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Imitación de Cristo – Libro 1

Imitación de Cristo – Libro 2 – Avisos para la dirección interior

Imitación de Cristo – Libro 4 : Del Santísimo Sacramento

La mente pervertida de Francisco, el usurpador del Papado


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La renuncia del Papa Benedicto XVI ha abierto la puerta a todas las herejías que han presionado a la Iglesia Católica durante 50 años. Y, ahora, estamos en los momentos que anteceden al horrible sacrilegio, la abominación de la desolación, que el Profeta Daniel describe, y que aparece retratado en la liturgia católica, contaminada de la protestante, y que sólo está a un paso, a un toque, de perder la línea de la Gracia Santificante, dada por el Espíritu Santo.

Han trabajado para preparar otra Iglesia, separada del Papa, y la han puesto en la persona de un usurpador: Francisco, que es el primero entre muchos, que está provocando el escándalo de una división y de un cisma en toda la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI es el fundamento de la Iglesia, porque posee el Espíritu del Sucesor de Pedro: es el Vicario de Cristo, puesto por Cristo para guiar a la Iglesia hacia la Verdad. Han quitado este fundamento, y están construyendo una estatua sin vida de la Gracia, que es la imagen de la Bestia, para que el Anticristo le infunda espíritu de vida, el espíritu que lleva a la muerte eterna, a la vida del infierno, la vida de un demonio, la vida de un condenado.

Esta estatua es un falso Cristo y una falsa Iglesia, que nace en el mismo Vaticano, como una iglesia modelo, universal, global, compendio de todos los errores, constituida por todas las vidas depravadas, pervertidas, inicuas de la cizaña, que sólo sirve para la quema. Y la primera vida maldita es la de Francisco, que ha estado en la Iglesia Católica haciendo caminar a las almas fuera de la Iglesia, donde no hay salvación: les quita la gracia y les infunde su herejía, su apostasía y su cisma. Y todos los payasos que le sirven en su gobierno están malditos, porque el que sigue a un maldito se hace maldito con él.
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“Ve, camina en mi presencia y se irreprensible. No entiendo al cristiano que no camina. No entiendo a un cristiano quieto. El cristiano tiene que caminar…porque lo que está quieto, lo que no se mueve, se corrompe como el agua quieta que es la primera que se pudre…Pero hay cristianos que confunden el caminar con el dar vueltas. No son caminantes, son errabundos y van por aquí y por allá en la vida…Les falta la parresía, la audacia de seguir adelante; les falta la esperanza” (caserta).

Ve y camina en la presencia del demonio y serás un bastardo para Dios, pero un amigo de los hombres y de todos los condenados en el infierno. Así, de esta manera, es necesario escupir las palabras de Francisco, porque son herejía pura. Nacen de un corazón cerrado a la Verdad y de una mente abierta a la mentira. Y no hay, con este hombre, término medio, porque ya ha demostrado que no quiere convertirse dentro de la Iglesia Católica, sino que está en Ella para condenarse él mismo y condenar a muchos a la eternidad de las penas del fuego del infierno: un lugar y un estado para aquellos que decidan vivir al margen de la Palabra de Dios, es decir, colgados, todo el santo día de sus palabras humanas, de sus sentimientos humanos, de su estúpida vida de hombres. ¡Cuántos católicos echan a un saco roto la vida de la Gracia! ¡Merecen el infierno! ¡Desprecian la plenitud de la verdad por seguir la plenitud de la mentira!

No entendemos que hace todavía Francisco sentado en la Silla de Pedro, porque él no camina con la Iglesia Católica. Él no camina en la Verdad del Evangelio. Él no camina con las almas que pertenecen a Cristo, sino que es un lobo que ha hecho su camino de maldad, dentro de la Iglesia, y que se atreve a engreírse ante todo el mundo como el que sabe caminar en la presencia de Dios. ¿Por dónde camina Francisco? Por los senderos de su estúpida cabeza humana. ¿Qué obras ha hecho? Por sus frutos los conoceréis: hace una oración por la paz y al día siguiente se declara la guerra. Esto es perder credibilidad ante todo el mundo. Este es el mayor espanto que Francisco tiene que asumir en su popularidad. Sus obras están contaminadas porque su mente está pervertida. Esto significa no ser infalible. Esta es la obra del Vicario del Anticristo, que llama a la guerra con las palabras de la paz.

No entendemos a una Jerarquía que se queda quieta y que no combate las herejías de Francisco y no le pide que renuncie, de una vez por todas, al gobierno de maldad que ha puesto en Roma. No entendemos esa quietud de muchos, que se dicen católicos – y son sólo de nombre- , y que les da igual que un necio los gobierne y les muestre el camino de la perdición. No entendemos cómo los católicos se ciegan ante un hombre que sólo es capaz de tirarse la foto con todo el mundo, para ganarse el respeto de la masa idiota e incrédula. No entendemos cómo los católicos no saben discernir entre la virtud de la humildad y el vicio de la falsa humildad. No entendemos cómo los católicos les gusta tanto aplaudir a un ignorante de la vida espiritual y eclesial, que no sabe decir con su boca la Verdad como es, sino que tiene que añadir siempre su mentira, su interpretación, su locura mental.
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No entendemos a los medios de comunicación del vaticano que no silencian las palabras de este hereje, para no ser cómplices de su pecado en la Iglesia. Ellos transigen con su pecado y no lo corrigen, y se hacen herejes y cismáticos como este señor, que de Papa sólo tiene el nombre de guerra: es una estatua sin vida, que ha fabricado un monumento a la herejía y a la blasfemia en el Vaticano. Es un pelele del marxismo y del protestantismo, que ha ido a Caserta a hacer propaganda de su pecado en la Iglesia. No tiene la fe verdadera y sólo transmite su falsa fe.

Francisco es un alma que se pudre por su pecado. Un alma que huele mal. Un alma llena de la mierda de su intelecto humano, que sólo sabe fabricar pensamientos de maldad en la Iglesia. Él es el que da vueltas a su cabeza, él es el errabundo de la vida, el vividor de su maldito pecado, que va por aquí y por allá alcanzando a las almas, haciendo prosélitos, para llevarlos al fuego del infierno, porque no les habla con la Verdad del Evangelio, no les corrige de sus errores, sino que los deja en sus mentiras, para que se crean salvos y santos y se condenen. Y esto es lo único que ha hecho con los pentecostales: sigan viviendo en sus errores, que van por buen camino, el del demonio. Que nadie les quite esa esperanza: la de condenarse
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Cuando caminamos en presencia de Dios, encontramos la hermandad. En cambio, cuando nos quedamos quietos, empezamos a mirarnos unos a otros y se abre otro camino, muy feo, el de las habladurías… Así empezaron, desde el primer momento las divisiones en la Iglesia. Y el Espíritu Santo no crea divisiones…Ya desde el primer momento de la comunidad cristiana hubo esta tentación: ”Yo soy de este, yo de este otro… No; Yo soy la iglesia, tu eres la secta”.

Cuando se camina en la Presencia de Dios se encuentra la Verdad en el amor divino, que manda amar y dar al otro la Voluntad de Dios. El amor al prójimo no es una hermandad de mentes humanas, de obras humanas, de vidas humanas. No somos hermanos porque lo diga Francisco. No se ama al prójimo porque se le haga un bien humano. Se ama al prójimo porque se le da una cruz, la de Cristo. El amor al prójimo es una crucifixión de todo lo humano. Si los hombres, cuando se aman, no pisan sus pensamientos humanos, los que están llenos de errores; si no quitan aquellos pensamientos que los llevan a la obra del pecado, entonces no son capaces de amarse en Cristo. Porque Cristo no manda dar un beso y un abrazo a los hombres cuando pecan. Cristo manda sacarlos de su pecado, corregirlos de su pecado, hacerles ver que están pecando. Y quien no hace esto no ama al prójimo. Aquellos sacerdotes, como Francisco y toda su panda de herejes, que hacen de sus sacerdocios un negocio, una mercadería de las almas, yendo a ellas para contarles fábulas, historias de sociedad, leyendas urbanas, haciendo que sigan viviendo en su inútil vida de hombres, son los que crean la división en la Iglesia, son los que abren la puerta al cisma de la Iglesia. Son los que se han inventado una nueva secta que ya no se rige por el dogma: sólo en la Iglesia Católica hay salvación. Fuera de Ella no se da ninguna salvación.
iglesia4cY, por tanto, hay que decirles a los pentecostales: Yo soy de la Iglesia Católica: vosotros sois de la secta del demonio, creada por Lutero, y si no cambiáis vuestra mentalidad, si no humilláis vuestra cabeza humana, os vais a condenar al fuego del infierno, aunque no creáis ni en el infierno ni en el demonio. Estas cosas, Francisco, por supuesto que no las dice, por su marketing: está haciendo proselitismo. El falso proselitismo de su nueva sociedad en el Vaticano. Quiere convencer a las almas, que viven en el mundo y en sus sectas, que van por el camino de la verdad, que tienen una parte de la verdad; y, por tanto, que se queden en ese camino, que no entren en la Iglesia Católica para salvarse, porque la Iglesia es una secta más, con sus verdades, pero que no las posee todas. Y, claro, tiene que escupir su vómito:

“El Espíritu Santo crea la ‘diversidad’ en la Iglesia… una diversidad, rica y hermosa. Pero, al mismo tiempo, el Espíritu Santo crea la unidad y así la Iglesia es una en la diversidad. Y para emplear una bella frase de un evangélico que me gusta mucho, una ”diversidad reconciliada” por el Espíritu Santo, que crea las dos cosas: la diversidad de carismas y después la armonía de los carismas”.

Esta es la perversión de una mente humana. Aquí está lo que muchos no se atreven a decir: la blasfemia contra el Espíritu Santo: El Espíritu Santo crea diversidad…el Espíritu Santo crea la unidad y así la Iglesia es una en la diversidad….el Espíritu Santo hace la diversidad reconciliada… Francisco predica la unidad según la mente del hombre. La Iglesia predica la unidad en el Espíritu, según la mente de Dios.

El Espíritu Santo es la unidad en la Verdad y, por tanto, en la mente de aquellos que tienen dos dedos de lucidez mental (y Francisco vive en la locura, en el desvarío de su mente), en la conciencia formada de aquellas almas que creen en el Evangelio (y Francisco sólo cree en su interpretación del Evangelio), en el sentido común, que es el menos común de los sentidos (y Francisco carece de sentido común porque sólo posee el sentido global de la existencia humana); el Espíritu Santo quita la diversidad (no crea la diversidad) de pensamientos inútiles, rastreros, pervertidos…, enseñando a discernir los espíritus, que son los que ofrecen al hombre la cantidad de pensamientos varios, que pasan por su cabeza, para que el hombre aprenda a dejar toda esa diversidad de pensamientos, que son del demonio y de los hombres, y se quede con la Mente de Dios. Y sólo un hombre, que piensa la vida con la Mente de Cristo, puede hacer unidad con los hombres, porque ya no existe la diversidad en la Iglesia, sino sólo un mismo pensar, una misma doctrina, llena de dogmas que no cambian, una Tradición Divina, que no tiene nada que ver con las diversas culturas de los hombres, con sus estúpidas tradiciones. Y sólo así se hace la unidad, que es rica y hermosa, porque la diversidad de los hombres es un pastizal de herejías y de cismas, propias de mentes que sólo piensan con oscuridades, con ignorancias, con errores, con maldades, con todo tipo de mentiras.
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Así que la Iglesia no es una en la diversidad. La Iglesia es Una en la Trinidad. Pero como Francisco no cree en la Trinidad, tampoco cree en la Unidad. En la Trinidad, no hay diversidad de pensamientos. Es una sola Mente Divina, que la tienen los Tres: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No son tres mentes. Es una sola mente. Y, por tanto, es sólo una manera de pensar: la divina. No son tres maneras distintas de pensar. Los Tres piensan los mismo y al mismo tiempo. Los Tres piensan lo mismo y están de acuerdo siempre. No dialogan para ponerse de acuerdo. No hablan, como los hombres, reunidos en la diversidad de sus pensamientos, para adecuar sus mentiras a una verdad que guste a todos. Dios es la Verdad y la comunica al hombre plenamente. Y, por tanto, el hombre que camina en la presencia de Dios tiene toda la Verdad y no hace consorcios con los hombres, no se pone a dialogar con los hombres para meterse en el juego y así vivir con la mentira de unos y de otros, complaciendo a unos y a otros. El hombre de fe auténtica tiene toda la verdad y, por tanto combate a aquellos hombres que viven en sus medias verdades; saca del error a los hombres que sólo saben mirar sus extraños pensamientos sobre la vida. El hombre de fe da testimonio de Cristo diciendo la Verdad que los hombres nunca quieren escuchar. Pero Francisco es el que da el testimonio de su mentira, de su cabeza mentirosa, de su mente depravada, pervertida, ignorante de la Verdad, que es Cristo. Y, por eso, dice esta blasfemia: para emplear una bella frase de un evangélico que me gusta mucho, una ”diversidad reconciliada” por el Espíritu Santo, que crea las dos cosas: la diversidad de carismas y después la armonía de los carismas. ¿En qué parte del Evangelio se encuentra esta diversidad reconciliada por el Espíritu? En ninguna parte. Es la blasfemia de un hombre que sólo mira su engreimiento en la Iglesia. No entiende ni lo que es un carisma, ni lo que es la gracia, ni la virtud de la armonía, ni cree en la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Coge a San Pablo que habla de la diversidad de funciones y mete su pata hablando. Y la mete hasta el fondo, sin poder sacarla de ese agujero negro.
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Nadie, que pertenezca a la Iglesia Católica, puede pensar salvarse siguiendo las enseñanzas de un necio, como es Francisco. Que nadie se llame a engaño: Francisco condena, no salva. Y condena fuera de la Iglesia y dentro de Ella. Para la gente del mundo, para los pentecostales, para los judíos, etc…, Francisco es el hombre con el cual pueden vivir su falso cristianismo, sus errores, sin pensar en quitarlos y unirse a la verdadera Iglesia de Cristo, la católica. Francisco es ese hombre que ha tomado el nombre de católico para ponerlo en servicio de la maldad. Con esa etiqueta condena a las almas. Tergiversando y anulando la Palabra de Dios con su mente humana impide que la Iglesia Católica se muestre ante el mundo como la única que tiene la Verdad y que salva. Y este es el mayor desastre de todos. Y es una pena ver cómo la Jerarquía de la Iglesia ve este desastre y sigue llamando a Francisco como Papa. Es lo más absurdo que se da actualmente en la Iglesia. Por eso, vienen días negros para todos, porque esto ya no se puede sostener más.

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El falso ecumenismo: ardid del demonio para romper la Iglesia


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Transigir el mal es como consentirlo, y quien hace esto toma parte en las obras de las tinieblas, que son las obras del demonio. Y lo que hace el demonio no es algo bueno ni agradable a Dios.

Aquellos que transigen el mal son tan culpables como los que lo obran.

Todo el problema está en la conciencia de la persona. Si ésta está bien formada, a la luz de la fe y de la Palabra Revelada, entonces el hombre conoce el bien y el mal, y siempre sabe elegir lo correcto.

Pero si la conciencia de la persona no está bien formada, sino que anda tras verdades relativas, cambiantes, mediáticas, que evolucionan según los diversos tiempos, culturas, filosofías, etc…, entonces el hombre no sabe discernir entre el bien y el mal, y siempre se equivoca en su decisión o elección.

Se transige el mal porque la persona no ve ese mal como un mal, sino como un bien, un valor. Y aquí comienza el falso ecumenismo.

El verdadero ecumenismo no transige ningún mal, porque la conciencia llama a corregir cualquier mal para llevar al buen camino a los que andan extraviados.

La pregunta es: ¿hace esto Francisco con los judíos, musulmanes, protestantes, budistas, ateos, etc…? La respuesta es clarísima: No. Los deja en su extravío, y él mismo quiere ese extravío. No los deja porque no conozca el extravío o no sabe corregirlo. Los deja en el error porque él mismo vive ese error en su persona. Y, por tanto, lo irradia al otro, lo comunica al otro.

El falso ecumenismo es la destrucción de la Verdad Revelada: del dogma, de la Tradición Divina, del Magisterio de la Iglesia. Y, por tanto el falso ecumenismo es el compendio de todos los errores y la confusión de todas las ideas. De esta manera, se va socavando los cimientos de la fe, se va ahogando el espíritu de piedad y se va desfigurando el Evangelio.

Estas tres cosas es lo que hace Francisco con su falso y aberrante ecumenismo: fe, piedad y Evangelio se van transformando en la diversidad de pensamientos humanos, en la multitud de obras humanas, y en el establecimiento de un nuevo evangelio.

Francisco quiere hacer cómplice a Jesús de los errores que existen en las diversas iglesias, que engendran vidas de corrupción en el mundo.

Cuando Francisco dice que todas las iglesias tienen su verdad o que hay alguna parte de verdad, está diciendo algo que es lo natural, porque no hay que olvidar que la Ley natural está escrita en el corazón de todo hombre. Y, naturalmente, el hombre encuentra verdades en su vida y obra algún tipo de bien natural o humano en sus iglesias, en sus espiritualidades.

Pero la Iglesia es un bien divino que se rige por la ley de la Gracia, no sólo por la ley natural o divina o eclesiástica. Y la ley de la Gracia hace que la Iglesia, que ha fundado Jesús, tenga la plenitud de la Verdad. Y esta plenitud sólo puede darse en la Iglesia Católica, no en las otras. Las otras tienen verdades naturales, que también las posee la Iglesia Católica; pero no tienen verdades que proceden de la Gracia. No tienen verdades divinas; sólo humanas, naturales, materiales. Y esto es lo que niega Francisco. Él dice que las demás iglesia tienen una parte de la verdad divina, para poner los errores de las diversas iglesias como una verdad que debe ser seguida.

Tener una verdad no es estar en posesión de toda la Verdad. Sólo el que esté dentro de la Iglesia Católica posee toda la Verdad, por la Gracia, y puede discernir cualquier error y a cualquiera persona, ya sea de la Iglesia, ya fuera de Ella.

Por eso, los fieles que no disciernen lo que es Francisco es que no viven en Gracia: son como la gente del mundo, como los judíos, budistas, etc…: viven un catolicismo tibio y perverso en la inteligencia. Espiritualmente siguen sus doctrinas, sus ideas sobre Cristo, sobre la vida de oración, etc. No siguen el camino, que es Cristo, sino sus caminos y hacen de su tibieza una virtud, una santidad, una justificación. Y, por eso, sus inteligencias se corrompen y pervierten, y no son capaces de ver al lobo, porque se han vuelto como el lobo.

Para construir la unión entre las diversas iglesias es necesario que el hombre destierre de su corazón el error y ame la verdad. Son dos cosas: odiar el pecado, amar la verdad.

Si los hombres no forman su conciencia según la Verdad que Dios ha revelado, entonces, nunca podrán odiar el pecado, desterrarlo de sus vidas, luchar en contra de todo mal; y de esa manera, sólo van en busca del falso ecumenismo.

Para la unidad hay que tener un mismo sentir, una sola alma, un solo corazón, una sola fe, un solo bautismo y un solo Señor, Dios y Padre. Si no se odia el pecado, es imposible la unidad.

Lo que Francisco quiere hacer es una unidad en la mentira, en la diversidad. Y está diciendo un auténtico absurdo.

Dios, cuando une a dos almas, une sus mentes y sus voluntades, y no hay diferencias, diversidades. Los dos piensan lo mismo y quieren lo mismo, porque los dos han quitado los pensamientos que llevan al error, al pecado, y se quedan sólo con aquellos pensamientos que vienen de Dios. Los dos han quitado las obras que los conducen el pecado, y sólo son capaces de obrar lo divino, las obras de Dios.

La unidad en la diversidad es la aberración del pensamiento de Francisco. Y esta idea la dice todos los días. Y nadie la combate. Señal de que la Jerarquía está con Francisco: quieren destruir la fe, la piedad y el Evangelio.

Para la unidad hace falta un único Dios, pero no en el sentido nominativo, que es lo que predica Francisco: no creo en el Dios católico, sino que creo en Dios. Dios lo toma como un nombre, un lenguaje, pero sin el concepto, sin el significado. Como todos los hombres creen en Dios, en sentido nominativo, entonces nos vamos a unir en un solo Dios.

Para la unidad, es necesario creer en el Dios que se ha Revelado al hombre: la Santísima Trinidad. Pero no hay que creer en el nombre que se da al Padre, o al Hijo, o al Espíritu Santo. Muchos, para engañar, dicen que creen en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Creen en el término Padre, pero no en lo que significa el Padre. Creen en el lenguaje Hijo, pero no en el concepto que tiene el Hijo en la Iglesia Católica. Creen en la etiqueta del Espíritu Santo, pero no en la Persona divina. Hoy sólo se cree en un lenguaje humano, vacío de la verdad. Pero no se cree en la Verdad de las cosas. Son nominalistas: se quiere creer sólo en el sentido nominal, no en el sentido dogmático de las palabras.

Cristo es la Verdad; los hombres son todos unos mentirosos. Y, por tanto, los que quieren seguir sus caminos, buscando verdades que no son las de Cristo, entonces se pierden de forma inevitable. Quien no está con Cristo, quien no está con la Verdad, que es Cristo, está contra Cristo. Y el que con Cristo no siembra, desparrama.

Por lo tanto, los judíos, musulmanes, budistas, protestantes, ateos, etc… están en contra de Cristo, están desparramando sus mentiras por todo el orbe. No enseñan la verdad, que es Cristo, sino que invitan a las almas a perderse en todos los caminos del mundo. Y, con esta gente, no es posible el ecumenismo, hasta que no llamen al pecado con el nombre de pecado y no se ponga a quitarlo de sus vidas, a odiarlo.

Francisco está en contra de Cristo, y lo que hace en la Iglesia es desparramar la gracia: es decir, destruir, no sólo la Iglesia, sino las almas. Porque, siendo un Obispo, tiene el deber de dar sólo la Verdad en la Iglesia y de corregir cualquier pecado, no sólo dentro de la Iglesia, sino en el mundo. Cosa que nunca ha hecho y nunca lo va a hacer. Y, por tanto, con Francisco, no es posible nada en la Iglesia Católica: no hay obediencia, no hay respeto, no hay cariñitos. Tolerancia cero. No se puede transigir con el pecado de Francisco en la Iglesia. No se puede. Quien lo hace se pone en contra de Cristo en su propia Iglesia. Por eso, es necesario combatir a Francisco, para no perderse en los caminos del mal, del error, del pecado, que ese hombre transmite a todos. Es lo que vive, es lo que irradia. Francisco es un vividor de su pecado. Y no es otra cosa. Quiere el mal y se goza haciendo el mal.
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En la Iglesia Católica han entrado muchos pastores, ladrones, salteadores, y han dejado que el rebaño enfermo y raquítico se aparee con ovejas lustrosas y sanas, naciendo de esta unión entre el bien y el mal, unos corderos escuálidos y sin vida. Esto es lo que han conseguido durante 50 años, después del Concilio: doctrinas que no dan la Verdad ni llevan a la Verdad plena, haciendo que las almas se alimenten de mentiras, que la propia Jerarquía ha tratado de modelar, de encauzar, para que los católicos sean hombres del mundo y vean las otras iglesias como una parte que no tienen, que es necesario unirse a ellos para conseguir un bien mayor. Por eso, hay tantos grupos, dentro de la Iglesia Católica, sin vida de la gracia: es una unión entre almas que ya no poseen la verdad, sino el lenguaje de la verdad, y almas dadas al mundo que les da igual ser budista o masón, pero que traen esas inteligencias rastreras para formar asociaciones, grupos, que son una auténtica blasfemia dentro de la Iglesia Católica. Ejemplos son los neocatecumenales, focolares…

El falso ecumenismo engendra culpables silenciosos. Los hombres recorren el mar y la tierra para hacer un prosélito, y luego, en la realidad, se les cierra el Reino de Dios. Esto es lo que hace Francisco: viajando para hacer proselitismo y cerrando el Cielo a muchas almas, porque él se centra en una mentira: «es más lo que nos une, que lo que nos separa». Hay muchas cosas que nos unen con los protestantes, budistas, y demás, pero en lo humano, en lo cultural, en lo político, en lo económico. Y, por tanto, para no crear contiendas, se ponen de acuerdo en alguna verdad, pero en las otras, se callan. Se adecua la verdad a la mentira de cada uno, como si el Evangelio fuera cosa de hombres; se pretende unir lo que está desunido por caminos humanos, con soluciones pastorales, haciendo lo políticamente correcto, pero destruyendo la Verdad, desuniendo lo que Dios ha unido. Para Francisco, basta para unirse tener alguna verdad, pero no la verdad plena. Basta estar de acuerdo en alguna verdad. Lo demás, ni mentarlo. Por eso, lo que se firmó en Jerusalén con el Patriarca ortodoxo es una aberración: es querer estar de acuerdo en aquello que conviene a los dos; y las demás cosas, que son las más graves, ni tocarlas. Se deja en estudio, pero sin resolverlo porque ya no existe la conciencia del pecado. Todo vale, todo se puede hacer.

Una verdad a medias o la verdad incompleta se convierte en mentira, con lo que se cae en las garras de un falso ecumenismo. Estar de acuerdo en algunas cosas, pero olvidando que una verdad, entre un cúmulo de mentiras, no basta como principio de unidad. El principio de unidad exige tener toda la verdad, aceptar toda la Verdad, someterse a toda la Verdad. Este principio nunca lo va a buscar Francisco en su falso ecumenismo, porque él sólo va en busca de la verdad que más le conviene para su negocio en la Iglesia.

Los hombres son todos unos insensatos que se fascinan por las obras de sus manos, por sus apostolados, por sus servicios en la Iglesia. Y se creen los constructores del mundo. ¡Es que hay que hacer algo por la unidad! ¡Qué vergüenza que los cristianos estén desunidos! Y la única vergüenza que el hombre de fe tiene que tener es su pecado. Adán y Eva se escondieron de Dios, estaban temerosos, sentían vergüenza de sus pecados. Y la Jerarquía de la Iglesia, con Francisco a la cabeza, no tiene ningún temor de Dios. No sienten vergüenzas de sus pecados, sino que se rasgan las vestiduras, como los fariseos, porque los cristianos están separados. En la Iglesia no hay que hacer nada para buscar la unidad. Sólo quitar el maldito pecado. Sólo sentir odio hacia el pecado. Sólo luchar contra el mundo, el demonio y la carne para no pecar. Sólo hay que seguir al Espíritu de la Verdad. Y habrá un solo pastor y un solo rebaño. Pero si no se sigue a este Espíritu, entonces vemos cómo destruye el lobo en la Iglesia.

¡Tan necios son los miembros de la Jerarquía, que han sido instruidos en la Verdad, y en toda la Verdad, y se abrazan a la mentira! ¡Y obedecen a un mentiroso y lo mantienen como Papa! ¿Para qué os sirve tanta teología si sólo vivís para vuestro insensato lenguaje humano? ¿Para qué queréis ser sacerdotes si os empeñáis en anular la Verdad de vuestros sacerdocios? ¿Para qué seguís en vuestros sacerdocios, sin obedecer a la Verdad, y cimentáis el camino de vuestra condenación? ¿No es mejor retirarse y no ser sacerdote para la mentira? ¿No es mejor no obedecer a Francisco que estar dependiendo de las fábulas de la cabeza de un hombre sin ninguna inteligencia? ¿Os regís en vuestros sacerdocios por la insensatez de un mentiroso? ¿Se merece Cristo que aduléis el pensamiento de un idiota? ¿Creéis construir la Iglesia porque habéis puesto a un idiota como jefe de Ella? ¿Acaso la Iglesia se construye con ideas humanas? ¿Acaso se es Papa porque se habla un lenguaje humano? ¿No se es Papa porque se tiene el Espíritu de Pedro? ¿Y dónde está ese Espíritu en Francisco? ¿Francisco habla como Pedro? ¿Habéis cogido las cartas de Pedro y las habéis confrontado con las homilías de Francisco para poder discernir si es verdadero Papa? Os conviene que esté Francisco, un necio vestido de payaso, para hacer vuestro falso ecumenismo.
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¿Puede haber unidad en la fe cuando no se aceptan todos los misterios de la fe? ¿Puede haber unidad entre los miembros del Cuerpo de la Iglesia, cuando no se pertenece ni al cuerpo ni al alma de la Iglesia? Francisco no acepta los misterios de la fe: ¿puede haber unidad con él, obediencia a él, sometimiento a él? Y, entonces, Jerarquía de la Iglesia ¿por qué obedecéis a uno que no se somete a los misterios de la fe? Francisco no pertenece ni al cuerpo ni al alma de la Iglesia católica: un hombre que no cree en el Dios católico, ¿puede pertenecer al cuerpo y al alma de la Iglesia? Sabéis que no. Y, entonces, ¿por qué le seguís dando pleitesía y obediencia a un hombre sin la fe católica?

¿Puede haber unidad en la comunión del pan cuando no se cree en el Pan de Vida que ha bajado del Cielo? Jerarquía de la Iglesia, ¿por qué en vuestras misas os unís a la intenciones de un Francisco que no cree en la Eucaristía? ¿Por qué pecáis dando vuestra intención sagrada a un hombre sin Cristo en su corazón, a un hombre que consagra al demonio en cada misa que celebra?

¿Cómo es posible que pueda existir unidad en la Verdad si se corrompe, se manipula y se atropella la Verdad? ¿Cómo es posible obedecer a un hombre, que se sienta en la Silla que no le pertenece, cuando está todo el día manipulando, atropellando, corrompiendo el Evangelio, el Magisterio de la Iglesia y toda la Tradición católica?

La confusión de ideas se acrecienta ante los fieles cuando, desde la misma Iglesia, desde la misma Jerarquía, desde la misma jefatura, desde ese gobierno de herejes, surgen personas, grupos, sacerdotes, fieles, obispos y falsos papas que propician un falso ecumenismo. Vosotros mismos, Jerarquía de la Iglesia, estáis trabajando, con el demonio, para destruir a la Iglesia, para acabar con los sacramentos y para desprestigiar la Palabra Revelada. Vosotros mismos, Jerarquía de la Iglesia, sois culpables de toda la oscuridad que la Iglesia tiene en todos sus miembros. Vosotros, que os gusta llevar el nombre de Jerarquía (sois sacerdotes y Obispos en el sentido nominativo, con la etiqueta del sacerdocio), pero habéis rehusado al Espíritu del sacerdocio. Ya no sabéis para qué sirve ese Espíritu. Ya no sabéis ser sacerdotes de Cristo, sino que os habéis convertido en sacerdotes de un payaso, de un bufón, del Vicario del Anticristo. ¿Y pretendéis que los fieles obedezcan a vuestros pensamientos humanos porque os ponéis como ejemplo de obediencia a un usurpador? ¿Y es que ya no sabéis lo que es la obediencia al verdadero Papa? ¿No sabéis discernir entre un Papa legítimo y un usurpador? ¿Para qué queréis la teología? Para hacer vuestro falso ecumenismo Por vuestra falsedad como sacerdotes, los fieles se pierden en la Iglesia en la confusión de ideas, que nace de vuestros pecados, de vuestra falta de fe, de no tener temor de Dios.

Habéis convertido la mentira en verdad, y la verdad en mentira; y de esta terrible deformación nace la confusión de ideas, que lleva al paganismo y a la incredulidad. ¿No es esto lo que habéis conseguido al poner a un usurpador en el Trono? Habéis convertido la verdad del Primado de Jurisdicción en el Papa Benedicto XVI en la mentira del Primado de honor de Francisco como Obispo. Habéis puesto esta mentira y os habéis inventado el Primado de Honor para el Papa legítimo. Y esto lo habéis hecho por vuestro falso ecumenismo, porque queréis destruir la Iglesia completamente.

Francisco lleva al paganismo y a la incredulidad. Lleva al desequilibrio espiritual, que destruye la conciencia, acaba con la fe y termina con la piedad. Y esto hace que la Iglesia se separe, se aparte de Dios.

Las almas están siendo separadas de Dios por las palabras baratas y blasfemas de hombre que no cree en nada, sólo en sí mismo. Que se ha engreído en el gobierno de su nueva sociedad y se ha creído santo. Cree que lo está haciendo todo muy bien. Cree en su película del falso ecumenismo. Y arrastra a muchos dentro de la Iglesia.

El falso ecumenismo empieza con una falsa predicación, con un concepto errado de la verdad, con unas ideas engañosas y con un deseo de notoriedad egoísta y vanidoso, por parte de una Jerarquía hinchada de orgullo y de todos aquellos que, olvidando la Verdad, se adhieren a la mentira.

Y esto es lo que ha hecho Francisco desde que comenzó a gobernar la iglesia de los malditos, que es la nueva sociedad religiosa que ya ha nacido en la Roma Ramera, Roma que fornica con los pensamientos de todos los hombres porque los ve como una verdad a conquistar. Esa Roma, en donde se ha asentado la Verdad Plena y que, ahora es rechazada por la misma Jerarquía para producir una Torre de Babel. La ciudad de Babel es el símbolo del falso ecumenismo: las mentiras disfrazadas, que es lo que le gusta tanto a Francisco, construyen esa ciudad

El falso ecumenismo es una mezcla del bien con el mal, de la verdad con la mentira, de la virtud con el vicio, del fruto sano con el fruto dañino. Y, en esta mezcla, es imposible que haya hijos de Dios. Es imposible, no sólo la santidad sino incluso la salvación. Nadie se salva en el falso ecumenismo. Por eso, siguiendo a Francisco no hay salvación alguna. Y siguiendo a una Jerarquía que obedece a Francisco tampoco hay salvación.

Sólo hay salvación siguiendo al Espíritu de la Verdad, el cual no puede promover consorcios con la mentira. Dios ayuda a salir del pecado, pero no ama ni el pecado ni al pecador. Dios no mira a otro lado cuando ve un pecado, un error, una injusticia, sino que monta en cólera y despliega toda su Justicia. Y, por eso, a esta iglesia de falsos pastores, que se creen santos y que llaman santos a todos, Dios la va a castigar tan fuerte que todos van a hablar del castigo merecido por ser una Jerarquía de nombre, que le gusta que la llamen Jerarquía, que le gusta vestirse como Jerarquía, pero que está llena de demonios encarnados. Y Francisco es la cabeza de todos ellos.

La doblez en toda la Jerarquía de la Iglesia


usurpador

«es urgente dar a conocer lo que están tramando en el Vaticano… Ya no han podido llevar a cabo su plan para matar a Benedicto XVI… Satanás, a través de sus servidores en el interior y fuera del Vaticano, han orquestado otro plan diabólico… es el siguiente…matar a este Innominado…al Falsario… y con ellos pretenden obtener tres cosas para ofender aun más a la Trinidad Divina. Uno: desacreditarte ante los ojos del mundo y hacer creer a los tontos que estabas en un error dado que él es el Obispo vestido de blanco; Dos: transformarlo en mártir en olor de santidad, puesto que es aclamado por las multitudes en todo el Mundo, sobre todo por los tibios y los depravados; Tres: acelerar la conquista del Trono de Pedro por parte del Anticristo en el intento de arrancarme el mayor número posible de Almas antes de Mi Retorno a la Tierra, que es Inminente…está Próximo. El Innominado…el Falsario… el Vicario del Anticristo… no se espera esta movida engreído como está de sus éxitos mediáticos y gracias a ti… ahora la conocerá. Y ahora que he desenmascarado también este plan suyo… lo que han de hacer ya pronto lo verán y será difícil de soportar. Las guerras existentes actualmente han sido fijadas con calendario en mano, y los encuentros entre los Jefes de Estado y el Innominado en el Vaticano no han sido sino reuniones camufladas por el protocolo, con el propósito de establecer sus estrategias de guerra. Cada uno de ellos con sus labios pronuncia obsesivamente la palabra paz, sin embargo, desean ardiente y obsesivamente la guerra, y la llevan a cabo esparciendo cadáveres por doquier… en el cielo.. en la tierra y en el mar, y el que quiera entender que entienda» (Conchiglia).

Matar al Judas Francisco y ponerlo como Santo, como un gran mártir de la humanidad. Este es todo en el plan del demonio. Pero este plan, al ser dado a la luz, queda fuera y hay que buscar otro plan. Hay que darse prisa, porque no es oro todo lo que reluce en el Vaticano.

Se vence al demonio descubriendo su mentira. Es la única manera de combatirlo y vencerlo. Y esta es la función de todos los profetas: hablar la Verdad que nadie quiere escuchar. La verdad que escucece.

Por eso, tantos hay en la Jerarquía de la Iglesia, tantos sacerdotes, Obispos, que callan las barbaridades de este hombre, y esta es la razón por la cual este sujeto se mantiene en la Silla de Pedro. No hay un sacerdote, un Obispo que proclame ante el mundo y ante la Iglesia, los planes malvados de Francisco en el vaticano. Todos callan, todos otorgan, y el Judas Francisco sigue obrando su maldad con el aplauso de una estúpida y ridícula Jerarquía que sólo tiene de Jerarquía el nombre, la etiqueta.

Una Jerarquía que tiene miedo de perder el plato de lentejas y no sabe decir las cosas claras a las almas. Y son sacerdotes, para muchos ejemplares, como el P. Santiago Martín, que ve los errores de este hombre, y sólo por su falsa obediencia a uno que está sentado en el Trono, sólo por tenerlo como Vicario de Cristo, dice que su doctrina es católica. ¿Por qué un sacerdote que ve el mal, tiene que hablar con la mentira? ¿Por qué sabiendo que el magisterio de este hombre no es papal, habla para convencer a las almas de seguir prestando a Francisco el respeto y la obediencia? ¿Por qué? Porque le ha sido impuesto la mente de unos cuantos, que rigen los destinos de la Iglesia en el Vaticano. Tiene que obedecer a la mente de unas personas que se dicen Obispos y son unos demonios encarnados. Y él debe callar esto, porque sabe cómo funciona la estructura interna de la Jerarquía en la Iglesia. Todos nos conocemos y sabemos lo que hay que decir y lo que hay que callar. Si él mira por su vida, entonces muestra su doblez en la Iglesia.

La Iglesia está llamada a caminar por las sendas de la Verdad. Y donde está la verdad no puede estar ni la mentira, ni el engaño ni la hipocresía. Aquella alma, sea fiel o pertenezca a la Jerarquía, que no sea veraz en su proceder, que no sea clara en sus actuaciones, sino que muestre doblez en ellas, no es discípulo de Cristo, sino del Anticristo.

¿Por qué la Jerarquía de la Iglesia está haciendo la pelota a este estúpido de la vida eclesial, diciendo cosas como estas: «el bien que usted ha traído a la Iglesia Católica, con sus homilías cotidianas, los documentos oficiales, especialmente el Evangelium Gaudium, se basan principalmente en la conversión espiritual, íntima y personal?» (Don Pasquariello, Vicario general de Caserta, Al clero). ¿Por qué Don Pasquariello habla así? ¿Es que, con sus estudios de teología, no es capaz de ver las herejías de este hombre y lo pone como modelo de conversión espiritual? ¿Cómo se atreve a decir esta abominación: que las homilías de Francisco convierten a las almas? Respuesta: le pagan para decir eso. Es uno más en el show que se ha montado Francisco en el Vaticano.

Si los mismos pastores no ven la maldad que este hereje dice continuamente, entonces, ¿cómo camina la Iglesia? En la mentira. Si la misma Jerarquía no hace nada para deponer a un hereje, entonces se viene lo peor para la Iglesia.

El P. Angelo Piscopo, párroco de San Pedro Apóstol, que se atreve a decir: «en su exhortación apostólica Evangelium Gaudium, ha invitado a fortalecer y fomentar la piedad popular como un precioso tesoro de la Iglesia Católica» (Ibidem). Y uno se pregunta: ¿qué discernimiento tiene este párroco de la vida espiritual, que no sabe discernir entre piedad popular y piedad comunista en la Evangelium Gaudium? ¿Dónde está la piedad popular, según lo entiende la Iglesia Católica, en el panfleto comunista de este hombre? Es que no aparece por ningún lado. Y, claro, pregunta esto a un ignorante de la vida religiosa y de la vida de oración, como es este energúmeno al que llaman Francisco y Papa: «¿Qué consejos nos puede dar para una pastoral que sin sofocar la piedad popular, se pueda revivir la primacía del Evangelio?» (Ibidem)

Y ¿qué consejos cree que te puede dar un comunista sobre la piedad popular, sobre el evangelio? ¿Qué sabe un masón de la Verdad? ¿Qué sabe un comunista de la oración? ¿Qué respuesta se puede esperar de un hombre que no tiene fe? La siguiente: «La piedad popular es inculturizada, no puede ser una piedad popular de laboratorio, aséptica, nace siempre de nuestra vida» (Ibidem). Vive y tendrás piedad popular a mansalva. Deja vivir y tendrás piedad popular en todo el mundo. El mundo está lleno de un ambiente de piedad popular porque vive, porque ésta nace de nuestra vida. A esta majadería llega este hombre. Y la Jerarquía ¿a qué grado de majadería ha llegado? Vean cómo andan de ciegos, de borrachos, de embobados con Francisco.

El idilio de este sacerdote: «Me permite que le llame “Padre Francisco”, porque la paternidad implica inevitablemente una santidad, cuando es auténtica» (Ibidem). Padre Francisco: es usted muy santo y por eso lo llamo: padre. Usted, mi padre, vive en la Iglesia con una santidad auténtica. Todos la ven. Todos la perciben, sobre todos los necios, idiotas y estúpidos de la Jerarquía. Usted, diciendo herejías por un tubo tiene un grado de santidad mayor que el de la Virgen María.

Y, en esta visión ciega de lo que es el alma de Francisco, la pregunta no podría ser más ciega: «La revolución en la lingüística, la semántica, el testimonio evangélico culturales está provocando en la mente, sin duda, una crisis existencial para nosotros los sacerdotes ¿Cómo mitigar esta crisis existencial que sentimos?» (Ibidem). Un sacerdote que ha perdido la fe en Cristo, que tiene una crisis existencial porque ve una sociedad llena de lenguaje humano, de semántica…. Y, como no tiene fe en la Palabra de Dios, como no obra lo divino en su sacerdocio, entonces no sabe combatir a los hombres, no sabe enfrentarse a los diferentes lenguajes humanos; y, claro, cae en crisis; y va y le pregunta a uno que no tiene ni idea de lo que es la fe, sino que vive en la misma crisis existencial, vive lleno de semántica, de culturas, de revolución linguística en su vida. Y, la respuesta de este imbécil, es una abominación: «Es una palabra que me gusta mucho: es un palabra divina, porque es un don de Dios: creatividad. Es el mandamiento que Dios dio a Adán: “Ve y haz crecer la tierra”. Sé creativo. También es el mandamiento que Jesús dio a sus discípulos, a través del Espíritu Santo, por ejemplo, la creatividad de la Iglesia primitiva en sus relaciones con el judaísmo: Pablo era un creador; Pedro, aquel día, cuando fue a Cornelius, tenía miedo de ellos, porque estaba haciendo algo nuevo, algo creativo. La creatividad es la palabra» (Ibidem)

Judas cayó en el infierno, un apóstol, un Obispo, por su ambición, su soberbia y su desobediencia. Y estos tres vicios son el signo de la apostasía dentro de la Iglesia.

Francisco cae en el infierno por su estupidez en el hablar.

¿No hay una Jerarquía, en la Iglesia, que le cierre la boca a este ignorante y le enseña el Catecismo, los rudimentos de lo que hay que creer? ¿Es que no hay un solo sacerdote que diga que Dios no ha dado al hombre la creatividad y que, por tanto, la creatividad es el invento de la mente de Francisco para anular el dogma de la Creación? ¿No hay nadie que vea esto? ¿No hay nadie que observe que Francisco se ha inventado un nuevo Evangelio, unos nuevos mandamientos? ¿Tan ciegos están los miembros de la Jerarquía? ¿Han quedado enamorados de las palabras de un tonto? ¿Han quedado cogidos en sus absurdos razonamientos humanos? Pero, ¿qué clase de Jerarquía es la que tiene la Iglesia? ¿Con qué clase de idiotas las almas se confiesan y reciben a Cristo en la comunión todos los días? Es que no hay una explicación. Sólo hay una obra: el demonio los ha atado a todos para que besen el trasero de un IDIOTA.

Ambición de poder, soberbia en la inteligencia y rebeldía en la persona. Se vive para alcanzar un puesto, una función, un oficio, en las estructuras de la Iglesia. Se vive para el aplauso del mundo, para las ideas de todos, para conquistar lo que a la Iglesia no le interesa: el respeto humano, la tolerancia de los hombres, el afecto del mundo. Se vive como una estrella de rock: esta es la vida de Francisco y de muchos en la Iglesia.

Mucha Jerarquía está ciega por la soberbia de su mente, de su inteligencia. Ya no quieren pensar la Verdad, sino que la quieren anular. Buscan sus argumentos para cambiar lo que siempre ha sido, que es la Verdad Revelada en Cristo. Nadie cree en Cristo, sino que todos creen en sus lenguajes humanos sobre Cristo: cada uno se dedica a dar una interpretación, una opinión, una visión de la vida de Cristo.

Que Francisco no es Papa de la Iglesia Católica: esto es evidente. Pero que Francisco es el Papa de la Jerarquía de la Iglesia – y un Papa santo- : esto es lo que no se comprende.

Muchos católicos han discernido ya que Francisco es un Judas y, por tanto, de Papa sólo tiene la etiqueta, el nombre de guerra. Francisco no es lo que parece ser: parece Papa, pero no es Papa. Parece Obispo, pero no es Obispo. Parece católico, pero no es católico.

Muchos católicos han despertado, y ya no están bajo Francisco, sino bajo el Papa verdadero, que es Benedicto XVI. Porque, en la Iglesia se está bajo Pedro. Y el que ha sucedido a Pedro, es el Papa Benedicto XVI. El otro, el judas, es el usurpador.

Pero, he aquí, que la Jerarquía de la Iglesia sigue estando bajo Francisco. Este es el punto más conflictivo. Una Jerarquía que, por seguir obedeciendo a un usurpador, muestra su doblez en la Iglesia. Una careta, un rostro externo de amor al hombre, pero un corazón cerrado al amor.

La pregunta es: ¿por qué no se levanta alguien de la Jerarquía para oponerse a Francisco? Ellos ven lo mismo que ve el fiel. Y los fieles auténticos, enseguida toman partido, porque son más realistas que mucha Jerarquía de la Iglesia.

La respuesta es sencilla: hay doblez. Ya no son niños, que se dejan llevar por el Espíritu de sus sacerdocios, sino que se han convertido en hombres, con una mente soberbia y con un orgullo en su corazón.

El orgullo no les deja hablar con claridad de lo que pasa en la Iglesia. La soberbia les conduce a buscar un argumento para seguir defendiendo a Francisco y proclamar que su doctrina es católica.

Orgullo y soberbia: las claves para discernir el estado de la Iglesia actual.

El show de Judas Francisco


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Un hombre de fe huele, inmediatamente, a un hombre que no tiene fe, porque la fe es una obra divina. Y todo aquel que viva de fe hace obras divinas, santas, sagradas, celestiales, sobrehumanas.

Pero aquel hombre sin fe, sólo se dedica a hacer las obras de todo el mundo, lo que agrada a todos y habla sólo para ellos.

La palabra de fe es única y para cada alma. La palabra sin fe es para todos y no vale para ningún alma.

«Vive y deja vivir»: esto es hablar sin Autoridad ni humana ni divina. Esto es hablar como lo hacen las personas que están en el mundo. Vive tu vida, vive sin Dios, vive con Dios, vive en paz, vive en guerra, vive matando, vive en castidad… Sirve para todo el mundo, pero no vale para nadie. Todos tienen que poner su vida, sus obras, sus pensamientos a esa palabra.

Este tipo de frases son las propias de hombres que no saben discernir entre el bien y el mal. No saben lo que es ni el vicio ni la virtud. No saben distinguir entre la Voluntad de Dios y la de los hombres. No saben poner límites al mal, porque todo vale. Es la frase que gusta a todo el mundo porque todos pueden añadir algo a esa frase.

No es una frase dogmática, que anule la participación de unos hombres. Es la típica frase masónica: que convencen a todos, pero en la mentira. Es la frase que une a todos los hombres en el lenguaje, pero no en el concepto.

Todos, en sus lenguajes humanos, dicen que viven sus vidas; pero todos, en esas vidas, tienen concepciones diferentes. Se busca la frase que sirva para todo el mundo, pero no se busca el concepto que la palabra tiene. No se llega a la Verdad de la palabra, sino que se queda en el término del lenguaje.
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Esto se llama la herejía del lenguaje humano, que anula el concepto de la palabra. Lo anula porque no se dice, sino que se deja para que todos pongan su concepto propio. De esta manera, se anula la verdad dogmática para sólo estar pendiente del lenguaje, del término, de la idea que gusta, de la moda.

Hoy todos viven de lenguajes sin concepto; es decir, de términos que sirven para todas las cosas, para todo el mundo: amor, libertad, vida, misericordia, etc. Todos se llenan la boca con estos términos, con el solo fin de atraer a la masa hacia ellos. Y todos ponen sus nociones, definiciones, entendederas a estos términos.

“Hay una canción de los Beatles que dice All you need is love (Todo lo que necesitas es amor), entonces le quería preguntar a usted que, además de Papa, es técnico químico, ¿cuál es la fórmula de la felicidad?”.

Ante esta pregunta, el hombre de fe se levanta de la mesa y dejado plantado al periodista. Es una pregunta con malicia, con alevosía, queriendo encaminar la respuesta según una mentira: dicen los hombres que todo lo que el hombre necesita es amor…

No se pregunta a un Obispo sobre lo que piensan los hombres sobre el amor. Se pregunta a un Obispo lo que Dios piensa sobre el Amor. Porque, para esto está la Jerarquía de la Iglesia: para enseñar la Mente de Dios a los hombres, para dar las inteligencias divinas a las mentes humanas, y así aprendan a pensar adecuadamente en Dios, no en sus vidas humanas.

Esta pregunta la hace un hombre, lleno de mundo, a un Obispo que rebosa sed de la gloria del mundo, que está dispuesto a hablar, en cualquier medio, sólo para ser del mundo, para pensar como el mundo piensa, para estar en la mente y en la boca de los hombres del mundo. Un Obispo que quiere un puesto en la sociedad, en la política, en la ciencia humana, en las culturas del mundo.

Su respuesta es la propia de un hombre sin fe: «Acá los romanos tienen un dicho y podríamos tomarlo como un punto del hilo para tirar de la fórmula esa, que dice: ”Anda adelante y deja que la gente vaya adelante”. Vive y deja vivir, es el primer paso de la paz y la felicidad».

Un hombre que vive de dichos, de cuentos, de fábulas, de novelas para no dormir, de historias de la sociedad… Pero que es incapaz de tener en su mente la sabiduría de Dios. Coge un refrán italiano para escupir su vómito: si quieres ser feliz, se vas en busca de la paz en tu vida, entonces sólo vive y deja al otro vivir.

Con esta asombrosa respuesta, este hombre se llena de orgullo en su interior para explicar esta frase: “Los dos movimientos tienen que darse: movimiento hacia la interioridad y el movimiento hacia el darse a los demás. Si uno se estanca en este movimiento (el interior), corre el riesgo de ser egoísta. Y el agua estancada es la primera que se corrompe”.
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Vive, en tu interior, pero deja vivir en lo exterior. Vive en la libertad de tu pensamiento y, por lo tanto, vive como quieras, según la idea que tengas de tu vida, según lo que encuentres en tu interior, en tu conciencia. No vivas de lo que Dios revela, de lo que Dios te impone en unos mandamientos. La moral ya no viene impuesta desde fuera del interior del hombre, sino que el mismo hombre la encuentra dentro de él. En sí mismo, el hombre es ley, es moral, es su propio dios. Busca a dios en ti, en tus pensamientos, en tus sentimientos, pero no lo busques fuera de ti. Lo que tienes que buscar fuera de ti es al otro: la vida del otro, su mente, sus obras, sus problemas, sus ideales, sus errores, sus pecados, sus triunfos…. Porque si no buscas al otro, lo que tienes dentro de ti se pudre: es agua estancada.

Así piensa Francisco: un hombre sin fe: masónico, panteísta y comunista en las dos primeras frases.

Estas tres herejías son propias de este hombre en su magisterio ordinario en la Iglesia. Siempre cae en algún error que revela estas tres formas de mentir a los hombres. Porque la herejía es una manera elegante de decir una mentira, algo que va en contra de una verdad Revelada, que es necesario creer, aceptar, para estar en la Voluntad de Dios.

Dios es Vida, pero no manda al hombre vivir, sino amar. Francisco opina lo contrario. Si hubiera dicho: ama y deja amar, entonces hubiera hablado correctamente. Pero ha confundido la vida con el amor.

Se vive amando, pero no se vive pensando, buscando una idea para obrarla y hacer una vida de ella. Francisco impera vivir, pero no muestra el camino para vivir. El camino para la vida es la verdad. Y quien obra la verdad, ama. Y quien ama, vive lo que ama.

Francisco no dice: vive escuchando a Dios. No dice la verdad, no pone un camino. Y, por tanto, sólo expresa su idea masónica: vive en la libertad de tu pensamiento: vive como quieras, como lo pienses, como lo sientas. Cuando no se da al hombre un camino para encontrar la verdad, sino que se deja al hombre que busque su propio camino, su propia verdad, entonces se pone el camino, siempre, de la mentira, del error, del engaño, de la falsedad.

Esta manera de hablar de Francisco es la propia del político, del hombre mundano, de la persona que vive para el caos del momento: vive de modas, de sentimientos, de oportunidades. Almas que viven una vida sin un norte verdadero: son como juguetes del destino. Son veletas de los pensamientos de los hombres: hoy siguen a éste porque dijo esta frase; y mañana siguen a otro porque dijo otra frase que les gustó.

El amor es la obra de la Voluntad de Dios. Amar es dar al otro el Querer Divino y, por tanto, es siempre una cruz, un sufrimiento, un desprendimiento de algo que el hombre se suele aferrar. Amar es difícil y, por eso, vivir amando es lo más complicado que el hombre pueda obrar en la vida. Vivir haciendo la Voluntad de Dios en cada segundo de la vida es sólo de personas santas. No es de cualquier hombre.

Francisco no hace caso de la Voluntad de Dios, que es el Amor, sino de la vida: la humana, la natural, la material, la carnal. En su pensamiento humano no está la Vida Divina, la Gracia. Si hubiera estado, no hablaría de esa forma. Pero, este hombre, que ha puesto la vida en sus sentimientos humanos, es incapaz de poseer los sentimientos de Dios. Es incapaz de amar, porque ha puesto toda su capacidad en vivir. Es un vividor del hombre, del mundo, de la gloria humana. Pero no es un amante de la Verdad, de la Voluntad de Dios. Sólo se ama a sí mismo porque lo ve con su mente humana, no porque nace de su amor a Dios. No sabe amar a Dios, porque vive la libertad de su pensamiento humano. Vive lo que piensa, pero no ama lo que Dios quiere.

Y, entonces, tiene que caer en el panteísmo: busca a Dios en su interior, una vez que lo ha negado en el exterior. Y, claro, no lo puede encontrar nunca. Si no busca a Dios por amor en lo exterior de la vida, después no se puede hacer, como hizo San Agustín: encontrarlo en su interior. Dios se revela al alma que lo busca por amor. Pero Dios no puede revelarse a ningún alma que busca un pensamiento sobre Dios, una vida sobre lo divino, una inteligencia sobrehumana.

El alma que no aprende a amar a Dios porque es Dios, entonces sólo busca el don de Dios, pero no a Dios, no Su voluntad, no Su Amor.

Dios sólo manda que el hombre ame: no le manda que piense, que vaya en busca de una razón para amar. Dios le da al hombre las razones para amar: sus leyes divinas, sus mandamientos. Y con sólo eso, el hombre ya puede amar. Y quien ama cumple con los mandamientos divinos. Dios siempre pone el camino para amar: la verdad. Quien no se somete a esa Verdad, entonces hace lo que hace Francisco: vive, pero no ama. Vive sus caminos y encuentra sus verdades, pero no es capaz de amar a nadie: ni a Dios ni al prójimo ni a sí mismo.

Por eso, este hombre cae en su panteísmo, que le lleva a su comunismo: date al otro. Es un darse sin una verdad. Es un darse de muchas maneras. Es un darse sin darse, porque no hay amor. Sólo hay una concepción errada del amor.

Pero el orgullo de este hombre no le deja ver su arrogancia: “En Don Segundo Sombra hay una cosa muy linda, de alguien que relee su vida. El protagonista, en ese momento, le relee su vida. Dice que de joven era un arroyo impetuoso que se llevaba por delante todo; de adulto era un río que andaba adelante; y que en la vejez se sentía en movimiento, pero lentamente remansado. Yo utilizaría esta imagen linda de Güiraldes, lo utilizaría con ese último adjetivo: remansado. La capacidad de moverse remansadamente, con mansedumbre y humildad, es el remanso de la vida, que no es el agua queda. Es un agua que camina, pero…. Los ancianos tienen esa sabiduría, son la memoria de su pueblo. Y un pueblo que no cuida a su ancianos no tiene futuro”.

El hombre, de joven, es impetuoso; de adulto, vibrante; en la vejez, manso. Vive tu vida, pero dedícate al prójimo, como yo lo he hecho. Yo soy un viejo, un anciano, que tiene sabiduría, que es la memoria del pueblo, de la iglesia. Y ustedes, que me escucháis, me tienen que cuidar por mis obras pasadas, que son muchas y de gran valor.

Esta, su arrogancia le ciega en sí mismo y no le hace ver su maldad, su gran pecado en la Iglesia, que no es de ahora, sino que viene de antiguo.

Francisco se siente como un viejo que se mueve remansadamente. Ha alcanzado la perfección en su vivir y, ahora, no escucha a nadie. Se cree santo y justo en todo lo que ha hecho en su vida. Y, entonces, se mueve en su vida actual, remansadamente: le dicen hereje y él no se inmuta. Él lo toma con mansedumbre, con humildad. Mira al que lo llamó hereje y lo deja a un lado con mansedumbre, remansadamente. Le llama apóstata y él vive remansadamente, sin hacer caso de esos hombres que lo juzgan mal porque a él lo llaman Santidad.

Francisco no ve sus pecados pasados –y son muchos- y, por tanto, no es capaz de ver sus pecado actuales, que claman al cielo todos los días.

Es triste tener a un hombre ciego para la verdad, que sólo puede ver la mentira. Pero es más triste tener a una Jerarquía de la Iglesia que dice que estas entrevistas de este ciego son doctrina católica. Y da asco comprobar cómo existen limpiabas, como Lombardi y otros, que se apresuran clarificar la tiniebla de un ciego para poner más oscuridad a sus palabras.

Quien no llame a Francisco, a partir de ahora, como Judas Francisco, es que no se ha enterado de la película que hay en el Vaticano. Francisco es el entretenimiento del Vaticano. Con él ganan dinero y fama en el mundo del espectáculo. Francisco es la farándula de los hombres borrachos de mundo. Es la boca de los católicos que sólo están en la Iglesia porque tiene que haber de todo. Es el payaso que mueve a la masa con sus dichos, dimes y diretes.

No pierdan el tiempo con este idiota y majadero. Cultiven su fe católica, porque vienen tiempos muy graves para todos.
viveydejavivirs

Mas vale estar sin pastor que seguir a un lobo como pastor


sinpastor

La Iglesia verdadera camina sin cabeza desde la renuncia del Papa Benedicto XVI. La falsa iglesia es guiada por un líder que sólo se presenta como un falso Papa, pero que no sabe nada sobre Dios, sino todo sobre el mundo. Una iglesia para el mundo con un líder para el mundo. Un jefe político, un dictador de sus mentiras y sus engaños.

Es una señal divina no tener una cabeza que guíe a la Iglesia, que muy pocos han discernido en Ella. Esa renuncia, querida por el Señor, para poner una clara división en Su Iglesia. Es tiempo de separar la Jerarquía verdadera de la infiltrada; tiempo para ver al trigo y no confundirlo con la cizaña; tiempo para elegir un camino, que sólo se puede recorrer oponiéndose al usurpador, Francisco. Y son todavía pocos los que han comenzado ese camino. Muchos siguen dudando, temiendo, esperando. Y no ven lo que viene porque ya no saben creer como niños. El Camino es Cristo y, por tanto, Él muestra el camino de Su Iglesia.

Este hombre, Francisco, ha puesto en marcha una nueva sociedad dentro de los muros del Vaticano: una nueva estructura visible, externa, llena de hombres que tienen el sello de la herejía en sus mentes y la lucidez del cisma en sus manos. Pero lo ha iniciado porque es un títere de la masonería, no por su autoridad humana ni moral.

Francisco es un hombre que no sabe hablar y, por tanto, no sabe tener autoridad cuando habla. La Autoridad está en proclamar la Verdad. Y es lo que Francisco no puede dar. Los líderes del mundo tienen autoridad en sus gobiernos, porque han nacido para eso: para un poder humano, que siempre viene de Dios. Pero un Obispo que se dedica en la Iglesia a un poder humano, político, mundano, económico, carece de autoridad en Ella.

Porque en la Iglesia la Autoridad es un Poder Divino. Esa Autoridad descansa sólo en el Papa legítimo, que es Benedicto XVI. El usurpador, sólo está en el trono con un poder humano. Y, entonces, no tiene autoridad humana dentro de la Iglesia. Si ejerciera ese poder humano, fuera de la Iglesia, entonces hablaría con autoridad. Pero quiere ejercerlo dentro y, por eso, se equivoca. Lo ejerce porque otros le mandan.

Francisco es un hombre que no sabe gobernar nada. No tiene ni pies ni cabeza lo que hace en la Iglesia. Porque si decide poner un gobierno horizontal, pon antes las reglas, las leyes, para esa horizontalidad. Pero, él, como hombre necio, como hombre orgulloso, primero quita la verticalidad y sigue gobernando una sociedad nueva con las leyes propias de lo vertical, de lo viejo. Esta es la necedad de este gobernante de la falsa iglesia.

Aquí se ve su orgullo: sólo está en el gobierno para hacerse la foto con todo el mundo, pero no está para gobernar. No sabe gobernar, no sabe guiar nada. Es la sed del mundo lo que le ata a esa Silla, la gloria mundana. Y no es otra cosa. En su orgullo, quiere seguir ahí porque se ha creído santo y justo ante los demás. En su mente, se cree un dios. Y para creerse dios no hace falta proclamarlo. Se ve por sus obras en la Iglesia.

Después de fabricar, con su inteligencia, un acto de oración entre los musulmanes y judíos, para pedir la paz; la guerra comenzó. Y él no ha sido capaz de renunciar, que es lo que tiene que hacer. Si tuviera sabiduría humana, entonces pondría su autoridad humana en otro: sigue tú, porque yo he fracasado. Pero como él ha hecho ese acto, no con un fin humano, sino religioso, y con un poder humano, no divino, entonces, en su orgullo, cree que ha hecho algo bueno para la Iglesia y para el mundo. Y no es capaz de darse cuenta de que él es el principal motivo de lo que está pasando.

Él hizo ese acto porque otros, mayores que él, con un poder humano, con una autoridad humana, se lo han exigido. Y él, obediente como es a los hombres, a sus ideas, a sus culturas, lo ha hecho, se ha sometido, en su orgullo, a lo que otros le han dicho. Y esto es lo que más le duele a este hombre.

Porque Francisco, orgulloso como es, no permite que otro le imponga nada. Francisco no es un hombre de obediencia, sino de rebeldía. Y actúa con mucha rebeldía en todas las cosas. Y, para mostrar la rebeldía, es suficiente hacer como él lo hace: con una careta de humildad y de pobreza. Para ser rebeldes, no es necesario mostrar la ira, sino la astucia, la perversión de la inteligencia para obrar aquello que quiere el orgullo.

Si este hombre tuviera un poco de fe, entonces comprendería cómo lo están manejando otros en el gobierno y haría lo mismo que hizo Benedicto XVI: renunciar. Pero, en su orgullo, no ve las consecuencias de lo que obra en la Iglesia. Todo cuando obra es por otro, porque otro gobierna en la oscuridad. Han puesto un títere, uno que entretiene a las masas y que hace lo que ellos le dicen. Y, por eso, sus entrevistas, son sólo discursos vacíos, para que la gente ponga el interés en lo que dice, pero no se dé cuenta de lo que pasa en la realidad. Francisco sigue en el gobierno por su orgullo. Y sigue obrando sólo para la masa, pero no gobernando nada. No ve el desastre que le viene encima.

El Papa legítimo renunció porque ya no vio un camino para el Papado en la Iglesia. No pudo continuar como Papa. Todos los hombres, a su alrededor, le cerraron las puertas y lo dejaron solo. Y, por eso, tuvo que elegir el camino que él no quería, como San Pedro: «cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras» (Jn 21, 18).

Esta profecía se ha cumplido enteramente en el Papa Benedicto XVI. Por eso, su renuncia, un acto grave para toda la Iglesia, sólo puede ser mirada, para poder comprenderla, en el Espíritu de la Iglesia.

No fue un acto de humildad, sino de amor a Cristo. Si hubiera sido un acto de humildad, no hubiera renunciado el Papa, porque por humildad hay que seguir siendo Papa. Para eso, fue llamado: para ser Papa.

Benedicto XVI renunció por un acto de amor a Cristo, porque Cristo se lo pidió. El acto de amor a Cristo es siempre obrar una Voluntad Divina. Y le pidió algo que ponía a toda la Iglesia en un caos, en un desorden espiritual y moral, que es lo que todos ven con Francisco. Y Dios puede pedir esto, aunque se haga un mal para toda la Iglesia. Porque el mal no está en renunciar, sino en seguir en el Papado.

Si el Papa Benedicto XVI hubiera seguido como Papa, lo hubieran quitado de en medio y habrían hecho un mal mucho mayor a toda la Iglesia. Habrían puesto a un auténtico anticristo en la Iglesia. Hubiera sido el mismo Anticristo. Y todos se hubieran tragado el anzuelo.

Pero la Voluntad de Dios quiso otro mal menor para Su Iglesia: la renuncia de su Papa. Con esa renuncia, se abría el nuevo camino para la Iglesia verdadera. Sin esa renuncia, toda la Iglesia hubiese sucumbido a un Anticristo.

50 años en que los hombres han hecho de todo para desobedecer al Papa, para mostrar un Papa diferente a lo que dice el dogma del Papado. Y la situación de pecado llegó al culmen. Y, en esa perfección del mal, más vale dejar el Papado que continuar con un absurdo.

Cuando en la vida de un hombre se llega a un absurdo, es que el camino no es el verdadero. Hay tantas trampas en ese camino, que hay que seguir por otro. Es lo que le pidió el Señor al Papa Benedicto XVI. Ese seguir por otro camino tiene un precio para todos: para el Papa y para la Iglesia. Un precio que hay que pagar en la Justicia de Dios.

El pecado del Papa Benedicto XVI, en su renuncia, está sólo en no dar claridad a la Iglesia. No se puede dejar un Papado en las circunstancias que vive la Iglesia. No se puede decir: ahí os quedáis, me voy. Hay que abrir el entendimiento de los hombres a la Verdad de esa renuncia por el bien del Rebaño. Y es lo que no hizo el Papa legítimo. Por eso, su renuncia trae mayor confusión a toda la Iglesia. Hay que saber renunciar, como lo hicieron los otros Papas. Hay que seguir siendo Papa en la renuncia, que es lo que no hizo el Papa. Él sigue teniendo el Poder Divino y, por eso, es el Papa de la Iglesia Católica. Y esto es lo que a la gente más le cuesta discernir: el Poder en la Jerarquía de la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI tiene el Poder de Dios en la Iglesia, pero no puede ejercerlo: es un poder inútil. Y Francisco obra con un poder humano que otros le han dado. Consecuencia: toda la Iglesia está atascada, sin saber caminar, sin saber elegir por dónde ni a quién.

Y es que se cumple lo que decía San Ignacio: «No debería tolerarse curas o confesores que estén tildados de herejía; ya los convencidos en ella habríase de despojar en seguida de todas las rentas eclesiásticas; que más vale estar la grey sin pastor, que tener por pastor a un lobo. Los pastores, católicos ciertamente en la fe, pero que con su mucha ignorancia y mal ejemplo de públicos pecados pervierten al pueblo, parece deberían ser muy rigurosamente castigados, y privados de las rentas por sus obispos, o a lo menos separados de la cura de almas; porque la mala vida e ignorancia de éstos metió a Alemania la peste de las herejías».

La Iglesia verdadera camina sin pastor porque así conviene a toda la Iglesia. Los católicos no queremos a un lobo por Papa, a uno que pervierte al pueblo con sus entrevistas llenas de herejías y de oscuridades; no queremos a un hombre de mala vida, ignorante de su propia vocación como sacerdote, que sólo vive para dar un gusto a la gente.

Este hombre, Francisco, ciego en la fe y oscuro en el corazón, guía a los ciegos. Y solamente a ellos. Los ciegos en la inteligencia, en el espíritu y en la verdad del Evangelio.

Son muchos los ciegos en la Iglesia Católica: son muchas las almas que nadan en la tibieza espiritual como una virtud en sus vidas. Estos ciegos son los que se rasgan las vestiduras cuando alguien critica a su líder, Francisco. Son los nuevos fariseos de la Iglesia, que se da tanto en la Jerarquía como en el común de los fieles.

La ceguera de tantos en la Iglesia es por su pecado en contra de la fe. Se peca en la fe de muchas maneras; pero la principal está en el pecado de obra contra la fe.

La fe divina es una obra divina, no es un lenguaje de teología o una serie de conocimientos sobre Dios. Quien cree obra lo que cree.

Quien cree al hombre, obra lo que hay en el hombre y, por tanto, se hace humano, es otro hombre, en la mente, en la voluntad, en la vida de los hombres.

Quien cree a Cristo, obra sus mismas obras, que sólo se pueden hacer en la Gracia: son obras graciosas, divinas, celestiales, santas, sagradas.

Para los hombres es muy difícil creer en Cristo, y es muy fácil creer en los hombres. Para creer en Cristo, el hombre tiene que abandonar todo lo humano: es el negarse a sí mismo del Evangelio. Es lo más duro para el hombre porque éste siempre da valor a su inteligencia, a sus obras, a su vida humana.

Y seguir a Cristo no es seguir una vida humana, sino una vida divina, que ningún hombre sabe vivirla si el Señor no le enseña cómo es el camino hacia esa Vida.

La Iglesia, fundada en Pedro, no pertenece sólo a una estructura humana, externa, visible, sino que es un organismo sobrenatural, que vive de la Gracia y que es llevado por el Espíritu, para hacer que las almas sean el Cuerpo Místico de Cristo.

La Iglesia es un Cuerpo, no es una estructura, no es una comunidad de hombres, no es un pueblo con la etiqueta de Dios. La Iglesia no es popular, plebeya, burda, necia, sino que es divina, Santa, celosa de la gloria de Dios y con almas llenas de la sabiduría divina.

La Iglesia es un Cuerpo Místico: es decir, almas unidas místicamente entre sí. No se unen de manera espiritual ni humana, sino de manera mística. Es Cristo el que produce esa unión, que sólo se puede comprender en Dios. Son lazos místicos entre Cristo y el alma. No son sólo lazos espirituales, que vienen de una vida espiritual propia de la oración y de la penitencia. Son lazos que vienen por la fe que el alma tiene en Cristo. Según sea la fe del alma, así será su unión mística con Cristo y, de esa manera, la obra que hace esa alma en la Iglesia produce mayor santidad en Ella.

La fe en Cristo obra la fe en la Iglesia: según sea la unión por fe del alma con Cristo, así será la unión del alma con la Iglesia.

La Iglesia está constituida por almas fuertes en la fe: la Roca de la Iglesia es Cristo. Y quien se apoya en esa Roca, es Iglesia. Pero quien no se apoya en Cristo, sino en lo humano o en una estructura concebida según las leyes humanas, no puede ser Iglesia.

Ser Iglesia no es porque se tenga un Bautismo o unos Sacramentos. Se es Iglesia porque se está unido a Cristo, dentro de Ella. Estar en la Iglesia y no pertenecer a Cristo, no apoyarse en Él, es un absurdo. Es el absurdo de mucha Jerarquía actual, que pertenece a una estructura externa, pero no a Cristo. Obedecen a los hombres dentro de esa estructura, y dejan de obedecer a la Verdad, que es Cristo.

Con un Papa legítimo en la cabeza de la Iglesia, la estructura tenía valor y sentido; pero con un usurpador, la estructura comienza a no tener ningún sentido. ¿Para qué pertenecer a una estructura externa, que da de comer, pero que no alimenta el alma? Una estructura que ya no sabe atacar la herejía ni el cisma y, por tanto, es apta para llevar a la apostasía de la fe a muchos que se apoyan en ella.

La Iglesia se hace a base de la Ley de la Gracia. No se construye la Iglesia con leyes canónicas, porque la Iglesia es la Gracia. Cristo ganó para el hombre la Vida de Dios, que sólo se puede dar en la Gracia. Y toda ley canónica que no siga la Gracia, que no se someta a la Gracia, sino que la anule poniéndose por encima de Ella, es un impedimento para ser Iglesia.

Vivir en la Gracia es, actualmente, una conquista diaria. No es fácil el estado de Gracia permanente en un mundo que vive sólo para pecar. Perseverar en la Gracia es lo más difícil en el mundo que vivimos. Y, por eso, perseverar siendo Iglesia, constituyendo la Iglesia verdadera, se hace una tarea para santos.

Quien no quiera ser santo en una Iglesia sin cabeza es que no ha entendido la dificultad que tiene la Iglesia para dar la Gracia, actualmente. Toda la Iglesia está allí donde está Su Cabeza. Y la cabeza legítima de la Iglesia no ejerce su poder divino. Luego, la Iglesia se pierde en el desierto de este mundo y no sabe caminar, porque no tiene guía en lo humano. Cristo la sigue guiando en lo espiritual, pero son pocas las almas espirituales dentro de la Iglesia. Son pocas las que escuchan a Cristo en su interior y se deciden a seguirle sólo a Él. Son muchas las que están pendientes de los hombres, de una Jerarquía herética, que sólo enseña a pecar dentro de la Iglesia. Por eso, muchos se pierden en la Iglesia por la misma Jerarquía.
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La conciencia social comunista


«Yo diría que, en el fondo, es un problema de pecado. Desde hace unos cuantos años, la Argentina vive una situación de pecado, porque no se hace cargo de la gente que no tiene pan, ni trabajo. La responsabilidad es de todos. Es mía, como obispo. Es de todos los cristianos. Es de quienes gastan el dinero sin una clara conciencia social» (El Jesuita – pag 105). Así habla un comunista en la Iglesia.

Gastar el dinero sin una clara conciencia social: Ya no existe el pecado de avaricia, de codicia, de usura, de egoísmo, de idolatría del dinero, sino sólo hay que ver la conciencia social: vives para los problemas de la gente o vives sólo para tus problemas.

No existe el pecado, sino los problemas. Y, entonces, claro, los países viven una situación de pecado, porque no toman conciencia social.

La Jerarquía del demonio siempre habla como Francisco: lleva a la calle, al mundo; pone al hombre como el centro de todo.

«Creo en el hombre. No digo que es bueno o malo, sino que creo en él, en la dignidad y la grandeza de la persona» (El Jesuita – pag 160). Creo en el hombre, pero no en Dios.

Y, por eso, continúa: «hay gente que pasa hambre. Esto revela una falta de conciencia social. Cuanto mucho unas pocas veces damos una limosna, incluso, sin mirar a los ojos a los pobres, como una forma de lavar culpas» (El Jesuita – pag 106).

Está atacando directamente la doctrina católica sobre la limosna, que expía los pecados. Ataca a la Palabra de Dios: “Buena es la oración con el ayuno, y mejor la limosna que acumular tesoros de oro; porque la limosna libra de la muerte, y es ella que borra pecados y hace hallar misericordia y vida eterna” (Tb 12, 8-9)

No laves tus culpas haciendo limosnas de vez en cuando, tienes que tener una conciencia social. Déjate del pecado, de su expiación, de la salvación del alma. Llena el estómago de una gente que pasa hambre y te vas cielo directamente:

«es un deber compartir la alimentación, el vestido, la salud, la educación con nuestros hermanos. Algunos podrán aseverar: “¡Qué cura comunista éste!”. No, lo que digo es Evangelio puro. Porque, ojo, vamos a ser juzgados por esto. Cuando Jesús venga a juzgarnos le va a decir a algunos: “Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me visitaste.” Y, entonces, se le preguntará al Señor: “¿Cuándo hice esto porque no me acuerdo? Y el responderá: “Cada vez que lo hiciste con un pobre lo hiciste conmigo.” Pero también le va a decir a otros: “Váyanse de acá, porque tuve hambre y no me dieron de comer.” Y, también, nos reprochará el pecado de haber vivido echándole la culpa por la pobreza a los gobernantes, cuando la responsabilidad, en la medida de nuestras posibilidades, es de todos» (El Jesuita – pag 107).

Así interpreta este hombre el pasaje sobre el Juicio Final: en clave comunista: has dado de comer, al cielo. No has dado de comer, al infierno.

¡Si el juicio final fuera así de sencillo, entonces no habría ese juicio, porque todos se iban a salvar. ¿Quién no ha dado una comida a un pobre? Cualquier hombre ha hecho eso. Pero la cuestión no está en dar la comida o en no darla. La salvación está en dar de comer como lo hizo Cristo. Y la condenación está en dar de comer como lo hacen los hombres. Cristo, para dar algo material, primero enseña y da lo espiritual: «Buscad primero el Reino de Dios y los demás por añadidura». En este pasaje el Señor enseña la caridad del prójimo por amor a Él. Francisco enseña la caridad del prójimo por amor al prójimo. Enseña su comunismo: la conciencia social.

«Si bien en la doctrina del marxismo, tal como es concretamente vivido, pueden distinguirse estos diversos aspectos, que se plantean como interrogantes a los cristianos para la reflexión y para la acción, es sin duda ilusorio y peligroso olvidar el lazo íntimo que los une radicalmente, el aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología, el entrar en la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista, omitiendo el percibir el tipo de sociedad totalitaria y violenta a la que conduce este proceso» (Pablo VI).

No see puede ser marxista sin amar su ideología; no se puede predicar la teología de los pobres y no ser marxista en la ideología. Quien ama el comunismo quiere una sociedad y una Iglesia totalitaria y violenta.

Francisco quiere una Iglesia comunista:

—«¿Usted quiere decir que no hubo una condena en bloque como suele pensarse popularmente?»

—«Claro. Tampoco hablaría de una condena en el sentido legal de ciertos aspectos, sino de una denuncia. La opción preferencial por los pobres es un mensaje fuerte del post concilio. No es que no haya sido proclamado antes, pero el post concilio lo enfatizó. La mayor preocupación por los pobres que irrumpió en el catolicismo en los años sesenta constituía un caldo de cultivo para que se metiera cualquier ideología. Esto podría llevar a que se desvirtuara algo que la Iglesia pidió en el Concilio Vaticano II y viene repitiendo desde entonces: abrazar el camino justo para responder a una exigencia evangélica absolutamente insoslayable, central, como la preocupación por los pobres, lo que a mi juicio aparece maduro en la conferencia de obispos de Aparecida» (El Jesuita – pag. 82-83).

La Congregación para la Doctrina de la Fe, Libertatis Nuntius, condenó los desvíos de la teología de la liberación:

«La presente Instrucción tiene un fin más preciso y limitado: atraer la atención de los pastores, de los teólogos y de todos los fieles, sobre las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de teología de la liberación que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista (…)obedece a la certeza de que las graves desviaciones ideológicas que señala conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres» (Declaracion).

Se pone la atención sobre aspectos ruinosos para la fe y la vida cristiana. No es sólo una denuncia de algo que está mal; es una condena de la teología de la liberación que sigue la ideología marxista. Porque hay una teología católica de la liberación, que no tiene nada que ver con lo que propone esta teología de los pobres, que «está enraizada en la Palabra de Dios, debidamente interpretada» (Ibidem).

El Concilio Vaticano II no dio ningún mensaje fuerte sobre la opción por los pobres, porque en la Iglesia no existe esta opción. En la Iglesia ni se opta por los pobres ni por los ricos. La opción por los pobres es el lenguaje propio del marxismo, de la ideología marxista. No es el lenguaje propio de un católico. El católico en la Iglesia sólo mira a Cristo y sólo elige a Cristo. Lo demás, es marxismo.

«El presente documento sólo tratará de las producciones de la corriente del pensamiento que, bajo el nombre de «teología de la liberación» proponen una interpretación innovadora del contenido de la fe y de la existencia cristiana que se aparta gravemente de la fe de la Iglesia, aún más, que constituye la negación práctica de la misma» (Ibidem). Es claro que es una condena de esta teología: lo que se aparta gravemente de la de la Iglesia es para ser condenado, no para hablar de ello, no para ser denunciado de alguna manera.

«Préstamos no criticados de la ideología marxista y el recurso a las tesis de una hermenéutica bíblica dominada por el racionalismo son la raíz de la nueva interpretación, que viene a corromper lo que tenía de auténtico el generoso compromiso inicial en favor de los pobres» (Ibidem). La teología de la liberación se apoya en una filosófica condenada por la Iglesia (el Racionalismo), que corrompe el significado de los pobres en la Iglesia por basarse sólo en la idea racional del pobre, anulando la idea evangélica que Cristo predicó.

El Papa Bendicto XVI recordando esta condena, dijo que «en ella se subrayaba el peligro que implicaba la aceptación acrítica, por parte de algunos teólogos, de tesis y metodologías provenientes del marxismo. Sus consecuencias más o menos visibles, hechas de rebelión, división, disenso, ofensa y anarquía, todavía se dejan sentir, creando en vuestras comunidades diocesanas un gran sufrimiento y una grave pérdida de fuerzas vivas». (Documento)

—«Entonces ¿considera que hubo teólogos de la liberación que equivocaron el camino?»

—«Desviaciones hubo. Pero también hubo miles de agentes pastorales, sean sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos jóvenes, maduros y viejos, que se comprometieron como lo quiere la Iglesia y constituyen el honor de nuestra obra, son fuente de nuestro gozo. El peligro de una infiltración ideológica fue desapareciendo en la medida en que fue creciendo la conciencia sobre una riqueza muy grande de nuestro pueblo: la piedad popular. Para mí lo mejor que se escribió sobre religiosidad popular está en la exhortación apostólica de Paulo VI Evangelii Nuntiandi y lo repite el documento de Aparecida en lo que es para mí su página más bella. En la medida, pues, en que los agentes pastorales descubren más la piedad popular la ideología va cayendo, porque se acercan a la gente y su problemática con una hermenéutica real, sacada del mismo pueblo» (El Jesuita – pag. 82-83).

Desviaciones hubo, pero no equivocaron el camino. Hubo cantidad de gente que se comprometieron con el marxismo: son fuente de nuestro gozo. La ideología marxista decreció porque existió la conciencia de la piedad popular. ¡Terrible herejía la que manifiesta este hombre! El error sólo se combate con la verdad. Si la teología de la liberación ha decaído es porque se ha dicho la Verdad, no porque se dé una conciencia que no existe.

La conciencia de la piedad popular es el creacionismo o evolucionismo, que es puro comunismo: «En la medida, pues, en que los agentes pastorales descubren más la piedad popular la ideología va cayendo, porque se acercan a la gente y su problemática con una hermenéutica real, sacada del mismo pueblo». Esto se llama populismo, que es una vertiente del marxismo. La fe está en el pueblo, no en la Jerarquía. Hay que interpretar el Evangelio según la sabiduría popular, no según la sabiduría divina, que es dada a la Jerarquía, que la tienen los Obispos y sacerdotes en el Poder Divino que se les confiere en la ordenación: guiar, enseñar y santificar. El pueblo no sabe nada, no enseña nada, no es guía de nada. Es la Jerarquía la que tiene la sabiduría, el poder, el camino para santificar.

Los problemas de la gente no son los problemas de la Iglesia, no son los problemas de Cristo. Cristo viene a salvar al hombre, no viene a resolver problemas de la gente. Y, por eso, Cristo pone a sus sacerdotes para llevar a las almas al Reino de Dios, que no pertenece al pueblo, no es de este mundo, no está mirando, no está abocado a resolver los asuntos de los hombres, que es lo que busca la teología de la liberación. Del pueblo no se saca nada. Es del Corazón de Cristo donde se saca la Verdad, la Vida y la Gracia para el pueblo, para los hombres.

• Francisco es un revolucionario comunista, que aprendió el comunismo de una mujer:

«Allí tuve una jefa extraordinaria, Esther Balestrino de Careaga, una paraguaya simpatizante del comunismo (…) Me enseñaba la seriedad del trabajo. Realmente, le debo mucho a esa gran mujer» (El Jesuita – pag 34). «Tanto me enseñó de política» (pág. 147-148).

Una mujer (vida) que luchó por una idea revolucionaria toda su vida (tempranamente comenzó a militar en el febrerismo, movimiento de fuerte tinte socialista, con un programa antiimperialista, de liberación nacional) y que, cuando se encontró con el dolor en su vida (el 13 de septiembre de 1976 fue secuestrado su yerno, Manuel Carlos Cuevas, marido de su hija Mabel. Otro 13, esta vez de junio del 77, fue secuestrada su hija menor, Ana María, en ese entonces de apenas 16 años y embarazada de tres meses), decidió transformar ese dolor en odio hacia la verdad. No supo aceptar ese sufrimiento por amor a Dios, sino que fundó un movimiento que habría de convertirse en un símbolo mundial de lucha y resistencia: las Madres de Plaza de Mayo (texto).

Esta mujer, que desapareció y finalmente fue asesinada por la dictadura del General Videla, «Actualmente, está enterrada en la iglesia de Santa Cruz. La quería mucho» (El Jesuita – pag 34).

¿Qué hace una terrorista enterrada en una Iglesia Católica? ¿No hay cementerios comunes para esta clase de personas?

«Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento:

1. a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos;

2. a los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana;

3. a los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles» (CIC 1184).

Esta mujer, ¿mostró alguna señal de arrepentimiento? ¿Dejó sus ideas marxistas, revolucionarias, para solo luchar por Cristo? Ciertamente que no. Y, entonces, Francisco cometió un grave sacrilegio y una profanación del lugar sagrado. E hizo este pecado sólo por su amor al comunismo, que le ciega para ver la Verdad.

Francisco cuenta la profanación como un logro y una fiesta. Francisco lloró (noticia) cuando el cuerpo de esta mujer fue encontrado e hizo todas las diligencias para que fuese enterrada en el jardín de la Iglesia Santa Cruz (noticia), junto a María Ponce de Bianco, una de las tres madres secuestradas con ella. Con posterioridad también fueron sepultadas allí la Hermana Léonie Duquet y la activista Ángela Auad (activista social argentina del Partido Comunista Marxista Leninista, que actuaba con la asociación de las Madres de Plaza de Mayo).

Su hija la recuerda de esta manera: “Gracias por la ideología que no abandonaste en los momentos aún más difíciles. Gracias por el anhelo de justicia e igualdad social que supiste transmitirnos. …además de una revolucionaria con mayúsculas, fuiste una gran madre” (noticia)

Francisco le debió mucho a esta mujer, a esa ideología marxista que le enseñó y que nunca más abandonó Francisco; y, por eso, la enterró en una Iglesia. Quien ama el pecado obra el pecado. Quien ama la idea comunista, obra como tal. Ya no sabe discernir lo que es bueno y lo que es malo. Sólo vive para los hombres y mujeres comunistas, pero no para los demás.

Y ¿en qué se basa Francisco para obrar así? En su teología de la liberación. Para esta teología el compromiso de Jesús con los oprimidos de su tiempo provocó un enfrentamiento con los poderes religiosos-políticos y económicos que lo llevó a la muerte. Jesús es un hombre revolucionario que trabaja por la idea del hombre, la idea de los pobres, oprimidos por el hombre, esclavos de los hombres.

Y, entonces, Cristo muere porque los hombres se oponen a esta idea. Cristo trajo una idea revolucionaria al hombre y murió por esa idea. Para la teología de la liberación, María se convirtió en hija de su hijo; es decir, que María, una vez que fue asesinado su hijo en la cruz, tomó conciencia y se comprometió en la idea revolucionaria de su hijo: hay que luchar por los oprimidos, por los desaparecidos, por los perseguidos por la justicia de los hombres. Y, por eso, se reúne con los Apóstoles para iniciar la iglesia de la revolución. Por eso, las Madres de Plaza de Mayo están haciendo lo mismo que hizo María: luchando por sus hijos y, de esa manera, están obrando el Reino de Dios, es decir, creando una sociedad igualitaria, justa y fraterna.

Y, entonces, se entierra a las madres comunistas, revolucionarias, en la Iglesia porque han trabajado por el Reino de Dios, por una sociedad de amigos comunistas. Grave profanación de la Iglesia Católica a manos de un Obispo comunista.

«Hay también quienes ven actitudes de revanchismo. ¿Cree que el papel, por caso, de la presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, ayuda a la búsqueda de la reconciliación?» (El Jesuita – pag 139). La pregunta que le hacen a Francisco es ¿si esta mujer, que es un monumento al odio, sirve para la reconciliación del mundo? Es una pregunta con malicia. Es una pregunta para que se descubra el verdadero pensamiento de Francisco.

Hebe de Bonafini ha apoyado a figuras como el Che Guevara, Augusto Sandino, Yasir Arafat, Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales. También ha manifestado apoyo a los aborígenes americanos. Se ha manifestado en contra del neoliberalismo y del FMI, vistos por ella como la «corporación del poder». Ha manifestado su apoyo a las FARC en Colombia (noticia) . Ha manifestado su apoyo a las madres de los presos etarras. En el año 2000 publicó una carta abierta en la página web de la asociación que preside, en la cual expresaba que de los más de 650 presos vascos, muchos están presos simplemente por lo que piensan, o por lo que escriben, o por «conocer a alguien que conoce a alguien» (noticia) .

Sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001 declaró (noticia) :

«Cuántas veces nos dijeron qué era el capitalismo, qué era la represión, qué era Estados Unidos, cómo se formaban los militares para torturar. [...] Por eso cuando pasó lo del atentado y yo estaba en Cuba visitando a mi hija, sentí alegría. Y me puse contenta, por qué no. A algunos les parecerá mal. Cada uno evaluará y pensará. Yo no voy a ser falsa. Brindé por mis hijos, brindé por tantos muertos, contra el bloqueo, por todo lo que se me venía a la cabeza. Brindé por los valientes. Brindé por los hombres que hicieron una declaración de guerra con el cuerpo. Una declaración de guerra inesperada para todos. Pero una declaración de guerra para algo que EE.UU no puede atacar porque no sabe a quién, ni cómo, ni dónde llegar(…)No voy a ser hipócrita, no me dolió para nada. No me dolió para nada, porque siempre digo en mis discursos, decimos las madres, que nuestros hijos serán vengados el día que el pueblo, algún pueblo sea feliz. [...] Yo sentí que la sangre de tantos en ese momento era vengada. [...] En ese atentado no murieron pobres, poblaciones, no murieron niños, no murieron viejos».

Esta mujer, que brinda por la muerte, por la guerra, por el odio, por la venganza, ¿ayuda a la reconciliación? Y contesta:

“Hay que ponerse en el lugar de una madre a la que le secuestraron sus hijos y nunca más supo de ellos, que eran carne de su carne; ni supo cuánto tiempo estuvieron encarcelados, ni cuántas picaneadas, cuántos latigazos con frío soportaron hasta que los mataron, ni cómo los mataron. Me imagino a esas mujeres, que buscaban desesperadamente a sus hijos, y se topaban con el cinismo de autoridades que las basureaban y las tenían de aquí para allá. ¿Cómo no comprender lo que sienten?” (pág. 139).

Pongámonos en los sentimientos humanos: de una madre a la que le secuestraron sus hijos y nunca más supo de ellos. Hay que comprender lo que sienten. Y, por tanto, lo que hace es para la reconciliación. Esta mujer se topó con el cinismo de gobiernos que la basureaban. Ellos son los malos de la película, que odian y no permiten la paz. Esta mujer es una santa porque lucha por una idea santa: su hijos.

Esta mujer es una víctima de la sociedad que no comprende su sufrimiento. Esta mujer es la buena; enemiga de todo lo bueno y amiga de todos los malos. A esta mujer hay que dedicarle una palabra de comprensión y de consuelo. A las demás mujeres, católicas, que también han perdido sus hijos, a las mujeres a quienes los seguidores de Bonafini asesinaron a mansalva, nada de nada.

Los buenos, para Francisco son Angelelli, Mugica, los palotinos, las monjas francesas, los curas tercermundistas con el Padre Pepe Di Paola a la cabeza (pág. 106), los grandes heresiarcas “Hesayne, Novak y De Nevares” (pág. 140), los “teólogos de la liberación” que “se comprometieron como lo quiere la Iglesia y constituyen el honor de nuestra obra” (pág. 82), los redactores de “Nuestra Palabra y Propósitos”, publicaciones ambas del Partido Comunista (pág. 48), y hasta el mismísimo Casaroli, a quien insensatamente pone de ejemplo (pág. 78), omitiendo que fue el artífice de aquella siniestra y ruinosa felonía denominada Ostpolitik. Para el Cardenal Mindszenty Casaroli era la imagen negra y enlodada de la “Iglesia de los Sordos”, negociadora ruin de la sangre mártir. Para Bergoglio, Casaroli es un modelo de la “Iglesia Misionera” (pág. 78), iglesia comunista que va en busca de la destrucción de toda idea religiosa.

Francisco encomia a los peores lobos, todos rojos, y reduce a la nada a quienes debería tener por arquetipos.

A esta mujer, que odia a todo el mundo, que se moviliza para protestar, la gloria de la Iglesia, pero a los católicos que hacen una marcha en contra del preservativo los fustiga:

«Dejamos de lado una catequesis riquísima, con los misterios de la fe, el credo y terminamos centrándonos en si hacemos o no una marcha contra un proyecto de ley que permite el uso del preservativo» (El Jesuita – pag 89). Predica el Evangelio, da de comer, pero no te metas con el sexo. Que cada uno haga lo que quiera en el campo sexual:

«Y dentro de la moral —aunque no tanto en las homilías como en otras ocasiones— se prefiere hablar de la moral sexual, de todo lo que tenga algún vínculo con el sexo. Que si esto se puede, que si aquello no se puede. Que si se es culpable, que si no se es culpable. Y entonces, relegamos el tesoro de Jesucristo vivo, el tesoro del Espíritu Santo en nuestros corazones, el tesoro de un proyecto de vida cristiana que tiene muchas otras implicancias más allá de las cuestiones sexuales» (Ibidem).

El Evangelio que predica Francisco no es el de Cristo: es uno sin moral. Jesús no predicó una moral ni para el alma ni para el cuerpo. Jesús predicó una idea política y eso es lo que importa. Lo moral, si esto se puede o no se puede, eso es un dolor de cabeza. Déjate de moralidades, de leyes, de teologías sexuales. Si quieres usar el preservativo, úsalo. Eso no interesa. Lo que interesa es tu conciencia social: acuéstate con un homosexual para hacerle feliz.

“Con ocasión de la llamada Ley de Salud Reproductiva, algunos grupos de élites ilustradas de cierta tendencia querían ir a los colegios para convocar a los alumnos a una manifestación contra la norma porque consideraban, ante todo, que iba contra el amor […] Pero el Arzobispado de Buenos Aires se opuso a que los chicos participaran por entender que no están para eso. Para mí es más sagrado un chico que una coyuntura legislativa […] De todas maneras, aparecieron algunos colectivos con alumnos de colegios del Gran Buenos Aires. ¿Por qué esta obsesión? Esos chicos se encontraron con lo que nunca habían visto: travestis en una actitud agresiva, feministas cantando cosas fuertes. En otras palabras, los mayores trajeron a los chicos a ver cosas muy desagradables” (El Jesuita – pag 90).

Los grupos de élite ilustrada son los católicos pro vida, que querían movilizarse con sus familias para hacer frente a esa embestida legal contra la Ley natural que Ginés González García, Ministro de Salud de Néstor Kirchner quería coronar. Monseñor Baseotto, fue difamado, calumniado y perseguido por haber osado recordarle a este señor las prescripciones evangélicas pertinentes.

Esta embestida legal es para Francisco una coyuntura legislativa, no es una acción pecaminosa, deleznable, ruinosa de la sociedad. Y, por ser eso, entonces no vale la pena movilizar a la juventud. No hay que combatir el error. Es más sagrado el chico que la coyuntura legislativa. Esta es la contradicción. Si no se lucha contra el error, contra la maldad, los chicos se abortan, viven del sexo desenfrenado, viven fuera de lo sagrado. Y, entonces, los malos ya no son los gobernantes, los que ponen esa ley antinatural, sino que los malos son esos grupos de élite ilustrada que permitieron que sus hijos vieran cosas desagradables: travestís, feministas…

¿Es que hay algo más desagradable que pudiera ver un joven, que la ruina de su patria y del lugar santo, sin intentar siquiera una reacción vigorosa y entusiasta? ¿Es que la culpa de la desagradable visión no la tienen los degenerados que arman el espectáculo indecente de su impudicia, sino los que instan a concurrir a todos en defensa del Bien?

Así piensa un comunista: es la conciencia social, no es el pecado. Es lo bueno y lo malo que cada uno ve con su mente humana y en la sociedad. Es inventarse una moral, sin moral, sin ley divina y sin ley natural. Una moral para una sociedad degenerada, que sólo vive de acuerdo a su filosofía de la vida, mirando al hombre, pero sin acordarse, para nada, de Dios.

Quien no ofrenda su vida por Cristo, la hace por el hombre. Y se convierte en una persona totalitaria y violenta, como Francisco. Tuvo su maestro en una mujer violenta, marxista, revolucionaria, que odiaba la verdad en el hombre, que convirtió la vida del hombre en un pasaje oscuro y tenebroso en su mente humana. De tal palo, tal astilla. Así es Francisco: el oscuro comunista que lleva a las almas al fondo del precipicio de donde nadie puede salir.

La evolución del pensamiento


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Francisco es un hombre vulgar, ordinario, arrabalero, pluralista y prosaico. Moderno. Y aquí está la prueba de su obsesiva humildad.

Su humildad consiste en que se le perciba como un hombre del montón: viajar en colectivo o en coches de segunda mano, pagar las cuentas del hotel, hacer lo que todo el mundo hace: no destacarse, porque hay que estar en el mundo con el espíritu del mundo. Hay que obrar para que el hombre del mundo comprenda que se le entiende en su mundo, que se vive como él vive. Hay que ofrecer una imagen al hombre, una propaganda que guste al mundo, que lo atraiga. Francisco no entiende la humidad como el que da, ofrece, obra, la verdad. Sino como aquel que se abaja al error y comete el mismo error del otro.

En su concepto de amor al prójimo, ser humilde es respetar, aceptar el error del otro para poder amarlo

Francisco, toda su vida ha sido negador de la Verdad. Nunca se batió por la Verdad única, crucificada e indivisa, que es Cristo, sino que siempre ha predicado “la aceptación de la diversidad (…) que nos enriquece a todos” (El Jesuita – pag. 169). No la Verdad Revelada, no la Tradición Divina, no el Magisterio auténtico de la Iglesia, sino las verdades múltiples y consensuadas «con diálogo y amor» para «el reconocimiento del otro como otro (…) no pretendiendo que el otro se subordine a mis criterios y prioridades, no absorbiendo al otro, sino reconociendo como valiosos lo que el otro es, y celebrando esa diversidad que nos enriquece a todos» (Ibidem). Y, en esta aceptación del otro, pone el amor al prójimo.

Los judíos, los musulmanes, lo masones, los que trafican con las armas, con el sexo, los corruptos, los indeseables, los que hacen el mal… son valiosos. Hay que dialogar; pero ¿hay reglas para el diálogo? No. ¿En que se fundamenta ese diálogo? ¿En la vida del otro, en sus verdades, en sus ideales, en sus obras, en sus pecados, en sus fechoría, en sus virtudes…? Ponte a dialogar y después bendice unas hojas de coca, porque tienes que aceptar la diversidad, tienes que reconocer al otro, no tienes que decirle al otro algo para que se humille, obedezca, se subordine a tus ideas, a tus sentimientos. No tienes que absorber al otro con tus ideas, con tus dogmas, con tus verdades reveladas. La fe es para todos. La fe es múltiple porque múltiples son las cabezas de los hombres, sus ideas, sus culturas, sus encuentros con la verdad.

«¿Cómo puedo dialogar, cómo puedo amar, cómo puedo construir algo común si dejo diluirse, perderse, desaparecer lo que hubiera sido mi aporte?» (Ibidem). Está declarando que ningún hombre es pecador, un demonio, sino que todos somos santos. Todos aportamos algo bueno a la humanidad, a la Iglesia. Todos tenemos una verdad que compartir. Y si las unimos todas, entonces tenemos la plenitud, lo global, el mundo feliz.

No mires el pecado del otro, no juzgues nada. Sólo acéptalo como es: el homosexual te aporta una verdad en tu vida. Esta es la gran herejía, que muchos siguen en la Iglesia, porque no se ponen en la Verdad Absoluta, sino que andan bailando de una verdad a otra, de un relativismo a otro, según les convenga en sus vidas. Y ahora dicen que los malcasados no pueden comulgar, pero después, con un telefonazo, se da la autorización para comulgar. La verdad es según la evolución del pensamiento humano. Una verdad que cambia, que se acomoda a la vivencia del hombre. Una verdad que nace en el mismo hombre, en su conciencia moral.

«Es que las culturas, en general, van progresando en la captación de la conciencia moral. No es que cambie la moral. La moral no cambia. La llevamos adentro. El comportamiento ético es parte de nuestro ser. Lo que pasa es que cada vez lo explicitamos mejor. Por ejemplo, ahora hay una conciencia creciente sobre la inmoralidad de la pena de muerte. Antes se sostenía que la Iglesia católica estaba a favor de ella o, por lo menos, que no la condenaba. La última redacción del catecismo pide, prácticamente, que sea abolida. En otras palabras, se tomó una mayor conciencia de que la vida es algo tan sagrado que ni un crimen tremendo justifica la pena de muerte» (El Jesuita – pag 87).

No cambia la moral, porque no viene impuesta por Dios: no hay ley divina, no hay ley natural, no hay ley moral. Es la conciencia de la persona la ley moral. Es lo que piensa la persona lo que es bueno o malo. Se lleva dentro, en el pensamiento. Y, por eso, no cambia. Todos los hombres piensan las mismas cosas. Todos los hombres van de una idea a otra. Unos se quedan en una idea, otros evolucionan en la idea. Y según avanza el progreso del hombre, entonces se va reflejando esa idea, esa evolución en el mundo. Y, por eso, antes la pena de muerte se podía justificar. Eran otros tiempos. Ahora, no hay «crimen tremendo que justifique la pena de muerte». Esta es la barbaridad que dice. Anula toda la Sagrada Escritura donde se ven los castigos que Dios enviaba a los hombres por otros hombres. Se anula la Justicia Divina como virtud en el hombre: el hombre no puede matar a otro si Dios se lo pide: «Perseguiréis a vuestros enemigos, que caerán ante vosotros al filo de la espada» (Lev 25, 7). En esta Palabra Divina está la pena de muerte. Y hay que saberla comprender en la Justicia de Dios, por el pecado de los hombres, no por una idea religiosa. No se mata en nombre de Dios, sino que se mata para hacer una Justicia que Dios pide, que Dios revela.

Esta Palabra Divina es, para Francisco, una idea vieja, un déficit que los hombres tuvieron en sus mentes en esa época. Y es necesario evolucionar, en la medida en que «la conciencia moral de las culturas va progresando, también la persona, en la medida en que quiere vivir más rectamente, va afinando su conciencia y ese es un hecho no sólo religioso sino humano» (El Jesuita – pág. 88). Hay que afinar la mente, la idea vieja tiene que evolucionar hacia algo nuevo, amoroso, que al hombre le guste y le agrade. Pero, para Francisco siempre hay alguna excepción a la regla, una tolerancia cero:

«Uno no puede decir: “te perdono y aquí no pasó nada”. ¿Qué hubiera pasado en el juicio de Nüremberg si se hubiera adoptado esa actitud con los jerarcas nazis? La reparación fue la horca para muchos de ellos; para otros, la cárcel. Entendámonos: no estoy a favor de la pena de muerte, pero era la ley de ese momento y fue la reparación que la sociedad exigió siguiendo la jurisprudencia vigente» (El Jesuita – pág. 137). Francisco habla como un judío, resentido con los nazis y pone en evidencia que su conciencia moral exige una excepción a la regla.

No podemos perdonar a los nazis y aquí no pasó nada. Hay que matarlos porque era la ley del momento. Era buena, era aceptable esa ley. No estoy a favor de la pena de muerte, pero cuando me tocan los nazis, entonces sí estoy a favor. Lo que hicieron los nazis, ¿no justifica la pena de muerte? Francisco está en contra de la pena de muerte, pero si van a matar nazis seamos comprensivos y hagamos una excepción hermenéutica. Hay que justificar la pena de muerte. Era «la ley de ese momento». La evolución de la conciencia puede esperar un ratito más.

Y, por eso, porque era el momento, en la oración blasfema que se hizo en el Vaticano, un musulmán, recitó la pena de muerte para todos los infieles.

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Esto es lo que se llama una oración por la guerra. Y es el fruto recogido ahora: «Matadlos donde los encontreís (…) Combatidlos hasta que no haya más asociación y que la religión sea solo de Alá» (Sura 191). Soy un hombre pacífico que reúne a mis hombres en el Vaticano para declarar la guerra a todo el mundo.

Esto es siempre Francisco: maneja su lenguaje humano como quiere. Lo lleva de un sitio a otro, porque no se pone en la Verdad, sino que va buscando sus verdades de acuerdo al momento histórico.

Y todavía hay hombres en la Iglesia, y muchos de ellos con la teología a cuestas, que no saben llamar a Francisco como lo que es: falso Papa. En sus teologías buscan un argumento para salvar a Francisco. Que es lo que hace Lombardi y los demás: limpian los mocos de la nariz de Francisco cuando éste dice sus babosidades.

Esta evolución del pensamiento se refleja en la idea de una nueva iglesia y del gobierno mundial.«La globalización como imposición unidireccional y uniformante de valores, prácticas y mercancías va de la mano de la integración entendida como imitación y subordinación cultural, intelectual y espiritual» (El Jesuita – pag. 169). Está hablando del nuevo orden mundial. Esta es su idea de lo que es un gobierno en la Iglesia. Para continuar así: «Entonces, ni profetas de aislamiento, ermitaños localistas en un mundo global, ni descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos artificiales del mundo de los otros, con la boca abierta y aplausos programados. Los pueblos al integrarse al diálogo global, aportan valores de su cultura y han de defenderse de toda absorción desmedida o síntesis de laboratorio que los diluya en lo común, lo global. Y, al aportar esos valores, reciben de otros pueblos, con el mismo respeto y dignidad, las culturas que le son propias» (Ibidem).

a. Para un nuevo orden mundial se necesita imitar las culturas, las filosofías, las religiones de todos. Hay que integrar a los demás: «va de la mano de la integración entendida como imitación». Y sólo se integra, imitando a los hombres.

b. Se necesita subordinar las cosas de los hombres: esto va en contra de lo que él mismo dice sobre el diálogo: «no pretendiendo que el otro se subordine a mis criterios y prioridades». Dialoga, pero no subordines. Pero, cuando hay que hacer un orden mundial, es necesario la subordinación de las culturas a otra cosa. Esta es la idea maquiavélica: seamos todos hermanos, nos besamos, nos abrazamos, pero una vez que estamos juntos, que nos hemos conocido y puesto de acuerdo, hay que someterse a algo. Y ese algo no aparece en el diálogo. Cuando los hombres se unen, entonces se les impone la idea de la dictadura.

c. profetas del aislamiento: Una vez que todos nos besamos, hay que quitar a los profetas que dan negatividades: que hablan del infierno, del pecado, de castigos divinos, etc. Hay que quedarse con los profetas del amor, de la misericordia, de las ternuras: el profetismo del relativismo, de la tolerancia, de la amistad, del bien comer, del hacer una fiesta, una alegría para todos. Hay que combatir a MDM, porque dice cosas que no le van a la publicidad de Francisco. Hay que aupar a este hombre y combatir a los que hablan la mentira que está en contra de la verdad que Francisco dice. La verdad es lo que dice Francisco. Y ahí del que se oponga. Es un profeta del aislamiento. Pena de muerte al profeta del aislamiento.

d. ermitaños localistas en un mundo global: que las carmelitas acepten a personas hermafroditas para que no se queden solas en este mundo. Tienen que subirse al carro de lo global, de lo para todos. Ya la soledad, el apartamiento del mundo no es un camino para alcanzar la santidad. Como todos somos santos, hay que meter a todos en los conventos. Todos las clausuras, los conventos que se abran al mundo, a las nuevas tendencias, y que acepten a los monjes budistas, a los sionistas, …

e. ni descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola: los idiotas de turno que aceptan los dogmas porque otros lo dicen, que van a la misa por un compromiso social, que hacen masa para aplaudir y vitorear a quienes no conocen, cuando los Papas viajan a sus países, a esos hay que hacerles de la causa global: que sigan en lo mismo, pero que sean idiotas del error, que aplaudan a los vulgares, a la Jerarquía que se dedica a cantar y a hacer fiesta, contratando payasos para la misa….

f. Cada pueblo que defienda sus culturas de las Verdades Reveladas, de los dogmatismos, de las leyes divinas, morales, naturales. Hay que ser del común, no de un grupo selecto de gente que no sabe besar y abrazar al otro. Seamos un pueblo mundial porque tenemos, aceptamos, con gran respeto y dignidad, los errores, las mentiras, las herejías, las leyes inicuas, las obras maliciosas de todos, porque ese es el camino para hacer un mundo feliz, que esté lleno de alegría.

Francisco es amigo de neologismos y de chabacanerías, que ha sabido acuñar aquello de «dejate misericordear por Cristo». Con Francisco, hay que dejarse sinagoguear por el mundo judío.

Su pública amistad con los rabinos Sergio Bergman, al cual prologó su libro “Argentina Ciudadana” y Alejando Avruj, al que le entregó el Convento de Santa Catalina en noviembre de 2009 para que festejara “la noche de los cristales rotos», una impostura, una blasfemia; y con el rabino Skorda, defensor del matrimonio homosexual (noticia); revela la mente de Francisco sobre Jesús, que es la mente de un judío.

«Usted no puede negar que la Iglesia destacó en sus dos milenios al martirio como camino hacia la santidad»

«Debemos hacer una aclaración: hablar de mártires significa hablar de personas que dieron testimonio hasta el final, hasta la muerte. Decir que mi vida es un martirio debería significar que mi vida es un testimonio. Pero, actualmente, esta idea se asocia con lo cruento. No obstante, por el tramo final de la vida de algunos testigos, la palabra pasó a ser sinónimo de dar la vida por la fe. El término, si se me permite la expresión, fue achicado. La vida cristiana es dar testimonio con alegría, como lo hacía Jesús. Santa Teresa decía que un santo triste es un triste santo» (El Jesuita – pág. 42).

Es decir, para Francisco Jesús no fue mártir. Su muerte hay que explicarla de otra manera. Jesús vivió la vida cristiana con alegría y después lo mataron. Y, entonces, hagan todos lo mismo: vivan con alegría la vida. Y ya son mártires.

«Todo el que pierda su vida por mí la ganará» (San Mateo, 10, 39). La Iglesia enseña que la corona del mártir es Cristo: es dar la vida por Cristo, no por la fe, no por un testimonio. El mártir significa que el discípulo se asemeja a Su Maestro: como Cristo dio su vida por todos, así el que sigue a Cristo tiene que dar la vida por Él, tiene que unirse al martirio de Cristo, a los sufrimientos, a la muerte de Cristo. Para Francisco esto es un empequeñecimiento, una reducción, un “achique”.
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En consecuencia, Francisco se inclina por «La Crucifixión Blanca, de Chagall, que era un creyente judío; no es cruel, es esperanzadora. El dolor se muestra allí con serenidad. A mi juicio es una de las cosas más bellas que se pintó» (El Jesuita – pág. 41). La crueldad de Cristo en la Cruz eso no da esperanza al hombre. Mirar las llagas de Cristo, ver su sufrimiento real, eso es devastador para el alma. Hay que quitarlo. Hay que mostrar un Cristo alegre, con un dolor sereno, con una muerte dulce.

«La exaltación del sufrimiento en la Iglesia depende mucho de la época y de la cultura. La Iglesia representó a Cristo según el ambiente cultural del momento que se vivía. Si se observan los íconos orientales, los rusos, por ejemplo, se comprueba que son pocas las imágenes del crucificado doliente. Más bien, se representa la resurrección. En cambio, si echamos un vistazo al barroco español o al cuzqueño, nos encontramos con cristos de la paciencia todos despedazados, porque el barroco enfatizaba la pasión de Jesús» (El Jesuita – pág. 41).

En estas palabras, Francisco niega la obra Redentora de Cristo. En la Iglesia se exalta a Cristo y, por tanto, se exalta la Cruz: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose maldito, porque lo dice la Escritura: “Maldito todo el que cuelga de un árbol”» (Ga 3, 13). A un maldito no se le pinta con una cara de sonrisa. Un maldito tiene en su rostro la maldición del pecado. Y esa visión es horrenda, no se puede aguantar para el hombre que vive en su pecado. Ante un maldito, el hombre pecador lo aborrece, lo desprecia. Y, por eso, al Señor, lo despreciaron en la Cruz, le añadieron más sufrimientos que los que padecía.

Francisco recurre al tiempo de los hombres, a sus culturas, a sus ideas de cada época. Es la evolución del pensamiento. La fe, para Francisco, se representa, se vive, se interpreta según el momento histórico. Y, por tanto, no hay que poner una cruz maldita a los ojos de los hombres; no hay que representar en la Cruz el dolor de Cristo. No hay que poner la sangre, y una cara desfigurada. Hay que poner otras cosas más agradables a los hombres, que gustan, que están más de acuerdo con las ideas que cada hombre vive en su vida. Es el sentimiento de lo humano: dame sentir lo agradable de lo humano y soy feliz. Dame algo positivo y entonces vivo sin problemas. Miremos al Resucitado, pero no al Crucificado, porque ya no hay que hacer penitencia por nuestros pecados, hay que pasarlo bien.

«¿Dar testimonio de alegría aún cuando la Iglesia invite a la penitencia y al sacrificio como forma de expiación?»

«Claro que sí. Se puede hacer ayuno y otras formas de privación e ir progresando espiritualmente sin perder la paz y la alegría. Pero cuidado, tampoco puedo caer en la herejía del pelagianismo, en una forma de autosuficiencia, según la cual yo me santifico si hago penitencia y, entonces, todo pasa a ser penitencia. En el caso del dolor, el problema es que, en ciertas oportunidades, está mal llevado. De todas maneras, no soy muy amigo de las teorizaciones delante de personas que atraviesan momentos duros. Me viene a la mente el pasaje evangélico de la samaritana que había tenido cinco fracasos matrimoniales y no los podía asumir. Y que, cuando se encuentra con Jesús y le empieza a hablar de teología, el Señor la baja de un hondazo, la acompaña en su problema, la pone frente a la verdad y no deja que se aliene con una reflexión teológica» (Ibidem).

Es increíble la tergiversación que hace del pasaje de la samaritana para anular la Verdad. ¡Qué mente tan malvada la de este hombre! La samaritana asumía sus cincos matrimonios. Y tenía otro hombre más con el cual pecaba. Y eso no era un problema para la samaritana, no era un momento duro para ella. En este pasaje, el Señor se centra en uno de los puntos fundamentales de la división entre judíos y samaritanos: la adoración a Dios, el lugar en el que se debe dar el culto legítimo a Dios. Y el Señor le enseña que hay que «adorar al Padre en Espíritu y en verdad» (Jn 4, 23). El Señor le habla como profeta y le enseña su vida de pecado, para que esta mujer entienda que está ante un hombre distinto a los demás. El Señor le enseña el camino para salir de su pecado: el culto verdadero a Dios. El Señor no le habla del fracaso de sus matrimonios. La samaritana no habla con ninguna teología. El Señor da su Palabra a un alma perdida en su pecado y le muestra el camino de salida, que es un camino de penitencia. Y, al final, el Señor se revela a ella como Mesías: «Yo soy, el que habla contigo» (v. 26).

Así que, para Francisco, hagan ayunos, pero progresen en la vida espiritual, porque no todo es penitencia, no todo es cruz, no todo es amargura. Hay que progresar. Hay que dejar la amargura, el dolor, y centrarse en la alegría. Haz ayuno, pero si sientes hambre, come. No hagas ayunos rigurosos. Hazlos según tu vida. Hazlos como te gusten. Pero no sufras mucho, porque ya no tienes que salvar tu alma o expiar tus pecados, o morir con Cristo. Tienes que vivir la alegría que Cristo vivió. Y, por eso, el Calvario tiene que ser una fiesta. Allí estuvo la virgen María bailando y comiendo, mientras su Hijo moría. Hay que hacer así las santas Misas: discotecas.

La evolución del pensamiento: esto es todo en Francisco. Una mente que baila con todas las ideas de los hombres, sean buenas, sean malas, y que escoge aquellas que son para el momento. Recurre a las leyes del momento. Piensa según el momento. Obra según el tiempo. Todo es según el cristal como se lo mire. Nada es Absoluto. No hay dogmas, sólo se da el pensamiento del hombre.

Jesús, en Vos confío

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