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La ley natural es el fundamento del amor verdadero


caminohaciabelen

La ley natural es la manifestación de la Ley Eterna en el hombre. Es una luz intelectual que Dios ha inscrito en el hombre, con el fin de que éste pueda conocer tanto el bien que debe hacer de manera necesaria, como el mal que debe evitar.

La ley natural es poner el Amor de Dios en lo natural, en la vida de los hombres por una vía natural.

Esta ley natural es distinta a la ley de la gracia, a ley divina y a la ley del Espíritu.

En la ley natural, el entendimiento del hombre se inclina naturalmente, sin ningún esfuerzo, a la formación de juicios prácticos relacionados con el bien que hay que obrar y el mal que hay que evitar. El hombre conoce naturalmente lo que tiene que obrar y lo que no tiene que obrar, lo que tiene que evitar. Es la manifestación divina de la verdad en la mente de todo hombre: todo hombre, conoce, con su razón humana, la verdad: es decir, el bien que tiene que procurar y el mal que debe evitar.

Esta es una verdad natural y, por tanto, de ella, sale un bien natural para el hombre o un mal natural. Esta verdad natural es distinta a la verdad de la gracia, a la verdad divina o a la verdad del Espíritu.

El hombre, por la ley natural, está circunscrito a una verdad natural que está obligado a obrarla si no quiere perder su alma. Esa verdad natural es una participación de la verdad divina, no es toda la verdad divina.

El hombre conoce, por vía natural, el bien y el mal. Son preceptos concretos que todo hombre tiene que obrar: honrar a los padres, dar a Dios el culto debido, evitar el robo, unirse a una mujer (si es hombre), unirse a un varón (si es mujer), ser mujer para ser madre (no hay que abortar, no hay que ser como el varón, no al feminismo), ser varón para administrar el bien de una familia (no para construir un mundo de ciencia, de técnica, de progreso humanístico), etc…

La ley natural es cierta impresión de la divinidad en el hombre (cfr. Sto. Tomás, 1-2 q. 91, a.2 c), la irradiación de la misma (q. 93, a.2 c); es su propia imagen, luz, resplandor del rostro divino.

La ley natural es una norma, no sólo indicativa, sino preceptiva, obligatoria, común a todos los hombres, universal, impuesta por Dios, que es promulgada en la misma naturaleza del hombre.

No hace falta una revelación divina para honrar a los padres, ni para dar culto a Dios debido o para unirse con un hombre o con una mujer. El hombre los conoce mediante su luz natural. Y, por tanto, ningún hombre está obligado a hacer o a seguir una ley para obrar lo natural: tiene la ley en sí mismo, inscrita en su propia naturaleza. Y ninguno hombre puede poner una ley en contra de la ley natural: es ir en contra de su propia naturaleza humana.

Muchos niegan esta ley natural, su origen divino, niegan la diferencia intrínseca y esencial entre el bien y el mal y, por lo tanto, todo es bien, no hay males; otros quieren poner la existencia en el hombre de los principios prácticos en la sociedad, en la educación, en la legislación positiva, en el estado; otros propugnan la autonomía de la razón humana para indicar lo que es bueno y lo que es malo; otros dicen que es necesario la revelación divina para promulgar esta ley; otros señalan que la ley natural es sólo una especie de continuación de la ley de la conservación de la naturaleza; otros niegan que Dios pueda imponer Su Voluntad a través de esta ley natural.

Bergoglio niega esta ley, al propugnar la autonomía de la razón humana y, por tanto, la autonomía de la voluntad del hombre:

«la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro «yo» pequeño y limitado. Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común» (LF, n. 25).

La Verdad no es Cristo, sino una memoria, un acto de la mente: ésta es la autonomía de la razón. La razón, por sí misma, va al pasado, se dirige a algo que está en el pasado y así el hombre, su yo, se une a ese pasado. Es buscar en la mente del hombre la idea de un camino común, el sentido de ese camino.

Por tanto, el hombre es libre, en su pensamiento, para declarar lo que es bueno y lo que es malo, es decir, el hombre es libre de hacer el bien que piensa y de evitar el mal que razona: «Cada uno tiene su idea del bien y del mal y tiene que escoger seguir el bien y combatir el Mal como él los concibe» (1 de octubre del 2013). Cómo él lo concibe, no como Dios se lo da al hombre. Ésta es la autonomía de la razón de Hegel.

El bien y el mal no son como el hombre lo piensa, sino como Dios se lo ha inscrito en su naturaleza humana. Están en la ley natural, que Bergoglio acaba negando, por querer buscar en su memoria el sentido de la verdad.

Dios comunica a los hombres, por vía natural, aquellos principios relacionados con la obra del bien y la huida del mal, que están en la Ley Eterna. Esos principios no son una adquisición de la mente del hombre: el hombre no tiene que aprender a pensar, a sintetizar, a meditar, no tiene que recordar, hacer memoria, para encontrar esos principios en su mente. Dios se los da, Dios los pone en su naturaleza humana. Y, por eso, todo hombre conoce el bien y el mal, de manera natural, aunque no tenga estudios, ni filosofía, ni teología, aunque no recuerde nada.

Cada hombre conoce si está dando culto debido a Dios o no lo da cuando hace una oración a Dios. Quien comulga en la mano, inmediatamente siente un remordimiento en su conciencia que le avisa que ha cometido un mal, una obra en contra de la ley natural. Después, su pecado de comulgar en la mano es doble, porque va, también, en contra de la ley divina y de la ley de la gracia.

Un hombre que busca a otro hombre –un homosexual- para unirse a él, conoce el mal que hace; o una mujer que se une a otra mujer –una lesbiana-, conoce, en su interior, el mal que no evita, sino que obra. Lo conoce por ley natural.

Una mujer que aborta conoce el mal que está haciendo, aunque no sepa que eso es pecado.

Una feminista siente en su conciencia un remordimiento de que su vida como mujer no funciona, porque busca una dignidad que Dios no ha puesto en su ser de mujer.

Una persona que miente, sabe que su palabra, que expresa con su boca, va en contra de su pensamiento. Toda mentira repugna a la ley natural, porque el pensamiento del hombre sólo ve la verdad. Y, por tanto, por ley natural, el hombre está obligado a decir la verdad que ve con su pensamiento. Por eso, al mentiroso, naturalmente se le coge en su mentira. No hace falta un detector de mentiras para ver si una persona miente o no

Los padres, por ley natural, tienen derecho de educar a sus hijos, sin necesidad de llevarlos a una escuela, ni pública ni privada. En muchos países se niega este derecho.

La ley natural es el fundamento de toda ley positiva. Los hombres, al poner sus leyes, van en contra de sí mismos en muchas ocasiones. Y son ellos los que se destruyen con sus leyes, los que se esclavizan con y a sus pensamientos, buscando ese sueño ilusorio de ser libres en su pensamiento: libres para pensar y vivir como quieren. Y eso es aniquilarse a sí mismos. Quien no sigue la ley natural en sí mismo, después es incapaz de cumplir con los mandamientos de Dios y con la ley de la gracia. Y sólo se fija en sus leyes positivas, en sus leyes humanas, construyendo un mundo en que se va asfixiando al hombre poco a poco.

Cuando el hombre quiere poner la ley natural en su mente humana, es cuando la anula y se la inventa. Es lo que hace Bergoglio continuamente. Es un hombre que vive sólo en su pensamiento. No es capaz de salir de él para obrar lo que hay en su naturaleza. No es capaz de obedecer la Mente de Dios, porque sólo obedece a su mente humana.

Quien vive de sus ideas empieza a crear lo que se llama la ley de la gradualidad, que es seguir la evolución del pensamiento, que es perseguir la perfección del pensamiento, que es poner la vida en la libertad del pensamiento. Y es cuando se pone por encima de la ley natural, que es ponerse por encima de Dios. Es volverse un dios para sí mismo y para los demás.

El hombre, en la ley natural, experimenta la necesidad absoluta de evitar el mal y hacer el bien, que es estrictamente necesario para la integridad del orden recto de la naturaleza humana. Si los hombres, en la sociedad no obran la ley natural, entonces hacen una sociedad corrupta y abominable: una Sodoma y una Gomorra.

Por eso, la ley natural se rompe de muchas maneras, cuando el hombre no sigue la voz de su conciencia, sino que se salta los dictámenes de la razón, los juicios prácticos inscritos por Dios en su naturaleza humana. Y, por eso, al hombre le viene el remordimiento de conciencia, la condenación interna. Está obrando un pecado como ofensa a Dios. Y lo obra de manera natural, que es distinto a que si lo obrase en la gracia, o en la ley divina o en la ley del Espíritu. Tienen diferente castigo y, por tanto, Juicio Divino. No es igual cometer un pecado porque no se sigue la ley natural, que cometer un pecado porque se va en contra de un mandamiento de la ley de Dios o de un Sacramento. En la ley natural, el hombre puede equivocarse al hacer un bien humano, porque no tiene en cuenta la ley divina o la ley de la gracia. Y el castigo de su equivocación es menor si lo cometiese en la ley de la gracia. Pero todo pecado en la ley de la gracia conlleva un pecado en la ley natural. Y, por eso, tiene mayor castigo. No así al revés.

La ley natural no es una idea humana sobre el bien o el mal, sino una idea divina, que Dios impone a todo hombre en su naturaleza, y que nadie puede ocultar, ni con su mente, ni con su vida, ni con sus obras, ni con sus leyes positivas.

Al poner Bergoglio, la verdad en la autonomía de la mente humana, necesariamente pone el amor al prójimo por encima de Dios, sólo en la voluntad autónoma del hombre, no en la Voluntad de Dios.

«La Palabra de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros» (EG, n. 179): la Encarnación, que es el Verbo Encarnado, que es Dios que se hace hombre, que asume una carne, se encuentra en todo hombre: es una «permanente prolongación».  Si Dios se prolonga en todo hombre, entonces todos los hombres son hermanos y hay que amarlos de manera absoluta y necesaria: el amor al prójimo por encima del amor a Dios. Bergoglio se carga la ley natural y enseña una herejía: el panteísmo. Dios en todos los hombres.

Dios no se prolonga en el hombre. El Verbo asume una carne humana y se hace Hombre, sin dejar de ser Dios; pero no se encarna en todo hombre, no se prolonga en todo hombre. Este es su falso misticismo. De aquí le nace a Bergoglio todo el falso amor y misericordia hacia el prójimo.

Jesús sólo se encarna en una carne, en una naturaleza humana. Y por su obra de Redención, el hombre participa de su Divinidad, pero Dios no se prolonga en los hombres.

La ley natural enseña que el hombre está obligado a amar al prójimo como a sí mismo.

Bergoglio no va a comprender la exigencia de la ley natural, la va a malinterpretar. No va a entender el mandamiento del amor que da Jesús, que es un mandamiento natural: ama al otro como el hombre se ama así mismo en su naturaleza.

El amor debe extenderse a todo hombre sin excepción, por ley natural, pero precisamente por ser hombre, porque tiene una naturaleza humana; pero ese amor no se da al prójimo porque sea enemigo o sea pecador, etc… Sólo se da porque el prójimo es otro hombre. Esta es la Voluntad de Dios que la ley natural ofrece al hombre.

Este debe ser el amor universal verdadero; pero Bergoglio habla de otro amor universal: el amor fraterno, en el cual el amor a Dios se anula, porque se combate la ley natural. Es el amor universal propio de la masonería.

Para Bergoglio, el prójimo, el hermano es todo hombre, pero no por ser hombre, no porque tenga una naturaleza humana, sino por lo que vive, por lo que obra, por lo que piensa:

«¡Cuánto bien nos hace amarnos los unos a los otros en contra de todo! Sí, ¡en contra de todo! (…) No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!» (EG, n. 101). Amar al otro en contra de todo, es decir, amar al otro sin ley natural, sin ley divina, sin el remordimiento de la conciencia que juzga, sin el juicio de los demás hombres, sin un dogma, sin una excomunión, sin una exclusión, sin una ética, sin una moral católica….

La misma ley natural enseña al hombre a amar al prójimo, pero no a su pecado, no a su error, no a su herejía: amar al hombre y odiar su pecado, juzgar su pecado. Bergoglio dice: amarnos unos a otros en contra de la ley natural: en contra de todo. La ley natural es todo para el hombre en su naturaleza: es la expresión de la Ley Eterna. No se puede amar al prójimo en contra de todo, en contra del mismo hombre.

Bergoglio dice: no hay que odiar el pecado en el otro; hay que verlo como un bien, como un valor; hay que tolerar la mente del otro, sus errores, sus dudas, sus mentiras….porque no hay nada que impide este amor fraternal y universal: «amarnos los unos a los otros en contra de todo». Si el pecado me impide amar al otro, entonces no hay que juzgar el pecado, hay que poner el pecado a un lado, porque hay que amar al otro. Si un pensamiento propio me impide amar al otro, entonces hay que ir en contra de ese pensamiento para amar al otro

Bergoglio no juzga el pecado del prójimo ni, por tanto, lo puede odiar. Bergoglio, cuando mira al otro, no evita el mal con el otro, no se aparta de su mal, no huye de la tentación, no puede juzgar al otro por su pecado, no cumple la ley natural: «Si una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad… ¿Quien soy yo para juzgarla?».

Si una persona es gay, entonces no busca a Dios, sino que obra en contra de su propia ley natural. El que busca a Dios, lo primero que busca es la ley natural en su naturaleza humana: su misma conciencia le llama a dejar de ser gay para buscar a Dios, para dar a Dios el culto debido. No se puede adorar a Dios siendo gay. Es un imposible por ley natural.

Si una persona es homosexual y busca a Dios es que ha dejado de ser homosexual, está luchando por quitar su pecado abominable, está cumpliendo con la ley natural, que lleva inscrita en su propia naturaleza.

La persona que tiene buena voluntad es aquella que cumple con la ley natural. Tener buena voluntad no es un vocablo bonito para expresar la bondad de un hombre. Un hombre gay no tiene buena voluntad porque obra en contra de su propia naturaleza humana.

Por tanto, a la persona hay que juzgarla: se la juzga en su pecado, no por ser hombre, no por tener una naturaleza humana. Por ley natural, hay que evitar el pecado de la persona gay, hay que apartarse de esa persona cuando obra su pecado. El pecado de una persona gay es tentación para la vida espiritual.

Pero Bergoglio no lo juzga porque en el otro, en el gay, está la «prolongación de la Encarnación»: en el hermano, en todo hombre, está Cristo, está Dios.

Por eso, enseña su falsa misericordia, que es malinterpretar la Palabra de Dios:

«Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, lo hicisteis a mí» (Mt 25,40). Lo que hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente: «Con la medida con que midáis, se os medirá» (Mt 7,2); y responde a la misericordia divina con nosotros: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará […] Con la medida con que midáis, se os medirá» (Lc 6,36-38). Lo que expresan estos textos es la absoluta prioridad de la «salida de sí hacia el hermano» como uno de los dos mandamientos principales que fundan toda norma moral y como el signo más claro para discernir acerca del camino de crecimiento espiritual» (EG, n. 179).

«Lo que expresan estos textos es la absoluta prioridad de la salida de sí hacia el hermano»: Y Jesús, sólo está enseñando la ley natural: ama al otro, haz el bien, pero evita el mal, juzga su pecado. No lo juzgues como hombre, como ser que tiene una naturaleza humana; pero evita su pecado, júzgalo en la obra de su pecado.

El amor fraternal de Bergoglio tiene una dimensión transcendente, responde a una misericordia divina, es el camino para salir de sí. Lo que Jesús enseña en esos textos es la ley natural, el amor al otro de manera natural: se ama al que peca, al enemigo, por ley natural, pero no hay unión a su pecado, sino que se odia su pecado, se evita el mal.

Bergoglio pone su voluntad autónoma: como en el hermano está la «prolongación de la Encarnación», entonces no puede juzgarlo, tiene que tener misericordia de él, no puede ver su pecado, no puede apartarse de su pecado. Y tiene que caer en su fe fiducial, tan característica de él: hay que resolver el problema del pecado diciendo que Dios no lo imputa, que Dios salva a todos, tiene misericordia de todos, ama a todos los hombres.

Jesús no enseña la dimensión transcendente, en estos textos, porque la ley natural sólo juzga el pecado del hombre –para evitarlo- , no al hombre. Quien juzgue al hombre, entonces con esa medida será medido.

Jesús no enseña la misericordia divina, porque la ley natural se refiere al bien de la naturaleza humana, no al bien de las obras de los hombres en esa naturaleza. No se ama al homosexual por ser homosexual, sino porque es hombre, porque tiene una naturaleza humana. Y, por tanto, se le hace un bien humano o natural porque es hombre, no porque sea homosexual.

Dios, cuando mira al homosexual en su pecado no tiene compasión de su pecado, de sus obras como hombre. Dios tiene compasión del homosexual porque lo ha creado hombre y con capacidad para salvarse, para unirse a Él, para ser hijo de Dios por gracia, por participación de la Divinidad.

Pero Dios, teniendo misericordia del homosexual, odia su pecado abominable, no comulga con su pecado abominable, juzga su pecado abominable. Y es lo que tiene que hacer todo hombre con su enemigo, con el pecador: amarlo como hombre, pero odiar su pecado, juzgar su pecado. Y esto es cumplir la ley natural. Tener misericordia de él como hombre, pero no tener misericordia de su pecado, de su error, de su herejía, de su vida de pecado. Y esto es el amor verdadero natural, que sólo se rige por la ley natural. Sin este amor natural, no puede existir el amor de la gracia ni el amor en el Espíritu.

El amor, lo pone Bergoglio, en salir de sí, no en la ley natural, no en hacer un bien y evitar un mal:

«(El amor) Tiene que ver ciertamente con nuestra afectividad, pero para abrirla a la persona amada e iniciar un camino, que consiste en salir del aislamiento del propio yo para encaminarse hacia la otra persona, para construir una relación duradera; el amor tiende a la unión con la persona amada. Y así se puede ver en qué sentido el amor tiene necesidad de verdad» (LF, n. 27).

La ley natural no nos invita a «salir de sí hacia el hermano», no nos obliga de manera absoluta ni prioritaria a buscar al prójimo, porque en todo hombre prevalece su libertad, que está antes que el prójimo o la sociedad.

El hombre no vive en el aislamiento de su propio yo: el hombre nace con una ley natural que le obliga a ser social. Pero no es una obligación absoluta, sino relativa: el hombre, al ser libre, puede comunicarse o no con los otros hombres; puede elegir una sociedad u otra; un grupo social u otro; una iglesia u otra, puede casarse con una u otra persona. El hombre no está obligado, de manera absoluta, al bien común por la ley natural; no está obligado a buscar al prójimo para construir una sociedad común. El hombre está obligado, por ley natural, a hacer un bien y a evitar un mal. Y, de esa manera, se construye una sociedad natural, sin necesidad de salir de sí hacia el otro. El hombre sólo está necesitado de cumplir con la ley natural, que es lo que niega Bergoglio.

Dios no obliga al hombre a salir de sí, sino a poner por obra la ley natural.

Bergoglio concibe al hombre como aislado en sí mismo: no como el que porta una ley natural, una voluntad de Dios que debe obrarla con su naturaleza humana. Él siempre habla del aislamiento, de la conciencia aislada, del hombre que vive en referencia a sí mismo, pero no a los demás:

«Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad» (EG, n. 8). Y, por eso, la conversión es salir de esa conciencia asilada. Eso es el pecado para Bergoglio. Él habla como un psiquiatra, no como un pastor de almas.

La ley natural abre al hombre al campo de lo social: el hombre no está encerrado en sí mismo naturalmente. El hombre vive en su egoísmo sólo por su pecado contra la ley natural o contra la ley divina o de la gracia. El hombre se encierra en sí mismo sólo por su pecado.

Pero Bergoglio pone el amor en su “verdad”; para él, el amor es algo relacional, un modo de vivir la existencia humana, no es una norma que obligue por ley natural:

«Se trata de un modo relacional de ver el mundo, que se convierte en conocimiento compartido, visión en la visión de otro o visión común de todas las cosas». Hay que amar al prójimo buscando esa ”verdad”: ese conocimiento compartido, esa visión del otro, una visión común, universal.

Bergoglio, dice: el amor es un «conocimiento compartido», una «visión en la visión del otro». Está buscando su concepto del bien y del mal: hay que compartir conocimientos, ideas, filosofías. No busca la ley natural para amar al prójimo: no busca evitar la ideas que llevan al error, a la herejía, al cisma.

El amor al prójimo es algo absoluto, inmutable, que Dios pone en todo hombre. No es un «modo relacional» de ver el mundo: es un juicio práctico de la vida, por el cual se hace un bien al prójimo y se evita un mal con el prójimo. La ley natural es eterna en el hombre, es inmutable en el hombre, es para siempre en él, algo absoluto, nunca relativo.

La ley natural exige del hombre el amor a Dios y, por tanto, el amor a todo hombre que ha sido creado por Dios. Pero es un amor que consiste en obrar un bien con el prójimo y evitar un mal con él. Y, por tanto, en el prójimo no se puede amar su pecado, u obedecer su herejía, porque es necesario cumplir la ley natural. No se puede ver el pecado del otro para obrar un bien común, para realizar algo universal que sea para todos los hombres, uniéndose a su pecado, a su mal, a su error. Hay que odiar el pecado del otro para hacer un bien a toda la humanidad. Hay que juzgar el pecado del otro para poder amarlo en la ley natural. Esta es la exigencia de la ley natural. Y esto es lo que no enseña Bergoglio.

La consecuencia de todo esto es que en la Iglesia el católico no puede estar unido a Bergoglio como Papa: es unirse a su herejía. Y eso va en contra de la ley natural. El bien natural de la Iglesia exige no unirse a Bergoglio como Papa, sino evitar a Bergoglio como Papa. No cumplir este bien natural hace que el bien divino de la Iglesia se oscurezca y se anule en la persona de Bergoglio.

Pocos católicos han aprendido a llamar a Bergoglio por su nombre: falso Papa. Porque no saben discernir sus palabras. No saben coger su lenguaje humano y enfrentarlo con la verdad de la doctrina de Cristo.

En el lenguaje humano de Bergoglio no encontrarán nunca una verdad, sino sólo medias verdades, sólo mentiras, oscuridades, asombros de la verdad.

Por eso, si el católico no despierta de la necedad de la palabra de Bergoglio, va a sucumbir con el castigo que viene, ahora, a toda la Iglesia.

El castigo comienza en la Iglesia. Y es muy fuerte. Es dejar que el hombre rompa lo que se ha construido durante 20 siglos, por mano de la jerarquía que no es de Dios, que no pertenece a la Iglesia Católica. Es el gran cisma anunciado por los profetas, que ya ha tenido su inicio en el gobierno horizontal de Bergoglio.

Aunque Bergoglio renuncie a su cargo, aunque le hagan renunciar por herejía, no hay posibilidad de poner un Papa legítimo que salve la situación de la Iglesia. Ya no es posible, porque la misma Jerarquía no quiere un Papa, sino un impostor que lleve a los hombres hacia un mundo ideal, que sólo existe en el pensamiento de los hombres, no en la realidad de la vida.

Bergoglio: ese loco que vive en Santa Marta


multi

«La fe es por la predicación, y la predicación por la Palabra de Cristo» (Rm 10, 17).

Dios no dialoga con los hombres, sino que les da Su Palabra. Y en Su Palabra, Dios enseña al hombre a vivir su vida sólo para Dios, no para los hombres.

El hombre tiene que creer en la Mente de Dios; es decir, tiene que obedecer la Palabra de Dios, someterse a Ella, asentir a lo que Dios le revela, sin poner su juicio propio. Esta es la obediencia de la fe: «Obedecer (ob-audire) en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma». (CIC, n. 144).

Para Bergoglio, la fe es un acto de la mente, no una obediencia, no un asentir con la mente a la verdad que Dios revela, no es someterse a la palabra que se escucha, no es una confesión, no es un creer, sino un hablar, un dialogar sobre la palabra que se escucha:

«El creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo» (LF, n. 39).

Por tanto, Bergoglio va buscando la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección en el diálogo. No busca, en la fe, una verdad, sino su interpretación, su visión humana, un lenguaje humano apropiado a la vida, a la historia, a los problemas de los hombres. Por eso, Bergoglio es idealista, sigue los postulados de Hegel:

«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad» (EG, n. 231).

El problema del hombre que vive su idea es encontrar una relación, una tensión entre su idea y la realidad. Éste es el problema de todo idealista, de todo filósofo que no comprenda que la razón sólo sirve a la fe, no es guía de la fe.

Todo hombre se comporta de esta manera: piensa y obra lo que piensa. Por tanto, la realidad de su vida son sus obras, que nacen de su idea, de su meditación, de su síntesis, de su análisis. El hombre, cuando piensa, no se pregunta la relación, la tensión que hay entre lo que piensa y la realidad. Su idea le lleva al acto.

El problema de todo hombre es el pecado: no siempre obra lo que piensa. Y, por tanto, la realidad de la vida se vuelve complicada para el mismo hombre. Es el «no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Rm 7, 15) de San Pablo.

Dios da al hombre la fe, es decir, su Mente Divina, para que el hombre viva de una manera divina en su humanidad: piense de forma divina y, por tanto, obre de forma divina. El hombre de fe ya no es sólo una vida racional, sino espiritual. El hombre, creyendo en lo que Dios le revela, encuentra la libertad de su vida:

«(…) la obediencia en la fe es la verdadera libertad, la auténtica redención, que nos permite unirnos al amor de Jesús en su esfuerzo por conformarse a la voluntad del Padre» (Homilía – Benedicto XVI, 27 de marzo del 2012).

Bergoglio, en su idealismo, tiene que convertir su vida en un diálogo:

«La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad» (EG, n. 231).

«La realidad es, la idea se elabora»: el hombre ideal trabaja para elaborar su idea. El hombre, con los pies en el suelo, trabaja para que su idea sea conforme a la verdad. Esta es la distinción entre verdad e idealismo. El idealista no busca la verdad, sino que se la inventa, la elabora, la trabaja, la reinterpreta.

Este es el problema de Bergoglio: elabora su verdad, su perfección en su mente humana. No busca, primero, la verdad en Dios y se conforma con esa verdad, se somete a esa verdad. No busca entender a Dios, asimilar a Dios, cambiar su mentalidad humana, que es la propia de un hombre racional, para ser hijo de Dios, para ser un hombre que piense como Dios piensa, un hombre que tenga la Mente de Cristo.

No; Bergoglio quiere dialogar: «se debe instaurar un diálogo constante»; pero no quiere poner en la realidad de la vida, la verdad que encuentra en Dios, sino la mentira que su mente elabora. Esto es lo propio del idealista.

La realidad es como es; pero la idea es, también, como es. Idea y realidad son como son. No hay que elaborarlas, no hay que establecer un diálogo entre ambas. Hay que ver la idea que se tiene en la mente y discernirla con la idea que viene de Dios. Ese es el trabajo en la vida espiritual: que la razón obedezca a la fe, a la Mente de Dios, a la Mente de Cristo; no que la razón humana elabore la fe.

Si la idea del hombre se somete a Dios, entonces la realidad de la vida pertenece a Dios; pero si la idea que tiene el hombre no es de acuerdo a lo que Dios le revela, entonces la realidad de la vida no es para Dios, sino para el Enemigo de las almas y de Dios, que es el demonio.

La vida espiritual es siempre una lucha espiritual: Dios o el demonio. Hay que dar a Dios lo que es de Dios y al demonio lo que es del demonio. Por eso, la realidad de la vida es conforme a lo que el hombre obra, no a lo que el hombre piensa. Se hacen obras para Dios u obras para el demonio. Se sirve a Dios o se sirve al demonio. Se construye una familia, una sociedad, una iglesia para Dios o para el demonio. Esto es lo que Bergoglio anula: esta distinción fundamental para poder comprender la realidad de la vida. Para el idealista, no existe este discernimiento porque va buscando esa tensión, ese diálogo, esa comunicación entre la mente del hombre y la realidad de lo que ve, de lo que piensa, de lo que obra.

Decir que «la idea se termina separando de la realidad», es decir que el hombre es el que tiene que construir la realidad según su idea. Tiene que buscar una idea que no se separe de la realidad sino que se integre en ella. La idea y la realidad son dos cosas diferentes. Siempre están separadas una de otra. Buscar una idea que no esté separada de la realidad es inventarse, necesariamente, esa realidad. Bergoglio, no sólo cae en un idealismo, sino en un realismo: va buscando su realidad, una realidad perfecta, en donde no haya separación entre idea y realidad. Por eso, dice:

«Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea» (Ib).

«La realidad es superior a la idea»: Bergoglio no es racionalista, sino realista. Toda idea racional lleva a un acto racional, conduce a obrar, en la realidad, algo que el hombre quiere. Es poner, en la realidad, algo que el hombre busca en su inteligencia. El que hombre que piensa, va formando su vida de acuerdo a ese pensamiento. Si es un hombre de fe, el hombre vive una vida, no sólo racional, sino espiritual. El hombre de fe vive una realidad racional, humana, natural, pero también espiritual.

Pero, para Bergoglio, la realidad está por encima de la vida racional. ¿Cómo entender esa realidad con la mente? No se puede, porque es superior: no hay una idea racional que nos lleve a esa realidad. Y, por eso, dice:

«Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismo sin sabiduría» (Ib). Este párrafo es lo que predicó, hace poco, en su discurso al Parlamento Europeo. Está haciendo gala de la búsqueda de la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección de su realidad. Por eso, él propone una iglesia universal, ecuménica; un gobierno mundial con una economía para todos, etc…Porque va en busca de esta vida, de esta realidad que está por encima de toda idea, de todo dogma, de toda tradición, de cualquier verdad que el hombre haya adquirido o creído en toda su historia. Esto es anular la verdad de la Iglesia Católica y poner su mentira, su falsa iglesia.

El hombre piensa muchas cosas que ocultan la realidad, que no le procuran esa realidad que está por encima de su vida racional. Y, entonces, Bergoglio lo ataca todo. Va buscando una idea que le haga subir a la realidad ideal, perfecta, que le haga entender esa realidad, que le haga mirar su realidad.

Esto es el realismo: la primacía de lo real, independientemente del acto cognoscitivo. La realidad es como es, las cosas son como son sin que se les sobrepongan interpretaciones, teorías, filosofías, teologías, dogmas, que impidan ver esa realidad. Por eso, Bergoglio busca su idea que le lleve a lo real, que no tape lo real.

¿Y cómo es esa idea?

«Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural» (EG, n. 239).

Esa idea es la «búsqueda de consensos y de acuerdos»: es la unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Es encontrar un lenguaje humano apropiado a todos los hombres. Esto es lo que quiso hacer el Sínodo extraordinario, poner esta base: Bergoglio va en busca de su iglesia perfecta, en la que no es posible ninguna exclusión, ninguna excomunión; en la que se viva de la memoria humana, del comportamiento de los hombres, de su historia; y en la que el pecado ya no sea llamado como tal, sino una perfección en el obrar del hombre, porque nace de su mente, de su historia, de su vida. El pecado está en su ADN y, por lo tanto, Dios no se lo imputa.

Es una idea que no está separada de una «sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones»: aquí se resume su fe: fe fiducial, fe masónica y fe comunista.

Una sociedad justa, en la que entren todos, en la que a nadie se le juzgue por su vida, en la que Dios no impute el pecado; una sociedad memoriosa, que haga gala de la memoria de los hombres, de sus experiencias en la vida, de sus obras en la historia, de sus culturas, tradiciones, filosofías; una sociedad sin excluir a las clases más bajas, luchando contra las clases altas, pudientes, autoritarias.

Por tanto, en este diálogo entre idea y realidad, Bergoglio no busca el Reino de Dios, sino su reino humano, material, carnal, natural, histórico, de tejas para abajo, donde la persona es sagrada, es el centro del universo.

«El común reconocimiento de la sacralidad de la persona humana sustenta la compasión, la solidaridad y la ayuda efectiva a los que más sufren» (Discurso en la Diyaner del 28 de noviembre – OR, n. 49, pag. 7). Éste es el grave problema de Bergoglio: la persona humana es sagrada. Y, por tanto, necesita de compasión, de solidaridad, de ayudas humanitarias.

Y Bergoglio anula que la vida humana es sagrada, porque Dios es Vida, «en Él era la Vida» (Jn 1, 4), y es Dios quien da la Vida y quien la quita. Es la vida, y toda vida, lo que es sagrada, porque toda vida viene de Dios. El hombre no puede producir la vida, no la puede obrar. Pero lo que no es sagrado es el fruto de la vida: ya sean los vegetales, los animales, el hombre, el ángel.

El hombre idealista abaja lo divino a lo humano: al no creer en Dios como es, al querer interpretarlo, poner una relación material entre Dios y el hombre, al buscar una tensión entre lo divino y lo humano, debe anular a Dios y poner al hombre como dios, como sagrado, como santo.

La persona humana nunca es sagrada. Se hace sagrada cuando recibe de Dios lo sagrado: un sacerdote es sagrado porque recibe el sacramento del Orden que le hace sagrado. Un objeto se hace sagrado porque recibe una bendición de Dios.

Dios, al crear al hombre no le hace sagrado cuando lo crea. Dios le da dones y gracias a ese hombre para que viva lo sagrado, para que obre lo sagrado, para que ordene su existencia humana hacia lo sagrado.

Por eso, Bergoglio, en su discurso, lleva al hombre hacia la negación de Dios:

«Nosotros, los musulmanes y los cristianos, somos depositarios de inestimables riquezas espirituales, entre las cuales reconocemos elementos de coincidencia, aunque vividos según las propias tradiciones: la adoración de Dios misericordioso, la referencia al patriarca Abraham, la oración, la limosna, el ayuno… elementos que, vividos de modo sincero, pueden transformar la vida y dar una base segura a la dignidad y la fraternidad de los hombres» (Ib, pag. 8). No hay un solo Dios, sino dos dioses: el de los musulmanes y el de los cristianos. Hay dos iglesias, hay dos confesiones, hay dos fes, hay dos tradiciones, hay dos magisterios y, por lo tanto, esos elementos son aptos para una cosa: esa realidad en la que se viva la fraternidad universal. Hay que buscar esa religión que no oculte esta realidad. Se niega a Dios que ha puesto Su Iglesia donde sólo es posible que se dé esa realidad. Es una realidad gloriosa, no humana, no material. Es una unidad que sólo Dios puede hacerlo en Su Reino Glorioso. Pero Bergoglio no va buscando esta Verdad Revelada, sino su “verdad” en su diálogo:

«Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad»: no se dialoga para permanecer en la verdad, para enseñar una verdad, para guiar a la verdad Revelada. La verdad no es el centro en la vida de Bergoglio. La verdad no le interesa a Bergoglio. Hay que comunicar una belleza, una palabra bonita, llena de sentimientos que agraden al hombre:

«En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (EG, n. 142). La belleza de las imágenes, de lo sensible, de lo sentimental. Bergoglio sólo está en la humanidad. Al no ver la Verdad como Palabra de Dios, tiene que transmitir una verdad que agrade al hombre, una verdad puesta en una bandeja de plata, adornada con frases, con imágenes, con palabras, con sensiblerías que gusten al hombre, que le acaricien el oído, que le hagan sentir bien en su vida. Por eso, Bergoglio nunca predica del infierno, de la justicia de Dios, del castigo, del pecado, de la penitencia, de la cruz, del desprendimiento de lo humano, etc… Son verdades que no gustan al hombre, que no vienen con una belleza. No valen para la homilía, para hacer un diálogo.

Bergoglio tiene que predicar que todos nos salvamos o que los animales van al cielo. Es su desvarío mental.

Para Bergoglio, la conversión no nace del encuentro con la verdad, sino en el diálogo:

«Necesitamos contemplarlo para lograr un diálogo como el que el Señor desarrolló con la samaritana, junto al pozo, donde ella buscaba saciar su sed» (EG, n. 72); «La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús por la palabra de la mujer» (EG, n. 120).

«Apenas salió de su diálogo»: la samaritana no fue a someter su mente a la Palabra que Jesús le hablaba. No salió de ese encuentro para confesar su fe. Fue a Jesús para hablar con él. Y Jesús fue a ella para dialogar con ella, no para enseñarle el camino para salvar su alma. Dios, cuando ama a un alma, no le enseña la verdad de su vida, sino que sólo habla de muchas cosas con ella para tenerla entretenida.

A Bergoglio no le importa la verdad, sino el diálogo:

«El diálogo con la multiculturalidad. En Estrasburgo hablé de una Europa multipolar. Pero también las grandes ciudades son multipolares y multiculturales. Y debemos dialogar con esta realidad, sin miedo. Se trata, entonces, de adquirir un diálogo pastoral sin relativismos, que no negocia la propia identidad cristiana, sino que quiere alcanzar el corazón del otro, de los demás distintos a nosotros, y allí sembrar el Evangelio» (27 de nov del 2014 – OR, n. 49, pag. 4).

Bergoglio no negocia con la propia identidad cristiana: que los musulmanes sigan siendo lo que son; los judíos en su religión, los evangélicos en sus ideales…. Hay que negociar con la verdad: hay que dialogar con esta realidad: un mundo multicultural, multipolar. Gran cantidad de ideas humanas, de obras, de vidas, de filosofías, de economías, de estructuras, que es necesario juntar, unir de una manera que sirva para los intereses de unos pocos, pero que hay que transmitir la idea que es para el bien de toda la humanidad, que todos se van a beneficiar de ese diálogo, de esa realidad en la que ninguna idea la puede ocultar. Una realidad que tiene todas las ideas de los hombres. Es la idea masónica de la búsqueda de un orden mundial, de una iglesia para todos.

Para Bergoglio, es primero el dialogar y después sembrar el Evangelio:

«En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando  el  anuncio fundamental:  el  amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad» (EG, n.128).

Primero es llenar la cabeza de mentiras, de oscuridades, de dudas, de temores, de errores, de un lenguaje bello, atractivo en que los que dialogan se sientan contentos, se sientan plenos de los humano, comprendidos, consolados…Y después da una palabra del evangelio, o una cita de un santo o lo que dijo un hombre en la historia. Pero eso no es lo que importa, sino recordar que Dios nos ama a todos, que Dios es amigo de todos los hombres, que Dios salva a todo el mundo, incluso a las mascotas.

Esto es Bergoglio: un idealista, un realista, un hegeliano, pero no un Obispo de Cristo. No es una Jerarquía de Dios, sino del demonio en la Iglesia. Y, por tanto, está en la Iglesia para destruirla con su diálogo. Y muchos quedan atrapados por sus frases, por su lenguaje barato. No saben discernirlo porque viven como él vive: en su pecado. Y llaman a su pecado con el nombre de santidad, de voluntad de Dios.

Muchos que dudan de Bergoglio le siguen todavía como Papa. Y se alegran porque proclama santos en la Iglesia o decide nuevos santos. Se alegran porque siguen escribiendo cosas bonitas o porque predica, de vez en cuando, algo interesante. Y no saben ver el juego de Bergoglio.

Si Bergoglio no es Papa, entonces no puede atar ni desatar nada en la Iglesia. ¿Cuándo van a aprender a discernir a Bergoglio? ¿Por qué no cogen el dogma del Papado y disciernen lo que es Bergoglio? Porque, a muchos, ya no les interesa el dogma, la verdad revelada y enseñada por la Iglesia desde siempre. Todos se apuntan al carro del diálogo. Y, por eso, no saben combatir a Bergoglio ni a toda la Jerarquía que se somete a su mente humana. No saben discernir las palabras de ese hombre. No saben ver lo que está construyendo ese hombre en el Vaticano.

No saben creer ni en Cristo ni en Su Iglesia. Sólo saben seguir a los hombres en sus pensamientos y en sus obras.

La iglesia que está en el Vaticano, liderada por Bergoglio, no es la de Cristo. Es la de la masonería, gobernada por ellos, que se abre a un mundo masón en su totalidad y que quiere abarcar el mundo entero poniendo a su hombre ideal: el Anticristo.

Bergoglio es un anticristo, porque rompe con la doctrina de Cristo en su misma Iglesia. Pero es algo más que un falso profeta: es el inicio de una nueva iglesia, una nueva estructura de espiritualidad, en donde no hay una sola verdad. No puede haberla. Es la búsqueda de una realidad común, universal, en la que ninguna idea humana pueda taparla, oscurecerla. Es la locura de poner la mente del hombre por encima de la Mente de Dios.

Por eso, Bergoglio es un loco que vive en santa Marta y que obra esta locura: buscar esa realidad ideal, que sólo es posible en su mente, pero que al querer hacerla en la práctica de la vida tiene que destrozarlo todo, tiene que ir en contra del mismo hombre: para buscar la realidad ideal, la unidad de todas las mentes humanas, hay que destruir la verdad y a Dios mismo en la mente de cada hombre. Hay que darle al hombre un sucedáneo de la verdad: una verdad ideal, una verdad que le guste para su vida, una verdad que no sea plena, sino que vaya evolucionando, según sea el diálogo que los hombres procuren con los demás. Hay que darle al hombre un concepto de Dios, un ideal de iglesia, una terapia de la verdad.

La verdad se oculta con Bergoglio: sólo su locura se trasluce en todo lo que habla y en todo lo que obra en su gobierno en la Iglesia.

Quien habla con los hombres se vuelve más hombre y más capaz para hacer del hombre su dios en su vida.

Las cinco cosas que hay que creer para salvarse


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Cinco cosas están obligados a saber y a creer, con necesidad de medio, todos los católicos si quieren salvarse:

1. Que hay un solo Dios: no hay muchos dioses.

2. Que ese Dios es Justo y Remunerador: premia al bueno y castiga al malo. Por tanto, existe el cielo, el purgatorio y el infierno. En consecuencia, existe el pecado y la gracia.

3. Que este Dios es Trino y Uno: el dogma del Misterio de la Santísima Trinidad: Unidad de Esencia y Trinidad de Personas;

4. Que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo de Dios, se hizo carne: el dogma de la Encarnación. Por tanto, el dogma de la Maternidad Divina;

5. Que Cristo murió para redimirnos de nuestros pecados con su muerte en la Cruz: el dogma de la Redención.

Sin la fe actual de estos misterios, nadie se puede justificar ni salvar. Y no excusa la ignorancia invencible. No se puede confesar a una persona que no sabe ni cree en estos misterios.  No se puede dar la comunión a nadie que no conozca y crea en estos misterios.

Estas cinco cosas son un medio preciso y necesario para justificarse y salvarse. Se quita uno de ellos, sólo queda la condenación clara.

Y la persona tiene que creer actualmente en estas cinco cosas: no vale haber creído una vez en la vida. Es necesario que actualmente los siga sabiendo y creyendo.

Son muy pocos los católicos que saben y creen en estas cinco cosas. Verdaderos católicos hay muy pocos. Hoy todo el mundo niega alguna cosa: ya sea el pecado, el infierno, el demonio, la penitencia, la Divinidad de Jesucristo, la Maternidad Divina, la Redención del hombre, la Resurrección, etc…

Estas cinco cosas forman la fe divina, que se llama así por ser de Dios. Es lo que Dios ha revelado, es Su verdad Revelada. No es cualquier verdad que el hombre tiene o adquiere con su mente humana. Es la Verdad que está en la Mente de Dios y que la Revela al hombre. Y a todo hombre, a cada alma en particular.

Estas cinco cosas son la fe católica, que es lo que define la Iglesia, en Su Magisterio, para ser creído, aceptado por todos sus miembros. Es lo que Dios habla a Su Iglesia por medio de la Jerarquía válida, verdadera.

Hay que creer que Dios existe; hay que creer a Su Palabra, lo que Dios ha hablado a través de todos los Profetas y de Su Hijo, Jesucristo; hay que aspirar a Dios, tender hacia Él como fin último; es decir, hay que obrar lo que Dios dice en Su Palabra, hay que hacer la Voluntad de Dios en Su Iglesia.

¿Estas cinco cosas las enseña Bergoglio? Claramente, no las enseña.

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1. Si Dios es único, entonces hay una sola fe, un solo Bautismo: «Sólo un Señor, una fe, un bautismo» (Ef 4, 5).

La fe, para el católico, es asentir a la Verdad que Dios Revela, someterse, obedecer, sin poner nada del juicio humano. Y se asiente, no por la verdad que se revela, sino por la autoridad de Dios, que revela la verdad y que, por tanto, no puede engañar ni engañarse.

¿Cuál es la fe de Bergoglio?

Un acto de la mente, no una obediencia de la mente, no un sometimiento de la mente, no es la obediencia de la fe lo que justifica y salva, sino la memoria del sujeto, lo que la persona piensa y medita: «la fe (…) es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús» (LF, n.4). «La fe de Abrahán será siempre un acto de memoria» (n.9). «Para Israel, la luz de Dios brilla a través de la memoria de las obras realizadas por el Señor» (n.12). «la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda» (n.25). «El conocimiento de uno mismo sólo es posible cuando participamos en una memoria más grande» (n. 38).  «La Iglesia, como toda familia, transmite a sus hijos el contenido de su memoria» (n. 40). «Este medio son los sacramentos, celebrados en la liturgia de la Iglesia. En ellos se comunica una memoria encarnada» (n. 40). «la eucaristía es un acto de memoria» (n. 44). «En la celebración de los sacramentos, la Iglesia transmite su memoria» (n. 45). «El mismo evangelista habla de la memoria de María, que conservaba en su corazón todo lo que escuchaba y veía, de modo que la Palabra diese fruto en su vida» (n. 58).

Si todo consiste en hacer memoria del pasado para construir un futuro, entonces no puede darse, para este hombre, la Revelación de Dios. Dios no habla, sino que deja al hombre que piense y medite. La Sagrada Escritura es sólo el ejercicio de la mente del hombre, no lo que Dios ha ido revelando. Desde Abraham, que comenzó a pensar, a hacer un acto de la memoria, hasta nuestros días: todo consiste en pensar, en hacer memoria. Y, por eso, Bergoglio tiene que caer en su herejía principal:

«Cada uno tiene su idea del bien y del mal, y tiene que escoger seguir el bien y combatir el mal como él los concibe. Bastaría con esto para mejorar el mundo»: en esta frase se ve que no cree en un solo Dios. Sólo cree en su idea del bien y del mal. Anula a Dios. Dios no es capaz de revelarle a Bergoglio cuál es la idea del bien y del mal. Él, en su mente, en su memoria, tiene su idea, la concibe. Y, por tanto, Bergoglio, en su mente, se forma el concepto de Dios. Y, de esa manera, se inventa el culto a su idea de Dios. Es decir, que el mismo Bergoglio se da culto a sí mismo. Busca en él la idea de dios y hace su oración a esa idea que tiene en su cabeza. Bergoglio se hace un dios para sí mismo: se fabrica su dios en su cabeza. No puede creer que Dios exista, que hay un solo Dios fuera de su cabeza. Existe el concepto de Dios en su cabeza. Existe Dios dentro de su cabeza, pero no fuera de ella. Por tanto, no es un Dios real, que está fuera de su mente. Es un dios que vive dentro de su mente.

No sólo Bergoglio es ateo, sino agnóstico: no conoce a Dios fuera de su mente. Lo tiene que conocer dentro de su mente, con sus conocimientos, con sus memorias, con su subconsciencia. Y ahí se queda, dentro de su mente, adorándose a sí mismo: adorando su idea de Dios, su concepto de Dios.

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Por eso, él exclama: «Es imposible creer cada uno por su cuenta» (LF, n.39). Bergoglio no puede creer en Dios, no puede hacer un acto de fe, un acto de sometimiento a lo que Dios revela. Tiene que coger la Sagrada Escritura y transformarla, interpretarla según la concepción que él tiene del bien y del mal. No puede interpretarla en la fe, en la obediencia a la fe, porque no puede creer por su cuenta. Tiene que recurrir siempre a su idea del bien y del mal. Es un hombre que ha rechazado el don de la fe. Y eso supone rechazar la Misericordia que es lo único que le puede salvar. Y por eso, se fabrica su falsa misericordia, en la que no puede haber la Justicia, en la que no puede juzgar al otro, sino que es necesario salvarlo siempre. Y esto es lo enseña en su nueva iglesia: hace una iglesia de comunidad, de estructuras, de gente, de pueblo, en las que hay que creer. Hay que creer en las ideas de los hombres. Ya no es posible creer en un dogma, en una Tradición. Va a cambiar la tradición por las culturas de los hombres, por sus políticas, por sus filosofías. No vale en lo que uno cree por su cuenta. Sólo es válido la fe en una comunidad, en una mente humana, en un lenguaje apropiado al hombre.

De anular a Dios como ser real y sólo creer que Dios existe, pero en su mente, en su concepto, le viene su falso ecumenismo: da culto a su dios en cualquier iglesia, en cualquier religión, sea musulmana, judía, budista, etc… Busca la unidad en la diversidad, la unidad en el hombre, no en Dios. Pone al hombre como el centro del universo. Quita a Dios como el centro, porque Dios es sólo un concepto de su mente: Dios es sólo una perfección de su mente. Por eso, él se aplica la ley de la gradualidad, que es la propia del masón: va perfeccionando, en su mente, la idea de Dios y, por tanto, se va formando una falsa moralidad, una falsa ética, una falsa espiritualidad, un falso misticismo, que es lo que enseña constantemente. Tiene que anular toda ley divina porque anula que Dios sea uno en la realidad de la vida. Es uno, pero en su mente, como él lo concibe. Es la unidad que él concibe, no lo que existe en la realidad.

2. Por eso, para Bergoglio no existe ni el pecado como ofensa a Dios ni la gracia como vida divina.

«La gracia no es parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no de sabiduría ni de razón». (1 de octubre – OR, n. 40, pag. 12). La gracia no es un ser divino que da una vida divina al corazón del hombre, sino una luz en su alma: es la herejía platónica. Esa luz es algo encarnado en el alma, en donde se encuentra a Jesús:

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«para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar…el pecado asumido rectamente es el lugar privilegiado de encuentro personal con Jesucristo Salvador, del redescubrimiento del profundo sentido que Él tiene para mí. En fin, es la posibilidad de vivir el estupor de haberme salvado» (El Jesuita – pag. 100). Esta es su fe fiducial, por la cual Dios no le imputa el pecado, sino que lo salva a pesar de su pecado. Es la confianza que da el saber que Jesús ya me ha salvado. Es la sola fe lo que salva; no es obrar en contra del pecado lo que salva. El pecado es un lugar donde se encuentra a Jesús. Es su blasfemia, porque está diciendo que Jesús es el demonio. Donde está el pecado allí el alma encuentra al demonio, no a Jesús.

Por tanto, Bergoglio no puede enseñar a un Dios que premia y que castiga, porque no existe la conversión individual, sino comunitaria. Si el hombre no puede creer por su cuenta, tampoco puede convertirse por su cuenta. Luego, todos están justificados y salvados, no se puede juzgar al otro, hay que meterlo en todas las cosas, hay que hacerlo partícipe de la vida de la Iglesia, no existe la santidad, la perfección, las obras conformes a los mandamientos de Dios, sólo existe su falsa misericordia, la falsa confianza de estar salvados:

«el verdadero signo de Jonás es aquél que nos da la confianza de estar salvados por la sangre de Cristo. Hay muchos cristianos que piensan que están salvados sólo por lo que hacen, por sus obras. Las obras son necesarias, pero son una consecuencia, una respuesta a ese amor misericordioso que nos salva (…) El síndrome de Jonás nos lleva a la hipocresía, a esa suficiencia que creemos alcanzar porque somos cristianos limpios, perfectos, porque realizamos estas obras, observamos los mandamientos, todo. Una grave enfermedad, el síndrome de Jonás». Mientras que «el signo de Jonás» es «la misericordia de Dios en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros, por nuestra salvación» (Santa Marta, lunes 14 de octubre – OR, n.42, pag. 12). De nuevo, su fe fiducial: salva el confiar que Cristo no ha salvado; no salva el cumplir los mandamientos de Dios. Anula la fe dogmática. No hay pecado, no hay ley que cumplir, no hay justicia de Dios, no hay premio. Todos al cielo:

«Es hermoso pensar esto, pensar en el cielo. Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos». (26 de nov. 2014 – OR, n.48, pag 20).

Para Bergoglio, la conversión es la confianza en Dios (fruto de su fe fiducial), no es la lucha por quitar un pecado, no es el desapego a las inclinaciones malvadas del hombre, no es luchar contras las tentaciones del demonio: «tenemos miedo a la conversión, porque convertirse significa dejar que el Señor nos conduzca» (20 nov. 2014, OR, n. 48, pag. 15). No te conviertes porque no confías en Jesús, tienes miedo: fe fiducial. Es una fe ciega: es creer en Jesús, pero no en su doctrina.

La salvación es gratuita, no es un esfuerzo del hombre: el hombre no tiene que hacer nada, no tiene que someterse a un dogma, tiene que creer ciegamente en una memoria encarnada, en una luz que el hombre tiene dentro de su alma y que descubre con su mente, que va formando con sus conceptos del bien y del mal:

«convertirse no es un acto de voluntad»; no se piensa: «ahora me convierto, me conviene…», o bien: «debo hacerlo…». No, la conversión «es una gracia», es «una visita de Dios», es Jesús «que llama a nuestra puerta, al corazón, y dice: “Ven”». (18 de nov. 2014 – OR, n. 47, pag. 13). Si no hay un acto de la voluntad, no hay un premio ni un castigo. Hay sólo una guía ciega en Jesús: cree que Jesús te ha salvado. No tengas miedo a ese pensamiento. Por eso, Bergoglio tiene que hablar de Dios como un Dios de sorpresas. Si Dios no premia ni castiga, cada día se encuentra algo nuevo para la vida. Y ése es el camino de la conversión: la novedad de la mente humana.

Para Bergoglio, la conversión es una cuestión de estructura, de comunidad, de misión, de salir de sí: es la conversión estructural, el cambio de estructuras, de planes comunitarios, de elaborar un plan pastoral en la que todos participen:

«si no nos abrimos a la misión no es posible la conversión, y la fe se hace estéril (…) la conversión debe ser misionera: la fuerza de superar tentaciones y carencias viene de la alegría profunda del anuncio del Evangelio,» (22 de nov. 2014 – OR, n. 48, pag. 19). La fe no es particular, sino comunitaria, del pueblo. Nadie puede creer si no obra algo pastoral, un servicio al prójimo. Nadie se convierte si no misiona, si no hace apostolado, si no se pone a servir. Si no se cambian las estructuras que impiden esta fe del pueblo, no se vive la fe, queda muerta en los dogmas, en las Tradiciones, en un libro llamado Evangelio, que se ha quedado obsoleto para el hombre moderno. El que vive su fe tiene una conciencia aislada, vive en referencia a sí mismo, no a los demás. El que vive su fe no tiene fe, para Bergoglio:

«Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad» (EG, n. 8). Dios no rescata al hombre de su pecado, sino de su conciencia aislada, de su memoria, de su mente, de su vida para sí. Por eso, la fe es un acto de la memoria. Una vez que Dios rescata, pone la memoria en orden y el hombre, pensando, concibiendo el bien y el mal, puede obrar para el otro, abriéndose a la mente de todos, sean santos o pecadores, estén en gracia o no. Dios no da el don de la fe, ésta se obtiene porque se obra algo para los demás, se obra para el hombre, porque se sale de ese autorreferencialismo, hay que abrirse al mundo y a todos:

«La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre (…) Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad, y tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera» (n. 45). Los pecadores pueden participar de los sacramentos sin distinción, sin problemas, porque eso es la conversión: inventarse una estructura eclesial para todos, ya que no existe ni el pecado ni la gracia. Son sólo conceptos, términos que se emplean para un lenguaje ordenado, gradual entre los hombres.

«La otra es el neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado.  Es  una  supuesta  seguridad doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar» (n. 94).

Tres reglas son infalibles en la fe: la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Estas tres reglas han quedado anuladas en este último párrafo en donde este personaje ataca toda la fe divina y católica. Él abre las puertas de su iglesia a todos, menos a esas personas que son fieles a su fe católica, fieles a estas tres reglas de oro. Ellas son las principales fuentes adonde todos debemos recurrir para encontrar, sin mezcla de pestilentes humos, las claras luces de la verdad, las máximas y los principios divinos y humanos, para saber actuar en la vida eclesial. Bergoglio las anula totalmente.

En la fe que enseña Bergoglio no hay un Dios que premie o castigue, porque todos deben confiar en que Dios los ha salvado y, por tanto, todos pueden entrar en la Iglesia, compartir los Sacramentos, hacer obras pastorales, y así se salvan por su cara bonita. Cada uno se premia y se castiga a sí mismo.

Por eso, este hombre cae en su blasfemia contra el Espíritu Santo, que es doble:

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3. Negar al dogma de la Santísima Trinidad: «Y yo creo en Dios. No en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su encarnación. Jesús es mi maestro y mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser. ¿Le parece que estamos muy distantes?» (1 de octubre – OR, n. 40, pag. 13). Creemos que Dios es uno y trino porque Dios lo ha revelado en la Sagrada Escritura y en el Magisterio auténtico de la Iglesia. Y es enseñado por toda la Tradición católica.

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4. Negar el dogma de la Divinidad de Jesús: «¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una persona, es un hombre con carne como la nuestra, pero en la gloria. (Santa Marta , 28 de octubre 2014 – OR, n.44, pag.13). Creemos que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad «se hizo carne y habitó entre nosotros». El Verbo es un Espíritu porque es Dios, y «Dios es Espíritu». Jesús sólo tiene la Persona Divina del Verbo, no tiene persona humana. Es hombre y Dios, pero sin ser persona humana. Jesús no tenía la carne como la nuestra porque no tenía pecado en Ella. La Virgen le dio una carne gloriosa, no sólo humana. Una carne sin pecado, como la de la Inmaculada, Su Madre.

Con esta blasfemia este hombre pone en Jesús una obra masónica, la fraternidad. No pone la obra de la Redención:

«El Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad. Todos hermanos y todos hijos de Dios. Abba, como Él llamaba al Padre. Yo os trazo el camino, decía. Seguidme y encontraréis al Padre y seréis todos sus hijos y Él se complacerá en vosotros». (1 de octubre – OR, n. 40, pag. 12). En esta obra, todos los hombres son hermanos e hijos de Dios. No hay demonios, no hay pecadores, no hay infierno. Todos han sido salvados porque Jesús lo ha hecho, ha dado ese don, ese sentimiento de lo fraterno, que sólo existe en la cabeza de Bergoglio.

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5. En consecuencia, Bergoglio anula el dogma de la Redención humana. Jesús muere no para salvar al hombre de su pecado, sino para darle el Paraíso en la tierra:

«Los más graves entre los males que afligen al mundo en estos años son el paro de los jóvenes y la soledad en que son dejados los viejos. Los viejos tienen necesidad de cuidados y de compañía; los jóvenes, de trabajo y de esperanzas, pero no tienen ni lo uno ni lo otro y lo malo es que ya no lo buscan. Están aplastados en el presente. Dígame Usted: ¿se puede vivir aplastado en el presente? ¿Sin memoria del pasado y sin deseo de proyectarse hacia el futuro construyendo un proyecto, un porvenir, una familia? Este es, a mi manera de ver, el problema más urgente que la Iglesia tiene que enfrentar» (1 de octubre – OR, n. 40, pag. 12).

En el acto de su memoria, Cristo no está en la Cruz, sino en los pobres, Dios no salva mediante la Cruz, sino mediante la pobreza de Jesús, la salvación no viene de lo alto, sino de la tierra, se ama a Jesús porque se ama al hombre, a los pobres, se encuentra a Jesús porque se encuentra a los hombres, a los pobres. El Rostro de Cristo no está en la Eucaristía, en el Calvario, no es un Rostro ensangrentado por los pecados, las blasfemias de los hombres, no es un Rostro divino puesto en la Cruz, sino que es el rostro de los pobres, de los sufrimientos de los hombres, de los problemas sociales, económicos, políticos, humanos que tiene todo hombre en su vida:

«Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto (…) En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres (…)  A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. (…) En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo (…) Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana». (Mensaje para la Cuaresma, 26 de diciembre del 2013 – OR, n. 6, pag 3)

Su comunismo, su teología de la liberación, su obsesión por el dinero, que está en todas sus predicaciones, discursos, entrevistas, anula la obra de la Redención humana. Bergoglio no cree en el Altar, en el Calvario, en el sufrimiento Redentor de Cristo, sino sólo en los hombres. Si ve a Jesús sólo como un hombre, como una persona humana, la obra de Jesús es sólo humana, no divina. Y, por eso, la salvación no viene de lo alto, sino de los hombres, no es una obra divina, que el Padre ha querido en Jesús, es la obra de los hombres, es como lo quieren los hombres, como los hombres lo conciben en sus mentes. Y, claro, lo que da popularidad a Bergoglio es hablar de los pobres, de la pobreza, es combatir a los ricos, el capitalismo, es hacer su negocio en el Vaticano poniendo lo que gusta a todo el mundo como ideal a conquistar: la pobreza. Pero, ¿de qué manera se consigue? Perdiendo la verdad de lo revelado para seguir las mentiras de todos los hombres.

Muchas citas más se pueden añadir para ver que Bergoglio no es Papa. Es muy fácil discernir esto. Hay muchos caminos para ver la maldad de Bergoglio. Pero, ¿los católicos llaman hereje a Bergoglio? Muchos no son capaces de hacerlo porque esperan el veredicto oficial de la Iglesia. Y esperan en vano. No siguen a los Santos, que son los que han vivido la fe dogmática:

« … a los herejes se los ha de llamar por su nombre, para que dé horror hasta nombrar a los que son tales, y cubren el veneno mortal con el velo de un nombre de salud… Haya buenos predicadores y curas y confesores en detestar abiertamente y sacar a luz los errores de los herejes, con tal que los pueblos crean las cosas necesarias para salvarse, y profesen la fe católica» (San Ignacio de Loyola).

Esto es lo que hacemos aquí: después, que cada uno elija a quién seguir.

La Iglesia tiene que irse al desierto. Y esto es lo que muchos católicos no entienden: ¡cómo les cuesta salir de esa estructura del Vaticano y de las parroquias! Los últimos en salir será la Jerarquía verdadera. Pero no esperen a ellos, porque ellos saldrán mal. A ellos habrá que acogerles porque quedarán sin nada. Son los verdaderos católicos los que tienen que preparar la Iglesia Remanente. Hay que ir al desierto. Allí está la Virgen y Su Hijo Jesús. Allí está la Verdad de la Iglesia. No está en los pastores de la Iglesia que obedecen a Bergoglio como Papa. Ya nadie enseña la Verdad en la Iglesia; y nadie guía hacia esa Verdad. Ninguna Jerarquía está gobernando su parroquia con la Verdad.

«No deberían tolerarse curas o confesores que estén tildados de herejía, y a los convencidos de ella habríase de despojar de todas las rentas eclesiásticas; que más vale estar la grey sin pastor, que tener por pastor a un lobo» (San Ignacio de Loyola).

¿Obediencia a Bergoglio? No; nunca.

¿Sometimiento a su mente humana? No; nunca.

¿Seguimiento a sus obras en la Iglesia? No; nunca.

Bergoglio no es Papa: ésta es la Verdad que nadie sigue.

Sin la fe dogmática nadie se salva en la Iglesia


17 de diciembre

Los Protestantes hablan de una triple FE:

a) La fe de los milagros, esto es la fe por la que se consiguen los milagros: «Y si teniendo (…) tanta fe que trasladase los montes» (1 Cor 13,2).

b) La fe histórica, esto es el conocimiento de la historia del Evangelio.

c) La fe de las promesas, por la cual se creen las promesas hechas por Dios acerca del perdón de los pecados. Ellos distinguen, en esta fe, una fe general y una fe especial. General es aquella por la que se cree que ha sido prometida la salvación a todos los fieles; en cambio especial es aquella por la que cada uno confía que no se le imputan los pecados. Esta fe especial es, en realidad, la fe fiducial.

Bergoglio, al hablar de la Inmaculada, tiene esta fe fiducial: fe de las promesas, en que la salvación es para todos los hombres y a nadie se le imputan sus pecados. Por eso, en toda su homilía no habla nunca del pecado ni de la santidad. Sólo trata de convencer que la salvación es gratuita y que todos los hombres la tienen en su interior:

«Nadie de nosotros puede comprar la Salvación, la Salvación es un don gratuito del Señor que viene del Señor, y habita dentro de nosotros» (ver texto). Bergoglio nada habla sobre el pecado que habita en el hombre: «Si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado, que habita en mí» (Rom 7, 20).

Este Misterio del pecado, en cada hombre, queda anulado por este hombre: «Y no se olviden la salvación es gratuita, nosotros hemos recibido esta gratuidad, esta gracia, y tenemos que darla». (ver texto)

¿Cómo se puede dar la gracia a los demás, cómo se pueden dar los dones y carismas divinos si en todo hombre existe una ley: «que, queriendo hacer el bien, es el mal el que se me apega; porque me deleito en la Ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me encadena a la ley del pecado, que está en mis miembros» (Rom 7, 21-3)?

Esto, Bergoglio, ni se le pasa por la cabeza porque, para él, el hombre confía que Dios no le impute sus pecados. Tiene esa confianza maldita: su fe fiducial. Y, por eso, predica esa falsa misericordia, en la que hay que confiar en Dios, pero haciendo las obras buenas humanas para los hombres.

No es la confianza en Dios para esperar de Dios la obra divina que hay que realizar. Es la confianza en el mismo pensamiento del hombre, que él mismo se cree justo ante Dios porque Él lo ha justificado gratuitamente; y con esa confianza, se cree ya justificado ante Dios porque Dios no le imputa el pecado. Aunque el hombre peque mucho, Dios no se lo imputa, sino que lo salva a pesar de su pecado. Bergoglio se ha olvidado de ver su pecado, de luchar contra él, porque ya se cree santo ante Dios, se cree salvado, se cree justo. Y eso es lo que enseña a los demás en todas sus homilías, charlas, entrevistas, etc…: si la salvación es gratuita, entonces haz el bien a todo el mundo –cualquier bien vale para salvarse- y no importa el pecado. Confía en que Dios no te lo imputa. Ni hace falta arrepentirse de él ni hacer penitencia por el pecado.

Muchos católicos no saben leer a este hombre. Y quedan confundidos. Y el problema de tantos católicos es por tenerlo como Papa: lo buscan como Papa, lo leen como Papa, esperan algo de él como Papa. Y Bergoglio sólo está haciendo su obra de teatro en la Iglesia. Sólo eso. Y qué pocos hay que ven esa obra de teatro como tal. Muchos ven las obras de Bergoglio como Papa, como Pastor, como sacerdote. Y caen en el gran engaño.

Bergoglio es un falsario: un falso Papa. Y así hay que verlo. Así hay que tratarlo. Así hay que cuestionarlo.

Por eso, a este hombre se le hace una propaganda que es pecaminosa en todos los sentidos. Se le encumbra, se le exalta, se le justifican sus pecados, sus herejías, su forma de hablar, porque es tenido como lo que no es: Papa.

¡Cuántos dudan de Bergoglio y siguen diciendo: es nuestro Papa! Son personas sin discernimiento espiritual. Están en la Iglesia para luchar por sus ideas, por sus tradiciones, por sus obras apostólicas, por sus devociones, por sus grupos. Pero son incapaces de ver la verdad como es, porque eso supondría quitar sus ideas, su manera de ver la Iglesia, su juicio propio. Y eso es lo que no quieren hacer. Y, por eso, leen a Bergoglio y quedan más confundidos. Y ante una homilía sobre la Inmaculada, sólo saben decir: hoy el Papa habló bien. No saben discernir la herejía en esa homilía, porque siguen teniendo a Bergoglio como su Papa, como su hombre, como su salvador, como el camino en la Iglesia, como el que dice una verdad. Y todavía no han caído en la cuenta que este hombre no puede decir ni una sola verdad entera, como es, sin ponerle ni quitarle nada. Siempre que dice una verdad no es la verdad, sino su mentira disfrazada de verdad.

Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica, no es el Vicario de Cristo, no es la Voz de la Verdad en el mundo. No es camino para la verdad, sino senda en que se descubren tantas oscuridades como pensamientos que este hombre tiene en su cabeza humana.

Bergoglio es sólo un hombre que muestra el valor de su inteligencia humana y, por tanto, es sólo un hombre que da al hombre lo que él quiere escuchar, pero que es incapaz de revelar la Verdad al corazón del hombre. Él mismo vive sin Verdad: vive para su idea de la vida, pero no para el plan de Dios sobre su vida; un plan divino que este hombre nunca ha conocido, porque se ha pasado toda su vida dando vueltas a lo que hay en su mente humana.

Bergoglio revela lo que muchos católicos obran en sus vidas: viven sólo para sí mismos, para luchar por sus ideas, que llaman católicas, pero que son sólo las ideas de un fariseo, de un hipócrita, que se ha creído salvo porque tiene un Bautismo o practica, a su manera, una serie de devociones y ritos litúrgicos que sólo le sirven para crecer más en su soberbia y orgullo de la vida.

A muchos el conocimiento que tienen de la teología o de la Tradición sólo les sirve para condenarse en vida: lo usan para su negocio en la Iglesia, para su interés personal, para creerse que están haciendo Iglesia porque siguen unos dogmas o unos consejos evangélicos.

¿De qué sirve que sepas la teología si después no sabes ver a un hereje que enseña su herejía sentado en la Silla de Pedro?

¿Para qué comulgas la Verdad, en cada comunión que realizas, si en la práctica de la vida espiritual y eclesial, sigues teniendo a Bergoglio como Papa, como una verdad a seguir? ¿Cuándo recibes a Cristo, que es la misma Verdad, te enseña a obedecer la mentira de la mente de Bergoglio o te enseña a dejar de obedecer a Bergoglio?

Cristo no puede ir en contra de Sí Mismo, de Su Misma Enseñanza, que es Su Misma Vida, no puede engañar a los hombres, no puede poner como Papa a uno que no tiene en su corazón la Verdad de Su Mente Divina. Un hombre que sólo vive para las conquistas de su mente humana, que son contrarias a la Mente de Dios.

¡Cuántos católicos están tan confundidos por este hombre, pero por culpa de ellos mismos! Se dejan confundir porque ellos no viven la fe dogmática, sino que viven lo que predica Bergoglio: la fe fiducial, que es un instrumento con el cual el hombre hace suya la justicia de Dios y, por tanto, es el mismo hombre -no Dios en el hombre-, el que lleno de confianza en Dios -que es amor-, el que obra esa justicia que recibe: «Mostrad que la fraternidad universal no es una utopía, sino el sueño mismo de Jesús para toda la humanidad». (Mensaje para la apertura del Año de la vida consagrada – 30 de noviembre del 2014).

La fe fiducial es el camino para obtener la justificación de Dios: es tender la mano para recibir la limosna de otro. Por tanto, aquel que vive esta fe fiducial no necesita disponer su alma para ser justificado por la gracia de Cristo, sino sólo confiar en que Cristo le ha justificado.

Que los religiosos, los sacerdotes tiendan la mano a todo hombre, porque ya están salvados. Que no se les hable del pecado, sino de la búsqueda de un amor fraternal universal, que es por lo que murió Jesucristo. Jesús no murió para quitar nuestros pecados, sino para que todos los hombres se unan en un amor fraternal. Fue su sueño. Haz realidad el sueño de Jesús en tu vida humana: muestra con tu vida humana que unirte a un pecador en su pecado es el camino para salvar al hombre, a la humanidad. Ama a todos los hombres aunque sean unos demonios, aunque no comulguen con un dogma, con la verdad revelada. Es antes el amor fraternal que el amor divino. Es mayor el amor al hombre que el amor a Dios. No busques el amor divino sino el sueño de Jesús: la mística de la fraternidad universal. Bergoglio nunca habla de la Voluntad del Padre o de la Voluntad de Dios, sino de los sueños de Dios. Rebaja a Dios a la comprensión de su intelecto humano, creando una falsa espiritualidad.

Por eso, Bergoglio habla de su falso misticismo: «Vivid la mística del encuentro: «la capacidad de escuchar, de escuchar a las demás personas. La capacidad de buscar juntos el camino, el método», dejándoos iluminar por la relación de amor que recorre las tres Personas Divinas (cf. 1 Jn 4, 8) como modelo de toda relación interpersonal» (ib.). Esto es una gran blasfemia porque supone anular la mística de la Cruz, de la muerte de Cristo en el Calvario. Cristo muere para que los hombres hablen unos con otros (mística del encuentro) y busquen el camino para solucionar los problemas. Se quita a Cristo como Camino y se anula la Obra de la Redención humana. Se pone el diálogo, la mística del encuentro, que es sólo un invento de la cabeza de Bergoglio. No existe en la realidad espiritual ni mística. La vida mística es la unión entre Cristo y el alma. Y no hay otros misticismos.

Y, además, se dice que en las Tres Personas de la Santísima Trinidad hay una relación de amor. En Dios no recorre una relación de amor en las Tres Personas. No existe eso en Dios, porque en Dios la relación divina es Dios Mismo, no algo añadido a Dios. Otra gran blasfemia en la que nadie ha caído en cuenta porque los católicos sólo siguen la figura vacía de este hombre; siguen lo exterior de ese hombre y tapan sus claras herejías, porque lo tienen como lo que no es: Papa. Y así se cumple el Evangelio: «Vi otra bestia…que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero que hablaba como un dragón….diciendo a los moradores de la tierra que hiciesen una imagen en honor de la Bestia»  (Ap 13, 11.14b).

Es la obra de teatro de Bergoglio en la Iglesia: construir la imagen, el falso ídolo, en honor a la bestia. Él tiene dos cuernos semejantes a un cordero: tiene el sacerdocio. Y él habla como un dragón: blasfema cada día. Y no hay un día que no diga su blasfemia ante todo el mundo. Y no pasa un día que los católicos y la gente del mundo aplauda sus blasfemias en la Iglesia y en el mundo. Está construyendo el falso papado para su falsa iglesia.

Se está levantando la nueva iglesia, con el falso cristo, con la falsa doctrina, que sólo condena almas; y lo hace con una sonrisa, con un palabra bella, con un gesto hermoso de un bien humano, con un sentimentalismo que mata almas.

En la fe fiducial no interesa la razón, el acto de conocimiento, el dogma, la Verdad Revelada ni enseñada por la Iglesia, sino sólo la voluntad del hombre ciega: «la Iglesia que surge en Pentecostés recibe en custodia el fuego del Espíritu Santo, que no llena tanto la mente de ideas, sino que hace arder el corazón; es investida por el viento del Espíritu que no transmite un poder, sino que dispone para un servicio de amor, un lenguaje que todos pueden entender» (Estambul, 29 de noviembre del 2014): el Espíritu Santo no da una idea, una verdad, sino un sentimiento fraterno, un lenguaje que todos pueden comprender: el del amor fraternal, universal. Un amor sin verdad, porque todo es verdad. El hombre es movido por algo en su corazón que le mueve a un servicio de amor con los demás hombres, en un lenguaje que todos los hombres puedan comprender: se anula el dogma, la verdad absoluta y se pone el lenguaje, un lenguaje ciego porque es dado por un viento que no transmite un poder, sino una esclavitud: la esclavitud de la palabra humana, de la lengua humana, de la mente humana. El hombre, buscando este lenguaje que todos entiendan, se hace esclavo de su propia mente humana, de su propia idea de la vida, de su propio plan en la vida.

En la fe fiducial el hombre no hace un acto humano, en el cual se somete a Dios que revela una verdad, sino que el hombre pone su confianza sólo en Dios, confía sólo en que Dios lo ama, tiene misericordia de él, aunque haya pecado mucho. Y, por eso, Dios mueve a todos los hombres para conseguir este servicio de amor, este lenguaje universal en que todos comprenden lo que tienen que hacer: el hombre le dice a su semejante lo que éste quiere escuchar. De esta manera, se inventa un lenguaje humano lleno de mentiras, de frases bonitas, de palabras baratas, pero que son una blasfemia contra la obra del Espíritu en la Iglesia. El hombre no recibe un poder para levantarse de su pecado, sino un lenguaje universal para un amor universal. Recibe algo ciego, sin verdad, sólo para un bien común, no para salvar su alma del pecado, no para su bien particular y privado.

Por eso, este hombre abre su homilía de la Inmaculada así:

«Queridos hermanas y hermanos, el mensaje de la fiesta fiesta de hoy, de la Inmaculada Concepción de la Virgen María se puede resumir con estas palabras: ‘todo es gracia, todo es don gratuito de Dios y de su amor por nosotros’». (ver texto)

Ante la Inmaculada, lo único que tiene este hombre en su mente es que todo es gracia. Todo es gratuidad.

Un verdadero católico, ante la Inmaculada tiene que decir: La Virgen María es toda Pura, pero su vida no es para el placer, sino para el sufrimiento, para la Cruz. Fue Virgen para crucificarse con Su Hijo. No pecó para abandonarse al plan de Dios en Su Hijo.

Es una Pureza Virginal que lleva a esa Mujer a la Cruz, con Su Hijo. Si la Virgen María, no teniendo pecado, tuvo que sufrir un martirio místico y espiritual toda su vida, ¿qué no tendrán que sufrir los demás hombres en sus vidas? ¿A qué no tendrán que morir? Por tanto, ante la Inmaculada, el creyente tiene que aclamar: enséñame Madre a quitar todo mi pecado y a sufrir todo por tu Hijo.

Esto es lo que nunca va a enseñar Bergoglio. Él lanza su idea, que es la idea que todos quieren escuchar: todo es gracia. ¡Qué bonito! Y lleva al alma hacia esa idea:

«El ángel Gabriel llama a María ‘llena de gracia’, en ella no hay lugar para el pecado, porque Dios la ha elegido desde siempre madre de Jesús y la preservó de la culpa original»: Bergoglio nunca llama a la Virgen María como Madre de Dios. Nunca. Siempre la llama madre de Jesús, que es la madre de un hombre, madre de carne y hueso, madre de sangre. Para Bergoglio, Jesús es un hombre, una persona humana, no es la Persona Divina: «¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíriitu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria» (Santa Marta – 28 de octubre del 2013)

Y, por eso, dice:

«Así como a nivel físico recibe la potencia del Espíritu Santo, y después dona carne y sangre al Hijo de Dios que se forma en ella, así en el plano espiritual, acoge la gracia y corresponde a ella con la fe» (ver texto): Bergoglio se ha cargado la Maternidad Divina. ¡Y qué pocos lo ven en esta frase! Se quedan con lo bonito: «en el plano espiritual, acoge la gracia y corresponde a ella con la fe». Pero no atienden a la herejía: «Así como a nivel físico recibe la potencia del Espíritu Santo, y después dona carne y sangre al Hijo de Dios que se forma en ella».

¿Qué es la Maternidad Divina? ¿Es algo físico que se recibe en la carne para que la mujer done su carne y su sangre? No. Nunca.

La Maternidad Divina es algo espiritual y divino, por el cual la Virgen es elevada al plano sobrenatural: su cuerpo y su alma. Todo su ser es llevado al cielo. No sólo está en un estado de Gracia, sino que se realiza la Encarnación en el lugar del Cielo.

Decir que a nivel físico la Virgen recibe la potencia del Espíritu es anular la virginidad de María en la obra de la Encarnación.

La Virgen María es Madre de Dios porque es Virgen: es decir, su cuerpo actuó pasivamente en esa obra divina. El cuerpo de la Virgen no hizo ningún acto sexual, ninguna relación sexual para ser Madre, para engendrar la Persona del Verbo. Actuó de manera pasiva. Y, por tanto, la Virgen no recibe a nivel físico la potencia del Espíritu. La Virgen concibe por obra y gracia del Espíritu. No es el Espíritu el que se mete en su cuerpo para engendrar un hombre en Ella. Es el Espíritu el que eleva todo el ser de la Virgen, lo lleva a un lugar inexplicable, y allí la Virgen concibe, allí el Espíritu obra en la Virgen: produce en Ella la unión hipostática, sin que su cuerpo haga algo, sin que el Espíritu obre físicamente en el cuerpo.

El Espíritu obra divinamente en el ser de la Virgen: obra lo divino en todo el ser de la Virgen: no sólo en su alma ni en su espíritu, sino también en su cuerpo.

El óvulo de una mujer es engendrado físicamente por el semen del hombre. En la Virgen no hay semen, luego no hay engendramiento físico. La obra del Espíritu en el óvulo de la Virgen no es algo físico, como lo hace el semen: el semen penetra físicamente el óvulo. El Espíritu no penetra físicamente el óvulo de la Virgen. Es el Verbo el que asume todo el ser de la Virgen y, por tanto, el óvulo queda asumido por el Verbo; y de esa manera, se produce la Encarnación, sin ningún poder físico en el cuerpo de la Virgen.

Muchos se equivocan al poner algo físico en la Encarnación.

Jesús nació de Virgen: de una Mujer que no usó su vida sexual para engendrar. Y permaneció virgen en el parto, durante el parto y después del parto. Si fue Virgen siempre es que Dios obró en Ella sin el concurso físico de su cuerpo. Por eso, la Virgen dio a luz al Salvador en un éxtasis de amor divino. Su cuerpo no hizo nada: sólo actúo pasivamente en esa obra divina.

María es siempre Virgen: no recibe en Ella, a nivel físico, la potencia del Espíritu. Decir esto supone romper la virginidad de María.

En la maternidad virginal todo se hace sobrenaturalmente por el Espíritu. Nada hay que Ella haga: «¿Cómo será esto porque no conozco varón?» (Lc 1, 35). Este impedimento puesto por la Virgen al ángel es señal de que su maternidad es del todo milagrosa, inexplicable para todo hombre: si no se penetra físicamente un óvulo no se engendra un hombre. Dios, en su obra en la Virgen, no necesita un poder físico para engendrar el óvulo: no tiene que imitar lo que hace el semen. Hacer esto supone romper la virginidad de María.

Una mujer es virgen, no sólo porque su sexo no ha conocido el sexo del varón, sino porque su óvulo no ha sido penetrado por el semen de ningún varón. Esta es la virginidad auténtica, que es la de la Virgen. Y, por eso, Dios obra en Ella sólo de manera sobrenatural, divina. No necesita el poder físico. No necesita imitar las fuerzas de la naturaleza humana del semen para engendrar el óvulo de la Virgen. Dios eleva a la Virgen a un estado divino y obra en Ella sólo lo divino, con un poder divino, nunca físico, nunca humano.

La Virgen María concibe divinamente por el Espíritu Santo, no físicamente. Por eso, la Virgen es Divina. No es humana. No hay nada de humano en Ella. Todo en la Virgen es divino. Toda la obra de Dios en Ella es de carácter divino. La Maternidad Divina no es una maternidad humana, no se obra como una maternidad humana: el Espíritu no rompe el óvulo físicamente para engendrar; el Espíritu asume el óvulo de la Virgen para engendrar lo divino. Ese es el sentido de la virginidad en la María. Es Virgen para Madre: es Virgen para una Maternidad Divina, no para una maternidad humana, concebida por el hombre y obrada por él. María no dona su cuerpo y su sangre para engendrar al Hijo de Dios, sino que es el Hijo de Dios el que asume su cuerpo para obrar la unión hipostática: la unión entre el Creador y la criatura en el Seno de una Virgen. María pertenece a esa unión en la Persona del Verbo para una obra divina en lo humano.

Pero Bergoglio se centra en su idea:

«Así como María es saludada por santa Elisabeth como ‘Bendita entre las mujeres’, así también nosotros hemos sido ‘bendecidos’, o sea amados, y por lo tanto ‘elegidos antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados» (ver texto). Todos hemos sido bendecidos, justificados, santificados, hechos buenos como María. Es su fe fiducial: todos amados por Dios y, por tanto, todos somos santos. Dios no te imputa el pecado. Bergoglio equipara a todos los hombres con la Virgen María. Si Ella bendita, todos benditos. Esta es su blasfemia constante.

Y, por eso, sigue:

«María ha sido preservada, en cambio nosotros hemos sido salvados gracias al bautismo y a la fe. A todos entretanto, sea ella que nosotros, por medio de Cristo, “a alabanza del esplendor de su gracia’, esa gracia de la cual la Inmaculada ha sido colma en plenitud’». Gracias a tu fe fiducial, te has salvado, como la Virgen fue preservada del pecado. Todo es gracia. Nadie pone su voluntad libre para aceptar o negar esa gracia. Todo está en la fe fiducial.

Y en la Iglesia Católica seguimos la fe dogmática:

«creemos que es verdad lo que ha sido revelado por Dios, no a causa de la verdad intrínseca de las cosas penetrada en virtud de la luz natural de la razón, sino a causa de la autoridad de Dios mismo que es el que realiza la revelación» (D 1789; cf. 1811): el hombre cree en Dios porque asiente a lo que Dios le revela, da su voluntad libre, se somete con el entendimiento al dogma que Dios le revela, a la Verdad Absoluta, que está por encima de toda mente humana, de todo lenguaje humano, de toda obra humana.

Esta fe dogmática se opone a la fe fiducial. En la fe fiducial, el hombre no se somete a una verdad, sino que obra su mentira, diciéndose a sí mismo que ya Dios le perdonó su pecado, que no lo mira más porque Cristo nos ha salvado con su Sangre, ya hay un ecumenismo de sangre, de sufrimientos, ya sólo existe un misticismo del diálogo.

¡Cuántos católicos perdidos por este hombre, al que continúan llamándole Papa!

Y un hombre que no señale el camino del cielo en la Iglesia, que es un camino de cruz, no es Papa nunca.

Un hombre que sólo le interese el campo humano, no es Papa nunca.

Un hombre que sólo viva para las conquistas de su mente humana, no es Papa nunca.

El Papado es otra cosa a lo que Bergoglio da a conocer. Ser Pedro en la Iglesia es una obra divina en el alma de Pedro. Y todo Papa legítimo hace caminar a la Iglesia en la unidad de la verdad.

Pero todo Papa ilegítimo hace caminar a la Iglesia en la mentira de la diversidad del pensamiento humano.

Jesús vino para salvar almas no para alimentar las mentes de los hombres, que es lo que hace Bergoglio: da sus ideas para que los hombres las acojan y las veán como camino en la Iglesia. Y así las almas se pierden en la idea humana. Se hacen esclavas de lo humano.

Pocas cosas hay que decir de Bergoglio. Todo está dicho. Pero los hombres lo siguen porque quieren el pecado en sus vidas, como se lo da ese hombre.

Si el hombre acepta la mente de este charlatán se hace como él: un inútil para Dios y un esclavo de los pensamientos de los hombres. Muchos están en la Iglesia por el qué dirán. Hacen un común con todos los hombres que quiere vivir su relativismo en la Iglesia. Se unen a los hombres que piensan como ellos.

Y son pocos los católicos verdaderos, que, en verdad, hacen la Iglesia, son Iglesia. Son un resto fiel al que nadie atiende porque para ser de ese Resto no hay que ser del mundo, ni de la masa de los católicos, ni de la gente que se dice que sigue la Tradición, pero que después critica a todo el mundo en la Iglesia.

Si quieren ser Iglesia huyan de todas las cosas. Vayan al desierto. Allí encontrarán la verdad de sus vidas.

Si quieren hacer la Voluntad de Dios comprendan que se quedan solos, enfrentados a todos los hombres, aun los de su misma familia.

Si quieren vivir la Vida Divina, combatan toda vida humana por más buena y perfecta que parezca. Luchen contra todo pensamiento humano aunque les parezca lo más valioso para sus vidas.

Dios no obra la Santidad sin la voluntad libre de los hombres. Dios no hace puros a los hombres porque los hombres lo piensen bien. Dios no salva al hombre si el hombre no se humilla hasta el polvo, no deja en su nada sus grandiosos pensamientos sobre su vida.

Dios quiere Santos en su Iglesia, no quiere bastardos, como son muchos católicos, que se creen algo en la Iglesia porque saben pensar y obrar algo. Dios quiere humildes, que son aquellas almas que obedecen, sin rechistar la verdad revelada, absoluta, sin cambiarla en nada ni por nada en el mundo.

Bergoglio enseña su fe protestante a toda la Iglesia. Y no es capaz de enseñar la fe católica porque no cree en el dogma, en la Verdad Revelada. Es un Lutero más que con bonitas palabras destruye toda Verdad y hace caminar a las almas hacia la perdición eterna.

Bergoglio es un pecador público


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El hombre es un ser creado por Dios para un fin sobrenatural: esta es la enseñanza de la Iglesia, contenida en la Sagrada Escritura y vivida por muchos Santos, a lo largo de toda la historia del hombre.

Pero he aquí que la Iglesia está en un encrucijada: o seguir a Cristo, es decir, seguir una Doctrina que no puede cambiar nunca; o seguir a un usurpador, es decir, seguir una falsa doctrina que es mostrada como verdadera.

¡Esta es la encrucijada, a la que nadie hace caso!

Todos se limitan a ver el panorama de la Iglesia: unos critican a todo el mundo; otros se acogen a lo que oficialmente se da como enseñanza en la Iglesia.

No son estos tiempos para seguir a un Papa, porque quien se sienta en el Trono de Pedro, no es un Papa, no es un hombre con el Espíritu de Pedro, sino un hombre que se viste con los harapos de Pedro, para manifestar a todo el mundo su necedad.

No es el tiempo de estar unido a Bergoglio para estar en comunión con la Iglesia.

Es el tiempo de no someterse a la mente de Bergoglio, para obedecer la Mente de Cristo y así estar en comunión con toda la Iglesia.

Si los hombres no saben ver este punto, los hombres sólo están pendientes de un hombre, que no es Papa, y que habla para que oficialmente se acepte su falsa doctrina en la Iglesia.

Un hombre que dice: «El Corán es un libro de paz, es un libro profético de paz» (ver referencia) es, sencillamente, un hombre sin cordura, sin estudios, sin sabiduría divina. Un hombre que va buscando su negocio humano sentado en el Trono de Pedro. Un político.

No es difícil rebatir este pensamiento: en el Surah 2:163-164; 9:5, 29, el Corán autoriza la violencia y el uso la fuerza: «Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, MATAD a los asociadores dondequiera que les encontréis. ¡Capturadles! ¡Sitiadles! ¡Tendedles emboscadas por todas partes! Pero si se arrepienten, hacen la azalá y dan el azaque, entonces ¡dejadles en paz! Alá es indulgente, y misericordioso». ¡Si esto es un libro de paz, una profecía sobre de la paz, entonces qué será la guerra para Bergoglio!

Pero a Bergoglio no le interesa esto, sino sólo su idea política:

«Yo entiendo esto y creo – al menos yo creo, sinceramente – que no se puede decir que todos los islámicos son terroristas: no se puede decir esto. Como no se puede decir que todos los cristianos son fundamentalistas, porque nosotros también los tenemos, ¿eh? En todas las religiones existen estos grupos, ¿no?».

Bergoglio busca aquellos hombres islámicos que no creen, que no tienen fe en el Corán, sino que están en esa religión por tradición, por una cultura en la cual se manifesta esa fe; pero también busca hombres de la Iglesia Católica que no creen en el dogma, ni en la Tradición, ni en el Magisterio, sino que están en Ella por una cultura, un aspecto social, económico, político, en donde se da esa fe católica, que es –para él- fundamentalista.

Bergoglio está vendiendo su idea: es decir, está proclamando el cisma. Hagamos una iglesia donde entre los hombres que no creen en el Corán ni en el dogma. Hagamos una escisión en las dos religiones. Produzcamos un gran cisma.

Este planteamiento de Bergoglio es muy peligroso para él mismo porque lo hace sin una base; lo expone produciendo, a su alrededor, una gran malestar entre los hombres de ambas iglesias. Por eso, a Bergoglio nadie lo quiere porque dice cosas como éstas, que se salen de toda lógica.

Bergoglio lanza la idea: la vende. Pero, ¡a qué precio!: se tiene que hacer un hombre impopular en todas partes. Sólo la masa ciega lo sigue. Y aquí viene el problema de siempre: los que controlan las masas quieren este juego de Bergoglio.

Bergoglio lanza la idea para que la masa ciega la lleve a todas partes, y así se produzca lo que la inteligencia no puede hacer. Los cismas, las divisiones son siempre así: la idea, la inteligencia necesita de lo ciego, de una masa que sólo vive del sentimentalismo. De esa manera, se consigue el objetivo que la sola idea no alcanza.

Bergoglio está frenado por muchos intelectuales que saben lo que habla ese hombre. Su orgullo le hace hablar estos disparates, porque quiere su negocio sentado en el Trono de Pedro. Y no quiere otra cosa. No le interesa ni el Islam ni la Iglesia Católica. Él quiere su idea, que es el cisma, porque la quiere como jefe de una Iglesia que no le pertenece, que ha robado el ser Papa.

«…el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad. Sólo el Espíritu Santo puede suscitar la diversidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, producir la unidad» (ver referencia)

En esta sola frase se contiene todo el pensamiento cismático de este hombre. Es el Espíritu Santo el que provoca la diversidad: lo que pasó en el Paraíso, no fue Adán en su pecado, sino que los suscitó el Espíritu Santo; el cisma de Lutero, su gran rebeldías fue a causa del Espíritu Santo; todas las divisiones y desastres de todos los hombres, alejándose de la Verdad, es por el Espíritu. Y es el mismo Espíritu el que produce, el que retorna a los hombres a la unidad.

Semejante planteamiento es una gran necedad. Este solo pensamiento descalifica a Bergoglio, no sólo como Obispo sino como hombre. No sabe razonar con lógica:

«Cuando somos nosotros quienes deseamos crear la diversidad, y nos encerramos en nuestros particularismos y exclusivismos, provocamos la división…»: entonces, ¿ya no es el Espíritu el que suscita la diversidad de pensamientos? ¿Cómo es eso? Es el hombre el que crea la diversidad, el que se encierra en sus particularismos, en sus exclusivismos, el que provoca la división…Y continúa:

«y cuando queremos hacer la unidad según nuestros planes humanos, terminamos implantando la uniformidad y la homogeneidad»: hasta aquí hemos llegado. ¿Para qué seguir leyendo esta bazofia? Ningún hombre que siga su plan humano en la Verdad llega a la uniformidad ni a la homogeneidad. ¡Ningún hombre! Todos los hombres, en su pensamiento, son variados, complicados, múltiples, complejos, distintos. Nadie sabe implantar una idea simple, permanente, fácil de entender y seguir. Aquel hombre que impone su idea, la hace siempre a la fuerza. Aquel hombre que quiere que los demás lo sigan en su idea, es siempre a la fuerza. Y produce siempre división cuando implanta su idea, nunca uniformidad, nunca homogeneidad.

Por eso, a Bergoglio no hay que respetarlo, ni siquiera como hombre, porque no sabe hablar al hombre de una manera sensata: es un loco que dice sus locuras y se queda tan loco como está. No sabe mirar a su locura para remediarla. Cada día el mundo se despierta con una blasfemia de este hombre, con una insensatez bien dicha, con la palabra barata que gusta la inteligencia de este insensato.

«Por el contrario, si nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca crean conflicto, porque él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia». Si los carismas no crean conflictos, porque se dan para salvar las almas. Pero Bergoglio no habla de los carismas verdaderos, sino que llama carismas a las inteligencias, a las obras de todos los hombres. Para Bergoglio no existe el Espíritu Santo. Es sólo un nombre, un concepto vacío, un lenguaje que hay que usar para comunicarse con la gente que cree en el Espíritu. Para Bergoglio, la función de las Tres Personas es sólo figurativa, un modelo que hay que seguir en los hombres. Y unos tendrá la figura del Padre, otros las del Hijo y otros del Espíritu. Hay que seguir, por tanto, a los hombres, con sus caracteres, psicologías, filosofías, etc…

Bergoglio es una cabeza sin verdad, que anula toda la Tradición católica, todo el magisterio auténtico de la Iglesia y toda la Sagrada Escritura. Y sigue estando como falso Papa. ¡Este es el problema de toda la Iglesia! ¿Cómo es que viendo esto la Iglesia se somete a un hombre sin cabeza, sin lógica en lo que dice?

Bergoglio sólo es lógico en sus actos, pero no en lo que habla, no en su pensamiento.

Todo hereje desvaría cuando piensa, pero es sensato en su obrar. Obra su herejía, su mentira, su error. Y siempre lo obra igual. Nunca hace una locura cuando obra el pecado.

Bergoglio, cuando reza, siempre obra su pecado: aunque celebre una misa o rece a Alá, como lo ha hecho en este viaje, es siempre lógico: nunca va a rezar al Dios de los católicos, sino que va a orar al dios que ha creado su inteligencia humana.

Bergoglio reza a su dios, que es su mente. Al concepto que tiene de Dios. Ese concepto es una locura, sin lógica. Pero eso a él le da igual. Él lo expresa a su manera, tomando de acá y de allá, porque Bergoglio no es un hombre de inteligencia, sino que es sólo un vividor. Vive una cosa y mañana vive otra, lo que le gusta, lo que va con su cultura, con sus tradiciones humanas, con su visión del mundo y de la Iglesia.

«Como no se puede decir que todos los cristianos son fundamentalistas, porque nosotros también los tenemos, ¿eh?»: ¡vaya patada a la Iglesia Católica! ¡Vaya coz a todas las demás confesiones cristianas! Bergoglio se está creando –él mismo- sus enemigos en todo el mundo.

«En todas las religiones existen estos grupos, ¿no? Yo le he dicho al Presidente: “pero, seria bello que todos los líderes islámicos – sean líderes políticos, líderes religiosos o líderes académicos – digan claramente y condenen aquello, porque esto ayudará a la mayoría del pueblo islámico a decir: ‘no’, pero de verdad, pero de la boca de sus líderes: el líder religioso, el líder académico … tantos intelectuales, y los líderes políticos”. Todos nosotros necesitamos una condena mundial, incluso de los islámicos, que tienen la identidad y que digan: “nosotros no somos aquellos. El Corán no es esto».

Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Esto es dividir a la Iglesia para que el pensamiento de los hombres decida lo que es bueno y lo que es malo.

Esto es endiosar a los hombres: que los líderes hablen al pueblo y les quiten la fe en la Verdad; que sean los hombres, la mente de los hombres, su lenguaje escogido el que enseñe al pueblo la verdad de lo que tiene que creer.

Esto es anular la acción de Dios en la Iglesia y en el mundo entero. No escuchéis a los profetas, sino a los hombres.

Esto es estar ciego totalmente: el islam es el Corán; la Iglesia Católica tiene toda la Verdad, que es absoluta, dogmática, irrenunciable por más que la autoridad, los jefes de la Iglesia, la Jerarquía diga con su boca sus mentiras.

¡Qué cantidad de disparates dice este hombre! Y cuántos hombres le dan publicidad a sus palabras. Las dejan para que los otros lean la estupidez que la boca de este necio enseña.

Bergoglio se cree el maestro, el que tiene la sabiduría: «nosotros no somos aquello. El Corán no es esto». ¡Qué hombre más ciego, más tarado, más subnormal es Bergoglio! Es que no hay otras palabras para indicar lo que está diciendo. Es que aquel que siga la mente de Bergoglio s vuelve un idiota entre los hombres, defiende una necedad como una verdad, como un bien, como un pecado.

«‘Cristianofobia’, ¿de verdad? Yo no quiero usar palabras endulzadas: !no! a los cristianos los persiguen en Oriente Medio»: es su ecumenismo del sufrimiento, predicado en su viaje.

«Como nos recuerda san Pablo: «Si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Esta es la ley de la vida cristiana, y en este sentido podemos decir que también hay un ecumenismo del sufrimiento. Así como la sangre de los mártires ha sido siempre la semilla de la fuerza y la fecundidad de la Iglesia, así también el compartir los sufrimientos cotidianos puede ser un instrumento eficaz para la unidad. La terrible situación de los cristianos y de todos los que están sufriendo en el Medio Oriente, no sólo requiere nuestra oración constante, sino también una respuesta adecuada por parte de la comunidad internacional» (ver referencia)

Coge a San Pablo y le da media vuelta, lo pone al revés, lo malinterpreta.

Equipara la sangre de los mártires con los sufrimientos de los hombres: todos los hombres son mártires porque sufren.

Pone su solución política: que todos se muevan para alimentar, ayudar, hacer un bien humanitario. Es siempre su comunismo.

Bergoglio sólo está en el hombre, no en Dios. Habla al hombre y le dice lo que vive, lo que sufre, lo que le hace feliz. Bergoglio alimenta el orgullo de los hombres: no pone un camino para que los hombres dejen sus pecados, ni su vida humana ni sus conquistas en este mundo.

«Las nuevas generaciones nunca podrán alcanzar la verdadera sabiduría y mantener viva la esperanza, si nosotros no somos capaces de valorar y transmitir el auténtico humanismo, que brota del Evangelio y la experiencia milenaria de la Iglesia». ¡Apaga y vámonos!

¿Cristo enseñó a ser hombre?

¿Cristo guió a los hombres hacia una vida humana?

¿Cristo educó a los hombres para ser pecadores, para ser del mundo, para que crezca en el mundo las culturas, los valores de los hombres?

Ciertamente no; pero a Bergoglio esto le da igual: él sigue su idolatría: el hombre, lo humano, el valor humanidad. Él se desvive por los hombres y, por eso, llora por ellos; pero llora, pide que se alimente a los pobres, no porque le importen los pobres, sino por su orgullos, por la sed que tiene de la gloria del mundo. Que el mundo vea que él hace algo por los hombres. Busca el aplauso de ellos. Y sólo eso.

Y, claro, pone como ejemplo a seguir a los herejes:

«Son precisamente los jóvenes – pienso por ejemplo en la multitud de jóvenes ortodoxos, católicos y protestantes que se reúnen en los encuentros internacionales organizados por la Comunidad de Taizé – son ellos los que hoy nos instan a avanzar hacia la plena comunión. Y esto, no porque ignoren el significado de las diferencias que aún nos separan, sino porque saben ver más allá, son capaces de percibir lo esencial que ya nos une». Ellos, los de taizé, son los sabios, los santos, en la Iglesia, los que poseen la Verdad. Los demás, están anclados a sus dogmatismos, a su fundamentalismo.

Bergoglio no es un hombre de santidad, sino de pecado.

Es un pecador público. Y así hay que verlo. Y, por eso, no hay que tener compasión ninguna con él. Es un viejo verde porque se dedica a vivir su ida de pecado. No le importa su edad para estar fornicando con la mente de todos los hombres. Si por lo menos tuviera una mujer, se podría salvar. Pero ha renunciado a la mujer para seguir una herejía. En la lujuria de la carne hay siempre salvación; pero en la lujuria de la mente sólo hay condenación.

La soberbia unida al orgullo cierra al hombre a la verdad de la vida, a la búsqueda de la santidad, del fin al cual Dios ha llamado a todos los hombres.

¿Qué ha sido este viaje de Bergoglio? Nada: vender su idea, su nueva iglesia, que levanta en Roma. Buscar adeptos para lo que se persigue en el Vaticano.

La Iglesia tiene que decidir: estar con Cristo o con el usurpador. Pero esto, muchos lo van a hacer cuando ya no es tiempo de hacerlo, cuando vean en sí mismos, en sus carnes, en sus vidas, el engaño, que los hombres han dado a la Iglesia, con un falso Papa.

Bergoglio sólo condena almas; no puede salvarlas porque no cuida de su alma. Sólo vive para cuidar su humanidad.

Bergoglio enseña, como un falso papa, su falsa y herética doctrina


vividor

1. «El Concilio Vaticano II, al presentar la Iglesia a los hombres de nuestro tiempo, tenía bien presente una verdad fundamental, que jamás hay que olvidar: la Iglesia no es una realidad estática, inmóvil, con un fin en sí misma, sino que está continuamente en camino en la historia, hacia la meta última y maravillosa que es el Reino de los cielos, del cual la Iglesia en la tierra es el germen y el inicio» [cf. Conc. ecum. Vat. II, const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 5] (L´Osservatore Romano, n. 48, pág 20 – Audiencia general del miércoles, 26 de noviembre).

Si van a la Lumen Gentium comprobarán que no se dice nada de lo que Bergoglio habla. Allí, el Papa enseña que la Iglesia: «constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino. Y, mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el reino consumado y con todas sus fuerzas espera y ansia unirse con su Rey en la gloria». La Iglesia va hacia su fin: la Gloria, que es la unión con Su Cabeza Invisible en la gloria; va creciendo en la gracia y en el Espíritu. No crece en lo humano, en lo material, en lo natural. La Iglesia es una realidad divina, espiritual y, por tanto, siempre la Iglesia está en acto, pero es una obra divina en Ella, no humana.

Bergoglio pone el acento en su herejía: la Iglesia está «continuamente en camino en la historia». Ve la Iglesia como una realidad histórica, pero no divina, no espiritual. La hacen los hombres durante el tiempo en que viven. Y, por eso, este hombre pone la Iglesia, no en Jesús, sino en Abraham, en el pueblo de Dios del AT. Por eso, habla así y enseña su estilo de iglesia, que no es la Iglesia Católica.

Nombra, además, un documento de la Iglesia para predicar su mentira. Es lo que hacen muchos ahora en la Iglesia: nombran a un Papa o al magisterio o a un santo para decir su gran mentira a todos con una sonrisa.

El fin de la Iglesia es salvar y santificar las almas. Es un fin en sí mismo. Se quita ese fin, se anula la Iglesia.

• Lc 19,10:  «Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». Jesús viene a salvar el alma. Éste es el fin. Confirman lo mismo las parábolas de la oveja perdida, del hallazgo de la dracma y del hijo pródigo (cfr. Lc 15,1-32).

• El Nombre de Jesús indica la finalidad de la Misión de Jesucristo: la salvación de los hombres: «Dará a luz un hijo, a quién pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21).

• Y esta salvación del alma sólo se puede realizar mediante la perfección moral: «Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre Celestial» (Mt 5, 48);

«Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24); «cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 33). La Iglesia no se hace en la historia, en el tiempo de los hombres, sino en la lucha, en la batalla de los hombres contra los enemigos de su alma. La Iglesia no es una realidad histórica, no se lucha por un motivo humano, por un ideal social, para que no haya pobres. Se lucha para ganar el cielo:

«Seréis aborrecidos de todos por mi nombre; el que persevere hasta el fin, ése será salvo» (Mt 10, 22). No todos son amigos de Dios en la Iglesia. Hay enemigos, hay extraños, hay traidores. Y hay que perseverar hasta el final.

¿Qué dice Bergoglio? «Es muy necesario que esto se verifique en la comunidad cristiana, en la que nadie es extranjero y, por consiguiente, todos merecen acogida y apoyo». (L´Osservatore Romano, n. 48, pág 9 – Audiencia del viernes, 21 de noviembre). Nadie es extraño en la Iglesia, sino que todos son amigos, conocidos. Nadie es peligroso. Y pone la razón: «La Iglesia, además de ser una comunidad de fieles que reconoce a Jesucristo en el rostro del prójimo, es madre sin confines y sin fronteras. Es madre de todos y se esfuerza por alimentar la cultura de la acogida y de la solidaridad, en la que nadie es inútil, está fuera de lugar o hay que descartar» (Ib). En este párrafo hay tantas herejías que sería largo de desarrollar aquí. Pero tienen el pensamiento de un hombre sin fe, sin verdad, sin brújula alguna. Es el hombre que quiere la Iglesia en estos momentos. Y, por eso, con él, se pierde toda la Iglesia.

La Iglesia no es para todos, porque la misión de Jesús estaba restringida a la Casa de Israel: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt 15, 24). Y la misión de los Apóstoles estaba también restringida a Israel: «No vayáis a los gentiles… id más bien a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt 10, 5). Eso no impide que se predique el Evangelio a todos: «Antes habrá de ser predicado el Evangelio a todas las naciones» (Mc 13, 10); «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). Pero se va a predicar al mundo entero impulsado por el Espíritu, como lo hizo San Pedro con Cornelio: «Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú impuro». San Pedro, al dar cuenta de su comportamiento hace referencia no a un mandato de Jesucristo, sino a la revelación del Espíritu, a la visión que él tuvo y a la revelación que el mismo Cornelio recibió del ángel (cf. Act. 10, 17- 29). La Iglesia es la obra del Espíritu, no del hombre. Y, por tanto, entran en la Iglesia aquellas almas que quiere el Espíritu, no las que desea el hombre. «En verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10, 23). El mandato del Señor de evangelizar a Israel no contradice la evangelización del mundo entero por el Espíritu. Es el Espíritu el que sabe a quién hay que evangelizar, quién tiene que entrar en la Iglesia. Los hombres, con cumplir el mandato del Señor es suficiente para hacer la Iglesia. No tienen que meter en la Iglesia a los que Dios no ha purificado.

Al no interpretar correctamente la Sagrada Escritura, se cae en el falso ecumenismo, que hoy hace gala todo el mundo en la Iglesia. Hay que ir sólo a los infieles por mandato de Dios en su Espíritu, no porque uno lo vea. Son las misiones que antes se tenían en la Iglesia: se mandaba a misionar a los infieles. Ya eso se ha perdido. Hoy se va a los infieles, no para convertirlos, sino para ser sus amigos y vivir con ellos en sus pecados.

Al anular Bergoglio el fin de la Iglesia, y al decir que es para todo el mundo, que no hay extranjeros, que es madre de todos, que alimenta las culturas de los hombres,  entonces tiene que concluir –necesariamente- que todos van al cielo.

2. «Más que de un lugar, se trata de un «estado» del alma donde nuestras expectativas más profundas se realizarán de modo superabundante y nuestro ser, como criaturas y como hijos de Dios, llegará a la plena maduración. Al final seremos revestidos por la alegría, la paz y el amor de Dios de modo completo, sin límite alguno, y estaremos cara a cara con Él (cf. 1 Cor 13, 12). Es hermoso pensar esto, pensar en el cielo. Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos. Es hermoso, da fuerza al alma».

a. «Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos»

¿Qué enseña la Iglesia?

«Por esta constitución que ha de valer para siempre por autoridad apostólica definimos que, según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos…, en los que no había nada que purgar al salir de este mundo, ni habrá cuando salgan igualmente en lo futuro, o si entonces lo hubo habrá luego algo purgable en ellos, cuando después de su muerte se hubieron purgado…, inmediatamente después de su muerte o de la dicha purgación… aún antes… del juicio universal, después de la ascensión del Salvador Señor Nuestro Jesucristo…, estuvieron, están y estarán en el cielo… y vieron y ven la divina esencia con visión intuitiva y también cara a cara… definimos además, que según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son atormentados con penas infernales…» (Benedicto XII (D530).

Se enseña explícitamente que las almas reciben, una vez que mueren, un premio o un castigo. Y lo reciben inmediatamente: «definimos que (…) las almas de todos los santos (…) inmediatamente después de su muerte(…) están y estarán en el cielo(…)definimos además, que (…)  las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno ».

Es la definición de la Iglesia que significa que hay que creer que cuando se muere, unos van al cielo y otros al infierno. Es de fe divina y católica definida. Es un dogma definido por la Iglesia, que está en la Sagrada Escritura y en toda la Tradición.

Bergoglio, por tanto, enseña su propio magisterio, que no pertenece a la Iglesia Católica. Con su doctrina, Bergoglio enseña el camino de condenación a las almas en la Iglesia.

Y esto significa una cosa: que Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

b. «Más que de un lugar, se trata de un «estado» del alma»

El cielo es un lugar concreto.

Según la sentencia común de los teólogos, las almas quedan constituidas no sólo en un cierto estado de bienaventuranza o de condenación o de purificación, sino en un lugar determinado:

• Lc 16, 22: «Sucedió, pues, que murió el pobre, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham». El alma del pobre es llevada a un lugar, no se transforma en un estado, no vive en un estado: murió en estado de gracia y fue llevada al seno de Abraham, a un lugar concreto.

• Hech, 1, 25: «para ocupar el lugar de este ministerio y el apostolado de que prevaricó Judas para irse a su lugar»: Judas pecó, murió y se fue a su lugar en el infierno.

• Jn 14,2s: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas… y luego que os haya preparado el lugar, volverá otra vez y os tomaré conmigo, a fin de que donde yo estoy, también estéis vosotros»: Jesús prepara un lugar concreto para sus almas elegidas, que son las que se salvan y se santifican. Jesús, siendo Dios, también tiene su lugar en el Cielo, porque posee un Cuerpo Glorioso.

• Lc 23, 43: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso»: el buen ladrón, cuando muera, va a estar con Jesús en el lugar del Paraíso; su alma no cambiará de estado, sino que estará junto a Jesús en un lugar concreto.

• Ap 21, 2: «Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del Cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa»: la Nueva Jerusalén baja del cielo, baja de un lugar concreto. Y en el Cielo se encuentra al lado de Dios, está en un lugar concreto del cielo.

• El Concilio Florentino (D 693): «Y que las almas de aquellos que después de recibir el bautismo, no incurrieron absolutamente en mancha alguna de pecado, y también aquellas que, después de contraer mancha de pecado, la han purgado, o mientras vivían en sus cuerpos o después que salieron de ellos, según arriba se ha dicho, son inmediatamente recibidas en el cielo y ven claramente a Dios mismo, trino y uno, tal como es, unos sin embargo con más perfección que otros, conforme a la diversidad de los merecimientos. Pero las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual o con solo el original, bajan inmediatamente al infierno, para ser castigadas, si bien con penas diferentes». En esta definición se enseña que las almas que mueren sin pecado o que han purificado sus pecados son «inmediatamente recibidas en el cielo»: son recibidas en el lugar concreto del cielo. Y las que muere en pecado mortal  «bajan inmediatamente al infierno»: bajan al lugar concreto del infierno.

• San Cirilo de Jerusalén: «Los ángeles ven continuamente en los cielos el rostro de Dios; ahora bien cada uno ve según la medida de su propio orden y lugar. Sin embargo la pura intuición del esplendor de la gloria del Padre está reservada propia y sinceramente al Hijo juntamente con el Espíritu Santo»: los ángeles también estén en un lugar concreto del cielo, no sólo en el orden de su jerarquía.

• San Gregorio Niseno: «Esta es la vida propia y conveniente a la naturaleza intelectual, el participar de Dios… la vida del alma consiste en ver a Dios»: las almas, en el cielo, ven a Dios, pero cada una en su lugar, en su mansión:

• San Agustín: «Todas las almas tienen cuando salen de este mundo, sus diversas mansiones. Las buenas alcanzan el gozo, las malas los tormentos. Mas cuando haya acaecido la resurrección, el gozo de los buenos será mayor y los tormentos de los malos serán más terribles, cuando sean atormentadas las almas juntamente con el cuerpo…»

Más aún, los Padres y los Teólogos juzgan comúnmente que las almas no pueden salir de sus lugares, según la ley ordinaria, si bien no excluyen el que esto suceda de manera extraordinaria.

Muchos ven la herejía de Bergoglio, pero no se atreven a llamarlo hereje manifiesto: están esperando otra herejía. Y no se han dado cuenta que el verdadero hereje no es el que dice herejías, sino el que vive su herejía, su pecado, aunque no manifieste con la palabra esa herejía.

Bergoglio es el que vive su herejia y deja vivir a otros en su herejía, en su vida de pecado. Por tanto, es el que condena a todos al infierno. Y lo hace con una sonrisa, tomando mate: vive y deja vivir, porque todos nos vamos al cielo.

No existe la conciencia crística, ni la conciencia colectiva, ni el amor crístico


ethos

«Si los fundamentos se destruyen, ¿qué podrá hacer el justo» (Sal 12 [11], 3).

El fundamento del hombre: Dios. Pero no el concepto que el hombre tiene de Dios en su mente humana, sino lo que Dios Es.

Dios no es una idea para el hombre, sino una Vida.

Dios no es una conciencia universal para la humanidad, sino una Ley Eterna, Inmutable, que cada hombre, en particular, debe obrarla.

Todo hombre está obligado a formar su conciencia moral. Si no la forma, el mismo hombre destruye, con su mente humana, su fundamento.

«En nuestro tiempo se hace cada vez más fuerte la voz de los que quieren convencernos de que la religión como tal está superada. Solo la razón crítica debería orientar el actuar del hombre. Detrás de símiles concepciones está la convicción de que con el pensamiento positivista la razón en toda su pureza se ha apoderado del dominio» (Benedicto XVI – Universidad Urbaniana  – 21 de octubre 2014).

La razón del hombre busca el poder, el orgullo de dominarlo todo sin Dios. Con su razón crítica, el hombre se inventa el concepto de Dios, el concepto de la ley natural y divina. El hombre se hace su religión, su iglesia, su espiritualidad; es decir, su fábula. Fábula que siguen muchos porque ya no saben abajar su mente a la Verdad Revelada.

El hombre crea con su razón humana una nueva moral sin moral: una moral de conceptos vacíos, de lenguaje agradable al oído humano, pero lleno de errores y de oscuridades.

El hombre va en busca de una conciencia universal, humana, crística, personal que no existe. Sólo se da en su cabeza humana, en su falsa interpretación de lo que Dios ha revelado.

«Considerarlo como el único válido disminuiría al hombre, sustrayéndole dimensiones esenciales de su existencia» (Ib.). Es lo que se ve: un hombre disminuido porque ha puesto en su mente lo único que tiene valor, y así le falta lo más importante para su vida: el sentido de lo divino. El sentido real, su fundamento real, que no está en su mente, sino fuera de ella.

Si la mente del hombre no se cierra a ella misma, entonces sólo vive para sí misma.

El hombre que aprende a cerrar su mente, vive con el corazón abierto a Dios, a su fundamento real, vivo.

Pero el hombre que busca en su mente la solución al problema de su vida, se hace él mismo esclavo de sus mismos pensamientos y los adora como dios.

El hombre tiene que abajarse, humillarse, despreciarse. Y, entonces, Dios lo ensalza, obra lo divino en su existencia humana.

«El hombre se hace más pequeño, no más grande, cuando no hay espacio para un ethos que, en base a su naturaleza auténtica retorna más allá del pragmatismo, cuando no hay espacio para la mirada dirigida a Dios» (Ib).

El hombre tiene que mirar a Dios, pero no con su pensamiento humano, sino con su corazón. Un corazón que no mira a Dios no ama al prójimo, no sabe darle lo que Dios quiere.

En el corazón humano, Dios pone su amor divino; pero en la mente humana, el demonio es el que trabaja.

Con el corazón abierto al Amor de Dios, el hombre forma su conciencia moral: el hombre es enseñado por Dios para obrar, con su mente, aquello que Dios quiere y le pone en su corazón. La mente del hombre es la que guía a la voluntad del hombre, para que haga aquello que ha comprendido de Dios con su corazón.

La mente humana no decide nada en el orden divino, no manda nada, no ejerce ningún dominio. Es sólo la guía, que tiene el hombre, para poder poner por obra la Voluntad de Dios.

La conciencia moral es el juicio de la mente, un acto de la mente sobre una acción moral, sobre una obra buena o mala moralmente. Lo moral es lo que sigue una norma suprema, una ley eterna, divina. Lo moral no está en los hombres, no lo deciden ellos con sus pensamientos o con sus obras en la vida, sino que lo regula Dios con Su Ley, con Su Voluntad.

La ley natural es una ley moral, es norma para formar la conciencia moral. Quien vaya en contra de la ley natural va en contra de su propia conciencia, hace de su propia conciencia un juicio falso del bien y del mal. Hace de su vida una abominación, como son los homosexuales.

La conciencia moral no es la conciencia psicológica, por la cual el hombre conoce que está pensando, que quiere algo en la vida, que obra algo. Conocer los propios actos internos, entendimiento y voluntad, no es tener una conciencia moral. Es sólo mirar lo humano con ojos humanos.

Conocer que esos actos internos se dirigen o no hacia Dios, hacia lo que Dios quiere, eso es la conciencia moral.

Los falsos profetas hablan de una conciencia colectiva: «Amados, oren en la praxis cotidiana de sus actos, en la conciencia personal y alertando la conciencia colectiva» (Luz de María – 17 julio 2013).

No existe ni la conciencia personal ni la colectiva. La humanidad no tiene conciencia, no tiene alma. Una comunidad, un grupo de hombres, no tiene conciencia. Una familia no tiene conciencia. Un pueblo no tiene conciencia. Para tener conciencia, es necesario poseer un alma racional.

La persona no tiene una conciencia personal: tiene un alma, un cuerpo y un espíritu. Y, en su alma, está su mente; pero la mente humana no es la conciencia personal del hombre.

Muchos confunden la razón humana con la conciencia; muchos llaman con el nombre de conciencia a sus pensamientos, a lo que conciben con sus juicios humanos. Y yerran.

El hombre tiene una conciencia psicológica, pero no como persona. Porque la persona es todo el hombre: alma, espíritu y cuerpo. La persona es algo más que el juicio de la mente y las obras de la voluntad humanas. La persona es algo más que las obras de la carne; no es sólo el estado de gracia o de pecado. La persona es intocable en el ser humano, intangible, es la que dirige todo: su alma, su espíritu y su cuerpo. Es la que ve con su conciencia moral lo que tiene que hacer. Hablar de conciencia personal es hablar de nada.

El hombre tiene una conciencia psicológica, nacida de su mente humana. Pero el hombre no es su conciencia, ni psicológica ni moral. El hombre es un ser que posee tres cosas: alma, espíritu y cuerpo.

Muchos confunde esto: hombre y conciencia. Los ponen juntos y así dicen que hay que buscar el amor crístico, la conciencia crística. Han confundido a Cristo con su conciencia moral. Cristo no es su conciencia moral. Cristo es el Verbo Encarnado. Y Cristo obró la Voluntad de Su Padre: obró una moralidad perfecta, sin pecado. Hay que buscar el Amor del Verbo, no el amor crístico. El Amor del Padre y del Hijo, no el amor de un lenguaje humano: la palabra, el verbo. Cristo no es una idea, un concepto, una forma de comprender el amor de Dios. Cristo es el Mismo Amor, porque es Dios.

Hay que unirse al Verbo Encarnado, pero eso el hombre no sabe hacerlo por más que piense en Cristo, por más que cumpla una ley divina. Es el Amor de Dios el que transforma al hombre en otro Cristo, no es el hombre el que se unifica con Cristo:

«Ustedes, amados, deben confluir unificándose con la conciencia crística en todos sus preceptos y en sus principios» (Luz de María – 14 de abril del 2014).

No existe la conciencia crística: existe el Verbo Encarnado, existe la doctrina que Cristo ha enseñado; existe la Ley Eterna, que Cristo ha cumplido totalmente en su vida humana; existe la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, un cuerpo místico, no un cuerpo universal.

El hombre se une a Cristo sólo por la Gracia. Y la Gracia es la Vida Divina. Y no es más que eso: lo divino que el Señor pone en el espíritu del hombre, no en su alma. La Gracia es la Vida para el espíritu del hombre. Y se vive la Gracia con el corazón, no con la mente humana.

¡Cómo engañan los falsos profetas a los mismos católicos que no saben su fe, que vive amparados de su razón práctica! Todo lo quieren entender con sus pensamientos humanos y así se disminuyen, se hacen una abominación en la misma Iglesia de Cristo.

Los falsos profetas hablan de abrir la mente:

«que abran el pensamiento, la mente, que permitan que sus sentidos se impregnen de mi amor, porque este instante es difícil» (Luz de María – 16 de Mayo de 2012).

Dios habla al corazón; Dios abre el corazón; el demonio habla a la mente; el demonio abre la mente para conquistar lo humano, la soberbia de las ideas, el orgullo de las obras de los hombres, la lujuria de la vida de cada uno sobre la tierra.

El Amor de Dios se da al corazón del hombre; pero el corazón tiene que abrirse en la humildad de la mente, cuando la mente se cierra a toda idea del hombre y del demonio. El hombre tiene que trabajar en quitar su soberbia de la mente. La soberbia abre la mente del hombre al mundo del demonio; la humildad abre el corazón del hombre al mundo de Dios. Para ser humildes, hay que pisotear la mente, hay que despreciarla, no hay que vivir pensando como lo hacen los hombres. Hay que vivir con la Mente de Cristo, que es la Mente de Dios. Y Dios no tiene conciencia porque no puede pecar. Cristo no tiene conciencia porque no puede pecar. La conciencia es para el hombre pecador, no para el santo. El Santo es aquel que siempre hace la Voluntad de Dios. Siempre. Por eso, es necesario el purgatorio porque los hombres no saben hacer la Voluntad de Dios en sus vidas humanas, a pesar de tener una conciencia que les grita que no están haciendo lo que Dios quiere.

Este es el lenguaje del demonio: «que abran el pensamiento, la mente».

¡Cuántos siguen este lenguaje! ¡A cuántos católicos les gusta este lenguaje! ¡Lo usa Bergoglio constantemente: es un hombre con la mente abierta al mundo del demonio! ¡Un hombre con un corazón cerrado al mundo de Dios!

Abrir la mente es meterse en la conciencia psicológica. Y de ella inventarse la conciencia universal, personal, crística. Es la razón práctica que busca el dominio, el poder.

Cuando el hombre habla de abrir su mente, entonces se quiere poner la raíz del mal en el mismo pensamiento humano, los pensamientos negativos:

«Se han negado a Dios, y desconocen que los pensamientos y vibraciones de cada uno no se quedan en el ser, sino se expanden y van produciendo una cadena de energía que se tornará en su contra. Los actos humanos no se dan y desaparecen; las consecuencias de éstos, acumulan negatividad, la cual regresa con prontitud a derramarse sobre la tierra» (Luz de María – 26 de Agosto de 2012).

¡Cuántos se levantan todos los días para buscar un pensamiento positivo de la vida! Van en busca de la razón práctica: quiere conseguir con sus pensamientos que la vida les vaya bien. ¡Un absurdo! El hombre no decide con su pensamiento su vida. El pensamiento del hombre no es la vida del hombre. Por más que pienses la vida no te vas a salvar. Por más que medites en el cielo, no vas a ir al cielo.

La idea humana crea una energía: es la fuerza de la mente, es el poder de la mente, es el dominio de la razón: «Detrás de símiles concepciones está la convicción de que con el pensamiento positivista la razón en toda su pureza se ha apoderado del dominio».

El hombre está convencido de que con sus pensamientos puede arreglar el mundo: ten pensamientos positivos, no tengas negativos. El hombre quiere dominar el mundo con su mente, con su energía positiva, la que nace de sus pensamiento positivos. Son ideas que fluyen de la mente del hombre, de su boca. Estamos en el platonismo. La idea platónica: todo está en la mente: en cómo piensas, en cómo meditas, en cómo sintetizas tus ideas para crear una energía, una fuerza vital que ponga en marcha la conciencia universal.

Así hablan los falsos profetas. Y ¿qué hacen los católicos detrás de estos falsos profetas, detrás de una Luz de maría que es el atractivo del demonio para engañar a mucha gente que se cree sabia con su inteligencia humana?

«Reciban la luz divina con amplitud de conciencia y lo demás se les dará por añadidura» (Luz de María – 10 de octubre de 2013).

Pero, no dice el Evangelio: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás por añadidura» (Mc 6, 33). Entonces, ¿qué hacen leyendo a Luz de María, que es la luz del Maitreya? ¿A qué juegan con sus vidas espirituales?¿De qué les sirve el Magisterio, la enseñanzas de los Santos Padres, la doctrina de Cristo en Su Evangelio?

¿Es que la luz divina se recibe con una conciencia ancha, laxa? Dios da su luz para enseñar al hombre a formar su conciencia moral, no para ampliar su conciencia, sino para hacer de la conciencia del hombre un manantial de sabiduría para no pecar más.

Dios enseña, con su luz divina, a no pecar. Y, entonces el hombre tiene una conciencia recta, verdadera, no amplia, no laxa, no ancha.

Luz de María pone en la mente del hombre, la conciencia. Y, entonces, como hay que abrir la mente, hay que ampliar la conciencia. Consecuencia, enseña este disparate:

«….miremos los apegos y a la vez los desterremos, dando paso a esa luz divina que nos conduce a la conciencia crística, en donde lo humano es superado por el ser divino de donde procedemos». (Luz de María – 14 de abril del 2014).

Una vez que se amplía la conciencia, entonces lo humano queda superado por lo divino. Y eso es la conciencia crística: estar en donde lo humano es superado por lo divino. Hay que llegar a esa conciencia.

Y ¿qué enseña la teología?

La gracia supera al hombre, pero no lo anula. La gracia da una vida que no es del hombre, una vida que está por encima del hombre, pero no es una vida que anule la conciencia, la libertad, la mente del hombre.

Dios da la gracia al hombre para que pueda vivir dos vidas mientras está de paso. Mientras el hombre viva esta vida de prueba, el hombre no puede tener a la perfección la vida divina de la gracia. El hombre tiene que morir para vivir perfectamente en la vida de Dios. Y en esa vida divina el hombre está en lo divino. No es superado por lo divino, sino que es transformado en todo lo divino.

¿Ven hacia donde lleva un falso profeta? Hacia el descalabro más total.

Para hacer un juicio moral, la persona debe aprender lo que es el bien y el mal moral.

«Hacer el bien y evitar el mal», «lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo hagas a otro», «la suprema deidad debe ser adorada», «las promesas deben ser guardadas», «los preceptos deben ser cumplidos»…, no es la conciencia moral. Son sólo principios universales de donde se deduce la moralidad de los actos, pero no son un juicio de la mente sobre una obra buena o mala.

Con estos principios, se deducen muchas verdades, que son universales, para todos, y se puede hacer muchos bienes: materiales, carnales, naturales, humanos, espirituales, divinos. Y también se realizan muchos males que los hombres cree que son buenos.

Estos principios universales no constituyen una conciencia universal: un pueblo bárbaro que siga el principio de rendir culto a la divinidad, aunque esta divinidad sea un demonio, no tiene una conciencia errada como pueblo, sino que cada hombre de ese pueblo tiene su propia conciencia errada en lo moral. Hay que formar a cada miembro del pueblo para que obren lo correcto, lo verdadero, lo cierto. Las diversas culturas no forman la conciencia colectiva del pueblo. Un hombre que conozca su cultura no tiene una conciencia moral. La conciencia moral se forma en la ley divina, en la sabiduría divina, no en la sabiduría de los hombres.

La Iglesia que sigue a un usurpador, como Bergoglio, significa que los miembros de la Iglesia no tienen la conciencia moral recta, sino errada en ese punto. Y es neceario formar esa conciencia moral de cada miembro con la verdad de lo que es un Papa en la Iglesia.

Los católicos que siguen a un falso profeta, como Luz de María, tienen una conciencia moral errada. Y debe ser formada si quiere salvarse dentro de la Iglesia. Porque los falsos profetas combaten contra la Verdad de la Iglesia y producen que las almas vivan para el pecado en su inteligencia humana.

Hay que «hacer el bien y evitar el mal», pero esto no es lo que salva ni santifica al hombre. No existe un bien universal ni un mal universal; no existe un bien cultural ni un mal cultural, porque la conciencia no es universal, no es colectiva, sino de cada hombre, es particular. Y lo que cada hombre obre en su vida privada, después, tiene sus efectos en la vida comunitaria. Según sea la conciencia moral de cada hombre, así será su obra en la familia, en la comunidad, en la sociedad, en el trabajo, en las diversas culturas de los pueblos… Y esa obra que se hace para todos, ese bien o mal común, tiene repercusiones en el orden moral, ya para el individuo, ya para la sociedad en la que se hace ese bien o ese mal.

Para salvarse, el hombre tiene que hacer el bien moral y evitar el mal moral. El hombre tiene que ponerse en el orden moral para encontrar el camino de la salvación. El orden humano no salva, no es camino. El orden natural es sólo para un camino natural; pero lo moral hace referencia a Dios, no al hombre, no a lo natural.

Se necesita la ley Eterna para una norma de moralidad. Pero hoy los hombres, con su razón práctica, la anulan. Y así la gente va buscando falsos profetas.

¡Cuántos hay que se van a condenar por seguir la conciencia ancha, la conciencia colectiva! ¡Bergoglio es Papa, entonces hay que obedecerle porque si no se va en contra de la conciencia eclesial, colectiva, universal! No existe tal conciencia. Sólo existe la conciencia de cada individuo. Y cada uno tiene que resolver por sí mismo: o aceptar a Bergoglio o rechazarlo. Pero no se puede seguir la opinión de la masa en la Iglesia. Eso es condenarse.

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