Virgen de Guadalupe

Santa Faz

Videos de interés

Análisis doctrinal del Evangelii gaudium

Visto en Sanguis et Aqua

Imitación de Cristo – Libro 1

Imitación de Cristo – Libro 2 – Avisos para la dirección interior

Imitación de Cristo – Libro 4 : Del Santísimo Sacramento

Los tres pecados sociales de la humanidad


Ana-Catalina-Emmerick.

«Sólo hay una Iglesia, la Iglesia Católica Romana. Aunque no hubiera en la tierra sino un solo católico, ése sería la Iglesia única y universal, esto es, la Iglesia Católica, la Iglesia de Jesucristo, contra la cual no prevalecerán las puertas del Infierno (…) muchos sacerdotes no saben lo que son, muchos fieles desconocen su propio carácter e ignoran lo que es la Iglesia de que forman parte. Para que ninguna potestad humana pueda destruir la Iglesia, Dios ha elevado la consagración sacerdotal a carácter indeleble. Mientras quede en la tierra un solo sacerdote debidamente consagrado, vivirá Jesucristo, como Dios y como Hombre, en la Iglesia en el Santísimo Sacramento del Altar» (Ana Catalina Emmerick – Tomo 1 – Libro 3 – Visiones del poder sacerdotal – 9. Palabras sobre la Iglesia Católica).

Muchos, que se dicen católicos, no saben lo que son, porque no viven la Gracia, que los Sacramentos dan al alma.

La Gracia es la unión con Cristo. Y, cada alma, se une a la Cabeza de la Iglesia, que es Cristo, como un sarmiento se une a la Vid. La Gracia es lo que une a Cristo. Sin Gracia, la unión que una vez se tenía, se va pudriendo, hasta que el sarmiento se cae o lo cortan de la vid.

Sin la fidelidad a la Gracia, las almas viven en la decadencia espiritual, sin poder recibir la Vida de Cristo, sin poder imitarlo, sin tener entrada a su pensamiento divino.

Por eso, hay tantas almas que revolotean en las cosas humanas, materiales, naturales, cayendo en estados de tibieza espiritual y haciendo que su mente se vaya pervirtiendo con todas las cosas humanas.

La Gracia da al alma un conocimiento divino, que enseña al hombre a pensar rectamente, no sólo las cosas divinas, sino las humanas.

Cuando el hombre cae en errores, en dudas, en temores, es por su falta de fe, que le viene por no ser fiel a la Gracia. Y permanece en lo humano, viendo la vida desde el punto de vista del hombre, sin posibilidad de mirar para arriba, de elevar su alma hacia lo divino, de entender la vida como la ve Dios.

Muchos católicos no son católicos. Tienen la etiqueta de católicos, se llaman a sí mismos católicos, pero ya no están unidos a Cristo, porque han echado en un saco roto la Gracia.

Y, entonces, están en la Iglesia sólo para una cosa: destruirla.

El Anticristo sólo tiene un fin en toda su obra: destruir la humanidad entera para destruir al sacerdote. Sabe que cuando aniquile a todos los sacerdotes, ya no habrá Iglesia. Y como hay sacerdotes que a pesar de su pecado, viven en el mundo y siguen siendo sacerdotes, el fin es claro. Por eso, muchos no han comprendido la gravedad del momento. Es el tiempo del Anticristo: el tiempo del pecado social que destruye la Iglesia.

Los tres grandes pecados sociales de la humanidad:

a. La humanidad ha pecado en Adán y Eva;

b. La humanidad ha pecado matando al Hijo de Dios, Jesucristo.

c. La humanidad peca rechazando la Iglesia que Jesús le dejó.

El plan de Dios en el Paraíso fue desbaratado y cambiado su resultado. Adán lo desbarató con su pecado, lo cambió con su vida; e hizo del Paraíso el lugar para iniciar la obra del demonio entre la humanidad.

Todo hombre que nace recibe dos espíritus: uno bueno y otro malo. Y, por tanto, en todo hombre se da una lucha espiritual entre estos dos espíritus. El hombre permanece en medio de esta batalla, y es llevado a obrar lo bueno o lo malo, según escuche a uno u a otro espíritu.

Ningún hombre está sólo en su vida. Ningún hombre obra sólo en su vida. Si obra un bien es porque escuchó al buen espíritu; si obra un mal es porque dio oídos al mal espíritu.

Es el espíritu el que hace pensar y obrar a los hombres; el que los mueve; el que les indica el camino de sus vidas.

Por eso, un hombre sin fe, sin la gracia, es un hombre perdido en la obra del mal espíritu. Pero un hombre fiel a la Gracia que ha recibido, entonces sus obras son las del buen espíritu.

Y todo está en la vida espiritual en discernir los espíritus para nunca equivocarse, para no caminar siguiendo al mal espíritu.

Adán no discernió el espíritu que movía a Eva, y quedó atrapado en la obra del mal espíritu, iniciando la maldad en el mismo Paraíso.

El desconcertante desorden, la infelicidad de la vida de los hombres, las tinieblas de la ignorancia en las mentes humanas, el odio manifiesto en las obras humanas, el mal con toda la gama de sus manifestaciones, las guerras y las violencias constantes, la posibilidad de preferir la muerte eterna en la desesperación del Infierno, son el fruto de ese pecado de Adán. Pecados sociales que vienen de un solo pecado.

De una sola obra de pecado, le vienen al hombre multitud de otros pecados, que hacen de la vida social un auténtico infierno. De esta manera, el hombre ha respondido al Amor de Dios en el Paraíso: con el pecado. Una monstruosa ingratitud, consumada en Adán y en la primera mujer, que poseían toda la Gracia, pero que prefirieron pecar, amar su pecado, vivir de su pecado.

Por el pecado de uno solo, todos hemos pecado. Es el pecado social que pocos comprenden.

Porque todos hemos pecado en Adán, entonces construimos nuestras vidas, nuestras familias, nuestros países en el pecado. Son vidas de pecado, son familias de pecado, son países para pecar, donde reina el pecado.

Y este es el sentido del pecado social: cada alma comete su pecado personal y eso se irradia en todo lo demás: familia, matrimonio, trabajo, iglesia, parroquia, comunidad, sociedad, nación, mundo entero. El pecado individual se hace social al participarlo a los demás en la vida, al comunicarlo al otro, al hacer que el otro también lo viva, lo obre en su misma vida.

El solo pecado de Adán se convirtió en el pecado de su mujer, al comunicárselo a ella, al unirse a ella, al vivirlo con ella. Y se convirtió en un pecado de los dos, de su matrimonio, un pecado social; y de los dos, nacieron otros pecados sociales; y concibieron a sus hijos en el pecado; y los educaron en el pecado. Y la familia se convirtió en un sitio de pecado social. Y el pecado se fue extendiendo socialmente, en todas las cosas, en todos los hombres, por todo el mundo.

A la rebelión de la humanidad en Adán y Eva, Dios responde con dos cosas: Justicia y Misericordia.

Con la Justicia castiga el pecado en la humanidad entera. Desde su origen hasta el fin, el hombre comerá el pan con el sudor de su frente. La Justicia pesará sobre la humanidad hasta el fin de los tiempos.

Con la Misericordia, Dios ofrece la promesa de la Redención. Para eso, escoge un pueblo, el pueblo preferido, que Dios quiere santo, pero que no se vuelve nunca santo a pesar de la lluvia de gracias y de milagros. Un pueblo que responde siempre con la ingratitud a la predilección divina.

Un pueblo lleno de profetas, que enseñan la Palabra de Dios, las obras que Dios quería, la vida que tenían que vivir los hombres en su estado de pecado, sin la gracia, para preparar el camino al Señor, que venía a implantar el Reino de Dios en la tierra.

Un pueblo que andaba entre la justicia y la misericordia, y que sólo aprendía la verdad a base de dolor, de sufrimientos, de expiación de los pecados. Un pueblo duro de cerviz porque no poseía la Gracia, que quita esa dureza, esa soberbia de mente.

Un pueblo que, a pesar de tantas gracias, cuando el Salvador nace lo combate, lo asedia, le hace la vida imposible.

El pecado social de ese pueblo elegido es tan grande que termina por matar al Hijo de Dios. Ese deicidio es más grave que el pecado de Adán en el Paraíso. Dios ha amado a su pueblo hasta lo más increíble, hasta darle a su mismo Hijo. Y su pueblo lo ha puesto en una Cruz. Ha clavado al Amor en el Odio del madero.

Y Jesús responde a esa obra de odio, suspendido en la Cruz, con una Obra de Amor: entrega a la humanidad Su Iglesia.

Esta Obra es la que culmina el pecado de Adán y abre el pecado del pueblo elegido. Adán no fue el que mató a Jesús, sino fue el pueblo que Dios había elegido.

Y, por eso, el pueblo judío no puede salvarse. Es un pecado social que incide en todo el pueblo elegido. En este deicidio se dan las dos cosas en Dios: Justicia y Misericordia.

Por la Justicia, el pueblo elegido anda errante por toda la tierra, sin posibilidad de establecerse como pueblo. Al tenerlo todo de Dios, como pueblo de Su Elección, lo perdió todo, hasta lo mínimo material. No hay providencia divina sobre el pueblo judío.

Misericordia, porque una parte del pueblo judío fue fiel al Salvador. Luego, también una parte de ese pueblo judío errante se va a salvar en el tiempo que Dios fije para eso. Y ese pueblo errante judío que se convertirá anulará, como pueblo, el pecado del pueblo elegido contra Jesús.

El pecado en el Paraíso fue de un solo hombre; el pecado del deicidio fue de un pueblo, de muchos hombres, de un grupo social. Jesús anuló el pecado de Adán en la Cruz. Pero todavía no está anulado el pecado social del pueblo judío. Jesús puso a toda la humanidad en un nuevo camino. Ya no es el camino que nace fuera del Paraíso, sino que es el camino que nace dentro de la Iglesia Católica, en la que es posible expiar todo pecado de los hombres.

Jesús entrega Su Iglesia a toda la humanidad, pero ésta se vuelve a oponer a esa Obra de Amor. Y comienza a maquinarse la destrucción del Cuerpo de Cristo, así como se maquinó la muerte de Su Cabeza.

Comienza una guerra agotadora, que se combate sin tregua desde hace más de dos mil años. Y, en este tiempo, las heridas han sido muy dolorosas, porque el pecado social sigue. Han sido muchos los esfuerzos de los hombres, en todas las épocas, para destruir a Cristo y a Su Iglesia.

Y esta batalla, que sigue su curso, que no descansa, es en estos momentos, de una furia que sólo las almas inconscientes no advierten; sólo los tibios no pueden verla. Y que llevará a la Iglesia hacia la persecución, con gran cantidad de víctimas entre el clero y los fieles.

En este tiempo en que vivimos dentro de la Iglesia se dan dos cosas muy importantes:

a. decadencia en todo el clero;

b. abominación en el Vaticano.

Son dos pecados sociales diferentes, pero que se enlazan uno con otro.

En la decadencia, observamos cómo la Jerarquía de la Iglesia va abandonando la línea de la gracia y ya no son otros Cristo, sino otros hombres, que hacen una obra de teatro en las misas, cuando se ponen a confesar, en la administración de los diferentes sacramentos. No tienen vida de oración, no saben discernir espíritus, no saben luchar contra el demonio en las almas, no enseñan la verdad a su rebaño, no lo guían hacia la santidad de la vida, no lo gobiernan en la verdad de la ley de la gracia. Es la grave decadencia, la grave corrupción de lo que es la esencia de la Iglesia: la Jerarquía. Sin un sacerdote debidamente consagrado no hay Iglesia; y sin un sacerdote que no sea otro Cristo, la Iglesia le pertenece al Anticristo.

En la abominación, se ve con claridad el fin que toma todo en la Iglesia: un fin humano, material, natural, sentimental, inicuo, carnal, de apostasía clara de la fe. La abominación comenzó cuando se puso el gobierno horizontal en la Iglesia. Y ha ido creciendo, de tal manera, que en estos momentos, es una obra de gran envergadura, que todavía no sale a luz, pero que ya está instalada en el mismo Vaticano.

Es una abominación que exige de la Jerarquía obediencia a un falso Papa, sabiendo que es falso. Se impone en las estructuras del Vaticano, que son sólo un conjunto de obras burocráticas, sin ninguna salida, sin ningún camino hacia la verdad, el silencio y el sometimiento a todo cuanto venga de Roma. Y, por eso, Francisco es intocable. A pesar de su gran pecado, nadie lo puede tocar. Es la abominación, que conducirá al cisma, un grave cisma que romperá la Iglesia en mil pedazos.

Muchos se van a condenar dentro de la Iglesia, porque ya no saben luchar contra el Enemigo. Ya no saben ver la batalla siempre en acción. Ya no disciernen nada. No saben discernir la hora de la Justicia que viene cuando el hombre destruya la Iglesia, quitando la Eucaristía. Y será la misma Jerarquía la que la destruya. Serán los mismos miembros de la Iglesia los que la destruyan.

Y, en esa hora, se producirá la mayor abominación en todos los aspectos: no sólo los hombres han matado al Salvador, sino que matarán también su Obra de Redención. Será el momento de la condenación en vida de mucha Jerarquía y de muchos fieles, que renegarán del amor a Cristo para poner su corazón en el amor a una criatura, que se hará pasar por Cristo: el Anticristo.

Esta abominación exigirá en Dios dos cosas: Justicia y Misericordia.

Justicia, porque todos los Enemigos de Cristo, dentro de Su Iglesia, perecerán y se condenarán. Toda la Jerarquía infiltrada se irá para el infierno directamente. No puede quedar como pueblo errante, porque el pecado es contra la Iglesia, que es la salvación para la humanidad. Fuera de Ella, no hay salvación. No puede quedar fuera de la Iglesia, viviendo una vida, porque esa vida es sólo para el infierno, sin posibilidad de salvar a ningún miembro de esa Jerarquía abominable. Fuera del pueblo elegido todavía había salvación, pero no fuera de la Iglesia.

Misericordia, porque la Iglesia remanente entrará en un tiempo de paz, en donde la Virgen María aplastará de nuevo, por segunda vez, la cabeza de Satanás. Quedará atado el demonio para que la Iglesia vaya hacia el Reino Glorioso.

Y será la nueva iglesia, la del Espíritu, la que anule la obra de destrucción que la Jerarquía infiltrada va a obrar dentro de poco.

Dios, en el Paraíso, ofreció al hombre una Obra Gloriosa; y el hombre la despreció;

Dios se hizo Hombre para que el hombre se divinizará; y el hombre despreció el don de ser hijo de Dios en el Hijo;

Dios, en la Cruz, ofreció a la humanidad, Su Reino glorioso; y el hombre lo despreció.

Son tres pecados sociales que van en contra de una obra social de Dios. En esos pecados sociales sólo hay que ver la batalla de espíritus para poder entender qué Dios quiere del hombre y de la Iglesia.

Y, cuando un falso Papa está sentado en el Trono que ha usurpado, entonces es claro que Dios quiere del hombre que salga de esa iglesia que no es Su Iglesia, para poder permanecer en la Verdad.

Y es lo que muchos no van a hacer, porque están pillados por la abominación en el Vaticano.

La realidad de la Iglesia como ser sobrenatural


xsdf

«Es preciso que los hombres vean en nosotros ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios. Por lo demás, lo que en los dispensadores se busca es que sean fieles» (1 Cor 4, 1-2)

¿Qué es la Iglesia? Es la Jerarquía que obedece a Cristo. Eso es la Iglesia.

Aquella Jerarquía que no obedece a Cristo no pertenece a la Iglesia, aunque esté dentro de Ella, aunque trabaje en Ella. Y, por tanto, no es posible la obediencia a una Jerarquía que no se somete a la Mente de Cristo en la Iglesia; una Jerarquía que hace del Magisterio de la Iglesia un negocio y una empresa, para limpiar la cara del pecado a muchos hombres que, vestidos de talar y de púrpura, son simplemente lobos que ahuyentan el Rebaño y lo dispersan por las riberas de la humanidad sin Dios.

¿Qué es el sacerdote en la Iglesia de Cristo? Aquel que es otro Cristo, aquel que representa al mismo Cristo, el cual le hace participar de su misma Autoridad Divina.

Y, por tanto, el sacerdote no es un hombre con un papel, con una función que se basa en el consenso de la mayoría. No es un hombre para un pueblo, ni para una comunidad, ni para un colectivo, ni para una idea política. El sacerdote no hace un servicio de coordinación de ideas, de masa, de una opinión pública; sino que sirve a la Iglesia poniendo una Autoridad, que no le pertenece, que no es suya, pero a la cual representa, por ser el mismo Cristo.

Y, por tanto, el sacerdote tiene una misión sagrada en la Iglesia; no le pertenece ninguna misión social ni cultural: no es un hombre para una sociedad, no es un hombre para las redes sociales; no es un hombre para una política del mundo; no es un hombre para una empresa económica.

Es un hombre para el Reino de Dios, que es en todo espiritual, nunca humano ni material. Es el hombre que pone el camino para ese Reino, que no es de este mundo, que no puede pervivir en este mundo, bajo estas circunstancias de pecado en que vive todo hombre. Es el hombre que obra el Reino de Dios en medio de un mundo que no cree en Él. Y es una obra espiritual, no es un apostolado humano para una satisfacción humana, para dar un ejemplo a los hombres en sus vidas humanas. Un hombre contracorriente. Un hombre que se opone al hombre, que no vive la mentalidad humana, que no obra como los demás hombres: sólo obra como Cristo, sólo es otro Cristo.

El sacerdote no es un hombre de democracias ni de consensos, sino de Autoridad divina que pide y exige del pueblo la obediencia. Muchos católicos ya no obedecen a la Jerarquía, sino que sólo quieren obedecer a Cristo. No ven el sacerdocio como algo sagrado, sino como una cosa más en la Iglesia.

La Iglesia es Pedro. Y Pedro es Autoridad Divina. Y Pedro constituye una verticalidad, una jerarquía donde no hay democracia, donde no hay opiniones, juicios encontrados. Y, en esa verticalidad, sólo la obediencia es lo que edifica el organismo sobrenatural de la Iglesia. El sometimiento a la persona de Pedro es lo que hace ser Iglesia.

Pedro es todo en la Iglesia. La Jerarquía es todo en la Iglesia. No es una parte, no es un conjunto de hombres que sumados a otros, que no son la Jerarquía, hacen la Iglesia.

Este es el pensamiento de un hereje y de un cismático, al que le han puesto la etiqueta de Papa, al que muchos predican la obediencia a su mente, del que muchos dicen que su doctrina es católica:

«La Iglesia piensa…. La Iglesia somos todos. «¿De quién hablas tú?». «No, de los sacerdotes…». Ah, los sacerdotes son parte de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos. No hay que reducirla a los sacerdotes, a los obispos, al Vaticano… Estas son partes de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos, todos familia, todos de la madre» (ver texto).

¿Por qué los católicos siguen obedeciendo a un hombre que ha roto la Jerarquía en la Iglesia y, por tanto, está en el Vaticano construyendo su modelo de iglesia universal, su modelo de sacerdocio?

¿Por qué se da esa obediencia a un hombre que no sigue la enseñanza de la Iglesia sobra la misma Iglesia?

¿Para qué obedecen la mente de este hombre, que dice que la Iglesia somos todos y, en consecuencia, todos tienen algo que decir en la Iglesia; y la opinión de todos vale en la Iglesia?

¿No ven que se ha cargado la Jerarquía, a Pedro, la obediencia, y que ahora exige una obediencia que es imposible darla? Porque no se puede obedecer a todos en la Iglesia. Se obedece a Cristo, que es la única Verdad a la cual toda mente humana tiene que someterse, abajarse, inclinarse, oscurecerse. Se obedece a la Jerarquía, que es todo en la Iglesia.

Si la Jerarquía no obedece a Cristo, cae toda obediencia en la Iglesia. Nadie posee la Verdad, porque la Verdad no se crea, sino que se halla. Se encuentra en Cristo. Y sólo obedeciendo a Cristo, se permanece en la Verdad, se está en la verdad.

Como Francisco no obedece a Cristo, entonces hay que negarle cualquier obediencia, incluso la material. Francisco quiere crear la verdad por votación, por una unanimidad de sentimientos humanos, de acercamientos en las mentes. Eso es lo que va a ser el próximo Sínodo de los malditos, de los afeminados, de los pervertidos en la gracia divina: una votación para excusar el pecado en la Iglesia.

La Iglesia, para este hombre, ya no es la Jerarquía, ya no es Pedro, sino todos. Pedro y la Jerarquía es una parte de la Iglesia, pero no es el todo. Consecuencia: la Iglesia es un conjunto de hombres, que piensan y deciden qué hacer con la Iglesia, cómo vivir en Ella, cómo obrar en Ella.

La Iglesia no es ni una familia, ni un clan, ni un pueblo, ni un asunto social de los hombres. La Iglesia es la obra de la Verdad, que sólo la Jerarquía verdadera puede manifestar a toda la humanidad. Esa Verdad es camino y luz para todos. Y si no se obra esa Verdad, la Iglesia se oscurece y es sólo un tropiezo, un escollo, una escisión, una quiebra donde sólo se ve la ruina que el pecado hace en cada alma que pertenece a la Iglesia.

Es lo que contemplamos en la nueva iglesia que lidera Bergoglio en el Vaticano. Esa nueva iglesia no es la Iglesia Católica. Y si no saben discernir esta Verdad, entonces van a hacer como muchos ya hacen: construyen sus iglesias, sus asociaciones, sus comunidades, sus grupos, están en sus parroquias para dividir más a la Iglesia Católica. Y quieren seguir trabajando en la Iglesia Católica, obedeciendo a Francisco y a toda la Jerarquía que le obedece. ¡Es un absurdo! Quien no se opone a Francisco no pertenece a la Iglesia Católica, sino a la nueva sociedad instalada en los muros del Vaticano.

No se pertenece a la nueva iglesia, que lidera Bergoglio, sino que pertenecemos a la Iglesia Católica, cuyo Papa es Benedicto XVI hasta que se muera. Una vez que se muera, la Iglesia deja de verse en la realidad de la vida histórica de los hombres, porque ya no está Pedro. A Pedro se lo han cargado con la renuncia impuesta al Papa Benedicto XVI.

Hay una gran división ya en el Vaticano, y en cada parroquia que pertenece al Vaticano. Y esa división está promovida por la misma Jerarquía infiltrada que gobierna en el Vaticano. ¡Claro gobierno masónico!

Es la división en la cabeza hecha por Bergoglio con su gobierno horizontal. Es el cisma encubierto, que nadie quiere ver ni entender, pero que se manifiesta claramente: la Jerarquía se ha unido a un hereje y a un cismático, y le dan obediencia como si fuera el Papa legítimo. ¡Esto se llama cisma!

Los que están en el Vaticano lo llaman obediencia al “Papa” Francisco: están bajo Pedro, sometidos a Pedro. ¡Un falso Pedro! ¡Una falsa obediencia al falso Pedro! Y, por tanto, se llaman a sí mismos “Iglesia católica”. Y en la realidad de los hechos, ellos -los del Vaticano- han perdido la línea católica en el gobierno: no siguen la ley de la Gracia, al poner una horizontalidad que anula esta misma Ley.

La Gracia no puede darse allí donde hay un gobierno horizontal en la Iglesia. ¡No se puede! Porque la verticalidad es una iniciativa divina, una obra divina, un fin divino en la Iglesia.

Esta Verdad es la que no siguen en el Vaticano. Y esta Verdad, los católicos no saben meditarla en sus vidas y, por eso, siguen dando una obediencia que es una abominación en la Iglesia. Obedecen a una Jerarquía que no puede nunca dar la Voluntad de Dios en ninguna cosa de la Iglesia Católica. Esa obediencia no es una obediencia en la Gracia, sino en contra de la Gracia. Hacen un acto contra la Voluntad de Dios, que constituye un gran pecado de soberbia, de orgullo y de lujuria, que crucifica, de nuevo, a Cristo.

«Yo soy la Vid. Vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).

Ser Iglesia es estar injertados en Cristo, en Su Cuerpo, que es la Vid llena de lo Divino.

Ser Iglesia no es insertarse en una familia de borregos, en una comunidad de herejes y de cismáticos, en un grupo de hombres que se ponen la etiqueta de católicos y se unen para vivir una obra de pecado, de tibieza y de perversión intelectual.

El origen de gran parte de los equívocos o de los auténticos errores que están amenazando tanto a la teología como a los fieles, es la crisis del concepto de Iglesia.

El sentido católico de la “Iglesia” se está perdiendo, o ya casi se ha perdido del todo. Y, en el Vaticano, ya no hay ese sentido católico, no hay línea católica, ni puede darse más. ¡No van a volver a la verticalidad! Ellos ya lo han decidido así.

Muchos no creen que la Iglesia es una realidad querida por Jesucristo, realidad sobrenatural, sino que es una mera construcción humana, un instrumento creado por los hombres de la Iglesia, y que se puede organizar según las circunstancias del momento.

Esta falsa creencia es la que ha originado la renuncia del Papa Benedicto XVI, para implantar un gobierno horizontal dentro de los muros del Vaticano; una estructura que no tiene nada que ver con la Iglesia fundada por Jesús en Pedro, y que contradice absolutamente la verticalidad exigida por el dogma del Papado, dañándolo. Es una nueva sociedad creada por la misma Jerarquía de la Iglesia: una abominación espiritual. Un engendro del demonio.

En esa nueva estructura, Cristo no está como Vid; ni puede estarlo. Y, por tanto, sin Cristo, esa nueva iglesia no puede hacer nada, no significa nada, no llega a ninguna parte, es nula para Dios. Sólo tiene el valor que los hombres quieran darle: es decir, es un engaño para todos. Es un poder humano para una obra sólo del hombre, con miras humanas y decisiones tomadas sólo por el hombre.

Cristo ha puesto su Iglesia en el Vértice, no en la horizontalidad de unas mentes humanas, de unas vidas y obras para dar gloria al mundo, que sólo trabajan en el pecado para reconocerse a sí mismos como santos y justos, dañando toda la vida eclesial en su raíz.

Esta concepción de Iglesia procede no sólo del protestantismo, sino de todas las teologías que, después del Concilio Vaticano II, han querido ofrecer una “iglesia libre” de Jerarquía, de sometimientos, de autoridad divina. Por eso, han quitado la Roca de la Iglesia, que es Pedro, en el Papa legítimo Benedicto XVI. Han puesto una serie de ladrillos, para levantar una fortaleza, que se va a caer con el viento de la Justicia Divina, una vez muera el Papa Benedicto XVI.

¡La han quitado! Y quien todavía no haya aprendido a discernir lo que es Francisco en la Iglesia, es que vive ciego, vive sin profesar la fe católica, vive sin dar frutos divinos en su unión con Cristo, en Su Cuerpo, y obra sólo para condenarse dentro de la misma Iglesia.

Francisco propone un concepto de Iglesia como “pueblo de Dios”. Con esta perspectiva, se abandona el Nuevo Testamento, para volver al Antiguo, y quedarse en una visión de la Iglesia que no es la real, que no tiene nada que ver con la verdadera Iglesia y, por tanto, con el verdadero pueblo.

“Pueblo de Dios” es, para la Escritura, Israel en sus relaciones de oración y de fidelidad al Señor, es decir, es una comunidad histórica de hombres (no es un movimiento sobrenatural), que buscan de alguna manera a Dios en sus vidas. Y ese conjunto de hombres, esa suma de intelectos humanos, esa contemplación de vidas y de obras humanas, es lo más contrario a la Iglesia que fundó Cristo en la persona de Pedro. Limitarse a esta expresión es anular la Iglesia, es ensombrecer la Palabra de Dios con discursos humanos, con razonamientos bien preparados, pero que son una auténtica blasfemia al Espíritu de la Iglesia.

El Nuevo Testamento ofrece el concepto de “Cuerpo de Cristo”. Y, por tanto, se es Iglesia y se entra en Ella, no porque se pertenece a una cultura, o una familia, o a una sociedad; sino porque el fiel está injertado en el Cuerpo mismo del Señor, por medio del Bautismo y de la Eucaristía.

Jesús era hebreo, pero no funda Su Iglesia porque pertenece al pueblo de la Alianza, por un imperativo histórico. Jesús funda Su Iglesia porque es la Voluntad de Su Padre: es un mandato divino, que sólo el Hijo lo puede realizar. Ningún otro hombre tiene capacidad de hacer lo mismo, que hizo Jesucristo al fundar Su Iglesia, en Su Misma Sangre.

Somos sarmientos que, para permanecer en la Vid, es necesario una unión con Cristo: unión individual, de cada alma con la Persona del Verbo. Y, en esa unión, el alma se une a los demás miembros de la Iglesia, por los méritos y las obras de la Cabeza, que es Cristo.

Y, por tanto, ¿quién puede obedecer la mente de este bastardo?:

«No estamos aislados y no somos cristianos a título individual, cada uno por su cuenta, no, nuestra identidad cristiana es pertenencia. Somos cristianos porque pertenecemos a la Iglesia» (ver texto)

Somos cristianos a título individual, porque cada alma es un sarmiento. «Y todo sarmiento que en Mí no lleve fruto, lo cortará» (Jn 15, 2). El Padre Eterno es el que decide quién es de la Iglesia de Su Hijo y quién no pertenece a Ella. No son los miembros de la Iglesia quienes deciden eso.

Para ser Iglesia hay que ser otro Cristo, hay que imitarlo en su vida, hay que hacer las mismas obras que Él hizo. Y todo aquel que pertenezca a la Iglesia, tiene la Gracia y el Espíritu de Cristo para ser un sarmiento injertado en la vid, chupando la Vida Divina y transformándose en otra cosa a su realidad humana.

Pero quien esté en la Iglesia y no viva en la Gracia, y no sea fiel a Ella, entonces el Padre lo corta: ya no está injertado en el Cuerpo de Cristo y, por tanto, ya no pertenece a la Iglesia.

Porque nuestra identidad cristiana es ser sarmiento de Cristo para dar frutos divinos. Nuestra identidad cristiana no significa pertenecer a una Iglesia, compuesta de gente pecadora, de borregos, de herejes, de hombres cismáticos, que sólo viven para sí mismos, sin discernir entre el bien y el mal, sin capacidad para quitar el pecado de sus vidas. Nuestra identidad es vivir para Cristo, no para la Iglesia. Vivir en el Cuerpo de Cristo, obrando la Gracia que esa unión con Cristo da al alma.

Esta Verdad es la que anula Francisco en sus dos documentos: lumen fidei y evangelium gaudium. Presenta un concepto de Iglesia que sugiere la política, el partidismo, la colectividad.

Porque pertenecemos a la Iglesia, como pueblo de Dios, no como Cuerpo de Cristo, entonces él dice en su herejía:

«Y la Iglesia es una realidad mucho más amplia, que se abre a toda la humanidad y que no nace en un laboratorio, la Iglesia no nació en un laboratorio, no nació improvisamente. Ha sido fundada por Jesús, pero es un pueblo con una historia larga a sus espaldas y una preparación que tiene su inicio mucho antes de Cristo mismo…el cristiano es parte de un pueblo que viene de lejos. El cristiano pertenece a un pueblo que se llama Iglesia… Pero nadie, nadie se convierte en cristiano por sí mismo» (Ibidem).

«nadie se convierte en cristiano por sí mismo»: ningún alma se injerta en el Cuerpo de Cristo para poseer la fe, sino que su fe se hace en la comunidad, en el pueblo de Dios. No hay fe particular en Cristo. Sólo existe la fe que los demás tienen de Cristo. El alma necesita beber de las fuentes de la razón humana para formar el pueblo, que es mal llamada Iglesia.

La Iglesia es una realidad más amplia, pero no es una realidad sobrenatural, divina, santa, hermosa en las virtudes, bella en la gracia, inmaculada en el Espíritu. No es capaz este hombre de hablar de manera trascendente de la Iglesia. Todo conduce a su inmanencia. Es una amplitud en la forma humana. Es más amplia en el concepto de los hombres, en su lenguaje humano. Como la Jerarquía es una parte de la Iglesia, no el todo, luego hay que meter a todos los hombres para formar la Iglesia: «se abre a toda la humanidad». Consecuencia: todos se salvan y se santifican.

La Iglesia es el Reino de Dios en la tierra y, por tanto, «¿no sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios» (1 Cor 6, 9-10). La Iglesia no está abierta a toda la humanidad. Es para todos los hombres, pero no todos pueden pertenecer a Ella. No pueden ser de la Iglesia hombres que viven en su pecado y que ensalzan su pecado por encima de Dios, del bien, de la verdad. No poseen el Reino lo que aman su pecado, su vida de pecado. Poseen el Reino los que luchan contra su vida de pecado.

No pueden pertenecer a la Iglesia Católica ni Francisco ni toda la Jerarquía que se somete a Francisco: ellos están ensalzando, mostrando, justificando la blasfemia de ese hombre en el Vaticano: su gobierno horizontal. Una blasfemia contra el Espíritu Santo, quien exige la verticalidad en la Iglesia para constituirla Santa, Divina, agradable a Dios.

¿Cómo es que sacerdotes y Obispos predican que la doctrina de Francisco es católica si este hombre está levantando una nueva iglesia, fuera de la Gracia, para llenarla de pecadores y de gente malvada, que ya no mira el pecado como es, sino que lo valora como una salvación y un modo de vivir en la vida?

¿Cómo es que no se han dado cuenta -tanta Jerarquía- de la mente blasfema de este hombre, que tiene un conocimiento pervertido de la teología de la Iglesia, al cual le están tributando obediencia? ¿Cómo es posible que le sigan obedeciendo? ¿Es que ya no son otros Cristo y, por eso, su inteligencia para ver la Verdad ha sido maniatada y oscurecida en el mal? ¿Cómo entender el silencio de una Jerarquía, que sabiendo lo que es Francisco, sin embargo, le dan obediencia y ordenan al Rebaño que también le obedezca? ¿Puede haber tanta maldad entre la Jerarquía? ¿Puede haber tanta perversión en las mentes de personas cuyo sólo ideal debería ser sólo la verdad? ¿Qué ha pasado en la Iglesia para que nadie se dé cuenta del engaño que vivimos? ¿En qué se ha convertido toda la Iglesia viviendo un absurdo, un camino sin salida, un objetivo humano para alcanzar una gloria mundana y profana?

«La Iglesia no es una institución finalizada a sí misma» (Ibidem). Esto es todo en la mente de este hombre. Quien no se finaliza en sí mismo no tiene ninguna identidad. Quien no se acaba en sí mismo, es un absurdo en su misma vida. Quien no da sentido a su existencia, no puede entender lo que es su vida.

La Iglesia, para la mente de este hombre, es una realidad histórica, no sobrenatural. No acabada, no finalizada, sin un fin divino, sin unos objetivos sobrenaturales. Abierta a toda la humanidad, mirando a lo humano: es un global, es una unión de todos los hombres, con sus ideas, con sus obras, con sus vidas, con sus culturas, con sus proyectos humanos sobre la vida.

Francisco tiene una idea de una iglesia humana, con unos contenidos de la fe totalmente arbitrarios, presentando una cristología sin la referencia a lo Divino, enmarcada sólo en lo humano-natural (un Cristo sólo hombre, un Jesús que no es Espíritu, sino sólo una persona humana; un santo humano); con un Evangelio que es sólo el “proyecto-Jesús”, un proyecto de liberación-social-histórico, inmanente, sin ninguna trascendencia, sin ninguna referencia a la Voluntad del Padre, sin la Obra de la Redención, y que es, en la realidad, absolutamente atea, una obra para demonizar a la sociedad y a la Iglesia.

No se es Iglesia porque se forma un colectivo, una comunidad de gentes, una familia de hombres con una fe determinada. No se es Iglesia porque se suma simplemente sus miembros. No se es Iglesia porque se aprende una fe ni porque se tiene una memoria de una fe pasada. Se es Iglesia porque se es Cuerpo de Cristo, un Cuerpo Místico, que sólo tiene implicaciones espirituales, no humanas.

La Iglesia no es nuestra, sino de Cristo. Los hombres no podemos disponer de Ella a nuestro antojo; porque siendo Cristo el que ha construido Su Iglesia, ha puesto en Ella vínculos misteriosos y realísimos, que hacen que el aspecto humano sea accesorio y efímero.

La Iglesia es una unión en la Vida Divina; unión de las almas en lazos espirituales, que los Sacramentos generan. Es una unión en las cosas santas, divinas. Es una unión en la Gracia de Cristo. Y, por tanto, no es una unión entre hombres, entre vidas humanas. No se hace Iglesia para una política, para un ideal económico. Se hace Iglesia para una obra santa, que no pertenece a este mundo, sino que lo trasciende y lleva al alma más allá de cualquier plan humano.

Por tanto, no existe la Iglesia pobre para los pobres. Existe el servicio a los pobres «que ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora» (San Vicente de Paúl – Carta 2.546).

La Iglesia es de Cristo, no es de los pobres. No es un negocio comunista. La Iglesia es para que cada alma se una a Su Cabeza, que es Cristo, y produzca obras de frutos divinos, no humanos.

Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad y, por tanto, la unión con Jesús hace que el alma trascienda todo lo humano, y viva y obre para esa Persona Divina. Y Jesús no quiere de sus almas ni vidas ni obras humanas.

Jesús quiere lo divino en lo humano. Y esta es la dificultad de muchas almas dentro de la Iglesia. Porque viven para lo suyo humano, terminan haciendo de Cristo y de la Iglesia su negocio humano, su obra humana, su vida de hombres, que es una vida de masa, de borregos, de gente sin ningún discernimiento espiritual.

«Todo lo que hay en ti debe ser injertado en Él, y de Él debes recibir la Vida y ser gobernado por Él. Fuera de Él no hallarás la Vida verdadera, ya que Él es la única fuente de Vida verdadera; fuera de Él no hallarás sino muerte y destrucción. Él ha de ser el único principio de toda tu actividad y de todas tus energías; debes vivir de Él y por Él» (San Juan Eudes – Del tratado sobre el admirable Corazón de Jesús).

Francisco: el Obama de la Iglesia


siuncardenal

La popularidad de Francisco ha crecido como la espuma desde que usurpó la Silla de Pedro, que es comparable a la forma como Barack Obama fue recibido por el mundo en el año 2008. Es decir, esa popularidad es un montaje llevado a cabo por el Vaticano, gobernado por masones, como lo fue el de Obama.

Esa popularidad no es un don del Espíritu, no es algo que nace entre los miembros de la Iglesia, sino una ayuda que el Espíritu del demonio hace en ese hombre, algo fabricado por la Jerarquía infiltrada, para poder atraer toda la atención del mundo y de la Iglesia hacia una persona sin letras, vulgar, del pueblo, sin ninguna inteligencia espiritual, que sólo vive su vida de acuerdo a sus medidas racionales, pero que es incapaz de ser imitador de Cristo en su sacerdocio, porque no tiene la vocación divina para ello.

Esa popularidad es siempre en contra de la Voluntad de Dios, un mal que Dios ni quiere ni permite en Su Iglesia, porque no se está en la Iglesia para ser popular, para mendigar un aplauso del mundo, para ser reconocido por los gobernantes o personas influyentes del mundo. Dios no necesita los medios de publicidad del mundo para hacer llegar su Evangelio, que es la Palabra llena de Verdad, que ningún hombre en el mundo quiere escuchar ni seguir.

Dios no necesita un Francisco para llenar Su Iglesia de almas, de gente inculta, pervertida en sus mentes humanas, que sólo viven para sus lujurias, sus deseos en la vida, sus soberbias, sus orgullos como hombres.

Dios no quiere a hombres soberbios en Su Iglesia: quiere personas humildes, que pisen su orgullo y lo mantengan en el suelo, para que puedan ser instrumentos de la Voluntad Divina.

Pero cuando el demonio se sienta en el Trono de Pedro, el mal sólo es querido por el demonio, no por Dios. Dios se cruza de brazos en todo cuanto sucede en el Vaticano y en las demás diócesis que pertenecen a Roma. Y deja que el demonio obre sin más, porque es su tiempo: el tiempo del Anticristo. Tiempo para condenar almas al infierno.

Al igual que Obama ha sido una decepción para el pueblo americano, así este hombre, al que llaman Papa sin serlo, y al que le han puesto un nombre de blasfemia, -queriendo recordar a San Francisco de Asís, pero sin seguir su Espíritu, sino en contra de la misma espiritualidad que vivió este Santo-, se ha convertido en un desastre, en un fracaso para toda la Iglesia Católica y para el mundo.

Los católicos verdaderos no han sabido ver el engaño de este hombre, cuando los bastiones del anti-catolicismo, como son los masones, los ateos, los de la teología de la liberación, toda la jerarquía tibia y pervertida que inunda la Iglesia, han salido a luchar por esta persona y a declararle su amor incondicional.

Los católicos verdaderos se han olvidado bien pronto de las palabras del Señor: «Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo y el mundo los oye» (1 Jn 4, 5). Y aquello de: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en el la caridad del Padre» (1 Jn 2, 15).

Este olvido señala sólo una cosa: dentro de la misma Iglesia Católica hay muchas almas que aman al mundo y lo que hay en el mundo. Hay mucha Jerarquía que habla del mundo, habla de los hombres, habla para ellos y como ellos, y ellos los escuchan, porque se les dice lo que ellos quieren oír. Llena de fábulas ha estado- este año y medio- la Iglesia. De entre los católicos verdaderos, hay mucha gente que sólo es católica de nombre, de etiqueta (= va a misa, comulga, se confiesa, reza, etc.), pero que sólo vive para el mundo, no para Cristo. Se dicen “católicos verdaderos” y son sólo eso: una figura vacía de la fe católica. Almas sin fe católica, llenas de otra fe, que obran en la Iglesia de acuerdo a esa fe inventada por ellos mismos, incapaces de rechazar las fábulas, las doctrinas del demonio que Francisco y los suyos han ofrecido a toda la Iglesia.

Toda la pantalla de Francisco es su lenguaje humano. Francisco es experto en oratoria humana. Es una pantalla, una maqueta, una invención, una pintura, que al exterior se ve bonita, hermosa, agradable, pero que esconde una gran maldad, que sólo se nota cuando se acepta ese lenguaje. Francisco ora una palabra barata, que llega a todo el mundo, que gusta por su extravagancia, pero que es una blasfemia, porque carece de verdad.

Francisco ha seducido con su palabra humana: ha hecho la obra del demonio, la que siempre hace la serpiente para entrar en el alma de los hombres. Satanás sedujo a Eva con la palabra humana; Eva sedujo a Adán con la palabra humana. Seducir la mente de las personas, sus sentimientos, sus vidas, con algo que les atraiga, que les guste, que se sientan bien con ellos mismos y con quien les habla. Francisco seduce con su palabra vulgar, engañosa, ignorante, oscura, llena de maldad y de regocijo en el mal. Y muchos han dado –y siguen dando- oídos a esa palabra de un hombre sin sentido común, sin dos dedos de frente.

Cristo nunca seduce con Su Palabra, sino que es siempre Luz: expone Su Verdad, su doctrina, la muestra, la vive, la obra sin más; pero deja en libertad al alma para seguirla o despreciarla. Cristo señala el camino, pero no lo impone a la mente del hombre.

Pero la obra del demonio y, por tanto, la de Francisco es seducir; es decir, es llevar, no es exponer una doctrina, no es dar luz, sino que es tapar la luz; es conducir hacia la tiniebla, mostrar una oscuridad como una luz, es maniatar al alma, en un sentimiento, en una idea, con una obra, -aparentemente buena en lo exterior de las formas-, para que el alma acepte esa doctrina, aun cuando en su interior vea que no puede ser aceptada. Es la seducción del mal, más potente que el don de la Verdad. La Verdad arrastra sin coartar la libertad; pero el mal seduce, se impone, se obsesiona con algo, y produce la obsesión en la misma mente de la persona, imprimiendo en el alma una necesidad engañosa, una exigencia que no es tal.

Esto es el marketing que se hace con Francisco. Es necesario obedecer a un “Papa”, seguirlo, aunque su doctrina, su enseñanza esté errada. Aunque hable barbaridades, como las ha dicho, o declare cosas vergonzantes y heréticas, que supondrían la inmediata renuncia de quien las dice; pero, sin embargo, es necesario seducir, entrar en ese juego del demonio si se quiere seguir en la Iglesia con un plato de comida. Esta es la seducción más refinada llevada a cabo por todos los medios de comunicación, que asisten a Francisco, por toda la Jerarquía, que lo obedece, aunque vean con sus entendimientos humanos, que ese hombre miente descaradamente a toda la Iglesia y a todo el mundo.

Todos ven los errores de este hombre cuando habla; pero otros se encargan de taparlos, de interpretarlos, de darles la vuelta y presentarlos como un bien para toda la Iglesia, como un valor, como “doctrina católica”. Esta es la etiqueta favorita que se pone al magisterio demoniaco y satánico de un hombre sin fe católica, de un pordiosero de la riqueza del mundo, de un piernas-largas, que recorre el mundo, para estar en todas las portadas importantes de la vida social de la gente. Esta es la maldad que todos pueden ver en el Vaticano, en sus webs, en autores que se dicen expertos en política vaticanista, como un Sandro Magister, y que son sólo expertos en seguir la seducción del Vaticano, en ampliarla, en darle mayor publicidad y cobertura. Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Un hombre que besa a los niños y abraza a los enfermos no es nunca noticia. Todos los Papas han hecho lo mismo, pero ninguno de ellos ha dado publicidad a esos actos. Con Francisco, hay un fotógrafo preparado para cualquier ocasión, que convenga tomar la foto a un hombre, que ama el mundo y a los hombres.

Se fotografían sus pecados, cuando besa los pies de las mujeres o ancianos en su taimado ministerio sacerdotal; o cuando se reúne con hombres de pecado para una oración de blasfemia; o cuando bendice unas hojas de coca. Esas fotos revelan su gran pecado. Y nadie, dentro de la Iglesia, lo denuncia, le exige la renuncia. Nadie se atreve a levantarse ante ese hombre, porque todos están bajo el engaño de la seducción del demonio. Todos atrapados. Si viendo sus pecados, nadie hace nada, sino que todos se conforman y aplauden esos pecados, tan manifiestos, tan claros, tan convincentes; entonces, ¿para qué sirve tanta teología, tanta filosofía, si tampoco razonando las cosas, la gente va a discernir el pecado de este hombre? ¿A qué se dedica la Jerarquía de la Iglesia que no es capaz de levantarse contra un Obispo hereje y cismático en la Iglesia?

Es necesario acercar a este hombre, que no tiene ninguna inteligencia, con gente que tampoco tiene inteligencia espiritual, gente del mundo y para el mundo, y que sólo están en la Iglesia por un sentimentalismo, por una cercanía, por un afecto humano, natural, que es también el trabajo del demonio en ellos. Es necesario acercarlo en su pecado –y para mostrar su pecado- y ponerlo a otros como ejemplo de lo que tienen que hacer, si quieren seguir en la Iglesia. Francisco, en los medios de comunicación, es ejemplo de cómo vivir pecando y en el pecado habitual. Y, por eso, gusta a todos los pecadores, ya del mundo, ya de la Iglesia. Les habla en su lenguaje de pecado y en su vida pecaminosa. Los invita a seguir en su pecado y sólo a luchar por las cosas propias de los hombres.

Francisco no es inteligente: luego no sabe llegar a las mentes inteligentes de los hombres. Pero Francisco es un vividor: vive y deja vivir. Luego, el demonio trabaja en él vía afecto, cariño, abrazo, beso, cercanía con los hombres, con los selfies, con el abajamiento a todo lo natural, a todo lo humano. Y, por eso, este hombre se pone una nariz de payaso, pone una pelotita al lado del sagrario, hace muchas cosas que ningún Papa se atrevería a hacer, porque ellos sabían bien lo que es Cristo y lo que exige Cristo a un Papa legítimo en Su Iglesia. Francisco, para llegar a los hombres, lo hace seduciendo los sentimientos de ellos: sus gustos, sus caprichos, sus deseos, sus apegos, sus miserias, sus pecados. Y, en esa seducción, los invita a seguir en sus sentimientos pecaminosos, como algo bueno para sus vidas.

Francisco ha abierto un camino de maldad, golpeando la doctrina católica, con su magisterio masónico, marxista y protestante.

Al igual que el presidente Obama le encantaba disculparse por América, Francisco le gusta pedir disculpas por la Iglesia Católica, resaltando que son los errores de Ésta los culpables de que el mundo esté mal. Es el juego político de presentar al mundo una Iglesia pasiva, callada, tolerante, que no combate el mal de otros, sino que reconoce su propio mal, con el solo fin de no ofender la sensibilidad de nadie, de acomodarse a las distintas necesidades que los hombres tienen hoy en sus vidas sociales y culturales.

En sus entrevistas con los medios de comunicación de izquierda, Francisco busca impresionar, llamar la atención, decir una palabra clave para el hombre, para la masa, pero nunca convertir, nunca dar ejemplo de la verdad, nunca testimoniar -con la propia vida- la verdad, que es Cristo. Francisco no habla en nombre de Cristo, sino en su propio nombre, en su propio lenguaje, en su propia estructura mental de la vida de la Iglesia. Todo, en esas entrevistas, es para que se vea que la Iglesia deja de estar –con Francisco- ‘obsesionada’ con el aborto, con el matrimonio gay, con las verdades absolutas, dogmáticas; y así abrir el camino al diálogo, al conocimiento del otro, a la escucha del hombre, a experimentar el mundo que nos rodea. Francisco es el innovador del mundo en la Iglesia. Es el que mete la vida del mundo, de la profanidad, de la vulgaridad, del paganismo, dentro de la Iglesia. Es la puerta al Anticristo, a su aparición.

Al tratar de complacer a los medios de comunicación y al mundo moderno, Francisco quiere ganarse su respeto, mostrándose pasivo, neutro y débil. Francisco piensa que al hablar continuamente y sin sentido de los pobres, de una manera vana, vacía, sin verdad, será respetado y escuchado por todos. Un hombre que pregunta: por qué es noticia la caída del mercado de valores, pero no la muerte de un anciano; es un hombre que desea que en los medios de comunicación haya una lista de muertes, en la que se juzgue a todo el mundo -y se le condene- por no haber hecho algo contra esos ancianos que mueren. Un hombre así es un hombre que no sirve para gobernar nada, un error de la masonería en el gobierno. Un error impuesto por muchos, pero necesario para el plan en la Iglesia. Un hombre que declara que no es quién para juzgar, pero que en la práctica de su lenguaje humano, juzga y condena a todo el mundo, es un fracaso para todos, incluso para la masonería, que lo ha impuesto en la Iglesia.

Francisco es un hombre que complace a sus enemigos y que, al mismo tiempo, ataca a sus “amigos”: da un manotazo a los católicos practicantes, fieles a la Gracia, a la Verdad Revelada, a la Cruz de Cristo. Francisco ha insultado y ha dañado severamente el trabajo de grupos pro-vida y pro-matrimonio con todas sus declaraciones; y ha pasado al ataque con grupos en la Iglesia, que viven lo de siempre, la liturgia tradicional, que es –para este hombre- una ideología maldita, una explotación de las clases altas de la Iglesia, que hay que erradicar. Todos tienen que hacer una liturgia para el pobre, porque “la Iglesia es pobre y para los pobres”. Esta necedad es la que se impone en todas las diócesis en el mundo.

En su lumen fidei, todos pueden constatar su racionalismo puro, que le lleva a predicar una fe masónica. Es la anulación del magisterio de la Iglesia en lo referente a la Revelación y a la Inspiración Divina

En su evangelium gaudium, se ve al hombre marxista, comunista, que hace de la Iglesia un pueblo, un conjunto de hombres con un solo ideal: el bien común humano. Con un solo fin: el temporal, el humano, el profano. Anula toda la obra de la Redención y, por tanto, la obra de la Elevación del hombre por la Gracia.

Golpea al capitalismo, llamándolo “una nueva tiranía”, rechazando el mercado libre, y haciendo un llamamiento inútil y absurdo para que los gobiernos reacondicionen sus sistemas financieros para atacar la desigualdad. Un hombre que no es capaz de ver su error, sino que lo exalta, diciendo: «Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política». Es precisamente este su afecto, su sentimentalismo herético, su gran error como gobernante. Con el sentimiento quiere gobernar unas almas que han decidido en sus vida luchar contra todo error en el mundo y en la Iglesia. Y este hombre sólo les propone el error -que combaten-, como un bien que ya no deben combatir, sino aceptar. Habla como un enemigo de la fe católica, pero sin embargo, no es capaz de reconocerlo:

«Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor». Sólo le interesa poner de manifiestos su mente, como el culmen de la verdad que todos tienen que seguir, en el mundo y en la Iglesia: «Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra» (EG – n 208). Este hombre, que no está esclavizado a esa mentalidad individualista, sino que vive una mentalidad global, socializante, comunista, humanista, salvadora del hombre y del mundo, no ha comprendido que son precisamente los mercados libres los que han levantado -constantemente- a los pobres y han ayudado a salir de la pobreza, mientras que el socialismo, el comunismo, su mentalidad globalizante, sólo ha trabajado por afianzar al pobre a su pobreza, matando e impidiendo de mil formas la riqueza y todo bien para el hombre.

Él se pone como modelo a seguir para quitar las cadenas indignas que atan a los hombres a un estilo de vida humana, que nace de un pensamiento errado sobre el hombre. Este endiosamiento de Francisco es su gran fracaso como líder de la Iglesia. Un hombre que sólo vive para su mente humana, para su vida humana, para sus conquistas como hombre. Que no es capaz de mover un dedo para salvar un alma del pecado, porque ya no cree en el pecado como ofensa a Dios.

Francisco comunista al cien por cien. Olor nauseabundo. Olor a tiranía en su gobierno horizontal. Orgullo en un hombre que se ha creído con la solución a los problemas del mundo. Y la Jerarquía que lo está obedeciendo, ¿también se ha hecho comunista como este hombre? ¿También se ha endiosado, como este hombre?

Al igual que Obama, Francisco es incapaz de ver los problemas que están realmente en peligro en el mundo y en la Iglesia. Al igual que Obama confunde a los fieles con el enemigo, al enemigo con su amigo. Al igual que Obama ha caído en picado en su popularidad. Francisco es un negocio barato en la Iglesia. No es a largo plazo. No se puede sustentar por más tiempo un fraude que todos ven, pero que todos deben callar, por el falso respeto a un hombre que no es Papa. Por el falso nombre que le han colocado.

Y, así como Obama siguió jugando al golf en sus vacaciones, mientras los hombres no paraban de cortar cabezas de otros, así Francisco ha seguido ultimando su último escrito sobre la ecología, que será su gran abominación en la Iglesia: ama a la creación; ama a esos hombres que cortan cabezas porque son tus hermanos, son una parte de la creación; son algo sagrado, divino; ama a los homosexuales, a las lesbianas, a los ateos, a los masones, a los que abortan, a los grandes pecadores, a los herejes… Ámalos porque todos somos hermanos, hijos de Dios. Todos somos uno en la mente necia, estúpida e idiota de este hombre, que sólo mira su ombligo en la vida. Todo es hacer silencio cuando se comprueba que se ha errado el camino, pero nunca hablar para arrepentirse y declararse culpable de las propias acciones. Así actúan todos los líderes impuestos por la masonería: cumplen su cometido y, cuando fallan, se encarga la misma élite masónica de reparar el daño. Ellos siguen en lo suyo, en sus vidas, en sus conquistas, en sus orgullos.

Francisco es un desparpajo, una marioneta de muchos, un juego de la masonería, una decadencia en la Jerarquía de la Iglesia, un exabrupto que era necesario amplificar y remover, para dar a la Iglesia otra cara que nadie se ha atrevido a ponerla porque no era tiempo.

Salir de Roma: es lo único que hay que hacer. Renunciar a una Iglesia que ya no es la Católica, sino sólo un montaje de la masonería en Roma. El Vaticano es ya sólo un asunto de la élite masónica. Dios se ha retirado. ¿Todavía no lo han captado?

Renunciar a la obra de Satanás en el Vaticano


«un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable hasta sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia; impregnados, por el contrario hasta la médula de los huesos de venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del Catolicismo, se jactan, a despecho de todo sentimiento de modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo…» (San Pío X – Pascendi)

images (3)

Los tiempos se acercan para todos. No son los tiempos de la historia, sino del Espíritu.

El hombre ha creado su historia y, por tanto, sus tiempos. Y, en esos tiempos, Dios ha ido trabajando para sacar del mal un bien para el hombre.

Cuando Jesús funda Su Iglesia tiene un plan para Ella. Pero ese plan no es humano, ni histórico, ni se puede discernir en las diferentes culturas humanas.

Dios no funda Su Iglesia para una obra humana: para tener capillas o parroquias o una estructura en Roma.

La Iglesia es el Reino Glorioso de Dios, que abarca tres estados: humano, preternatural y sobrenatural.

En el estado humano, está la Iglesia militante, que milita o lucha bajo la bandera de Cristo: son las almas que viven en Gracia y que son fieles a Ella cada día, sin importar sus vidas humanas, sociales, económicas o políticas. La Gracia no anula la naturaleza del hombre, sino que está por encima de ella, guiándola hacia la verdad de su ser. El hombre, en su naturaleza humana, debe ser transformado para adquirir la naturaleza divina, que se da en la Gracia.

La Gracia reviste al hombre de lo divino: es el vestido espiritual que el hombre posee al ser hijo de Dios por el bautismo. Y esa vestidura es invisible a los ojos de los hombres. Esa vestidura no es un comportamiento humano, ni unos ideales humanos, ni consiste en obrar cosas humanas.

La Gracia da al hombre la misma Mente de Dios. Y, en esa Mente, el hombre aprende a vivir como hombre y a ser fiel a la Gracia.

Si la Gracia no anula la naturaleza humana, eso significa que Dios necesita esa naturaleza para obrar su vida divina en la gracia. Y el hombre tiene que aprender a mirar su naturaleza humana desde la gracia, desde la vida que Dios le ofrece. De esa manera, la naturaleza del hombre se va transformando en instrumento de lo divino.

Ya el hombre, en la gracia, no es el centro de su naturaleza humana, sino que es el instrumento de Dios para obrar en su naturaleza de hombre aquello que Dios quiere.

La gracia dignifica a la persona humana, le da el sentido de la vida que nada humano, ni natural, ni social, le puede dar.

Cuanto más el hombre anda en la vida social, cuanto más está interesado por los otros hombres, menos vive en la gracia, menos es fiel a la gracia, menos entiende la vida de Dios.

La gracia no es para ser más hombres, más humanos, más fraternos, más sociales. Dios no da Su Vida para que el hombre siga siendo hombre. Jesús murió a su vida humana para que el hombre haga lo mismo. Y sólo a través de la muerte de todo lo humano se llega al estado de gloria. Y sin esa muerte, los hombres siguen siendo hombres. Y tendrán mucha perfección en todo lo humano. Pero son sólo hombres, incapaces de seguir a Dios, de servirlo, de ser instrumentos de Su Voluntad, de adorarlo en Espíritu y en Verdad.

El antropocentrismo es la herejía de estos tiempos históricos: el hombre es el centro de la creación. Eso da a todo una visión horizontal de todas las cosas. Y eso lleva, de manera inevitable, a la destrucción del hombre por el mismo hombre. Y se hace con obras buenas, obras tecnológicas que el mismo hombre ha creado, y con pensamientos y filosofías que los mismos hombres han adquirido y aceptado como un valor en sus vidas.

El humanismo es lo que todos ven en la Iglesia y en el mundo. Todos luchan por algo humano: un derecho, una justicia, una ley, una vida, una obra. Y luchan poniendo el nombre de Dios (o el de la Iglesia, o el de Cristo) en medio, como si Dios quisiera esa lucha, ese derecho, esa vida.

En el humanismo, los tres primeros mandamientos de Dios se anulan completamente: ya no hay culto debido a Dios y, por tanto, ya no hay una religión revelada; se toma el nombre de Dios en vano y para una blasfemia bien maquillada en las palabras y en las obras; se santifican los días y las obras de los hombres para señalar que Dios está en todas las obras de los hombres.

Quien viva mirando al hombre, en esta etapa histórica que vivimos, se va a perder de manera absoluta, no ya relativa. El hombre es capaz, con sus inventos, con sus obras, con sus filosofías, de condenar a los demás hombres en vida: de hacerles vivir una vida de condenación, en la que no es posible el arrepentimiento del pecado, que es la única vía para salvarse.

Cuando los hombres ya no se arrepienten de sus pecados es que ya el hombre ha dado al pecado magisterio de santidad. El pecado es una escuela que el hombre histórico del siglo XXI tiene que probar y vivir si quiere ser hombre, si quiere pertenecer a un país, a una sociedad, a una familia, a una iglesia.

Cuando el pecado es un valor y una virtud para el hombre, entonces su condenación es absoluta. Mientras permanezca en lo que es, una ofensa a Dios, y por tanto, un mal, un vicio, un error, la condenación es relativa: hay modo de salvarse.

El pecado ha sido anulado en muchas partes del mundo y, también, dentro de la Iglesia Católica. Los hombres se han olvidado de que fue, precisamente, el pecado lo que dividió a la Creación.

El Paraíso era todo Gracia: vida divina, bondad, amor divinos. No había ninguna maldad. Y por el pecado de un hombre, todos condenados. Condenación relativa, por la esencia del pecado original; pero absoluta para algunos hombres, como Caín y su descendencia.

Cuando los hombres se olvidan y anulan esta Verdad Absoluta: lo que pasó en el Paraíso, entonces viven su condenación absoluta, sin posibilidad de salvarse.

Y estamos en el tiempo histórico en que se vive esta condenación absoluta en muchos hombres, ya del mundo, ya de la Iglesia.

Es el tiempo del Anticristo: tiempo para condenarse, no para salvarse. El Anticristo no salva, sino que lleva, sin posibilidad de cambio, de arrepentimiento, al fuego del infierno.

Como los hombres ya no creen en el pecado, tampoco creen en el demonio ni en el infierno; y por tanto, todas estas palabras sobre la condenación son sólo eso: palabras.

En el humanismo se vive sólo el lenguaje humano. No se vive de filosofías, de ideas, de pensamientos elaborados. Se vive de una maqueta, de un timbre, de una etiqueta, de un nombre, que hace referencia a algo que todos conocen, pero que nadie vive.

El humanismo no pelea por los conceptos absolutos, porque sabe que no puede pelear. Lo que hace es poner la etiqueta a ese concepto absoluto, para vivir una relatividad. Este es el juego de muchos hombres y, sobre todo, de la Jerarquía infiltrada en la Iglesia.

Es fácil poner el nombre de católico, de Papa, a Francisco. Es fácil decir que su doctrina es católica. Se le pone la etiqueta, que a todos gusta. Porque la masa lo que quiere es que le digan que ese hombre, al que llaman Papa, su magisterio es católico. Si alguien les dice eso, entonces siguen sus vidas como si nada.

Este es el juego del lenguaje humano, propio del humanismo. Son las formas exteriores. Francisco se reviste del manto de la humildad y de la pobreza. Esto es lo que atrae a todo el mundo. Todo el mundo se queda con eso exterior. Y no les importa lo interior de ese hombre: Francisco, ¿obedece o no obedece a la Verdad, a Cristo, al Magisterio de la Iglesia? Esto no se lo preguntan, porque viven en el humanismo.

Y el que concibe su vida de manera antropocéntrica, sólo vive para encontrar un pensamiento positivo, que le agrade, que le ayude a quitar temores, miedos, que hay muchos en la vida. El humanista no lucha por una verdad inconmovible en su vida. No puede luchar, porque se ha acomodado a todo lo humano, que es cambiante: está mirando el mar de lo humano, sus riberas, sus confines, sus conquistas. Y no puede salir de esa mirada. Y no puede encontrar, en lo que ve, un absoluto, una eternidad, un ideal que no cambie, que permanezca. Sólo encuentra lo propio de lo humano: lo que es temporal, lo que se puede medir, lo que cambia en cualquier momento.

Cuando la vida se vive así, entonces la vida carece de sentido. Cuando el hombre permanece en él mismo, en su vida pasajera, haciendo de la tierra su patria definitiva, viviendo su historia como el centro de todas las cosas, entonces el hombre ha perdido la fe, la trascendencia, la capacidad de ir más allá de su humanidad; ya no tiene en su alma la disposición requerida para pasar adelante, para ir a otro estado de vida, que no sea el pecado y todas las cosas humanas.

Los hombres que se instalan en su pecado son los humanistas, los inmanentistas, los idealistas, los que ha dado muerte a Dios en todas las cosas. Y sólo ponen la etiqueta de Dios en todo lo que hacen en sus vidas, porque de lo que se trata es de agradar a todos los hombres.

Francisco y todos sus seguidores viven el antropocentrismo, es decir, cabalgan en la herejía del humanismo, poniendo etiqueta a todo. Se revisten de sentimientos de modestia, de humildad, de pobreza, de misericordia, pero son incapaces de obedecer a la verdad. No pueden poner sus mentes en el suelo para aceptar la verdad que Cristo ha revelado. Han bebido de todas las herejías posibles. Y sólo encuentran en sus mentes la idea apropiada para dividir toda verdad. Y con ese alimento herético están dentro de la Iglesia para reformarla y acabarla completamente.

En el humanismo, se reduce a Dios a la historia, a la cultura, a lo social, a la vida de cada hombre. Es la visión que cada hombre tiene de Dios. Es la experiencia que cada hombre tiene de la religión, de la iglesia, de Cristo. Es la conciencia tomada como dogma en el pensamiento humano: el hombre es el que decide lo que es bueno y lo que es malo. El hombre se absolutiza él mismo. Se vuelve un dios para él y para los demás. Consecuencia: es imposible salir de este estado.

Cuando el hombre se mira sólo a sí mismo comete el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. Y de ese pecado, no es posible salir.

La Iglesia en el Vaticano vive la horizontalidad: han anulado el gobierno vertical en Pedro y han puesto una maqueta. Un gobierno de muchas cabezas con el nombre de un Papa, y todos dicen que están bajo Pedro, en obediencia a Pedro.

Esta etiqueta es sólo eso: una figura de lo que es Pedro y su gobierno en la Iglesia. Una figura vacía. Una estatua sin vida espiritual, sin vida de la gracia.

En el gobierno horizontal, que actualmente está en el Vaticano, no está la Gracia. La ley de la Gracia exige un gobierno vertical de uno solo: una sola cabeza, el Papa, que mira desde arriba a todos y que exige a todos la obediencia absoluta a su voz. Esto ha quedado anulado completamente. Esta trascendencia ha sido revocada por la inmanencia: en el Vaticano consideran ese gobierno de ocho cabezas, que es sólo algo natural, humano, como algo sobrenatural, como una Voluntad de Dios. Permanecer en el consejo de los hombres es más importante que hablar con Dios. Reunirse una serie personas para tratar los asuntos de la Iglesia y dar soluciones es llamado cosa sobrenatural. Es la trampa del lenguaje humano. Es la etiqueta que usan para acallar a todos en la Iglesia y que nadie se rebele.

Pero lo más grave es la consecuencia de este gobierno horizontal para toda la Iglesia: es la anulación de la Gracia en la Iglesia. Pocos han meditado esto.

Cristo da Su Gracia a toda la Iglesia sólo a través de Su Pedro. No existe Pedro, no hay gracia. Y, por tanto, una vez que se consolidó este gobierno horizontal, la Iglesia ha ido perdiendo la línea de la gracia en todos los campos: en la Jerarquía y en los fieles.

Ya Cristo no reparte su Gracia a través de Pedro, porque han blasfemado contra el Papado, en el Papa Benedicto XVI. Ellos, la masonería, la Jerarquía infiltrada en la Iglesia, han anulado el dogma del Papado en su raíz. Y, por eso, no puede haber más Papas, por vía ordinaria. Habrá Papas, pero por vía extraordinaria.

Poco a poco, se ha ido viendo en la Iglesia el cúmulo de errores en todos sus miembros, porque ya la Iglesia ha dejado de ser infalible. Ahora vive en el error, en la mentira y en el pecado. Ahora vive en el esfuerzo de los hombres. Es el pelagianismo y el protestantismo.

Se da un pelagianismo social: todo es luchar, esforzarse para conseguir que los hombres vivan bien en sus vidas humanas, para que nadie sea pobre, esté sin trabajo, sin escuela, sin salud, etc. Y se da un protestantismo social: todos los hombres son justos y santos; son buenos, aunque sean muy pecadores.

Ante este desastre que vemos en el Vaticano, con la formación de una nueva estructura de iglesia, sin la gracia, una sociedad horizontal, que sólo vive mirando al hombre y poniendo etiquetas a todo lo divino, es necesario que el miembro de la Iglesia Católica renuncie.

Muchos esperan a un Sínodo, que es convocado por un falso Papa, que es horizontal, que no tiene la línea de la gracia, que es falible por los cuatro costados, para decidir su destino en la Iglesia. Muchos esperan esperanzados, con la ilusión de que allí no va a pasar nada, de que no van cambiar el dogma. Muchos viven así: en su humanismo, en su horizontalidad, en su inmanencia.

Hay mucha gente en la Iglesia que ya le trae sin cuidado la Gracia: ni sabe lo que es ni para qué sirve. Y sólo esperan en las decisiones de los hombres. Sólo confían en esos hombres que se ponen un manto de humildad y de pobreza y que les cuenta una serie de fábulas para adormecer sus inteligencias humanas. Con la palabra barata y blasfema es cómo Francisco ha conquistado a las almas, que se han vuelto masa en la Iglesia. Ya no son almas de gracia, sino de hombres, de ideas humanas, de estructuras externas, de leyes concebidas sólo en la herejía del pensamiento del hombre.

Quien siga a Francisco no puede seguir a Cristo y, por tanto, ya no pertenece al Rebaño de Cristo, sino a la nueva iglesia, que se levanta en Roma. Esa nueva iglesia le ponen la etiqueta de católica, pero ya no tiene la fe católica porque comienza a ser como una de tantas en el mundo: una religión para los hombres, para defender sus derechos sociales y para contar batallitas sobre el mundo, la creación y la salvación.

Es necesario no hacerse ilusiones ya con el Vaticano. El Sínodo es sólo una abominación más en la Iglesia. De ahí saldrá mucho mal para todos. Y nadie en la Jerarquía va a abrir la boca y se va a oponer a lo que salga en ese Sínodo. Nadie. Todos aceptarán, en sus mentes, una abominación. Y eso será un mal para ellos, para su vocación sacerdotal y un mal para todo el Rebaño en la Iglesia.

Para no tragarse esa abominación, cada católico tiene que renunciar a lo que hay en el Vaticano. Es como renunciar a Satanás. Es lo mismo. El gobierno horizontal es la obra de Satanás dentro de los muros del Vaticano. Hay que renunciar a esa obra. Y eso lo que muchos no van a hacer, porque no tienen vida de la gracia. Viven sólo su humanismo, contentos en todo lo humano, sin hacer caso a la Voluntad de Dios, que sólo se puede entender viviendo en gracia y para la gracia.

La raíz espiritual de las guerras entre los hombres


Virgen-de-Fatima1jh

El mundo de los hombres tiene su reflejo por la batalla espiritual entre ángeles y demonios. Esa lucha se inicia en la Creación, cuando Dios crea a los espíritus. Hubo una división, un cisma, que hizo que dos mundos espirituales se opongan siempre.

El misterio del pecado de Lucifer no se puede comprender desde lo humano, sino que es necesario meterse en ese mundo invisible, y entender cómo vive un espíritu y cuál es el fin de su existencia.

La vida de un espíritu y su fin son totalmente diferentes a la vida de un hombre y el fin que Dios le ha puesto.

El espíritu es para Dios, no para los hombres. Dios es Espíritu, no es carne, no es algo material. Y crea ángeles para una obra sólo espiritual. El ángel no es para una obra humana. El hombre es para algo humano. Pero el ángel sirve al hombre para que éste encuentre el sentido de su vida, no sólo humana, sino espiritual.

Cuando Dios crea al hombre, le da un espíritu. Y ese espíritu humano sólo pertenece a Dios; no es del hombre. Es un don de Dios a la naturaleza humana para que pueda entrar en el mundo espiritual. Sin el espíritu humano, el hombre sólo vive para lo humano, pero es incapaz de amar a Dios, que es Espíritu. Sólo se puede amar a Dios con Su Espíritu, en Su Espíritu, desde Su Espíritu.

El hombre es alma, cuerpo y espíritu; es decir, es un ser espiritual. No es sólo un ser racional: no sólo posee una mente, una razón, una luz natural. Posee la inteligencia del Espíritu, que es la Mente de Dios. Posee una luz espiritual.

Pero, en esta naturaleza espiritual, el hombre necesita, no sólo tener un espíritu, sino ser hijo de Dios. Dios crea a los ángeles y a los hombres, pero no son hijos de Dios. Son seres que Dios crea, con una naturaleza propia y dependientes de Dios. Para que los ángeles y los hombres sean hijos de Dios, es necesario la Gracia. La gracia es la misma vida de Dios en la criatura dependiente de Él. Esa vida divina es distinta a la vida del Espíritu. Dios es Espíritu, pero su Vida son Tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La Vida Divina es la Vida del Padre, que engendra a Su Hijo en el Espíritu. Es la relación entre estas Tres Personas Divinas. Es el Amor de los Tres. Es la Obra de los Tres. Es la Vida de los Tres.

«Era la Virgen santa en el cuerpo y en el espíritu, y podía decir con especialidad: Nuestro trato es en el cielo. Santa era, repito, en el cuerpo y en el espíritu, para que nada dudes acerca de este acueducto. Sublime es en gran manera, pero no menos permanece enterísimo. Huerto cerrado es, fuente sellada, templo del Señor, sagrario del Espíritu Santo. No era virgen fatua, pues no sólo tenía su lámpara llena de aceite, sino que guardaba en su vasija la plenitud de él» (San Bernardo, En la Natividad de la Bienaventurada Virgen María -Sermón llamado “Del Acueducto” (8 de septiembre)).

Dios crea al hombre con tres cosas: alma, cuerpo y espíritu. Pero también le da la Gracia. Adán fue creado en Gracia, pero no tenía toda la Gracia. La Virgen María fue creada en Gracia, pero en toda la Gracia.

Son dos creaciones distintas en Dios. Dios creó a Adán del polvo de la tierra; pero la Virgen María fue creada del Espíritu Divino. Adán, por ser polvo, puede pecar. El polvo significa no tener toda la Gracia: creado sin la Gracia Plena. La Virgen María, creada del Espíritu, es Inmaculada: no puede pecar. Dios obró en sus padres y realizó el milagro del Espíritu: crear un ser no sólo espiritual sino divino. Ese ser es una Mujer. Ya no es el hombre Adán. Adán fue creado con la capacidad de pecar; la Virgen fue creada sin la capacidad de pecar. Es la mujer la que no puede pecar. La mujer es más importante que el hombre. El hombre, al poder pecar, no es camino. La mujer, al no poder pecar, es camino. La Virgen María es el camino para encontrar a Dios. Sin Ella, no hay salvación, no hay santidad. Sin la Mujer, el Verbo no se hubiera encarnado.

El milagro del Espíritu consiste en poner en esa creación toda la Gracia, toda la Vida de Dios, esa Vida de las Tres Personas, en donde no es posible el pecado.

Este milagro, Dios no lo hizo cuando creó a Adán: lo creó de la nada, pero no con toda la Gracia. Y este misterio divino en la creación de Adán es diferente al misterio divino en la creación de la Virgen María.

Por un hombre, Adán, vino el pecado en el mundo; por una mujer, la Virgen María, el hombre se encontró con la Verdad de su existencia humana: una vida para no pecar. La Virgen nos dio a Jesús, que es más que un hombre: es Dios y Hombre verdadero. Jesús no es un hombre como todos los demás. Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se muestra en una carne humana, pero que no es un mero hombre, no es una persona humana. Y, por tanto, Jesús no necesitaba una vida humana como la entienden los hombres. Y su misión como Hombre era sólo realizar la Obra Redentora, que el Padre quería para salvar al hombre de Lucifer.

arcangel San Miguel

Dios creó a los espíritus, pero uno de ellos, Lucifer, se rebeló. Lucifer, que es espíritu puro, es decir, no tiene materia, no es creado de la materia, pecó: eso quiere decir, que cuando Dios lo creó no puso en él toda la Gracia. Lucifer tenía la capacidad para pecar. Por eso, no se mantuvo en la verdad de su ser, sino que se rebeló contra esa verdad. Y, a partir de ahí, comienza la batalla espiritual, en el Cielo, entre los ángeles que no pecaron y los que pecaron: ángeles y demonios.

El Misterio del pecado en los ángeles no se puede comprender. Si Lucifer pecó, porque no tenía toda la Gracia, entonces los demás ángeles que se mantuvieron en la gracia ¿por qué se mantuvieron? ¿Tenían todos toda la gracia para no pecar? Si el ángel más bello en la creación espiritual de Dios fue Lucifer, y éste no tenía toda la gracia, entonces lo demás tampoco, y ¿por qué unos pecaron y otros no?

El Misterio del pecado es algo que no se resuelve en este mundo. El mal siempre va a estar ahí, de una manera u otra, porque también estuvo al principio de la Creación espiritual de Dios.

Cuando Dios crea a Adán, el demonio está presente: siempre el Mal acompaña a una acción divina. Siempre el Mal imita la misma obra de Dios. Allí donde Dios está, también está el demonio.

Adán peca por el demonio, no por sí mismo. Adán no se mantuvo en la verdad, que Dios le dio en el Paraíso, sólo por la obra del demonio en Eva. El demonio trabajó en Eva para hacer caer a Adán en el pecado. El pecado es siempre la obra de Lucifer. Lucifer, en su caída, arrastró a muchos ángeles a su obra luciferina. Quien tienta a Eva, en el Paraíso, es Satanás, no Lucifer. Lucifer es el orgullo; Satanás es la soberbia. Satanás habla a Eva: le da razones para pecar. Eso es la obra de la soberbia. La obra del orgullo es levantarse sin más, aunque no se posea una razón. El orgulloso no mira razones, verdades, ideas. El orgulloso sólo se mira a sí mismo: quiere estar arriba, elevado, porque se ama sólo a sí mismo. Y, aunque encuentre una razón para no enorgullecerse, la deja siempre a un lado; nunca hace caso del razonamiento, ni siquiera lógico.

La obra de Satanás en Adán es crear una humanidad que batalle contra la humanidad que crea Dios: es la lucha entre los hijos de Dios y los hijos de los hombres.

Adán fue el padre del pecado: en él, todo hombre peca. Es decir, todo hombre nace como un demonio, como hijo de hombre. No nace como hijo de Dios. No nace en Gracia. Adán fue creado en Gracia; los hombres, por el pecado de Adán, nacen todos en desgracia; es decir, sin la gracia. Nacen con un espíritu, pero no poseen la vida de la gracia.

Desde el pecado de Adán, la humanidad se divide en dos siempre: los hijos de Dios y los hijos de los hombres: los que están en gracia y los que viven en su pecado. Y, por eso, desde Adán, siempre hay guerras. Y no puede no haberlas. Es necesario que los hombres se maten. Es una ilusión, es una fábula, tener un mundo de paz. Sólo es posible la paz cuando no se da el pecado. Pero siempre que hay un pecado, hay una guerra.

Todas las guerras que se dan entre los hombres son porque entre ángeles y demonios hay una lucha. La lucha entre los hombres es por una lucha entre los espíritus.

La primera y segunda guerra mundial es un asunto espiritual, no humano. En lo humano, venció el comunismo en la primera guerra; en la segunda, el sionismo.

Caín mató a Abel: venció el demonio de Caín al ángel bueno en Abel. Los demonios toman posiciones en la lucha espiritual con los ángeles. Esas posiciones son en los hombres: poseen a los hombres, los obsesionan, los llevan a estados de pecado. Caín es hijo del hombre: no tiene gracia. Abel es hijo de Dios: tiene la gracia. Cuando Caín mata a Abel, Caín queda poseído de un demonio para siempre. El demonio tomó posición en los hombres. Y llevó a toda la generación de Caín a batallar contra los hijos de Dios.

En la primera guerra mundial, vence el comunismo y entonces hay una posesión demoniaca en todo el país de Rusia. Por eso, la Virgen pide la consagración de Rusia: es la única manera de quitar esa posesión. A partir de esa guerra, el comunismo se va afianzando, consolidando, siendo una fuera política, económica y humana-militar.

En la segunda guerra mundial, vence el sionismo: los judíos, el estado de Israel. Y vence, precisamente, luchando contra el fascismo, el nazismo, que es la fuerza demoniaca para anular al pueblo judío. Pero este pueblo judío es otra fuerza del demonio. Son dos fuerzas espirituales, en el mismo bando, es decir, son demonios los que luchan entre sí y mueven a los hombres a luchar, para conseguir entre los hombres un fin: poner el estado de Israel.

Ninguna de las dos guerras mundiales fue justa: es decir, nunca intervino Dios en ellas. Fueron guerras provocadas por los mismos demonios, por los mismos hijos de los hombres. Los hijos de Dios sufrieron en esas guerras. Unos actuaron matando hombres. Otros no. Sólo a Dios le compete juzgar la actuación de los hijos de Dios en esas guerras. Pero el fin de las guerras lo llevaron a cabo los hijos de los hombres, no los hijos de Dios.

Entre Caín y Abel, la guerra espiritual fue entre el demonio y el ángel bueno. Venció el demonio en esa batalla.

Pero en estas dos guerras, fueron los demonios, no los ángeles. Y no hubo vencidos entre los demonios, sino sólo entre los hombres: vencieron todos los demonios, porque consiguieron en los hombres lo que se proponían.

Cuando Dios no se mete en una guerra, entonces siempre el agresor es injusto. Y lo es de ambos lados. Y cuando ambos lados son injustos, entonces no hay que meterse a solucionar nada, porque no se lucha por una Justicia, sino por una injusticia.

Al agresor injusto sólo se le ataca en la justicia, no en la injusticia. Porque, en la injustica, el agresor no atiende a razones. Por eso, hay muy pocas guerras justas, santas, que Dios quiera. En el AT, hay ejemplos de esas guerras. En nuestros días, ninguna guerra es justa. Todas están llenas de intrigas, malas intenciones, intereses creados, etc.

Lo que hace ISIS es claramente demoniaco: son los musulmanes que se levantan contra el sionismo. Son los mismos demonios quienes provocan esta matanza. Y lo que tiene que hacer el hombre en esto es no involucrarse, sino dejar que ellos mismos acaben su pelea. En el momento en que otras naciones quieren tomar parte en esta guerra sectaria, viene todo el problema.

La idea del demonio es siempre que el hombre atienda a la obra del pecado. El demonio levanta a un grupo, ISIS, bien armado y patrocinado, con cifras de 2 billones de dólares a su disposición, que está operando en Irak y estableciéndose por toda Siria y Jordania, para un plan concebido desde antiguo. Es el inicio del plan para crear un enorme conflicto de dividir y vencer, entre los musulmanes chiitas y los sunitas. Es una guerra sectaria, entre ellos. Y, por supuesto, no para ellos, sino para involucrar a todo el mundo.

Si los hombres tuvieran fe verdadera en Dios, si vivieran en la Gracia Divina, con la oración y con la penitencia, se acaban todas las guerras. Sólo con la fuerza espiritual, los hijos de Dios vencen a los hijos de los hombres. No se vencen con armas, con planes militares.

Pero como los hombres no viven en Gracia, entonces ante lo que hace ISIS entran en el juego de los demonios.

La primera y segunda guerra mundial es un plan demoniaco en la humanidad: un plan fabricado por el mismo demonio para poner el Anticristo. Ese plan nació cuando el demonio pidió permiso a Dios para destruir la Iglesia (cf. visión de León XIII). En ese plan del demonio, está la tercera guerra mundial.

Una vez que ha conseguido poner el comunismo y el sionismo, que son las dos fuerzas claves para su gobierno mundial, tiene que crear una destrucción que atraiga la atención de todo el mundo. Para eso, coge la fuerza militar del islam, que nació para destruir toda la Cristiandad. Y esa fuerza militar la pone en contra del sionismo, sólo para captar la atención, para crear un vórtice y hacer que todo el mundo se involucre. Y, claro, en la medida que cortan cabezas de gente de todos los países, no sólo de sacerdotes, sino de civiles…, las distintas naciones se irán armando contra ISIS.

No hay que caer en el juego del demonio: ver eso como una agresión injusta que pide defenderse con las mismas armas. Es todo injusto en eso. ISIS es sólo un montaje de los Illuminati para poner el desorden que el mundo necesita para establecer el nuevo orden mundial. Sólo se para a ISIS con oración y penitencia.

Pero, he aquí el problema, el grave problema: en la Iglesia no hay una cabeza espiritual, que haga oración y penitencia por los pecados. Quien guía a la Iglesia, en la práctica, es un masón, que ha quedado engañado por el mismo juego político de los hombres, y que apoya la intervención militar contra ISIS. Un masón que proclama que todos los hombres son hermanos y que, por tanto, desconoce la realidad del islamismo. El islamismo nació para aniquilar a los hombres. Y es lo que contemplamos: están cortando cabezas. Porque ellos no ven a los hombres como hermanos, sino como enemigos.

Lo grave es que, aunque se pida oración y, aunque las almas oren y hagan penitencia, no hay una fuerza espiritual para vencer a los demonios.

Si la cabeza legítima no gobierna la Iglesia, el demonio vence en todas las partes del mundo porque no encuentra oposición, sino una aceptación de su juego. El plan del demonio es involucrar a todo el mundo en su juego, para crear un desorden mundial en todas partes, porque lo que se trata es de formar un estado global, con un gobierno global y un ejército global, que rija a toda la población mundial. Para eso se necesita un problema mundial.

ISIS es la pieza clave para dar paso a lo que bien podría ser el desencadenamiento de la Tercera Guerra Mundial: es el problema mundial para poner una solución mundial.

El demonio es muy astuto. Y estamos en el tiempo del Anticristo. Y, por tanto, tiene que verse la tercera guerra mundial. Hay que sufrir esa guerra, ese desorden en todas partes.

Cuanto más se vayan involucrando las naciones en el problema creado por ISIS, más cerca está la tercera guerra mundial. Si los hombres, de verdad tuvieran fe en Cristo, todo esto no hubiera pasado.

Si la Jerarquía de la Iglesia hubiera obedecido a la Virgen consagrando a Rusia, las cosas serían de otra manera. Pero nadie hizo caso a la Virgen cuando pidió la consagración. Nadie hizo caso cuando fue leído el tercer secreto de Fátima: la Jerarquía se metió en un Concilio que Dios no quería, que abría el campo para la desunión en toda la Jerarquía de la Iglesia.

Nadie ha hecho caso a los diversos profetas que el Señor ha puesto en estos años para que la Jerarquía viera los errores en que estaba metida. Y, de esa manera, la Jerarquía infiltrada –la masonería- se ha hecho con el poder de la Iglesia.

Y ahora tenemos una Jerarquía Apóstata de la fe, que juega con el demonio y lleva a todo el Rebaño fuera de la Iglesia que ha fundado Cristo en Pedro. Han construido un falso Cristo: el Cristo cósmico; y una falsa Iglesia: universal, donde entran todos. Y eso ya se puede percibir. Y eso está en unión con la tercera guerra mundial.

Porque hay que provocar un cataclismo social en que la gente ya no crea en los hombres espirituales: que la gente se desilusione de tantos sacerdotes, obispos, cardenales, que viven como uno de tantos; que la gente vea que ya la Iglesia Católica es como todas las demás y, por tanto, ya no es seria; que la gente entienda que cualquier espiritualidad vale para salvarse.

Como los hombres siempre están ansiosos de creer en algo, de buscar una espiritualidad, una religión, entonces ante el desastre que ven, sin una Verdad, sin una guía, sin una luz verdadera en la fe, aparece el Anticristo con su doctrina, que es la misma que la de Lucifer: el orgullo de vivir, aunque la mente esté pervertida por muchas ideas, filosofías, teologías, errores, mentiras, falsedades, engaños… No importa la idea; lo que interesa es vivir la vida en paz y, por tanto, alzarse contra el que no quiera esa doctrina luciferina.

Bergoglio ya lanzó esa idea: vive y deja vivir. Eso es Lucifer. Vive su rebelión contra Dios, independientemente de cualquier idea.

Por eso, en la Iglesia se ha iniciado la división de la Verdad, que es triturar toda la verdad para que no quede nada de ella. Y los hombres vivan de cualquier manera buscando sólo su orgullo.

Cuando no hay una norma de moralidad entre los hombres, entonces las guerras se hacen justas y santas. Es lo que quiere el demonio con ISIS: que todos vean la necesidad de entrar en batalla y parar eso.

Es todo un montaje de los hombres. Por supuesto, de esos hombres que nadie conoce, pero que mueven todos los hilos de todos los gobiernos en el mundo.

Desde Corea con el odio de la fe de un masón


falsoecumenismo

1. Bergoglio anuncia su renuncia.

Estamos presenciando el declive de un hombre, que ha subido al poder de la Iglesia, aupado por su orgullo: un Obispo apóstata de la fe, hereje manifiesto desde siempre, que ha hecho de su ministerio un negocio político, económico y cultural.

Nadie sabe el tiempo de su vida: «yo sé que esto durará como yo, dos o tres años»; nadie conoce si se va a salvar o a condenar: «y luego… ¡a la casa del Padre!». Estas dos frases indican que la masonería, que lo eligió antes del Cónclave como el hombre que debía iniciar la usurpación del Trono, ha puesto plazo a su gobierno y que es necesario un cambio en el poder. Debe dejar su orgullo, que le ha mantenido en esa Silla, para que otro la siga destruyendo, a base, no ya de pasatiempos, ni de entretenimientos, ni de payasadas, sino de golpes certeros al dogma y a la Tradición de la Iglesia. Y ese cambio no es para dentro de tres años, sino muy cercano: de la noche a la mañana.

2. Ha fracasado para el mundo.

Un hombre que no puede ver su pecado: «La oración por la paz no fue absolutamente ningún fracaso» (ver texto). Gran fracaso para los hombres porque es un gran pecado ante la faz de Dios: «Ese encuentro no era una coyuntura; es un paso fundamental de la actitud humana, una oración» (Ibidem). La oración no es una actitud humana, sino una obra divina en las almas. Y para esa obra sólo es necesario una cosa: que el hombre abra su corazón a Dios. Y sólo se puede abrir quitando lo humano de la vista del hombre. Allí donde está el hombre no está Dios. Allí donde los hombres se reúnen para decir sus palabras humanas, allí no hay oración a Dios. Porque orar es decir las Palabras del Hijo, con el Espíritu de Dios, para obrar la Voluntad del Padre. Y en esa coyuntura, en esa reunión de mentes humanas en el Vaticano, nadie creía en el Dios que ha revelado la paz a los hombres. Todos buscaban el lenguaje humano de la paz. ¡Gran fracaso ante los hombres de un gobernante ciego para la Verdad! La puerta para la paz fue cerrada a causa del pecado de Francisco en esa oración demoniaca. Es lo que no ve ni puede entender este hombre: «pero la puerta permaneció allí, abierta, desde aquel momento. Creo en Dios, creo en el Señor, esa puerta está abierta» (Ibidem). Está metido en su mente humana, dándose culto a sí mismo.

3. «El que es injusto continúe aún en sus injusticias»

Un hombre que ha perdido el juicio: «En estos casos, en los que hay una agresión injusta, solo puedo decir que es lícito «detener» a agresor injusto. Subrayo el verbo «detener», no digo bombardear, hacer la guerra, sino detenerlo. Los medios con los que se puede detener deberán ser evaluados». Estados Unidos está bombardeando Iraq. Y esto es hacer la guerra. ¿Por qué no se calla la boca este hombre? ¿Por qué no acepta que está de acuerdo en bombardear Iraq? ¿Por qué emplea su lenguaje humano para poner su idea: «es lícito detener»? La respuesta es bien sencilla: «Estoy dispuesto a ir a Irak». Y ¿para qué ese viaje?: «el verdadero islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violencia» (EG – n 254). Entonces, ya entendemos lo de es «lícito detener». Él está urgido de ir a Iraq para enseñar a todos esos que cortan cabezas la verdadera interpretación del Corán, según la sabia mente de Bergoglio, y así conseguir la paz. Él es un maestro en el Corán, no del Evangelio. Quiere ir a predicar su lenguaje humano para que todos vean que es el defensor de los marginados, de los pobres, de los sin techo, de las minorías: «En segundo lugar, las minorías. Gracias por haber usado esta palabra. Porque a mí me hablan de cristianos, los que sufren, los mártires. Y sí, hay muchos mártires. Pero aquí hay hombres y mujeres, minorías religiosas, no son todos cristianos, y todos son iguales frente a Dios». Todos los que sufren son mártires. Todos los que se llaman cristianos son mártires. Todos los hombres, no importa lo que crean, son hijos de Dios, son amados por Dios, sin iguales frente a Dios. Todos hay que meterlos en mismo saco, en un mismo lenguaje, en un mismo sentimiento, para no faltar a la caridad contra la humanidad.

Y, claro, en su ceguera sentimental se ve su locura: «Detener al agresor injusto es un derecho que la humanidad tiene, pero también es un derecho que tiene el agresor de ser detenido, para que no haga mal». Esta frase sólo la puede comprender él, porque es un absurdo: «es un derecho que tiene el agresor de ser detenido». ¿No dice la Palabra de Dios: «El que es injusto continúe aún en sus injusticias, el torpe prosiga en sus torpezas, el justo practique aún la justicia, y el santo santifíquese más» (Ap 22,11)?. El agresor tiene muchos derechos y obligaciones, pero nunca la de ser detenido. El que detiene al agresor posee el derecho de detenerlo. Pero si una persona hace el mal, lo obra por su voluntad libre. Y esa libertad es su derecho: ha elegido hacer el mal. Y, por tanto, no ha elegido hacer el bien. Ya no tiene derecho de hacer el bien, lo opuesto al mal. Sólo tiene derecho y obligación de hacer su mal, hasta que su conciencia despierte y vea su error. Mientras su conciencia no vea el error, sigue en el derecho de hacer siempre el mal. No tiene el derecho de no hacer el mal, porque su voluntad libre eligió hacer el mal. Esto es el abc de la lógica. Francisco, cuando habla, no tiene lógica. Ha perdido el juicio. Detener al agresor injusto es un derecho de Dios, no del hombre, porque el mal no está en la mano del hombre, sino del demonio: ¿y quién puede atar a Satanás con palabras humanas de paz? ¿Quién puede frenar su obra de maldad si las palabras de los hombres son el juego de la mente de Satanás? ¿Quién para una guerra sino el mismo Dios que dice al demonio: basta? El hombre no tiene derecho a detener el mal, sino a hacer el bien. Y sólo así Dios obra en los corazones que le temen. Y el hombre que agrede, que hace el mal, sólo tiene derecho de seguir haciendo el mal, de seguir agrediendo. Pero carece del derecho de ser detenido. Él no puede poseer ese derecho porque pertenece a otro. Y nadie puede imponer su derecho a otro, sino que cada uno, en su derecho, obra una injusticia o una justicia.

4. Calla la verdad ante las multitudes para decir lo políticamente correcto

Es inaceptable que un hombre, que se las da de sabio, incurra en semejante relativismo moral igualando las dos coreas: «para que se extienda cada vez más la convicción de que todos los coreanos son hermanos y hermanas, miembros de una única familia, de un solo pueblo. Hablan la misma lengua» (ver texto). Pero es aún más inaceptable querer reconciliar a Dios y al demonio, poner en el mismo plano moral a las víctimas y a los agresores, a los comunistas y a los católicos, a los salvajes y a los civilizados: «Espero que, en espíritu de amistad y colaboración con otros cristianos, con los seguidores de otras religiones y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que se preocupan por el futuro de la sociedad coreana, sean levadura del Reino de Dios en esta tierra». No se colabora con el pecado, ni con los hombres que viven haciendo el mal, ni con las personas que no quieren creer en el evangelio de Jesucristo. No se hacen amigos en los países comunistas. Con el que se ha apartado de la Verdad, ni comer, ni una sonrisa, ni un abrazo.

Corea del norte representa el totalitarismo, la miseria, la basura, la negación a la prosperidad, la falta absoluta de libertades. Y ¿por qué hay que ponerse a dialogar con estos hombres? ¿No son ellos lo que primero tienen que demostrar que ya no quieren el mal, que ya luchan en sus vidas por hacer el bien? ¿Por qué Francisco no dice esto y, sin embargo, tiene que llorar su sentimiento humano: «Recemos para que surjan nuevas oportunidades de diálogo, de encuentro, para que se superen las diferencias, para que, con generosidad constante, se preste asistencia humanitaria a cuantos pasan necesidad»? ¿Por qué este hombre se mete en cuestiones socio-políticas que no le competen, que no son su campo, que es ir en contra del mismo Magisterio de los Papas? ¿Por qué invita a superar las diferencias y no invita a quitar los pecados a Corea del Norte? ¿Por qué no se atreve a ir a Corea del Norte y hablarles la verdad en sus mismas narices? Porque es un comunista, como los que viven en Corea del norte. Y está haciendo su trabajo, su apología: la búsqueda de un nuevo orden mundial. Y, por tanto, le importa un carajo la verdad. Sólo vive en su idealismo y su comunismo.

5. Derechos humanos e injusticias sociales son la clave de su magisterio

Un hombre sólo para lo humano: «Asistir a los pobres es bueno y necesario, pero no basta. Los animo a multiplicar sus esfuerzos en el ámbito de la promoción humana, de modo que todo hombre y mujer llegue a conocer la alegría que viene de la dignidad de ganar el pan de cada día y de sostener a su propia familia» (ver texto). La dignidad de tener el estómago lleno y una vida asentada en todo lo material: este es el pensamiento de un falso pastor, que ha despreciado el alimento espiritual, y da a las almas sólo una comida que a ellas les gusta, pero que no sirve ni para salvarlas ni santificarlas.

Este hombre, al que muchos llaman Papa, y no es Papa –no es lo que parece-, sólo habla de que el hombre está «amenazado por la cultura del dinero, que deja sin trabajo a muchas personas» (Ibidem), pero no habla del pecado de orgullo, de avaricia, de usura, que cada hombre comete como ofensa a Dios y, en consecuencia, vive una cultura, una vida social, una vida política donde impera su pecado. Y si cada hombre, en particular, no quita su pecado, el pecado permanece en esa cultura, en esa vida social, en esa familia, en esa Iglesia que ya no llama a las cosas por su nombre.

La fe de este hombre es de raigambre masónica: «la fecundidad de la fe se expresa en la práctica de la solidaridad con nuestros hermanos y hermanas, independientemente de su cultura o condición social, ya que en Cristo «no hay judío ni griego»» (Ibidem). Da la vuelta a la tortilla: coge a San Pablo y dice lo contrario, porque sólo le interesa nombrar a Dios de manera blasfema, pecando contra el segundo mandamiento de la ley de Dios: «no tomarás el nombre de Dios en vano». No cojas a San Pablo para decir tu laicismo masónico: hay que ser solidarios con todo el mundo, sin estar investigando sus errores, sus mentiras, sus herejías, sus pecados, porque el hombre es bueno y hay que tolerar las mentes de cada hombre, porque se aprende de ellos muchísimo. La sabiduría humana es lo que persigue esta falsario del Evangelio de Cristo.

6. Su fe masónica destruye la Verdad del Dios que se ha Revelado en Jesucristo

«ser custodios de la memoria y ser custodios de la esperanza» (ver texto). Esta su principal herejía: la memoria fundante, que la tienen en su lumen fidei. Custodia la memoria, pero no custodies a Cristo en tu corazón. Si el corazón se entrega totalmente a Cristo, entonces ya el corazón sólo le pertenece a Cristo. Y así el hombre no tiene que estar recordando, haciendo un acto de memoria del pasado, porque Cristo está vivo en su corazón.

Pero este hombre pone al hombre en el centro: «He dicho que los pobres están en el centro del Evangelio; están también al principio y al final» (Ibidem). Cristo es el Evangelio, no los pobres. Cristo el alfa y la omega de la vida espiritual, no son los pobres. Cristo es el Evangelio de la salvación y de la santificación de las almas. Cristo es la Palabra que da la Vida Divina a las almas. Cristo no es un lenguaje bello, bonito, agradable. Cristo no es para llenar estómagos. Cristo es para dar al hombre la vida divina, que éste nunca puede encontrar en sus culturas, en sus políticas, en sus economías, en sus vidas humanas.

«La solidaridad con los pobres está en el centro del Evangelio; es un elemento esencial de la vida cristiana» (Ibidemn): Un hombre, que no habla del amor al prójimo, ni por tanto, de los 7 mandamientos de la ley de Dios que hay que cumplir para poder amar al prójimo, sino que sólo está en su solidaridad. Ser solidarios, como si esta palabra fuera más importante que la doctrina de Cristo. La solidaridad de Cristo con los hombres consistió en morir en una Cruz para quitar el pecado de los hombres. Esta virtud de Cristo conlleva muchas otras virtudes, que si no se viven, si no se practican, es imposible ser solidarios con toda la humanidad, como lo fue Cristo.

Pero este hombre sólo está en su negocio comunista, no está en la vida del Espíritu. Y nunca lo estará porque ya ha blasfemado contra el Espíritu Santo. Ahora, sólo vive su idilio con el demonio: se cree santo, justo, sabio, inmaculado, lleno de temor de Dios. Y, sin embargo, es el más pobre de todos los hombres, porque no tiene a Cristo en su corazón. Sólo tiene a un demonio que guía su vida de pecado.

Y, al poner a los pobres en el centro, cae en el panteísmo: «Si aceptamos el reto de ser una Iglesia misionera, una Iglesia constantemente en salida hacia el mundo y en particular a las periferias de la sociedad contemporánea, tenemos que desarrollar ese “gusto espiritual” que nos hace capaces de acoger e identificarnos con cada miembro del Cuerpo de Cristo» (Ibidem). Cristo no está en los hombres, sino en la Eucaristía. Hay que imitar a Cristo. Hay que identificarse con Cristo. Hay que transformarse en Cristo. No hay que identificarse con cada miembro de la Iglesia. O se es Cristo o se es un demonio. Pero no hay término medio.

Este claro panteísmo le lleva a proclamar: «¿Cómo podemos ser custodios de la esperanza sin tener en cuenta la memoria, la sabiduría y la experiencia de los ancianos y las aspiraciones de los jóvenes?» (Ibidem). Si se custodia la memoria humana, entonces se busca la sabiduría humana de unos viejos y la inexperiencia de unos jóvenes. Si el alma custodia a Cristo en su corazón, entonces no se busca al viejo para recibir una enseñanza, sino para cumplir con él el cuarto mandamiento de la ley de Dios, y se indica a los jóvenes el verdadero camino de la vida: Cristo Crucificado. Si un joven no aspira a la vida que Cristo le ofrece, entonces su vida es un sin sentido, un absurdo, un juego humano. ¿Qué experiencia de la vida tiene Francisco a sus ochenta años? Ninguna. No ha aprendido a vivir para Cristo, sino para su ideal masónico. No ha aprendido a obedecer a Cristo; no puede ser la voz de Cristo en la Iglesia. No ha aprendido a vivir la pobreza; no puede enseñar la virtud de la magnanimidad ni la virtud de la justicia a los hombres.

7. Contra el capitalismo

Muchos leen a este hombre y se lo tragan todo: eso es señal de que no tienen vida espiritual. Este hombre ataca el capitalismo: «La hipocresía de los hombres y mujeres consagrados que profesan el voto de pobreza y, sin embargo, viven como ricos, daña el alma de los fieles y perjudica a la Iglesia» (Ibidem). Esto es herir a toda la Iglesia. Esto es caer en la trampa de su mismo lenguaje: Francisco se dice pobre, humilde, y hace un viaje costosísimo para predicar tres cosas: fraternidad, teología de la liberación y vida humana. No ha ido a misionar a Corea, a predicar el Evangelio de Cristo. Ha ido a pasear, a estar entre la gente, a consolidar su nueva sociedad, a contar fábulas a los hombres. Y eso cuesta dinero. Francisco, que se dice pobre, vive como un rico: vive derrochando el dinero, porque no lo usa para hacer la Voluntad de Dios. Si estuviera en la Iglesia, como lo estuvo el Papa Juan Pablo II, obrando lo que Dios le pedía, entonces los gastos en los viajes no son derroches. Pero este hombre está en la Iglesia haciendo su negocio: buscando dinero y gastando dinero. Y tiene el orgullo de criticar a los religiosos porque no viven su pobreza. Francisco tiene que quitar antes su hipocresía para poder llamar hipócritas a los demás. Si no hace eso, entonces esta frase es comunista: tú, religioso pobre, estás malgastando un dinero que puede servir para llenar estómagos en la Iglesia. Es la misma frase de Judas. No vivir el voto de pobreza no es una hipocresía, sino un pecado en contra de la caridad. Ser hipócrita es un pecado en contra de la fe. Profesar el voto de pobreza no significa no tener dinero, sino saberlo usar en la Voluntad de Dios. Se puede tener voto de pobreza y tener millones. La Iglesia tiene millones y es pobre. Porque el problema y el pecado no está en el dinero, sino en su uso.

Este anticapitalismo de Francisco le pone en la cuerda floja. No hay homilía que no dé vueltas al dinero. Este hombre está obsesionado con el dinero: «vivimos en sociedades en las que, junto a inmensas riquezas, prospera silenciosamente la más denigrante pobreza; donde rara vez se escucha el grito de los pobres; y donde Cristo nos sigue llamando, pidiéndonos que le amemos y sirvamos tendiendo la mano a nuestros hermanos necesitados» (ver texto). Cristo nos llama para dar de comer a los pobres. Esto es todo en la mente de este hombre. Para Francisco, Cristo no llama para salvar el alma de un pobre. Nunca dice esta frase, porque no vela por las almas, sino por las necesidades de los cuerpos. Está predicando constantemente su falso Cristo, el de la falsa misericordia. Y los católicos, como borregos ante su inicua palabra.

«Hay un peligro, una tentación, que aparece en los momentos de prosperidad: es el peligro de que la comunidad cristiana se “socialice”… pierda la función que tienen los pobres en la Iglesia …Hasta el punto de transformarse en una comunidad de clase media, en la que los pobres llegan incluso a sentir vergüenza: les da vergüenza entrar. Es la tentación del bienestar espiritual, del bienestar pastoral. No es una Iglesia pobre para los pobres, sino una Iglesia rica para los ricos, o una Iglesia de clase media para los acomodados….No se expulsa a los pobres, pero se vive de tal forma, que no se atreven a entrar, no se sienten en su propia casa. Ésta es una tentación de la prosperidad…. Que el diablo no siembre esta cizaña, esta tentación de quitar a los pobres de la estructura profética de la Iglesia, y les convierta en una Iglesia acomodada para acomodados, una Iglesia del bienestar… no digo hasta llegar a la “teología de la prosperidad”, no, sino de la mediocridad». Todo esta parrafada se llama lucha de clases. Esto es rasgarse las vestiduras porque hay pobres en la Iglesia y criticar a los ricos porque producen riquezas.

Esto es siempre el lenguaje de la teología de la liberación. Con el ideal de que la Iglesia tiene que ser pobre para los pobres, entonces se hace esta clara política comunista. No hay nada en este párrafo que pertenezca a la doctrina de Cristo, sino que es de la doctrina marxista y protestante. Un hombre que no entiende lo que es el bienestar espiritual y que no sabe lo que significa la pobreza de espíritu. Un pobre ignorante de todo, que da claras muestras de su cansancio en el gobierno de la Iglesia. Está enfermo y está harto de no conseguir lo que su orgullo quería. Por eso, pronto tendremos a otro al frente de esa sociedad que ya no representa a la Iglesia Católica, sino a una nueva iglesia universal, donde impera el humanismo en todas las vertientes.

Benedicto XVI renunció al ministerio de Obispo de Roma, pero no al Primado


1507734_695471530510715_2179085076733138278_n

«con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro» (Bendedictus PP XVI – Vaticano, 10 de febrero del 2013).

¿Cuál es el verdadero sentido del “ministerio” o “diakonia”?

«Porque, ¿qué es Apolo, qué Pablo? Ministros (dialonoi) según lo que a cada uno ha dado el Señor, por cuyo ministerio habéis creido. Yo planté, Apolo regó; pero Dios ha sido el que dio el crecimiento. Ni el que planta es algo ni el que riega, en comparación con el que da el crecimiento, que es Dios. Nosotros somos los ayudantes de Dios y vosotros sois la plantación de Dios, la edificación de Dios. Los hombres no nos han de tener por otra cosa más que por ministros de cristo y dispensadores de los misterios de Dios» (1 Cor 3,5-9).

Aquí está todo el profundo sentido teológico del misterio de las potestades dadas por Cristo a Su Iglesia.

Cristo tiene todo el Poder en la Iglesia, al ser la Cabeza Invisible y viviente del Cuerpo místico. Ni el Papa, ni los Obispos, ni los sacerdotes suceden a Cristo en este Poder, porque Cristo no tiene ni puede tener sucesión en esto.

En la Iglesia, la Jerarquía es la mandataria, la colaboradora, la ayudante, el instrumento, la que participa del Poder de Cristo.

“Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (cf. In 10, 36), hizo partícipes de su consagración y de su misión a los Apóstoles y a sus sucesores los Obispos, en su Oficio ministerial, para actuar en persona de El y participar en los Cargos de Maestro, Pastor y Pontífice del mismo Salvador”. Y refiriéndose a los Sacerdotes no a los Obispos, enseña, que “los Presbíteros, aún no teniendo la cumbre del Pontificado y dependiendo de los Obispos en el ejercicio de su potestad, sin embargo, por la sagrada Ordenación y la misión que obtuvieron por medio de los Obispos, fueron promovidos para servir a Cristo Maestro, Sacerdote y Rey, de cuyo ministerio son partícipes en el Oficio del único Mediador: Muneris unici Mediatoris Christi participes sunt” “ (Conc. Vatic. II, Const. Dogmat. “Lumen gentium”, n. 28, § 1; cf n. 21, § 2; Decretum “Presbyteror. Ordinis”, n. 1)

Y, por tanto, los que tienen autoridad en la Iglesia deben considerar esa potestad como algo sagrado, que se ha de tratar con plena fidelidad a la obra Redentora de Cristo. Esa potestad es para salvar y santificar almas. No se puede emplear para otra cosa en la Iglesia. No es para algo profano, ni material, ni humano, ni político, ni económico… Y, por lo tanto, el que tiene autoridad en la Iglesia debe poseer una abnegación profunda, un desprendimiento de todas las cosas humanas, para poder dar la sola Voluntad de Dios, sin ofrecer voluntades humanas, a todo el Rebaño encomendado a su labor. Si los que componen la Jerarquía de la Iglesia no hacen oblación de sus voluntades humanas, entonces después no pueden exigir ninguna obediencia de los fieles. Ellos están urgidos de dar lo que Dios quiere: la sola Voluntad Divina. Y a ellos solos el Señor los juzgará por esto.

Benedicto XVI renunció al ministerio de Obispo de Roma, pero no renunció al Primado: «declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma».

Benedicto XVI no declara que renuncia al Primado, porque sabe bien que no puede renunciar.

Francisco declaró que fue elegido Obispo de Roma, pero no Papa: «Sabéis que el deber del cónclave era dar un Obispo a Roma… La comunidad diocesana de Roma tiene a su Obispo… Y ahora, comenzamos este camino: Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma…. Deseo que este camino de Iglesia…sea fructífero para la evangelización de esta ciudad tan hermosa…. Mañana quisiera ir a rezar a la Virgen, para que proteja a toda Roma» (ver texto). Francisco no hizo mención, ni una sola vez de la Iglesia católica, de la figura del Papa. Sólo mencionó a Roma. Sólo se presentó como Obispo de Roma. Sólo dijo que en el cónclave los cardenales dieron un Obispo a Roma, pero no un Papa a la Iglesia Católica.

Esto es muy importante analizarlo y verlo, porque aquí está todo el engaño que nadie quiere ver.

La cuestión de la sucesión en el Primado es independiente del hecho del derecho del Episcopado Romano de San Pedro. San Pedro vivió en Roma y allí predicó el Evangelio; pero de esto no se sigue que San Pedro es Obispo de Roma, porque también San Pablo estuvo en Roma y predicó allí; y los Papas de Aviñón poseían el Primado, pero no se han reservado siempre para ellos el Episcopado de Aviñón. Si embargo, hay una voluntad divina, no expresa, sobre Roma: “Pues Jesucristo eligió exclusivamente a la ciudad de Roma y la consagró para sí. Aquí ordenó que se mantuviera perpetuamente la Sede de su Vicario” (León XIIII).

La pregunta es: ¿se puede separar el Primado del Episcopado Romano?

El Papa es el Obispo legítimo de la diócesis de Roma. ¿Si renuncia a ser Obispo de Roma, renuncia a ser Papa?

El Concilio Vaticano I lo dejó muy claro: “Se advierte que hay que distinguir entre el derecho, por el que Pedro tiene sucesores en general, y lo cual es de institución divina, y entre el derecho, por el que Pedro tiene sucesores en concreto en la Sede Romana, y lo cual se deriva del hecho de Pedro: Por lo cual se dice que lo primero es de derecho divino y que en cambio esto segundo más bien es por divina ordenación” (cfr. D 1824).

1. Una cosa es la ley de la sucesión perpetua en el Primado: es decir, Pedro tiene legítimos sucesores en el Primado.

2. Otra cosa es la condición de esa sucesión: es decir, quien es Papa es también Obispo de Roma. El sucesor de Pedro es solamente el Obispo de Roma.

El Sucesor de Pedro no está en la ciudad de Constantinopla, cuando los disidentes orientales, en el siglo IX, en unión con Focio, la proclamaron como segunda Roma, y a mitad del siglo XI, juntamente con Miguel Cerulario, llevaron a cabo la separación de la Iglesia Romana, y después de la conquista de Constantinopla, por los turcos, el año 1453, proclamaron la Sede Patriarcal de la Iglesia Ortodoxa Rusa como la tercera Roma; y daban a entender el año 1917 que se le otorgaba al Patriarca Ruso la jurisdicción suprema mediante el rito por el que le entregaba el báculo pastoral de San Pedro.

El Sucesor de Pedro está en la ciudad de Roma y es el Obispo de Roma.

En el falso ecumenismo reinante, se está siguiendo la doctrina de los protestantes, que dice que el gobierno de la Iglesia pertenece propia y de manera exclusiva a Jesucristo; y por tanto, la estructura Papal y los episcopados perjudican a la libre predicación de la palabra de Dios en la Iglesia. En consecuencia, hay que descentralizar el gobierno de la Iglesia, que es lo que está haciendo Francisco. Que todos sean independientes de Roma y que usen el poder que tienen según cada uno lo entienda para el bien de la Iglesia en sus diócesis. Por supuesto, que esta independencia no es absoluta, sino muy dependiente de los dictados de Roma.

Francisco no cree en la sucesión del Primado, pero sí cree en el Episcopado Romano. Él no se siente Papa, porque sabe que no puede serlo; pero se siente Obispo de Roma. Y este es el gran engaño. Y de aquí inicia el cisma, como en los orientales. Su nueva sociedad está imperada a buscar otro sitio diferente a Roma. Si él ya no vive en los Palacios de los Papas, sino en el cortijo de Santa Marta es por algo. No es por una medida de austeridad o de humildad. Es que no es el Papa, sino el Obispo de Roma. Y, como tal, ha puesto su residencia privada. Después, usa lo demás por el protocolo, para tirarse la foto adecuada con todos.

Se dan en teología tres sentencias sobre la unión de San Pedro con el Episcopado Romano:

1. Pedro, por mandato de Jesucristo, unió el Primado a la Sede Romana; en consecuencia, ni el Romano Pontífice mismo puede separar el Primado del Episcopado Romano (Cayetano, Melchor Cano, Gregorio de Valencia).

2. El Primado está unido a la Sede Romana por derecho eclesiástico; en consecuencia, el Sumo Pontífice puede separar el Primado de la Sede Romana, por justas causas (Soto, Bañez).

3. El Romano Pontífice sucede a Pedro en cuanto a la Cátedra Romana, por derecho eclesiástico; pero como Pedro mismo desempeñó, al mismo tiempo, el Primado juntamente con el Episcopado Romano, como que insertó el Primado en el Episcopado Romano, de forma que fuera una sola y la misma cosa ser Obispo de Roma y ser Primado de la Iglesia, entonces el Primado y el Episcopado Romano son absolutamente inseparables (Perronio).

Benedicto XVI ha seguido la segunda sentencia: ha separado el Primado de la Sede Romana por una causa justa, su enfermedad: «para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer el ministerio que me fue encomendado» (Bendedictus PP XVI – Vaticano, 10 de febrero del 2013)

La Sede Romana ha sido fundada por Pedro mismo, no por Jesucristo ni por voluntad expresa de Jesucristo. Jesús funda Su Iglesia en Pedro, no en Roma. Pero la unión del Primado con la Sede Romana hay que atribuirla a una dirección especialísima por parte de Dios:

“Aunque pueda decirse en algún sentido que la monarquía suprema de la Iglesia esta anexionada solamente por derecha humano a la Sede Romana, a saber porque la unión de ambas tuvo su origen en el hecho de Pedro, sin embargo no parece que pueda sustentarse la opinión de aquéllos, que afirman que la anexión de la que acabamos de hablar es de tal forma de derecho humano, que la Iglesia puede deshacer esta anexión y que una puede ser separada de la otra” (Bendicto XIV).

La unión perpetua del Primado con el Obispo de Roma exige que aquel que posee el Primado sea “de iure” el Obispo propio de la Iglesia de Roma; sin embargo no lleva consigo la obligación de residencia en Roma.

Benedicto XVI ha reclamado para sí el Primado, pero ha renunciado a ser el Obispo de Roma. Este es el punto teológico que sustenta las palabras del Papa.

Benedicto XVI ha ejercido su autoridad sobre toda la Iglesia. Y lo ha hecho porque es el Romano Pontífice, es por derecho divino el Papa, que tiene el Primado de Jurisdicción, y que no puede darlo a nadie porque sólo pertenece al Papa.

Benedicto XVI se retira de su ministerio como Obispo de Roma, pero sigue siendo el Papa, porque sólo el Romano Pontífice puede reclamar siempre para sí como propio el Primado de Jurisdicción. Nadie se lo puede quitar, nadie se lo puede reclamar. Y toda la Iglesia lo ha reconocido como el sucesor de san Pedro, como Papa legítimo.

Y aquí está el engaño: ahora la Iglesia no lo reconoce como Papa legítimo, sino como Papa emérito, sin el Primado de Jurisdicción, con un Primado de honor. Y esto es ir en contra de todo el dogma del Papado. Porque sólo el Papa legítimo tiene el Primado de Jurisdicción hasta su muerte. Y sólo en la muerte, el Papa legítimo pierde ese Primado de Jurisdicción a favor de un nuevo Sucesor de San Pedro. Nadie, en la Iglesia, puede llamar al Papa legítimo como emérito, con un primado de honor, que es lo que se ha hecho para meter a toda la Iglesia en un gran engaño.

La Jerarquía de la Iglesia realiza un ministerio, una diakonia. No son los sucesores de Cristo en el Poder; son los que participan del Poder que Cristo da a Su Iglesia.

Francisco se arroga un poder que no tiene y se cree sucesor de Cristo en ese poder humano. Y, por eso, predica lo que quiere y obra como le da la gana en la Iglesia: es su orgullo en el poder.

Y Francisco, con ese poder humano, ha fundado otra nueva sociedad como Obispo de Roma, no como Papa legítimo. Este es el punto. Y, por tanto, nadie puede seguir a Francisco. Nadie lo puede obedecer porque se ha separado de la unidad de la Iglesia en Su Cabeza: ha anulado la verticalidad para poner una horizontalidad que ya no es la Iglesia Católica.

Por eso, grandes desastres vienen para todos: primero para la Iglesia porque no quiere ver el engaño. A continuación, para todo el mundo porque el demonio ya tiene en sus garras el Poder que tanto necesitaba: el de la Iglesia.

Benedicto XVI tuvo que permitir un nuevo cónclave sabiendo que no se podía celebrar. No podía revelar la verdad de su renuncia, porque su vida peligraba y aún sigue en grave peligro. Lo que hay en Roma no es un juego, sino algo muy serio y muy peligroso para todos.

Santuario de Fátima

Fátima en directo

Jesús, en Vos confío

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 151 seguidores

%d personas les gusta esto: