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    Una Iglesia que no combate al demonio es una iglesia del demonio


    San Miguel Arcángel derrotando a la bestia,  Sabana de Bogotá, Colombia.

    San Miguel Arcángel derrotando a la bestia, Sabana de Bogotá, Colombia.

    Dos prerrogativas están esencialmente unidas con el Primado:

    1. La indefectibilidad en la fe;

    2. El carácter de centro de toda la unidad católica.

    1. Ser infalible significa que el Papa no puede errar cuando propone decretos de fe para que sean aceptados por todos en la Iglesia.

    Ser indefectible significa que nunca el Papa puede apartarse de la fe; es decir, nunca puede enseñar el error ni defenderlo de manera pertinaz: «yo rogué por ti para que no desfallezca tu fe» (Lc 22, 32a).

    Ser infalible y ser indefectible no significa ser impecable, incapaz de pecar, exento de tacha: «y tú un día, cuando te conviertas, conforta a tus hermanos» (Lc 22, 32b). Pedro puede pecar y, de hecho, pecó; y, también, sus sucesores.

    Pedro es el cimiento, la piedra fundamental del edificio de la Iglesia. Esa piedra es la Fe en Cristo. Pedro es el que guarda la Fe en Cristo. No es el que tiene la Fe; sino el que la protege, el que la preserva, el que lucha por la Fe en Cristo. Hay que creer primero en Cristo para luchar por Cristo después. Según sea la fe en Cristo, así será la batalla por Cristo.

    Un Papa que batalla por la doctrina de Cristo, que enseña la misma doctrina que enseñó Cristo a Sus Apóstoles, ése es Pedro en la Iglesia.

    Pero un Papa que no lucha por la Verdad, que es Cristo, sino que va tras sus verdades humanas, ése no es Pedro en la Iglesia.

    Si Pedro abraza el error o lo defiende de forma obstinada, entonces ese Pedro no es de la Iglesia, no constituye el cimiento de la Iglesia. Ese Pedro no es Pedro, no es el sucesor de Pedro.

    2. El Papa es el centro de unidad con quien todos en la Iglesia deben comulgar.

    Es claro, que a nadie se le puede obligar a comulgar con un Papa herético. No se puede conservar la Fe si sigue a un Papa que no profesa la Fe, que no guarda la verdadera Fe, que no batalla por la verdadera Fe.

    El Papa es la cabeza del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

    Si la cabeza abraza la herejía y la enseña y la defiende, entonces esa cabeza se separa del cuerpo, y éste indudablemente perece.

    Todo el problema es comprender por qué siendo el Papa infalible, indefectible, en la Iglesia se da la herejía y el cisma en muchos sacerdotes y Obispos, y por qué no se combaten en contra de ellos.

    Nadie comprende la renuncia del Papa Benedicto XVI. Si es infalible, ¿porque falla en su renuncia?

    Como Papa, Benedicto XVI no está obligado a decir las razones de su renuncia, pero tenía el derecho y la obligación de encaminar a la Iglesia hacia la Verdad en su renuncia, porque es infalible e indefectible. Y esto es lo que no hizo.

    Una vez que el Papa renuncia no puede obligar a que se elija un nuevo Papa: “declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, (…) la Sede de Roma, la Sede de San Pedro, estará vacante y se convocará un cónclave que elegirá al nuevo Pontífice Supremo”.

    Como Papa, Benedicto XVI puede renunciar; pero no puede declarar la sede vacante ni la elección de un nuevo Pontífice. Tenía que haber dejado todo en manos de los Obispos. De esa manera, Benedicto XVI seguiría siendo un verdadero Profeta para la Iglesia.

    Con la renuncia al Papado, la sede no está vacante, sino usurpada; ha sido robada. Esto es lo que no se enseña. Esta Verdad: ha sido usurpada. El Papa tiene que ocultar esta verdad. No puede decirla. Pero no puede mentir. Sin embargo, se enseña una mentira: se declara la sede vacante. Y, por tanto, se convoca a un cónclave nulo.

    Nadie puede comprender por qué Pablo VI pecó. Y su pecado rondó la herejía. Pablo VI propuso cambiar la liturgia de la misa y dar a la Iglesia un documento donde se anulaba la Eucaristía. Pablo VI tuvo un Pablo que le corrigió de su pecado, y se retractó de lo que iba a hacer. Pero al final, se saca una nueva misa, un nuevos métodos de culto católico, que insultan la santidad de la misa, que no son heréticos, pero sí pecaminosos.

    ¿Cómo los Papas siendo infalibles, dejan las puertas abiertas y no combaten directamente las herejías que nacen de muchos documentos, que ya no dan la infalibilidad, la indefectibilidad en la Iglesia?

    Desde hace mucho tiempo en la Iglesia se esconde la verdad, ya no se revela toda la Verdad. Por lo tanto, lo que se da es una mentira. Y toda mentira aparta de la fe.

    Un Papa legítimo nunca cae en herejía. Puede caer en el pecado. Pero todo Papa que peca, automáticamente su poder se debilita.

    El poder de ser infalible y de ser indefectible no es algo absoluto. Es un carisma que se relaciona con la vida espiritual de la persona. En la medida en que esa persona va luchando contra el pecado, el carisma se hace más valioso, crece más, el Papa lucha más por la Fe en Cristo, por la Verdad en la Iglesia. Sabe batallar con las armas adecuadas la acción del demonio dentro de la Iglesia.

    Pero si el Papa no lucha contra su pecado, entonces se hace débil contra la acción del demonio dentro de la Iglesia; y, por eso, no sabe batallar contra él, ni sabe oponerse a la herejía y al cisma en los demás. Y su poder se debilita, pero no se anula.

    Pablo VI se corrigió de su pecado, pero era ya tarde. Su vida espiritual no era fuerte en la fe: se dejaba manejar por otros. No sabía combatir con fuerza el error en muchos que lo rodeaban. Y, entonces, se saca un documento que, sin ser herético, no es totalmente infalible, porque contiene muchas mentiras, que llevan a la herejía, en la práctica de la celebración de la Sta. Misa. La comunión en la mano es un sacrilegio, es un pecado que se enseña y que aparta de la fe. Cae la indefectibilidad, pero no se anula.

    Es difícil ser Papa. Y es difícil comprender, desde fuera a un Papa. Juan Pablo II, fuerte en la fe, con una vida espiritual llena de Dios; pero sin embargo, no combatió a los herejes, a los cismáticos, que ya eran muchos a su alrededor, y que él conocía; pero no pudo hacer nada.

    Este es el punto que muchos no disciernen: existe, desde hace mucho tiempo, -desde que la Virgen se apareció en Fátima-, un poder oculto dentro de la Iglesia que controla parte del Vaticano. En estos momentos, con la subida al poder de Francisco, ese poder oculto controla todo el Vaticano, ya no sólo una parte.

    El por qué la Iglesia atenúa la Verdad, oculta la Verdad, cuando ésta es tan necesaria para que las almas crezcan en la Fe en Cristo; por qué unos Papas fueron fuertes y anatematizaron a los herejes, y otro no lo fueron, y dejaron las puertas abiertas a tantas cosas; sólo se conoce -esa razón- en el interior del Vaticano.

    Los Papas no son tontos, sino que ven lo que hay a su alrededor: ven el pecado, ven la herejía, ven el cisma. Y lo ven en la Jerarquía que los apoya.

    Los Papas han tenido que trabajar con sacerdotes y Obispos herejes. Y ellos lo sabían y no podían hacer nada. Tenían que dejarlos en sus herejías, que siguieran contaminando la Iglesia, como lo han hecho.

    Esto produce en los fieles mucha oscuridad, mucha confusión. Por eso, muchos han abandonado la Iglesia porque han visto unos Papas que no son infalibles, que no son indefectibles, que han dejado la puerta abierta al error, al pecado, a la herejía. Y, entonces, han juzgado mal: si no combaten el error, entonces tampoco son infalibles. Luego, ellos mismos se convierten en herejes, en cismáticos.

    En este error andan muchos, criticando y juzgando a todos los Papas. Y ponen como modelos del Papado a San Pío X, Pío XI y Pío XII, que combatieron la herejía.

    Hay que estar metidos en ese ambiente del Vaticano para comprender cómo son las cosas dentro de la Iglesia.

    Un Papa es infalible, pero no puede desbaratar toda la Iglesia cuando ve una Jerarquía totalmente herética, ya no pecaminosa. Hay tantos sacerdotes que en sus teologías son heréticos y, por tanto, ya no se alimentan ellos de la Fe en Cristo, sino que viven otra cosa. Y eso es lo que dan a los fieles. Hay tantos, que ya no se pueden combatir como antes. Ya es necesario permitir que el mal se propague dentro de la Iglesia. Permitir, no quererlo. Porque el Papa no puede ir en contra de la libertad de los hombres. Si quieren pecar, si quieren seguir en sus herejías, hay que permitir eso. Y permitirlo sin oponerse, sin declarar anatema. Este es el punto conflictivo. No pueden anatematizar, porque tienen que quitar a todos, tiene que echarlos a todos de la Iglesia.

    Entonces, viene el alejamiento de muchos de la verdadera fe en Cristo. Y dentro de la Iglesia ya no se vive la Verdad, la fe en Cristo. Ya se vive medias verdades. Ya se acepta el pecado, y no se combate contra él.

    Y hay que meterse en el Misterio de Iniquidad para poder comprender cómo unos Papas pueden combatir la herejía y otros no.

    Tengan en cuenta que la Iglesia combate contra el demonio. Esa es su lucha principal: “Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para destruir las obras del diablo” (1 Juan 3, 8). Todo sacerdote está para eso en la Iglesia. Y aquel sacerdote que no luche en contra del demonio, no es sacerdote.

    Si los sacerdotes no conocen al demonio en las almas, entonces no saben combatirlo, y no saben encaminar a las almas por la verdad. Si ellos mismos no ven al demonio en sus propias vidas, como sacerdotes, tampoco ven al demonio en las vidas de los demás.

    Esta verdad ya no se sigue en la Iglesia. Ya no se enseña. Y es la principal. Una Iglesia que no combate al demonio es una Iglesia del demonio. Eso es lo que estamos viendo con Francisco: la Iglesia del demonio, que sólo lucha por las injusticias humanas, por los derechos de los hombres, pero que ya no llama a las cosas por su nombre: al pecado, pecado; al demonio, demonio.

    Los Papas, a partir del año 58, han tenido una gran oposición, por parte del demonio, dentro de la Iglesia. Y no han sabido enfrentarse a una Jerarquía que no es de la Iglesia, una Jerarquía infiltrada, que es del demonio; con un poder real en la Iglesia, un poder que combate a los Papas directamente. Un poder capaz de poner el Papa que ellos quieren.

    Pusieron a Juan XXIII, que era un Papa manejable por ellos. El cardenal Siri era duro con los masones, era recto. Pablo VI: manejable. Juan Pablo I: tierno. Papas con poca vida espiritual, pero no heréticos, que cumplieron con su papel de Papa hasta el final, sin caer en la herejía, pero sin saber batallar contra el demonio en tanta Jerarquía herética.

    Y todo esto trae consecuencias para la Iglesia. Lo que se gesta en el Vaticano, después se obra en toda la Iglesia. Si los Papas no combaten el error, tampoco en la Iglesia, entre los fieles, se combate. Y así se va haciendo, poco a poco, la Iglesia que le gusta al demonio, que es la que vemos.

    El demonio ha puesto su hombre para gobernar la Iglesia; es decir, para acabar de destruirla. Porque esto es Francisco: el que remata la obra de tantos en la Iglesia; de tanta Jerarquía que se ha dedicado, durante años, a hacer su iglesia dentro de la Iglesia, sin que nadie les dijera nada. Por eso, hay tantos que lo siguen: son como corderos llevados al matadero, y no se dan cuenta.

    Para juzgar a un Papa hay que estar metido en su pellejo. Y no se puede juzgar a un Papa legítimo. Los Papas están por encima de toda autoridad en la Iglesia y en el mundo. Están por encima de toda ley positiva. Sólo la ley divina queda por encima de ellos. Si la traspasan, entonces ya no son Papas.

    Los Papas verdaderos pueden pecar, pero nunca pueden ser herejes. Pueden no saber combatir las diversas herejías y, por lo tanto, su carisma de la indefectibilidad no aparece sólido, fuerte, ante los demás. Pero de ahí no se puede sacar que el Papa se ha hecho hereje, que es lo que muchos hacen. Y caen en un grave pecado.

    Sólo a Francisco se le pude juzgar, porque no es Papa. Sus juicios tienen apelación y nadie debe someterse a ellos.

    Francisco no pertenece al Papado. Francisco ha caído en el pecado y no se ha levantado de él. Y enseña a pecar en la Iglesia. Enseña a dividir la Iglesia. Enseña a anular el Papado. Su política en la Iglesia es disolver la unidad, cambiando la verticalidad del Papado, en el que está construida toda la unidad de la Iglesia, para colocar su horizontalidad. Y eso significa una nueva función para el Obispo de Roma, y no ya la tradicional, la verdadera, la que han seguido todos los Papas.

    Por eso, Francisco se ha dedicado a romper protocolos; a romper la tradición. Y Francisco promulga una nueva relación de todos los obispos entre sí, en la que ya el Obispo de Roma no es el centro del gobierno de la Iglesia, sino que cada obispo manda en la Iglesia.

    Pablo VI intentó anular la Eucaristía; pero fue advertido por un Pablo, y vio su pecado y comenzó su verdadero Papado en la Iglesia.

    Francisco ha anulado el Vértice de la Iglesia: el Papado. Y nadie se ha dado cuenta. Éste es el engaño a toda la Iglesia. Nadie ha sido un San Pablo en la Iglesia que corrija a Francisco. Señal de que los que están junto a Francisco no tienen ninguna santidad; son como él. Y todos siguen la palabrería barata y blasfema de un hombre vulgar, plebeyo, que no sabe de teología, que no sabe de vida espiritual, que se dedica a fabricar frases bellas para tener a las almas encendidas en el sentimiento de los humano.

    Francisco engaña a toda la Iglesia porque no combate contra el demonio en la Iglesia, sino que hace su juego. Y, por eso, se dedica a su negocio: llenarse los bolsillos de dinero apelando al amor a los pobres. Ése es su ideal en la Iglesia. Para eso está en el gobierno de la Iglesia. Él no sabe lo que es vivir con un machacado en su vida de miseria. No ha estado nunca con los pobres, predicándoles y viviendo con ellos. No ha sido misionero del Evangelio en las regiones a donde nadie quiere ir. Sólo sabe tirarse fotos con gente pobre, con gente enferma. Pero no sabe darles el Espíritu combatiendo al demonio en ellos, para que salgan de su pobreza, de su miseria, de su endemoniada vida, de su enfermedad.

    Francisco usa a los pobres para sus fines en la Iglesia, que son los mismos que Judas tuvo: el maldito dinero. Está obsesionado con la riqueza. Y, por eso, llama a los comunistas, como el, para hacer su revolución en la Iglesia, su primavera roja en la Iglesia.

    Y, por eso, Francisco no es centro de unidad, sino de división en la Iglesia. Quien apoya a Francisco divide la Iglesia. Quien combate a Francisco une a la Iglesia en la Verdad.

    Combatan a Francisco y serán de Cristo. Háganse amigos de Francisco y tendrán al demonio en sus mentes y en sus corazones.

    Francisco no posee la Autoridad Divina en la Iglesia


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    Muchos, en la Iglesia, creen, como un deber, la necesidad de seguir a Francisco. Piensan que este hombre tiene buena voluntad para gobernar la Iglesia porque ha sido puesto por Dios.

    Y ese deber lo apoyan en la Sagrada Escritura: «Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores, que no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas» (Rom 13, 1).

    San Pablo habla de las autoridades civiles y de las divinas: «autoridades superiores».

    La obediencia a la autoridad es un deber de conciencia, porque la autoridad que ejercen emana de Dios: «no hay autoridad sino por Dios».

    Dios es el autor del hombre social y, por lo tanto, es autor de la sociedad y de la autoridad: «por Dios han sido ordenadas».

    La Iglesia es una sociedad perfecta. El Estado es una sociedad perfecta.

    El Estado es la creación de un orden social, humano, político, económico, cultural. Se crea por los mismos hombres. Y son ellos los que ponen su autoridad.

    Dios ha hecho al hombre social y, por tanto, ha creado el Estado. Pero deja a los hombres constituir ese Estado. Cualquier autoridad, en ese Estado, aunque sea demoníaca, viene de Dios. Pero viene de manera indirecta, a través de los hombres. Dios no interviene en esa elección humana.

    En la obediencia a la autoridad está la salvación o la condenación: «de suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten se atraen sobre sí la condenación» (Rom 13, 2).

    La autoridad es «ministro de Dios, vengador para castigo del que obra mal» (Rom 13, 4).

    Pero el hombre no es sólo un ser social, sino que también es un ser espiritual. Y, para gobernar su espíritu, Dios ha creado Su Iglesia.

    En la Iglesia no se da una autoridad social, humana, política, económica, cultural, propia de un orden social. En la Iglesia se da el orden espiritual, que es un orden jerárquico.

    Dios crea un orden Jerárquico, distinto al orden social. Ese orden Jerárquico es el que tiene la Autoridad en la Iglesia. Por eso, en la Iglesia no manda el pueblo, los fieles, sino la Jerarquía: Obispos, sacerdotes y diáconos.

    Esa Jerarquía está puesta por Dios, no por los hombres. Quien es llamado al orden, a recibir el Sacramento del orden, es llamado a ser Jerarquía, a ser autoridad en la Iglesia. Cada sacerdote, cada Obispo, cada diácono, es autoridad en la Iglesia.

    Pero, dentro de esa Jerarquía, Dios ha puesto una Cabeza, que es el Papa, al que todos tienen que obedecer para ser autoridad. Sin la obediencia al Papa, ningún sacerdote, ningún Obispo, ningún diacono, manda nada en la Iglesia.

    El Papa es el que establece toda la autoridad en la Iglesia. Para eso da sus normas a la Jerarquía, para que se cumplan y sean autoridad.

    Un sacerdote, un Obispo, que desobedezca al Papa, no es nada en la Iglesia. Nada. Aunque siga predicando, celebre misa, etc…, no hay que darle obediencia alguna, por su desobediencia a la Cabeza, que es el Papa.

    Quien está con el Papa está con la Iglesia. Quien no está con el Papa no está con la Iglesia. Quien está con el Papa es autoridad en la Iglesia. Quien no está con el Papa no es autoridad.

    En la Iglesia se obedece al Papa. Y, por tanto, se obedece a todos los demás que obedecen al Papa. Si no obedecen al Papa, no se les obedece, porque la obediencia a los demás, en la Iglesia, nace primero de la obediencia al Papa.

    Los fieles no mandan nada en la Iglesia. No pertenecen a la Jerarquía. Sólo tienen que obedecer a la Jerarquía.

    Por tanto, los fieles tienen que saber si ese sacerdote, si ese Obispo, si ese diácono, es obediente al Papa para poder dar la obediencia.

    Y la única forma de saber si esa Jerarquía es auténtica es porque no se aparta de la enseñanza del Papa en la Iglesia. En cuanto se aparte un ápice, ya no es Jerarquía auténtica, ya no hay que darle obediencia.

    La enseñanza del Papa es siempre la misma, porque la Verdad no cambia en la Iglesia. El Papa no es un innovador en la Iglesia, sino que es el que guarda la Verdad, como Cristo la enseñó, y obliga a la Iglesia a vivir esa Verdad, a obrar la Verdad. Es la obligación del Amor, es el deber del Amor, es el derecho del Amor.

    Tanto para los fieles como para la Jerarquía, todo está en discernir si el Papa es verdadero o falso en la Iglesia.

    A un Papa verdadero siempre hay que darle la obediencia, así se equivoque, así peque, porque «quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios». Si Dios ha puesto un Papa legítimo, Él se encarga de todo en la Iglesia. Él se encarga de su pecado, de sus errores. Los demás, a obedecer a ese Papa legítimo.

    A un Papa falso nunca hay que darle la obediencia, porque no lo ha puesto Dios en Su Iglesia. En este caso, no hay resistencia a la autoridad, porque la Iglesia es un orden divino, no social. La Iglesia no es el Estado. En el Estado, un gobernante falso, que ocupa el poder, es necesario darle la obediencia, en las cuestiones materiales, humanas, no en lo demás: «Pagad a todos lo que debáis: a quien tributo, tributo; a quien aduana, aduana; a quien temor, temor; a quien honor, honor» (Rom 13, 7).

    En la Iglesia, Dios pone su autoridad directamente. Dios interviene en la elección que los hombres hacen. En el Estado, Dios pone la autoridad por medio de los hombres, de forma indirecta; pero no interviene. En la Iglesia, el poder es divino; en el Estado, el poder es humano.

    En la Iglesia, cualquier anti Papa no es autoridad. Usurpa un Trono divino, en el que sólo Dios dice quién se sienta en ese Trono. En el Estado, quien usurpa el poder, sigue siendo autoridad, porque tiene un poder humano. En la Iglesia, quien usurpa el poder, ya no es autoridad, porque Dios es el que da el poder en la Iglesia; no son los hombres los que se arrogan ese poder.

    Un Papa verdadero es siempre por sucesión de Pedro: muere un Papa, los Cardenales eligen otro. Siempre saldrá de eso un Papa legítimo, verdadero, en el cual está toda la Autoridad de Dios para regir su Iglesia. Si el Papa no muere y se elige otro, entonces ese Papa, que se elige, es siempre falso; es decir, sólo tiene un poder humano, no divino.

    En la Iglesia sólo existe Pedro como Cabeza. La Iglesia está construida sobre Pedro. Y sólo hay un Pedro. No puede haber muchos Pedros. Y hasta que Pedro no muera, aunque haya renunciado, sigue siendo Pedro. La renuncia al Papado, no es la renuncia a la sucesión de Pedro.

    Un Papa viene por sucesión, no por renuncia. Se suceden los Papas porque hay una muerte. Si no se da la muerte del Papa que reina, no se da la sucesión de Pedro.

    Pedro se sucede en la muerte de cada Papa. Pedro no se sucede en la renuncia del Papa a su misión petrina.

    Ante un Papa que renuncia, es deber de los Cardenales esperar a su muerte para elegir a otro.

    Los hombres, en la Iglesia, cuando un Papa ha renunciado, han elegido a otro. Y ese Papa era falso o era un antipapa.

    Los Cardenales siempre pueden elegir a un Papa nuevo, porque son los hombres los que ponen sus leyes, sus reglas, para obrar una elección papal.

    Pero la elección de un nuevo Papa, de un Papa verdadero, legítimo, no es por una regla humana, por una ley humana, por una razón humana; sino por una ley divina: la sucesión de Pedro.

    Esa ley divina exige la muerte del Papa para elegir a otro Papa.

    Cualquier Papa que se elija viviendo el anterior, es siempre falso. Siempre.

    El Papa tiene que morir. Y, entonces, se elige siempre a uno verdadero, legítimo.

    Esta Verdad ya no se sigue en la Iglesia. Y, desde hace 50 años, no se sigue.

    Se han elegido Papas verdaderos, legítimos, pero en la práctica, nadie les ha obedecido. En la práctica, no han sido ellos los que han gobernado la Iglesia.

    Ellos han aceptado el cargo de Papa, pero han tenido que soportar la rebeldía de muchos, que les han impuesto obras para hacer en el Papado. No les han dejado hacer la Voluntad de Dios.

    Y, por eso, se ha observado, durante 50 años, un desbarajuste en toda la doctrina de Cristo. Culpa, no de los Papas, sino de la gente a su alrededor.

    Y hay que seguir obedeciendo a los Papas legítimos, pero no a la Jerarquía que ha querido gobernar la Iglesia con un Papa legítimo, impidiendo que ese Papa gobierne libremente. Porque no se puede resistir a la autoridad puesta por Dios en la Iglesia, aunque se vean herejías, cismas, en toda la Jerarquía.

    Por eso, tantos que se han salido de la Iglesia, que se han rebelado contra el Papa, que han dicho muchas cosas, -que son verdaderas-, pero han desobedecido a la autoridad legítima, que es el Papa. Y si no hay esa obediencia, entonces sus quejas, sus críticas, lo que ellos defienden, no vale para nada.

    Porque en la Iglesia no se defiende una Verdad, sino toda la Verdad. Y, para defenderla, hay que estar con el Papa legítimo. Este es el fallo de muchos en la Iglesia.

    Durante 50 años, quien ha gobernado la Iglesia han sido mucha gente, muchas cabezas, que de forma solapada, han chupado todos del poder del Papa. Y han oscurecido ese Poder, hasta anularlo.

    Lo que hicieron con el Papa Benedicto XVI es anular su Poder. Ya no existe el Papado. Esta Verdad muchos no la comprenden.

    Los hombres han llegado a la perfección de la soberbia en el gobierno de la Iglesia. Han querido regir la Iglesia con un Papa legítimo. Y lo han hecho de espaldas al Papa, desobedeciendo al Papa, imponiendo al Papa muchas cosas que Dios no quería. Han hecho su partidismo en la Iglesia. Y han creado la herejía del Papismo: el dominio de los Obispos sobre todos los hombres, sobre todos los cristianos.

    Esta herejía viene de la falsa interpretación de la Palabra de Dios sobre la Autoridad. Como de Dios viene toda autoridad, entonces los Obispos son siempre autoridad en todos los campos del existir humano. El deseo de gobernar al otro, de estar por encima del otro, hace que muchos sacerdotes y Obispos sean más papistas que el Papa.

    ¡Cuántos sacerdotes obligan a recibir a Cristo en la mano! ¡Se arrogan una autoridad que no poseen! ¡Cuántos sacerdotes y Obispos obligan a los fieles a dar obediencia a Francisco! ¡Se arrogan una autoridad que no poseen!

    En la Iglesia, Dios pone Su Cabeza directamente, aunque sea por elección de los Cardenales. Y, por tanto, sólo se puede dar la obediencia al Papa legítimo. Y esa obediencia es hasta la muerte de ese Papa. Hasta que no muera, es imposible dar la obediencia a otro Papa en la Iglesia. Esa imposibilidad anula cualquier tipo de obediencia.

    Por tanto, el Poder de Dios, actualmente, está en el Papa Benedicto XVI, que es el Papa legítimo, que viene por sucesión: murió Juan Pablo II, los Cardenales eligieron a este Papa.

    Hasta que no muera el Papa Benedicto XVI, el Poder está en él. Y sólo en él. La obediencia es sólo hacia él.

    El problema es que él no quiere ser Papa. Entonces, Dios no obliga a darle obediencia. Pero la Autoridad la sigue teniendo él. Y, por tanto, en la Iglesia ahora sólo se puede dar la obediencia a la Jerarquía que el Papa Benedicto XVI puso. Porque el Poder de Dios sólo están en este Papa.

    La Jerarquía que ha puesto Francisco es nula. No se le puede dar obediencia. Ellos tienen un poder humano. Y con ese poder humano no son Autoridad en la Iglesia; porque la Autoridad en la Iglesia es divina, no humana. Es puesta por Dios directamente.

    Consecuencia: ellos hacen su Estado dentro de la Iglesia. Ellos están constituyendo una nueva forma de gobernar, un nuevo orden social, económico, político, cultural, humano. Ellos lo hacen con su poder humano. De ellos va a nacer el nuevo orden mundial. De dentro de la Iglesia Católica. Ya se está formando, delineando.

    Los que creen un deber obedecer a Francisco porque es autoridad, porque Dios lo ha puesto (y no importa que sea por una renuncia) tienen un error en sus mentes.

    Y de ese error pueden salir fácilmente, si vieran lo que es Francisco en su doctrina.

    A Francisco no se le obedece por dos cosas principales:

    1. Porque es una autoridad falsa en la Iglesia: no ha sido elegido por Dios para ser Vicario de Cristo. Francisco no viene por sucesión de Pedro, sino por renuncia de un Papa.

    2. Porque Francisco es hereje, apóstata de la fe, cismático. Es un masón que se viste de sacerdote para su negocio en la Iglesia. Y todo hereje que es elegido Papa es nulo su Papado. No es Papa. No es Autoridad. Luego, no hay que darle obediencia.

    «Es preciso someterse, no sólo por temor del castigo, sino por la conciencia» (Rom 13, 5).

    Todos en la Iglesia tienen que obedecer por conciencia al verdadero Papa, que es Benedicto XVI. Aunque haya renunciado, sigue siendo la Autoridad. Y, por tanto, no es posible resistirle. Hay que someterse a él por la conciencia, por el orden moral que da la conciencia.

    Si no se da esa obediencia al verdadero Papa, se cae en el castigo de condenación. Se resiste a Dios.

    El error de muchos es ver a Francisco con una autoridad legítima. Y ellos pueden ver su error por dos caminos: 1. Francisco ha sido elegido por renuncia, no por sucesión; 2. Francisco es hereje.

    Por estos dos caminos, se ve que lo que hace Francisco es nulo para la Iglesia. Francisco no tiene autoridad como Papa, como Vicario de Cristo. Posee la autoridad que unos hombres le han dado. Y, por eso, crean un nuevo estado de cosas, un nuevo orden de cosas, que no tiene nada que ver con la Iglesia.

    No quieran ver buena voluntad en Francisco para llamarlo Papa. En la Iglesia, la Autoridad no es por buena voluntad, sino por Voluntad Divina, por Elección Divina.

    Francisco es sólo un usurpador del Trono de Dios. Se lo ha robado al Papa Benedicto XVI. Luego, su gobierno es nulo. No vale nada a los ojos de Dios. Todo lo que haga Francisco es nulo. Aunque ellos digan lo contrario, aunque quieran afirmar lo contrario, todo es nulo. Las decisiones que tome Francisco, aunque sean buenas, son nulas. Lo que Francisco promulgue en la Iglesia, aunque sean buenas, son nulas. Lo que Francisco predique, obre, aunque sean cosas buenas, son nulas. No pertenece a la Iglesia. Ninguna cosa de Francisco. Las canonizaciones que se ha dado y las que se van a dar son nulas; porque para canonizar hace falta que el Papa se pronuncie como Papa. Es así que Francisco no es Papa. Luego, es nulo todo lo que hace.

    Francisco no tiene autoridad divina en la Iglesia. Luego, no hay quedarle obediencia. Y toda aquella Jerarquía puesta por Francisco no tiene autoridad divina, porque la ha puesto uno sin Autoridad Divina. Sólo la Jerarquía puesta por Benedicto XVI tiene autoridad en la Iglesia. Pero esa Jerarquía está obligada a no seguir a Francisco para ejercer esa Autoridad. Si siguen a Francisco, automáticamente, la pierden en la Iglesia.

    Por eso, la situación en la Iglesia es muy grave. ¡Cuánto engaño en los fieles y en toda la Jerarquía! Y están todos aletargados, esperando algo de uno sin Autoridad Divina. Por eso, no hay excusa para lo que viene.

    Dios ha dado tiempo para discernir a un falso Profeta. Y mucha gente sigue dormida. Y la Jerarquía sigue callando. Entonces, tiene que cumplirse lo que dice San Pablo: «Los magistrados no son de temer para los que obran bien, sino para los que obran mal. ¿Quieres vivir sin temor a la autoridad? Haz el bien y tendrás su aprobación, porque es ministro de Dios para el bien. Pero si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada. Es ministro de Dios, vengador para castigo del que obra el mal» (Rom 13, 3-5).

    Todos los que han hecho renunciar al Papa Benedicto XVI tienen su castigo por rebelarse a la autoridad de Dios en Su Iglesia. Todos los que han elegido a un nuevo Papa, en la renuncia del Papa legítimo, tienen su castigo, por no someterse a la autoridad que Dios ha puesto en Su Iglesia. Todo los que siguen a Francisco, y a toda la Jerarquía que da su obediencia a un usurpador, tienen su castigo, que viene del mismo Papa Benedicto XVI. Él es ministro de Dios para el bien, y lleva la espada, para castigar al que obra el mal. Por eso, Dios va a mandar su castigo a la Iglesia por no obedecer toda la Iglesia a Su Papa verdadero, legítimo.

    Dios no es un Dios que da besitos y abrazos a todo el mundo. Dios castiga al que obra en contra de su conciencia, porque en la conciencia está el conocimiento del bien y del mal. Es la voz de Dios en el alma. Y quien no la siga, recibe la Justicia de Dios por su pecado.

    Judas se condenó porque lo dice Jesús


    Virgen María Reina-

    “Lo más grande en el asunto de Judas no es su traición, sino la respuesta que Jesús da. (…) El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia” (Sermones de la Casa Pontificia – Cuaresma – 18 de abril 2014).

    El P. Cantalamessa no comprende el pecado de Judas. La traición de Judas es su pecado contra el Espíritu Santo, del cual ya no hay perdón.

    Judas sintió que había hecho mal, pero no se arrepintió de ello. No podía, por su pecado. Su pecado va contra la Misma Misericordia y no puede hallar nunca confianza en Dios cuando ha pecado.

    El mayor pecado de Judas fue su traición a Jesús. En esa traición está la duda contra la Misericordia Divina.

    Este es el punto. Sólo de ese pecado, que es la blasfemia contra el Espíritu Santo se puede salir de forma extraordinaria, que sólo Dios conoce. Sólo Dios puede dar la Gracia del arrepentimiento. Y Dios no se la dio a Judas. Su forma de morir es clara: no es una muerte arrepentida. No es una muerte penitente. No es una muerte en la que el alma confíe en el perdón de Dios.

    “Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios. ¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? «Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús y él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada” (Ibidem): grave error en el predicador, que no sabe discernir por las obras exteriores la voluntad del hombre. Quien se suicida es clara que está pecando. La obra exterior del que se suicida es una obra de pecado. Luego, el alma del que se suicida está en las manos de Satanás. Dios puede arrebatarle ese alma a Satanás. La pregunta es si Dios lo hizo. Y la respuesta la da el mismo Dios:

    «Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición» (Jn 17,12). La Palabra de Dios nunca miente y hay que interpretarla en Dios, no en el hombre. El P. Cantalamessa la interpreta con su razón humana: “pero aquí, como en tantos otros casos, él habla en la perspectiva del tiempo no de la eternidad; la envergadura del hecho basta por sí sola, sin pensar en un fracaso eterno” (Ibidem).

    Dios nunca habla en perspectiva del tiempo ni de la eternidad. Dios habla Su Mente. Y en la Mente Divina hay tres ciencias: lo que nunca se va a dar; lo que puede darse, pero no se da (porque existe una condición); lo que se va a dar de forma absoluta.

    Jesús, cuando da Su Palabra, no pone una condición, sino que la dice de forma absoluta: «Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición». Se ha perdido el hijo de la perdición. No dice: si se arrepiente, si cambia, si obra esto u lo otro, entonces se va a perder. Jesús no pone una condición cuando habla. Luego, Jesús está dando el conocimiento absoluto de la condenación de Judas. Judas se condenó porque lo dice Jesús.

    El P. Cantalamessa hace lo imposible para negar este hecho, esta Verdad: “El destino eterno de la criatura es un secreto inviolable de Dios. La Iglesia nos asegura que un hombre o una mujer proclamados santos están en la bienaventuranza eterna; pero de nadie sabe ella misma que esté en el infierno”. Esto es otro grave error doctrinal en el predicador.

    La Iglesia tiene toda la Verdad, porque la Iglesia es guiada por el Espíritu de la Verdad, que lleva a todas las almas, que pertenecen a la Iglesia, hacia la plenitud de la Verdad. La Iglesia, al igual que sabe quién es santo, también sabe quién se condena. Quien niegue este conocimiento, niega la Verdad, niega la Iglesia.

    En la Iglesia nos regimos por la Palabra de la Verdad, no por las palabras de los hombres, no por las filosofías de los hombres, no por sus teologías, ni por sus opiniones humanas. La Iglesia sabe quién está en el Infierno, porque el Infierno no está vacío. La Iglesia enseña a no pecar y, por tanto, enseña a apartarse de aquellos pecados que conducen al infierno. La Iglesia conoce cuándo un alma está en pecado. Y la Iglesia enseña que si ese alma, muere en ese pecado, se va al infierno. Esto es una verdad que no se puede negar.

    En el último segundo de la vida de un alma, Dios puede obrar y sacar el arrepentimiento al alma para que se salve. En ese misterio nadie se puede meter. Pero cuando las cosas son claras con un alma, como en la vida de Judas, hay que ser sencillos cuando se explica esa vida a la Iglesia. Es lo que no hace el P. Cantalamessa. Da una mentira para decir que Judas se arrepintió.

    ¡Cuánto cuesta a los sacerdotes predicar las cosas como son! ¡Cómo les gusta poner de su cosecha para meter más confusión en la Iglesia! Y terminan negando una Verdad: la traición de Judas, que es lo que marca la Pasión. Sin traición, no hay Pasión. Esto es lo que el P. Cantalamessa no sabe explicar, porque niega lo fundamental:

    “¿Quién es, objetivamente, si no subjetivamente (es decir en los hechos, no en las intenciones), el verdadero enemigo, el competidor de Dios, en este mundo? ¿Satanás? Pero ningún hombre decide servir, sin motivo, a Satanás. Quién lo hace, lo hace porque cree obtener de él algún poder o algún beneficio temporal. Jesús nos dice claramente quién es, en los hechos, el otro amo, al anti-Dios: «Nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y a Mammona» (Mt 6,24). El dinero es el «Dios visible», a diferencia del Dios verdadero que es invisible” (Ibidem).

    El P. Cantalamessa no ha comprendido el misterio de iniquidad en los hombres. Y, entonces, se dedica -en su homilía- a hablar sobre el dinero. Y no ve que el dinero es el invento de Satanás. No lo capta. Y no lo puede captar.

    Todos los ídolos que tiene el hombre: el dinero, el sexo, la razón, el poder, etc…, son el fruto de la obra del demonio en la mente de los hombres.

    El demonio trabaja en la mente de cada hombre, y le lleva a su ídolo. El ídolo de Judas: el dinero. ¿Quien maneja a Judas?: Satanás. El enemigo de Dios en Judas: Satanás.

    El alma es amiga de Dios porque sigue al Espíritu Divino; el alma es enemiga de Dios porque sigue al espíritu del demonio. Esta es la única Verdad. El alma hace una obra de pecado o hace una obra divina porque sigue a un espíritu. Nunca el alma obra sola. Nunca. Siempre hay un ángel o un demonio a su lado para salvarla o perderla.

    Satanás es el Enemigo de Dios. Y eso es claro por la Sagrada Escritura. ¿Quién se rebeló en los Cielos? Lucifer. ¿Quién tentó al hombre en el Paraíso? Satanás. ¿Qué es lo que sale de la boca del Falso Profeta? El espíritu del demonio.

    No hay mayor ciego que el que no quiere ver. No hay mayores ciegos que esta Jerarquía que se empeña en negar el pecado, en negar el infierno, en negar la Justicia de Dios, y que todo está en transmitir una doctrina totalmente contraria a la verdad, donde Dios perdona todo pecado, donde todo el mundo se salva, donde el infierno está vacío.

    Hoy no se enseña la Verdad en la Iglesia. Esta predicación de este Padre es el ejemplo de esto. No se llaman a las cosas por su nombre. No se dice sí, sí; y no, no. Es todo una confusión, una amalgama de cosas, un no querer transmitir la Verdad de la Palabra de Dios, sino dar las palabras humanas a los hombres para tenerlos cegados, ensimismados en sus pecados. Y así nadie lucha por quitar el pecado, sino que todos tienen la idea de que están salvados.

    Y, claro, se dedican a hacer predicaciones en lo que se habla de la justicia social, de los derechos de los hombres, de las crisis económicas, de que el dinero es muy malo; y se termina haciendo política para negar la Palabra de Dios. Es lo que hace este predicador. Su visión del problema del hombre:

    “¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas vidas humanas, detrás del fenómeno de la mafia y de la camorra, la corrupción política, la fabricación y el comercio de armas, e incluso -cosa que resulta horrible decir- a la venta de órganos humanos extirpados a niños? Y la crisis financiera que el mundo ha atravesado y este país aún está atravesando, ¿no es debida en buena parte a la «detestable codicia de dinero», la auri sagrada fames, por parte de algunos pocos? Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común. ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?” (Ibidem).

    ¿Qué hay detrás? Satanás está detrás. Entonces, ¿qué hay que predicar? Predica cómo combatir al demonio. Predica cómo combatir el pecado de usura. Predica cómo combatir el pecado de avaricia. Predica qué penitencia hay que hacer para no caer más en el pecado de avaricia y de usura. Predica qué significa la ley de Dios y cómo seguirla en los negocios, en las empresas económicas. Predica eso y enseña la Verdad, pero no hagas política. No te quejes, como un político, de que existen malos administradores, de que hay hombres que dañan a otros porque emplean las drogas, el sexo, etc. No hagas una compaña política. No subleves a la gente con mitines políticos.

    Los sacerdotes no cuidan las almas en la Iglesia. No les enseñan la Verdad, sino que les hablan de los que ellas quieren escuchar. Y, por eso, todos contentísimos con Francisco. Francisco es del pueblo, es de la masa vulgar, ignorante de la verdad, plebeya, que sólo quiere oír sobre justicias sociales y derechos humanos, pero que no quieren escuchar la Verdad.

    El P. Cantalamessa no predica la Verdad. Entonces, ¿para qué se pone a predicar? ¿Qué objeto tiene esa predicación en la Iglesia? ¿Por qué enseña la mentira? Es un sacerdote ciego, guía de ciegos.

    La traición de Judas es la cima del pecado. Y esa cima sólo se puede obrar siguiendo a Satanás en su interior. Porque para matar al Hijo de Dios, hecho carne, es necesario un plan del demonio, una mente demoníaca; no es suficiente una mente humana. La avaricia del dinero no mata al Hijo de Dios. Lo que hay detrás de esa avaricia; la intención de conseguir un dinero para hacer una obra del demonio, ése es el pecado de Judas. El demonio enseñó a Judas cómo obrar ese pecado. Y, por eso, haciéndolo, automáticamente se condenó. Judas comete el mismo pecado de Lucifer, del cual no hay perdón, no hay misericordia, no es posible confiar en la Misericordia, porque el alma se pone en la Justicia Divina. Y sólo en esa Justicia, donde ya no hay Misericordia. Es un pecado perfecto. Y, por eso, se llama pecado contra el Espíritu Santo. Se impide al Espíritu de la verdad guiar al alma hacia la verdad del arrepentimiento. Se cierran todos los caminos para ese alma. Y, por eso, es el trabajo del demonio en la mente del hombre. Si el demonio no trabaja para llevar al hombre a la perfección de ese pecado, entonces el hombre no comete el pecado contra el Espíritu y puede salvarse.

    Francisco no cree en la Resurrección


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    Francisco es un hombre si fe. No cree en la Resurrección de Jesús. Sólo lean su homilía de la Vigilia Pascual y se darán cuenta que habla de sus cosas, de su idea, pero no de Jesús Resucitado.

    Un hombre que no sabe centrar el tema de la fe, sino que va contando una historia sobre lo que sucedió ese día, para finalizar diciendo nada sobre la Vida que Jesús ha dado al hombre venciendo a la muerte.

    Las mujeres ven a Jesús y creen. Y, con esa fe, van a los Apóstoles, que no creen. En la fe de las mujeres, los Apóstoles vuelven a creer, vuelven a despertar a la fe. Porque la fe entra por el oído: «¿Cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica?» (Rm 10, 14b). Las mujeres anunciaron a Cristo Resucitado, y los Apóstoles creyeron la Palabra de Dios en las mujeres.

    «No todos obedecen al Evangelio» (Rm 10, 16), por la soberbia que inunda sus mentes. Santo Tomás se cerró a la Palabra de la fe. No creyó hasta que no vio, hasta que su inteligencia humana tuvo una señal.

    Muchos buscan señales para creer y, mientras tanto, viven su vida humana sin fe. Y es la fe lo único que salva al hombre. Y quien no tenga fe no encuentra la verdad de su vida, el sentido de su vida. Sólo se dedica a vivir su humanidad.

    Francisco, en su homilía, sólo se centra en su sentimentalismo: “«Non tengáis miedo», «no temáis»: es una voz que anima a abrir el corazón para recibir este mensaje»”. (Francisco, 19 de abril 2014). Pero no se centra en la verdad: Cristo ha resucitado.

    Cuando el ángel aparece a las mujeres, su mensaje es claro: «No está aquí, ha resucitado según predijo» (Mt 28, 6). Ya el Señor había dado la fe: «Pero después de Resucitado os precederé a Galilea» (Mt 26, 32).

    Las mujeres creen al ángel, que sólo da la misma Palabra del Verbo. Sólo la recuerda. No dice nada nuevo. Porque la Verdad no es novedad. La verdad es siempre la misma. La Verdad no cambia, no puede cambiar, no entiende de evoluciones de la mente, de la ciencia, de la técnica. No es el hombre el que llega a la Verdad con su razonamiento humano. Es la Verdad la que se revela al hombre.» Sólo es necesario un hombre sencillo, humilde, obediente, que acepte en su corazón esa palabra de la Verdad.

    Las mujeres creen la Verdad que el ángel les revela. Y, porque creen, tienen el premio a su fe: «Jesús les salió al encuentro, diciéndoles: Dios os salve» (Mt 28, 9). El saludo de Jesús a las mujeres es el inicio del nuevo camino que Jesús da al alma que cree. Dios engrandece a los humildes de corazón, que se abren a la enseñanza del Espíritu.

    Es el premio al dolor de las mujeres: Jesús las levanta de su dolor. Ellas fueron fieles al Dolor de Cristo. Ellas se unieron al Dolor de Cristo. Ellas murieron con Cristo en la Cruz. Necesitan el alivio del Amor, el consuelo del Amor, para purificarlas de ese sufrimiento espiritual que pasaron con Cristo.

    Jesús se aparece con un cuerpo glorioso. Ya no es el cuerpo mortal. Es otro cuerpo: revestido de Gloria Divina.

    Jesús se aparece como Él es en Su Vida Divina. Y se muestra en un mundo dominado por el pecado y la maldad de los hombres. Se revela a unas mujeres que siempre han creído en Él, aun en los momentos de Pasión, de sufrimiento, de muerte. En el mayor Dolor de Cristo, las mujeres seguían creyendo en Él. No lo abandonaron en el Dolor, en la muerte. Los Apóstoles sí lo hicieron, menos uno: San Juan. Y es San Juan el que primero cree al entrar en el sepulcro vacío: «Entonces entró también el otro discípulo que vino primero al monumento, y vio y creyó» (Jn 20, 8).

    San Juan no vio y pensó en el sepulcro vacío, en las fajas, en el sudario. Sólo vio y creyó. Creer no es pensar en Jesús. Creer no es hacer un recuerdo de la vida de Jesús. Creer no es hacer una memoria de la vida de Jesús. No es obrar una memoria. Es unirse a Jesús en Su Palabra.

    Francisco niega la fe en la Resurrección: “Volver a Galilea quiere decir releer todo a partir de la cruz y de la victoria; sin miedo, «no temáis». Releer todo: la predicación, los milagros, la nueva comunidad, los entusiasmos y las defecciones, hasta la traición; releer todo a partir del final, que es un nuevo comienzo, de este acto supremo de amor”. Aquí está toda su herejía: releer.

    El Señor anunció a Sus Apóstoles que los iba a preceder a Galilea, porque allí, más tranquilamente que en Judea, donde se había hecho la Pasión, podía completar su instrucción después de la Resurrección.

    El Señor, en la Resurrección, enseña a Sus Apóstoles cómo tienen que hacer Su Iglesia. Para eso son los 40 días antes de Su Ascensión. Por tanto, no se relee nada, sino que se aprende la Verdad del Resucitado.

    No hay que releer la Cruz. No hay que ir al final para dar un nuevo comienzo. No hay que memorizar lo que Jesús predicó. No hay que atender con la mente a los milagros de Jesús. No hay que fijarse en la vida común con Jesús. Porque la fe no es una memoria del pasado para iniciar, en el presente, algo nuevo.

    La fe es el presente que nunca cambia, es la Verdad que nunca cambia, es el ser que nunca cambia.

    Jesús enseña a Sus Apóstoles a vivir la fe. A vivir todo eso, que antes de su muerte les ha enseñado, pero que no podían ponerlo en práctica porque Él no había resucitado.

    Para obrar las enseñanzas de Jesús hay que morir y resucitar con Cristo. Para obrar las enseñanzas de Jesús no hay que recordar la vida de Jesús. No hay que ir a la Cruz y ponerse a meditar miles de cosas. No hay que coger el Evangelio y dar variadas interpretaciones a lo que se lee, poniendo la mente, la ciencia, la cultura, la técnica, la filosofía, la psicología, y tantas cosas que no sirven para nada.

    Hoy los sacerdotes son psicólogos, filósofos, comunistas, liberales, masónicos, psiquiatras, pero no creen. No saben vivir la fe. No saben obrar la fe. No saben tener fe. Sólo saben pensar, meditar, recordar, analizar, sintetizar. Cosas propias del intelecto humano. Pero la fe es una cuestión del corazón, no de la inteligencia humana.

    Se cree con el corazón; se piensa con la mente. El problema está en saber vivir con el corazón. El problema no está en saber pensar el Evangelio. Todos piensan y todos se equivocan. El pensamiento del hombre es la complicación de su vida. Si quieren ver en qué lío se ha metido un hombre, vean sus pensamientos, analícenlos, y descubrirán su lío de la vida.

    El hombre humilde de corazón vive su fe sin analizar nada, sin recordar nada, sin ir atrás, al pasado, para inventarse un presente y un futuro. El hombre de fe no se inventa su fe, no crea su fe. Sólo vive lo que Dios le pone en su corazón. Sólo obra eso. Y, cuando lo obra, el hombre de fe entiende con su razón muchas cosas que no sabía antes.

    Quien no tiene fe vive encerrado en sus ideas humanas. Y, al final de su vida, lo único que ha hecho ha sido dar culto a su mente humana. Pero no ha vivido de fe. No sabe obrar la fe. No sabe ser sencillo de corazón. Es lo que le pasa a Francisco. Tiene que inventarse tantas cosas en la Iglesia, tiene que aparentar ser pobre, ser humilde, ser amable, porque su fe se la ha inventado él con su razón.

    Es muy fácil inventarse una religión, una iglesia, un sacerdocio. Facilísimo. Pon en marcha tu mente. Y coge de aquí, de allí, lo unes todo y sale tu iglesia, tu religión, tu sacerdocio. En el mundo hay cuarenta mil sectas sólo por la mente humana. Porque los hombres trabajan con sus inteligencias humanas para complicarse la vida y complicarla a los demás.

    La fe es muy sencilla: es dejarse enseñar por la Palabra de Dios. Es lo que hicieron las mujeres. Se dejaron guiar por Dios. Y Dios les iba mostrando el camino de la vida. No hay que inventarse el camino, como lo hace Francisco: “Hoy, en esta noche, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Cuál es mi Galilea? Se trata de hacer memoria, regresar con el recuerdo. ¿Dónde está mi Galilea? ¿La recuerdo? ¿La he olvidado? Búscala y la encontrarás”.

    “Se trata de hacer memoria”: eso es todo para Francisco. Se trata de pensar, de meditar, de recordar, de sentir la mirada de Jesús, la presencia que tuve en un Sagrario, el sentimiento de una predicación, las palabras bellas que uno me dijo… Tantas tonterías para no enseñar la Verdad.

    “Regresar con el recuerdo”: esto es lo típico de la filosofía hegeliana y kantiana. Es un dar vueltas a la mente, para ver, para recordar, para atender a un detalle que se pasó por alto. Es un dar vueltas con la mente: eso tiene un nombre en la Sagrada Escritura: ser idiota. «Y vi que la sabiduría sobrepuja a la idiotez (= ignorancia) cuanto la luz a las tinieblas» (Ecl 2,13).

    El término griego ἰδιώτης (idiótes) significa ignorante, el que está en sus asuntos privados, particulares, personales. El que da vueltas a su vida, a su mente humana, a sus obras humanas. El que sólo sabe hablar de sus cosas, de su vida, de sus ideales, de sus vivencias. Son hombres vulgares, corrientes, incultos: «Viendo la libertad de Pedro y Juan, y considerando que eran hombres sin letras e idiotas (= plebeyos)» (Hch 4, 13).

    Esto es Francisco: un idiota. Un hombre vulgar, un hombre de la calle, que vive su vida y que la muestra a todos como la mejor de todas. Es el santo moderno, que a todo el mundo le gusta porque habla lo que cada uno quiere escuchar. Esta es la idiotez. Por eso, Francisco, se junta con los mediocres, con los vulgares, con la gente del pueblo que vive su vida sin más ilusión que lo que encuentra con su mente humana. Es un hombre de mundo, profano, que le gusta la vida social. Le gusta estar en el Facebook, en el twitter. Le gusta poner mensajitos todo el día. Es un hombre hablador, charlatán, sin vida interior. Es un hombre para la vida de la calle. Pero no es un hombre para la Iglesia, para el sacerdocio, para la vida del Cielo.

    Francisco se ha inventado su fe. Y es lo que predica todos los días. Por eso, no sabe decir una Verdad bien dicha, porque vive en su idiotez, en su ignorancia de Dios, de la Verdad Absoluta, de la Vida Divina, del Amor Divino.

    Esto que predica Francisco lo ha enseñado ya en su Carta Encíclica Lumen Fidei, que es una herejía y que nadie la ha contemplado. Esto no es nuevo. Francisco desbarató los apuntes del Papa Benedicto XVI para engendrar su bazofia, su primera basura en la Iglesia. Ahí da a conocer su fe fundante: la de que se funda en la memoria para obrar una espiritualidad, una religión, una iglesia. Es el culto a la razón humana. Francisco endiosa al hombre.

    Ver entrada La memoria fundante de Francisco

    La obra demoníaca de Francisco en el lavatorio de los pies


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    «Ay cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros, porque así hicieron sus padres con los falsos profetas» (Lc 6, 26).

    Muchos no han comprendido la obra de Francisco en la Iglesia y, por eso, no saben atacarlo como falso Profeta, como anticristo, como uno que ha desfigurado y anulado la doctrina de Cristo.

    Muchos no saben ver las obras de Francisco como herejía y como cisma, sino que las ven como un hombre que hace el bien en la Iglesia.

    Muchos no atienden a las palabras de Francisco como fuente de división en la Iglesia, sino como una nueva primavera de amor y de unidad.

    Francisco nunca ha querido en la Iglesia poner la caridad, la benevolencia y la humildad de Jesús, sino que todo su plan es poner lo que él piensa que es la caridad, la benevolencia y la humildad.

    Éste es el punto: Francisco no tiene fe. Luego, lo que obra en la Iglesia es su pensamiento humano, su concepción humana de Cristo y de la Iglesia.

    Y, por tanto, un hombre sin fe se enfrenta a toda la Tradición de la Iglesia, a todo el Magisterio de la Iglesia, a la Verdad Revelada.

    Tiene que enfrentarse de forma necesaria, inevitablemente.

    Por eso, lo primero que hizo ese hombre sin fe, que es Francisco, fue lavar los pies a dos mujeres, yendo contra toda la Tradición, contra el Evangelio y contra el Magisterio de la Iglesia. Es un pecado gravísimo que anunció lo que hay en el alma de Francisco.

    Y eso lo ha repetido este año, de otra manera: lavó los pies de doce discapacitados de distinta edad, sexo, raza y religión.

    Es la misma obra de pecado, la misma obra herética y cismática. Es no comprender el signo del lavatorio de los pies, y comenzar a hacer sus signos, sus obras, que no pertenecen a la Iglesia.

    Muchos, al ver esta obra de Francisco, la aplauden, dicen que es una cosa buena, que Francisco tiene su buena intención para realizar esto. Es el engaño en muchos.

    Un Francisco arrodillado ante doce hombres que sufren, que tienen una enfermedad, porque “la única herencia que nos ha dejado Jesús: ser servidores unos de los otros, ser servidores en el amor” (Francisco, 17 de abril de 2014), es ver al demonio a los pies de cada hombre. ¡Pobres discapacitados que son atados por el demonio en la mentira de la obra de Francisco! ¡Pobres almas que se han dejado engañar por el falso gesto de un hombre, que no sabe amar a los hombres, que no sabe servir con la verdad a los hombres, que no sabe dar a los hombres el auténtico camino hacia el cielo!

    Si se lee la herética homilía que Francisco pronunció ese día, entonces se ve el gran teatro de este hombre en la Iglesia. Él es el bufón del demonio para llevar a la Iglesia hacia su autodestrucción.

    Jesús se arrodilló ante sus sacerdotes. Un Papa verdadero tiene que imitar las mismas obras de Cristo: hay que lavar los pies a doce sacerdotes en la Iglesia. Esta es la única Verdad. Quien no obre esta Verdad es un mentiroso en la Iglesia. Y hay que llamarlo mentiroso, engañador, falsificador, porque no es otro Cristo, no imita las obras de Cristo en la Iglesia, sino que se pone a hacer sus obras. ¡Maldito Francisco por sus obras de pecado! Hay que llamar maldito a Francisco en la Iglesia, que eso a mucha gente no le gusta. Lo entienden como una falta de respeto.

    «Mas le valiera no haber nacido»: esa fue la maldición de Cristo sobre el alma de Judas. Es el misterio de la perdición, de la condenación, de la maldición. Judas buscó su maldad atacando el amor de Cristo. Por eso, es maldito. Francisco busca su maldad en la Iglesia atacando a Cristo. Por eso, es maldito. En esta sencilla Verdad mucha gente no se pone, les cuesta entender la maldad de los sacerdotes, de los Obispos en la Iglesia. Les cuesta verlos como son: como otros Judas, como hombres que ya no quieren quitar su pecado, sino que se arrastran continuamente hacia su pecado en la Iglesia, para encumbrarlo, para ponerlo como verdad.

    La Jerarquía de la Iglesia está atacando lo que a Cristo le dolió tanto: a los pequeños, a los débiles, a los pobres, a los que buscan la Verdad, los que buscan el Bien Divino, a los que buscan la Voluntad de Dios en la Iglesia.

    Sacerdotes y Obispos que atacan a las almas de Cristo porque proponen una nueva doctrina de Cristo, una falsa doctrina de Cristo, una falsa iglesia. Y la obran, como lo hace Francisco en ese lavatorio de los pies. Y esto es una maldición sobre toda la Iglesia: «Es imposible que no haya escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños» (Lc 17, 1)

    ¡Ay de los Obispos y Cardenales que usan los puestos altos de la Iglesia, no para dar buen ejemplo y enseñanza, sino para ser causa de escándalo y de destrucción a las almas, que tienen la obligación de guiarlas hacia la verdad y de ayudarlas a crecer en la vida espiritual!

    Y ¿qué hacen esos personajes destructivos, como Francisco y toda su ralea de ratas? Enseñar la mentira, predicar un evangelio que no es el de Cristo, engañar con falsas palabras, con el falso ecumenismo, con la falsa fraternidad, con el falso amor a los pobres, a los mismos pobres, a la gente humilde, a la gente que confía en ellos por lo que ven exteriormente.

    El mal ejemplo de la Jerarquía de la Iglesia destruye la espiritualidad de muchas buenas almas en la Iglesia. Y ¿quieren que aquí nos callemos y ocultemos esta gran oscuridad que hay en la Iglesia? ¿Quieren que tratemos a Francisco con cariñitos? Pónganse en la Verdad y déjense de ciencia ficción en la Iglesia. Llamen a cada uno por su nombre. Y si les molesta lo que aquí se escribe, se van a otro sitio a que les doren la píldora.

    ¡Cuánta gente quiere dulcificar, disimular el daño que Francisco está haciendo en la Iglesia! No hablan con la Verdad en sus bocas, sino con la mentira que les da el demonio a sus mentes.

    Francisco hizo una obra que no hizo Cristo. Francisco ha hecho su obra, la que se ha inventado en su nueva iglesia. Y todos la aplauden como buena: «¡Ay cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros…».

    Un sacerdote en la Iglesia tiene que hacer las mismas obras de Cristo. Y, entonces, es un servidor fiel de Cristo. Ha hecho lo que tenía que hacer, y nadie habla de ello como algo relevante, como una noticia que hay que destacar.

    El P. Ray Kelly se puso a cantar en la Misa que celebraba para una boda. Y ¿ustedes creen que hizo la misma obra de Cristo? Cristo, en el Calvario, no cantó, no se convirtió en una estrella, no agradó a ningún hombre. Hizo lo que Su Padre quería: sufrir y morir. Y los hombres hablaban mal de él, lo insultaban, lo despreciaban. Y ése es el signo de que la predicación ha llegado a las almas.

    Cristo predicó con la obra de su sufrimiento y de su muerte. Y eso trajo la conversión de los que le estaban mirando en la Cruz.

    Un sacerdote, que tiene la obligación de predicar el Evangelio, de dar la misma Palabra de Dios, sin quitar ni añadir nada; que es sacerdote para obrar lo mismo que Cristo obró en el Calvario, y que se pone a cantar, no es sacerdote, no está haciendo las obras de Cristo en la Iglesia. Se ha inventado su misa, su predicación, sus obras: «No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a Mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15, 20). ¿Está persiguiendo la gente a ese sacerdote por su obra de pecado en esa misa? No. Están viendo su video, su actuación y hablando maravillas de él. Su misa, en la que se puso a cantar, no es la obra de Cristo en la Iglesia. Ese sacerdote se puso por encima de su Señor, y entonces, el mundo lo ama. Su misa no da a Cristo en el Calvario. No ofrece el sufrimiento ni la muerte de Cristo. Ese sacerdote ofrece sus cantos, su música en la Misa. En la Misa hay que ofrecer a Cristo, y sólo a Cristo. ¿Qué creen que es la Santa Misa? ¿Una función de teatro? ¿Un juego de luces? ¿Un escenario bien montado? ¿Un canto al sentimiento del amor fraterno?

    La gente está tan ciega que ya no sabe discernir las obras de nadie en la Iglesia. Y si no se sabe ver las obras como son, tampoco se sabe discernir las palabras de ese sacerdote o del Obispo de turno.

    Es lo que pasa con Francisco. La gente no sabe atacarlo porque lo ve como un hombre bueno, que hace sus cosas en la Iglesia, que se dedica a trabajar como todo sacerdote. Y hay que dejarlo que haga sus cosas. Hay que rezar por él, hay que esperar algo de él.

    Ante la obra de pecado de Francisco en la Iglesia, ¿qué quieren que se diga que Francisco es un buen hombre? ¿Quieren que se diga que Francisco tuvo un gran amor hacia esos hombres lavándoles los pies? ¿Quieren que se aplauda a Francisco y hacer una noticia sobre el lavatorio de los pies para engrandecer el pensamiento de Francisco? Esto es lo que muchas agencias de noticias hacen. Y, por tanto, no dan la verdad de lo que es Francisco. No enseñan la Verdad de lo que hizo Francisco ese día.

    La herencia que nos ha dejado Cristo es Él Mismo. No hay otra herencia en la Iglesia Católica. En la nueva iglesia de Francisco, todo consiste en adular a los hombres, en darles culto a su inteligencia humana, en hacer obras humanas que gusten a todo el mundo, en dorar la píldora del amor fraterno, del amor a los hombres, porque hay que hacer un nuevo orden mundial, en la que todos los idiotas entren.

    Con las falsas palabras del ecumenismo, la tolerancia y la fraternidad, se engañan a mucha gente en la Iglesia.

    Muchos son ya los desviados por causa de Francisco: de sus enseñanzas, de sus obras demoníacas.

    Ese lavatorio de los pies es la obra del demonio en la Iglesia. Es sólo eso. Llámenlo por su nombre. Lo demás, las bellas palabras de Francisco y de todos los demás que lo apoyan, para consolidar su herejía, son sólo eso: bellas palabras para engañar a las almas. Ese lavatorio de los pies es el odio de Francisco a la Iglesia. Su odio a Cristo. Su odio al Evangelio de Cristo. Su odio a los hombres en la Iglesia.

    La Iglesia está en ruinas. Y ya ha comenzado la persecución.

    «Llega la hora, y ya es llegada, en que os dispersaréis cada uno por su lado y a Mí me dejaréis solo» (Jn 16, 32).

    El reinado de los que quieren destruir la Iglesia ya ha comenzado. Una nueva doctrina está en la Iglesia. Una doctrina que anula la Verdad Revelada, la Verdad como la enseñó Jesús a Sus Apóstoles; la Verdad, a la cual el Espíritu ha llevado a conocer a todas las almas fieles a Cristo en la Iglesia. Esa Verdad Inmutable, siempre la misma, que nunca cambia ni por los tiempos, ni por las edades, ni por los descubrimientos de los hombres, se está anulando con las obras de esa Jerarquía infiltrada en la Iglesia y que ha tomado todo el poder, que antes no tenía.

    Es necesario destruir todas las estructuras de la Iglesia para que el Señor guíe a Su Iglesia hacia donde Él quiere. Los hombres la guían hacia donde ellos quieren.

    Es necesario el Calvario para la Iglesia Católica: que muera en la Cruz, como Su Cabeza.

    Es necesario que todos abandonen, de nuevo a Cristo. Es lo que vemos en estos días. La Jerarquía abandonan las obras de Cristo para dedicarse a hacer sus obras en la Iglesia.

    Y eso produce que el rebaño se disperse. ¡Qué gran anarquía existe en toda la Iglesia! Gente que hace lo que le da la gana en la Iglesia, y que piensa lo que le da la gana sobre la doctrina de Cristo.

    La Iglesia está en ruinas por la falta de fe de toda Su Jerarquía. Falta de Fe en Cristo y en la obra de Cristo, que es Su Iglesia. Todos entienden a Cristo y a la Iglesia según está en sus cabezas humanas. Pero nadie obra la Palabra de la Verdad porque no aman la Verdad: «El que no Me ama no guarda mis Palabras» (Jn 14, 24).

    Cristo es la Verdad. Amar a Cristo es amar la Verdad, es obrar la Verdad. Pero quien no tiene en su corazón la Palabra de Dios, quien con su mente humana se pone a interpretar el Evangelio de Cristo, entonces, deja a Cristo solo en la Iglesia, abandona a Cristo, y se dedica a hacer su iglesia, su religión, su misa, su predicación, su apostolado, su lavatorio de los pies.

    La Jerarquía de la Iglesia ya no cree en el Evangelio. Esta es la ruina de la Iglesia. El edificio de la Iglesia se construye con la Palabra de la Verdad, con la Palabra de Dios, con las obras de Dios. No se construye con palabras humanas, con proyectos humanos, con obras humanas.

    Francisco: el tejedor de la maldad en la Iglesia. Sigue tejiendo, con sus obras maléficas, la ruina de toda la Iglesia. ¡Cuídense de ese hombre y de toda la Jerarquía que lo apoya!

    25/03/2005 – Vía Crucis en el Coliseo


    via crucis en el coliseo viernes santo de 2004

    via crucis en el coliseo viernes santo de 2004

    AFP PHOTO FILES POOL DANILO SCHIAVELLA VATICAN-POPE-RATZINGER-JOHN PAULII

    Celebración de la ceremonia de la Pasión de Jesús el 18 de Abril del 2003 en la Basílica de San Pedro en el Vaticano


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    MEDITACIONES Y ORACIONES DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER

    stazione1PRIMERA ESTACIÓN – JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 22-23.26

    Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: «¡que lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: «¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

    MEDITACIÓN

    El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho. También los hombres que gritan y piden la muerte de Jesús no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro les dirá: «Jesús Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros [...], lo matasteis en una cruz…» (Hch 2, 22 ss). Pero en aquel momento están sometidos a la influencia de la muchedumbre. Gritan porque gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada por la bellaquería, por la pusilaminidad, por miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión, el respeto humano dan fuerza al mal.

    ORACIÓN

    Señor, has sido condenado a muerte porque el miedo al «qué dirán» ha sofocado la voz de la conciencia. Sucede siempre así a lo largo de la historia; los inocentes son maltratados, condenados y asesinados. Cuántas veces hemos preferido también nosotros el éxito a la verdad, nuestra reputación a la justicia. Da fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la conciencia, a tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación. Que tu mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de Pentecostés has conmovido en corazón e infundido el don de la conversión a los que el Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a todos. Danos también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Stabat mater dolorosa,
    iuxta crucem lacrimosa,
    dum pendebat Filius.

    stazione2SEGUNDA ESTACIÓN – JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 27-31

    Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!». Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

    MEDITACIÓN

    Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en la burla emerge cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de poder ostentados por los potentes de este mundo son un insulto a la verdad, a la justicia y a la dignidad del hombre! Cuántas veces sus ceremonias y sus palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que mentiras pomposas, una caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio, el de ponerse al servicio del bien. Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la corona del sufrimiento, es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44, 7). El precio de la justicia es el sufrimiento en este mundo: él, el verdadero rey, no reina por medio de la violencia, sino a través del amor que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra cruz, el peso de ser hombres, el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo encontrar el camino para la vida eterna.

    ORACIÓN

    Señor, te has dejado escarnecer y ultrajar. Ayúdanos a no unirnos a los que se burlan de quienes sufren o son débiles. Ayúdanos a reconocer tu rostro en los humillados y marginados. Ayúdanos a no desanimarnos ante las burlas del mundo cuando se ridiculiza la obediencia a tu voluntad. Tú has llevado la cruz y nos has invitado a seguirte por ese camino (Mt 10, 38). Danos fuerza para aceptar la cruz, sin rechazarla; para no lamentarnos ni dejar que nuestros corazones se abatan ante las dificultades de la vida. Anímanos a recorrer el camino del amor y, aceptando sus exigencias, alcanzar la verdadera alegría.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Cuius animam gementem,
    contristatam et dolentem
    pertransivit gladius.

    stazione3TERCERA ESTACIÓN – JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia por sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del libro del profeta Isaías 53, 4-6

    Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

    MEDITACIÓN

    El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador. ¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino? Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El episodio resalta algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En su caída bajo el peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús: su humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.

    ORACIÓN

    Señor Jesús, el peso de la cruz te ha hecho caer. El peso de nuestro pecado, el peso de nuestra soberbia, te derriba. Pero tu caída no es signo de un destino adverso, no es la pura y simple debilidad de quien es despreciado. Has querido venir a socorrernos porque a causa de nuestra soberbia yacemos en tierra. La soberbia de pensar que podemos forjarnos a nosotros mismos lleva a transformar al hombre en una especie de mercancía, que puede ser comprada y vendida, una reserva de material para nuestros experimentos, con los cuales esperamos superar por nosotros mismos la muerte, mientras que, en realidad, no hacemos más que mancillar cada vez más profundamente la dignidad humana. Señor, ayúdanos porque hemos caído. Ayúdanos a renunciar a nuestra soberbia destructiva y, aprendiendo de tu humildad, a levantarnos de nuevo.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    O quam tristis et afflicta
    fuit illa benedica
    mater Unigeniti!

    stazione4CUARTA ESTACIÓN – JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Lucas 2, 34-35.51

    Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Su madre conservaba todo esto en su corazón.

    MEDITACIÓN

    En el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida pública debía retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos. También hubo de oír estas palabras: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?… El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12, 48-50). Y esto muestra que ella es la Madre de Jesús no solamente en el cuerpo, sino también en el corazón. Porque incluso antes de haberlo concebido en el vientre, con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo… Será grande…, el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1, 31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le diría también: «y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 35). Esto le haría recordar palabras de los profetas como éstas: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría boca; como un cordero llevado al matadero» (Is 53, 7). Ahora se hace realidad. En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María» (Lc 1, 30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la madre, con la fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su fe, que resiste en la oscuridad: «Bendita tú que has creído» (Lc 1, 45). «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran consuelo en aquellos momentos.

    ORACIÓN

    Santa María, Madre del Señor, has permanecido fiel cuando los discípulos huyeron. Al igual que creíste cuando el ángel te anunció lo que parecía increíble –que serías la madre del Altísimo– también has creído en el momento de su mayor humillación. Por eso, en la hora de la cruz, en la hora de la noche más oscura del mundo, te han convertido en la Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia. Te rogamos que nos enseñes a creer y nos ayudes para que la fe nos impulse a servir y dar muestras de un amor que socorre y sabe compartir el sufrimiento.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Quæ mærebat et dolebat
    Pia mater, cum videbat
    Nati poenas incliti.

    stazione5QUINTA ESTACIÓN – EL CIRENEO AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura Evangelio según San Mateo 27, 32; 16, 24

    Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.

    Jesús había dicho a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

    MEDITACIÓN

    Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra casualmente con aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para él. Los soldados usan su derecho de coacción y cargan al robusto campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos condenados! Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista Marcos menciona también a sus hijos, seguramente conocidos como cristianos, como miembros de aquella comunidad (Mc 15, 21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe. Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1, 24). Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del mundo.

    ORACIÓN

    Señor, a Simón de Cirene le has abierto los ojos y el corazón, dándole, al compartir la cruz, la gracia de la fe. Ayúdanos a socorrer a nuestro prójimo que sufre, aunque esto contraste con nuestros proyectos y nuestras simpatías. Danos la gracia de reconocer como un don el poder compartir la cruz de los otros y experimentar que así caminamos contigo. Danos la gracia de reconocer con gozo que, precisamente compartiendo tu sufrimiento y los sufrimientos de este mundo, nos hacemos servidores de la salvación, y que así podemos ayudar a construir tu cuerpo, la Iglesia.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Quis est homo qui non fleret,
    matrem Christi si videret
    in tanto supplicio?

    stazione6SEXTA ESTACIÓN – LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia por sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del libro del profeta Isaías 53, 2-3

    No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado.

    Del libro de los Salmos 26, 8-9

    Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

    MEDITACIÓN

    «Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro » (Sal 26, 8-9). Verónica –Berenice, según la tradición griega– encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón –había dicho el Señor en el Sermón de la montaña–, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo.

    ORACIÓN

    Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la oscuridad del corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de cumplir grandes cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones, para que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Pro peccatis suæ gentis
    vidit Iesum in tormentis
    et flagellis subditum.

    stazione7SÉPTIMA ESTACIÓN – JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 1-2.9.16

    Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. El me ha llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos con piedras sillares, ha torcido mis senderos. Ha quebrado mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la ceniza.

    MEDITACIÓN

    La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en la caída de Adán –en nuestra condición de seres caídos– y en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia for-mas siempre nuevas. En su primera carta, san Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.

    ORACIÓN

    Señor Jesucristo, has llevado nuestro peso y continúas llevándolo. Es nuestra carga la que te hace caer. Pero levántanos tú, porque solos no podemos reincorporarnos. Líbranos del poder de la concupiscencia. En lugar de un corazón de piedra danos de nuevo un corazón de carne, un corazón capaz de ver. Destruye el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras. No permitas que el muro del materialismo llegue a ser insuperable. Haz que te reconozcamos de nuevo. Haznos sobrios y vigilantes para poder resistir a las fuerzas del mal y ayúdanos a reconocer las necesidades interiores y exteriores de los demás, a socorrerlos. Levántanos para poder levantar a los demás. Danos esperanza en medio de toda esta oscuridad, para que seamos portadores de esperanza para el mundo.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Quis non posset contristari,
    Christi matrem contemplari,
    dolentem cum Filio?

    stazione8OCTAVA ESTACIÓN – JESÚS ENCUENTRA A LA MUJERES DE JERUSALÉN

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Lucas 23, 28-31

    Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas: «Sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?

    MEDITACIÓN

    Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por él, nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios –pensamos– hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor que sufre. También él nos dice: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotros… porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»

    ORACIÓN

    Señor, a las mujeres que lloran les has hablado de penitencia, del día del Juicio cuando nos encontremos en tu presencia, en presencia del Juez del mundo. Nos llamas a superar un concepción del mal como algo banal, con la cual nos tranquilizamos para poder continuar nuestra vida de siempre. Nos muestras la gravedad de nuestra responsabilidad, el peligro de encontrarnos culpables y estériles en el Juicio. Haz que caminemos junto a ti sin limitarnos a ofrecerte sólo palabras de compasión. Conviértenos y danos una vida nueva; no permitas que, al final, nos quedemos como el leño seco, sino que lleguemos a ser sarmientos vivos en ti, la vid verdadera, y que produzcamos frutos para la vida eterna (cf. Jn 15, 1-10).

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Tui Nati vulnerati,
    tam dignati pro me pati,
    poenas mecum divide.

    stazione9NOVENA ESTACIÓN – JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 27-32

    Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el polvo: quizá haya esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios. Porque el Señor no desecha para siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada luego según su inmenso amor.

    MEDITACIÓN

    ¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).

    ORACIÓN

    Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Eia mater, fons amoris,
    me sentire vim doloris
    fac, ut tecum lugeam.

    stazione10DÉCIMA ESTACIÓN – JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 33 -36

    Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.

    MEDITACIÓN

    Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas del Salmo 21, 19 y nos indican así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió «según las Escrituras». Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está dicho en la Palabra de Dios, confirmado por su designio divino. El Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los hombres, y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso de la redención: así devuelve él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa el objeto del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19, 23). Podemos considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de una sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161). Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero sumo sacerdote.

    ORACIÓN

    Señor Jesús, has sido despojado de tus vestiduras, expuesto a la deshonra, expulsado de la sociedad. Te has cargado de la deshonra de Adán, sanándolo. Te has cargado con los sufrimientos y necesidades de los pobres, aquellos que están excluidos del mundo. Pero es exactamente así como cumples la palabra de los profetas. Es así como das significado a lo que aparece privado de significado. Es así como nos haces reconocer que tu Padre te tiene en sus manos, a ti, a nosotros y al mundo. Concédenos un profundo respeto hacia el hombre en todas las fases de su existencia y en todas las situaciones en las cuales lo encontramos. Danos el traje de la luz de tu gracia.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Fac ut ardeat cor meum
    in amando Christum Deum,
    ut sibi complaceam.

    stazione11UNDÉCIMA ESTACIÓN – JESÚS CLAVADO EN LA CRUZ

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Mateo 7, 37-42

    Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el Rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos».

    MEDITACIÓN

    Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 27). «Como uno ante quien se oculta el rostro, era despreciado… Y con todo eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba» (Is 53, 3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante el Hijo de Dios sufriente. Mirémosle en los momentos de satisfacción y gozo, para aprender a respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos los bienes puramente materiales. Mirémosle en los momentos de adversidad y angustia, para reconocer que precisamente así estamos cerca de Dios. Tratemos de descubrir su rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor condenado, que no quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que más bien soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final, podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio de Antioquia, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de Esmirna por su fe inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y la sangre a la cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda.

    ORACIÓN

    Señor Jesucristo, te has dejado clavar en la cruz, aceptando la terrible crueldad de este dolor, la destrucción de tu cuerpo y de tu dignidad. Te has dejado clavar, has sufrido sin evasivas ni compromisos. Ayúdanos a no desertar ante lo que debemos hacer. A unirnos estrechamente a ti. A desenmascarar la falsa libertad que nos quiere alejar de ti. Ayúdanos a aceptar tu libertad «comprometida» y a encontrar en la estrecha unión contigo la verdadera libertad.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Sancta mater, istud agas,
    Crucifixi fige plagas
    cordi meo valide.

    stazione12DUODÉCIMA ESTACIÓN – JESÚS MUERE EN LA CRUZ

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Juan 19, 19-20

    Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.

    Del Evangelio según San Mateo 27, 45-50. 54

    Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús, dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios».

    MEDITACIÓN

    Sobre la cruz –en las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el latín, y en la lengua del pueblo elegido, el hebreo– está escrito quien es Jesús: el Rey de los judíos, el Hijo prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la opinión pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había declinado el título de Mesías porque habría dado a entender una idea errónea, humana, de poder y salvación. Pero ahora el título puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. Efectivamente, él es verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza. Jesús recita el Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 2). Asume en sí a todo el Israel sufriente, a toda la humanidad que padece, el drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios justamente donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es un acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos. El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, él triunfa siempre de nuevo.

    ORACIÓN

    Señor Jesucristo, en la hora de tu muerte se oscureció el sol. Constantemente estás siendo clavado en la cruz. En este momento histórico vivimos en la oscuridad de Dios. Por el gran sufrimiento, y por la maldad de los hombres, el rostro de Dios, tu rostro, aparece difuminado, irreconocible. Pero en la cruz te has hecho reconocer. Porque eres el que sufre y el que ama, eres el que ha sido ensalzado. Precisamente desde allí has triunfado. En esta hora de oscuridad y turbación, ayúdanos a reconocer tu rostro. A creer en ti y a seguirte en el momento de la necesidad y de las tinieblas. Muéstrate de nuevo al mundo en esta hora. Haz que se manifieste tu salvación.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Fac me vere tecum flere,
    Crucifixo condolore,
    donec ego vixero.

    stazione13DECIMOTERCERA ESTACIÓN – JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ Y ENTREGADO A SU MADRE

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 54-55

    El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.

    MEDITACIÓN

    Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia. A él no le quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se manifiesta como el verdadero cordero pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf Ex 12, 46). Y ahora que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a pesar del poder del odio y de la ruindad, él no está solo. Están los fieles. Al pie de la cruz estaba María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena y el discípulo que él amaba. Llega también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el ojo de la aguja, porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar, en un jardín: donde Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que había sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su Creador. El sepulcro en el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a punto de terminar. Y llega también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio del renacer por el agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que había decidido su muerte, hay alguien que cree, que conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran luto, de la gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse.

    ORACIÓN

    Señor, has bajado hasta la oscuridad de la muerte. Pero tu cuerpo es recibido por manos piadosas y envuelto en una sábana limpia (Mt 27, 59). La fe no ha muerto del todo, el sol no se ha puesto totalmente. Cuántas veces parece que estés durmiendo. Qué fácil es que nosotros, los hombres, nos alejemos y nos digamos a nosotros mismos: Dios ha muerto. Haz que en la hora de la oscuridad reconozcamos que tú estás presente. No nos dejes solos cuando nos aceche el desánimo. Y ayúdanos a no dejarte solo. Danos una fidelidad que resista en el extravío y un amor que te acoja en el momento de tu necesidad más extrema, como tu Madre, que te arropa de nuevo en su seno. Ayúdanos, ayuda a los pobres y a los ricos, a los sencillos y a los sabios, para poder ver por encima de los miedos y prejuicios, y te ofrezcamos nuestros talentos, nuestro corazón, nuestro tiempo, preparando así el jardín en el cual puede tener lugar la resurrección.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Vidit suum dulcem Natum
    morientem, desolatum,
    cum emisit spiritum.

    stazione14DECIMOCUARTA ESTACIÓN – JESÚS ES PUESTO EN EL SEPULCRO

    V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
    R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

    Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 59-61

    José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

    MEDITACIÓN

    Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía.

    ORACIÓN

    Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte del grano de trigo, te has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el paso del tiempo hasta la eternidad. Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano de trigo del que procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo. La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte, se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos y entras en nuestros corazones para que tu Palabra crezca en nosotros y produzca fruto. Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo, para que también nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin de que también nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo. Auxílianos para que seamos tu perfume y hagamos visible la huella de tu vida en este mundo. Como el grano de trigo crece de la tierra como retoño y espiga, tampoco tú podías permanecer en el sepulcro: el sepulcro está vacío porque él –el Padre– no te «entregó a la muerte, ni tu carne conoció la corrupción» (Hch 2, 31; Sal 15, 10). No, tú no has conocido la corrupción. Has resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz que podamos ale-grarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al mundo, para ser de este modo testigos de tu resurrección.

    Todos:

    Pater noster, qui es in cælis:
    sanctificetur nomen tuum;
    adveniat regnum tuum;
    fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
    Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
    et dimitte nobis debita nostra,
    sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
    et ne nos inducas in tentationem;
    sed libera nos a malo.

    Quando corpus morietur,
    fac ut animæ donetur
    paradisi goria. Amen.

    BENDICIÓN

    V /. Dominus vobiscum.
    R /. Et cum spiritu tuo.

    V /. Sit nomen Domini benedictum.
    R /. Ex hoc nunc et usque in sæculum.

    V /. Adiutorium nostrum nomine Domini.
    R /. Qui fecit cælum et terram.

    V /. Benedicat vos omnipotens Deus,
    Pater, et Filius, et, Spiritus Sanctus.
    R /. Amen.

    La Jerarquía infiltrada en la nueva iglesia del Vaticano


    Jesus Rey

    El vómito que el Obispo Bregantini ofrece en su herético Via Crucis pone de manifiesto su alma ante toda la Iglesia.

    Un alma sin el Don de la Verdad en sus labios, que se arrastra en su humanidad buscando la gloria de los hombres y dando a todos la ignorancia de su sacerdocio.

    Un sacerdote es Pastor de almas, no un funcionario político, no un comunista, no un líder político, social.

    Francisco ya es un líder político en su nueva iglesia en el Vaticano. Y los que lo siguen, se convierten en lo mismo: funcionarios del gobierno de Francisco. Gente que transmite a la Iglesia el pensamiento desviado, herético, cismático de Francisco, su líder político

    El vómito de este via crucis es la señal de que, a partir de ahora, todo cambia en la Iglesia. Ahora, si no aprenden a discernir quién es la Jerarquía verdadera de la Jerarquía infiltrada, entonces se van a confundir con las palabras de todo el mundo.

    Tienen que ser cuidadosos con toda la Jerarquía, porque muchos de ellos, muchos sacerdotes y Obispos, no son siempre lo que parecen ser. Muchos piensan que los sacerdotes son eso: sacerdotes. Muchos no ven lo que hay en el interior de la Jerarquía. Se quedan en lo exterior, en el ropaje, en las palabras bellas que dice la Jerarquía; y no atienden a lo interior.

    Muchos sacerdotes, Obispos, que parecen buenos y santos en lo exterior, en sus palabras y en sus obras, no siguen las enseñanzas del Evangelio. Hablan de Él, pero poniendo sus palabras, sus ideas, sus opiniones, sus puntos de vista; que suelen ser los que agradan a todo el mundo, los que van con la moda social, con las inquietudes de los hombres, con las dudas que tienen los hombres.

    Una Jerarquía que habla a los hombres y los deja en su vida humana no es de Cristo. Si esto no lo tienen claro, ¿para qué están en la Iglesia?

    La Jerarquía de la Iglesia, la inmensa mayoría de Ella, conoce la Verdad, pero han decidido torcerla a favor de sus intereses personales, de sus necesidades en la Iglesia, de sus deseos como hombres, por su lujuria de la vida, por su ambición de poder.

    Francisco conoce la Verdad, pero miente en cada homilía. Monseñor Bregantini conoce la Verdad, pero vomita su mentira sin escrúpulos en la Iglesia.

    ¿Qué se creen que es un sacerdote? Si el sacerdote no es otro Cristo, el mismo Cristo, entonces automáticamente, el sacerdote se convierte en un anticristo.

    Esto hay que tenerlo muy claro para no escandalizarse de lo que se ve en la Iglesia desde hace 50 años.

    ¡Cuántos anticristos hay actualmente en la Iglesia, en el Vaticano! Sacerdotes que conocen la Verdad, pero que la ocultan, la niegan, luchan en contra de Ella de muchas maneras inimaginables para las almas comunes.

    «muchos se han hecho anticristos, por lo cual conocemos que ésta es la hora postrera. De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros» (Jn 2, 18b-19a).

    Ni Francisco ni todo su gobierno es de la Iglesia Católica; no son de los nuestros. Han salido de nosotros; han estudiado su carrera sacerdotal con nosotros; conocen toda la Verdad, pero se han apartado de Ella: «Si de los nuestros fueran, hubieran permanecido con nosotros» (Jn 2, 19b). Pero han hecho su nueva iglesia, con una nueva doctrina, que tiene elementos de la Verdad, pero que es sólo una pantalla para dar la mentira: «así se ha hecho manifiesto que no todos son de los nuestros» (Jn 2, 19c).

    Esto es lo que la gente no discierne. Desde la elección de Francisco queda manifiesto, queda patente, queda claro, que Francisco y todo su gobierno, toda su nueva iglesia, toda su nueva doctrina, no es de la Iglesia Católica. Y aunque predique maravillas, aunque diga verdades, no es de la Iglesia Católica. No es sacerdote, no es Obispo, no es Papa. Es un don nadie.

    Francisco, desde el comienzo de su negro gobierno en la Iglesia, tuerce la Verdad. Y cada día. En cada homilía, en cada discurso, en cada obra, en cada pensamiento, en cada idea.

    Y su gran pecado es: conocer la Verdad, pero aplastarla con su mentira.

    Y esto que hace Francisco abiertamente, con el aplauso de todos, con la ignorancia de muchos en la Iglesia, con el fariseismo de toda la Jerarquía, se ha venido haciendo ocultamente desde hace 50 años. Y ha producido que muchos en la Iglesia sean incapaces de distinguir la Verdad, que es siempre la misma, que nunca cambia, de la falsedad que toda esa Jerarquía ha predicado y enseñado.

    Y, entonces, al no discernir la Verdad, se quedan con todo y, comienza la crítica a todo el mundo. Y se llega a poner a todo Papa como causante de lo que pasa en la Iglesia. Y unos buscan su Papa para que los gobierne en la Iglesia, otros se van de la Iglesia, porque ya no pueden aceptar al Papa reinante, que se ha convertido en un hereje como los demás, porque ya no quita la herejía; y otros se dedican a demoler la Iglesia disintiendo de todas las cosas, queriendo poner otras reglas, otras leyes, contrarias a la Verdad.

    Al final, en este lío de opiniones, de juicios, de condenas, de desastre, nadie lucha por la Verdad en la Iglesia, sino que todos andan tras sus mentiras como verdad.

    ¡Qué pocos ven lo que actualmente está pasando en el Vaticano, porque no ven lo que ha pasado en la Iglesia durante 50 años! No han sabido ver a la Jerarquía infiltrada. Y, ahora, con un idiota que teje una serie de promesas a todo el mundo para arrastrar a los hombres hacia las maravillas exteriores del mundo, para conseguir un bien social, para conseguir una gloria humana, no saben oponérsele como hay que hacerlo. No saben batallar contra él. No saben luchar contra el demonio que tiene en su mente. No ven a Satanás en él. No ven el pecado que obra el demonio en él. Están esperando algo de él: a ver que nos dice en la nueva encíclica sobre el ecologismo que está preparando; a ver cuál la palabra mágica que hoy va a decir; a ver cuál va a ser hoy su herejía…

    La gente, en el mundo, se acostumbra a un mal gobernante y ya no lucha en contra de él. Ya no se opone a nada de lo que dice; ya sólo esperan a ver qué dice, a ver qué obra. Esta es la táctica del demonio para dormir a la gente en la mentira, para crear más confusión, para que ya nadie atienda a la verdad, sino que estén pendientes de la mentira de turno que dice ese idiota.

    Hay que saber batallar contra Francisco. Y ahora es tiempo de no hacerle ni caso. Para quien sabe lo que es Francisco, tiene que dedicarse a mirar la Verdad y a comprender cómo se hace la Iglesia en estos momentos, en que no hay una cabeza que enseña la Verdad como es.

    No sigan a ninguna Jerarquía de la Iglesia si no habla claramente en contra de todo lo que hay en el Vaticano. Aquella Jerarquía que imite a Francisco, que adule a Francisco, que piense que las ideas de Francisco son de gran importancia para los tiempos que vivimos, váyanse de esa Jerarquía como si hubieran visto al mismo demonio.

    Aprendan a discernir la verdadera Jerarquía de la infiltrada, de la impostora. Y, entonces, claro, se sorprenderán de la oscuridad que hay en la Iglesia en sus cabezas, en la Jerarquía.

    Las almas comunes son los verdaderos creyentes de la Palabra de Dios. Ya la Jerarquía ha dejado de ser Luz para la Iglesia. La Jerarquía es tiniebla en todas las partes del mundo.

    Esta es una verdad que duele decirla. Pero hay que decirla. La Jerarquía en la Iglesia es tiniebla, es oscuridad. Y ellos son los culpables de esa oscuridad, porque conocen la Verdad, pero no la quieren seguir.

    La Iglesia Católica ha perdido el camino de la Verdad, el camino del Amor, el camino de la Vida, que es Cristo Crucificado. Y porque ya no mira al Crucificado ya no es capaz de dar Testimonio de la Verdad.

    Sólo mira al hombre, ¿qué clase de testimonio ofrece? Política: derechos humanos, justicias sociales, bienes comunes.

    La Jerarquía de la Iglesia Católica ya no salva las almas, ya no las santifica. Y esto es muy duro el decirlo. Es una Jerarquía infiltrada que sólo se dedica a su negocio en la Iglesia: su maldito dinero, su ambición de poder. Y colocan el señuelo del amor a los pobres, de la crisis económica. Y hay que buscar un nuevo orden social, un nuevo orden económico ante el mal que vemos en todo el mundo.

    La Jerarquía de la Iglesia Católica calla la Verdad ante el mundo y ante la misma Iglesia. Y, por eso, han puesto como líder, en el gobierno de la Iglesia, a un falso Profeta. Y lo mantienen como falso Profeta. Toda la Jerarquía de la Iglesia sabe que Francisco es un hereje. Conocen sus herejías, sus mentiras, porque saben la Verdad. Pero les interesa que Francisco siga diciendo sus mentiras, porque para eso vive toda esa Jerarquía: para acallar la Verdad, para combatir la Verdad, para anular la Verdad en la Iglesia.

    ¡Y ay de aquellos sacerdotes que no despierten a tiempo! ¡Van a quedar atrapados en la mayor herejía de todas! ¡Y se van a condenar por eso! Porque viven sus sacerdocios buscando el agrado de los hombres, la complacencia del mundo, la caricia de las mentes humanas.

    Francisco guía a toda la Iglesia hacia la perdición. Y eso lo sabe toda la Jerarquía. Han batallado contra el verdadero Papa hasta hacerlo sucumbir. Lo han tratado como un loco, hasta conseguir su renuncia. Y ahora lo han dejado solo para dedicarse a su hombre salvador, a su líder político, a su negocio comunista en la Iglesia.

    Hoy se repite la Pasión de Cristo, su dolorosa Pasión: el abandono de todos los suyos, la traición de Judas, todo el pecado del mundo, que lo aplasta bajo un peso insoportable y mortal. Triturado por los pensamientos de muchos sacerdotes; flagelado por la lujuria de las carnes de muchos sacerdotes; coronado de espinas por la soberbia de muchos sacerdotes; clavado en la Cruz por las manos de muchos sacerdotes.

    ¡Qué fácil es dar la espalda a Cristo para seguir las ideas que el mundo ofrece!

    ¡Qué fácil es renegar del camino de la Cruz para andar los caminos de los hombres!

    ¡Qué fácil es con la boca decir que se ama a Cristo! ¡Qué fácil es colgarse en el pecho una cruz!

    Pero nadie quiere ser otro Cristo. Nadie quiere Crucificarse con Cristo. Porque eso duele. Y lo que duele no hace feliz.

    La Jerarquía infiltrada en la Iglesia, cada día, juzga a Cristo y lo condena. Sólo lo reconocen como hombre, pero niegan –en la práctica- su divinidad. Reducen a interpretaciones humanas sus Palabras divinas. Quieren explicar en términos humanos, comunistas, fascistas, liberalistas, todos sus milagros y su obra redentora, para negarlo todo, para infundir en las almas la duda, la mentira, el error, el engaño.

    Aprendan a ver el trigo de la cizaña. Aprendan a separarla. Aprendan a vivir solos en su fe, porque ya la Jerarquía no les va a apoyar.

    Jesús, en Vos confío

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