave porque el Papa no ha muerto. Si se hace eso, se va contra la ley de la Gracia. Si el Papa legítimo lo hace (dice que hay Sede Vacante), es porque ha sido obligado a hacerlo. Le han llevado al error cuando ha renunciado. Y ahí se comprueba que su renuncia es falsa, no es verdadera, porque falló en materia de fe. Un Papa legítimo que renuncia no falla en materia de fe; pero si dice que la Sede está vacante, entonces falla. Y hay que concluir que su renuncia no fue en la Voluntad de Dios, sino obligada por los hombres. Y ese fallo en la renuncia, que es un fallo que conduce a caer en materia de fe hace que el Papado de Benedicto XVI se vuelva inútil: Dios no puede seguir gobernando Su Iglesia a través del Papa legítimo, a pesar de que tenga el Primado de Jurisdicción. La obediencia de los fieles continúa hacia él, pero el gobierno de la Iglesia lo toma Jesucristo, como Cabeza Invisible. Ya no puede darse en la Iglesia lo que se dio con los otros Papas que renunciaron: el Señor esperó, en Su Gracia, a que muriera el Papa ilegitimo para dar Su Gracia a un Papa legítimo. Ahora, el Señor no espera, porque la renuncia ha sido impuesta, es un fraude, es una fábula, es un montaje.

Todo el problema está en definir qué es eso de materia de fe, porque, hoy día, la fe divina ha desaparecido y sólo encontramos en la Iglesia la fe humana o la fe eclesiástica o la fe intelectual.

Materia de fe o fe divina es el dogma Revelado: es toda la doctrina de Cristo, que la Iglesia enseña en Su Magisterio Infalible, autentico, el que viene de los Papas.

Fe humana es la fe que nace del pensamiento de los hombres: es cómo los hombres entienden las cosas religiosas, divinas, de la Iglesia, etc. La visión humana de Cristo, de la Iglesia, de los Sacramentos, de la Gracia, etc.

Fe eclesiástica es la que nace de las leyes que la Iglesia pone para dar una estructura interna a la vida eclesial: es cómo se legisla lo espiritual, lo divino, a nivel humano.

Fe intelectual es creer en Dios, en Cristo, en la Iglesia, con una filosofía o con una teología que no tenga errores, fallos, herejías. Y, por eso, es una fe coja, que no puede abarcar toda la Revelación divina, toda la Gracia, porque es lo que el hombre ha adquirido con su entendimiento sobre Dios, sobre la Iglesia, etc.

Dios siempre pide a la Iglesia la fe divina. Dios gobierna la Iglesia con la ley de la Gracia y, por eso, exige la fe divina a la Jerarquía.

No se puede elegir a un Papa con una fe eclesiástica, ni con una fe intelectual ni con una fe humana, porque siempre se va a errar. Nunca se va a dar en el clavo. Dios no quiere motivos humanos, ni intelectuales, ni eclesiásticos para obrar una Gracia. Dios quiere siempre un motivo divino para dar Su Gracia al hombre. Un motivo de fe divina. Y, por tanto, si los Cardenales no poseen esa fe divina, entonces yerran en materia de fe, porque la ley de la Gracia les exige seguir obedeciendo a un Papa que ha renunciado.

La Iglesia no la hacen los hombres con sus leyes. La Iglesia la hace Dios con Su Gracia. Y Su Gracia sólo descansa en el hombre humilde, en aquel que sólo posee la fe divina.

Por eso, Francisco no es Papa, es un falso Papa; es ilegítimo. Con él, la Iglesia se equivoca en materia de fe. Y ahí se ven sus homilías, sus declaraciones, sus escritos, que no pertenecen a la fe católica; y, por tanto, al ser transmitidos por la Iglesia, como doctrina católica, se produce el error: La Iglesia yerra en materia de fe al defender escritos que no son de fe, que son contrarios a la fe. La Iglesia yerra en materia de fe al enseñar escritos que no pertenecen al magisterio de un Papa legítimo. Y la Iglesia hace esto porque obedece a un Papa ilegítimo. Este es el punto. Con un Papa ilegítimo cae el principio teológico.

Por eso, si la Jerarquía quiere seguir teniendo el poder divino, tiene que obedecer al Papa legitimo, Benedicto XVI.

Si la Iglesia no quiere errar en materia de fe ni llevar a las almas hacia la apostasía, entonces tiene que dar obediencia al Papa legítimo, Benedicto XVI.

Hoy nadie valora lo que es un Papa legítimo. Nadie sabe ver el tesoro que la Iglesia tiene en Benedicto XVI: Él es la Bendición de Dios sobre la Iglesia. En el está el camino de la Iglesia. Él da la Verdad a toda la Iglesia. Él pone la Vida en la Iglesia.

Francisco es sólo la maldición de Dios sobre la Iglesia: cuanto más se le sigue, se le obedezca, se permita que sus escritos se difundan, más Justicia de Dios viene sobre toda la Iglesia. La Iglesia tiene la predicación de Jesucristo y sus milagros; y ya no cree en Él, sino que cree en la palabra barata, blasfema, absurda, de un Francisco que no sabe ni creer en el Dios católico y que lleva a toda la Iglesia hacia la Apostasía de la fe. Y, por eso, la Iglesia se merece un castigo peor que el ocurrido en Sodoma y en Gomorra: «Si en Sodoma se hubieran hecho los milagros hecho en ti, hasta hoy subsistiría» (Mt 11, 23).

Una Iglesia que yerra en materia de fe y que lleva a las almas a la apostasía, no puede subsistir. Sólo «las puertas del infierno no prevalecerán contra» (Mt 16, 18) la Iglesia que no yerra en materia de fe, la que sigue obedeciendo al Papa legítimo, Benedicto XVI. La que no obedece -, la que obedece a un Papa ilegítimo,- apostata de la fe y queda en manos del infierno.

Jesús, en Vos confío

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